Reseña de la novela ‘Tres mil viajes al sur’ (Manuel Machuca), escrita por Reyes García-Doncel

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Con esta novela, Machuca fue finalista del Premio Ateneo de novela de Sevilla 2015

cubierta_tresmilviajesalsur Cubierta de ‘Tres mil viajes al sur’ (Editorial Anantes, 2016)

La tercera novela de Manuel Machuca, ‘Tres mil viajes al sur‘, narra las vivencias de cuatro mujeres en un barrio marginal de una gran ciudad. El autor nos pasea por sus desventuras, esperanzas, sueños y desgracias, los personajes se entrelazan en los diferentes relatos y las historias se muestran como un prisma de puntos de vista, se hacen redondas. En ellas el lector padece su necesidad de escapar de ese barrio, de ese negro destino de paro, drogas, cárcel y miseria, ya sea por la ilusión de un nuevo trabajo, o por conseguir un instituto mejor para su nieto, o mediante la escapada final.

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TIEMPOS CONVULSOS

destruccionAsisto perplejo al debate acerca de la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Me sorprenden los arrebatos de sinceridad que se vierten en las redes sociales acerca de los problemas que nos ocasionan los emigrantes, las soflamas y lecciones sobre qué es democracia, votar y aceptar los resultados que salgan, y ―aprovechando que el Pisuerga ya es el río más largo del mundo, porque no sólo pasa por Valladolid a lo que se ve―las manifestaciones de ciertos políticos, que no tienen empacho alguno en afirmar que Trump no es más que un Pablo Iglesias teñido y descoletado.

Siento que volvemos a la década de los años 30 del siglo pasado en Europa, con la diferencia de que ya no hay un Estados Unidos que nos salve. El fascismo llega de la mano de quienes se rasgaban las vestiduras con él. Quizás una de las claves de la democracia sea aplacar al fascista que todos llevamos dentro, pero parece que no es el momento.

El fascismo ha evolucionado de forma que ya no necesita implantar dictaduras para instaurarse. Ha aprendido a manejar los votos apelando al miedo, a nuestros instintos más bajos, a ese hábito que se hizo tan popular durante la Guerra Civil y la Posguerra: la delación.

Hoy las personas ya no son personas. Como una etiqueta de Facebook, hoy no son más que inmigrantes, musulmanes, refugiados que vienen a quitarnos el pan, que atacan nuestro evolucionado modo de vivir sustentado sobre la sangre de los empobrecidos y el expolio de los recursos. Hoy, en un mundo que deriva hacia el suicidio colectivo, los únicos dioses son la economía de mercado, el crecimiento y la producción perecedera y generadora de más y más basura, de más y más contaminación, de más y más destrucción ambiental.

Tiempos oscuros de poca filosofía y mucha religión (y no sólo la clásica, sino la económica), y por tanto, tiempo de salvadores. Esos terroríficos salvadores que antes se llamaban Adolf, Benito o Francisco y ahora Donald, Vladimir o Nigel.

La democracia es el régimen que se deriva del ejercicio del voto en libertad. No hay democracia sin miedo, por muy grandes que sean las urnas. No hay democracia sin votantes formados que puedan ejercerla con libertad de pensamiento. Todo esto lo han anulado nuestros políticos. Ellos han puesto los cimientos de lo que viene.

Hoy la democracia se ha convertido en un Gran Hermano, y pronto nos mandarán abandonar la casa.

SOÑAMOS LA CIUDAD

Texto preparado para la mesa redonda SOÑAMOS LA CIUDAD, del jueves 20 de octubre de 2016

LA ZUA (2)Cuando sueño la ciudad, mi sueño es un sueño de justicia hacia los ciudadanos, hacia todos los que la componen y forman parte de ella. El ser humano es un animal social, y como tal se organiza en comunidades, en ciudades, en estados, y esas organizaciones, artificiales pero necesarias, cambiantes pero eternas, tienen el fin de hacerlo más feliz, entendiendo como tal aquello que contribuya a  su mayor bienestar físico, mental, intelectual y espiritual. La ciudad que sueño es de todos, y todos tenemos obligación con todos. El éxito debe llegar a todos o no será, y la derrota de unos es la de todos.

Cuando hablamos de nuestra ciudad de Sevilla, a todos nos han regalado alguna vez los oídos acerca de su belleza― la más bonita de España, una de las más bellas de Europa―, de su importancia histórica a lo largo de los siglos, de sus fiestas tradicionales, de su saber vivir y divertirse.

Cuando hablamos sobre Sevilla, lo hacemos de la Giralda, la Catedral, el Alcázar o el Archivo de Indias, esa zona en la que se reúnen grandes estilos arquitectónicos en apenas unos metros: el gótico de la Catedral, el barroco del Palacio Arzobispal, el renacentista del Archivo de Indias, los diversos periodos del arte musulmán en el Alcázar o en la Giralda. Hablamos de su casco histórico,  de su caserío, de sus iglesias.

Cuando criticamos a Sevilla, cuando los cronistas de la ciudad levantan la voz, lo hacen, y nosotros detrás, acerca de si las Setas o la Torre Pelli son construcciones dignas de ocupar el espacio en el que se sitúan, si la peatonalización de la Avenida de la Constitución se ha hecho bien o no, y si el centro se ha convertido o no en un parque temático globalizado como en otras ciudades históricas, para dar cobertura al turismo, una de las epidemias más depredadoras del siglo XXI en lo medio ambiental. Cuando hablamos o criticamos a Sevilla lo hacemos sobre su casco antiguo, una zona en la que viven una minoría de ciudadanos.

Cuando hablamos sobre Sevilla no hablamos, o lo hacemos cuando aparece una noticia puntual y siempre con vergüenza ajena, como si no fuera con nosotros, de que cinco de los diez barrios más pobres de España están en Sevilla, o de que el líder de esa triste clasificación a quince minutos de zonas lujosas. Y tampoco hablamos de que, a pesar de ser Sevilla una de las ciudades más pobres del país, su importancia en cuanto a inversiones en banca privada es muy superior a lo que cabría esperarse de su nivel económico, de una tradición empresarial y emprendedora escasa, que hace que quienes tengan inquietudes de este tipo deban salir a otras ciudades para poder desarrollar sus proyectos. Sevilla expulsa a sus hijos más bulliciosos, y su dinero, en vez de invertirse en la creación de riqueza que estos podrían producir, se proyecta sobre la agricultura y la construcción, es decir, de las rentas que puedan producir las fincas rústicas o la compra-venta o alquileres de fincas inmobiliarias.

Sevilla es una de las ciudades en las que más desigualdad social existe, y eso se explica en términos económicos y se traduce en lo geográfico. Está plagada de guetos, de ciudades dentro de la ciudad, en un proceso científicamente diseñado que comienza con la expulsión de poblaciones desfavorecidas de núcleos de interés inmobiliario o comercial, para poder desarrollar negocios y concentrar poblaciones de estrato social bajo en viviendas de promoción social, alejadas de los núcleos de interés económico, que luego se convierten en caldo de cultivo para la exclusión social y la delincuencia. Es lo que se conoce como gentrificación.

La gentrificación se ha desarrollado desde tiempos inmemoriales en Sevilla y en el mundo. En los tiempos modernos, en los años 60 del siglo pasado, la expulsión de población eminentemente, pero no solo, gitana del barrio de Triana, inició un proceso de transformación especulativa de ese barrio entonces humilde. La zona que ocupa hoy el barrio de Los Remedios fue limpiada de chabolismo para crear el barrio que hoy conocemos, paradigma en Europa de la urbanización irracional, avariciosa y especulativa. También se hizo de una forma parecida en el centro histórico de la ciudad, aunque no de un modo uniforme, si bien sus huellas en forma de edificios tan feos como de baja calidad aparecen por todo el caserío, para escándalo de los cronistas de la ciudad.

Aunque es un proceso incesante, y que continúa desarrollándose en estos momentos en espacios de la zona Norte del centro como en la calle San Luis, y próximamente en El Vacie, destacan también procesos como los de San Bernardo en los años 80, en la época previa al soterramiento del tren en la ciudad, soterramiento que se hizo en todas las zonas afectadas de interés económico, salvo, a pesar de que estaba previsto, en los barrios más humildes del sur: Tiro de Línea y Polígono Sur.

En todos los procesos de gentrificación hay una población que sale hacia el extrarradio, y otra de mayor poder adquisitivo que entra y ocupa el espacio. En todos hay una legislación que los garantiza, una excusa de índole sanitaria o social, producto de esa desigualdad ancestral que los hace necesarios, pero también una deslocalización y pérdida de raíces de las personas que abandonan el barrio, que deben buscar un nuevo lugar para vivir acorde con sus escasas posibilidades económicas.

Nadie duda de que las casas y corrales de vecinos de Triana o San Bernardo eran lugares insalubres, focos epidémicos por el hacinamiento de quienes allí vivían. Nadie duda de que es una vergüenza que exista El Vacie, que haya personas que vivan en esas condiciones, o en La Bachillera. Lo que sí que es más que discutible es que quienes hayan vivido en lugares así tengan que borrarse del mapa, que desaparecer de nuestros ojos para pasar a ocupar un espacio en los barrios invisibles de la ciudad. Porque el Polígono Sur es un barrio invisible, porque la Ronda del Tamarguillo es una frontera hacia los barrios invisibles de Candelaria o Tres Barrios, y porque lo que parece molestar de El Vacie es que es un barrio indecente pero visible, y no tanto por lo que sucede a las personas que conviven con las ratas y la inmundicia.

La ciudad, la bella ciudad de Sevilla, va de Bellavista a San Jerónimo, de Torreblanca a Los Remedios. No va de los Jardines de Murillo a la Macarena, o de la Torre del Oro a la Puerta Carmona. Y la ciudad que sueño es la que es, la que desbordó sus murallas y se disemina por las antiguas huertas con cuya transformación tantos próceres con calle se enriquecieron. Y para que la ciudad merezca ser una organización al servicio del ser humano debe romper con los guetos y favorecer la integración de sus habitantes.

Barrios como el Polígono Sur, que ya tienen cuarenta años, han desarrollado ya una personalidad propia. Hoy el flamenco no es Triana, es el Polígono Sur. La Sevilla eterna no está intramuros; está en el Polígono Sur. Y lo que precisan barrios como el Polígono Sur, y tantos otros, es que rompamos con su incomunicación, para que puedan integrarse en la ciudad y a la vez expulse a la delincuencia, que encuentra en ese aislamiento el espacio idóneo para sus actividades. Acabar con las barreras físicas, como el muro de Hytasa o las vías del tren, la carretera Su Eminencia o la Ronda del Tamarguillo, son inexcusables para acabar con la exclusión. Acoger edificios públicos, incluso que empresas que lleven su responsabilidad social a instalar sedes en el barrio favorecería la integración y rompería con el miedo que hay a ambos lados de las barreras físicas y psicológicas.

Hay que acabar con los guetos y evitar que se nutran de nuevas poblaciones como los inmigrantes procedentes de otras injusticias, o que otros nuevos se produzcan. Las personas deben gozar del derecho a echar raíces en sus barrios, a desarrollar sus señas de identidad propias. Y quienes deban salir han de poder integrarse en otros barrios que les puedan servir de referencia para crecer. Se copia siempre lo mayoritario, la referencia es la mayoría, y por tanto, no hay que temer de quienes vienen de barrios más humildes. Ejemplos como los edificios sociales que se hicieron frente a la iglesia de San Benito, en la cotizada zona de La Buhaira, muestran que las personas humildes pueden integrarse y no ser un problema para nadie, y en modo alguno han representado un problema para el resto de los habitantes.

La ciudad que sueño es una ciudad integral y visible, una ciudad que sea justa con todos sus habitantes y especialmente sensible con quienes más ayuda necesitan. La ciudad que sueño no es más cara ni es utópica. Porque la utopía no es más que el sueño inalcanzable de los cobardes.

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (VIII)

Medicamentos tercer mundoDurante estos últimos años he tenido la oportunidad de entrevistarme con dirigentes políticos del Partido Popular y el Partido Socialista y con personas que estaban realizando el programa sanitario de Podemos, para diferentes elecciones en Andalucía y España. En todos los casos esto se debió a personas cercanas a los partidos que conocen las prácticas asistenciales que recuperarían el prestigio profesional del farmacéutico. A todas las reuniones acudí con las mismas diapositivas, aunque he de reconocer que el color de fondo variaba: azul en una, rojo en otra, y morado en la que resta (adivinen el color que llevaba para cada reunión). El resultado, con matices, fue el mismo en las tres ocasiones.

La responsable del Partido Popular quedó en llamarme la semana siguiente, y de eso han pasado más de cien. También los pobres creían que iban a ganar las elecciones y perdieron, aunque puedo suponer también quién desactivó ese hilo.

En el caso de los socialistas, que creían que iban a perder las elecciones y sin embargo ganaron, el señor que llevaba eso, a punto de jubilarse, no quería saber mucho del tema, a pesar de que tenía datos de la importancia de la práctica y de lo positivo que sería implantarla. El hombre no se jubiló, pero tampoco ha hecho nada después. Debe estar todavía pensando en la paguita.

En cuanto al partido emergente, escuchó y le gustó, igual que los otros dos, pero siguió en aquello tan propio de la izquierda y que gusta tanto a la derecha que hagan: medicina basada en la evidencia (esa medicina que deja de ser evidente en cuanto sale de los papeles pero que da para mucho en los curriculums), críticas a la industria farmacéutica y a sus crímenes, crímenes por cierto homologables a las los de las eléctricas, a los de los fabricantes de balones de fútbol, de ropa y de casi todo aquello que cotiza en la Bolsa de Nueva York. Poesía.

Al parecer es de izquierdas apoyar las subastas de medicamentos, para que el estado exprima a laboratorios para conseguir pasta, en lugar de lo que yo creo que sería verdaderamente progresista, seleccionar las moléculas que hayan demostrado más eficacia y seguridad, e implantar sistemas de gestión y optimización de los resultados de la farmacoterapia. En fin.

En un país de huella tercermundista como España, huella que se caracteriza por su sectarismo, su onanismo profesional (los congresos profesionales son toda una incitación a la masturbación mental en grupo, la cual, como toda masturbación, ya lo dijo Aute, queda en nada después del gustirrinín de la eyaculatoria conferencia de clausura).  Y es que el problema no está en discutir diferentes medidas para resolver un problema, sino en quién estás pensando cuando dices que quieres resolver el problema.

Quién piensa en resolver un problema que tiene la sociedad; quién piensa que quizás otro diferente a nosotros pueda ayudar a solucionar un problema; quién piensa en la sociedad para resolver un problema que tiene la sociedad.

Es triste que en un sistema público de salud como el español nuevas prácticas ajenas a las profesiones tradicionales tengan tanta dificultad para implantarse. Es cierto que los mayores enemigos están dentro, pero no deja de ser desolador después de tanto tiempo. Mucho me temo que hasta que no sea una práctica habitual en otros países, en los que ya se está abriendo camino, no llegará hasta acá. Como en cualquier país mediocre, copiar a los de fuera será el camino. Aquí la patria se resume en envolverse en una bandera, para taparse los ojos y no ver los problemas de los que no tienen más cojones que ser patriotas.

Recuperar el prestigio del farmacéutico, sí, pero a quién le interesa. Es mucho mejor tener a quien echarle la culpa de los males. Un mal farmacéutico conviene a los demás. Y al final, al papel de víctima acaba uno acostumbrándose.

Imagen tomada de osalde.org 

CONTINUARÁ

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (VII)

GARGARASCuando comencé a ejercer como farmacéutico comunitario la financiación pública de los medicamentos era prácticamente total: colutorios, antigripales, multivitamínicos, laxantes aparecían en recetas de pensionistas y trabajadores.  Muchos de aquellos productos hoy ya ni siquiera están catalogados como medicamentos y se pueden encontrar a la venta en cualquier gasolinera o supermercado del país.

Conforme pasó el tiempo comenzaron las restricciones a la financiación de medicamentos y bastantes salieron de las prestaciones del sistema público de salud. Muchos que necesitaban receta médica para su dispensación, en cuanto salieron milagrosamente se tornaron en medicamentos de libre dispensación, e incluso publicitarios: los laboratorios solicitaban autorización para nuevas presentaciones, se reducían el número de unidades en los envases, se aumentaba el precio y a seguir vendiendo.

Al estado, actuando como empresa, pública de capital, pero al parecer únicamente interesada en su cuenta de resultados, le importaba poco, y le sigue importando lo mismo, que los ciudadanos a los que decía proteger pagase más por esos medicamentos. El argumento de la industria era y es bien sencillo: las pérdidas en ventas de unidades que se producían a consecuencia de la pérdida de la financiación pública se intentaría compensar con el aumento de precio que el usuario iba a tener que pagar, y para ello, qué mejor herramienta que la publicidad.

Las clases más desfavorecidas, las menos formadas, siempre han sido diana más sensible a esa publicidad, que comenzó con anuncios tradicionales y ahora encuentra a desvergonzados profesionales de la salud que invaden programas, casi siempre matinales ― ¿quién ve la televisión por las mañanas? ―, especialistas en sacarle el dinero a las personas humildes que no tienen otra vida que ver esos programas que atontan el espíritu. Nihil novum sub sole. En mis tiempos jóvenes ya la empanadilla Encarna anunciaba en su programa de radio aquellas cápsulas adelgazantes llamadas Diecur que costaban más de 5.000 pesetas (30 euros, que incluso veinticinco años después es un dineral para un laxante de algas). Un día me dijeron además que las empresas distribuidoras, para hacerse con aquellas mágicas cápsulas con precio para cagarse, además de composición, debían contactar con los representantes de la fallecida locutora de radio.

Y en este mundo tan opaco, de reglas tan arbitrarias, donde u día es una cosa y al otro la contraria, en esas aguas cenagosas, navega el farmacéutico, poniéndole la cara de su prestigio a un sinfín de medicamentos de dudosa utilidad, a cosméticos y complementos nutricionales más que cuestionables… y a la homeopatía a la que aludía nuestro colega de Madrid.

En aras de la supervivencia, el farmacéutico complementa sus cada vez menores ingresos por vía prestación pública con toda suerte de conejillos salidos de la chistera de otros y de los que se rasca una parte. A costa de su credibilidad como profesional.

Cada día, muchos pacientes además acuden a la farmacia a por medicamentos para los que legalmente se precisa receta médica, sí, esa que a lo mejor mañana no es precisa, y ayuda a la persona que no puede ir al médico porque su estructura familiar no le permite poner fuera un pie, o a aquella que no quiere ir al médico para que este realice un acto administrativo en lugar de sanitario (¿cuántos actos administrativos y no sanitarios realizan los médicos a lo largo de una jornada?), o a aquella que exige y el farmacéutico no se atreve a negarse porque sabe que va a perder un cliente y se lo van a vender en otra farmacia. Y todo con la vista gorda estatal, porque actuaciones así aligeran la factura que va a pagar, y al parecer lo importante es la factura y no la salud de los ciudadanos. No sé si eso es lo que dice la Constitución.

Me temo que la serie se va a alargar más de lo que pensaba. En resumen, para el estado el medicamento es una cuenta de resultados y el farmacéutico, un proveedor. El sistema sanitario deja de facto al farmacéutico fuera del sistema público de atención sanitaria al no considerarlo como un profesional de la salud. Y hacer eso al que se responsabiliza de entregar los medicamentos a la población es sencillamente patético. Y las culpas no las tiene el maestro armero.

CONTINUARÁ

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (VI)

AFPara tomar decisiones sobre un tema, además de saber de ese tema, hay que tener libertad para actuar. Para ser guardianes de la sociedad en materia de medicamentos no se puede depender de ellos para sobrevivir. Ni mucho ni poco, nada. Eso es para los medicamentos y para cualquier aspecto de la vida. No puede haber conflicto de intereses, y por ello, los farmacéuticos, si pretenden ejercer una práctica como la mencionada en la entrada anterior, deben percibir sus honorarios profesionales en función de esa práctica y no de producto alguno. Esto hace difícil el encaje de esta práctica en las oficinas de farmacia, pero no imposible ni mucho menos. De hecho, en países en los que es ya una realidad, se reconoce y, por lo tanto, se paga, hay farmacias que se han incorporado con unidades independientes de la dispensación. Pero también hay muchas otras que no, que han preferido seguir trabajando de modo tradicional, circunscribiendo su trabajo al que ya conocemos.

Estas diferencias entre farmacias, entre farmacéuticos de forma más precisa, producen mucha inquietud en los colegios profesionales. Es bastante usual escuchar a sus dirigentes pronunciar frases que dicen más o menos así:

  • Los cambios deben ser para todos.
  • Rememos todos en la misma dirección.
  • No puede haber farmacéuticos de primera o de segunda.
  • El cambio tiene que hacerse poco a poco, de forma que todos puedan subirse al barco.

Todos, palabra mágica siempre, que en este caso es, vaya paradoja, sinónimo de nadie, porque la historia de la humanidad no avanza por consenso, sino por unos locos arriesgados que idean la renovación, unos valientes que la ponen en práctica, para luego dar paso a esos todos que disfrutarán luego de la apuesta de aquellos locos y valientes.

Cristóbal Colón no se fue a América mediante consenso entre los navegantes, y si hubiera intentado consensuar habría muerto en una hoguera de la Inquisición. Pasteur no consensuó con los científicos su teoría germinal de las enfermedades infecciosas, ni Fleming fue de la mano del colegio británico de médicos para descubrir la penicilina. Otra cosa es que, con los descubrimientos de Colón, Pasteur o Fleming, millones y millones de personas hayan ido a América, o se hayan beneficiado de las vacunas o los antibióticos, y estas terapias hayan sido asumidas por todo, sí, todo, el colectivo profesional.

Ejemplos hay a miles en cualquier aspecto de la vida los cambios han llegado así. Y sencillamente, quien impide que se produzcan progresos es un factor de resistencia al cambio. Por tanto, y triste es decirlo, los colegios farmacéuticos se equivocan y se han equivocado impidiendo, dificultando más bien, que locos y valientes hagan lo que deben hacer. Porque la caza de brujas existe, y eso lo puedo certificar. No voy a hablar de eso, porque estas entradas tratan del colectivo y no de lo que yo haya hecho o dejado de hacer, pero los colegios han sido mucho más efectivos en eso que en defender la profesión hacia afuera. Ante cualquier catástrofe interna nunca faltó esa manida frase de:” Y podía haber sido peor si no llegamos a estar nosotros”. En fin, retomemos y no nos perdamos.

El sistema retributivo es clave para crear una nueva profesión, pero no lo es menos un ejercicio profesional preciso y definido que incluya:

  1. Identificación de todas las necesidades farmacoterapéuticas del paciente, esto es problemas de salud para los que la mejor opción en ese momento es tratarlos con medicamentos, y también de su experiencia personal con los medicamentos y problemas de salud.
  2. Evaluación de todas las necesidades para asegurar que toda la farmacoterapia del paciente tiene un propósito y ese propósito se alcanza sin producir efectos no deseados, y en caso contrario identificar problemas.
  3. Realizar planes de acción concretos para resolver los problemas detectados y prevenir que puedan aparecer otros, y ejecutarlos en cooperación con el paciente y otros profesionales cuya cooperación sea necesaria.
  4. Verificar en un tiempo prudencial si el plan ha tenido éxito o hay que modificarlo, regresando al punto 2 a modo de círculo virtuoso.

Esta práctica en España es residual. Aunque muchos farmacéuticos de diversos entornos asistenciales le hayan puesto el nombre de Atención Farmacéutica, Seguimiento Farmacoterapéutico a lo que hacen, su práctica no sigue esos cuatro pasos reseñados, todo lo más hay una dispensación informada o verificación de cumplimiento terapéutico, es decir, o más de lo mismo, o asumir las propuestas médicas como nuestras para resolver el problema de la farmacoterapia. Y eso es muy importante, porque si no hay una práctica nueva, sino una vieja maquillada, estaremos de nuevo en la casilla de salida.

Esto terminará mañana, con mi impresión sobre otros actores implicados en que lo nuevo se abra camino entre lo viejo. Porque solamente los farmacéuticos no vamos a tener la culpa de lo que pasa.

CONTINUARÁ

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (V)

IdeasEl prestigio no es algo que den a nadie por su cara bonita. El prestigio es admiración, y en el caso de una profesión, a su actuación en pro de la sociedad. La profesión farmacéutica comenzó a perder su prestigio con la industrialización de la elaboración de medicamentos, algo que, con las lagunas y contradicciones que todo tiene, vino a abaratar costes, a generar ganancias a las farmacias que se habían transformado en laboratorios (todos los laboratorios farmacéuticos fueron en su origen farmacias que aprovecharon las tecnologías del momento para crecer y transformarse)  y, como el dinero llama al dinero, fomentó la investigación y el descubrimiento de nuevas moléculas que han permitido aumentar la esperanza de vida y mitigar el dolor y el sufrimiento de muchas personas, siempre y cuando estas o sus gobiernos tuvieran dinero para pagar la factura, claro, y a pesar de que no todo el monte es orégano, pero eso sería harina para otro costal que no centra el tema del que quiero hablar.

Las farmacias que se estancaron, la mayoría, por supuesto, porque solo una minoría ve oportunidades mientras el resto se rasga las vestiduras, tuvieron un golpe de suerte, puesto que, por aquella época, allá por la Segunda Guerra Mundial, los países asumieron la Declaración de Derechos Humanos, entre los que la salud era uno de ellos, y se generaron los sistemas públicos de salud en Europa. Y los estados comenzaron a pagar las facturas de medicamentos de los ciudadanos, y los médicos a prescribir, y los pacientes a tomar…y los farmacéuticos a cobrar por intermediar en algo que ya no fabricaban ellos y les pagaba el estado. Y llegó la afición al golf, y se vendió el prestigio a cambio de dinero y la envidia de otros que también querían ganar mucho y trabajar poco.

Y de ahí partimos para recuperar el prestigio, porque el dinero se fue perdiendo en el camino, y ahora ya no hay tanto golf, pero sí poca reputación, hasta el punto de que en las reuniones de amigos muchas veces, sobre todo cuando el alcohol comienza a hacer efecto, hay que dar muchas explicaciones sobre lo que hacemos, so pena de tener que levantarte de la mesa antes de darle un buen par de hostias a alguien…Esa es la historia que hay que cambiar, y para hacerlo hay que hacer algo que tenga que ver con nuestro core business, el medicamento, no la ortopedia ni las cremas antiestrías, y que pueda necesitar la sociedad. Pero, ¿pasa algo con los medicamentos?

¿Qué podemos decir acerca de los medicamentos? Vamos allá:

  1. Los medicamentos no son infalibles. Ninguno garantiza el beneficio para el paciente, incluso aunque se haya realizado perfectamente el proceso diagnóstico-pronóstico-dispensación- cumplimiento, enriquecido con la mejor información posible.
  2. Los medicamentos se utilizan en su mayoría en un entorno de cronicidad, polimedicación y pluripatología, con lo que la infalibilidad baja que se las pela.
  3. Los medicamentos en ese entorno de cronicidad, abordan dianas terapéuticas con frecuencia asintomáticas, por lo que el paciente que los usa no siente que esté bueno ni malo (a diferencia del caso de las enfermedades agudas), y por ello nunca puede ser sujeto pasivo de la actuación de los profesionales, sino que debe tomar parte de todo el proceso y en primera persona, porque al final es él, o ella, quien solo en su casa decide tomar o usar lo que le parece en función de la información que tiene.
  4. Pensar que toda la problemática que se genera se va a resolver haciendo que el paciente cumpla el tratamiento prescrito (porcojonismo terapéutico le llamaría yo), es de una ingenuidad cuasi insultante, porque los fallos de la farmacoterapia residen en la complejidad farmacológica y humana de los tratamientos y de las personas que están implicadas en el proceso.
  5. Los medicamentos son las herramientas más baratas para abordar la enfermedad, y por ello, cuando estos fallan porque no funcionan o producen efectos no deseados, los gastos se incrementan de forma brutal, hasta el punto de doblar los que se produjeron por haberlos adquirido.

Las diferentes profesiones relacionadas con la salud y los medicamentos, preocupadas por el problema, han formulado diversas propuestas:

  1. Los médicos abogan por tener más tiempo para la consulta y por fomentar la adherencia terapéutica, y para ello piden a otras profesiones que se impliquen (enfermeros, farmacéuticos). Estas medidas aumentan un 15% el cumplimiento terapéutico y no queda muy claro que mejoren la salud
  2. Los farmacéuticos, sin embargo, han diseñado una práctica asistencial que, mediante una evaluación integral de la farmacoterapia del paciente y el conocimiento de su experiencia con los medicamentos, detecta, previene y resuelve los problemas y mejora la efectividad y seguridad de los mismos del 40% habitual hasta más del 80%, reduciendo los costes de forma tan brutal que hace que por cada euro que se invierte en farmacéuticos que aplican esta práctica se produce un ahorro de entre 4 y 12, lo que permite no solo contratar farmacéuticos para esa práctica, sino seguir ahorrando.

¿Y qué hacemos con estos pelos todavía? Pues política. La cuestión tiene que ver con la política y con el subdesarrollo de este país. Porque el subdesarrollo no tiene que ver solo con el PIB de un país sino con las mentes preclaras que lo dirigen. Y no me refiero únicamente a los que de vez en cuando se sientan en el Congreso, que también, sino a los dirigentes profesionales y líderes de opinión. Gente a la que parece importarle un carajo los pacientes y que pone por delante sus intereses particulares o gremiales antes que los de los presuntos destinatarios de nuestros cuidados. Pero eso, mañana.

CONTINUARÁ