ZARAGOZA OTRA VEZ


Me parece que el viaje a Zaragoza durante el último fin de semana de octubre va a dar para mucho. Ahí van otros pensamientos que surgieron.

Tras las clases del viernes por la tarde nos fuimos a cenar como tantas veces. Fuimos los cuatro profesores encargados de impartir las clases de las sesiones más nuestra anfitriona maña, responsable de las prácticas del Máster. En un momento dado, observando a mis compañeras de mesa (uso el femenino como genérico por referirme a personas), caí en la cuenta de que era el mayor de ellos. Recordé entonces mis inicios, cuando yo era el más joven del grupo, aunque no con tanta diferencia como la que teníamos los que compartíamos ilusiones en aquellos momentos. Quizás ilusiones no fuera la palabra correcta para algunas, reitero mi genérico femenino, sino ambiciones.

No, no fue melancolía ni cualquier otro sentimiento triste lo que en aquel momento me produjo el recuerdo. El equipo de ahora es magnífico, infinitamente mejor que aquel. Yo soy, y perdonen si se percibe inmodestia, mucho mejor que entonces. Me siento muy orgulloso de estar donde quiero estar y haciendo lo que creo, sin haber perdido la senda a pesar de la exasperante lentitud con la que la surcamos.

Sin embargo, hoy, quizás influido por el inicio del mes más triste, me vienen a la memoria aquellos compañeros de viaje de hace veinte años, los vivos, en sentido físico y también semántico. Aquellos que hoy copan espacios de poder y de honor en una profesión que parece haber tirado la toalla como corporación, aunque permanezcan resistiendo gente de una valía inconmensurable; aquellos que tiraron la toalla antes de que sus dirigentes lo hicieran, y pasaron de soñar con una profesión centrada en las necesidades del paciente a vivir centrados en las cajas registradoras, las de sus tiendas disfrazadas de farmacias y las de sus negocios paralelos; y aquellos que lo que buscaban, y consiguieron, fue poder, aunque ese poder sea reinar entre las tapias de un cementerio.

No he podido evitar hoy un sentimiento de rabia y frustración al pensar en esa gente que tiene nombres y apellidos, y por eso lo he escrito. Porque el mero hecho de escribirlo libera. Y al liberarme, puedo continuar mi camino. Un camino lento rodeado de fragancias que día a día me sorprenden, tan diferente del olor a muerte de ese reino funerario que aquellos compañeros de viaje se sienten tan dichosos de gobernar.

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