DESAPROVECHADOS


La vida es una. Puede que no sea ni grande ni libre. No es grande incluso para los que llevan una doble vida, porque quienes la llevan, en realidad la viven a la mitad por la necesidad de ocultar la otra parte. Tampoco es libre, porque llevemos doble vida o una sola, las obligaciones carcomen nuestro tiempo y, si no estamos dispuestos a hacer vida de cada minuto de nuestra existencia, corremos el peligro de dar la razón a quienes piensan que esto es un valle de lágrimas.

Pensaba esto después de recibir la felicitación de un colega al que aprecio, en referencia a la lectura de las notas que preparé para un acto en el que intervine el pasado 20 de octubre en Madrid, con motivo de la celebración del 62º Congreso de la Sociedad Española de Farmacia Hospitalaria. Después de la enhorabuena, el compañero, con todo el cariño, manifestó su pesar por que yo fuera un farmacéutico desaprovechado, a lo que respondí que en modo alguno me sentía desaprovechado, que si acaso los desaprovechados eran los otros.

Sí, hay que admitir que de unos años para acá la profesión farmacéutica, en especial algunos de sus dirigentes y no pocos de sus pseudo científicos, me han hecho el vacío, que han tratado, con esa forma tan española de actuar, de ningunearme, de tratar de ocultar mi existencia. Pero, ¿y qué?, ¿puede eso impedir que alguien trate de desarrollarse, de evolucionar a la medida de sus progresos y de sus torpezas, de aprender de los aciertos y de las meteduras de pata? Imposible, salvo que vuelvan los tiempos de pistolas, lo que a la vista de los últimos acontecimientos, no hay que descartar.

No sé lo que me deparará la vida en el futuro, ni tampoco me preocupa mucho. Sí sé que el éxito, al menos para mí, no tiene que ver con el eco de lo que haga sino de mi capacidad de vivir la vida de forma intensa, abierto a crecer y a escuchar, a caer y a levantarme, y, sobre todo, a compartir con quienes aparezcan por el camino.

He vivido la profesión farmacéutica de manera intensa, tanto que me ha ayudado a entender mejor la vida. Y la literaria, como mucho antes la deportiva, también me ha permitido seguir creciendo como nunca imaginé. El secreto de todo es saber que en cada soplo de aire que se inspira hay una vida por vivir.

No, no hay vidas sino vida: una, tan grande por intensa como la que cada cual quiera vivir, tan libre como uno esté dispuesto a ser a lo largo de ella. Una vida que nos pone a prueba en cada minuto, una vida que hay que aprovechar y compartir con quien esté dispuesto en cada momento. Y si los sectarios pretenden como único objetivo echar a perder la de otros, es su problema. Los muertos no matan. Los muertos están muy desaprovechados y, además, no tienen solución.

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