AFANES


No os afanéis por vuestra vida,

qué habéis de comer o qué habéis de beber;

ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir.

¿No es la vida más que el alimento,

y el cuerpo más que el vestido?

Mateo 6:25

Cada mañana salgo de casa a eso de las siete, a comprar el pan recién hecho que ofrece uno de los pocos hornos que hoy subsisten en la ciudad. Atravieso la avenida y miro a la ventana donde antes contemplaba a unas personas que desde muy temprano trabajaban en su oficina. Ahora no están, el coronavirus los confinó en casa y me pregunto si cuando todo pase volveré a ver sus luces iluminadas que tanto sosiego me regalaba meses antes.

Los días que sobra pan en casa llevo los restos a los pájaros del parque. Los días laborables no puedo contemplarlos dando cuenta de mis sobras, pero los fines de semana, con más luz, me encanta observarlos repartiendo ordenadamente la comida sin atacarse. Es cierto, como alguien me recordó hace unos días, que los animales no se pelean cuando sobra, pero que si faltara otro gallo cantaría. Pero tan cierto como eso es que el ser humano que se define como civilizado, ha vivido desde hace demasiado tiempo, cante el gallo o no cante, quitándole al otro lo que necesitaba, por el simple impulso a acaparar con el que nos intoxicó nuestro afán civilizador, esa angustiosa carrera hacia ninguna parte que ha traído tanta muerte y destrucción. Así que me gusta ver a los pájaros repartirse la comida, al igual que me repugna, y no por ellos, ver personas ante las puertas de los supermercados esperando que alguien les dé algo de lo que les sobra a otros.

Regreso a casa buscando de nuevo el parque, una pequeña zona de juegos infantiles rodeada de árboles y edificios, un modesto oasis entre el cemento. Guardo el móvil en el bolsillo y escucho. Lo hago durante todo el año, primavera, verano, otoño e invierno. Y en cada tiempo encuentro diferentes momentos para el goce. Si en el invierno es el silencio el que llena de su música mis oídos, en estos días la primavera me regala los oídos con los modestos sonidos de la naturaleza en la ciudad, hoy atrevidos ante la ausencia humana. Qué obsequio me da el ensordecedor canto de los pájaros que anuncia la proximidad de la tormenta. Cada día, ese diminuto fragmento de ciudad me alegra de una forma diferente. No importa cuándo, unas veces recorro el camino de noche, otras a pleno día, y también durante los amaneceres que regalan las estaciones equinoccio. Si el invierno es época introspectiva, anticipada por la melancolía del otoño y el silencio me absorbe por entero, la primavera es la eclosión del espíritu, la explosión de colores y ecos de la resurrección de la naturaleza.

Adoro este paseo de cada mañana. Detenerme, cerrar los ojos y escuchar. Tiene razón Hartmut Rosa, es por el oído por donde primero penetran las emociones, el primer alimento del espíritu. Su pan.

Cada día espero la llegada del siguiente, como quien hambriento anhela el alimento. Y en estos días de coronavirus, lo que cada mañana experimento también lo puedo vivir también a muchas otras horas. El silencio, el canto de los pájaros, la belleza de las flores que nos regala la primavera. Un placer ensimismado que vivo caminando la ciudad, ajeno al dolor de hospitales, al de las personas que deben enterrar en soledad a sus muertos; a la torpeza humana y su infinita insaciabilidad; a los discursos vacíos asesinos de los cegados por el odio.

Puede que mi gozo resulte egoísta. O que realmente lo sea. Yo solo quiero pensar que no es más que un torpe intento de continuar buscando la belleza, de no rendirme. De mantener la certeza de que tras la muerte puede haber vida, resucitar, resurgir. Ojalá que no para volver a caer en todo aquello que nos ha traído hasta aquí.  

Un comentario en “AFANES

  1. Siempre que le leo me sorprende gratamente. “Los rostros de la pandemia” no puede expresar mejor lo que “hemos hecho o no hemos hecho” proactiva y preventivamente, para que el virus biológico e ideológico estén con posibilidades de acabar con “casi todo”. Las farmacéuticas María Luisa y Cinta, grandes profesionales en “Los Verdes”. Gracias por lo que escribe y su generosidad. Desde Polígono Sur, un abrazo. Manuel Rosa.

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