EL ABRAZO

Imagen de Borka Szabó en Pixabay

Hoy me he dejado abrazar en la farmacia. Ella acababa de leer mi última novela publicada, Tres muertos (Ediciones La Isla de Siltolá). A sus casi setenta años, me confesó que se había visto reflejada como mujer en las dos primeras historias, y afirmó que todas las mujeres de su generación deberían leer la novela, porque habla de ellas, de generaciones esforzadas y machacadas por una sociedad en la que eran seres de segunda fila, apenas perpetuadoras de la especie o cuidadoras de quienes lo necesitaran.

Me dio la mano, y yo se la tomé, antes de preguntarme si yo era el protagonista de la tercera y última historia. Cuando le respondí que sí, me miró y me dijo que en ese momento lo que más le gustaría era abrazarme. Y nos abrazamos. Estoy convencido de que en un gesto así no hay virus que se interponga. Y si lo hay, no importa. El amor todo lo puede, todo lo vence, hasta la enfermedad. Porque incluso si esta aparece, lo que suceda habrá merecido la pena.

A veces pienso que he tirado por la borda mi carrera literaria. Siento que mis libros, en buena parte descatalogados o próximos a ello, no han tenido el recorrido que corresponde al amor recibido de lectores y lectoras desconocidos. Creo que no he sabido manejarme en un mundo que desconocía, y ahora que me cuesta tanto trabajo publicar mi quinta novela, ante el riesgo de equivocarme de nuevo, me lo vuelvo a preguntar.

Sin embargo, gestos como el de hoy, demuestran que lo recogido ha merecido la pena. Quizás frustre que no pueda recoger más, y no hablo necesariamente de dinero, sino de cariño.; que no pueda haber dado más a quienes como ella también podrían haberse sentido identificadas y consoladas por estas historias. Siempre he dicho que un libro es un encuentro entre el lector y el escritor, y qué mejor encuentro que el que produce un abrazo sentido. Pero me hubieran gustado muchos más abrazos. Muchos más. Abrazos como el de hoy, aun con mascarillas. Dos cuerpos unidos, rodeados y protegidos por los brazos del otro. No hay nada más bello, jamás lo habrá. Y por eso quiero más, muchos más. Ojalá esté a tiempo.

CUÁNDO SE VACUNA LAURA

Ella no lo sabe, yo tampoco. Laura es una de las empleadas del supermercado al que suelo ir. Nos conoce por nuestros nombres, está atenta a lo que cada uno de sus clientes necesitamos. Estuvo desde el principio de la pandemia, soportando nuestras neuras de compras de papel higiénico, de latas de conserva, de lo que fuera. Ha trabajado domingos de navidades que luego dicen que van a pagar con vacaciones y luego… Luego, eso, lo que todos sabemos.

Ella ha formado parte de los trabajadores esenciales de este país, pero nadie se acordó de ella para vacunarla… de la gripe. Un 40% más de vacunados de la gripe este año, pero nadie la tuvo en cuenta a ella ni a sus compañeras para protegerla con una vacuna que podía disminuir la gravedad caso de sufrir la covid-19.

Y allí sigue. Ella y sus compañeras. Sin saber si alguien las tendrá en cuenta para otra cosa que no sea garantizar reservas de papel higiénico que pongan a prueba nuestra cobardía. La vacuna, como el pago de las horas extras retrasadas, tendrá que esperar para ella, que continuará reponiendo nuestros caprichos y apagando nuestros miedos.

EN QUÉ ESTAMOS

Hoy he recibido la primera dosis de la vacuna frente a la covid-19. A pesar de mi profesión y del riesgo de mi exposición, me siento un privilegiado por haber entrado dentro del primer diez por ciento de ciudadanos que han recibido al menos una dosis de la vacuna. Mientras guardaba la fila antes de entrar en la sala donde me la inyectarían, no he podido evitar acordarme de muchas personas, enfermos de riesgo, que podrían sufrir graves consecuencias o incluso la muerte y que tendrán que aguardar su turno para ser inmunizados. Cómo no, también de tantos fallecidos para los que nunca podrá existir siquiera esa posibilidad, entre los cuales hay no pocos farmacéuticos, compañeros de profesión, que se han dejado la vida en el camino.

Atravesé la puerta pensando en todas estas personas con agradecimiento por haberme cedido su turno y con la esperanza de hacer honor a ellas en la medida de mis posibilidades. Luego me dirigí a un mostrador en el que me dieron un número y desde allí me derivaron a otro espacio en el que dos miembros del personal de urgencias se interesaron por mis alergias, recordaron mis antecedentes y me informaron sobre los efectos secundarios más comunes de la vacuna. Desconozco si eran enfermeros, en su uniforme solo aparecía la palabra Urgencias, pero no eran farmacéuticos.

Durante este año de pandemia, he asistido al ofrecimiento del colectivo a las autoridades para dispensar test de diagnóstico, ofrecer el espacio de las farmacias para realizarlos e incluso para vacunar. Sin embargo, y a pesar de las buenas intenciones que no dudo albergasen dichas propuestas, hoy he echado de menos que hubiera farmacéuticos informando sobre los riesgos de ese medicamento de la comunidad al que denominamos vacuna.

Con esto no quiero culpar a nadie. Desconozco si se ha intentado y no se ha logrado, o si no se ha tenido en cuenta. Como tampoco sé si nuestros representantes y sociedades científicas están o tienen previsto realizar algún tipo de investigación sobre los efectos secundarios sufridos por las personas que nos vamos a vacunar. Qué gran lugar una farmacia para comunicar si se ha experimentado algún problema o, por el contrario, como es de desear, todo ha ido de perlas.

Quizás esté mal del oído, pero lo cierto es que he escuchado demasiado ruido en las redes sociales sobre todo aquello que tuviera que ver con dispensar algo y, poco, o nada, sobre colaborar en la información y seguridad de un medicamento en cuyo éxito nos va la vida. Desconozco si mi audífono no funciona o es el de la profesión, que no sabe escuchar a la sociedad.

FLECHA HACIA ADENTRO O FLECHA HACIA AFUERA

Imagen de Gerd Altmann, @geralt

Hace mucho tiempo escuché a una profesora de Derecho comentar en un ámbito privado que las personas éramos de dos tipos, las que teníamos la flecha hacia afuera y las que la orientábamos hacia afuera. Lo decía, por si alguien no lo ha interpretado aún, en el sentido de si nos colocábamos al servicio de los demás o lo que buscábamos era nuestro propio beneficio. Esto se puede extrapolar a colectivos como los profesionales y, sin duda, merece mi reflexión personal en torno al que pertenezco, el de los farmacéuticos, aunque estoy seguro de que, en esta sociedad de la segunda década del siglo XXI, con tanta flecha hacia adentro allá donde mires, podría y debería hacerse en otros sectores a los que soy ajeno y que, al menos en esta entrada, rehúso valorar. Siempre se ha dicho que cada cual apechugue con lo suyo aunque, en esto de las profesiones, quienes acaban padeciendo las consecuencias sean quienes no pertenecen al colectivo que sea.

Reflexiono respecto a mi colectivo en relación a todas esas múltiples y diversas actividades que conforman los que llaman “Farmacia de servicios”, un conjunto de actividades, asistenciales o no, que tratan de visibilizar a un farmacéutico diferente y renovado ante la sociedad que acompañan a la tradicional misión de dispensación de medicamentos.

Lamentablemente, esta Farmacia de Servicios da un rodeo, apenas roza y mucho menos se implica, en el abordaje real de los problemas que producen los medicamentos, un espacio de un interés enorme en el ámbito de la Salud Pública, con unas consecuencias nefastas sobre la ciudadanía que nos negamos, aun blandiendo la bandera, otros que blandimos banderas, de ser expertos en medicamentos y finalmente, como otros amigos de las banderas, mantenernos ciegos ante el sufrimiento de la sociedad.

Los profesionales que presumimos de ser expertos en medicamentos tenemos el deber ético de aliviar el sufrimiento que producen a la sociedad de la que forman parte. Y lo han de hacer, no de cualquier forma, sino de aquella que la ciencia propone como la mejor para aliviar el sufrimiento. Alejarse de esto, significa traicionar a la sociedad que les entregó su confianza y ser cómplices del daño que producen los medicamentos.

Pensando sobre esto he caído en la cuenta de por qué colegas con los que compartí camino un tiempo los siento cada vez más alejados del mío. Y pienso que es una cuestión de flechas. Y quiero pensar que la mía está orientada hacia afuera.

ADIÓS 2020. UNA REFLEXIÓN EN CLAVE COMUNITARIA

2020 no ha sido en lo personal un año malo, ni muchísimo menos. Para mí, hasta ahora, ningún año lo ha sido, al menos no lo recuerdo. Y no porque goce de dones especiales, sino porque hasta ahora no he perdido el del asombro ni el del deseo de aprendizaje. Admito que si hubiera tenido una pérdida antinatural a mi lado quizás pensase de otra forma, no lo sé, pero creo que lo esencial de la vida es el camino, no los resultados, y caminar, no he dejado de caminar y siento que 2020 me ha enseñado mucho porque he caminado mucho también. Pero creo que debo dejar de hablar de mí y tratar de hacer una reflexión personal en clave comunitaria. Que es de lo que se trata, como animales sociales que somos.

La pandemia no ha sido la gran causa de nada sino la desgraciada consecuencia de todo.

Este año que acaba de terminar nos ha mostrado que la vida que llevábamos no conduce a ninguna parte. Así de simple. La pandemia no ha sido la gran causa de nada sino la desgraciada consecuencia de todo. Por eso, la vacuna solo servirá para paliar un efecto, un síntoma de la gran enfermedad que padecemos, que tiene que ver con la crisis ecológica y las desigualdades sociales, las verdaderas responsables del cambio drástico en el clima del planeta y las grandes migraciones que se derivan.

Podremos encontrar una vacuna salvadora frente a la covid-19, pero si nos quedamos en eso, si nos empeñamos en ver lo sucedido como un mero accidente microbiológico, un mal sueño, vendrán otros males, probablemente peores

Son el calentamiento global y las desigualdades sociales las que han provocado la pandemia por covid-19, una enfermedad que se extiende por el mundo. Por ello, podremos encontrar una vacuna salvadora frente a la covid-19, pero si nos quedamos en eso, si nos empeñamos en ver lo sucedido como un mero accidente microbiológico, un mal sueño, vendrán otros males, probablemente peores. No, 2020 no ha sido un año nefasto, ha sido el año en el que la realidad nos ha caído encima, una realidad que llevamos fabricando con ahínco y determinación durante décadas, en Europa probablemente desde la conquista de América, y hoy nos da la oportunidad de tener una prueba real para comprender la necesidad de un cambio radical en nuestra forma de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza.

Una persona durmiendo en una calle de Sevilla a +1 ºC

Un primer gesto de que nos hemos dado cuenta de la verdadera dimensión del problema sería que la vacuna llegase a todos los países, a todos los habitantes del planeta sin distinción. Porque la inmunidad de rebaño solo se conseguirá si esta llega a todo el rebaño. Y mal estamos empezando cuando cada país hace una estrategia tipo “Sálvese quien pueda” y solo se preocupe de los suyos. ¿Para qué debería estar la Organización Mundial de la Salud sino para liderar las acciones en una pandemia? Mal empezamos.

Debemos girar nuestra mirada hacia los más vulnerables de la sociedad, y que llegue un día en el que no importe la familia en la que nazcas para que te puedas desarrollar como ser humano en plenitud.

Las desigualdades sociales tendrán que afrontarse, y para ello habrá que acabar con el neoliberalismo, esa igualdad de oportunidades en un mundo tan desigual que tanto daño ha hecho y que es la responsable de que las diferencias sociales se hayan agudizado hasta hacerse absolutamente tóxicas. Debemos girar nuestra mirada hacia los más vulnerables de la sociedad, y que llegue un día en el que no importe la familia en la que nazcas para que te puedas desarrollar como ser humano en plenitud. No hay otra salida, y cuanto antes lo aceptemos antes podremos resolver los problemas de todos, incluso los de los neoliberales. Pero pueden quedarse tranquilos, en ese nuevo escenario también se podrá ser de derechas, pero de una forma mucho más sana.

2020 nos ha dado la oportunidad de reconocer que estábamos equivocados, de comprobar que desde el yo no llegamos a ningún lugar habitable y que es en lo comunitario donde podremos encontrar la verdadera felicidad y no la fugaz satisfacción que hallábamos antes y que rápidamente se volatilizaba, dejándonos peor que estábamos.

El Yo ha muerto con la pandemia, y tratar de resucitarlo solo traerá más muerte y destrucción.

Una nueva normalidad solo podrá construirse desde el nosotros, desde lo plural y colectivo. Y en ese escenario también, como mencioné en el párrafo anterior, se podrá ser conservador o progresista, dos miradas lógicas al mundo, para preservar lo bueno que tenemos o para avanzar en nuevos horizontes, pero siempre desde el nosotros. El Yo ha muerto con la pandemia, y tratar de resucitarlo solo traerá más muerte y destrucción.

El año que acaba de terminar nos ha mostrado de una forma dura que estábamos en un callejón sin salida, ante un muro impenetrable que la vacuna no va a poder socavar. Creer que la vacuna va a destruirlo es como confiar en que con la aguja de la inyección vamos a lograr derrumbar la gruesa pared que entre todos hemos construido y que nos ha endurecido el alma.

El cambio no es tampoco fácil, porque necesitará el acuerdo de todos, y hay mucha gente a la que el miedo la moviliza a la histeria en lugar de al diálogo. Pero somos infinitamente más los que podríamos estar de acuerdo que los que no lo estarían nunca, porque sobrevivir es algo que todos deseamos y porque, reconozcámoslo, cualquier escenario es susceptible de ser manipulado por unos cuantos. Pero no nos desanimemos, cambiar dependerá de que quienes creen que esto es una locura piensen que tal vez no lo sea. No esperemos a que sea esta la única salida, porque para cuando este tiempo llegue ya no habrá posibilidad de dar marcha atrás y los caídos de ahora nos parecerán una broma ante los que sucumbirán a lo largo del tiempo. Nos hace falta sosiego y deseo de pensar juntos. Cuanto antes nos dispongamos a ello, menos dolor sufriremos.

Ojalá sea la pedagogía y no la violencia o la tragedia la que nos haga recapacitar.

Ojalá sea la pedagogía y no la violencia o la tragedia la que nos haga recapacitar. Recuerden el mito de las siete plagas que sufrió Egipto antes de liberar al pueblo israelí. Que no sean necesarias siete pandemias, sean del tipo que sean, antes de sacudirnos el yugo de los faraones del siglo XXI.

Que 2020 haya sido o no un buen año dependerá de las lecciones que hayamos aprendido. Yo solo deseo que la Historia cuente de él que marcó el inicio de una nueva época para la humanidad. Pongámonos a ello, que vamos tarde.

LECTURAS 2020

Este año he leído menos libros, pero he escrito más. Como siempre, ha habido de todo. En lo bueno y nuevo, Las malas, de Camila Sosa Villada y La Forastera, de Olga Merino. De lo antiguo, Stoner, de John Williams, las novelas cortas de Joseph Conrad, Los idiotas y El regreso, que ha editado La Isla de Siltolá o Este sol de la infancia, de Jacobo Cortines.. Y, cómo no, leer la obra del malogrado Fernando Mansilla. Lo malo me lo reservo.

  1. Con la noche a cuestas, de Manuel Ferrand (Planeta).
  2. Aspirantes al Paraíso, de Sara Castelar (Gabriel Viñals, editor).
  3. Stoner, de John Williams (Baile del Sol).
  4. Remedio a la aceleración, de Harmut Rosa (NED ediciones).
  5. Canijo, de Fernando Mansilla (El Rancho).
  6. En presencia de la ausencia, de Mahmud Darwix (Pre-Textos).
  7. Poemas para la no posteridad, de Fernando Mansilla (Cangrejo Pistolero).
  8. Matar cabrones, de Fernando Mansilla (Barrett).
  9. Vozdevieja, de Elisa Victoria (Blackie Books)
  10. Este sol de la infancia, de Jacobo Cortines (Pre-Textos).
  11. El loco de la calle, de Gregorio Verdugo (Ediciones en huida).
  12. Mañana, cuando yo muera, de Manuel García (Algaida editores).
  13. Relatos faunescos, de Fernando Mansilla (Barrett).
  14. Elogio del amor, de Alain Badiou (La Esfera de los libros).
  15. Memorias, de Gabriel Rojas Rodríguez (Anantes).
  16. Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin (Anagrama).
  17. La seducción del mirlo blanco, de Mohamed Chukri (Cabaret Voltaire).
  18. El camino de los ingleses, de Antonio Soler (Destino).
  19. La vida normal, de Dulce Maria Cardoso (Seix Barral).
  20. Esplendor de Portugal, de António Lobo Antunes (DeBolsillo).
  21. El día del perro, de Caroline Lamarche (Nørdica Libros).
  22. Territorio de luz, de Yuko Tsushima (Impedimenta).
  23. Los idiotas. El regreso, de Joseph Conrad (La Isla de Siltolá).
  24. El lenguaje de las mareas, de Salvador Gutiérrez Solís (Almuzara).
  25. Epidemiocracia, de Javier Padilla y Pedro Gullón (Capitán Swing).
  26. Las malas, de Camila Sosa Villada (Tusquets).
  27. Redención, de Gregorio Verdugo (manuscrito).
  28. Todos mienten, de María del Monte Vallés (Triskel ediciones).
  29. Corazón sin sueño, de Salvador Compán (Juancaballos de poesía).
  30. No vuelvas, Odiseo, de Antonio Jiménez Casero (Extravertida editorial).
  31. Incandescente, de Sara Portillo (manuscrito).
  32. Ru, de Kim Thúy (Periférica).
  33. Mãn, de Kim Thúy (Periférica).
  34. La ciudad y las sierras, de Eça de Queirós (Acantilado).
  35. Acompañando a Simone de Beauvoir, de Sami Naïr (Galaxia Gutenberg).
  36. Todos mienten, de María del Monte Vallés (Triskel ediciones).
  37. La casa de los gatos, de Gregorio Verdugo (Ediciones en huida).
  38. La forastera, de Olga Merino (Anagrama).
  39. Tiza roja, de Isaac Rosa (Seix Barral).
  40. El suelo bajo mis pies (título provisional), de Alba Lucera (manuscrito).
  41. La sociedad del cansancio, de Byung- Chul Han (Herder).
  42. Un puente a Peulla, de Eloy Gayán (Ediciones en huida).

LA FARMACIA Y LA VIOLENCIA SIMBÓLICA (II)

La violencia simbólica es la forma en la que se agrede en la actualidad desde el poder. No hace falta ejercerla entre sujetos, sino que es el propio sujeto el que se lastima a sí mismo mediante una autoexigencia, autoexplotación, que sobrepasa todos los límites. El poder aparece como un ente abstracto, desconocido y difícilmente identificable. Aún más cuando en los últimos tiempos se separaron el poder económico y el político, con la proliferación de las democracias aparentes. En esta sociedad del rendimiento, del sobreesfuerzo, es el poder económico el que manda sin ser elegido, quedando las democracias, el poder político, al servicio del económico o con tremendas dificultades para contrapesarlo, porque el modelo económico imperante aísla a los individuos y debilita los esfuerzos colectivos y estructuras sociales. Esa individualización permite estratificar la violencia y que nosotros, los sujetos, los individuos, seamos a la vez víctimas de unos y verdugos de otros, favoreciendo ambos roles la perpetuación del sistema y así hasta las últimas víctimas que acaban, en una jugada perfecta, rebelándose contra el poder político, que no es el último culpable, cerrando un círculo perfecto del que el poder económico sale indemne.

Poco después de publicar la primera entrada en referencia a la farmacia y la violencia simbólica me sentí tentado de realizar una segunda parte en referencia a los farmacéuticos, en especial a esos farmacéuticos que han aplaudido la primera a pesar de formar parte de un grupo inmovilista y que se resiste a cambiar. De alguna forma sentí que defendiendo el papel de víctima de ellos les daba la coartada perfecta para seguir sin rebelarse, para permanecer activos en la inacción.

Sin embargo, después de escribirla rehusé a publicarla por no cumplir como víctima mi papel de verdugo, por, en mi indignación, no legitimar mi porción de violencia simbólica contra el colectivo. Hoy he cambiado de idea y me decido a publicarla. La razón no es otra que, aceptando que de alguna forma todos podemos ser víctimas y verdugos, lo importante no es eso sino colaborar en fomentar la lucidez, la consciencia del papel que jugamos cada cual, para que cada cual decida si llorar, si enfadarse, si continuar mirando hacia otro lado o, por el contrario, si reaccionar. Es, pues, una crítica con intención de estimular la conciencia colectiva, la necesidad de abandonar el individualismo y retomar el nosotros en la sociedad. Que lo consiga o no, no, no depende de mí sino de la reacción de cada cual. En todo caso, como víctima del colectivo y como un posicionamiento radical hacia un nuevo papel profesional, me siento más que legitimado a pensar sobre ello y a escribirlo. Que reaccionemos como profesión también depende de que sepamos quiénes somos y en qué estamos. Sobre todo en qué estamos, si a favor de acopiar poder o del lado de las víctimas, de las últimas víctimas, los que sufren los problemas de la medicalización social.

En la entrada anterior señalaba la violencia que los farmacéuticos comunitarios ejercen sobre sí mismos desde las instituciones que los representan, ese aceptar el papel que se les encomienda, que no se orienta en defensa de los derechos de la ciudadanía en materia de medicamentos sino a favor de una estructura de poder y de dominación de la sociedad que se llama medicalización o farmaceuticalización. La violencia sucede porque se pasa de ser una profesión de la salud al servicio de los ciudadanos a formar parte de una cadena de distribución de productos llamados sanitarios, categoría en la que incluyo a los medicamentos legalmente considerados así y también a todos aquellos otros pseudomedicamentos en la categoría anterior también había muchos de estos con poco o nulo beneficio terapéutico o económico para la sociedad en cuanto a su utilización—, de los que esperan las personas solución a sus problemas, problemas que en su mayor parte provienen de la explotación, la violencia simbólica a la que alude el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, que sufren en la sociedad del rendimiento. Los farmacéuticos, lejos de ejercer un papel en defensa de la sociedad tratando de minimizar la morbi- mortalidad asociada a medicamentos pasan a formar parte de la cadena de agresión a cambio de su sustento.

A lo largo de mis casi treinta años de profesión, y de cerca de veinticinco implicado en el reclutamiento de farmacéuticos para implantar servicios que disminuyan los efectos indeseables, por decirlo de alguna forma genérica, de los medicamentos, he encontrado cuatro clases de profesionales, de los que solo una, minoritaria, escasísima, ha integrado a farmacéuticos que aún resisten y creen en su capacidad,  para ejercer como profesionales que contribuyan a disminuir el sufrimiento de las personas con los medicamentos, unas personas en su mayoría víctimas de ese encarnizamiento farmacológico al que se ven sometidos por un poder económico ultraconsumista y desgarrador de los lazos sociales colectivos que los confina en los medicamentos como única posibilidad para alcanzar algún grado de salud. En esta primera categoría, la de los resistentes, a veces se ocultan algunos que vienen rebotados de otros sitios y gente rara que no encuentra su lugar o no los dejaron estar allí, y que busca en la rareza de los otros un espacio donde ampararse del frío. Homeless con homeless.

La clase más amplia, la segunda, ha sido la de los que no quieren saber nada. La de los que hacen las cosas porque son así, porque tienen miedo a que cambien y porque están a gusto en su jaula de barrotes invisibles. Sus miembros son los que nunca se meten en nada, los que acuden a la llamada del poder para mantener el statu quo, aquellos que en durante la Edad Media saldrían en defensa de su señor, un amo que los explota pero les da de comer, suficiente porque también les han diseñado una suficiencia a su medida. Nihil novum sub sole. Gente que es capaz de matar, ahora con votos, de disfrutar con la caza de brujas y que siempre elegirá salvar a Barrabás. Es una categoría, por cierto, que existe en muchos otros profesionales de la salud, y que se suele distinguir por su corporativismo y diferencia de clase. En los médicos, abundantísima; en los enfermeros, creciendo sin parar. Y es que hay enfermedades sociales que son de lo más contagiosas.

La siguiente clase es la de aquellos que alguna vez intentaron, o creyeron intentar, cambiar el papel de la profesión y se rindieron. Hablaban de cambiar su orientación del medicamento al paciente, pero se cagaron. Sí, se cagaron por las patas abajo cuando se dieron cuenta de que de lo que se trataba era de dejar de formar parte de una cadena poco vistosa y, por tanto, de fácil ocultamiento de su escasa dignidad profesional, olvidar la comodidad y pasar a ponerse del lado de las personas que sufren el acoso de la medicamentalización de sus vidas como única vía de supervivencia o de felicidad. Como es fácil de suponer, gente por otra parte inteligente, en esta categoría se pasa poco tiempo, dos años a lo sumo. Antiguamente yo hablaba de que defender a los pacientes era una enfermedad de elevada mortalidad infantil, pero lo que en realidad ocurría era que el “Es así, no le des más vueltas, la farmacia es la que es” acababa tarde o temprano por carcomer todo intento de esfuerzo. Muchos de estos farmacéuticos los podemos seguir hoy por las redes sociales. Tienen unas ofertas estupendas y graban unos videos de lo más interesantes. Y sí, alguna vez clasificaron un PRM y llegaron a saber que Linda y Strand no eran dos sino la misma persona.

Y la cuarta clase, y perdonen la generalización  de esta clasificación de PRF, corresponde a los que se acercaron a la práctica como vía de ascenso al poder profesional, ese que acaba la mayoría de las veces a menos de cien kilómetros de su lugar de residencia pero que ofrece diversas formas de disfrute, adaptadas a las aficiones de cada cual: salir de chaqué en la procesión del Corpus, disfrutar de un profesional que le sustituya en su engorroso y peligroso quehacer de recortar cupones precinto, cobrar dietas por asistencia a reuniones o incluso acceder a consejos de administración. Como todo en la vida, unos triunfan y disfrutan de estas cosillas con la coartada de la profesionalidad, aunque acaben formando parte de lo que ya había, y otros no. Qué le vamos a hacer.

Y como las cosas son así y no se pueden cambiar, las estructuras de poder se mantienen, aunque los de abajo se cabreen un poquito, solo un poquito, cuando reaparecen las subastas en Andalucía y amenazan con imponerse en España, y otro poquito cuando ningún gobierno los tiene en cuenta para luchar contra la pandemia. No pasa nada, días después el gran señor feudal les dirá que no hay peligro, que todo se ha superado una vez más. Que para lo que podría haber sucedido esto es un milagro divino, y ellos seguirán cultivando la tierra para él porque hay que sobrevivir.

Y mientras tanto, la sociedad continuará cansada, muy cansada, sin nadie que parezca querer parar la máquina. Una máquina que es como una hidra de muchas cabezas que deberíamos conocer para así intentar cortar la correcta. Porque no sería justo echarle la culpa a una de las víctimas—los que ejercen de farmacéuticos, la otra es el paciente—de lo que sucede, no más violencia sobre los violentados. Hay que señalar arriba, donde se encuentran los verdaderos culpables, pero para que esto tuviera sentido habría que hacer un ejercicio de autocrítica colectiva que es el que pretendo con este texto y, ojalá, que de ahí surgiera, no una nueva caza de brujas, sino el deseo de rebelarse a favor de las personas.

Hasta aquí hoy, no sé si continuaré. Yo también formo parte de la sociedad del cansancio.

LA FARMACIA Y LA VIOLENCIA SIMBÓLICA

La gente afirma y perpetúa la relación de dominación al hacer las cosas por costumbre, como corresponde. La cotidianeidad es la afirmación de las relaciones de poder existentes. La violencia simbólica, sin necesidad de violencia física, se ocupa de que se perpetúe la dominación. El sí a la dominación no triunfa de un modo consciente, sino reflejo y prerreflexivo. La violencia simbólica pone a un mismo nivel la comprensión de lo que es y la conformidad con el poder. Consolida la relación de dominación con gran eficacia, porque la muestra casi como naturaleza, como un hecho, un es-así, que nadie puede poner en duda.

Byung-Chul Han. La sociedad del cansancio.

Creo recordar que conocí esta cita del filósofo coreano gracias a la cuenta de Twitter de Antonio Villafaina. Coincide esto en tiempos de quejas de los farmacéuticos comunitarios españoles. ¿Cuándo no es tiempo de quejas?, se preguntarán con razón algunos, por lo que habré de ser más preciso. Coincide, pues, con las quejas acerca de su ninguneo como profesionales de la salud, por la resistencia de la administración sanitaria a contar con ellos, con nosotros, mejor dicho, para detener la pandemia por covid-19. Coincide también, en el caso de Andalucía, con la reaparición, cuando nunca desaparecieron del todo, de la selección de medicamentos mediante subastas. Y digo yo, que esta época ha coincidido con los escaparates de muchas farmacias adornados con ofertas por el Black Friday, y en breve coincidirá con los de las rebajas de enero. Porque habrá que contarlo todo, ¿no? Ah, sí, eso de que somos profesionales y empresarios, se me olvidaba. Nuestra naturaleza.

Desde hace muchos años los farmacéuticos se resisten a cambiar su rol en la salud pública. Presos de la transacción económica, del margen comercial como forma de retribución, la profesión ha venido alejándose de un papel protagonista que tuvo en otros tiempos y que la medicalización de la sociedad, que busca y trata de encontrar remedios de todo tipo para curar la grave patología que sufre, no ha hecho sino profundizar en el progresivo hundimiento de su relevancia. Este paulatino declive, en el que siempre hay generaciones que con razón pueden esgrimir el sálvese quien pueda, favorece la incorporación de nuevas generaciones que asumen, como afirma Byung- Chul Han, que las cosas son así y que lo que existe desde hace un tiempo no es sino la naturaleza propia, la esencia de la profesión.

Pero, más allá de esto y de lo que los farmacéuticos quieran o deseen hacer con su profesión—y en esta afirmación ya me salgo de la primera persona del plural, porque ni quiero ni deseo lo que sufro como profesional—, sería bueno que la sociedad se plantease qué farmacéuticos desea para ella. Que respetase al medicamento, aunque no respete a los farmacéuticos, y a partir de ahí crear un nuevo tipo de farmacéutico que pueda ser útil a una ciudadanía que muere desde hace mucho más tiempo, y lo seguirá haciendo tras la vacuna frente a la covid-19, de una pandemia mucho más antigua y que se prolongará en el tiempo llamada pandemia farmacológica. ¿Por qué tiene la sociedad que conformarse con el farmacéutico que ve si necesita otro?

La violencia simbólica que los farmacéuticos ejercen sobre sí mismos desde las instituciones que los representan, alienta a las instituciones públicas a maltratarlos y, por ende, a hacerlo también con la sociedad a la que dicen representar, que necesita de quien la defienda de su medicalización y que desaprovecha la distribución geográfica de las farmacias, de lo poco bueno que le queda a la profesión, para llevar a la población alivio para sus necesidades. Que son muchas aunque no lo parezcan, y no solo en relación al acceso equitativo a los medicamentos. Esta violencia simbólica que ejerce la profesión sobre ella misma no se queda ahí, porque otras instituciones, las que se dedican a capacitar a los futuros profesionales, también forma parte de esta forma de terror, al desarrollar un modelo de enseñanza absolutamente alejado del perfil profesional que requiere la sociedad. La violencia desde diferentes ángulos.

Que el estado no sea capaz de superar los obstáculos que impiden aprovechar la estructura de articulación social que representan las farmacias, es un caso flagrante de miopía política que han sufrido gobiernos de todo el espectro político, y que sin duda sufrirían, no hay más que ver los programas electorales, los que llegaran algún día a estrenarse como gobernantes. Que el estado, en cualesquiera de sus estructuras relacionadas con la salud, sean en el ámbito central o en el autonómico, haga de su capa un sayo y ningunee a las farmacias y a los farmacéuticos y no los obliguen, ya que desde dentro nadie lo hace, a refundar su papel en la sociedad, es un tiro en el pie si, claro está, de lo que se tratase fuera de defender la salud de los ciudadanos.

Y es que lo más fácil es ningunear como forma de violencia simbólica. Una forma de violencia que no va solo contra la profesión sino también contra los ciudadanos. Porque, si nos referimos a la pandemia por covid-19, no pueden diagnosticarse a tiempo, porque se pierden miles de jornadas laborables que arruinan muchos negocios por culpa de confinamientos que luego se saben injustificados. Y si nos referimos a la pandemia farmacológica, porque dejamos morir a las personas por culpa de los medicamentos, a menudo inefectivos e inseguros, y muchas veces utilizados de forma innecesaria en una especie de encarnizamiento farmacoterapéutico que permitimos en la sociedad. ¿De quién se encarga esto? ¿Seguiremos como sociedad sin profesional que nos defienda de este otro confinamiento, el farmacológico, al que hemos destinado a los ciudadanos?

Es la violencia que engendra violencia. La debilidad de una profesión, que tiene paralelismos indudables con la violencia machista, convierte en agresores a los cobardes. Matar por matar, por el mero hecho de que se puede. Ningunear por ningunear, aunque eso mate de variadas formas a nuestros semejantes, y con la impunidad del que sabe que no solo jamás será condenado, sino ni siquiera será puesto en busca y captura.

Y así seguiremos. Con una profesión que se desmorona sin que haya reemplazo. Y en medio de ese derrumbe moral, el gobierno de los miserables. Porque hay que ser miserable para poner tu bolsillo por encima de tu profesión y de las necesidades de la sociedad, y porque hay que ser miserable para no querer entender lo que necesitan tus votantes. Los que os colocaron ahí.

VEINTE AÑOS

El 30 de junio del año 2000 era viernes. La mañana amaneció calurosa, como suele ser habitual en los tórridos veranos de Sevilla. Era mediodía y el sol apretaba camino de la Facultad de Farmacia. Tampoco vestir traje de chaqueta ayudaba mucho con una temperatura tan alta, pero no había elección. Había que defender la tesis doctoral.

El aire acondicionado del edificio alivió algo el bochorno que traía. Sin embargo, cuando abrí el ordenador del salón de actos e introduje el antiguo disquete de 3 ½” creí morir. Un virus amenazaba con dar al traste con todo. Las diapositivas de fondo rojo tinto y letras amarillas, aquel modesto PowerPoint que me iba a servir de apoyo para mostrar mi trabajo de investigación, estaba infectado.

Era una aventura que había comenzado cuatro años antes, cuando el que sería mi director de tesis, Joaquín Herrera Carranza, me sugirió hacer el doctorado, y yo me dije, como tantas otras veces en mi vida, ¿por qué no?

Desde aquel momento tuve claro que mi laboratorio sería mi farmacia, aquella farmacia que fue de mi padre y que entonces compartía con mi hermana Marina.

― La farmacia es un lugar tan digno como cualquier otro para hacer una investigación― me decía.

Al comenzar los cursos de doctorado en el Departamento de Farmacia y Tecnología Farmacéutica― en aquel tiempo no existía, ni aún existe ni se le espera, departamento específico para farmacia asistencial―, un antiguo compañero de carrera me ofreció integrarme en su equipo de investigación, en el que me sería más fácil realizar la tesis. Trabajaban en dureza de comprimidos y era una opción interesante, puesto que había muchos trabajos en marcha, podría tener un director experto en el tema, el que no iba a haber en la que pretendía hacer, puesto que no había referencia alguna en este campo ni tradición investigadora. A pesar de que lo tentador de la oferta, la rechacé. Solo quería ser doctor en Farmacia si lo conseguía desde aquella modesta farmacia de barrio obrero que desde niños habíamos visto crecer y desarrollarse.

Tuve que pensar sobre qué la podía hacer. Todo debía correr de mi cuenta, puesto que no había líneas de investigación como podían encontrarse cualquier departamento universitario, sencillamente porque la investigación no existía en este campo. No había nada, así que acudí a una de las personas claves y fundamentales para que pudiera alcanzar el doctorado: mi amigo Pepe Espejo, el farmacéutico de Adra, el pueblo almeriense de mi abuelo, un gran experto en estadística y epidemiología, al que conocí en aquel Grupo Farmacéutico Torcal, que unió a farmacéuticos andaluces preocupados por el futuro de la profesión. Lo llamé por teléfono para explicarle mis vagas intenciones, y me dijo:

― ¿Por qué no nos vemos a mitad de camino, en Granada y lo pensamos? Así yo voy a ver a mis suegros con la familia y aprovechamos la mañana del sábado y nos vemos para hablar.

¿Dónde quedamos? ― respondí.

― En la Facultad de Farmacia, allí no nos molestarán.

Quedamos un primero de marzo, sábado, de 1997, al día siguiente del Día de Andalucía. Cuando nos vimos en la puerta y tratamos de entrar un bedel salió a nuestro encuentro.

― ¿A dónde van?

― A la sala de estudios.

― La Facultad está cerrada. Es puente y no hay nadie. No se puede pasar.

Nos quedamos tan helados como aquella mañana de invierno granadina.

― ¿Y ahora qué hacemos? ―dije.

No sabíamos a dónde ir, el bedel nos había desconcertado. Hasta que de pronto, se me ocurrió un lugar.

― ¡Vamos al Corte Inglés! En la cafetería no nos molestarán. Nunca prestan atención a si estás mucho o poco tiempo allí.

Y al Corte Inglés nos dirigimos e iniciamos un camino que culminaría aquel 30 de junio del año 2000, una ruta con muchas paradas en la ciudad de Granada. Desde entonces, el segundo laboratorio de la tesis sería el Hipercor de Granada, el hipermercado del grupo del Corte Inglés porque, al estar en el extrarradio de la ciudad tenía un acceso mucho más cómodo.

Aquel disquete infestado de virus pudo abrirse y yo también fui capaz de dominar los nervios y defender la tesis, un ensayo clínico sobre cumplimiento de antibióticos que supuso abrir otro camino, el que me ha llevado a donde hoy estoy, y a seguir caminando hasta donde y cuando pueda.

De aquellos tiempos solo tengo agradecimiento. A Joaquín Herrera, por hacerme soñar; a Pepe Espejo, porque sin su conocimiento y su afecto no hubiera conseguido ser doctor; y a Fernando Fernández- Llimós, porque la generosidad que mostró conmigo a la hora de poder fundamentar bien el trabajo también fue esencial. Incluso al presidente del Corte Inglés, al que le conté aquella historia en una carta y me respondió regalándome una pluma estilográfica con la que firmar mis recetas como doctor.

Han pasado ya veinte años y poco ha cambiado en el mundo de la farmacia. Sí, es cierto que hay muchos doctores que hicieron sus trabajos de investigación en la farmacia, que se realizan muchos trabajos de investigación aunque sin norte ni estrategia, pero la profesión continúa sin dar el salto, maniatada por quienes detentan el poder y se niegan a cualquier cambio aunque crean que lo disimulan, con la complicidad de quienes obtuvieron tajada de muy diversas formas, a costa de un movimiento que poco o nada les interesaba. Aquellos que, a pesar de que los tiempos estaban cambiando y lo sabían, impiden que la profesión comience a nadar y se hunda como una piedra.

Veinte años después han sucedido muchas cosas y han pasado muchas personas por mi vida, pero sé lo que nunca había imaginado. Por aquel entonces quizás no fuera muy consciente de las dificultades del cambio, pero hoy sé que este es muchísimo más grande e importante de lo que pudiera haber pensado.

Y ahí seguimos, dejándome sorprender de lo que el camino depara. Con nuevos compañeros de viaje, con mejores compañeros de viaje porque la meta está cada vez más cerca y quienes se cansaron o se entretuvieron en hacer títeres por el camino se quedaron atrás haciendo malabares que acaban siempre en el suelo.

La meta aún no se ve, pero qué más da. Como dijo Robert Louis Stevenson, lo más bonito siempre es el camino. Y ahí seguiremos. Con las cicatrices del tiempo; con la energía que da buscar siempre la verdad. Sin engaños, con libertad. Sin nada que perder.

AFANES

No os afanéis por vuestra vida,

qué habéis de comer o qué habéis de beber;

ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir.

¿No es la vida más que el alimento,

y el cuerpo más que el vestido?

Mateo 6:25

Cada mañana salgo de casa a eso de las siete, a comprar el pan recién hecho que ofrece uno de los pocos hornos que hoy subsisten en la ciudad. Atravieso la avenida y miro a la ventana donde antes contemplaba a unas personas que desde muy temprano trabajaban en su oficina. Ahora no están, el coronavirus los confinó en casa y me pregunto si cuando todo pase volveré a ver sus luces iluminadas que tanto sosiego me regalaba meses antes.

Los días que sobra pan en casa llevo los restos a los pájaros del parque. Los días laborables no puedo contemplarlos dando cuenta de mis sobras, pero los fines de semana, con más luz, me encanta observarlos repartiendo ordenadamente la comida sin atacarse. Es cierto, como alguien me recordó hace unos días, que los animales no se pelean cuando sobra, pero que si faltara otro gallo cantaría. Pero tan cierto como eso es que el ser humano que se define como civilizado, ha vivido desde hace demasiado tiempo, cante el gallo o no cante, quitándole al otro lo que necesitaba, por el simple impulso a acaparar con el que nos intoxicó nuestro afán civilizador, esa angustiosa carrera hacia ninguna parte que ha traído tanta muerte y destrucción. Así que me gusta ver a los pájaros repartirse la comida, al igual que me repugna, y no por ellos, ver personas ante las puertas de los supermercados esperando que alguien les dé algo de lo que les sobra a otros.

Regreso a casa buscando de nuevo el parque, una pequeña zona de juegos infantiles rodeada de árboles y edificios, un modesto oasis entre el cemento. Guardo el móvil en el bolsillo y escucho. Lo hago durante todo el año, primavera, verano, otoño e invierno. Y en cada tiempo encuentro diferentes momentos para el goce. Si en el invierno es el silencio el que llena de su música mis oídos, en estos días la primavera me regala los oídos con los modestos sonidos de la naturaleza en la ciudad, hoy atrevidos ante la ausencia humana. Qué obsequio me da el ensordecedor canto de los pájaros que anuncia la proximidad de la tormenta. Cada día, ese diminuto fragmento de ciudad me alegra de una forma diferente. No importa cuándo, unas veces recorro el camino de noche, otras a pleno día, y también durante los amaneceres que regalan las estaciones equinoccio. Si el invierno es época introspectiva, anticipada por la melancolía del otoño y el silencio me absorbe por entero, la primavera es la eclosión del espíritu, la explosión de colores y ecos de la resurrección de la naturaleza.

Adoro este paseo de cada mañana. Detenerme, cerrar los ojos y escuchar. Tiene razón Hartmut Rosa, es por el oído por donde primero penetran las emociones, el primer alimento del espíritu. Su pan.

Cada día espero la llegada del siguiente, como quien hambriento anhela el alimento. Y en estos días de coronavirus, lo que cada mañana experimento también lo puedo vivir también a muchas otras horas. El silencio, el canto de los pájaros, la belleza de las flores que nos regala la primavera. Un placer ensimismado que vivo caminando la ciudad, ajeno al dolor de hospitales, al de las personas que deben enterrar en soledad a sus muertos; a la torpeza humana y su infinita insaciabilidad; a los discursos vacíos asesinos de los cegados por el odio.

Puede que mi gozo resulte egoísta. O que realmente lo sea. Yo solo quiero pensar que no es más que un torpe intento de continuar buscando la belleza, de no rendirme. De mantener la certeza de que tras la muerte puede haber vida, resucitar, resurgir. Ojalá que no para volver a caer en todo aquello que nos ha traído hasta aquí.