SOBRE NACIONES Y ESTADOS


Un atrevimiento inexperto, una opinión, de alguien que necesita decir algo en días como estos

La hipótesis de la que parto es la de que una nación   es un territorio que agrupa a una población a la que le vincula una cultura común. Una nación, por tanto, se conformaría a lo largo de la historia, de ahí que no me quepa duda de que Andalucía lo es, al igual que no es la única en la Península Ibérica: lo son Portugal, Castilla, Cataluña… y no me extiendo más para que cada cual cierre la lista.

Un estado es, en la hipótesis de la que parto también, una entidad política, que agrupa a una o más naciones en función de dicha organización estatal colme o no las aspiraciones de las diferentes naciones que la conforman, esto es, que otorguen a sus ciudadanos un mayor grado de bienestar por su vida en común, y es por eso que a los estados no se les puede otorgar la cualidad de históricos, puesto que han cambiado a lo largo de los siglos. De hecho, la conformación del estado español tal y como hoy lo conocemos, tiene tres siglos y es consecuencia de los resultados de la Guerra de Sucesión. En mi opinión, la unidad mínima de estado es la nación, y por tanto, no estoy de acuerdo con quienes ridiculizan las aspiraciones políticas de naciones como la catalana, por teorizar que eso podría llegar a desmenuzar los estados tanto como cada aldea quisiera. Aunque, quién sabe, la historia nos ha enseñado que si hay algo inabarcable es la capacidad humana para la idiotez.

Una nación tiene un origen esencialmente cultural, en lo que lo político ha tenido enormes influencias, y en un estado, en el que lo cultural influye también de modo notorio, es un concepto básicamente político, y ambos tienen sus raíces en que el ser humano es un animal de manada, y la manada es una organización en beneficio del bien común.

Dicho esto, que las naciones quisieran o no formar parte de un estado debería ser, es lo que opino, una opción posible que sus ciudadanos deberían decidir y no los de otras naciones que conformen el estado, ya que es previo a éste, y que las naciones tengan o no aspiraciones políticas de constituir un estado dependería del grado de bienestar común conseguido en el existente.

Personalmente también, no me extraña que, en un contexto neoliberal a ultranza llevado a extremos como el actual, que tantísimas desigualdades ha provocado, el sentimiento independentista haya vuelto a aparecer, si bien estimo que con connotaciones muy diferentes a los nacionalismos del siglo XIX o los de carácter supremacista del XX, aunque a ello se sumen esos que lo mismo acusan de Botifler a Marsé que izan enseñas franquistas, tales para cuales, por cierto. Asemejar el sentimiento independentista actual al de nacionalismos anteriores es una simplificación que agrada a muchos intelectuales pero que no se sostiene. Una de las razones por las que los independentismos resurgen es la de que los estados actuales han dejado de tener el objetivo del bienestar de sus ciudadanos, y los han entregado a los grandes grupos empresariales y financieros, las únicas élites que existen, que además de gobernar sin presentarse a las elecciones, han convertido la prensa en gabinetes de comunicación propios, sesgando el derecho a la información ciudadana e intoxicándola de intereses particulares.

El anhelo del independentismo ha aparecido en primer lugar en las naciones con mayores aspiraciones y conciencia política, pero, si la gran política y el estado no vuelve a retomar el poder y sus únicos objetivos de extender el máximo grado de bienestar a la totalidad de sus ciudadanos, corre el riesgo de que se extienda como un reguero de pólvora. Andalucía, una de las naciones con tanta identidad cultural, nacional, como nula aspiración política, estatal, es sin duda, por sus niveles de pobreza y exclusión social, una de las más perjudicadas por esa alianza política llamada estado español, España, y por tanto, aunque a día de hoy sería impensable, podría transformar, y en un periodo de tiempo más corto de lo que pudiera pensarse, ese identidad de nación en un sentimiento político. Salvo, eso sí, que algunos nos tachen, por el mero hecho de ser andaluces, de gente vaga, con nula capacidad para el trabajo, etc, es decir, de constituir una raza inferior digna de lástima o desprecio, por el mero hecho de haber nacido en el sur, y también no haber experimentado la oscura Edad Media del resto de Europa o de haber dotado de señas culturales externas a ese estado con pretensión de nación llamado España.

Por tanto, en mi opinión, la solución al conflicto que acaba de comenzar, porque esto no termina el uno de octubre, es político, y precisa de una nueva conformación del modelo de estado. La solución nunca debería ser fraccionar sino cohesionar. Y para ello, y siempre en mi opinión, dotar de mayor capacidad política a las diferentes naciones, entendiendo como autogobierno y responsabilidad será tan importante y compatible, como construir más Europa. Al final todo se resume en el lema del escudo de Andalucía, tan exportable para los demás como lo han sido sus señas culturales: Andalucía, por sí, para España y la humanidad. Si no hay humanidad no habrá estado que valga.

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