CRÓNICAS DE BRASIL


El viernes 28 de octubre llegué a Sao Paulo a participar en el Jubileo de  Oro del Colegio de Farmacéuticos de Sao Paulo,un Congreso atípico que  se realizó para celebrar el 50 aniversario de nacimiento. No me voy a  referir a las ponencias, sino a la parte festiva de la celebración: el primer  día, la orquesta Pao de açucar, compuesta por niños de familias con  problemas sociales; el segundo, una obra teatral de lo más atrayente,  significando las distintos tipos de personalidad, con sus miserias y  ventajas; y para finalizar, una maravillosa orquesta que combinaba la  música clásica con la samba, a la que me voy a referir.

Fue algo maravilloso. A la izquierda del escenario, un director de orquesta clásica con sus músicos; a la derecha,un grupo de samba con sus percusionistas. La emoción que sentí no pude describirla, escuchando la a Bach,a Dvorak o a Mahler, por un grupo tan original. Bernd Hill, el alemán que junto conmigo éramos los invitados extranjeros, dejó su frío temperamento a un lado para aplaudir emocionado.

Pero quizás lo más bonito fue después. Con esa samba tan maravillosa que se tararea Brasil, Braasil, Braaasil, Brasil…Y todos los asistentes brasileros cantando y bailando entre las butacas y pasillos del escenario. Había brasileros japoneses, italianos, alemanes, españoles, polacos….todos unidos bajo un mismo baile y una misma alegría.

Me llamó la atención, me emocionó esa unión maravillosa,aunque ellos digan que solo es para sambar y para los partidos de fútbol de la selección. Para mí fue inevitable la comparación de lo que significa esa unión, nacionalismo centrípeto de alegría, con el nacionalismo centrífugo insano, egoísta y manipulador que existe en España.

No creo en los nacionalismos de ninguna clase, si no significan sacar lo mejor de cada persona. Y hasta ahora, los nacionalismos que conozco, el españolista y el de nuestros micromundos, ponen por delante la patria que sea al ser humano. Me llama la atención cómo la música y la cultura puede unir a tanta gente venida de tantos lugares tan diferentes, en unas condiciones tan pésimas como las hicieron sus padres o sus abuelos. Y me llama la atención también el sentimiento aldeano que pulula en el apéndice de un continente que se considera padre de la evolución y el progreso.

No tengo inconveniente alguno que quienes decidan democráticamente ser una nación lo sean. Me siento andaluz y creo en nuestra identidad como pueblo, al igual que acepto las identidades de otros pueblos y las reconozco en los otros. Pero no puedo evitar la emoción que siento cuando veo en un país como Brasil la riqueza de la diferencia, el cómo ha sabido unir bajo la alegría, un espíritu común entre gente que vino de lugares tan diferentes. Aunque tengan cosas que no sean tan buenas.

Y cuando veo esto, al igual que me emociono con la identidad a la que se ha llegado a través de la diferencia, no puedo olvidar la inmensa catetura de los nacionalismos españoles de todo tipo, y con esa falta de identidad a la que se ha llegado a través de la igualdad y del interés mezquino y pobretón.

 

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