A QUIÉN ENGAÑAMOS CON ESTA POLÍTICA FARMACÉUTICA


2014-01-18 10.03.55La sociedad estima que la mejor forma de reconocer la labor del farmacéutico comunitario es que perciba sus honorarios de acuerdo a un margen comercial al dispensar los medicamentos. Y por tanto, como Ronaldo o Messi, que ganan mucho como futbolistas porque meten muchos goles, cuanto más vendan esos farmacéuticos más altos serán su salario y mejor  considerados socialmente estarán, al disfrutar de mejores coches, viviendas en localizaciones más exclusivas y todo aquello que el dinero puede ofrecer, que no es mucho pero sí muy deseado por nuestra sociedad, inclusive para aquellos que hacen las leyes.

Pensar que un colectivo, no hablo de los bienintencionados héroes y los malvados villanos que en cualquier profesión existen,  va a hacer algo distinto de lo que le marca la ley y el sentido común es de tontos o de hipócritas. Pensar también que si cambia esa orientación los profesionales no vayan a hacerlo, también.

SIN COBRAR NO SE PUEDE TRABAJARUna profesión también es su remuneración escribí en este blog hace unos meses. Por tanto, al igual que a Ronaldo no se le pide que marque menos goles para salvaguardar la honorabilidad de un guardameta, al lobo que guarde las ovejas del pastor o al banquero que deje de estrujar a sus clientes para sacarles lo máximo que pueda, al farmacéutico no se le debe exigir nada que no marque la legislación vigente de manera precisa y que esté definido por su modelo de percepción de honorarios. Así que, mientras exista ese perverso modelo solo se va a conseguir lo que ya se consigue. Decir lo contrario no es más que hipocresía; criticarlo por quien tiene en la mano que sea de otra forma, practicar un deporte tan propio de este país, clerical hasta para los anticlericales, como el del prejuicio.

El problema no es lo que hacen los farmacéuticos comunitarios, sino lo que podrían hacer, y si eso que podrían hacer resultaría de utilidad para la sociedad. Rasgarse las vestiduras por lo que hacemos estaría bien si a pesar de que se ofrece el camino para cambiar no lo hacemos. Por tanto, ¿a qué coño juegan quienes nos critican? Que yo sepa, a eso: al prejuicio, a rasgarse las vestiduras y a la hipocresía.

El colectivo no quiere cambiar. Por supuesto, ¿qué colectivo quiere cambiar, y más si no hay una alternativa concreta? Pero el problema no es que se quiera o no cambiar, las resistencias internas. El verdadero problema es que quien tiene la capacidad de que esto cambie ejerza ese poder que tiene. A los políticos, y no me refiero solo a quienes elegimos para nuestros parlamentos, sino también a los de nuestra profesión, se les llena la boca de palabras contenidas de vacío, las idóneas para mirar hacia otro lado. Resulta tremendamente triste cómo un sistema público de salud, pagado por los impuestos de los ciudadanos, se permite mirar hacia otro lado con la sangría social y económica que producen los medicamentos. Esta ineficiencia es la excusa perfecta para los depredadores del estado, que ven en la privatización de servicios públicos el nicho que necesitan para seguir haciendo negocios a nuestra costa.

Es vomitivo que un problema de tan altísimo coste, como la morbi- mortalidad evitable producida por medicamentos, que encarece los costes de atención sanitaria y prestaciones sociales, con una mortalidad que multiplica varias veces la de los accidentes de tráfico, que tiene tecnología sanitaria capaz de disminuirlo drásticamente, que goza de un profesional con el que, si se tiene un mínimo de paciencia y un mínimo de coherencia, no se le dé la respuesta adecuada, la que se le está dando en otros países con éxito. Quizás porque este país no es un país de éxito sino de fracaso, y donde el fracaso social no es más que el espejo del de los colectivos y las personas que lo integramos.

Cada euro que se invierte en pagar a un farmacéutico clínico por disminuir esto, hace que la sociedad ahorre cuatro euros, que puede emplear en otras cosas.

Mientras esperamos alguna respuesta, sigamos en la misma línea. Aquí tiene la foto de trece Glucagon Hipokit® tirados en el contenedor de una farmacia para su destrucción ecológica. Como en el antiguo concurso de la tele: 13 glucagones, a  21,46 € cada uno, 278,98 € tirados a la basura. ¡Un, dos, tres, responda otra vez! Pero responda, responda quien tenga autoridad moral para decir que este es el camino para una profesión y para una sociedad en materia de medicamentos.

P.D.: Dedicado solo a los farmacéuticos comunitarios que me tachan de radical o de estar en contra de la farmacia comunitaria:si has leído esto y todavía lo crees, vete a la mierda.

Fotos: la del emdicamento es de mi archivo personal; la de la manifestación está publicada en http://www.sociedad.elpais.com

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