EL ASCUA Y LA SARDINA

Marc Márquez aconseja usar casco. La farmacéutica, género mayoritario en la profesión, aconseja utilizar bien los medicamentos, pero ¿quién defiende a los que los toman?, ¿quién se moja por ellos, ¿quién lucha de forma independiente para garantizar un derecho tan simple y elemental, tan simple y elemental que no está escrito en ninguna legislación, de que los medicamentos sean efectivos y seguros en las personas que no tienen más remedio que usarlos?

Sí, hoy puede que mueran tres mil quinientas personas en la carretera, pero hace tiempo que se sabe que los muertos por medicamentos triplican, y hasta quintuplican los fallecidos por accidente de tráfico. Solo cuatro de cada diez alcanzan el efecto deseado. Las consecuencias que se derivan son esas: entre diez y quince mil muertos diarios, y estados que triplican sus gastos de prestaciones sociales y sanitarias a pesar del despilfarro en medicinas (y en medicina también). Resulta lastimoso saber que esos cuatro medicamentos podrían ser ocho, ocho de diez, que se podrían ahorrar muchas vidas humanas y también, patriota, mucho dinero, pero no se hace.

Sin embargo, esto parece que a nadie interesa. Unos, nuestros políticos patriotas agitadores de diferentes banderas y sus funcionarios miran para otro lado, en un ejercicio de patriotismo. Otros, los profesionales, en lugar de erigirse en servidores de la sociedad, se contentan con servir a su amo (ya quisieran tener la dignidad de los perros y otros animales de compañía), o con preguntar eso tan patriota de “qué hay de lo mío”. Capaces de matar antes de que alguien toque algo de su parcelita de poder, sus exclusividades, aunque las exclusividades maten más que sus actuaciones profesionales.

Muchos denuncian hoy los males de la sanidad, pero pocos miran al horizonte. Es más, casi nadie mira más allá de su propio ombligo, por muy alejado que lo tenga. Su ascua y su sardina. Como lo que importa es el qué hay de lo mío, el que abomina de los crímenes de la industria farmacéutica se queda en eso, el que se dedica a la Farmacovigilancia con sus tarjetas amarillas y sus rams, el médico con su medicina y el farmacéutico mirando para otro lado, contando sus billetes en su jaula dorada por fuera y llena de excrementos por dentro, como todas las jaulas. Vuestra patria es vuestro ombligo, lleno de mierda por dentro.

Siento vergüenza cuando veo que las escuelas de salud pública no hacen esfuerzo alguno por investigar esta situación. También, y mucha, de los agitadores de banderas por ser capaces de matar por sus patrias, pero jamás de dar la vida por sus compatriotas. Y cuando salen agitadores como Spiriman a la calle y lo veo juntándose con ciertos farmacéuticos, no dejo de pensar en lo que cuesta movilizar a las personas para acabar dejándose engañar como chinos, como el chino que dicen que fabrica los medicamentos de las subastas andaluzas y que ahora resulta, el escándalo del valsartán ha aclarado mucho, que es el que todo lo maneja y lo fabrica. Al final, nadie mira el problema sino lo suyo.

Tres mil quinientos muertos diarios en las carreteras, casi quince mil al salir de las farmacias. Y no se os cae la cara de vergüenza. Malditos seáis. Al final os darán jarabe de vuestra propia medicina y os reventarán los gusanos. Con vosotros sí que haremos caja. De pino.

EL SEPULCRO ESTÁ VACÍO

Europa estima que España crecerá a buen ritmo este año, un 2,9%, por encima de la media en la zona euro. Sin embargo, se desviará cuatro décimas por encima del déficit estimado debido a la subida de las pensiones, del salario de sus funcionarios y del rescate de las autopistas madrileñas.

Se eleva de forma importante el precio de los alquileres de viviendas, también su precio de venta en zonas de interés para el turismo. Desaparece la población autóctona de los centros históricos de las ciudades, que pasan a ocuparse por habitantes más perecederos que un yogurt sin conservantes. El derecho a la vivienda en España lo garantiza las empresas de embalajes.

Continúan las banderas en los balcones.

Esta mañana, el sepulcro está vacío.

Hasta luego.

HAY ESPERANZA

Son las ocho de la mañana del lunes. Cualquier hora es buena para leer un libro, y más en un parque tranquilo, en el que apenas están en ese momento los trabajadores, el que suscribe y su perro. Tan absorta está en su lectura que no repara en la mirada sorprendida de mi can, tan extrañado como yo de encontrar a alguien leyendo bajo la sombra, aún innecesaria, de un árbol.

Ella viste el uniforme de una empresa de limpieza, de esas que pagan sueldos miserables a mujeres que corren de aquí para allá a limpiar comunidades de vecinos, oficinas de empresas y lo que toque. Quizás no haya comenzado aún su jornada, o puede que su horario le dé un respiro. Sea como fuere, no está leyendo mensajes de WhatsApp o curioseando muros de Facebook. Es una novela la que la tiene absorta, ajena a la mirada de Coke o a mi fotografía indiscreta.

Me voy del parque sin haberla visto levantar la mirada del libro. Nada la importuna, ni siquiera la labor de los jardineros del parque, que en lugar de cuidar sus árboles y sus plantas no tienen más remedio que recoger las botellas, plásticos e inmundicias que nos legan nuestros hijos en sus botellonas de fin de semana.

Dejo al perro en casa, subo a mi bicicleta y me dirijo a trabajar. Poco después me encuentro de nuevo con ella, que camina junto al carril bici en dirección, como yo, del lugar donde se gana la vida. Y para allá va, con el libro atrapado en su mano izquierda, quizás deseando tener otro receso para continuar internándose en ese nuevo mundo que le ofrece la lectura.

Gracias, mujer desconocida. Me has alegrado la mañana, me has hecho sentir que mientras haya personas como tú, habrá esperanza.

PATITOS FEOS O CISNES

Hay profesiones que miden la temperatura de la sociedad, que muestran la calidad de sus servicios, de sus instituciones. Podrían ponerse ejemplos para cada sector, aunque en el ámbito sanitario será difícil encontrar un termostato social más importante que la farmacia comunitaria.

La farmacia comunitaria es el patito feo del sistema sanitario. Lo ha sido desde hace muchos años, desde que los políticos    […]

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AMADO

Anoche murió Amado en Mar del Plata. Tenía noventa y dos años y hace casi diez que apareció con su hija Carolina por nuestra Unidad de Optimización de la Farmacoterapia. Carolina es una buena amiga, que hizo el camino inverso al de su padre, que emigró a Argentina de su Castilla natal, quizás en un barco como el de la foto, allá por los años cincuenta. Carolina está casada con Pablo, otro buen amigo, y de alguna forma ellos representan también los cambios sucedidos en mi vida a lo largo de la última década, ya que con Amado, el padre de Carolina, quizás llegara a mi cumbre como farmacéutico asistencial, y con Pablo acudo a la Universidad en la que es profesor para temas literarios.

Allá por 2009, Carolina acompañó a su padre a la consulta. Acababa de llegar a España y quería una segunda opinión acerca de lo que le pasaba, aunque eso solo lo supe más adelante, cuando le pedí meses después que me acompañase en mis clases de entonces en la Universidad de Buenos Aires. A Amado, su corazón le latía cada vez más lentamente. Su médico en Argentina le había advertido antes de viajar que, a sus ochenta y tres años, lo que procedía era implantarle un marcapasos después de visitar a sus hijos en esta patria tan madrastra con los que nacieron aquí sin mucho dinero.

Ajeno al diagnóstico de su médico, detecté que efectivamente su corazón latía lento, como consecuencia de utilizar un medicamento muy importante para él, pero que se podría sustituir por otro similar que se eliminaba del organismo por otra vía y dejaría de producirle ese problema. Se lo sugerí a su médico, cambió el tratamiento y Amado vivió, creo que sin marcapasos, hasta ayer, nueve años después de aquello.

Cuando Amado se presentó en la Universidad, les contó a los alumnos esta historia, de la que yo solo conocía el pulso lento, no lo del marcapasos. A raíz de aquel día, la primera vez que llevé a un paciente a la Universidad, la primera vez que comencé a dar clases de esta forma, a tumba abierta, sin trampas ni power-points, el caso de Amado me sirvió, además de para exponer cómo se pueden evitar efectos secundarios aprovechando las diferentes vías de eliminación de medicamentos, para explicar los impresionantes beneficios económicos y sociales de esta práctica asistencial, puesto que con una modificación del tratamiento que incrementaba su costo apenas un euro al mes, se había conseguido evitar la implantación de un dispositivo que costaba unos nueve mil euros y ahorraba una estancia hospitalaria que como media suponía unos setecientos euros al día. Esta charla que Amado me inspiró, llegó a muchos lugares, incluso creo recordar que se publicó como artículo científico, pero de poco o nada ha valido, porque la cobardía produce sordera y ceguera en quienes la sufren y deberían cambiar las cosas. Mucho me temo que pronto estará contemplada como enfermedad profesional entre los farmacéuticos, como la silicosis en los mineros.

Quiero pensar que en algo contribuí a que Amado viviera estos nueve años desde que lo conocí, como sé que vivió como su nombre indica, querido, muy querido, por Carolina y su hermano, por Ángeles, su mujer. Las veces que volví a verlo, cuando regresaba a visitar a sus hijos y sus nietos a España, sentí su afecto y tuve la oportunidad de conocer la dura vida que le tocó, desde ser un niño minero en su Castilla natal a conserje del hotel en el que, oh, casualidad, me suelo hospedar cuando voy a Buenos Aires, hasta ser empresario en Mar del Plata. Coraje de emigrante.

Pienso en Carolina y en su hermano, en la dureza de saber que su padre ha muerto tan lejos de donde están. Pienso en los emigrantes que cuando regresan de visitar a sus familias, no saben si esta vez será la última que los ven. Y también, aunque cada vez menos, pienso en esa España madrastra, tan comprometida con sus élites y nada más que con ellas; y en los farmacéuticos, tan poco dispuestos a tomar responsabilidades reales, no comerciales, con los medicamentos, y tan gallitos a la hora de entablar batallas dialécticas vacías contra sus fantasmas.  La vida es muy jodida.

Foto obtenida en:

http://www.condistintosacentos.com/percepciones-y-discursos-sobre-el-retorno-de-la-emigracion-en-la-espana-tardo-franquista-y-de-la-transicion/

 

TERNURA SANITARIA

Cada vez me gusta menos escribir sobre la carrera que estudié y que ejerzo, cada vez me gusta menos escribir sobre salud pública, nuestro sistema sanitario y el papel de los profesionales que lo integran. Cada vez, digo, me gusta menos oír hablar sobre nuevas políticas sanitarias porque poco hay de nuevas, y cuando las hay, son casi siempre para empeorar lo que había, en especial en estos años de Partido Popular en el gobierno, en el que ha estado a punto de destrozar el derecho a la salud en este país y la sanidad universal. Y caso de haber novedades que no puedan tacharse de negativas, acaban siendo meros brindis al sol.

No he podido menos que mirar con ternura la disputa entre enfermeros y farmacéuticos por reclamar en exclusiva un espacio en el sistema. Digo ternura cuando en otro momento podría haber dicho asco, porque era asco y no otra cosa lo que sentía cuando constataba que ninguna profesión tenía un concepto de servicio a la sociedad sino de defensa de privilegios. Sí, era más bien asco lo que me producía, asco por los dirigentes médicos, por supuesto por los farmacéuticos, y también por los enfermeros, asco porque me parece nauseabundo que prevalezcan los intereses de colectivos en detrimento de los de los ciudadanos, pero ese es el resumen de este país y de sus patriotas, porque aquí un patriota se parece mucho a uno de esos profesionales que miran su ombligo y se desentienden de su misión, y más aún, de la misión colectiva que deberíamos tener los que decimos estar al servicio de una patria, sea profesional o política.

Al observar ese enfrentamiento de enfermeros contra farmacéuticos no he podido evitar esbozar una sonrisa. En mi época, quienes nos consideraban los enemigos eran los médicos. Perdónenme, eran enemigos de mayor altura, y estas luchas actuales no son sino reflejo de lo bajo que está cayendo mi profesión, algo que no me sorprende viendo quiénes la dirigen tanto del punto de vista político como científico. Sí, el enemigo no está fuera sino dentro, y no sale ni con aguarrás.

Ternura de verdad me produjo Spiriman, cuando lo vi rodeado de farmacéuticos empresarios y repitiendo ese discurso interesado y económico contra las subastas de medicamentos. Y parecía un tipo listo, me dije. ¿Ni este tipo, con todo lo que ha movido, tiene un discurso político colectivo, de verdadera salud pública?

Y cuando veo los programas políticos de los diferentes partidos, con esa pobreza de ideas en lo que se refiere a salud pública, a derecho a la salud, hasta en los más pretendidamente progresistas, veo solo a personas incapaces de dejar de priorizar lo suyo y pensar en los demás, o con falta de agallas por no enfrentarse al primo médico de Zumosol. En fin… nihil novum sub sole, lo de siempre, lo de tantos años. Historia pura de este país plagado de antipatriotas.

Continuará, no sé cuándo. Me falta la paciencia, y a veces la ternura acaba por darme náuseas. Qué negico harían los fabricantes de Primperan si en este país hubiera un poco más dedecencia y menos tibieza.

Imagen en: https://jenndiaz.com/2010/06/25/los-dedos-me-buscan-la-ternura/