DESDE LAS CLOACAS


Regreso hoy por la tarde a la farmacia. En la calle que ejerzo, la que en apenas 400 metros comunica la clase media alta con el barrio más pobre de España, solo quedamos abiertos una droguería, un supermercado, la farmacia de Sarah y la nuestra. La herboristería que teníamos al lado cerró sus puertas de manera definitiva y la panadería ha decidido no abrir por la tarde.

La calle Marqués de Pickman es por la tarde la boca del lobo, como el kilómetro que tengo que recorrer a la ida y a la vuelta. La semana pasada me paró cuatro veces la policía, dos el mismo día, pero en esta aún no me he estrenado. Tampoco pasa nada, cumplen con la importantísima obligación de evitar que nos saltemos la disciplina social, esencial si queremos salir pronto de esta situación, pero uno no está acostumbrado a que le pidan la documentación por la calle.

Son días tensos, porque la actividad de una farmacia que atiende a personas con tratamientos farmacológicos crónicos no cesa y hay que aumentar las precauciones higiénicas. Limpieza exhaustiva del local, lavado de manos, orden en la atención… Mucha disciplina en suma, porque se atiende a una población muy vulnerable, frágil a la hora de poder contraer una enfermedad grave por Coronavirus. Mucho más que el riesgo de ser infectados por los usuarios, temo el contagiarles yo a ellos, y creo que eso es lo que precisamente no acaba de entender el cada día más demacrado señor Simón, que en la noche del lunes se despachó a gusto con nosotros al descartar el aprovisionamiento de mascarillas a las farmacias, porque el riesgo que asumimos es inherente a nuestra actividad.

Pasada mi indignación inicial, entendí que el riesgo que asumíamos todos los españoles era tener a gente con poca calle al frente de responsabilidades así. Gente que vive pegada a un ordenador, a una estadística, para los que las personas son meros números, variables estadísticas que cabemos en un programa SPSS; gente en suma, alejada de toda variable cualitativa como la empatía, para la que la sensibilidad únicamente es un porcentaje de verdaderos positivos de una enfermedad en un estudio clínico, aleatorizado, por supuesto. En suma, nada que ver con lo que la gente de la calle sabe que es tratar de entender el sufrimiento y los miedos del otro. Aunque sea farmacéutico.

Algo más tarde comencé a escuchar las voces, los tuits, mejor dicho, de compañeros también indignados. En este caso no pude evitar sonreírme por el corporativismo que floreció (estamos en primavera) para reivindicar un papel como profesionales sanitarios, algo que pocas veces reclamamos con nuestros actos desde su actividad diaria. Pero también comprendí. Intento tener sensibilidad y especificidad, quiero ser un buen dato y no un outlayer de esos que joden los estudios y hacen fruncir poblados entrecejos de epidemiólogos como el señor de apellido de vino peleón como yo.

A los farmacéuticos, en esta crisis nos están pidiendo cosas que debemos dar, porque todos tenemos la obligación de ir más allá de lo que hacemos, porque la situación no se superará sin un esfuerzo extraordinario de todos los ciudadanos más allá de lo imaginable. Habrá que ir al domicilio de pacientes vulnerables, habrá que colaborar en la liberación de los centros de salud de tareas meramente administrativas, o postergables, para garantizar el acceso a los medicamentos de los pacientes crónicos. En realidad, y debemos ser conscientes de ello los farmacéuticos, lo que se nos está pidiendo, aunque no lo sepan ni los que nos niegan las mascarillas, es que nos hagamos cargo del grueso de la atención primaria de este país. Y tenemos que hacerlo bien si es que en el futuro, cuando las aguas vuelvan a su cauce queremos asumir más responsabilidades en la tarea cotidiana. Por supuesto que no debemos pedir remuneración económica por ello, faltaría más, pero al menos, sí que mereceríamos una mísera mascarilla. Aunque no la paguen ellos, aunque una vez más tengamos que apoquinar de nuestro bolsillo. Pero una mascarilla, sí, por favor. Porque, señor Simón, las actividades que estamos realizando en este momento, y las que vamos a realizar porque nadie la hacía ni la hace, no son inherentes a nuestra actividad profesional. A menos que, y no sería usted el primero que piensa así, y en realidad no he conocido a nadie que piense lo contrario aunque se calle, nos considere que somos la cloaca del sistema sanitario, el agujero negro que tiene que soportar en silencio todas las inmundicias que genera sus imperfecciones, su arcaica estructura piramidal y su no menos caducado médico-centrismo.

Sé que esto que he escrito no servirá para nada. Todo lo más, para el retuit por parte de profesionales que ni antes ni después se plantarán para salir de las alcantarillas, donde todos sabemos quiénes mandan. Un retuiteo corporativista para que todo siga igual, pero esa es otra historia que lleva ya demasiado tiempo escribiéndose, y sin mascarilla. Al menos me ha servido de desahogo. Para seguir vivo en la trinchera. Para resistir. Para continuar soportando las decisiones de quienes no ven más allá de la pantalla de un ordenador. O de un calendario electoral. Vaya país. Continuemos en la boca del lobo, resistiendo desde las cloacas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s