JUAN


GORRILLASMe lo encuentro cada mañana cuando bajo a comprar el pan. A las siete y media de la mañana, quizás antes, Juan comienza su jornada en la zona de la panadería. Aún se le puede ver por otras calles del barrio a las diez de la noche, por la parte de los bares, que a esas horas está más concurrida. No sé cuándo termina, pero las quince horas parece que no se las quita nadie.

Juan es aparcacoches ilegal y muy pronto va a sufrir los recortes también en su trabajo, porque el Ayuntamiento va a implantar la zona azul en el barrio. De esta forma su percepción ilícita de honorarios se cuadruplicará  de forma lícita para el Ayuntamiento, a costa de los usuarios de las plazas de aparcamiento. Juan solo podrá atender la hora nocturna o, triste sino de estos tiempos, tendrá que emigrar a otras zonas de la ciudad en las que pueda seguir ejerciendo su actividad.

Desconozco si los ayuntamientos tienen departamentos de I +D y realizan un seguimiento a personas claves como Juan, que les hacen descubrir nuevos nichos de negocio. Si no fuera así lo recomendaría vivamente, porque legalizar lo ilegal produce siempre beneficios…económicos. Aunque Juan trate de ayudar a aparcar, aunque los nuevos empleados de la empresa concesionaria se limiten a ver qué coche tiene el tiquet de haber pagado a la vista.

Juan es una persona educada, aunque todos sabemos que no todos los aparcacoches ilegales lo son. Como en todas las profesiones. Y más en una a la que no se llega porque sí. Tiene su barriguita cervecera, como tantos de nosotros y la piel demasiado sonrosada, con esas venillas saltonas que denotan tener un largo romance con el alcohol. Pero hace bien su trabajo. Incluso cuando se va de vacaciones con su cuñado deja sustituto. Suele departir con los parroquianos de los bares cercanos. Puede decirse que está plenamente integrado en la comunidad, aunque pronto todo será diferente. Tampoco creo que le preocupe mucho, pues Juan pertenece a esa clase de gente que vive el día a día, sin pensar demasiado en el futuro, a diferencia de la clase media.

Las sociedades tan desiguales como la nuestra tienen a muchos juanes y juanas por la calle. Aparcando coches, vendiendo romero para la buena ventura, amenizando con su música los veladores de las terrazas, o vendiendo imitaciones para quienes gustan de presumir de marca pija y no les llega. Los juanes y las juanas son denostados por nosotros. A los que ejercen la profesión de Juan uno de los cronistas de la ciudad les bautizó con éxito como gorrillas. No se podría haber escogido una palabra con más tino para describir…al cronista y al pedestal desde el que pontifica.

En nuestra sociedad hay cada vez más juanes y juanas buscándose la vida por la calle como pueden. Para unos resultan molestos, incómodos, para otros son parte de nuestro paisaje. Quizás si la empresa que gestione el aparcamiento ofreciera un puesto a Juan este lo rechazaría, o duraría poco. Juan es alma libre y por su prolongada exclusión social, que puede que comenzase nada más nacer, quién sabe, es más que probable que no tenga vuelta atrás, que ya sea incapaz de integrarse en nuestras reglas sociales. Aunque quién sabe. Acabo de saber que una de las rumanas que pide en el barrio ha conseguido trabajo de empleada del hogar. Estaba radiante. Quizás solo haya que darles una oportunidad. La que como sociedad, ni les damos, ni nos damos.

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