POR QUÉ VOY A VOTAR A JAIME ROMÁN (II)


La democracia implica poner en valor el deseo de la mayoría de una organización, decidir entre todos hacia dónde pilotar la nave y, sobre todo, a quiénes se lo encargamos. Esa es su grandeza, aunque a la hora de emitir el voto no sepamos lo que moviliza a tomar la decisión de cada cual, si es un interés personal o el colectivo, el que prima en la decisión. Asimismo, quienes se postulan como candidatos dicen siempre hacerlo en beneficio de ese todos que tan mal resuena en una era tan individualista como la que vivimos, a pesar de que más veces de las deseables sea un interés personal relacionado con el poder el que los movilice. Esas son las miserias de algo tan grande como la democracia, porque cualquiera, y menos mal, puede, o podría, acceder al poder, y eso enciende las ambiciones de muchos con intereses muy diferentes a los colectivos. Voy a dedicar las dos siguientes entradas en relación a las elecciones en el Colegio de Farmacéuticos de Sevilla a esos intereses, empezando, lógicamente, por los míos.

En lo personal, destacaría dos circunstancias a lo largo de mi trayectoria profesional, que marcan mi deseo de que la actual Junta de Gobierno deje de serlo, incluidos sus nuevos candidatos, a los que más adelante dedicaré también unas palabras.

Fuertes con los débiles. Débiles con los fuertes.

Corría el verano de 2005, hace ya casi catorce años, cuando por unas circunstancias familiares dejé de ostentar la titularidad de una farmacia, lugar en el que he ejercido siempre desde mis inicios y en el que he desarrollado toda mi actividad clínica, docente e investigadora, y obtuve una beca en la Universidad de Granada para dirigir tesis doctorales a farmacéuticos comunitarios. Como llevaba muchos años viendo pacientes (yo los veo, ¿sabes?) pensé que sería una buena idea tener una consulta legal en la que no perder mi experiencia clínica. Hablé con el director de un centro médico privado, le expliqué lo que pretendía hacer y le encantó mi propuesta, para que luego digan de los médicos. Era agosto, y en previsión de que no hubiera nadie en el Colegio para hablar el tema y hacer todo de forma escrupulosamente legal, redacté un escrito al que le di entrada en la institución, un escrito que al igual que otros a los que me voy a referir, igual que esos papeles personales de Jaime Román que airean, estará en el Colegio y que podrían pedir (doy mi consentimiento, a diferencia de Jaime, al que no le preguntaron) a la espero que Junta de Gobierno saliente. Tuve la suerte de encontrarme con el vicepresidente, obvio el nombre porque es el mismo desde entonces y desde antes, y le expliqué en su despacho lo que pensaba hacer. Me escuchó y me propuso acudir a una Comisión Permanente a explicarlo. Obvio dar detalles sobre el primer grado al que me sometieron, pero el resultado fue, de palabra, para no dejar rastro, supongo, y a través del gerente, que me quedaba sin seguro de responsabilidad civil porque iba a ejercer una actividad alegal. Como consecuencia de eso, tuve que ponerme en manos de un abogado, evidentemente no el colegial, y elevar una consulta al Ministerio de Sanidad para que reconociera mi actividad. La contestación también está en el registro colegial, lamento no adjuntarla ahora al encontrarme en Uruguay pero díganmelo si la quieren ver y, a partir del 19 de marzo, fecha de mi regreso, la subo (o pídanla a sus representantes colegiales). La respuesta del Ministerio de Celia Villalobos, la del decreto de los medicamentos caros, fue que no tenía por qué reconocerme nada porque lo que iba a ejercer estaba recogido desde 2003 en la legislación estatal sobre profesiones sanitarias. En este embrollo me metieron, y mi dinero que me hicieron gastar para mi defensa, por tratar de continuar aprendiendo para cuando regresara a la farmacia después de que terminase la beca de investigación que disfrutaba. La respuesta fue el silencio y en la consulta continué aprendiendo con los pocos pacientes que vi pero que me sirvieron para crecer como profesional. La respuesta fue el silencio.

Años después, antes de un congreso sobre enfermedades raras, eso lo recuerdo bien, quizás de 2009 o de 2011 (tampoco tengo aquí en Uruguay el registro de entrada, pero se puede obtener por las mismas vías que comenté con anterioridad), solicité una entrevista al presidente para entregarle un proyecto, desarrollar dentro del Colegio una Unidad de Optimización de la Farmacoterapia de carácter docente,  similar a la que existe de formulación magistral, con el objeto de enseñar a los farmacéuticos a ejercer la práctica de manera tutelada, de forma que pudieran llevar sus pacientes al Colegio y alguien experto, no yo, sino una de las farmacéuticas que trabajan en la institución a la que se formaría, formase al farmacéutico y ayudase a los pacientes con sus medicamentos. Era copiar la exitosa experiencia que habíamos implantado años antes en la ciudad argentina de Rosario de la mano de su colegio profesional y la Facultad de Farmacia. El presidente quedó en llamarme en cuanto pasara el Congreso. Aún no lo ha hecho.

En ambas situaciones, me movía ofrecer una práctica asistencial al servicio de los pacientes, y también, por mi faceta docente que ejerzo desde hace veintiún años, a los farmacéuticos. Ofrecer una experiencia personal en beneficio de un colectivo que podía ofrecer herramientas útiles y necesarias a las personas, más salud con los medicamentos en nuestro caso, el deber de cualquier profesional de cualquier sector de contribuir al desarrollo de la sociedad en la que vive. Sin duda que podrían haber pensado diferente, verlo de otra manera, pero nunca dijeron nada, jamás pude saber si estaba equivocado, porque la respuesta fue el silencio. Mientras tanto, la experiencia argentina, a pesar de sus crisis crónicas, ha cumplido diez años.

Amenazas y silencio, eso es lo que he recibido de una Junta fuerte con los débiles y débiles con los fuertes. Fuertes con farmacéuticos individuales como yo, que en cuanto salen respondones no los enfrentan sino que mascullan; débiles frente al poder, que día tras día socava el papel profesional y, lo que más duele a un profesional, en su retribución económica, visto el papel que cumple.

Hay un error de base en muchos colegios de farmacéuticos, el de que todos debemos crecer profesionalmente a la vez, que los avances profesionales deben ir a pasos que todos puedan dar. ¿Fue el colegio médico británico quien le pidió a Fleming que descubriera la penicilina, o el francés el que le pidió a Pasteur que desarrollase las vacunas? No, los cambios se consiguen permitiendo que la gente puntera en la profesión descubra nuevos caminos, y el papel que debería ejercer el colectivo es ayudar a conseguirlo y poner las bases para normalizar esos avances, diseñando un modelo ético para su ejercicio y un camino, incluido el retributivo, para que todos los demás tengan la oportunidad de asumir los cambios. Por eso no es verdad que la Junta de Gobierno actual con maquillajes blanqueadores vaya a cambiar nada. No sé si Jaime lo podrá conseguir, pero continuar por la misma senda nos llevará a perder cuatro años más, irrecuperables y, quizás con un precio muy alto.  

Como verás, hay cuestiones personales que me inclinan a desear que Jaime Román y su equipo de Iniciativa Farmacéutica venzan en las elecciones, pero en esas cuestiones personales estaba lo colectivo, el deseo de que una profesión como la nuestra se sienta orgullosa de paliar la pandemia farmacológica que sufre nuestra sociedad, buscando como fin el mejor resultado clínico posible de los medicamentos en los pacientes. Por eso, lo personal, con ser importante por el dolor que he sufrido, no tiene nada que ver con el anhelo de que el colectivo pueda cambiar. CONTINUARÁ.

P.D.: La siguiente entrada la dedicaré a los intereses de quienes ostentan nuestra representación para continuar en una Junta a la que muchos de sus integrantes accedieron hace más de treinta años. Como no sé mucho, lo haré a modo de preguntas. A mí no me responderán, pero puede que a ti sí.

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