O ELLOS O NOSOTROS

Ruta de muerteY pasaron los días. De compungidos minutos de silencio a reuniones grandilocuentes. Resolver el problema de África se circunscribe en decidir si se envía una fuerza militar a bombardear los barcos en los que las mafias transportan emigrantes, en reforzar la vigilancia marítima, o en legislar para que los trámites de expulsión rápida sean más ágiles.

Nada se puede hacer contra la pobreza, contra las matanzas de índole religiosa, étnica, de género o de lo que sea. Nada se puede hacer contra gobiernos corruptos que se sientan sobre las riquezas naturales de sus países, para enriquecerse ellos a costa de empobrecer a sus ciudadanos malvendiéndolas a nuestros gobiernos cómplices. Nada se puede hacer porque eso significa que nuestros hijos llorarían mucho por no poder tener cada año un móvil más nuevo y más rápido; porque no podríamos tener esas amenas charlas de café ―tendríamos que volver al anís El Mono― y Marca, porque no tendríamos café. Ni tampoco Cola Cao. Dejaríamos de cantar lo de soy aquel negrito del África tropical a soy aquel blanquito de la Europa Septentrional. Y eso no gusta.

Bombardeemos, vallemos, hundamos y recemos. Sigamos rezando. No dejemos de rezar, ni de darnos golpes en el pecho. Ataquemos, no vaya a ser que suba la prima de riesgo. Ocupemos, no vaya a ser que los analistas financieros, esos gurús que mueven el mundo gracias a su economía fantasma, esos trileros cuyos dados cotizan en las más importantes bolsas del mundo, se vayan a enfadar con nosotros.

Esto es algo muy simple. Son o ellos o nosotros, no hay que darle más vueltas. Para que haya un rico tiene que haber un pobre, y yo no quiero comer mierda. Que la sigan comiendo otros, que ya están acostumbrados y tienen el estómago hecho a ello. El mío necesita omeprazol con la segunda loncha de jamón.

La foto se tomó de http://www.rtve.es 

EL VIENTO DE DIOS

SPAIN-IMMIGRATIONVende pañuelos de papel en una rotonda en las afueras de la ciudad. Allí lleva varios años buscándose la vida, haciendo lo que puede por sacar adelante a su mujer española y a su hija. Hace ocho años que llegó a España. Salió de Nigeria porque  no había futuro. Un país rico en recursos naturales, aunque el gobierno esté sentado sobre ellos e impida que la riqueza se escape de sus tentáculos alargados.

Un día decidió que allí no tenía nada que hacer . Ni siquiera sus estudios universitarios de economía y finanzas le facilitaron una vida mejor que la que su humilde familia había tenido hasta entonces. Soltero, huérfano e hijo único, nada le impedía perseguir el sueño que le ofrecía la televisión. Salió con sus doscientos euros al cambio ahorrados y por veinticinco tomó el autobús que le llevaría a Niger. No sabe la distancia que recorrió, porque allí la distancia no se mide en kilómetros sino en horas. Fueron ocho hasta la frontera. De pie, agarrado al techo como podía. Cinco euros tuvo que dejar de propina a los sufridos vigilantes de la aduana.

Trabajó en el campo durante cuatro meses para conseguir dinero y atravesar Niger en una pick up. Por cincuenta euros viajaría través del desierto hacinado en la parte de atrás junto a otros soñadores y soñadoras como él, por caminos atestados de piedras y socavones. Quien se caía allí se quedaba, aunque los de su camioneta tuvieron suerte, porque el chófer era bueno. Se detuvo a recoger a una mujer que cayó, aunque luego tuvieron que hacerlo más veces para enterrar a los muertos que no soportaban  un viaje sin agua, y con su propia y escasa orina como único líquido para beber. Encontraron cadáveres en el camino, huesos humanos, y también a chacales que se encargaban de acelerar el proceso de osificación. Se detuvieron ante el cuerpo de una mujer embarazada. Por la textura de su piel supusieron que llevaba muerta un par de días. Hicieron un pequeño hueco en la tierra y la sepultaron. Dejaron su pasaporte sobre la arena que la cubría por si alguien la conocía y que pudiera comunicarlo a la familia. También supo de mujeres que parieron en el camino y abandonaron a sus hijos para poder llegar. Un horror inimaginable.

En Argelia muchos como él buscaron la ruta del ferrocarril más largo del mundo, que les llevaría a Marruecos. El tren pasaba más lento por una zona de precipicios, tenían que saltar en marcha, calcular bien, agarrarse donde pudieran, con el riesgo de caer al vacío si no lo conseguían. Allí moría mucha gente, pero él pudo encaramarse y subir a un vagón de transporte.

Un año y medio después de salir de su ciudad logró subir a una patera. No quise preguntar cómo consiguió los mil doscientos euros para obtener una plaza en una barca hinchable que había que desaguar con un cubo desde la salida de la playa. La manejaba un subsahariano que se había preparado para ello. Las mafias ya no suben pilotos que los conduzcan hasta España, sino que forman a alguno de los pasajeros para ello, además de darle el número de teléfono de la Cruz Roja española, a la que avisan cuando ya están cerca.

Delfines-nadando-en-el-marContó la alegría que sintieron en el interior del barco cuando se les acercó un delfín. Todos saben que avistarlo es señal de que las aguas están limpias y van a llegar a tierra. El mismo cetáceo les indicó el camino. Se emocionaba al relatarlo. Poco después la llamada telefónica iniciaba la llegada a su nuevo y depecionante mundo.

Ocho años ha pasado desde aquello. Cuando puede envía dinero para que sus primos puedan continuar estudiando. Y sueña con que algún día él les pueda pagar un pasaje de avión para traerlos a España, porque nunca permitiría, si ello es posible prohibir, que ellos hicieran el camino que él recorrió.

Se llama Godwind, el viento de Dios. Jamás vi un nombre tan bonito. El viento de Dios vino a parar aquí. Lo trajo su delfín.

Artículo publicado en la revista EL FARMACÉUTICO: http://www.elfarmaceutico.es/numeros-de-la-revista-desde-el-2011/ya-viene-el-sol/el-viento-de-dios#.VRg4KfmsWSp

Fotos:

http://www.huffingtonpost.com

http://www.deviajeporespana.com

EL SEÑOR NOS VA A AYUDAR

Hace unos años escuché a un chico camerunés su odisea de siete años. Porque pasaron siete años desde que salió de su tierra y logró entrar en Europa. Su historia me impresionó y motivó que escribiera este relato, que se centra en los momentos finales. Lo que ha sucedido en estos días me ha traído a la memoria aquel día en que lo escuché. Quizás sea el momento de darle más extensión y más voz a las miles de historias de estas gentes. Al menos, aquellas a las que el mar no se tragó o ningún temeroso guardián de occidente contribuyó a arruinar. Dedicado a ellos.

NÁUFRAGOSProspère se levantó en la puerta de la Mezquita de Fnideq. Por el paseo marítimo, se aproximaba su amigo Samuel. Chocaron sus manos derechas al saludarse.

   ― ¿Todo bien, Samuel?

   ― Más o menos. ¿Cómo te está yendo a ti hoy?

   ― No muy bien. Hoy no llevo más de veinte dirhams.

   ― Prospère, mi amigo. Debes volver a salir conmigo a dar una vuelta.

   ― No, Samuel. Ya no quiero robar más. He llegado hasta aquí, estoy a las puertas de Europa, y no quiero acabar en una cárcel marroquí.

  Samuel y Prospère se pusieron a caminar por el paseo marítimo, aprovechando que el atardecer aliviaba el calor de finales de julio. El viento de Levante contribuía a refrescar la temperatura, y el oleaje traía un olor intenso a salitre, y a las algas que la bajamar iba dejando.

   ― Prospère, llevamos más de tres meses aquí. Y todavía no tenemos plan. Es imposible entrar en Ceuta,

   ― Samuel, vamos a esperar. Dios nos va a ayudar.

  ― ¿Cómo que nos va a ayudar? ¡Prospère! Si ni siquiera este Dios es el nuestro. Tú y yo somos cristianos. Nuestro Dios se quedó en Camerún.

   Bajaron a la playa. A pesar de que el calzado que llevaba era muy viejo, Prospére se lo quitó antes de meter los pies en el agua. El frescor alivió sus pies encallecidos y doloridos. Samuel solo se quitó los zapatos después que se le mojasen y la arena entrase en ellos.

  ― ¿Qué piensas hacer con esos veinte dirhams? ¿Crees que vas a comer siempre de limosnas?   ― Samuel se agachaba e introducía su cabeza bajo la de su amigo, que miraba al suelo.

  ― No voy a volver a robar, Samuel. Lo que hice mal, ya está hecho. Yo sé que Dios me va a ayudar.

  Se sentaron delante del mar, a ver cómo las aguas se tragaban el sol en el horizonte. A lo lejos de la costa escarpada, se imaginaba Ceuta. Samuel se echó para atrás sobre la arena, con las manos en la nuca. Prospère tiraba piedras al agua.

  ― Tú confías en Dios, Prospère; yo confío en ti, amigo.

  Chocaron las manos y se abrazaron, y continuaron en dirección a la calle donde solían dormir. Antes, gastaron en comida los veinte dirhams que había conseguido Prospére mendigando a la puerta de la mezquita.

                                                                          *****

 Serían las tres o las cuatro de la madrugada cuando Prospère se despertó. Samuel dormía tranquilo a pocos metros de él. No se oía un alma por la calle, salvo ladridos de perros callejeros y alguna gata en celo. Prospére miraba las estrellas. Comenzó a llorar.

   ― Señor, no puedo más.

   ―….

   ― Señor, ¿qué he hecho, en qué te ofendí? No puedo más, Señor.

   ―…

  ― Cuando he podido llamar a mi familia, me piden que resista, que estoy cerca, que tiene que haber una solución. Pero yo no puedo más, Señor. Te pido que me ayudes.

                                                               ****

  A primeros de septiembre,  Prospère continuaba mendigando a las puertas de la mezquita. Los días se iban acortando. Muy pronto llegaría el otoño y sería mucho más difícil poder pasar a Ceuta. Hacía ya dos años que nadie lo había conseguido.

  Una señora bien vestida se acercó a Prospère. Traía una bolsa de plástico en sus manos.

  ― Hola, muchacho. Te traigo esto. Ha pasado el verano y mi hijo ya no lo quiere. Quizás tú puedas darle alguna utilidad.

  Prospère miro dentro de la bolsa. Era una prenda naranja, con unas piezas rectangulares duras. Al sacarla de la bolsa, vio que era un chaleco salvavidas.

  ― Que tengas un buen día ― se despidió la señora alejándose de la mezquita.

   Prospère se levantó de inmediato y fue a buscar a Samuel. Cuando le encontró, se acercó a toda prisa, conteniendo los gritos con los que le quería anunciar la noticia:

   ― Samuel, Samuel. El Señor nos ha ayudado. Ya sé cómo nos vamos a ir. Vamos a entrar a nado en Ceuta. El Señor nos va a ayudar.

   ― Tendrás que ir tú solo, Prospère. Tú sabes que yo no sé nadar. Y tenemos solo un chaleco.

   ― Vamos a intentar reunir dinero para uno, Samuel. Aún queda tiempo para conseguir para un chaleco.

                                                              ****

   Los dos amigos se pusieron a mendigar. Pasaban los días y no conseguían suficiente para uno.

   ― Hace dos años que nadie entra en Ceuta por mar.

   ― No te preocupes, Samuel. El Señor nos va a ayudar.

   Era mediados de septiembre cuando se acercan a las playas que hay junto a la frontera. Ese día, el viento estaba en calma. Estaban listos para zarpar. Al caer la noche, Prospère se pone el chaleco salvavidas. También se amarra una soga a la cintura, que va atada a una rueda de camión, que hace de flotador para Samuel. Tienen que salir nadando mar adentro, para evitar las luces de los guardacostas españoles. Deberán ir nadando rodeando las luces. Con los brazos abiertos entonan una oración, que apenas se nota en los labios. Prospère comienza a nadar.

   ― El Señor nos va a ayudar.