REFLEXIONES PROFESIONALES A PRINCIPIOS DE AÑO


avestruzComienza 2013 con una imagen que bien pudiera ser una escena de una película del agente 007. Esa instantánea podría ser la del famoso espía encerrado en un cubículo sin ventanas, de techo bajo, también sin orificio alguno, en el que se ha desencadenado un mecanismo por el que las paredes se mueven hacia el interior, poco a poco, dejando el espacio en el que se desenvuelve el célebre servidor de Su Majestad británica cada vez más pequeño. Ya los brazos no pueden soportar el empuje de la maquinaria, las extremidades no responden y el héroe va a morir aplastado en unos instantes.

El problema es que esto no es una película, ni quien está dentro goza de la inmunidad de imaginativos guionistas que salvan in extremis a Mr Bond. En medio de la cada vez más estrecha habitación está la farmacia y quienes presionan las paredes, cada cual a su estilo, son el Partido Popular por un lado, y el Socialista por otro. El motor destructor del primer partido se llama liberalización, y el del segundo subastas. Lo peor de todo no es esto, sino que quien está dentro, lejos de ser una leyenda cinematográfica, es un colectivo sin visión de futuro, servil, y que se ha dejado manejar por unos dirigentes sin altura de miras, acobardado, que ha sufrido una enfermedad que cursa con miopía, síndrome de imprescindibilidad y ausencia absoluta de capacidad de análisis de la realidad. Y la película por tanto, más que una policíaca, parece un melodrama que puede convertirse en un film gore, en el que en breve saltarán a la pantalla todas las vísceras de la profesión.

Para entender esto, quizás hay que remontarse a nuestra historia. Hubo un momento en el que la profesión farmacéutica era imprescindible, porque su valor residía en el conocimiento. En el conocimiento para saber cómo elaborar un medicamento; en su conocimiento botánico o geológico, para diferenciar los productos naturales con beneficio terapéutico de los que no lo tenían, o de los tóxicos; en su conocimiento para darle la forma farmacéutica adecuada al fármaco para poder ser utilizado por el ser humano. La revolución industrial mecanizó los procesos y separó la investigación y fabricación por un lado, y la dispensación por otro. Hubo farmacias que se especializaron en lo primero, y con el paso del tiempo dieron lugar a la industria farmacéutica, y las farmacias se convirtieron en establecimientos para dispensación, con los matices particulares que se les quiera dar.

La fortaleza de los farmacéuticos de las farmacias pasó a basarse en los medicamentos que dispensaban y la industria creció y desarrolló cada vez más medicamentos.

Tras la segunda Guerra Mundial, ese desarrollo de medicamentos, y la Declaración de los Derechos Humanos, entre los que se incluía el derecho a la salud, dio lugar en Europa a los sistemas sanitarios públicos, que incluyeron a los medicamentos como parte imprescindible de sus prestaciones. Esto hizo que la farmacia viviera en los años siguientes una época gloriosa en lo económico, que coincidió con su fase más desprofesionalizada. Y a ella acudieron a ejercer personas más interesadas en ejercer el comercio minorista de productos, los medicamentos, que profesionales sanitarios. Y ya se sabe de la mentalidad conservadora y cortoplacista del pequeño comercio.

A pesar de todo, en España se produjo una organización de la estructura farmacéutica interesante. La unión de la propiedad de la empresa y la responsabilidad sanitaria, la imposibilidad legal de poseer más de un establecimiento y las distancias mínimas entre estos, ha producido una red social de enorme valor. En los barrios más deprimidos de las ciudades y en no pocas pequeñas poblaciones, el farmacéutico era, y aún lo es y lo seguirá siendo, el único profesional universitario que atendía a esa población en su mismo hábitat de vida. Además, la organización de la distribución de medicamentos mediante cooperativas farmacéuticas, agrandaba más todavía el valor social de la farmacia. Fueron unos años dorados, favorecidos por una oportunidad de mercado, que no del valor del conocimiento, los que se dieron: muchos medicamentos, cada vez más caros, pagados por el estado y con la única responsabilidad de la dispensación. Pero, como en todas las oportunidades en las que obran las circunstancias y no el mérito, llega un momento en el que se acaba el periodo de las vacas gordas. Aparecieron los genéricos, la necesidad de controlar un gasto cada vez más disparado como consecuencia de la medicalización de la sociedad, y se puso la mira en una profesión a la que se le discutía el valor añadido que daba al proceso de atención sanitaria.

Paralelamente a esto, esa medicalización a la que aludía, en la que el medicamento había desplazado a la adquisición de hábitos de vida saludables como factor de prevención, produjo la aparición de  problemas de salud originados en el ineficiente uso de los medicamentos. Otros países demostraron que el medicamento como entidad diagnóstica de un problema de salud, era el responsable de unos costes económicos, sanitarios y sociales, que doblaban los que las sociedades invertían en medicamentos. Las muertes ocasionadas por los medicamentos multiplicaban por seis la de los accidentes de tráfico. Pero había algo que era aún más interesante para la profesión: si se incluían farmacéuticos en el equipo sanitario, para gestionar de forma integrar la farmacoterapia, con el objetivo de disminuir el problema, se producían unos ahorros que cuadruplicaban la inversión en la implantación de estos servicios. Se producía así una oportunidad de reprofesionalización de los farmacéuticos y de volver a traer el poder desde los productos al conocimiento.

Una parte importante de la profesión quiso asumir el reto de disminuir la morbi- mortalidad asociada al uso de los medicamentos, pero la mayoría acabaron cansados. Cansados de no encontrar un sistema de remuneración justo, acorde a las responsabilidades que se contraían con pacientes con enfermedades bastante serias; cansados de la corporación farmacéutica, que si no se convertía en dinamitadora de cualquier actuación profesional que alejase del café para todos, pasaba querer capitalizar cualquier camino que pudiera conducir. Lo que no se sabe qué es peor.

Y en estas seguimos. Una parte importante de la profesión sigue aspirando a cambiarla, a que el farmacéutico sea un profesional de la salud responsable de optimizar los resultados de la farmacoterapia. Otra parte, prefiere continuar igual, no se sabe si dejando morir la profesión para saltar del tren en marcha unos minutos antes de que caiga por el precipicio, o agachando la cabeza esperando que algún día cese la refriega y todo vuelva a su cauce. Lo triste es que la gran mayoría no hace nada, ni por lo uno ni por lo otro. Y ya se sabe desde hace tiempo que quienes más daño hacen son los tibios e indecisos.

Son tiempos duros. De Guindos está al acecho. Los ejemplos de Güemes, de rato y de Esperanza Aguirre cobrándose sus contribuciones a la desregulación de activos esenciales del sistema público, no alientan precisamente a que el señor de Guindos sea en unos años presidente español de una súper cadena farmacéutica. Si pasa eso, seguirá habiendo necesidad de farmacéuticos buenos profesionales, para que resuelvan la tragedia de salud pública que producen una medicación no tan segura como otros quieren creer. Pero tampoco será porque veinte años de amagar y no dar con la Atención Farmacéutica no daban para haberle dado la vuelta a la tortilla.

El mundo del medicamento tiene demasiados intereses como para permitir que la gente honesta abra nuevos caminos. Aun así, alguien tendrá que hacerlo. Y lo hará, aunque no sabemos la destrucción que se producirá en este campo de batalla.

Habrá muchos culpables de lo que está pasando. Pero si no se empieza por ver qué es lo que podríamos y podemos hacer mejor, nunca llegaremos a una solución. Si no nos hacemos las preguntas correctas, aunque duelan, nunca llegarán las respuestas que se necesitan.

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3 comentarios en “REFLEXIONES PROFESIONALES A PRINCIPIOS DE AÑO

  1. Empezando por la figura de la avestruz, bien elegida para la reflexión, casi todo su discurso me confunde si usted habla de la realidad farmacéutica de los españoles o brasileños. No obstante, peculiaridades se me escapan por no saber detalles de su realidade. Sigue con una profesión con mucha dificuldad de pensar en su realidad histórica y social, en su enseñanza, y que se vuelve a su ombligo o a una nostalgia por tiempos de glorias, a menudo llenos de dudas sobre sus valores dorados. Y llego entonces al punto de leer su texto muy próximo de nuestra realidad brasileña. Y vuelvo a la avestruz, que me hace recordar que a mí me parece que nuestras organizaciones sólo sacan la cabeza del hoyo cuando un proyecto de ley amenaza las ganancias … perdonadme mi castellano sucio…. mismo con la ayuda del google…
    Edson Perini -Cemed/UFMG/Brasil

    1. Los farmacéuticos confiamos demasiado en las organizaciones que nos representan para que no salven de tal o cual amenaza. Y lo cierto es que, la mayoría de las ocasiones, en la mayoría de los países, son un obstáculo para su resolución.
      Con matices, las realidades profesionales de los farmacéuticos son muy similares en todo el mundo. Gracias por su esfuerzo. Su español es magnífico

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