GORRILLAS


gorrillaEstaba harto de que en la calle donde debía aparcar hubiera siempre aparcacoches ilegales. Solía llamarles gorrillas, como acertadamente en su opinión los bautizó el más famoso juglar de la ciudad, cuya fama de ocurrente, la del juglar, no la del modesto oficinista, hacía años que había traspasado las murallas centenarias de la población llegando a las esferas más tradicionales de la capital del reino.

No soportaba tener que dejarles un euro de propina por cuidar su coche cuando lo único que les interesaba, siempre a su juicio, era cobrar y perseguir a otro pringado que tuviera que rascarse el bolsillo. Algún viernes, en el after hours que celebraban tras la finalización del horario laboral, había llegado incluso a alzar la voz de forma enérgica, sin duda ayudado por la ingesta de bebidas espirituosas, si alguien osaba opinar de forma contraria. En especial porque casi ninguno de aquellos era español, ni siquiera blanco, porque lo que ganaban se lo gastaban en cerveza. Como él, le llegó a decir alguien, a lo que respondía que la cerveza era para el que la trabajaba, parafraseando a políticos con los que no comulgaba.

Un día, mientras paseaba cerca de unos jardines, se dio cuenta de que había muchos obreros arreglando los parterres y sustituyendo parte del mobiliario urbano degradado. Reparó en que era tiempo electoral. Se acercó a uno de los trabajadores, que le confirmó que habían sido contratado hasta la fecha de los comicios. Y pensó que había llegado el momento de acabar con aquellos aprovechados.

Escribió al concejal del distrito, una carta al director del periódico en el que trabajaba el juglar; recogió firmas en el bar, en la oficina… Hasta que al fin, a escasos días de las elecciones, apareció la policía local y limpió, en sus propias palabras, la calle de aquellos indeseables.

El viernes previo a la jornada de reflexión se jactó de su capacidad persuasiva y se marchó feliz a su casa, deseoso de que llegara el domingo para votar la continuidad del alcalde que había atendido su petición.

El lunes regresó con buen ánimo a la oficina pero no pudo aparcar donde solía hacerlo. Temió que otra vez estuvieran aquellos extranjeros que extorsionaban euro a euro a gente honesta y honrada como él. Pero no, la calle estaba cerrada por obras. Unos trabajadores pintaban con líneas azules las plazas de aparcamiento y otros instalaban las nuevas máquinas de cobro. El tiempo máximo de estancia sería de dos horas y el precio….mejor no pensarlo. Al menos, se ofrecía una tarjeta de puntos por la que conseguir numerosos descuentos y participar en sorteos para aparcar gratis en cientos de ciudades de Europa. Antes de subir a la oficina se acercó al estanco a preguntar el precio del bonobús.

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