CON EL SUELO EN LOS PIES


CON LEL SUELO EN LOS PIESRegresó feliz del entierro. Incluso se atrevió a acercarse a la viuda y presentarle sus condolencias. La mirada ausente de ella no varió cuando le confesó la admiración que sentía por su esposo y lo mucho que le debían por su trabajo, tan luminoso como adelantado en el tiempo, él y los colegas a los que representaba. Quizás ella no le recordara, puede que ni siquiera le hubiera escuchado, ajena a todo lo que le decían. Por si acaso, pensó que lo mejor sería no quedarse más tiempo del aconsejable ante aquella mujer.

Las circunstancias de la muerte no podían menos que otorgarle la razón. Demasiado idealista, poco apegado a la realidad que él se negaba a aceptar, como si en la vida fuera posible cambiar el orden establecido. Idealista y peligroso, porque en los últimos tiempos había enfrentado incluso a las instituciones democráticamente elegidas, como la que él representaba. Si este país era una democracia, tenía que haber acatado el veredicto de las urnas, aunque fueran ya tres las legislaturas en las que sólo él hubiera dado el paso adelante para presentarse como candidato.

Un suicidio, sí. Era lo esperado, por su orgullo, por ser tan emocional, tan vehemente defendiendo lo que no tenía defensa alguna con los pies en el suelo. Mientras abría la puerta de su automóvil en el garaje del tanatorio, no pudo evitar una sonrisa por la maldad que acababa de pensar. Por no tener los pies en el suelo había muerto así, con los pies colgando a unos metros del suelo, en el salón de su casa.

Miró el reloj y se dio cuenta de que no iba sobrado de tiempo. Tendría que dirigirse a toda prisa a la sede. Ya sabía lo que le esperaba: firmar una serie de documentos, devolver unas llamadas inaplazables y atender un par de citas antes del consejo de última hora de la mañana, en el que iban a discutir una vez más los cambios que necesitaban para recuperar la credibilidad social perdida. Hoy ya no les dolería la cabeza, ni a él ni a sus consejeros, por las críticas, afrentas decía más de uno, del difunto. Aunque tampoco estaba muy seguro de que las cosas fueran a cambiar con la desaparición de este hombre, ya que ahora más que nunca se daba cuenta de que el consejo estaba minado de contestatarios y de gente con poca altura de miras, que nada más que le preocupaba su propio interés.

Al llegar a la sede aparcó en la plaza que tenía reservada para él. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que el garaje estaba casi desierto. Mientras recogía su chaqueta del asiento contiguo tuvo una idea luminosa: al iniciar el consejo pediría un minuto de silencio en memoria del suicida, desaparecido en circunstancias desgraciadas, diría. Y al final, en ruegos y preguntas para que la sorpresa fuera, les propondría institucionalizar un premio que llevase el nombre del finado, para reconocer a los colegas más significados.

Volvió a sonreír, no era para menos. Al fin y al cabo él accedió al puesto que ocupa por transformar la realidad. Siempre había compartido los fines con el fallecido aunque su forma de hacerlo, su estrategia a la hora de conseguirlo, había sido bien diferente, más con los pies en el suelo, como a él siempre le gustaba decir. Y después de tantos años seguiría siendo así.

La alegría le impidió controlarse al cerrar la puerta del automóvil, aunque luego respiró aliviado al comprobar que no había roto nada. Mientras se dirigía al ascensor dudó si posponer su idea y dejarlo todo con el minuto de silencio. Las elecciones estaban próximas y quizás la propuesta podría ser un gancho electoral de primera. Y se habrían disculpado, u olvidado tal vez, las circunstancias de la muerte. Porque, al fin y al cabo, el tipo era un contestatario y se había suicidado.

La imagen que ilustra la entrada se tomó de cachunbanbe.wordpress.com/2012/02  

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