ESTOS CIELOS AZULES


Como cada día desde que comenzó esta crisis sanitaria, regreso por la mañana a casa antes de lo habitual, a eso de la una, para descansar un poco antes de regresar. Las calles están desiertas. Si la soledad de la noche produce desasosiego, el silencio a plena luz resultaba durante los primeros días sobrecogedor. Es la tercera semana y casi me he acostumbrado a esa paz, a la inusual calma del mediodía. A escuchar los pájaros piar y perseguirse despreocupados, a volver a contemplar el cielo azul y el sol de la infancia que evocó Machado en su último verso. A disfrutar de las flores, de las ramas tiernas que crecen en los troncos de los árboles, de los sonidos de la naturaleza antes cohibidos, ocultos bajo el fragor violento de la vida humana. Incluso me alegra presenciar el tranquilo paseo de los gatos callejeros que han regresado, que deambulan ajenos a la tragedia, tomando posesión de los espacios que arrebatamos al resto de seres que pueblan la naturaleza.

Camino y recuerdo los gestos de solidaridad de tantas personas en tiempos de la pandemia. En el barrio hay siete mujeres que cosen mascarillas para quienes las necesiten, ingenieros con impresoras 3D que fabrican equipos de protección, personas enfermas que ocupan su tiempo de convalecencia creando batas con bolsas de basura para las enfermeras de los hospitales. Hay jóvenes que hacen la compra o vienen a la farmacia para que sus vecinos no tengan que salir a la calle, innumerables gestos de paciencia, de solidaridad y de disciplina compartida. Camino y me pregunto hasta cuándo. Hasta cuándo seremos capaces de mantenernos fuera de nosotros mismos, de tener presentes a los otros. Medito si tendrán razón quienes dicen que ninguna epidemia cambió jamás al ser humano o, por el contrario, los que defienden que nunca volveremos a ser los de antes.

Pienso, no dejo de darle vueltas a cuál será la clave para que el ser humano cambie de manera definitiva su modo de estar en el planeta. Si necesitará siete plagas, como cuenta el Antiguo Testamento que sufrió el pueblo egipcio antes de liberar al israelita, antes de convencerse de que la vida tal y como la entendíamos, no podría sostenerse durante mucho más tiempo. De hecho, estoy convencido, quizás de lo único de lo que estoy, aunque sea esta una conjetura más, de que la COVID-19 es la enfermedad que nos alerta de que puede ser el principio del fin si no ponemos remedio. Que es la primera señal, porque la enfermedad no es la causa de los males, sino la expresión de un síntoma de algo que no nos atrevemos a realizar un diagnóstico serio y colectivo. Quienes estamos en el mundo sanitario, con mascarillas o sin ellas, sabemos bien que una cosa es la enfermedad y otra los síntomas, y que a veces los síntomas confunden el diagnóstico.

La aparición de nuevos virus, de cepas bacterianas no conocidas, tienen que ver con su extraordinaria capacidad de mutar ante el ataque humano. Las nuevas vías de contagio también aparecen como consecuencia de nuestras agresiones al ecosistema, apareciendo por nuestro hábitat natural especies que vienen huyendo de la deforestación, de la destrucción del medio ambiente en el que vivían. Y ello quiere decir que, de seguir así, superemos o no a la COVID-19, vendrán otras, quién sabe si peores, y nos sorprenderán más o menos de la misma forma que lo han hecho ahora. Porque para esta guerra no tenemos armas, y quizás los agentes patógenos que vengan, llámense virus, bacterias, calentamiento, etcétera, hagan de la COVID-19 una anécdota sanitaria.

Dicho esto, me preocupa mantener el espíritu comunitario, nacido probablemente de un miedo que se disipará en los próximos meses, al igual que también me inquieta la actitud de una creciente minoría, a la que también alimenta una atávica tradición de encomendarse a un dios salvador, con forma de deidad o de caudillo, tanto da, que no hará sino profundizar el daño que ya de por sí sufrimos. Me resulta repugnante la actitud de políticos y seguidores de partidos políticos que buscan el enfrentamiento para tener la oportunidad de derribar al gobierno. Autodenominados patriotas que se apropiaron de la palabra España hasta amoldarla a sus propios intereses particulares. Para quien piense que ellos hubieran gestionado mejor la crisis sanitaria basta con mirarse en el espejo de sus homónimos en el mundo: Donald Trump, Jair Bolsonaro o Boris Johnson. Aterrador.

Pero no hay que perder el tiempo con ellos. De lo que se trata es de sumar a parte de sus votantes, porque todos será algo imposible, a la inmensa tarea de lo colectivo.

Regreso por la tarde y vuelvo a disfrutar de la soledad en el camino de regreso al trabajo. Vuelvo a cruzarme con dos farmacéuticos que también van a cumplir con la oscura y necesaria labor encomendada. Así vamos, sorteando controles policiales que ya no nos molestan, disfrutando del sonido de las ramas de los árboles mecidas por la brisa primaveral. Próximo a llegar a mi destino veo el primer grupo humano en las inmediaciones de un supermercado. La fila de personas separadas por una distancia rodea la manzana sin romper el silencio del ambiente.

Ocho y cuarto de la tarde. Fin de la jornada y vuelta a casa. El cambio de horario ha reemplazado al sobrecogedor ambiente de la noche. El sol cae discretamente hacia el oeste y el ruido se ha vuelto a hacer dueño del atardecer. Las palmas a los profesionales sanitarios han finalizado, pero aún permanecen las personas en asomadas. Atravieso la plaza y contemplo a muchas personas conversando de terraza a terraza, de ventana a ventana. Me pregunto si antes lo habían hecho, si se conocían siquiera. Y también si lo volverán a hacer cuando todo pase. Quizás la respuesta a mis preguntas esté, como decía Bob Dylan hace casi sesenta años, flotando en el viento. Si bastará mirar a los balcones entonces para predecir el futuro de la humanidad. Si nuestro destino se jugara en el alféizar de una ventana.

De repente, poco antes de dejar la plaza y tomar la avenida que me llevará de nuevo a casa, escucho un grito desde las terrazas:

⸺ ¡Farmacéutico!

Levanto la mirada y veo a una mujer a la que no puedo reconocer desde la distancia que levanta el brazo con el puño cerrado y lo baja con fuerza.

¡Animo! ⸺ me grita.

Y yo, desde abajo, le doy las gracias sin que ella sepa que se me han saltado las lágrimas. Sí, también me doy cuenta de que, a pesar de que no me permita siquiera reconocerlo, mis emociones también están a flor de piel, aunque no las pueda compartir con nadie.

Al entrar en la avenida veo en el edificio de la acera de enfrente a unos niños bailando en la terraza al son de una bachata que recomienda quedarse en casa. Finaliza la música y los vecinos del otro lado de la calle los aplauden a rabiar y se despiden hasta el día siguiente.

Paso por delante del supermercado, que ya ha cerrado sus puertas. Tan solo permanece ante de su puerta un mendigo que aún espera una moneda de los últimos rezagados. A esta gente, a los que viven de la caridad, a ellos sí que les ha caído la crisis encima, con la confinación de sus proveedores.

Llego a las inmediaciones del estadio y veo bailar en sus balcones a los vecinos de un edificio de lujo recién terminado. Es curioso, pero, y quienes vivimos aquí sabemos lo que eso significa, unos tienen una bandera andaluza en su balcón, y otros la nacional. Pero todos bailan. Están despidiéndose unos de otros con un deseado «Hasta mañana». Me entran unas ganas terribles de sentarme en los bancos del jardín cercano a observarlos, pero sé que mi salvoconducto es para ir a trabajar, no para hacer lo que me da la gana. Quizás esos vecinos tengan también otra clave para responder a mis preguntas. Si son capaces de bailar juntos significa que es posible luchar por un destino común. ¿Cómo, quién es capaz de hacer que todos bailemos juntos? La respuesta permanece en el viento.

El sol de la infancia se oculta entre las nubes cuando mi camino está a punto de llegar a su fin. Me queda cruzarme con la chica joven de raza negra que regresa de su trabajo a la misma hora que yo. No sé quién es, solo sé que es mi compañera, que cada mañana y cada noche nuestros caminos se cruzan. Lo sabemos ambos, y hoy me he decidido a darle las buenas noches. Se las doy y sonreímos. También ella y yo somos parte del baile. De un baile que nunca deberíamos olvidar.

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