NUESTRO MURO DE BERLÍN


MuroAyer por la mañana fui con mi amiga Constanza a pasear junto al muro del tren que aísla la zona occidental del Polígono Sur de otras zonas de la ciudad. Reconozco que ese muro me tiene algo obsesionado. Durante las últimas semanas he paseado muy temprano por allí, alguna vez solo y otras en compañía. Si hace unos días lo hice con mis amigas poetas Anabel y María Magdalena, ayer le tocó a la pintora. Tengo, tenemos todas, y ahí me incluyo, muchos deseos de realizar actos culturales en ese paseo para el próximo otoño, actos que también sirvan para denunciar y tomar conciencia de la existencia de ese muro de hormigón que me recuerda tanto al que había en Berlín. Sí, Sevilla tiene también su muro de Berlín, que impide a miles de familias formar parte de la ciudad con pleno derecho, y que contribuye a que una delincuencia minoritaria en número, se haga ama del barrio. Con nuestra complicidad, con esa indiferencia e ignorancia que permite que muchas personas decentes, la inmensa mayoría, viva presa en esa cárcel de muros invisibles.

Detuvimos el coche en la zona sur del muro y caminamos a través de la zona peatonal que recorre paralela a las vías del tren. En un día tan caluroso – por la tarde se sobrepasaron los 40˚C − apenas se escuchaba algo más que el rumor de las chicharras. Las sombras de los numerosos árboles conformaban una penumbra agradable, que por unos minutos nos hizo olvidar las temperaturas este durísimo mes de julio de 2015. Nos detuvimos en cada grafiti del muro, impresionantes y hablamos sobre la belleza del barrio, de la luz tenue de sus plazoletas; conversamos acerca de qué sería de ese paseo si no existiera el miedo.

Llegamos hasta el mercadillo que ocupaba parte del solar en el que se ubicará la nueva Facultad de Farmacia y regresamos por la avenida que discurre paralela al muro para cambiar algo la ruta. Constanza llevaba su cámara de fotos y no dejaba de disparar a todo aquello que suscitaba su curiosidad. Nos llamó la atención la enorme cantidad de antenas parabólicas que salían de las ventanas. Mucha tele para no pensar, para alienar, para atontar. La tele es el opio del pueblo. Siempre hay opio para el pueblo, aunque cambia su composición según sean los adelantos tecnológicos.

Una señora se nos acercó para preguntarnos por qué hacíamos fotos. Tenía la esperanza de que fuéramos técnicos del ayuntamiento con el cometido de detectar posibles mejoras en el barrio. Bendita inocencia, pensé. De señoras como ella está lleno el Polígono Sur, de gente que desea poder sentirse orgullosa de su barrio, que no tenga que dar explicaciones u ocultar que vive allí.

Continuamos hasta el final de la avenida y cruzamos para volver a subir al coche. Allí, junto a un contenedor de basuras nos encontramos al Neno, ¿o era el None? Sesenta y un años nos dijo que tenía. Llevaba varios tatuajes de los antiguos. Acababa de salir de la cárcel, seis días llevaba en libertad. Vivía con su madre, a la que según sus propias palabras le faltaban siete años para cumplir los cien, y su hermano. Cada uno con su paguita, y él con la que le van a dar después de haber pasado por prisión, a la que no quería volver más. Rebuscaba entre la basura para poder sacar algo que vender. También ayudaba en una tienda del barrio a cambio de una litrona de cerveza. Litrona, dormir; dormir, litrona. No robaba en el barrio, porque temía que le dieran un tiro; si acaso se iba lejos para poder robar donde no le conocieran. Vino muy joven con su familia de las casitas bajas del Polígono de San Pablo, y antes de quién sabe dónde. Sus padres, expulsados hace más de medio siglo de barrios que hoy muchos sevillanos desean habitar, barrios en los que convivían diferentes clases sociales, pero que un día se limpiaron de pobres para poder construir edificios para los aspirantes a ricos. Y a esos pobres, y a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, los quitaron de en medio, y los condenaron a vivir en lugares así para que no molestasen, con su orden de alejamiento correspondiente.

None, o Neno, nos contó por qué había estado preso, nos habló de su vida en la cárcel, de su vida en general. Hay vidas que nadie quisiera vivirlas, sobre todo quien las ha vivido. Qué triste y qué vergüenza para nuestra sociedad no encontrar respuestas para evitar que existan personas condenadas a vivir así.

Y allí lo dejamos, rebuscando entre lo que ya no quieren ni los pobres. Parias de la tierra, famélica legión a unos minutos de nuestra casa. Al fin llegamos al automóvil. Y los árboles continuaban dando sombra, y las chicharras cantaban. Y la ropa se desparramaba bajo los tendederos de las ventanas entre antenas parabólicas. Y a pesar de todo, había belleza.

28 de julio de 2015

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