CORONAVIRUS Y FARMACIAS

El pasado 11 de marzo, el gobierno italiano decretó el cierre de todos los establecimientos salvo tiendas de comestibles y farmacias. Es obvio que a día de hoy en España la crisis coronavírica no ha llegado, al menos todavía, a las cotas que ha alcanzado en Italia, pero no se puede descartar que las medidas que allí se toman, aunque solo sea por el procedimiento habitual de contagio, acaben por implantarse aquí. Así que pongamos nuestras barbas a remojar, aunque sea en alcohol, por si las moscas, o por si los virus, mejor dicho. Si es que lo encuentran fuera de un bar, claro está.

De lo que voy a escribir compete a farmacias, pero también a la población en general. Y tiene que ver con las prescripciones electrónicas de las que fuimos pioneros y con las que un día nos engatusaron diciendo, cuando nunca fue verdad, que sería la herramienta que nos integraría como profesionales en el sistema sanitario. Cómo nos la metieron doblada unos y otros, los nuestros y ellos, que también deberían ser los nuestros.

La receta electrónica no ha sido más que un intento de desahogar las consultas de atención primaria, de alejar a los pacientes crónicos del control y seguimiento de sus tratamientos y enfermedades. Con un máximo de prórroga de la medicación, sin control alguno, de hasta un año, al menos en Andalucía, la realidad es que hoy en muchos centros de salud basta con llamar a un teléfono determinado para obtener una prórroga automática de… ¡correcto!, un año más. Ese es el control que se hace, con total impunidad. Pero la entrada en el blog no va de esto. El título habla de Coronavirus, y hasta ahora no he hablado de él. Esperen, que sigo hablando de la receta electrónica.

Debido a la variedad de pautas posológicas y de formatos en los medicamentos, no todos los envases que ha de utilizar una persona salen disponibles el mismo día. Sí, el paciente no tiene que volver al médico, quizás en su vida si toca la tecla adecuada y no le importa morirse cuando le llegue su hora, la coartada de uso más frecuente frente a la ineptitud. Pero a la farmacia puede que tenga que acudir todos los días. Y ahora entra el Coronavirus en el artículo. Lávense las manos y póngase la mascarilla antes de continuar.

A propósito, un inciso, un espacio para la publicidad:

En una farmacia de la Carretera Su Eminencia de Sevilla, uno de los barrios más pobres de la ciudad, venden un pack protector frente al Coronavirus, que incluye una mascarilla, extraída por las manos del profesional que luego te cobra de una caja a granel, más un envase de gel hidroalcohólico de manos, al irrisorio precio de 20 euros. Creo que está siendo todo un éxito la promoción en esa zona de Sevilla esquilmada por la pobreza, la exclusión social, y también por su farmacia, que no puede quedarse atrás. Grandes profesionales de la salud esta gente, atentos siempre a las necesidades de sus vecinos. Seguro que llegan lejos.

Hablaba del Coronavirus, y al principio citaba el ejemplo italiano. Pero es que hoy 12 de marzo nuestro presidente Pedro Sánchez ha aconsejado tras el Consejo de Ministros extraordinario que no se salga a la calle salvo lo imprescindible, en especial los pacientes de riesgo. O sea, estas personas que son enfermas crónicas y que, aunque jamás vayan a volver a ver a su médico, necesitan ir cada día a la farmacia a ver si le ha salido la pastilla que les queda de su tratamiento.

¿Alguien está pensando en la Consejería de Salud flexibilizar a los pacientes crónicos el acceso a su medicación para evitar que durante esta crisis tengan que salir de su casa todos los días a guardar colas en las farmacias con otros enfermos potenciales o reales?

Me temo que no, ojalá me equivoque. Pero esta también debería ser una medida a considerar si se pretende minimizar el contacto entre personas de riesgo. Lo dejo ahí. Espero que les interese. Y si no, me queda el consuelo de haberles facilitado una pista donde, si les sobra 20 euros, pueden encontrar a unos profesionales atentos a sus necesidades. Al fin y al cabo, ¿qué son 20 euros si ya no van a poder ni salir a tomarse unas birras?

MEDICALIZAR LA DESIGUALDAD

Este fin de semana la doctora Martha Milena Silva Castro, farmacéutica y antropóloga, ha vuelto a utilizar el primer texto de mi novela Tres mil viajes al sur para enseñar a realizar investigación cualitativa a los alumnos del Máster de Atención Farmacéutica y Farmacoterapia de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Y al igual que en el curso pasado, aún más si cabe, el resultado ha sido sorprendente.

Josefa es el título de la primera parte, subtitulada como Veo un tren y se me cambia la cara. En ella se relata el camino de una mujer hacia su suicidio. Josefa vive en la marginalidad, dentro de un barrio mortalmente herido, víctima de la exclusión social, de una familia tan desestructurada como el suburbio en el que reside. La vida ha dejado de tener sentido para ella y decide acabar. Utilizando diferentes técnicas de investigación cualitativa, desde la entrevista en profundidad, el grupo focal y el de discusión, se discutió acerca de los recursos con los que contaba la protagonista, los que la sociedad ofrece, para evitar llegar al desenlace que se había propuesto.

Josefa, gracias a nuestro sistema público de salud, contaba con un variado arsenal de medicamentos para la enfermedad mental. Asistía periódicamente a visitas a su psiquiatra. Quizás, una, dos, hasta tres o cuatro veces al año. Lo que no podía hacer era salir del entorno en el que vivía, de un barrio estigmatizado, de unos hijos e hijas víctimas de drogas y de la prostitución, de un entorno salvaje y descarnado, estigmatizado, como el que representa su barrio. No uno ni dos, ni tres ni cuatro días al año estaba en aquel suburbio dejado de la mano de Dios y sobre todo, de los hombres, en aquella cárcel sin barrotes; trescientos sesenta y cinco. Trescientos sesenta y seis habrían sido si hubiera vivido este, porque hasta en el dolor puede haber propina, a modo de bonus track de la desgracia.

Asistimos en estos momentos la crisis sanitaria del coronavirus. El aislamiento es una de las medidas que se han tomado para evitar contagios. Algo muy lógico, que lo entendemos de cajón en el marco de las enfermedades infecciosas. Sin embargo, nada de eso se aplica, ni se piensa, en lo que se refiere a los trastornos del ánimo derivados de la exclusión social. Para Josefa, personaje de ficción, solo hubo profesionales de la salud y antidepresivos, medidas absolutamente ineficientes ante la tragedia social de la marginalidad.

Dicen que contamos con un sistema sanitario universal, pero este solo aporta profesionales, tecnologías y medicamentos. No es poca cosa para lo que hay en el resto del mundo, pero tampoco es mucho para unas personas que necesitan a veces cosas muy diferentes.

Josefa era víctima de la sociedad, de la injusticia. Los medicamentos y los psiquiatras en su caso, y en el de muchísimas personas reales, de carne y hueso y no de la pasta de celulosa de la que están hechos los libros, no suponían otra cosa que un encarnizamiento terapéutico ante la ausencia de verdaderos recursos para ella, porque su enfermedad tenía raíces sociales y no clínicas. Una enfermedad social que emerge con sintomatología clínica se parece mucho a eso de agarrar el rábano por las hojas (te dejas el rábano dentro).

Entre todos los asistentes a la sesión llegamos a la conclusión, sin necesidad de adoctrinamiento político alguno, de que un profesional de la salud debería ser primero defensor de la justicia social. Porque sin justicia social no será posible garantizar la salud de los más débiles. Sí, la justicia social debe ser previa a los recursos terapéuticos, y como no lo es, asistimos a un mundo cada vez más esquizofrénico que demuestra que las enfermedades nos e pueden dividir en contagiosas o no, porque todas lo son.

Sí, gozamos de un sistema sanitario universal y público, pero que lamentablemente no ofrece lo que las personas necesitan. Un mero brindis al sol, si nos conformamos con conservarlo, un mero espejismo. O un apasionante camino por recorrer juntos, un desafío por alcanzar, para beneficiarnos todos.

Sí, en este Máster tan original, tan humano, tan único en su profesorado y en sus objetivos, algo que merece una entrada aparte para explicarlo, tratamos de enseñar y aprender cómo disminuir la morbi- mortalidad asociada a medicamentos. Pero somos conscientes de que esto no es más que una mínima parte del camino a recorrer para garantizar la salud de las personas. Y si queremos de verdad garantizarla, la justicia social tiene que ser un reto innegociable.

VAIS A MORIR TODOS

Apenas unas semanas después de tomar posesión el nuevo gobierno en España, casi con más vicepresidentes que ministros, seguimos sin saber si habrá cambios legislativos y si los próximos presupuestos contemplarán la finalización del copago de medicamentos para los pensionistas. Atrás quedan las adanistas propuestas de un partido político, que no salió elegido para formar parte de la coalición que dirigirá los destinos del país, de crear un laboratorio farmacéutico de titularidad pública, como si ello fuera posible sin tener que anexionarnos países como la India y  todas sus castas o la China de unos coronavirus que pronto también serán nuestros.

Resulta triste constatar que incluso la izquierda más a la izquierda a lo único que aspira es a mantener un sistema de titularidad pública, lo cual está muy bien, sin plantearse siquiera que este debería sufrir intensas transformaciones si es que aspira a garantizar el derecho a la salud de sus conciudadanos. Porque, si no peco de ingenuo una vez más, entiendo que un sistema público no es solo aquel que se responsabiliza de asumir los gastos en salud de la población, sino que aspira a otorgar el máximo de bienestar posible haciendo un uso responsable de los recursos económicos de los que dispone. Escribo esto y siento la bofetada de mi ingenuidad, pero continuaré.

Uno de los grandes problemas del sistema sanitario es su medicalización, porque es más barato dar un medicamento que el tiempo de un profesional. Se habla de copago o de laboratorio público pero nada de la complejidad y necesaria transdisciplinariedad que precisa hoy la atención a las personas. Estamos sensibilizados con la restricción del uso de antibióticos pero no de los antidepresivos y tantos y tantos medicamentos de dudosa necesidad, pero seguimos pensando y asimilando buena atención a su financiación, cuando son los malos resultados de la farmacoterapia los que producen elevadas tasas de mortalidad y morbilidad evitable. Al parecer, el problema de los medicamentos, un recurso terapéutico que produce una mortandad que quintuplica la de los accidentes de tráfico y cuyos efectos negativos producen que los costes de atención sanitaria, financiados por quien los financie, se tripliquen, se circunscribe a quién invita a la pastilla.

Que la atención hospitalaria esté medicalizada es lo normal, es el último recurso. Pero que la atención primaria se medicalice no debería serlo. Se consideran enfermedades circunstancias que no lo son con el pretexto de utilizar medicamentos, aprovechando el escaso tiempo del que también escasos profesionales disponen. Y si además, se da la circunstancia de que un medicamento, incluso bien seleccionado, es poco fiable en cuanto a garantizar su resultado, al usarse en conjunto con otros con los que a menudo comparte vías metabólicas, pasa lo que pasa, que entre todos la lian parda y producen el escenario en el que estamos, y al que políticos de cualquier ideología y la inmensa mayoría de los profesionales hacen caso omiso. Esto es lo que hay.

La sociedad precisa de más profesionales que se integren en el sistema, y uno que mire los medicamentos no como un recurso terapéutico, que para eso están los médicos, sino como causa de enfermedad. Alguien que con independencia se integre en el equipo para contribuir a la optimización de ese recurso terapéutico llamado medicamento y que, al provocar los daños que puede producir, solo puede optimizarse desde los resultados y no desde sus costes. ¿Capicci, farmacéuticos de atención primaria y demás detectives del sistema?

Este profesional podría haber sido farmacéutico, pero mucho me temo que habrá que crearlo. No de la nada, pero sí desde sus restos mortales parafarmacéuticos, de sus despojos. Porque desde dentro hace tiempo que la batalla está perdida. Están más preocupados por hacerse el harakiri que por refundar la profesión. Unos por mirar hacia otro lado y dedicarse a la falsa farmacia, otros por marear la perdiz jugando a las casitas sanitarias, y los del más allá, los que mandan, por ser un foco de resistencia al cambio, a un cambio que los pudiera dejar en fuera de juego (sin VAR profesional que lo atestigüe) y de sus prebendas varias, por muchos conocidas, por muchos silenciadas (Capicci también).

Aguardo con curiosidad los cambios que propone el nuevo gobierno y sus múltiples vicepresidencias. Pero mucho me temo que a lo máximo a lo que podremos aspirar será a continuar drogándonos a costa del erario público, por eso debe de llamarse estado del bienestar. Al menos me queda el consuelo de que quienes hacen todo lo posible por evitar mejorar los resultados de los medicamentos, con bastante probabilidad, tanto ellos como sus familiares y afectos, acabarán por ser víctimas de su negligencia. Y esto, ya que uno no se siente demasiado culpable de ello, me hace esbozar una sonrisa. Vais a morir todos, cabrones.

EL AÑO EN EL QUE LA CAGAMOS

No hace mucho publiqué en la revista El Farmacéutico un artículo en el que reflexionaba cómo habíamos cambiado en España en estos últimos veinte años respecto a lo que con ilusión denominamos Atención Farmacéutica, una práctica que luego, a lo largo de estas dos décadas, fue mutando tantas veces de nombre como fue necesario para no cambiar nada y hacer aún mucho menos. En esta entrada quisiera repasar aquella historia; señalar cuándo fue el momento en el que, en mi opinión, la cagamos de manera estrepitosa como profesión y dónde estamos en la actualidad.

Si veinte años han pasado del primer congreso sobre la disciplina, son dieciocho los que hace de diciembre de 2001, la fecha en la que se presentó el Documento de Consenso sobre Atención Farmacéutica, una publicación, en la que tuve participación muy activa puesto que fui miembro del panel de expertos que promovió la Dirección General de Farmacia del Ministerio de Sanidad, de ahí que tenga una cuota importante de responsabilidad, y lo que vaya a escribir como crítica también me atañe.

En mi opinión, aunque no fuésemos conscientes en aquel momento, al menos algunos, este documento dio paso a la derrota del farmacéutico comunitario en el anhelo de abordar la epidemia farmacológica y así contribuir a disminuir la morbi- mortalidad asociada a medicamentos. El texto publicado supuso cambiar una práctica orientada al paciente, la que entonces conocíamos como Pharmaceutical Care, a una amalgama de muchas y diversas actividades, luego desarrolladas en diversos documentos, grupos de trabajo, declaraciones y cantos de sirena, centradas en el farmacéutico, en sus necesidades y en sus limitaciones. Y en lugar de luchar por rediseñar la profesión para dar respuesta a los problemas de las personas que utilizaban medicamentos de forma crónica y a la complejidad farmacoterapéutica resultante, se optó por la dermofarmacia, una práctica cosmética para maquillar lo que se hacía y darle un barniz sanitario. O sea, a satisfacer nuestras propias necesidades y las de nadie más, como si solo nosotros existiéramos en el mundo.

Dicho en román paladino, como profesión pasamos de hacer el amor a masturbarnos. A título personal no hay nada que objetar si preferimos el onanismo a un buen polvo compartido. Pero cuando se trata de una profesión, construida como todas para resolver los problemas de los ciudadanos, sí que importa más. Mucho más, diría yo, porque una profesión no se construye hacia uno mismo sino hacia los demás, su misión es salvar, no sobrevivir a toda costa sin cambiar.

Como resultado añadido, el crítico y contestatario mundo de los farmacéuticos que soñábamos con cambiar la profesión fue inactivado, fagocitado por las estructuras de poder profesional, con una inestimable ayuda desde dentro de nuestro propio movimiento. ¿Se acuerdan de Viriato? Pues eso, aunque aquí Roma sí que pagó a traidores, o al menos dejó que ellos y ellas cobraran su parte. Y el problema es que matar a los mensajeros no acaban con el problema. Como todas las guerras civiles, esta microguerra civil no sirvió para nada, salvo condenarnos al pajilleo.

Por tanto, desde hace dieciocho años continuamos tocándonos donde no debemos, y dedicándonos a nuestras fantasías, porque un buen onanista ha de ser muy fantasioso. Y nos imaginamos el erótico mundo de los SPD, de las dispensaciones activas y cruzadas , e incluso las excitantes indicaciones y la llamada farmacia de servicios―  lo cual es realmente muy aconsejable , porque es muy importante que haya buenos servicios cerca de un onanista compulsivo― y toda una serie de apasionantes ocurrencias que al final siempre acababan en un acto, quizás placentero para nosotros, pero absolutamente estéril para la sociedad.

Ahora, dieciocho años después, el mundo del medicamento se ha hecho mucho más complejo. Infinitamente más, diría yo, porque la medicalización de la sociedad alcanza cotas insospechadas y ya no se trata únicamente de que los medicamentos ni alcancen las metas terapéuticas deseadas, sino que hay que discutir si son necesarias esas metas y esos medicamentos. Porque el medicamento está virando, y cada vez se aleja más de ser un instrumento para dar salud para convertirse en uno de dominación de la sociedad. ¿O no es cierto que desde la eclosión de los antidepresivos ya no hay revoluciones?

Dieciocho años después de aquel documento es más necesario que nunca un profesional que colabore en la disminución de la morbi- mortalidad asociada a medicamentos, un profesional que atienda su complejidad farmacológica y social, que sea el defensor de los ciudadanos en esta materia, con una retribución económica independiente a su comercialización. Un profesional tan alejado del que hay que resulta impensable que pueda surgir del que existe, por lo que tendrá que emerger como algo nuevo. No se cabreen, sigan tocándose.

LA ESPAÑA INSACIABLE

Está de moda hablar de la España vaciada. Nos damos cuenta de que Teruel existe, como Palencia, Soria o Badajoz, como Orense, Cuenca o Jaén. Sin embargo, nada se habla de esa España zampabollos, insaciable y voraz que también existe y ha existido siempre. Sí, pongamos que hablo de Madrid, de la Corte que todo lo fagocita, lo succiona. De la metrópoli que atrae las mejores cabezas y las más osadas del estado, a la par que convierte al resto del país en un páramo, deshabitado de personas o en estado de indigencia intelectual, según los casos, y a sus convecinos en una máquina de correr y competir huyendo del fracaso.

La España anoréxica también tiene que ver con la bulímica, y si queremos que España sea algo más que Madrid habrá que poner a la capital a régimen. Porque en caso contrario no quedará más remedio que convertir al estado en un Donut. Bajo en calorías, por favor.

MENSAJES EN UNA BOTELLA

Hoy primero de enero toca revisar el bote de cristal, un bote que en su día alojó tomate frito y hoy, dos años después, lo que contiene es pequeños trozos de papel en los que he anotado los grandes momentos que he vivido durante el año 2019. No todos están, porque no soy lo constante que quisiera, pero eso también me ayuda a reconocer mis limitaciones. La primera cura de humildad, el primer día del año, qué maravilla.

El primer apunte que hice fue la llamada telefónica de Joaquín Ronda, farmacéutico de hospital alicantino, casi nonagenario, para felicitarme, como todos los años desde que nos conocimos, por mi onomástica. Esto anoté: caminaba por la Puerta de Jerez de Sevilla camino de casa de mi madre y me emocionaron sus palabras, y también su despedida de “Hasta siempre”. Me pregunté si sería una premonición, pero hoy he comprobado que no, porque he sido el primero de la lista de sus Manueles para felicitar.

El 7 de enero volví a ver Love actually en familia, como todos estos últimos años. En esta ocasión no se inundó la casa como el año anterior, pero lloré una vez más. Más allá de la calidad de una película, me emociona la gente que no se rinde y no pierde la esperanza. Verla me da fuerzas, soy así de simple.

La tarde del 19 de febrero disfruté en casa de una conversación inolvidable con María Emilia, una persona esencial en mi vida hoy, a pesar de que ahora la tengo a casi diez mil kilómetros de distancia. Uruguay me abraza, me atrapa, me envuelve y mucha culpa de ello la tiene María Emilia, con la que repetí, junto a Salva y Marisa, en el bar de Ramón, otra cena irrepetible como la del año anterior. Definitivamente, para nosotros cuatro la palabra irrepetible debería estar fuera del diccionario, porque cada vez que nos hemos juntado, solos o con compañía, con Ramón o sin él, hemos disfrutado de momentos inolvidables.

Marzo fue para mí, Uruguay. Mi primer destino internacional como escritor, tras haber pateado América Latina durante casi veinte años como farmacéutico. Tres semanas maravillosas junto a Vero, Silvia y María Clara, que fueron una dura prueba profesional y emocional que hoy es una realidad de amor y trabajo bien hecho. Uno de los momentos vitales que marcan a fuego.

Apretadas Cabemos deben tener su lugar especial en esta entrada. Elena, María, Martha y yo juntos en un taxi, apretados, tejiendo unos lazos extraordinarios. Ellas me han devuelto la ilusión por no rendirme en mi profesión, y con ellas he aprendido a que no hay metas sino caminos que recorrer.

Como también que en esos caminos puedes reencontrarte con personas como Djenane. El 1 de octubre en Cádiz entendí gracias a ella que nunca había cambiado de camino, sino que es el paisaje el que a veces lo hace diferente. Otro día para no olvidar.

No puedo dejar a un lado la experiencia teatral junto a las sirenas Ana y Lucía con mujeres emigrantes africanas en la Factoría Cultural del Polígono Sur. No pudo tener continuidad, pero nos dio mucho. Y quién sabe si este año gira de forma inesperada y nos vuelve a colocar en la casilla de salida. Las noches con todas las Sirenas, en el restaurante peruano y en nuestra sede central, La Pastora, son momentos muy especiales siempre. Un grupo que nunca falla.

Como tampoco puedo olvidarme del grupo del Pasiego ni de los concursos literarios tan divertidos que organizamos junto a Eduardo, Nuria y Ana en los que escribo en chino andalusí.  Unas risas geniales a las que Sete les está dando un punto omega-3 delicioso de lo más saludable.

Y qué decir de los besos de muchos despertares, del viaje a Colombia de Ignacio, de los abrazos y del placer de leer con Coke arremolinado entre mis piernas. Sí, 2019, ha sido también un año precioso. Ojalá que en 2020 tenga que pensar en conseguir un bote aún más grande.

LA RUTA DE LA FELICIDAD

Autobús urbano recorre su ruta durante la mañana del 1 de enero

Un estado es una estructura artificial y cambiante a lo largo de la Historia, creada por el ser humano para dar respuesta a su necesidad animal de vivir en manada. Un estado no es nada sin sus miembros. Es el bien de los miembros de la manada su finalidad y su sentido, no al revés, y si no es capaz de beneficiar a todos sus integrantes para que puedan ofrecer lo mejor de ellos mismos a la comunidad, solo puede haber dos soluciones, o mejorar su gestión o cambiar de estado.

Para dar lo mejor a los individuos que forman parte y le dan sentido, un estado debe garantizarles unos derechos y vigilar que se cumplan, y para ello ha de gozar de una estructura con capacidad de hacerlo y que esté en continua revisión por parte de los ciudadanos para prevenir, detectar y resolver sus fallos. Un estado es, en definitiva, el alma colectiva de sus miembros y siempre debe estar atenta a que sus elementos más frágiles encuentren el amparo del resto de la manada.

Estos pensamientos me vinieron a la mente a primera hora de la mañana del primer día de enero mientras hacía la foto que ilustra la entrada, la de un autobús público casi vacío recorriendo su ruta en medio de una ciudad desierta. No es despilfarro; es servicio al que menos puede. Al más débil de la cadena. Y no avanzaremos como sociedad hasta esto lo defendamos con uñas y dientes, como si nos fuera la vida en ello. Esta es la única ruta posible hacia la felicidad.

LECTURAS 2019

Tres muertos. Nacido en 2019

Un poco de todo en mis lecturas de 2019. Algunas relecturas, más poesía, y la dificultad de dedicar más tiempo cuando es año de publicar. También ha habido revisión de manuscritos de colegas amantes del sadomasoquismo literario. ¿Será porque mal de muchos, consuelo de tontos?

  1. La responsabilidad del escritor, de Jean-Paul Sartre (Centells. José J. de Olañeta, Editor).
  2. Antropoceno, de Antonio Aguilera Nieves (Utopía).
  3. La huella de las ausencias. Un relato sobre Walada, de Miriam Palma Ceballos (Maclein y Parker).
  4. Andar sin ruido, de Carlos Frontera (Páginas de Espuma).
  5. La máquina de pensar en Gladys, de Mario Levrero (Criatura Editora).
  6. Los últimos caminos de Antonio Machado, de Ian Gibson (Espasa).
  7. 14 de julio, de Éric Vuillard (Tusquets Editores).
  8. La vida amorosa de Telonius Monk y otras historias mínimas, de Pablo Silva Olazábal (Ed. Yaugurú).
  9. La balada de Johnny Sosa, de Mario Delgado Aparaín (Seix Barral).
  10. También vivir precisa de epitafio, de Javier Sánchez Menéndez (Chamán Ediciones).
  11. Voces de La Vera, de Juan Vega (Editorial Comba).
  12. Confesión, de Lev Tolstói (Acantilado).
  13. Maleza, de Daniel Ruiz García (Tusquets Editores).
  14. Versiones ejemplares, de Eduardo Cruz Acillona (Editorial Enkuadres).
  15. El corazón de oro y otros relatos, de Javier Salvago (Ediciones de la Isla de Siltolá).
  16. Antonio Machado. Biblioteca Fundamental de Nuestro Tiempo. Antología de Jorge Campos (Alianza Editorial).
  17.  Voces humanas, de Penelope Fitzgerald (Impedimenta).
  18. Calle de los noctámbulos, de Anabel Caride (Anantes).
  19. Sortilegio, de María Zaragoza (Minotauro).
  20. Fugaces, de Sara Portillo (Seleer).
  21. Cuaderno de San Lorenzo, de Francisco Gallardo (Algaida).
  22. El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa (Seix Barral).
  23. Un sol inocente, de José Daniel M. Serrallé (Renacimiento).
  24. La biblioteca del agua, de Clara Obligado (Páginas de Espuma).
  25. Curva, de Aurora Delgado (Sloper).
  26. Tus pasos en la escalera, de Antonio Muñoz Molina (Seix Barral).
  27. Diorama de un ojo de cristal, de Gregorio Verdugo (manuscrito).
  28. Lluvia fina, de Luis Landero (Tusquets editores).
  29. La mujer de Lot, de Isaac Páez (manuscrito).
  30. Apología de Sócrates, de Platón (Espasa- Calpe, colección Austral).
  31. Critón o el deber ciudadano, de Platón (Espasa- Calpe, colección Austral).
  32. El sonido del caracol salvaje al comer, de Elisabeth Tova Bailey (Capitán Swing).
  33. Cartas de España, de José María Blanco White (Fundación José Manuel Lara).
  34. Mis mundos menores, de Ignacio Colón Torrent (Ed. Ruser).
  35. Un hombre soltero, de Christopher Isherwood (Acantilado).
  36. Pájaros que se quedan. Otoño en Pensilvania, de Eduardo Jordá (RBA Libros).
  37. El potro salvaje y otros cuentos, de Horacio Quiroga (Anaya, Biblioteca de El Sol).
  38. Canto a mí mismo, de Walt Withman (Akal).
  39. Rialto, 11, de Belén Rubiano (Los libros del asteroide).
  40. El farmacéutico de Auschwitz, de Patricia Posner (Ed. Crítica).
  41. Áyax, de Sófocles (Signatura ediciones).
  42.  Amor doncella cierva, de Mónica Collado Cañas (Limbo Errante).
  43. El decapitado de Ashton, de Iván Onia Valero (Siltolá).
  44. Magallanes. El hombre y su gesta, de Stefan Zweig (Capitán Swing).
  45. Carta abierta a un españolito que viene al mundo, de Manuel Ferrand (Ediciones 99).
  46. Poesía, de Pablo Neruda (Unidad Editorial, Las poesías del verano).

EL VÉRTIGO DE DETENERSE

Correr, correr, correr…

Uno de los grandes miedos de nuestra sociedad es a detenerse. Parece como si en lugar de caminar por calles, paseos o avenidas, lo hiciésemos sobre un colosal tapiz rodante que amenazara con derribarnos si nos detuviéramos. Vivimos en la sociedad de la prisa, por llegar a donde nadie nos espera para ser fieles a una cita con nadie. Hemos perdido la serenidad y el silencio, hemos entregado el sentido de nuestra existencia a un otro que carece de nombre o corporeidad y que nos exige correr siempre, como un Sísifo de las llanuras.

Recorremos distancias físicas y mentales que nos llevan al País de la Nada, y por eso cada día nos sentimos más vacíos y angustiados por esa Nada, que apenas es una sombra de nosotros mismos a la que ni siquiera vemos. Y para sobreponernos, nuestra única respuesta es correr más y más cada día, para perseguir esa Nada con la que tenemos más semejanzas porque poco a poco nos consume, nos vacía, hasta desvanecernos por completo convertidos en espectros errantes, condenados a arrastrar la cadena de una existencia que se ha transformado en una losa imposible de sobrellevar.

Olvidamos que es el tiempo, la gozosa consciencia del momento, el que posibilita nuestra felicidad. No es la distancia recorrida, ni las conquistas obtenidas, las que la marcarán sino gozar de la oportunidad de paladear cada instante de nuestra existencia.

Detengámonos en los semáforos, dejémonos maravillar por todo lo que podemos ver. Cada segundo es una oportunidad para la felicidad. Basta con pararse y abrir los ojos. Y permitir que nuestra naturaleza actúe. La vista es un órgano externo; la mirada nace desde dentro.

MACHU PICCHU

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― Lo veo muy agobiado, ¿aún no ha conseguido una mujer para que atienda a su madre?

― Qué va, aún no.

― Qué raro, ¿no? Que yo sepa hay muchas mujeres que se ofrecen para cuidar ancianos.

― Pero yo la quiero española. No quiero una machupichu de esas. Y está difícil.

― Claro, es que no hay.

― Sí, sí que hay. Ayer hablé con una, pero me pidió casi mil euros, unas horas diarias de descanso, día y medio a la semana sin trabajar… ¡Parecía de Comisiones Obreras!

― Le habrá pedido lo que marca el convenio, ¿no?

― Sí.

Un rictus de desesperación marcaba su semblante cuando se marchó. Me llamó la atención que hoy no llevara una pulsera verde con adornos rojigualdas como últimamente.

La habrá echado a lavar― pensé―. Esas pulseras se ensucian fácilmente.