LA FARMACIA Y LA VIOLENCIA SIMBÓLICA (II)


La violencia simbólica es la forma en la que se agrede en la actualidad desde el poder. No hace falta ejercerla entre sujetos, sino que es el propio sujeto el que se lastima a sí mismo mediante una autoexigencia, autoexplotación, que sobrepasa todos los límites. El poder aparece como un ente abstracto, desconocido y difícilmente identificable. Aún más cuando en los últimos tiempos se separaron el poder económico y el político, con la proliferación de las democracias aparentes. En esta sociedad del rendimiento, del sobreesfuerzo, es el poder económico el que manda sin ser elegido, quedando las democracias, el poder político, al servicio del económico o con tremendas dificultades para contrapesarlo, porque el modelo económico imperante aísla a los individuos y debilita los esfuerzos colectivos y estructuras sociales. Esa individualización permite estratificar la violencia y que nosotros, los sujetos, los individuos, seamos a la vez víctimas de unos y verdugos de otros, favoreciendo ambos roles la perpetuación del sistema y así hasta las últimas víctimas que acaban, en una jugada perfecta, rebelándose contra el poder político, que no es el último culpable, cerrando un círculo perfecto del que el poder económico sale indemne.

Poco después de publicar la primera entrada en referencia a la farmacia y la violencia simbólica me sentí tentado de realizar una segunda parte en referencia a los farmacéuticos, en especial a esos farmacéuticos que han aplaudido la primera a pesar de formar parte de un grupo inmovilista y que se resiste a cambiar. De alguna forma sentí que defendiendo el papel de víctima de ellos les daba la coartada perfecta para seguir sin rebelarse, para permanecer activos en la inacción.

Sin embargo, después de escribirla rehusé a publicarla por no cumplir como víctima mi papel de verdugo, por, en mi indignación, no legitimar mi porción de violencia simbólica contra el colectivo. Hoy he cambiado de idea y me decido a publicarla. La razón no es otra que, aceptando que de alguna forma todos podemos ser víctimas y verdugos, lo importante no es eso sino colaborar en fomentar la lucidez, la consciencia del papel que jugamos cada cual, para que cada cual decida si llorar, si enfadarse, si continuar mirando hacia otro lado o, por el contrario, si reaccionar. Es, pues, una crítica con intención de estimular la conciencia colectiva, la necesidad de abandonar el individualismo y retomar el nosotros en la sociedad. Que lo consiga o no, no, no depende de mí sino de la reacción de cada cual. En todo caso, como víctima del colectivo y como un posicionamiento radical hacia un nuevo papel profesional, me siento más que legitimado a pensar sobre ello y a escribirlo. Que reaccionemos como profesión también depende de que sepamos quiénes somos y en qué estamos. Sobre todo en qué estamos, si a favor de acopiar poder o del lado de las víctimas, de las últimas víctimas, los que sufren los problemas de la medicalización social.

En la entrada anterior señalaba la violencia que los farmacéuticos comunitarios ejercen sobre sí mismos desde las instituciones que los representan, ese aceptar el papel que se les encomienda, que no se orienta en defensa de los derechos de la ciudadanía en materia de medicamentos sino a favor de una estructura de poder y de dominación de la sociedad que se llama medicalización o farmaceuticalización. La violencia sucede porque se pasa de ser una profesión de la salud al servicio de los ciudadanos a formar parte de una cadena de distribución de productos llamados sanitarios, categoría en la que incluyo a los medicamentos legalmente considerados así y también a todos aquellos otros pseudomedicamentos en la categoría anterior también había muchos de estos con poco o nulo beneficio terapéutico o económico para la sociedad en cuanto a su utilización—, de los que esperan las personas solución a sus problemas, problemas que en su mayor parte provienen de la explotación, la violencia simbólica a la que alude el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, que sufren en la sociedad del rendimiento. Los farmacéuticos, lejos de ejercer un papel en defensa de la sociedad tratando de minimizar la morbi- mortalidad asociada a medicamentos pasan a formar parte de la cadena de agresión a cambio de su sustento.

A lo largo de mis casi treinta años de profesión, y de cerca de veinticinco implicado en el reclutamiento de farmacéuticos para implantar servicios que disminuyan los efectos indeseables, por decirlo de alguna forma genérica, de los medicamentos, he encontrado cuatro clases de profesionales, de los que solo una, minoritaria, escasísima, ha integrado a farmacéuticos que aún resisten y creen en su capacidad,  para ejercer como profesionales que contribuyan a disminuir el sufrimiento de las personas con los medicamentos, unas personas en su mayoría víctimas de ese encarnizamiento farmacológico al que se ven sometidos por un poder económico ultraconsumista y desgarrador de los lazos sociales colectivos que los confina en los medicamentos como única posibilidad para alcanzar algún grado de salud. En esta primera categoría, la de los resistentes, a veces se ocultan algunos que vienen rebotados de otros sitios y gente rara que no encuentra su lugar o no los dejaron estar allí, y que busca en la rareza de los otros un espacio donde ampararse del frío. Homeless con homeless.

La clase más amplia, la segunda, ha sido la de los que no quieren saber nada. La de los que hacen las cosas porque son así, porque tienen miedo a que cambien y porque están a gusto en su jaula de barrotes invisibles. Sus miembros son los que nunca se meten en nada, los que acuden a la llamada del poder para mantener el statu quo, aquellos que en durante la Edad Media saldrían en defensa de su señor, un amo que los explota pero les da de comer, suficiente porque también les han diseñado una suficiencia a su medida. Nihil novum sub sole. Gente que es capaz de matar, ahora con votos, de disfrutar con la caza de brujas y que siempre elegirá salvar a Barrabás. Es una categoría, por cierto, que existe en muchos otros profesionales de la salud, y que se suele distinguir por su corporativismo y diferencia de clase. En los médicos, abundantísima; en los enfermeros, creciendo sin parar. Y es que hay enfermedades sociales que son de lo más contagiosas.

La siguiente clase es la de aquellos que alguna vez intentaron, o creyeron intentar, cambiar el papel de la profesión y se rindieron. Hablaban de cambiar su orientación del medicamento al paciente, pero se cagaron. Sí, se cagaron por las patas abajo cuando se dieron cuenta de que de lo que se trataba era de dejar de formar parte de una cadena poco vistosa y, por tanto, de fácil ocultamiento de su escasa dignidad profesional, olvidar la comodidad y pasar a ponerse del lado de las personas que sufren el acoso de la medicamentalización de sus vidas como única vía de supervivencia o de felicidad. Como es fácil de suponer, gente por otra parte inteligente, en esta categoría se pasa poco tiempo, dos años a lo sumo. Antiguamente yo hablaba de que defender a los pacientes era una enfermedad de elevada mortalidad infantil, pero lo que en realidad ocurría era que el “Es así, no le des más vueltas, la farmacia es la que es” acababa tarde o temprano por carcomer todo intento de esfuerzo. Muchos de estos farmacéuticos los podemos seguir hoy por las redes sociales. Tienen unas ofertas estupendas y graban unos videos de lo más interesantes. Y sí, alguna vez clasificaron un PRM y llegaron a saber que Linda y Strand no eran dos sino la misma persona.

Y la cuarta clase, y perdonen la generalización  de esta clasificación de PRF, corresponde a los que se acercaron a la práctica como vía de ascenso al poder profesional, ese que acaba la mayoría de las veces a menos de cien kilómetros de su lugar de residencia pero que ofrece diversas formas de disfrute, adaptadas a las aficiones de cada cual: salir de chaqué en la procesión del Corpus, disfrutar de un profesional que le sustituya en su engorroso y peligroso quehacer de recortar cupones precinto, cobrar dietas por asistencia a reuniones o incluso acceder a consejos de administración. Como todo en la vida, unos triunfan y disfrutan de estas cosillas con la coartada de la profesionalidad, aunque acaben formando parte de lo que ya había, y otros no. Qué le vamos a hacer.

Y como las cosas son así y no se pueden cambiar, las estructuras de poder se mantienen, aunque los de abajo se cabreen un poquito, solo un poquito, cuando reaparecen las subastas en Andalucía y amenazan con imponerse en España, y otro poquito cuando ningún gobierno los tiene en cuenta para luchar contra la pandemia. No pasa nada, días después el gran señor feudal les dirá que no hay peligro, que todo se ha superado una vez más. Que para lo que podría haber sucedido esto es un milagro divino, y ellos seguirán cultivando la tierra para él porque hay que sobrevivir.

Y mientras tanto, la sociedad continuará cansada, muy cansada, sin nadie que parezca querer parar la máquina. Una máquina que es como una hidra de muchas cabezas que deberíamos conocer para así intentar cortar la correcta. Porque no sería justo echarle la culpa a una de las víctimas—los que ejercen de farmacéuticos, la otra es el paciente—de lo que sucede, no más violencia sobre los violentados. Hay que señalar arriba, donde se encuentran los verdaderos culpables, pero para que esto tuviera sentido habría que hacer un ejercicio de autocrítica colectiva que es el que pretendo con este texto y, ojalá, que de ahí surgiera, no una nueva caza de brujas, sino el deseo de rebelarse a favor de las personas.

Hasta aquí hoy, no sé si continuaré. Yo también formo parte de la sociedad del cansancio.

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