4 DE DICIEMBRE


El 4 de diciembre de 1977 tenía catorce años. Los días previos, mis amigos y yo nos acercamos al Siglo Sevillano a comprar dos o tres metros de bandera blanca y verde. Una de nuestras madres, no recuerdo cuál,  cosió las puntas de la tela para hacer un forro en los extremos y que pudiésemos introducir unos palos de marquetería que habíamos conseguido en el Arca de Noé, aquella tienda increíble que había en la trianera calle Trabajo.

El 4 de diciembre de 1977, como tanta gente, nos dirigimos Chiqui, Francis, Domingo y yo al Prado de San Sebastián, con nuestra bandera a participar en nuestra primera manifestación, quizás en la más multitudinaria que jamás hubo en la ciudad, la que sin duda, más entusiasmo despertó nunca.

Allí, en aquella manifestación de cientos de miles de personas, estaba la niña de once años que con el paso del tiempo sería mi esposa y madre de mis hijos. Fue con sus padres y con sus hermanos, al igual que muchas otras familias que se lanzaron a la calle, probablemente sin saber muy bien lo que pedían, pero siendo todos plenamente conscientes de lo que nos unía, lo que nos une aún, nuestra matria andaluza.

El 4 de diciembre de 1977 fue el inicio de una conciencia de pueblo que supo rebelarse, luchar y vencer a la injusticia con las armas de la paz. Nunca hubiera habido un 28 de febrero sin un 4 de diciembre.

Luego se fue todo al carajo, cuando unos tuvieron los reflejos y la habilidad de capitalizar este movimiento de libertad, y así someterlo, y vaciarlo de contenido durante estos cuarenta años, a mayor gloria de la oligarquía que empobrece esta tierra. Y nos convertimos en una Muñeca de Marín, aquellas flamencas que colocábamos sobre el televisor.

El 4 de diciembre de 1977 yo tenía catorce años, y hoy tengo cincuenta y cuatro. Cuarenta años de puños y rosas falsas, que lo que desprendían no era perfume sino cloroformo. Hoy continuamos dormidos, con un treinta por ciento de paro y con la mano abierta, otrora andalucista, pidiendo limosnas a quienes antes nos esquilman.

Cuarenta años después Andalucía no ha sido libre. Ojalá que algún día seamos capaces de romper las cadenas del miedo que nos atenaza, y que lo hagamos con las mismas armas de la paz con las que, hace ya casi cuarenta años, nos liberamos y liberamos a muchos de los pueblos de este país que tanto se ríe con nosotros, y que tan poco nos ama.

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