DARSE EL LOTE


Son las nueve de la mañana del domingo, de un domingo cualquiera, a pesar de que sea hoy domingo cuando escriba esto y hoy haya sido también el día que haya hecho esta foto. Una mala foto, por cierto. Sin que valga como excusa, la hice apresuradamente, entre la indignación del suelo y la del cielo― la indignación de ver a ese anciano subido a la escalera― y con un profundo respeto hacia la persona que recogía aceitunas en un jardín público. Justo lo contrario a lo que sentía por quienes fueran los protagonistas de la escena que se dibujaba en el suelo.

Cristales rotos de botellas compradas en cualquier cadena de supermercado horas antes. Bolsas, latas, basura esparcida al compás de la risa y la educación. Papeleras arrancadas de cuajo de sus sujeciones como hitos y como mitos de esos héroes jóvenes gracias a los que continuaremos liderando en el mundo los trasplantes hepáticos.

Cada noche de cada fin de semana se abren las puertas de esos sepulcros blanqueados que son nuestras residencias y de ellas salen los zombis que se dirigirán a las selectas bodegas a comprar sus lotes. Para darse el lote, expresión que en mis tiempos era otra cosa bien distinta. Se acercarán a cualquier supermercado, en el que adquirirán lo que les plazca, mostrando cualquier carnet de identidad con la habilidad de trilero, para obtener esos lotes que incluyen bebidas, hielos o vasos de plástico.

Los muchachos que destrozan su hígado mientras destrozan nuestro mobiliario urbano, son hijos de un sistema educativo con religión y sin filosofía, hijos de un sistema económico en el que la ley del más fuerte o el engaño constituyen los modelos a seguir, hijos de un sistema político en el que hay un rey y una familia que hará lo que le plazca, inviolable, y heredará el poder sin más razón que su apellido, y de una democracia en la que prima la libertad de expresión a la vez que se coarta la de pensamiento. Son hijos de un mundo al que hay que mirar borracho, porque es la borrachera la que parece permitir la única vía de escape posible.

Estos muchachos son también hijos de padres universitarios, que un día fueron guays y trabajaban para multinacionales que parecían suyas, que viajaban por el mundo y se lo comían si hacía falta, que te miraban complacientes, satisfechos, creyéndose los putos amos, hasta que dejaron de necesitarlos y ahora se debatan entre continuar en el paro o vender seguros a comisión, dando sablazos a antiguos amigos que aún resisten en el mundo que ellos contribuyeron a crear y siguen manteniendo con sus votos, con la esperanza de que solo estén viviendo un mal sueño, con el anhelo de volver a formar parte del mundo al que solo pertenecieron en su imaginación.

He visto a alguno de estos muchachos de madrugada apedrear a vagabundos y salir corriendo, escupiendo su miseria sobre los parias, aquellos que justifican que ellos se sientan privilegiados a pesar de que solo vayan a acabar siendo millonarios en transaminasas. Porque la riqueza no es un valor absoluto sino relativo, y la mierda puede llegar a ser satisfactoria siempre que la de los otros huela peor.

¿Qué le habrían hecho al pobre viejo si en lugar de haber ido de día hubiera ido de noche a recoger aceitunas, las aceitunas que luego revenderá o meterá en salmuera para sacar un jornal o matar el hambre? Me temo que el viejo hubiera sido un residuo orgánico más entre tantos a la mañana siguiente. Unos ganándose la paga en el cielo y otros vomitándola en el suelo.

Si quieren ver cuál es la salud democrática de este país, atrévanse a entrar de noche cualquier fin de semana en los jardines de un barrio pijo. No hace falta irse al extrarradio canalla. Basta con ver a los nuestros. Seguid votándolos, que vuestra bilis ni la de vuestros hijos os ahogue, cobardes.

2 comentarios en “DARSE EL LOTE

  1. Así nos va. Y los padres tranquilos pensando que los suyos no. Los suyos no beben, ni fuman porros, ni ensucian, pues los educaron en un carísimo colegio, De puta pena.

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