LEGISLAR LA AUTORIDAD


La_letra_con_sangre_entraLa nueva ley de educación reconocerá al profesor como autoridad pública. En los últimos años hemos conocido muchas agresiones por parte de padres de alumnos a sus maestros, al igual que también han sido notorias las que han sufrido profesionales de la medicina, a los que la legislación ya les reconoce el rango que próximamente van a alcanzar los educadores.

La educación es en mi opinión el pilar básico para una sociedad próspera de verdad, y la figura del profesor es esencial para ello. Lamentablemente creo que esta nueva ley nos va a empobrecer aún más porque fomenta el elitismo, es decir la desigualdad social, aunque la figura del educador pueda salir más o menos fortalecida. Las sucesivas leyes de educación que desde la Constitución de 1978 hemos tenido demuestran nuestra falta de cultura democrática y la influencia que tienen grupos de poder que nunca se presentan a las elecciones pero acaban moviendo sus hilos. Las leyes tienen siempre vocación de caducidad tipo yogur, porque en lugar de señalar los límites del poder se empeña en demostrar el que tienen los que legislan.

Yo comencé a estudiar primaria en 1969, con Franco presidiendo el Consejo de Ministros. Era una época en la que una parte muy importante de la sociedad tenía muy difícil acceso a la educación. La enseñanza pública no estaba suficientemente extendida y la mayoría de los colegios eran privados y de la Iglesia Católica. Los trabajadores que pudieron dar estudios a sus hijos lo hicieron con mucho esfuerzo. He visto médicos y otros profesionales cuyos padres, analfabetos, hicieron posibles sus carreras universitarias desde andamios, o sirviendo en las casas. Una generación que trabajó durísimo y que entendió que la educación era el motor para salir de la pobreza.

A mí no me hizo falta, mis padres tenían carrera universitaria ambos, y ese esfuerzo se hizo una generación antes de la mía, en la dura posguerra. En la generación de mis padres había pocos universitarios y mucho menos, mujeres. Mi abuelo materno, un represaliado de la Guerra Civil, hizo lo imposible porque su hija, y también sus sobrinas, accedieran a la Universidad y lograran culminar una carrera. Gracias  a ese esfuerzo yo estudié con menos dificultades que otros y mis padres me llevaron a un colegio privado que no pertenecía a la Iglesia Católica, en el que se reconocía la autoridad de los profesores. Quizás fuera una época en la que cualquier autoridad infundía respeto. El respeto que produce el temor a unas consecuencias en las que siempre había un presunto culpable.

He recordado manifestaciones de autoridad de aquella época en mi colegio. En primero, allá por 1969, recuerdo al maestro lanzar desde su mesa un tampón de madera de los antiguos a los niños de seis años que se distraían hablando. Ese tampón para sellar documentos era grande, de forma curvada en su superficie, que para mojarlo bien en la tinta había que balancearlo bien.

Del profesor de segundo apenas tengo más recuerdos, salvo que fue nuestro catequista para la Primera Comunión. Aunque no se me olvida que me enseñó tres canciones en un campamento: “Cara al sol”, “Prietas las filas” y “Montañas Nevadas”. Todavía puedo visualizar la imagen de mi madre, hija de republicano, cuando subí al coche después del campamento y le canté aquello de la camisa nueva.

En tercero tuve un maestro al que le daba mucho sueño en las clases de por la tarde. De él sí que recuerdo un guantazo que me dio por hablar con mi compañero de atrás. Cuando entrábamos a las tres escogía a uno de los más gorditos de la clase, menos mal que por aquel entonces yo era flacucho, se lo sentaba en sus piernas y le daba una pluma de ave para que le hiciera cosquillas en el cuello hasta quedarse dormido.

En cuarto nuestra clase tenía más de ochenta alumnos. Al maestro, que era toda una referencia diría que en la ciudad, le gustaba utilizar las reglas de dibujo para dar palmetazos a quienes, a los nueve años, hablaban más de la cuenta. En especial le gustaba mucho la de un compañero, que la tenía especialmente pequeña, la regla, con la que podía hacer más daño.

Cuando pasé a quinto, también al profesor le gustaba dar mamporros, pero el más temido era el de inglés, un antiguo héroe británico de la II Guerra Mundial, al que las leyendas colegiales le atribuían que estaba loco porque tenía metralla en la cabeza. A Mister …X, a quien con tanto respeto como poco nivel de inglés algunos alumnos llamaban don Mister …X, le gustaba pedir “one peseta” de multa a quien se expresara en castellano en la clase, acompañado de un buen reglazo en las nalgas, para lo que había que agacharse previamente en posición sodomizante.

En sexto no olvido la paliza que un profesor le dio a un chico minusválido, que hizo una gracia tirando un papel en la papelera (la gracia fue dar una vuelta alrededor de la cesta). Cuando pasaban estas cosas, en lugar de contárselo a tus padres había que callarlo, no fuera a ser que te ganaras otra buena tunda en tu casa. En la mía nunca fue así, pero alguno de mis vecinos se ganó buenos correazos por parte de su padre ante alguna situación similar. Si en clase la letra no entraba con sangre, después muchos padres se encargaban de que el cinturón ayudase a que terminara de penetrar.

Más adelante mis recuerdos son más vagos curiosamente. No sé si es porque ya éramos más mayores, pero sí me viene a la memoria las consecuencias de “no tener autoridad”. Claro, cuando la doma se hacía de esa manera, ver a un profesor, en este caso profesora, que no se imponía, era despertar a la bestia. No olvido a aquella profesora británica que era incapaz de mantener el orden, y cómo sus clases eran ingobernables y algunos de los alumnos más golfos se masturbaban en las últimas filas. Qué poco duró la pobre.

Por último, en aquel colegio que pagaban mis padres y los padres de mis compañeros de forma religiosa, aunque fuera laico, quiero contar una experiencia de autoridad que sufrí en mis carnes. Me la hizo el director del colegio, que por otra parte, me aconsejó estudiar una carrera de letras y no le hice caso. Suspendí la primera evaluación de su asignatura. Me sentí tan avergonzado, a mis dieciséis años, por aquello, que en el mismo examen, reconociendo lo desastroso que fue y sintiéndome culpable, le escribí al final de la hoja de examen una frase: “Prometo mejorar”.

Comencé la segunda evaluación estudiando mucho, decidido a que aquello que pasó fuera un borrón sin importancia. La primera vez que el profesor pidió un voluntario para resolver un problema de los que habían puesto en los deberes, me ofrecí de inmediato. Estaba estudiando mucho y tenía la voluntad de mejorar. Salí a la pizarra y el profesor, delante de toda la clase, lejos de preguntarme por aquel problema, lo hizo por la materia que había suspendido. Me preguntó delante de toda la clase si creía que bastaba con resolver ese problema, que qué era eso de que prometía mejorar. Aquel acto pedagógico de autoridad contribuyó sin duda a que tuviera que aprobar aquella asignatura en septiembre.

Eran otros tiempos, son anécdotas puntuales que presenciamos los alumnos con los que compartí clases hace ya muchos años. Es probable que en otros colegios, incluso en los institutos de enseñanza pública, pasasen cosas parecidas Como dicen algunos, hay que contextualizar, entender aquellos tiempos de represión.

Espero que no sea este el tipo de autoridad que añoran los legisladores. Quizás con un sistema educativo más igualitario, enfocado en valores universales, que pueda formar a las personas más libres, no habría que legislar tanto sobre la autoridad. No hay libertad verdadera sin una educación justa y accesible a todos. La libertad tiene que ver con la capacidad de elegir y desear el bien común en lugar del bien particular. Para conseguir un sistema educativo que se enfoque a construir individuos libres, obligatoriamente tendrá que ser equitativo. Y probablemente entonces no fuera tan necesario legislar sobre la autoridad.

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