LA ARTROSIS DE MARADONA

La artrosis es una dolorosa enfermedad degenerativa de las articulaciones, en la que la edad y el sobrepeso juegan un papel muy importante. Si, como en el caso de Diego Armando Maradona, la profesión aumenta el riesgo por el sufrimiento de las rodillas, podremos explicar de forma muy clara las causas por las que el ex futbolista argentino padezca un problema así.

La artrosis es una patología que en mi opinión es paradigmática de cómo se están abordando muchas enfermedades en los sistemas sanitarios, muy centrados en los productos, poco en la capacidad de los diversos profesionales, y aún menos en las de los pacientes. A pesar de que el incremento del ejercicio físico y la disminución de peso constituyen el tratamiento principal, para lo que se requiere tiempo en los profesionales y motivación en los pacientes, son los medicamentos, analgésicos y antiinflamatorios, los que más se utilizan. Medicamentos que únicamente pueden paliar, si llegan a conseguirlo, el dolor, pero que no regeneran la articulación ni resuelven el problema, por lo que se necesitan siempre, no resuelven nada y… producen efectos secundarios muy graves, como le ha ocurrido a la “mano de Dios”, mano que no sé si también sufre de artrosis en su muñeca o en los dedos.

Diego Armando Maradona, a buen seguro, ha sufrido una hemorragia digestiva asociada a los antiinflamatorios utilizados para su artrosis, efecto muy común que hay que controlar y seguir, prevenir con medicamentos antiulcerosos y, en todo caso, vigilar para que no se produzcan, tanto por parte de los profesionales (síntomas como debilidad y cansancio del paciente, controles analíticos para identificar si el hemograma puede indicar pérdidas de sangre, anemia, etc) como del paciente, al estar atento a un oscurecimiento de sus heces, por ejemplo. La más que probable falta de control, la ausencia de seguimiento, en el caso de uno de los personajes más conocidos a nivel mundial, ha llevado a que el futbolista permanezca ingresado en el hospital hasta que pueda resolverse el problema.

El caso es sangrante, y no solo por los efectos sobre la salud y el estómago de Maradona, sino porque revela qué grado de control y seguimiento tienen los tratamientos con fármacos en el mundo, lo que constituye lo que hace tiempo denominé como epidemia farmacológica, una epidemia que, a diferencia de la mayoría de las epidemias, no afecta a pobres, sino también a ricos y a personajes relevantes. Se me vienen a la memoria la muerte de Michael Jackson, creo recordar que también la de Elvis Presley, y hasta la del genocida serbio Milosevic en su celda: todos murieron por un deficiente control de los medicamentos que utilizaban.

En el caso del astro argentino pueden haber influido otros medicamentos, incluso actitudes vitales, que puedan haber agravado el problema. Manejar la complejidad de la farmacoterapia no es tarea baladí, necesita de un especialista que lo realice junto a la persona que los utiliza, y no solo carecemos de servicios de este tipo, sino que relegamos al medicamento, en todos los sistemas sanitarios, a un mero papel instrumental.

La farmacoterapia falla al no producir los efectos deseados, falla al producir efectos no deseados y falla también al utilizarse de forma incorrecta por el paciente. Las consecuencias, en claves de pérdidas de vidas humanas y en aumento del sufrimiento en las personas, es inconcebible, y éticamente inadmisible cuando se posee la solución al problema. Y perdonen el asco que siento al escribir esto. Asco ante quienes dirigen las políticas sanitarias y ante todos los que tienen la capacidad de dar respuestas.

Asco, porque se podría financiar la solución con los ahorros de evitar el problema. El tratamiento de la artrosis de Maradona puede costar, como mucho, cien euros mensuales. Sin embargo, cada día que pase en el hospital supondrá unos ochocientos euros…¡¡¡diarios!!! Está medido: cada euro que nos gastamos en medicamentos supone gastar dos más en paliar los problemas que producen. Por cada euro que invertimos en profesionales que palien la epidemia farmacológica, el estado se ahorra cuatro al evitarse ingresos hospitalarios y bajas laborales, entre otros gastos.

El caso de Maradona no es una excepción. Millones de personas, centenares, miles de millones de personas toman medicamentos en el mundo y el único control que existe es que los pacientes que sufren estos problemas puedan llegar a tiempo a un hospital. Urge hacer las cosas de otra forma, pero a buen seguro que nada cambiará. Su padre, su madre, sus hermanos o sus abuelos, quizás sus hijos, morirán de una forma bastante gilipolla, y los responsables de ello jamás irán a la cárcel ni les pesará en sus conciencias.

No solo Maradona tiene artrosis. También los sistemas sanitarios, públicos o privados tienen enfermedades degenerativas y sangran a borbotones. Al menos el futbolista acudió a urgencias, pero los políticos, ni siquiera están alarmados.  

EXPERIENCIAS MEXICANAS

Taller GuadalajaraQuienes me conocen saben que cruzar el Atlántico en dirección a Iberoamérica es para mí un gran estímulo. Desde que llegué a Colombia en el año 2000, he realizado más de cincuenta viajes hacia allá, y mis colegas farmacéuticos saben que ha sido en América donde he desarrollado nuevas técnicas docentes.

Fue en Argentina donde por primera vez entrevisté a un paciente en directo ante los alumnos; en Uruguay donde utilicé videos de grabaciones de pacientes; en Brasil donde hice mis primeras sesiones clínicas conjuntas; en Costa Rica donde impartí casi veinte horas de clase sin diapositivas y construyendo con los estudiantes la práctica asistencial desde la filosofía de estar en el mundo…. Grandes experiencias que luego he podido traer a España en los lugares en los que me han dejado.

Ha sido a mediados de junio y en Guadalajara , días antes de que escriba esto, cuando surgió la última innovación. Y esta , por casualidad.

Habíamos preparado un taller con dos pacientes que los colegas mexicanos habían traído. Una de ellas, esperaba con la cabeza apoyada en una cristalera del aula. Había sufrido un accidente de tráfico meses antes y tenía bastante dañado el cuello. Era muy molesto para ella adoptar otra postura, así que se me ocurrió que nos sentásemos en círculo a su alrededor para que no se moviese. Y comenzamos.

No sé cómo fue, pero cuando nos dimos cuenta estábamos haciendo una sesión clínica con la paciente integrada en la misma, y repetimos con la segunda. Discutimos en ambos caso los tratamientos con cada una de ellas, vimos diferentes aspectos de mejora, consideramos aspectos científicos, personales y culturales, adaptamos los mensajes al conocimiento y capacidad de comprensión… Las pacientes se abrieron, mostraron sus temores y expectativas, aquello que tan poco tenemos en cuenta y que se parece tanto a nuestra experiencia clínica, que finalmente nos hizo encontrar puntos de acuerdo y estrategias para alcanzar objetivos terapéuticos concretos y entender por qué hacerlo de esa manera.

Por cierto, no utilizamos más que bolígrafos, papel, conocimientos y experiencias. Ah, y el sentido común. No sé qué programa informático podrá ofrecernos esto, pero nos fue muy bien. Más que bien. Y desde ahora, es lo que pienso hacer.

ME GUSTA LA NAVIDAD

NAVIDAD_PSUR¡Me gusta la Navidad! Me encanta, me divierte, me asombra; y a veces me entristece, me enoja.

Me gusta la Navidad. Me encanta ver a la gente alegre, corriendo de un lado para otro, con las manos llenas de bolsas, cargadas de paquetes, todos con su nombre escrito, al menos en la cabeza de quien los lleva.

Me gusta la Navidad, porque por primera vez en el año, a pesar de que ya esté a punto de finalizar, todos como colectivo pensamos en los otros, aunque los otros no sean muchos, aunque a los más otros no les dediquemos más que un gesto superficial. Me gusta la Navidad, porque nos saca de nuestro ensimismamiento y nos acerca a los demás. Me gusta la Navidad y sus comidas de Navidad. A pesar de los crápulas, que lo son todo el año, aunque no se les note.

Sí, ya sé, hay quien critica la Navidad, a quien le enoja. Se la ataca por el  consumismo que genera. Nos acusamos de derroche, de malgastar, de valorar más un objeto que un acto de amor, de afecto, y no seré yo quien diga lo contrario. Pero también pregunto: ¿es la Navidad la causa, o es simplemente el reflejo de la sociedad que nos hemos dado? ¿Somos así todo el año o es ahora cuando más se nota? ¿No será que debemos modificar nuestro comportamiento el resto del tiempo antes de pretender hacerlo solo por Navidad? Sí, claro que debemos cambiar; y mucho más en estos momentos en los que el planeta está dando muestras de su incapacidad para sostener más el crecimiento desmedido. Debemos sustituir el consumo como patrón oro de la sociedad por otro más solidario con el ser humano y con el planeta, y no nos va quedando más remedio que hacerlo. Claro que hay que buscar otro norte, y si lo buscamos el resto del año, también lo encontraremos en Navidad.

 

Me encanta la Navidad. Me encantan los mantecados, los polvorones. Mis primeros recuerdos de Navidad tienen que ver con ellos, en la cocina de la casa de mis abuelos paternos en Estepa. Mi abuelo era impresor. Tenía una imprenta cuya principal línea de negocio, como se dice ahora, era fabricar las cajas y los envoltorios de papel de los mantecados. Me encantaba entrar en aquella casa y, después de saludar a la familia lo más rápido que podía, correr a abrir aquella puerta secreta que no daba a los bosques de Narnia, sino a la imprenta. Tras ella, el ruido acompasado de las máquinas trabajando, el olor a papel, el ir y venir de personas enfundadas en batas de color café. ¿Eran de ese color o me traicionan los recuerdos?

Por aquella época, casi todas las casas de Estepa tenían su horno para hacer mantecados. Fue así hasta que, como luego se ha replicado al prohibir que produzcamos nuestra propia electricidad con placas solares, dejó de permitirse que se fabricasen, aduciendo razones de higiene. Como tanta gente, mi abuela María hacía mantecados en la casa, y luego el abuelo Antonio le imprimía sus propios papelillos. Nosotros tomábamos Mantecados Antonio y María. Las cajas lucían una foto de Estepa, con la torre de la Victoria bien visible, y en los envoltorios destacaban unas letras A y M de lo más barrocas, entrelazadas. Eran mantecados grandes, que se deshacían al partirlos. Los restos que quedaban en el interior los aplastábamos de nuevo con ayuda del papel para compactarlos y comernos hasta el último trozo.

Mis primeros recuerdos navideños son golosos, como podéis comprobar. Imagino que es así para todos. Lo primero que evocamos de estas fechas tiene que ver o con comida o con los Reyes Magos, y en mi caso son los mantecados y el pollo a la naranja que hacía mi madre cada cena de Nochebuena, lo primero que se me viene a la memoria. Pero también los Reyes Magos.

Me encanta la Navidad, me divierte, me asombra, aunque a veces me entristezca o me enoje. Y si me divierte, es sobre todo por la Cabalgata de Reyes Magos. Para mí, sin duda, el 5 de enero es el día más alegre de esta ciudad. Con todos mis respetos a otras fiestas y tradiciones solemnes de esta ciudad, que muestran una elegancia popular refinada e incomparable, la Cabalgata de Reyes Magos saca lo mejor de cada sevillano. ¿Quién no se ha lanzado a la calle, dispuesto a luchar a muerte por un caramelo, incluso armado de paraguas aunque no fuera un día de lluvia? ¿Quién no ha cantado La gallina turuleca al son de alguna de las bandas de Semana Santa que ambientan la Cabalgata, quién no ha gritado, saltado al paso de los beduinos, a cualquier edad? ¿Quién no se ha emocionado al ver los ojos de un niño, sea o no de su familia, y su mirada de asombro ante esa grandiosa representación? ¿Quién no ha sido niño de nuevo al disfrutar de un espectáculo así?

Resulta conmovedor reconocer que es posible ilusionarse al menos una vez al año, que se puede forjar una emoción colectiva de felicidad, de alegría. ¿Qué sería de nosotros, de esta ciudad adormecida y rehén de su pasado y de sus cronistas más trasnochados, si generásemos una ilusión por nuestro futuro como la que trasmina esta ciudad la noche del 5 de enero? ¿Por qué el día 6, o el 7, vuelve a dormirse, por qué regresan nuestros complejos, la culpa y el arrepentimiento por habernos comportado así durante la Navidad? ¿Qué sería de nosotros si cada día del año fuese un 5 de enero?

 Me divierte el día de Reyes, me asombra, me emociona. Y me han divertido y emocionado los 5 de enero como padre. La cabalgata pasa por delante de casa de mis padres. Es una segunda planta y ha sido siempre el lugar de reunión para la familia este día. Mi madre aún compra confeti, serpentinas, globos, que mis hijos y sobrinos lanzaban al paso de la comitiva. Cuando eran pequeños y terminaba de pasar, todos corrían a la habitación de mis padres. Siempre había un despistado que se había dejado una ventana abierta, por la que se habían encaramado los pajes de los Reyes Magos para dejar los regalos antes que en ningún sitio y así aliviarse del duro trabajo que les quedaba por hacer esa noche. Sí, me gusta, me encanta el día de Reyes porque representa momentos como este en muchas casas, porque seguro que al escucharme contar esta anécdota familiar se les ha venido a la memoria instantes parecidos en sus familias.

Otro momento especial de esta época del año, el primero en orden cronológico, es poner el Nacimiento. El día de la Inmaculada es el que solemos escoger para ello, como para tantas otras familias. A pesar de que ya son mayores, mis hijos son los primeros en continuar la liturgia de colocar todas las piezas que hemos ido comprando a lo largo de los años. Y eso, a pesar de que en nuestra casa tenemos una vitrina llena de Nacimientos de muchos países de América Latina, que lucen todo el año. Nacimientos de Chile, Colombia, Argentina, Brasil, Bolivia, Ecuador, Paraguay…Nacimientos guaraníes, incas, araucanos…Esto no es excusa para volver a poner cada año nuestro Belén, el que hemos ido construyendo con el paso de los años, y disfrutar de esos sencillos ritos que estrechan los lazos entre generaciones y se guardan en nuestra memoria colectiva.

Por días así de entrañables disfruto de la Navidad, pero no debo olvidarme del significado profundo de un tiempo como este. Muchos cristianos se sintieron tremendamente molestos cuando hace años un concejal, sin duda con afán provocador, denominó a estas fiestas como las del solsticio de invierno. También hay quien se queja de la descristianización de los motivos que se utilizan para iluminar nuestras calles. Pero hay que reconocer, y eso no le quita nada a nadie, que en su momento también el cristianismo se apropió de fiestas que estaban en la raíz profunda de la humanidad, en los cultos relacionados con la tierra y el sol. Esto no les resta nada a los creyentes, pero también quienes no creen pueden hacer suyas estas fechas.

¡Me gusta la Navidad! Me encanta, me divierte, me asombra; y a veces me entristece, me enoja. Y me gusta la Navidad porque no sucede en cualquier momento, sino en una época muy especial, como es el del momento en el que la luz vence a la noche.

El cristianismo celebra mañana el nacimiento del Hijo de Dios. El Niño Jesús no podría haber nacido en otra época del año que en el solsticio de invierno: “Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida”, dice el Evangelio de San Juan. El solsticio de invierno no es solo una fiesta para el cristianismo; también es un día sagrado para otros pueblos y religiones. Por mi cercanía personal a los pueblos de América, quiero recordar el Inti Raymi, o del Wawa Inti Raymi (la fiesta del sol o del niño sol), celebración que se hace durante el solsticio de invierno del hemisferio sur, el 24 de junio, nuestro día de San Juan).

El solsticio es el día en el que la luz vence a las sombras. Es un día en el que la esperanza se abre paso ante el pesimismo. Representa el derecho que toda persona tiene a rehacer su vida, a nacer de nuevo, a resucitar en vida; a superar sus contradicciones, sus fallos, sus inconsistencias. Es el día para volver a empezar, para resurgir. Vuelve la luz a la vida, vuelve a abrirse camino entre las tinieblas para vencer a la noche. A caminar. La luz del mundo, quien me sigue no andará entre tinieblas, luz de vida. Esta frase tan evangélica, puede ser asumida por cualquier persona, crea en lo que crea.

La luz viene para volver a empezar. Quizás los resultados que se han dado en las elecciones del domingo no hayan sido casualidad, en un momento como el del solsticio de invierno. Quizás necesitamos volver a empezar, puede que ese haya sido el mensaje que hayamos dejado los españoles en las urnas. Y necesitamos luz para recorrer ese camino.

El solsticio de invierno nos muestra que hay que resistir, que hay que tener paciencia y no hay que perder la esperanza. Aunque luego la luz  avance en su insolencia y terminemos por volver a caer en nuestros propios errores de soberbia, y nuestra falta de humildad acabe por arrojarnos a las llamas en las hogueras de San Juan, día en el que la noche vuelve a abrirse paso para hacernos pagar nuestros errores.

Y por eso, me gusta la Navidad, porque es parte de la vida. Y me encanta, me divierte, me asombra; aunque a veces me entristezcan o me enojen las miradas superficiales hacia ella.

La luz está llegando y nos ayudará a que nuestro aliento de vida se sobreponga a las tinieblas. Queridos amigos, feliz llegada de la luz, Feliz Navidad; paz a las mujeres y los hombres de buena voluntad; fuerza y aliento para que hagamos entre todos un mundo más justo, para ayudarnos a ver al otro como parte de nosotros. Somos humanos a través de la humanidad de los otros, dice la filosofía Ubuntu, de la que tan buen embajador era Nelson Mandela.

Y mucho amor. Mucho amor a la madre tierra que nos acoge. Liberémonos del miedo de las tinieblas, dejemos las tinieblas de ese pasado lleno de injusticias, de avaricia y soberbia. Hágase la luz, que ilumine nuestros pasos y nos haga caminar juntos. Que como los Reyes Magos, sigamos nuestra Estrella de Oriente, y que sepamos que no todos los caminos conducen a Roma si se trata de justicia. Sigamos la Estrella sin temor. Ya viene el sol, y viene para darnos luz a todos. No importa cuán dura fuera nuestra noche; es hora de caminar y de dejarnos iluminar.

¡Feliz Navidad! ¡Feliz llegada de la luz!

Sevilla, 23 de diciembre de 2015

HIDRA VERDE EN DIARIO DE SEVILLA

Esta semana es semana fantástica para los farmacéuticos literatos. Presentamos Hidra verde, relatos de farmacéuticos hispanoamericanos, en Toledo, en el Cigarral de las Mercedes, lugar emblemático que acogió a científicos y humanistas durante la II República. Qué mejor enclave para un libro como este.

Aquí os dejo la primera entrevista que se realiza en torno a ella. Y ya os contaré más.

http://www.diariodesevilla.es/article/sevilla/2131433/la/hispanidad/los/boticarios.html

JACARANDAS

20150430_162320Las jacarandas más impacientes han comenzado a florecer en la ciudad de Sevilla. Como cada mes de mayo, muchas avenidas y parques de la ciudad se teñirán de morado gracias a las delicadas campanas que cuelgan de sus ramas.

La jacaranda feminizó su nombre cuando llegó a España. En América sigue siendo el jacarandá. Como en Sevilla, resulta hermoso ver calles y avenidas de Buenos Aires, o de tantas ciudades americanas, adornadas por ese bellísimo árbol que allá regala sus flores por el mes de noviembre.

Los conquistadores trajeron sus semillas en los barcos a orillas del Guadalquivir. Acá se sembraron y se aclimataron, como tantas plantas americanas, y encontraron en una ciudad como esta, afligida por recuerdos de su grandeza, el lugar ideal para soportar la melancolía de su exilio.

Sin embargo, el jacarandá, la jacaranda continúa siglos después sin soportar la nostalgia de su tierra americana. Por eso en Sevilla florece ahora, durante su primavera, para agradecer a la tierra que la acoge, y en noviembre, en la primavera de sus añoranzas, para no olvidar nunca de donde vino. Y de paso, alegra la vista a los sevillanos que, como las jacarandas, continúan aferrados a un tiempo que ya no volverá.

Dedicado a Rosa, que me contó la historia en su maravillosa Libería Yerma