APLAUSOS


La tarde del primer lunes de estado de emergencia la ciudad era un sepulcro al aire libre. El cielo azul plagado de nubes blancas y las flores de esta primavera impaciente lucían ajenos a los miedos que los seres humanos albergábamos en la pequeña superficie del planeta que yo recorría. La amplia avenida que conduce a la farmacia en la que trabajo era un desierto de asfalto en el que apenas se podía divisar a lo lejos un autobús de la empresa municipal de transportes, y sin que tuviera certeza alguna de que no se tratase de un espejismo.

La tarde fue muy tranquila en la farmacia, nada que ver con la intensa mañana. El sosiego que se respiraba puertas adentro me permitió ordenar pensamientos delante de la pantalla del ordenador. Al igual que hoy martes, que de nuevo tengo el privilegio de hacerlo. A ver qué sale.

A pesar de que apenas tuve trabajo cerré más tarde de lo estipulado. Una clienta de toda la vida, limpiadora jubilada de uno de los hospitales de la ciudad, apareció a última hora como en ella es costumbre, cargada con las tarjetas sanitarias de la amplia y enferma familia que la tiene para que le saque las castañas, y lo que no son castañas, del fuego. No me importó mucho, al fin y al cabo, es de lo que vivo y tampoco tenía yo otra cosa que hacer, a pesar de que ella ahora tiene todo el tiempo del mundo para venir en un momento más oportuno.

Con ella me dieron las ocho, la hora de cierre, y la buena señora, al escuchar los aplausos que la gente dirigía desde balcones y ventanas a los profesionales sanitarios, me dio la espalda para unirse a la celebración junto a nuestros vecinos, en un momento emotivo como pocos en el día, de agradecimiento a quienes se están dejando la piel por los enfermos. No pude evitar sonreír ante la evidencia de que de mí no se acordaba.

Soy sincero si digo que no me importó, porque creo que ese aplauso nos lo debemos todos. Porque todos, trabajando o confinados en los domicilios, tenemos una misión muy importante que cumplir en esta crisis. Porque nada podrían hacer los profesionales de la salud si las personas no fueran responsables. Nada. Y por ello acabé riéndome solo cuando se fue, cuando al fin pude cerrar con retraso.

De regreso a casa caminaba tranquilo, sin prisa, por la amplia avenida, de nuevo sin tráfico. Tampoco había un alma caminando por la calle. Las ventanas iluminadas de los edificios mostraban dónde estaban aquellos que otros días abarrotaban esas calles tan comerciales del barrio que estaba recorriendo. Los imaginé juntos alrededor de una mesa. Me emocionó contemplar las luces de las casas, me sentí parte de esas familias que también, como yo, como todos, estábamos haciendo lo que teníamos que hacer.

Continué mi camino a casa por el trecho más oscuro de la avenida, junto a los hermosos árboles que acompañan su recorrido. Quién sabe por qué razón, me acordé de cuando estuve trabajando como voluntario en la ciudad congolesa de Goma, fronteriza con Ruanda, durante la guerra entre hutus y tutsis de 1994. Recordé las noches en las que regresaba solo del almacén donde preparábamos la medicación con la que atendíamos a las personas que habitaban el campo de refugiados hutus de Mugunga, en las afueras de la ciudad. Rememoré aquellas travesías nocturnas que a veces, pocas, para ser sincero, no tuve más remedio que hacer, en las que quizás era yo el único hombre blanco que iba a pie en medio de la muchedumbre que rondaba aquellas avenidas también plagadas de árboles. Caminar entre la gente era algo desaconsejado por peligroso. Los blancos desaparecíamos de los campos de refugiados y de las calles en cuanto anochecía, a eso de las seis de la tarde, pero que el hecho de que no hubiera coche para regresar con más seguridad no era excusa para cumplir la parte que a me correspondía realizar. Y lo hacía con gusto.

Aquel era un trabajo oscuro, y no porque fuera de noche sino porque lo poco visible que resultaba para quienes se quedan en la imagen fija de la televisión, con su negrito enfermo y su blanquito curando. Pero, insisto, había que hacerlo, y yo me sentía muy orgulloso de que, visible o no, una pequeña parte de la responsabilidad de hacer que todo funcionase dependía de mí y lo hacía de la mejor manera que sabía. Y me sentía muy feliz por ello.

Quizás fuera ese paralelismo, ese recuerdo de aquello que sucedió veintiséis años atrás lo que terminó por emocionarme. Formar parte de un todo que rema en la misma dirección. Saber que la misión excede el esfuerzo y la capacidad de cada uno, pero que entre todos estamos haciendo lo que hay que hacer. Qué más da que te aplaudan. Qué puede haber más grande que saber que también tú eres parte del camino. De un camino común y compartido. Y cuanto más numerosos son los caminantes, más grande será el triunfo. Un triunfo que nunca podrá llegar sin la participación de todos y cada uno de nosotros.

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