TREINTA AÑOS


MANUELMACHUCAFERNANDEZ

Ayer hizo treinta años que falleció, y el martes próximo cumpliría noventa, una edad difícil de cumplir para cualquiera, y seguro que aún más para él, que no llegó siquiera a alcanzar los sesenta. Me daba mucha pereza retomar el blog. Sin embargo, un día como la de hoy, a caballo entre estas dos efemérides familiares, me ha empujado a hacerlo. Y más, cuando su esposa, mi madre, que tan bien recordaba las fechas importantes, se ha adentrado en la niebla de la que ya nadie regresa y nunca más evocará acontecimiento alguno. Treinta años hace que murió, aunque huérfanos nos dejó mucho antes.

No recuerdo haber tenido referencia paterna. Sin duda, esta circunstancia ha marcado mi vida, una vida en constante búsqueda, llegando a veces demasiado tarde, otras, demasiado pronto, a los destinos marcados por la única herramienta de la que he dispuesto, esa tan poco fiable a la que llamamos intuición.

Tampoco he sabido lo que es la autoridad, más allá de las regañinas estresadas de una madre que no podía llevar todo adelante. Quizás por ello haya desarrollado mi capacidad de escucha, mi gran afición a juntarme con cualquiera que me pueda dar luz, así como mi absoluta incapacidad a plegarme a nadie que me gobierne, ni tampoco lo contrario, pues he huido siempre, tan rápido como he podido, de dirigir a otros. Una independencia rayana en la anarquía. You are a maverick, un disidente, un inconformista, dijo una vez de mí un profesor en Estados Unidos. Y sí que lo he sido, a pesar de que los años aporten serenidad y distancia.

Fue una persona afable, que me legó muchas interrogantes. Sin embargo, creo que gracias a él también, creí en la bondad de las personas, al menos como punto de partida, y eso tiene un valor incalculable, por lo que le estaré agradecido mientras viva. Reconocer que debajo de las muchas capas y pieles que tenemos la mayoría de las personas, pueda existir la magnanimidad, da mucha paz, aunque luego sea la libertad y las formas de interpretar la vida las que nos den la capacidad de utilizarla o no. Aquellos que viven en la permanente sospecha hacia los demás, a título individual o colectivo, con esa visión profundamente negativa del ser humano y de sus instituciones, sólo me producen compasión.

Treinta años, quizás cuarenta desde que todo empezó, dan para mucho, para pasar por todas las actitudes posibles, para estar a punto de caer en casi todo, para ver cómo otros caen también. Y treinta años después, con lo único que me quedo es con sus ojos de bondad, con el camino recorrido y por recorrer para tratar de entender, pero desde esa paz que me dan,  y que siento por primera vez en todo este tiempo. Que no me abandone.

Sevilla, 18 de junio de 2017

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