CONSTRUYENDO EL FUTURO CON LA EXPERIENCIA DEL PASADO


Un viaje a la esencia de la profesión farmacéutica

CONFERENCIA INAUGURAL DEL JUBILEO DE ORO DE LA PROFESIÓN FARMACÉUTICA EN BRASIL

“El pasado no está muerto; ni siquiera es pasado”

(William Faulkner)

  Sao Paulo, 29 de octubre de 2011

 Buenos días,

  Es regla común en cualquier evento, y aún más en uno de estas   características, agradecer la invitación por participar en el Congreso.

 En mi país se dice que es de bien nacido, ser agradecido, y yo no quiero  parecer lo contrario. Pero creo que mucho más importante hoy es  poder felicitarles a ustedes, a los farmacéuticos brasileños por el 50 aniversario del Consejo Federal de Farmacia y de los 10 primeros Consejos Regionales que surgieron después de la aprobación de la Ley 3820, gracias al apoyo y liderazgo de muchos farmacéuticos, y también del Diputado Ulysses Guimarães. Hoy es un día de fiesta, de conmemoración para una profesión importante, de las más importantes que ha dado la historia del ser humano, a pesar de que esté en tiempo de cambios y algunos puedan sentir que el futuro es incierto.

Pero hoy hay que celebrar. Y esta es una primera gran razón también para mí, de agradecer la honra inmensa que siento al impartir la primera conferencia magna de este evento. Soy consciente de que es una gran responsabilidad. No se cumplen 50 años todos los días y quisiera estar a la altura del evento. No aspiro a gustar a todo el mundo; ese fue un deseo que tenía hace muchos años que ya pasó. Pero sí quisiera a invitarlos a reflexionar, y a hacer un viaje a nuestra esencia como profesionales.

Me resultó muy curioso cuando recibí la invitación para esta conferencia, y nada menos que para hablar del pasado. Al principio no lo entendí bien. Y yo me decía: “Manuel, tienes cuarenta y ocho años. Ya no eres tan joven, pero tampoco tan mayor como para ser la persona que hable del pasado. Además, trabajas en el área de la Atención Farmacéutica, que es la más nueva en la Farmacia, la que todavía se mira de forma recelosa por la Academia, inclusive por los mismos farmacéuticos. Un área que no es una realidad ahora, y que ni siquiera sabemos si podrá serlo algún día. Está en el futuro. ¿Por qué tienes que hablar del pasado si hubiera sido más fácil hablar del futuro? Y todavía más si el futuro es algo incapaz de ser demostrado, y por tanto, hablar de Atención Farmacéutica como estrategia de futuro sería algo fácil y poco arriesgado”. Hoy tengo que agradecer aún más tener esta oportunidad de abrir el Congreso hablando del pasado, porque me va a permitir ese viaje a la esencia de nuestra profesión. Un viaje para entender nuestras semejanzas con aquellos botánicos de la antigüedad, mezcla de brujos, sacerdotes y médicos, que buscaban curar las enfermedades, que a veces se consideraban que venían de las fuerzas del mal, de diablos y malos espíritus. Y lo he titulado con el lema de una empresa brasileña de construcción, OMNIA recuerdo que se llamaba. Una persona de mi familia brasileña me regaló un llavero con esa frase cuando yo era apenas un niño, y así se me quedó grabada en la memoria. Porque sí, tengo familia en Brasil. Brasil ha sido muy importante para mi familia, y para mí también. Aquí está mi prima Eleonora escuchándome, ella sabe perfectamente cómo su madre, mi queridísima tía Dora, ha sacado de ella, y también de mí, lo mejor de nosotros mismos, y continúa haciéndolo desde el cielo.

El pensador uruguayo Luis Pérez Aguirre decía que es el presente el que brota del futuro y no al revés. Y yo añadiría que es el pasado el que también vuelve a emerger cuando hablamos del futuro y de lo que deparan nuestros sueños. Por tanto, es nuestro futuro el que mueve todo, el que nos hace caminar en una dirección, y el que nos permite entender si el camino que hay por delante es coherente con el recorrido a lo largo de los siglos. Aunque a veces encontremos montañas o precipicios difíciles de salvar, pero que en ese momento forman parte de nuestro recorrido.

Por eso quiero hacer este esfuerzo reflexivo, y tener la oportunidad de viajar en mi propia “máquina del tiempo”, a través de mi pasado y la forma en la que este transforma mi futuro y mi forma de vivir el presente. Una forma particular de “conectar los puntos”, tal y como decía Steve Jobs, el creador de Apple. De intentar ver cómo todo tiene su sentido. Intentaré hablar de un pasado que, como afirma el escritor norteamericano William Faulkner, no está muerto, porque además, ni siquiera es pasado.

Se dice que la profesión farmacéutica se encuentra en una encrucijada, en un proceso de cambio como nunca antes lo había estado. Pero yo pregunto, ¿qué es lo que no está en un proceso de cambio profundo en el planeta que habitamos?

Los farmacéuticos tenemos que reconocer en nuestros miedos y nuestros cambios, los miedos y los cambios de muchas personas en el mundo actual. Cuando el farmacéutico asistencial reconoce que su ejercicio profesional como dispensador de medicamentos está llegando a su fin, y se siente inseguro a la hora de asumir responsabilidades con los resultados de la farmacoterapia, porque nunca ha penetrado en el tenebroso bosque de la clínica, donde hasta ahora solo habitaba el médico, debe saber que muchas otras personas, que no son farmacéuticos, también están sintiendo algo parecido.

Los farmacéuticos estamos en crisis, como el mundo está en crisis. Quizás Brasil piense que no está en crisis y, como dijo Lula da Silva recientemente en España, esta sea una crisis que han provocado rubios de ojos verdes. Pero esto puede ser un espejismo, porque los países que están creciendo ahora, lo están haciendo sobre un modelo antiguo de crecimiento. Hoy sabemos que el capitalismo como modelo económico está muriendo, y todavía no hemos sido capaces de crear un modelo alternativo, respetuoso con el medio ambiente, erradicador de la pobreza y generador de un equilibrio más solidario que el que teníamos. No podemos crecer ilimitadamente sobre recursos limitados y por eso tenemos que encontrar un nuevo equilibrio, más responsable con los demás y solidario, en el que la Ecología y el respeto a la naturaleza será la esencia.

La Atención Farmacéutica también nos transporta a un nuevo equilibrio como profesión. El farmacéutico siempre estuvo del lado de la investigación y del descubrimiento de nuevos medicamentos, de su fabricación y de su dispensación a los pacientes. Hoy continúa en la investigación y en la fabricación, pero ya dentro de equipos en los que es uno más. Ya no son espacios exclusivos para el farmacéutico. Y en muchos países se discute si dispensar medicamentos justifica realizar una carrera universitaria larga y difícil como es la de Farmacia. En Canadá ya se han autorizado cajeros automáticos y máquinas de vending para dispensar medicamentos. Se ha comprobado, después de periodos de pruebas, que estas máquinas respetan la legislación, entregan información escrita, su adquisición produce beneficios fiscales, no se afilian a sindicatos….

Poco a poco las nuevas tecnologías van sacando al farmacéutico del lugar en el que estaba instalado, al igual que hubo farmacias hace un siglo que, poco a poco también, fueron perdiendo la fabricación de medicamentos. Es cierto que en algunos países como Brasil, está volviendo la manipulación o formulación magistral. Pero ya no son todas las farmacias las que las hacen, sino algunas especializadas, y me pregunto si esta no ha sido una oportunidad coyuntural, y si los genéricos terminarán con esto. En general, siempre se corre el riesgo de confundir la esencia de una profesión con una coyuntura favorable, que puede durar un tiempo, pero a la que el progreso tecnológico la desplaza siempre.

Puede parecer que soy pesimista ante el futuro de la profesión farmacéutica, pero nada más alejado de la realidad. Formamos parte de una de las profesiones más antiguas de la sociedad. Desde que el mundo es mundo ha habido quien ha investigado y elaborado remedios para dar salud, y seguirá existiendo porque la salud es una aspiración y un deseo de todo ser humano. Hay quien cree que nuestra misión fue al principio encontrar esos remedios en la naturaleza. Yo no; eso fue una coyuntura en un tiempo en el que no había otra tecnología posible, y que obligó al farmacéutico a tener grandes conocimientos sobre Botánica, Geología o Zoología.

Más adelante, con el desarrollo de la química encontramos más formas para descubrir nuevos medicamentos. Y la revolución industrial consiguió que se pudieran fabricar de forma más rápida, más barata, con calidad y se abriera el camino a una industria farmacéutica que nació de farmacéuticos visionarios que aprovecharon la tecnología más moderna del momento, y poder dedicar más tiempo y recursos a investigar nuevos medicamentos.

La industria farmacéutica nació de farmacéuticos visionarios, igual que la Atención Farmacéutica también nace de farmacéuticos visionarios. La industria separó la fabricación y la investigación, de la dispensación de medicamentos. El camino siempre es el mismo: aprovechar la tecnología del momento, para renovar la forma de seguir cumpliendo con nuestra misión ante la sociedad. También la Atención Farmacéutica va a separar la dispensación de medicamentos de la evaluación de sus resultados, y deberemos escoger dónde queremos estar.

Y ustedes me podrían preguntar ahora, si no lo han pensado ya, cuál es para mí la misión del farmacéutico ante la sociedad. Dicho de una forma más radical: ¿cuál es la obligación que como farmacéuticos asumimos ante una sociedad que nos entrega su confianza para ello? Para explicarlo, voy a poner un ejemplo de una empresa no farmacéutica. Siempre es más fácil ver los problemas de una forma más objetiva en otros con los que no tenemos nada que ver.

A finales del siglo XIX, la empresa Chicago Ice Company ofrecía barras de hielo a los habitantes de esta ciudad norteamericana. Las utilizaban, como es obvio, para conservar alimentos, para dar frescor. Poco tiempo después, la electricidad llegó a Chicago, y se inventaron unos aparatos llamados frigoríficos, o heladeras, como se dice en América del Sur. La Chicago Ice Company comenzó a perder ventas, y sus directivos quisieron detener esa caída a toda costa. Después de muchas reuniones, tomaron tres medidas importantes:

• Mejorar el proceso de producción, para abaratar costes.

• Cambiar los carros tirados a caballo por nuevos vehículos a motor, para que el reparto fuese más rápido.

• Bajar los precios, para ser más competitivos, ya que podían fabricar más barato y vender más rápido.

Como ustedes seguramente pueden pensar, la Chicago Ice Company desapareció como empresa, porque no se dieron cuenta de que había una diferencia importante entre lo que ellos creían que vendían y lo que las personas compraban. Mientras los directivos de la empresa pensaban que vendían barras de hielo, los ciudadanos de Chicago lo que en realidad compraban era frío. Conseguir frío siempre fue una necesidad para los seres humanos. Pero lo que ha sido diferente a lo largo de los siglos es la forma de satisfacer esa necesidad. Y la Chicago Ice Company se equivocó al pensar que la forma de conseguir frío sería siempre, o al menos durante un tiempo más, con barras de hielo.

Quizás sea un buen momento para preguntar qué es lo que los farmacéuticos “vendemos” a la sociedad. O por continuar con el mismo sentido del ejemplo anterior, qué es lo que las personas nos compran a los farmacéuticos. Voy a tratar de contestarlo.

Los farmacéuticos no vendemos medicamentos. Vendemos la salud que dan los medicamentos. La gente no compra cajas de ibuprofeno, sino el alivio del dolor de cabeza que supone tomar ibuprofeno. Compra el beneficioso resultado para su salud. Y si ese ibuprofeno le produjese un gran dolor de estómago o no aliviase el dolor de cabeza, no compraría ibuprofeno. Los médicos no prescriben ibuprofeno, sino la mejor solución para el dolor de cabeza. Los farmacéuticos no investigamos, diseñamos, fabricamos o dispensamos medicamentos, sino soluciones para resolver problemas de salud, de la mejor forma que la tecnología actual pone a nuestra disposición.

Bien, ustedes me podrían decir: “Muchas gracias por la aclaración. ¿Lleva un buen rato hablando para decirme eso?”. Y yo contestaría:”No, quiero seguir con mi razonamiento”.

Todos sabemos el gran número de medicamentos que se han producido en las últimas décadas. Muchas alternativas se han desarrollado para combatir las enfermedades desde los medicamentos. Hemos conseguido que sean la herramienta más utilizada y económica para luchar contra ellas. Sin embargo, pocos medicamentos curan. A excepción de los antiinfecciosos, y de algunos antitumorales después de haber amputado la zona afectada por el tumor. Hay enfermedades crónicas porque los medicamentos son incapaces de resolver estas. Sin embargo, hemos aumentado la esperanza de vida porque lo que sí ha conseguido, es ensanchar el espacio que va desde el diagnóstico a la muerte. Y aún más, descubriendo indicadores de enfermedad cuya adecuada prevención evita su aparición o su progreso.

Los medicamentos se han constituido en una forma poderosa de prevenir la enfermedad. Permiten hacerlo de forma rápida, sin hacer un esfuerzo importante en cambiar las conductas que quizás nos hayan llevado a padecerla. Es decir, lo hacen de una forma coherente a los estilos de vida de principios del siglo XXI: lo quiero todo, lo quiero ya, y lo quiero con el mínimo esfuerzo, para continuar haciendo lo mismo que me gusta, porque yo me lo merezco. Esto es menos difícil que tener que cambiar las costumbres que adquirimos cuando éramos niños, y más rápido que la lenta evolución de cambiar lo que siempre nos gustó. Y si los medicamentos dan efectos secundarios, no importa; se pueden investigar nuevos medicamentos para evitarlos, y aunque estos los provoquen también, se pueden fabricar otros que también los resuelvan, y así sucesivamente.

Pero repito, pocos medicamentos curan. Y además, ninguno garantiza que se produzca el efecto beneficioso prometido. No existe ningún medicamento que después de un diagnóstico certero, un pronóstico de la enfermedad correcto, una prescripción coherente, una dispensación y una información impecable y una utilización irreprochable, garantice que va a controlar la enfermedad. Si además el aumento en la esperanza de vida también ha traído tener que tomar un número creciente de medicamentos a lo largo de esta, que no pueden dejarse de utilizar, encontramos el gran problema al que nos enfrentamos quienes nos dedicamos al mundo de los medicamentos, desde cualquier ángulo de nuestra profesión: continuar dando salud con los medicamentos, porque en muchas ocasiones la quitan, en vez de darla.

Para que los medicamentos continúen dando salud, como profesión, tenemos que ir más allá de la dispensación, e implicarnos en resolver la complejidad clínica y social que produce la necesidad de utilizar muchos medicamentos, durante una gran parte de nuestra vida, que comparten vías metabólicas comunes, y cuya experiencia a la hora de utilizarlos producen reacciones sociales diferentes en cada persona, que emerge como un ser único e irrepetible, porque única e irrepetible es esa experiencia con los medicamentos. Eso no es incompatible con continuar investigando nuevos fármacos. Necesitamos seguir teniendo investigadores que continúen encontrando nuevos remedios que resuelvan tantas cosas que están sin resolver. Precisamos farmacéuticos que diseñen nuevas formas de administración de medicamentos, que mejoren su tecnología. Pero ahora precisamos también que los farmacéuticos asistenciales, los que trabajan junto a los pacientes, salten al lado oscuro, al mundo de la clínica, a ese universo donde dos más dos suman muy pocas veces cuatro.

Hoy se sabe que los costes del daño que producen los medicamentos suponen más del doble de los que cuesta su adquisición. Y también sabemos que cada dólar invertido en farmacéuticos clínicos trae un beneficio de más de cuatro. Esto está probado. Los farmacéuticos asistenciales hemos encontrado una forma de seguir siendo importantes, de la única forma que merece seguir siendo importante: aliviando el sufrimiento de los seres humanos y reduciendo los costes de la atención sanitaria. Es cierto que la sociedad no es aún consciente de ello, pero nosotros sí lo sabemos y tenemos que ser valientes, para dar ese salto, y para hacerlo ver a nuestros gobernantes y a los ciudadanos. Y como profesión, tenemos que decidir si deseamos afrontar este reto. Para eso, no hay ninguna respuesta acertada o errónea. Se trata simplemente de decidir con responsabilidad dónde queremos situarnos. Pero tengo la certeza de que si no afrontamos los cambios necesarios para seguir dando salud con medicamentos, el farmacéutico asistencial irá perdiendo relevancia y continuará la senda que siguió la Chicago Ice Company. Y quedará relegado a sus funciones en el diseño de nuevos medicamentos y formas farmacéuticas. No sé si eso justifica una Facultad de Farmacia, o es mejor que quienes investiguen se integren en otras los que se dediquen a eso. Pero si queremos continuar siendo los profesionales del medicamento, tendremos que actuar globalmente, y pensar que todos estamos implicados en este desafío. No hay ninguna ganancia para sector alguno de la profesión porque uno de ellos se desacredite. Esta infección nos contagia a todos.

Mientras continuemos con sistemas políticos egoístas tendremos una gran dificultad de acceso para la población más desfavorecida. Pero si conseguimos el acceso universal, tampoco resolveremos el problema, si no trabajamos evaluando si se satisfacen todas las necesidades farmacoterapéuticas de los pacientes. Para eso, es muy importante conocer y asumir cuáles son nuestras responsabilidades con los medicamentos. Estas responsabilidades pasan por contribuir a su éxito, pero desde un punto de vista diferente al que lo hace el médico. Porque si no es así, lo mejor sería que tuviésemos más médicos. Tenemos que saber diferenciar nuestro acto profesional del acto médico cuando hablamos de clínica. Si el punto de partida del acto médico es diagnosticar la enfermedad, el del acto farmacéutico en esta nueva práctica profesional, comienza por conocer todos los medicamentos que usa el paciente. Mejor dicho, todos los productos que toma el paciente y de los que espera un beneficio terapéutico. A partir de ahí, el farmacéutico debe preguntarse si los problemas de salud del paciente tienen su origen en los medicamentos que utiliza, que debería utilizar, o que utilizándolos ya debería hacerlo de otra forma. Quizás no sea este el momento de explicar con detalle cómo se ejerce esta práctica, aunque sí quería señalar que no es incompatible con la práctica de otros profesionales. Porque representa una mirada diferente a los problemas de los pacientes.

La Atención Farmacéutica no debería abrir caminos de ruptura en nuestra profesión. Hay que estar atentos, porque los caminos se abren siempre para bien de la sociedad. El ser humano siempre ha luchado por resolver los problemas a los que se ha enfrentado. Ha enterrado lo antiguo y ha afrontado lo nuevo. Y lo nuevo viene a resolver problemas antiguos, pero también a generar nuevos problemas. Esas han sido las reglas siempre. Por eso no se trata de tener miedo o no a lo que viene; es que no podemos continuar mirando hacia otro lado.

Sin embargo, tenemos que ser conscientes de que desde 1990, cuando Charles Hepler y Linda Strand publicaron su artículo de “Oportunidades y responsabilidades en Atención Farmacéutica”, poco parece aparentemente haber cambiado. Pero, aunque queda muchísimo por hacer, sí que creo que algunas cosas importantes están cambiando. Al principio todos, yo creo que Hepler y Strand también, vimos en la Atención farmacéutica una oportunidad de ser mejores farmacéuticos. Quizás pecamos de endogamia, de mirarnos a nosotros mismos, de ver el fin de la Atención Farmacéutica solo como una regeneración profesional. Hoy sabemos que la Atención Farmacéutica representa mucho más que eso. Podemos contribuir decisivamente a mejorar la salud de los ciudadanos. Tenemos esa oportunidad y esa responsabilidad. Aunque sea difícil, aunque la Atención Farmacéutica represente una contracultura, como dice la farmacéutica brasileña Djenane Ramalho de Oliveira, tan admirada por mí. Y para eso tenemos que ser buenos navegantes y no desviarnos del camino. Para construir la práctica tenemos que crear Unidades Experimentales en las que se asista a pacientes con la supervisión de profesionales con experiencia, se investigue sobre sus resultados clínicos, económicos y humanísticos. Para poder generar un modelo de aprendizaje coherente a las necesidades profesionales y para saber cuántos profesionales precisamos formar para que los ciudadanos que nos necesiten puedan hacerlos en condiciones de justicia y equidad.

No hay atajos para este camino. Y los farmacéuticos hemos tratado de construir muchos atajos para no recorrerlo. Quizás lo hemos hecho porque no hemos reflexionado de forma suficiente sobre cuál es el sentido de los cambios. O no hemos querido afrontar un desafío que considerábamos irreal porque nunca había formado parte de los genes dominantes de nuestra profesión. En mi caso personal, eso no me ha importado. Me siento plenamente identificado con el protagonista sin nombre de la novela “El país de la canela”, del escritor colombiano William Ospina: “Hay tantas cosas que la humanidad no habría hecho si no la arrastra un fantasma; hechos reales que solo se alcanzaron persiguiendo la irrealidad”. Mis pacientes me han ayudado a perseguir la irrealidad que representa la Atención Farmacéutica para nuestra profesión. Y he ido haciéndolo muy ligero de equipaje, como decía el poeta español Antonio Machado, de la mano de ellos.

No soy profesor universitario, no pertenezco a las estructuras públicas de salud que son tan importantes en mi país. Simplemente soy un modesto farmacéutico comunitario, que trabaja en una pequeña farmacia de Sevilla, arrastrado por el fantasma de la Atención Farmacéutica a conquistar la irrealidad. No soy profesor universitario en mi país, pero no porque no quisiera, sino porque no me lo han permitido. Tampoco he pertenecido a las estructuras públicas de salud, porque no se dio la oportunidad, y porque allí los farmacéuticos están para corregir a los médicos, pero no para trabajar con pacientes. Sin embargo, mi fantasma me arrastró a hacer la primera tesis doctoral en España sobre Atención Farmacéutica y me llevó después a muchos lugares. Me llevó primero a Granada, a trabajar con el que después era el grupo más importante de Atención Farmacéutica en España, con fuerte influencia sobre la realidad latinoamericana. Pero un día me dijo que había llegado el momento de salir de allí, porque era un camino que no llevaba a ningún lado, como se han encargado ellos mismos de demostrar a lo largo del tiempo. Tardé mucho en escuchar a mi fantasma. Tenía miedo. Miedo a mi fantasma, cuando a lo que debía tener miedo era a la realidad que tenía por delante. Mi fantasma me liberó y me hizo continuar al frente, pero ya sin miedo a estar solo. Comprobé que nada hay más fuerte que la coherencia y la convicción en lo que crees. Soñar con los ojos abiertos, y construyendo el camino hacia ese sueño, que he compartido con cientos y cientos de pacientes a lo largo de mi vida profesional, que me han enseñado todo lo que sé, y que me ayudan a prepararme para cuando yo también lo sea. Y así seguí recorriendo el camino, que me llevó a implantar un servicio de evaluación de la farmacoterapia en un consultorio médico, una experiencia maravillosa que no pudo tener continuidad, hasta regresar de nuevo a la farmacia comunitaria en la que actualmente estoy, aunque mi fantasma ya me ha dicho al oído que dentro de poco tiempo toca mudanza. Y yo confío en mi fantasma, porque me llevará al País de la Canela. Uno cree saber lo que busca, pero solo al final, cuando lo encuentra, comprende realmente qué andaba buscando. Y me gustaría mucho que farmacéuticos brasileños me acompañaran en esta conquista, en esta locura.

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2 comentarios en “CONSTRUYENDO EL FUTURO CON LA EXPERIENCIA DEL PASADO

  1. Como siempre nos señalas el camino, obvio para unos pocos que vemos a la profesión como un servicio necesario, pero invisible para los muchos que solo ven el negocio del producto desentendiendose de sus efectos en el paciente, Sigamos luchando hasta vencer,

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