EL AÑO EN EL QUE LA CAGAMOS


No hace mucho publiqué en la revista El Farmacéutico un artículo en el que reflexionaba cómo habíamos cambiado en España en estos últimos veinte años respecto a lo que con ilusión denominamos Atención Farmacéutica, una práctica que luego, a lo largo de estas dos décadas, fue mutando tantas veces de nombre como fue necesario para no cambiar nada y hacer aún mucho menos. En esta entrada quisiera repasar aquella historia; señalar cuándo fue el momento en el que, en mi opinión, la cagamos de manera estrepitosa como profesión y dónde estamos en la actualidad.

Si veinte años han pasado del primer congreso sobre la disciplina, son dieciocho los que hace de diciembre de 2001, la fecha en la que se presentó el Documento de Consenso sobre Atención Farmacéutica, una publicación, en la que tuve participación muy activa puesto que fui miembro del panel de expertos que promovió la Dirección General de Farmacia del Ministerio de Sanidad, de ahí que tenga una cuota importante de responsabilidad, y lo que vaya a escribir como crítica también me atañe.

En mi opinión, aunque no fuésemos conscientes en aquel momento, al menos algunos, este documento dio paso a la derrota del farmacéutico comunitario en el anhelo de abordar la epidemia farmacológica y así contribuir a disminuir la morbi- mortalidad asociada a medicamentos. El texto publicado supuso cambiar una práctica orientada al paciente, la que entonces conocíamos como Pharmaceutical Care, a una amalgama de muchas y diversas actividades, luego desarrolladas en diversos documentos, grupos de trabajo, declaraciones y cantos de sirena, centradas en el farmacéutico, en sus necesidades y en sus limitaciones. Y en lugar de luchar por rediseñar la profesión para dar respuesta a los problemas de las personas que utilizaban medicamentos de forma crónica y a la complejidad farmacoterapéutica resultante, se optó por la dermofarmacia, una práctica cosmética para maquillar lo que se hacía y darle un barniz sanitario. O sea, a satisfacer nuestras propias necesidades y las de nadie más, como si solo nosotros existiéramos en el mundo.

Dicho en román paladino, como profesión pasamos de hacer el amor a masturbarnos. A título personal no hay nada que objetar si preferimos el onanismo a un buen polvo compartido. Pero cuando se trata de una profesión, construida como todas para resolver los problemas de los ciudadanos, sí que importa más. Mucho más, diría yo, porque una profesión no se construye hacia uno mismo sino hacia los demás, su misión es salvar, no sobrevivir a toda costa sin cambiar.

Como resultado añadido, el crítico y contestatario mundo de los farmacéuticos que soñábamos con cambiar la profesión fue inactivado, fagocitado por las estructuras de poder profesional, con una inestimable ayuda desde dentro de nuestro propio movimiento. ¿Se acuerdan de Viriato? Pues eso, aunque aquí Roma sí que pagó a traidores, o al menos dejó que ellos y ellas cobraran su parte. Y el problema es que matar a los mensajeros no acaban con el problema. Como todas las guerras civiles, esta microguerra civil no sirvió para nada, salvo condenarnos al pajilleo.

Por tanto, desde hace dieciocho años continuamos tocándonos donde no debemos, y dedicándonos a nuestras fantasías, porque un buen onanista ha de ser muy fantasioso. Y nos imaginamos el erótico mundo de los SPD, de las dispensaciones activas y cruzadas , e incluso las excitantes indicaciones y la llamada farmacia de servicios―  lo cual es realmente muy aconsejable , porque es muy importante que haya buenos servicios cerca de un onanista compulsivo― y toda una serie de apasionantes ocurrencias que al final siempre acababan en un acto, quizás placentero para nosotros, pero absolutamente estéril para la sociedad.

Ahora, dieciocho años después, el mundo del medicamento se ha hecho mucho más complejo. Infinitamente más, diría yo, porque la medicalización de la sociedad alcanza cotas insospechadas y ya no se trata únicamente de que los medicamentos ni alcancen las metas terapéuticas deseadas, sino que hay que discutir si son necesarias esas metas y esos medicamentos. Porque el medicamento está virando, y cada vez se aleja más de ser un instrumento para dar salud para convertirse en uno de dominación de la sociedad. ¿O no es cierto que desde la eclosión de los antidepresivos ya no hay revoluciones?

Dieciocho años después de aquel documento es más necesario que nunca un profesional que colabore en la disminución de la morbi- mortalidad asociada a medicamentos, un profesional que atienda su complejidad farmacológica y social, que sea el defensor de los ciudadanos en esta materia, con una retribución económica independiente a su comercialización. Un profesional tan alejado del que hay que resulta impensable que pueda surgir del que existe, por lo que tendrá que emerger como algo nuevo. No se cabreen, sigan tocándose.

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