NI EN SUEÑOS


Hoy domingo trabaja Laura. ¿Quién es ella, se preguntarán? Laura es una de las empleadas del supermercado en el que suelo hacer las compras, el más cercano a casa. Hoy domingo trabaja, como he dicho, como si no tuviera bastante con el resto de la semana, y no ha sido el primero ni el último de este tiempo navideño tan cruel con algunas trabajadoras. Hace meses me contó, porque solemos hablar de vez en cuando, desde la época, demasiado corta para mí, por cierto, en la que fui esencialmente un amo de casa. Me contó, digo, porque con tanta subrogada se me van a perder, que estos días extras quizás se lo pagasen como horas extras, o puede que le dieran más vacaciones, aunque ella sabía, lo admitió después, que casi seguro que, como otras veces, no habría ni lo uno ni lo otro. En fin, Manué, que con el paro que hay tampoco puede una protestar, acabó por confesar. Cuando yo era un niño no existían supermercados. Mi madre solía comprar en la plaza y en la lechería de Manolo. Manolo, los placeros, regentaban pequeños establecimientos en los que las familias trabajaban para sacar adelante sus pequeños negocios, a pesar de que muchas veces pasaban el quinario para cobrar las cuentas de gente que apuntaba y tardaba más de lo deseado en pagar. Laura, en cambio, trabaja para unos dueños que no conoce, tiene su enjuta nómina y jamás fía como Manolo, porque los ordenadores de las grandes empresas no lo permiten, son tan poco de fiar como sus propietarios a la hora de pagar extras.

Enrique también ha trabajado hoy. Enrique regenta una panadería y, como todas las noches, despacha el pan que hace cada madrugada y lo sirve desde las tres y media de la mañana. El pan precocido es anatema para él, no así las bolsas de plástico indegradables en las que sirve el género recién hecho, ni tampoco los tiques de compra que jamás entrega, salvo, claro está, petición expresa de las empleadas del hogar que compran para la señora de la casa. Entonces sí, entonces rasga un trozo de hoja de un famélico cuaderno de anillas, desgastado de tantas cuentas hechas de cabeza y tantos tiques, y escribe a bolígrafo lo que ha cobrado, no ya sin membrete ni IVA desglosado, sino sin tan siquiera la descripción de la compra. ¿Qué trabajo le costaría cumplir a Enrique la legislación sobre las bolsas o los tiques de compra?

Al igual que aquellas tiendas de proximidad que acabaron casi desapareciendo, hoy los taxis se despeñan a toda velocidad en esa dirección. Pequeñas empresas familiares que desaparecerán y darán paso, con la inestimable colaboración de la obcecación de los taxistas, a empresas deslocalizadas en las que los conductores serán la visión encorbatada de los ciclistas repartidores de Glovo o los suicidas motoristas de Telepizza, que trabajarán lo que les echen sin más seguridad que las que les de el cinturón de su automóvil.

La brecha de la desigualdad continúa ensanchándose. A unos les falta visión; a todos, sentido de colectividad. Nada parece importarnos. Los problemas son de los otros mientras no nos toquen, sin querer darnos cuentas de que no estamos fuera de peligro, tan solo en la cola del desguace.

Y después de entregarles nuestro trabajo, les entregamos nuestro voto. Dejamos de tener voz para tener vox. ¿Cómo no se van a sentir demócratas? ¿Cómo no van a ser patriotas? Más que nadie. Ni los depredadores más optimistas hubieran soñado un escenario como este.

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