K.O.L.


 

K.O.L.Recientemente estuve en la presentación de una novela, K.O.L. Líder de opinión, del médico Federico Relimpio Astolfi, editada por Anantes, el mismo sello que me editó Aquel viernes de julio. Aunque no la he leído aún, las referencias a su calidad literaria son magníficas y estoy deseando zambullirme en sus páginas.

K.O.L. trata de las oscuras relaciones entre el mundo de la medicina, que atañe especialmente pero no solo a los médicos, y la industria farmacéutica. La presentación fue magnífica, con brillantes oradores que glosaron la obra y un discurso lúcido del propio autor de la obra, que reflexionaba de una forma crítica, incluyéndose él mismo en ella, acerca del tema central de la obra.

Puedo decir que me gustaron mucho las palabras de todos, especialmente las del autor. Tanto, que me invitaron a hacer mi propia reflexión sobre el tema, desde mi sesgo de farmacéutico comunitario, un profesional cuyos honorarios profesionales vienen, no de una labor asistencial, sino de la dispensación de esos productos farmacéuticos.

El mundo del medicamento es tremendamente costoso, por diversas causas:

En primer lugar, por la medicalización de la sociedad, que pretende un medicamento, como solución rápida, para cada cosa que cree que no está bien. Alucino cuando veo a personas queriéndose gastar unas buenas decenas de euros para evitar que se le caiga el pelo, para retrasar el envejecimiento, para adelgazar sin una dieta específica, etc. Esto tiene una profunda carga social, cuya trama se enreda con otros aspectos de la vida que llevamos, y para la que el tema del medicamento no es nada más que la puesta en escena en materia sanitaria, de esta manera de estar en el mundo que tenemos los seres humanos, a principios del tercer milenio de nuestra era.

En segundo lugar, por el cuestionable precio de muchos medicamentos. A pesar de que muchas veces son el arma terapéutica más económica para combatir la enfermedad, resulta cuanto menos desconcertante, ver su precio cuando la patente se pierde.

Y en tercer lugar, por la ausencia de profesionales independientes que hagan de contrapoder. Profesionales que se constituyeran en salvaguarda de los pacientes y que, integrados en los equipos de atención sanitaria, se encargasen de colaborar en la máxima efectividad y seguridad de los tratamientos necesarios, y que contribuyesen a la desmedicalización de la sociedad. Es decir, que estuvieran al otro lado de la cadena diagnóstico- pronóstico- selección del tratamiento, junto al paciente, para asegurar que lo que se pensó está ocurriendo realmente. Porque no hay medicamento que garantice un resultado óptimo por sí mismo, y porque en un paciente polimedicado, los resultados de los medicamentos no son el resultado de los sumandos sino que es algo más complejo, por compartir vías de metabolización medicamentos que sirven para cosas muy diferentes.

Siempre soñé que el farmacéutico pudiera ser ese profesional que colaborase en desentrañar la complejidad farmacoterapéutica de los pacientes polimedicados actuales. Pero para ello, habría que estar al margen de todo interés comercial por un lado,  e involucrados de forma real en obtener el máximo beneficio de los tratamientos. Los farmacéuticos de atención primaria podían haber sido, pero se han dedicado a tareas menores; los farmacéuticos comunitarios también, pero no se despegan o no quieren despegarse del margen comercial, es decir, quieren seguir dependientes de la cadena económica del medicamento.

Me encantó la capacidad de autocrítica de una profesión con la autoestima alta como es la de la medicina. La envidio, porque dudo mucho que los farmacéuticos expusieran en público sus miserias como hicieron los médicos que intervinieron. Es más, ya se sabe quien ejerce la crítica interna solo recibe aislamiento.

Recomiendo a quien haya llegado a leer hasta aquí que compre la novela. Es un tema muy interesante. Hay un autor detrás con una honestidad que le trasmina por los poros. Y sobre todo, lo más importante de una novela: que está muy bien escrita.

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