VEINTE AÑOS


El 30 de junio del año 2000 era viernes. La mañana amaneció calurosa, como suele ser habitual en los tórridos veranos de Sevilla. Era mediodía y el sol apretaba camino de la Facultad de Farmacia. Tampoco vestir traje de chaqueta ayudaba mucho con una temperatura tan alta, pero no había elección. Había que defender la tesis doctoral.

El aire acondicionado del edificio alivió algo el bochorno que traía. Sin embargo, cuando abrí el ordenador del salón de actos e introduje el antiguo disquete de 3 ½” creí morir. Un virus amenazaba con dar al traste con todo. Las diapositivas de fondo rojo tinto y letras amarillas, aquel modesto PowerPoint que me iba a servir de apoyo para mostrar mi trabajo de investigación, estaba infectado.

Era una aventura que había comenzado cuatro años antes, cuando el que sería mi director de tesis, Joaquín Herrera Carranza, me sugirió hacer el doctorado, y yo me dije, como tantas otras veces en mi vida, ¿por qué no?

Desde aquel momento tuve claro que mi laboratorio sería mi farmacia, aquella farmacia que fue de mi padre y que entonces compartía con mi hermana Marina.

― La farmacia es un lugar tan digno como cualquier otro para hacer una investigación― me decía.

Al comenzar los cursos de doctorado en el Departamento de Farmacia y Tecnología Farmacéutica― en aquel tiempo no existía, ni aún existe ni se le espera, departamento específico para farmacia asistencial―, un antiguo compañero de carrera me ofreció integrarme en su equipo de investigación, en el que me sería más fácil realizar la tesis. Trabajaban en dureza de comprimidos y era una opción interesante, puesto que había muchos trabajos en marcha, podría tener un director experto en el tema, el que no iba a haber en la que pretendía hacer, puesto que no había referencia alguna en este campo ni tradición investigadora. A pesar de que lo tentador de la oferta, la rechacé. Solo quería ser doctor en Farmacia si lo conseguía desde aquella modesta farmacia de barrio obrero que desde niños habíamos visto crecer y desarrollarse.

Tuve que pensar sobre qué la podía hacer. Todo debía correr de mi cuenta, puesto que no había líneas de investigación como podían encontrarse cualquier departamento universitario, sencillamente porque la investigación no existía en este campo. No había nada, así que acudí a una de las personas claves y fundamentales para que pudiera alcanzar el doctorado: mi amigo Pepe Espejo, el farmacéutico de Adra, el pueblo almeriense de mi abuelo, un gran experto en estadística y epidemiología, al que conocí en aquel Grupo Farmacéutico Torcal, que unió a farmacéuticos andaluces preocupados por el futuro de la profesión. Lo llamé por teléfono para explicarle mis vagas intenciones, y me dijo:

― ¿Por qué no nos vemos a mitad de camino, en Granada y lo pensamos? Así yo voy a ver a mis suegros con la familia y aprovechamos la mañana del sábado y nos vemos para hablar.

¿Dónde quedamos? ― respondí.

― En la Facultad de Farmacia, allí no nos molestarán.

Quedamos un primero de marzo, sábado, de 1997, al día siguiente del Día de Andalucía. Cuando nos vimos en la puerta y tratamos de entrar un bedel salió a nuestro encuentro.

― ¿A dónde van?

― A la sala de estudios.

― La Facultad está cerrada. Es puente y no hay nadie. No se puede pasar.

Nos quedamos tan helados como aquella mañana de invierno granadina.

― ¿Y ahora qué hacemos? ―dije.

No sabíamos a dónde ir, el bedel nos había desconcertado. Hasta que de pronto, se me ocurrió un lugar.

― ¡Vamos al Corte Inglés! En la cafetería no nos molestarán. Nunca prestan atención a si estás mucho o poco tiempo allí.

Y al Corte Inglés nos dirigimos e iniciamos un camino que culminaría aquel 30 de junio del año 2000, una ruta con muchas paradas en la ciudad de Granada. Desde entonces, el segundo laboratorio de la tesis sería el Hipercor de Granada, el hipermercado del grupo del Corte Inglés porque, al estar en el extrarradio de la ciudad tenía un acceso mucho más cómodo.

Aquel disquete infestado de virus pudo abrirse y yo también fui capaz de dominar los nervios y defender la tesis, un ensayo clínico sobre cumplimiento de antibióticos que supuso abrir otro camino, el que me ha llevado a donde hoy estoy, y a seguir caminando hasta donde y cuando pueda.

De aquellos tiempos solo tengo agradecimiento. A Joaquín Herrera, por hacerme soñar; a Pepe Espejo, porque sin su conocimiento y su afecto no hubiera conseguido ser doctor; y a Fernando Fernández- Llimós, porque la generosidad que mostró conmigo a la hora de poder fundamentar bien el trabajo también fue esencial. Incluso al presidente del Corte Inglés, al que le conté aquella historia en una carta y me respondió regalándome una pluma estilográfica con la que firmar mis recetas como doctor.

Han pasado ya veinte años y poco ha cambiado en el mundo de la farmacia. Sí, es cierto que hay muchos doctores que hicieron sus trabajos de investigación en la farmacia, que se realizan muchos trabajos de investigación aunque sin norte ni estrategia, pero la profesión continúa sin dar el salto, maniatada por quienes detentan el poder y se niegan a cualquier cambio aunque crean que lo disimulan, con la complicidad de quienes obtuvieron tajada de muy diversas formas, a costa de un movimiento que poco o nada les interesaba. Aquellos que, a pesar de que los tiempos estaban cambiando y lo sabían, impiden que la profesión comience a nadar y se hunda como una piedra.

Veinte años después han sucedido muchas cosas y han pasado muchas personas por mi vida, pero sé lo que nunca había imaginado. Por aquel entonces quizás no fuera muy consciente de las dificultades del cambio, pero hoy sé que este es muchísimo más grande e importante de lo que pudiera haber pensado.

Y ahí seguimos, dejándome sorprender de lo que el camino depara. Con nuevos compañeros de viaje, con mejores compañeros de viaje porque la meta está cada vez más cerca y quienes se cansaron o se entretuvieron en hacer títeres por el camino se quedaron atrás haciendo malabares que acaban siempre en el suelo.

La meta aún no se ve, pero qué más da. Como dijo Robert Louis Stevenson, lo más bonito siempre es el camino. Y ahí seguiremos. Con las cicatrices del tiempo; con la energía que da buscar siempre la verdad. Sin engaños, con libertad. Sin nada que perder.

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