DESAPROVECHADOS

La vida es una. Puede que no sea ni grande ni libre. No es grande incluso para los que llevan una doble vida, porque quienes la llevan, en realidad la viven a la mitad por la necesidad de ocultar la otra parte. Tampoco es libre, porque llevemos doble vida o una sola, las obligaciones carcomen nuestro tiempo y, si no estamos dispuestos a hacer vida de cada minuto de nuestra existencia, corremos el peligro de dar la razón a quienes piensan que esto es un valle de lágrimas.

Pensaba esto después de recibir la felicitación de un colega al que aprecio, en referencia a la lectura de las notas que preparé para un acto en el que intervine el pasado 20 de octubre en Madrid, con motivo de la celebración del 62º Congreso de la Sociedad Española de Farmacia Hospitalaria. Después de la enhorabuena, el compañero, con todo el cariño, manifestó su pesar por que yo fuera un farmacéutico desaprovechado, a lo que respondí que en modo alguno me sentía desaprovechado, que si acaso los desaprovechados eran los otros.

Sí, hay que admitir que de unos años para acá la profesión farmacéutica, en especial algunos de sus dirigentes y no pocos de sus pseudo científicos, me han hecho el vacío, que han tratado, con esa forma tan española de actuar, de ningunearme, de tratar de ocultar mi existencia. Pero, ¿y qué?, ¿puede eso impedir que alguien trate de desarrollarse, de evolucionar a la medida de sus progresos y de sus torpezas, de aprender de los aciertos y de las meteduras de pata? Imposible, salvo que vuelvan los tiempos de pistolas, lo que a la vista de los últimos acontecimientos, no hay que descartar.

No sé lo que me deparará la vida en el futuro, ni tampoco me preocupa mucho. Sí sé que el éxito, al menos para mí, no tiene que ver con el eco de lo que haga sino de mi capacidad de vivir la vida de forma intensa, abierto a crecer y a escuchar, a caer y a levantarme, y, sobre todo, a compartir con quienes aparezcan por el camino.

He vivido la profesión farmacéutica de manera intensa, tanto que me ha ayudado a entender mejor la vida. Y la literaria, como mucho antes la deportiva, también me ha permitido seguir creciendo como nunca imaginé. El secreto de todo es saber que en cada soplo de aire que se inspira hay una vida por vivir.

No, no hay vidas sino vida: una, tan grande por intensa como la que cada cual quiera vivir, tan libre como uno esté dispuesto a ser a lo largo de ella. Una vida que nos pone a prueba en cada minuto, una vida que hay que aprovechar y compartir con quien esté dispuesto en cada momento. Y si los sectarios pretenden como único objetivo echar a perder la de otros, es su problema. Los muertos no matan. Los muertos están muy desaprovechados y, además, no tienen solución.

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HUMANIZACIÓN DE LA ACTIVIDAD DEL FARMACÉUTICO ASISTENCIAL

El pasado viernes 19 de octubre tuve la oportunidad de participar en el 62º Congreso de la Sociedad Española de Farmacia Hospitalaria (SEFH), en un DESAYUNO CON EXPERTOS, en relación a la humanización de la actividad del farmacéutico asistencial. El formato fue de una entrevista, que dirigió la farmacéutica de hospital Olatz Ibarra, y conversación con los asistentes. Aquí os dejo las notas que preparé para el encuentro, que no pueden considerarse un resumen de ponencia sino parte de mis pensamientos..

La humanización de la actividad del farmacéutico asistencial parte primero de establecer cuál es dicha actividad asistencial, cuáles son sus responsabilidades en el ámbito de la atención a los pacientes que precisan de medicamentos. Tendrá un grado diferente de compromiso con el paciente si la responsabilidad incluye facilitarle el acceso a los medicamentos y su utilización correcta, que si se desea asumir responsabilidades en el éxito de la farmacoterapia. No es lo mismo comprometerse a ayudar a realizar una utilización correcta de los medicamentos, conocer sus beneficios y posibles efectos no deseados, que pasar a corresponsabilizarse, desde una óptica definida y diferente, de la consecución de resultados concretos.

Humanizar debe partir de entender al otro como ser humano, es decir, un individuo con un pasado que explica su presente, un pasado que incluye sus deseos y aspiraciones, pero también sus miedos e incoherencias. Como dice Faulkner, el pasado no existe, ni siquiera es pasado.

Somos humanos a través de la humanidad de los otros, yo soy porque nosotros somos, concepto zulú y xhosa de Ubuntu (Desmond Tutú, Nelson Mandela). No existe humanidad si no hay otro, y ese es el gran problema en el mundo actual, al menos en lo que se refiere a la cultura occidental anglosajona, auténtica invasora del resto de culturas. No hay humanidad si no hay otro y si ese otro tiene la misma dignidad que uno mismo.

La humanización en la actividad asistencial tiene que ver con el nosotros, el profesional y el paciente, y en un plano de igualdad, de intercambio para hacernos más humanos.

La humanización no solo beneficia al paciente, sino también a los profesionales. La humanización de la actividad asistencial nos humaniza en todas nuestras facetas. Si no es así, se trata de un paternalismo encubierto, una falsedad revestida de bien.

El profesional se hace más humano al ayudar a los pacientes a ser más humanos, esto es, a alcanzar el mayor nivel de salud posible y, en el contexto de la cronicidad,  lo principal que le puede ofrecer es la capacidad de gestionarlo mediante el conocimiento, porque solo así podrá responsabilizarse de sus actos y consecuencias. Un paciente más autónomo se corresponsabiliza mejor de su tratamiento, entiende su necesidad y actúa, asumiendo su propia tarea y reclamando a los demás las suyas.

La humanización tiene que ver con la dignidad del paciente y respetarla puede suponer establecer diferentes objetivos terapéuticos en función de la evolución y situación personal del paciente, en un contexto vital finito y en un contexto científico limitado..

El paciente puede ayudar al profesional a ser más humano transmitiendo al paciente información veraz sobre su situación, así como sus necesidades, temores y aspiraciones, para que de esta forma que el conocimiento del profesional pueda beneficiar al paciente de la forma que mejor pueda este asumirla.

La humanización siempre se refiere al paciente. El compromiso siempre es con este, y todo compromiso con otro profesional debe subordinarse al que se tiene con el paciente, con sus resultados en salud y con el camino que hay que recorrer para alcanzarlos de forma asumible por todos.

La humanización en el equipo multidisciplinar tiene que ver con asumir el compromiso con la salud del paciente aportando cada miembro una mirada diferente a los problemas de salud que añada valor. Si la mirada es única, clásicamente la del médico, el resto de profesionales no añaden su valor en beneficio del paciente. El ejemplo más clásico es el control de la adherencia del paciente.

Asumir con otros profesionales de la salud la vigilancia del cumplimiento terapéutico puede contravenir en algunos casos la humanización de la actividad del farmacéutico asistencial, porque se coloca en segundo plano al paciente y porque con más frecuencia de la que reconocemos, el cumplimiento no conlleva resultados positivos en salud. Aun reconociéndose que la falta de adherencia de los pacientes puede estar en torno al 50% en muchas patologías, se sabe que como causa última y exclusiva de un problema de salud, esto es, que explique el fallo terapéutico en su totalidad, supone menos del 20% de los casos

Si el compromiso es con los resultados en salud nunca se pondrá por delante a nadie que no sea el paciente. La humanización solo es posible en la relación terapéutica entre el profesional y el paciente. El gremialismo, una parte esencial del sectarismo, es decir, poner en el centro de los intereses a nuestra profesión o gremio en lugar de al destinatario de nuestros cuidados, es lo más deshumanizador que puede existir y es causa con frecuencia de un daño irreparable a las personas y a la sociedad. La humanización únicamente puede apelar a un nosotros colectivo, a un nosotros en el que nada somos si no existe el otro (nos y los otros).

¿Por qué es necesario humanizar?

Además de porque todo ser humano tiene el derecho a ser tratado así, porque si circunscribimos nuestras intervenciones al estricto conocimiento científico se perderá eficiencia en la actuación del profesional. Necesitamos conocer los significados para el paciente de lo que significa estar enfermo, de lo supone tener que utilizar medicamentos, de lo que entiende como beneficio o perjuicio, de cuál es su balance beneficio- riesgo; e una palabra,  entender su proceso de toma de decisiones y tenerlas en cuenta a la hora de ofrecer soluciones. Si nuestras intervenciones incluyen siempre conocimiento (objetivo) y experiencia clínica (subjetivo), las actuaciones del paciente son iguales (conocimiento y experiencia farmacoterapéutica).

Debemos reconocer que en el ámbito de la atención primaria, el paciente, y su entorno, son quienes toman las decisiones de modo finalista (utilizar o no, y cuánto), y que la utilización de medicamentos, más allá de circunscribirse a un hecho clínico, se ha convertido, como así lo señala Robert Cipolle, en un hecho social.

¿Qué queremos conseguir con humanizar?

Entender y que nos entiendan. Solo desde el respeto al otro se puede establecer una relación terapéutica cooperativa que permita aplicar el conocimiento de forma eficiente. Humanizando nos volvemos más humanos nosotros también, nos hace entender al otro. En el marco de la cronicidad, preservar la relación terapéutica es un objetivo de primer orden, muchas veces a costa de ganar rápidamente efectividad. Las enfermedades crónicas no son carreras de velocidad sino de larga distancia. No pongamos obstáculos. El acompañamiento al paciente en su proceso es un factor determinante a la hora de alcanzar los mejores resultados en salud, y con ello se consigue un efecto retroactivo y positivo en el profesional. Pero acompañar nunca puede ser un acto pasivo, sino tan activo como el del paciente.

 ¿Conocemos la realidad del paciente?

La pregunta correcta que nos deberíamos hacer es si estamos interesados en conocerla, y si somos conscientes de la tremenda influencia que tiene dicha realidad a la hora de alcanzar los resultados en salud.

Poner en un primer plano la experiencia farmacoterapéutica del paciente ayudará a optimizar el conocimiento del profesional y hacerlo más útil al paciente.

La experiencia farmacoterapéutica engloba los significados de los medicamentos y los problemas de salud para los pacientes. No es necesario ponernos en la piel del paciente, porque no sabemos cómo es. La experiencia farmacoterapéutica comienza antes de haber utilizado medicamentos, y tiene que ver con su experiencia propia y la de su entorno, y con los mensajes que como sociedad damos.

¿Cómo tenemos que hacer?

Preguntando, estableciendo una relación terapéutica basada en la confianza, tratando de entender las dificultades que implica tener que tomar medicamentos a lo largo de toda la vida. Que el punto de vista del paciente importe, que sea el punto del que partir en la relación terapéutica, que sea una relación viva y entre iguales, porque el encuentro implica un intercambio de conocimiento y experiencias básico para que el paciente obtenga el beneficio esperado y el profesional cumpla el papel que la sociedad le demanda y para el que ha contribuido a través de sus impuestos en su formación y en su salario.

La humanización solo se alcanza si quienes se humanizan están en un mismo plano y son conscientes de que se necesitan, para ser más dignos como personas y más humanos. No hay profesional de la salud más humano que aquel que se forma y se actualiza, que da lo mejor de sí mismo a otro ser humano, para cumplir la función que le ha sido encomendada por la sociedad.

Hay que convencer a los servicios sanitarios públicos que la atención al paciente no es un suministro de productos y conocimientos, sino que una atención correcta pasa por que los profesionales tengan tiempo para atender a los pacientes. Que no haya tiempo es mucho más caro que si lo hay. Atender no es dar sino tiene que ver más con entender. Los sistemas no pueden ser paternalistas sino cooperativos.

 

 

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (VII)

GARGARASCuando comencé a ejercer como farmacéutico comunitario la financiación pública de los medicamentos era prácticamente total: colutorios, antigripales, multivitamínicos, laxantes aparecían en recetas de pensionistas y trabajadores.  Muchos de aquellos productos hoy ya ni siquiera están catalogados como medicamentos y se pueden encontrar a la venta en cualquier gasolinera o supermercado del país.

Conforme pasó el tiempo comenzaron las restricciones a la financiación de medicamentos y bastantes salieron de las prestaciones del sistema público de salud. Muchos que necesitaban receta médica para su dispensación, en cuanto salieron milagrosamente se tornaron en medicamentos de libre dispensación, e incluso publicitarios: los laboratorios solicitaban autorización para nuevas presentaciones, se reducían el número de unidades en los envases, se aumentaba el precio y a seguir vendiendo.

Al estado, actuando como empresa, pública de capital, pero al parecer únicamente interesada en su cuenta de resultados, le importaba poco, y le sigue importando lo mismo, que los ciudadanos a los que decía proteger pagase más por esos medicamentos. El argumento de la industria era y es bien sencillo: las pérdidas en ventas de unidades que se producían a consecuencia de la pérdida de la financiación pública se intentaría compensar con el aumento de precio que el usuario iba a tener que pagar, y para ello, qué mejor herramienta que la publicidad.

Las clases más desfavorecidas, las menos formadas, siempre han sido diana más sensible a esa publicidad, que comenzó con anuncios tradicionales y ahora encuentra a desvergonzados profesionales de la salud que invaden programas, casi siempre matinales ― ¿quién ve la televisión por las mañanas? ―, especialistas en sacarle el dinero a las personas humildes que no tienen otra vida que ver esos programas que atontan el espíritu. Nihil novum sub sole. En mis tiempos jóvenes ya la empanadilla Encarna anunciaba en su programa de radio aquellas cápsulas adelgazantes llamadas Diecur que costaban más de 5.000 pesetas (30 euros, que incluso veinticinco años después es un dineral para un laxante de algas). Un día me dijeron además que las empresas distribuidoras, para hacerse con aquellas mágicas cápsulas con precio para cagarse, además de composición, debían contactar con los representantes de la fallecida locutora de radio.

Y en este mundo tan opaco, de reglas tan arbitrarias, donde u día es una cosa y al otro la contraria, en esas aguas cenagosas, navega el farmacéutico, poniéndole la cara de su prestigio a un sinfín de medicamentos de dudosa utilidad, a cosméticos y complementos nutricionales más que cuestionables… y a la homeopatía a la que aludía nuestro colega de Madrid.

En aras de la supervivencia, el farmacéutico complementa sus cada vez menores ingresos por vía prestación pública con toda suerte de conejillos salidos de la chistera de otros y de los que se rasca una parte. A costa de su credibilidad como profesional.

Cada día, muchos pacientes además acuden a la farmacia a por medicamentos para los que legalmente se precisa receta médica, sí, esa que a lo mejor mañana no es precisa, y ayuda a la persona que no puede ir al médico porque su estructura familiar no le permite poner fuera un pie, o a aquella que no quiere ir al médico para que este realice un acto administrativo en lugar de sanitario (¿cuántos actos administrativos y no sanitarios realizan los médicos a lo largo de una jornada?), o a aquella que exige y el farmacéutico no se atreve a negarse porque sabe que va a perder un cliente y se lo van a vender en otra farmacia. Y todo con la vista gorda estatal, porque actuaciones así aligeran la factura que va a pagar, y al parecer lo importante es la factura y no la salud de los ciudadanos. No sé si eso es lo que dice la Constitución.

Me temo que la serie se va a alargar más de lo que pensaba. En resumen, para el estado el medicamento es una cuenta de resultados y el farmacéutico, un proveedor. El sistema sanitario deja de facto al farmacéutico fuera del sistema público de atención sanitaria al no considerarlo como un profesional de la salud. Y hacer eso al que se responsabiliza de entregar los medicamentos a la población es sencillamente patético. Y las culpas no las tiene el maestro armero.

CONTINUARÁ

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (VI)

AFPara tomar decisiones sobre un tema, además de saber de ese tema, hay que tener libertad para actuar. Para ser guardianes de la sociedad en materia de medicamentos no se puede depender de ellos para sobrevivir. Ni mucho ni poco, nada. Eso es para los medicamentos y para cualquier aspecto de la vida. No puede haber conflicto de intereses, y por ello, los farmacéuticos, si pretenden ejercer una práctica como la mencionada en la entrada anterior, deben percibir sus honorarios profesionales en función de esa práctica y no de producto alguno. Esto hace difícil el encaje de esta práctica en las oficinas de farmacia, pero no imposible ni mucho menos. De hecho, en países en los que es ya una realidad, se reconoce y, por lo tanto, se paga, hay farmacias que se han incorporado con unidades independientes de la dispensación. Pero también hay muchas otras que no, que han preferido seguir trabajando de modo tradicional, circunscribiendo su trabajo al que ya conocemos.

Estas diferencias entre farmacias, entre farmacéuticos de forma más precisa, producen mucha inquietud en los colegios profesionales. Es bastante usual escuchar a sus dirigentes pronunciar frases que dicen más o menos así:

  • Los cambios deben ser para todos.
  • Rememos todos en la misma dirección.
  • No puede haber farmacéuticos de primera o de segunda.
  • El cambio tiene que hacerse poco a poco, de forma que todos puedan subirse al barco.

Todos, palabra mágica siempre, que en este caso es, vaya paradoja, sinónimo de nadie, porque la historia de la humanidad no avanza por consenso, sino por unos locos arriesgados que idean la renovación, unos valientes que la ponen en práctica, para luego dar paso a esos todos que disfrutarán luego de la apuesta de aquellos locos y valientes.

Cristóbal Colón no se fue a América mediante consenso entre los navegantes, y si hubiera intentado consensuar habría muerto en una hoguera de la Inquisición. Pasteur no consensuó con los científicos su teoría germinal de las enfermedades infecciosas, ni Fleming fue de la mano del colegio británico de médicos para descubrir la penicilina. Otra cosa es que, con los descubrimientos de Colón, Pasteur o Fleming, millones y millones de personas hayan ido a América, o se hayan beneficiado de las vacunas o los antibióticos, y estas terapias hayan sido asumidas por todo, sí, todo, el colectivo profesional.

Ejemplos hay a miles en cualquier aspecto de la vida los cambios han llegado así. Y sencillamente, quien impide que se produzcan progresos es un factor de resistencia al cambio. Por tanto, y triste es decirlo, los colegios farmacéuticos se equivocan y se han equivocado impidiendo, dificultando más bien, que locos y valientes hagan lo que deben hacer. Porque la caza de brujas existe, y eso lo puedo certificar. No voy a hablar de eso, porque estas entradas tratan del colectivo y no de lo que yo haya hecho o dejado de hacer, pero los colegios han sido mucho más efectivos en eso que en defender la profesión hacia afuera. Ante cualquier catástrofe interna nunca faltó esa manida frase de:” Y podía haber sido peor si no llegamos a estar nosotros”. En fin, retomemos y no nos perdamos.

El sistema retributivo es clave para crear una nueva profesión, pero no lo es menos un ejercicio profesional preciso y definido que incluya:

  1. Identificación de todas las necesidades farmacoterapéuticas del paciente, esto es problemas de salud para los que la mejor opción en ese momento es tratarlos con medicamentos, y también de su experiencia personal con los medicamentos y problemas de salud.
  2. Evaluación de todas las necesidades para asegurar que toda la farmacoterapia del paciente tiene un propósito y ese propósito se alcanza sin producir efectos no deseados, y en caso contrario identificar problemas.
  3. Realizar planes de acción concretos para resolver los problemas detectados y prevenir que puedan aparecer otros, y ejecutarlos en cooperación con el paciente y otros profesionales cuya cooperación sea necesaria.
  4. Verificar en un tiempo prudencial si el plan ha tenido éxito o hay que modificarlo, regresando al punto 2 a modo de círculo virtuoso.

Esta práctica en España es residual. Aunque muchos farmacéuticos de diversos entornos asistenciales le hayan puesto el nombre de Atención Farmacéutica, Seguimiento Farmacoterapéutico a lo que hacen, su práctica no sigue esos cuatro pasos reseñados, todo lo más hay una dispensación informada o verificación de cumplimiento terapéutico, es decir, o más de lo mismo, o asumir las propuestas médicas como nuestras para resolver el problema de la farmacoterapia. Y eso es muy importante, porque si no hay una práctica nueva, sino una vieja maquillada, estaremos de nuevo en la casilla de salida.

Esto terminará mañana, con mi impresión sobre otros actores implicados en que lo nuevo se abra camino entre lo viejo. Porque solamente los farmacéuticos no vamos a tener la culpa de lo que pasa.

CONTINUARÁ

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (V)

IdeasEl prestigio no es algo que den a nadie por su cara bonita. El prestigio es admiración, y en el caso de una profesión, a su actuación en pro de la sociedad. La profesión farmacéutica comenzó a perder su prestigio con la industrialización de la elaboración de medicamentos, algo que, con las lagunas y contradicciones que todo tiene, vino a abaratar costes, a generar ganancias a las farmacias que se habían transformado en laboratorios (todos los laboratorios farmacéuticos fueron en su origen farmacias que aprovecharon las tecnologías del momento para crecer y transformarse)  y, como el dinero llama al dinero, fomentó la investigación y el descubrimiento de nuevas moléculas que han permitido aumentar la esperanza de vida y mitigar el dolor y el sufrimiento de muchas personas, siempre y cuando estas o sus gobiernos tuvieran dinero para pagar la factura, claro, y a pesar de que no todo el monte es orégano, pero eso sería harina para otro costal que no centra el tema del que quiero hablar.

Las farmacias que se estancaron, la mayoría, por supuesto, porque solo una minoría ve oportunidades mientras el resto se rasga las vestiduras, tuvieron un golpe de suerte, puesto que, por aquella época, allá por la Segunda Guerra Mundial, los países asumieron la Declaración de Derechos Humanos, entre los que la salud era uno de ellos, y se generaron los sistemas públicos de salud en Europa. Y los estados comenzaron a pagar las facturas de medicamentos de los ciudadanos, y los médicos a prescribir, y los pacientes a tomar…y los farmacéuticos a cobrar por intermediar en algo que ya no fabricaban ellos y les pagaba el estado. Y llegó la afición al golf, y se vendió el prestigio a cambio de dinero y la envidia de otros que también querían ganar mucho y trabajar poco.

Y de ahí partimos para recuperar el prestigio, porque el dinero se fue perdiendo en el camino, y ahora ya no hay tanto golf, pero sí poca reputación, hasta el punto de que en las reuniones de amigos muchas veces, sobre todo cuando el alcohol comienza a hacer efecto, hay que dar muchas explicaciones sobre lo que hacemos, so pena de tener que levantarte de la mesa antes de darle un buen par de hostias a alguien…Esa es la historia que hay que cambiar, y para hacerlo hay que hacer algo que tenga que ver con nuestro core business, el medicamento, no la ortopedia ni las cremas antiestrías, y que pueda necesitar la sociedad. Pero, ¿pasa algo con los medicamentos?

¿Qué podemos decir acerca de los medicamentos? Vamos allá:

  1. Los medicamentos no son infalibles. Ninguno garantiza el beneficio para el paciente, incluso aunque se haya realizado perfectamente el proceso diagnóstico-pronóstico-dispensación- cumplimiento, enriquecido con la mejor información posible.
  2. Los medicamentos se utilizan en su mayoría en un entorno de cronicidad, polimedicación y pluripatología, con lo que la infalibilidad baja que se las pela.
  3. Los medicamentos en ese entorno de cronicidad, abordan dianas terapéuticas con frecuencia asintomáticas, por lo que el paciente que los usa no siente que esté bueno ni malo (a diferencia del caso de las enfermedades agudas), y por ello nunca puede ser sujeto pasivo de la actuación de los profesionales, sino que debe tomar parte de todo el proceso y en primera persona, porque al final es él, o ella, quien solo en su casa decide tomar o usar lo que le parece en función de la información que tiene.
  4. Pensar que toda la problemática que se genera se va a resolver haciendo que el paciente cumpla el tratamiento prescrito (porcojonismo terapéutico le llamaría yo), es de una ingenuidad cuasi insultante, porque los fallos de la farmacoterapia residen en la complejidad farmacológica y humana de los tratamientos y de las personas que están implicadas en el proceso.
  5. Los medicamentos son las herramientas más baratas para abordar la enfermedad, y por ello, cuando estos fallan porque no funcionan o producen efectos no deseados, los gastos se incrementan de forma brutal, hasta el punto de doblar los que se produjeron por haberlos adquirido.

Las diferentes profesiones relacionadas con la salud y los medicamentos, preocupadas por el problema, han formulado diversas propuestas:

  1. Los médicos abogan por tener más tiempo para la consulta y por fomentar la adherencia terapéutica, y para ello piden a otras profesiones que se impliquen (enfermeros, farmacéuticos). Estas medidas aumentan un 15% el cumplimiento terapéutico y no queda muy claro que mejoren la salud
  2. Los farmacéuticos, sin embargo, han diseñado una práctica asistencial que, mediante una evaluación integral de la farmacoterapia del paciente y el conocimiento de su experiencia con los medicamentos, detecta, previene y resuelve los problemas y mejora la efectividad y seguridad de los mismos del 40% habitual hasta más del 80%, reduciendo los costes de forma tan brutal que hace que por cada euro que se invierte en farmacéuticos que aplican esta práctica se produce un ahorro de entre 4 y 12, lo que permite no solo contratar farmacéuticos para esa práctica, sino seguir ahorrando.

¿Y qué hacemos con estos pelos todavía? Pues política. La cuestión tiene que ver con la política y con el subdesarrollo de este país. Porque el subdesarrollo no tiene que ver solo con el PIB de un país sino con las mentes preclaras que lo dirigen. Y no me refiero únicamente a los que de vez en cuando se sientan en el Congreso, que también, sino a los dirigentes profesionales y líderes de opinión. Gente a la que parece importarle un carajo los pacientes y que pone por delante sus intereses particulares o gremiales antes que los de los presuntos destinatarios de nuestros cuidados. Pero eso, mañana.

CONTINUARÁ

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (IV)

chaleco-reflectanteHace ya muchos años, cuando la Dirección General de Tráfico introdujo la obligatoriedad de portar chalecos reflectantes en el interior de los vehículos, el colegio de farmacéuticos más numeroso de España reclamó la venta de los mismos en las oficinas de farmacia, aduciendo el carácter sanitario de dicho elemento de seguridad. Afortunadamente aquello no fue muy lejos y todo quedó en nada. Aquel presidente dejó el cargo y pudo montar la primera pseudocadena de farmacias, prohibidas por aquel entonces y aún ahora.

Muchos farmacéuticos se preguntan cuál es el límite de lo que se debe vender o no en farmacias. El tema no es exclusivo español, no vayamos a ser más críticos que nadie, basta darse una vuelta por esos mundos. Los compatriotas de Trump, el tocayo del pato Donald, defendieron la venta de tabaco en farmacias con una excusa parecida, esta vez en vez de reflectante, humeante. En muchos establecimientos de venta de medicamentos, me resisto a llamarlos farmacias, por toda Latinoamérica, que yo haya visto, la venta de tabaco, además de golosinas, muñecas (no sé si hinchables), productos de bisutería, etc, son una realidad.

Si ya desde hace muchos años se introdujeron en las farmacias productos de perfumería―llamada Dermofarmacia― o de higiene personal, esos medicamentos homeopáticos que se niega a dispensar nuestro colega madrileño y ante los que hace la vista gorda nuestra agencia gubernamental de medicamentos, en tiempos recientes, ante la cada vez más acusada caída de los precios de los medicamentos y acortamiento de las ganancias de las farmacias, cobra cada vez más relevancia la oferta de una cartera de servicios profesionales, entre los que se incluyen productos de ortopedia, servicios nutricionales y medidas diversas de parámetros bioquímicos y fisiológicos. En medio de esta crisis no son pocas las empresas, me resisto a llamarlas laboratorios, que, atentas a la crisis del sector y ávidas por aprovechar tanto los despojos del prestigio de las farmacias como la ignorancia de la inmensa mayoría de ciudadanos, independiente de su nivel social, ofertan toda una serie de productos de autocuidado con supuestos beneficios para la salud: nunca ha habido más tipos de suplementos vitamínicos que ahora (para mayores de 50, para menores, para mujeres, para hombres, para votantes de Podemos o del PP), crecepelos, productos naturales ¿? con supuestas propiedades infalibles y carentes de efectos secundarios― ¿? otra vez.

En aras de no alargar en demasía la entrada no voy a discutir estas huidas hacia adelante una por una. De todas parece deducirse que la farmacia es un establecimiento de venta de productos sanitarios, y esa es básicamente la cuestión, si la apuesta de la farmacia es ser el lugar donde se efectúen transacciones comerciales de estos productos, con el consejo subsiguiente de un profesional experto en la materia, como por otra parte se supone que hacen todos los que venden algo. Si esa es la apuesta de futuro, resulta obvio, al menos para mí, que es el producto el centro de todo―el que motiva la entrada en el establecimiento y genera el negocio― y no el profesional, y el éxito dependerá en esencia de la calidad de lo que se vende. Y sin venta no hay negocio.

En este caso, no hay profesión, o esta tiene una visibilidad mínima y supeditada al producto, ya que aunque existan grandes profesionales a título individual, el foco es el producto y el producto no genera profesión, porque es lo que es y el conocimiento que se genera lo que hace es acompañar a la venta del producto. Sí, ya sé, hay quien entra a preguntar sin llevarse nada, pero, ¿se cobra?. No, claro que no, igual que si alguien entra en una ferretería y pregunta cómo puede empalmar un cable. Lo que se paga es el cable, no el consejo ferretero.

No obstante, hay quien defiende que hay determinados servicios profesionales que se desean construir sí están orientados a los pacientes, como las medidas de parámetros bioquímicos y fisiológicos. Medidas que ya se hacen el sistema sanitario, pero que a módico precio, inferior al que otros profesionales piden, por supuesto, y más rápidos, podrían ser una fuente de negocio. Sería como el low -cost de la atención sanitaria, un Farma- Ryanair. Nuevamente estaríamos ante otro producto de venta si a estos servicios no se le añade el valor cognitivo que no da el aparato, sea un tensiómetro, un aparato de rayos X o de medicina nuclear. No es el aparato el que da el valor sino el profesional que toma decisiones a partir de la información del aparato.

¿Y qué decisiones podría tomar un farmacéutico, qué podría aportar al sistema sanitario, que debería ofrecer que no se esté ofreciendo ya y que impacte de forma trascendental sobre la salud de los ciudadanos? Pues algo que no está en ningún aparato ni en producto alguno; algo que está, o deberá estar, en su cabeza y en su corazón; algo que no se compra por leasing ni por renting; algo que sólo lo genera un cuerpo de conocimientos y una práctica basada en una mirada diferente hacia un problema real, de la sociedad y no imaginario o relacionado con el interés particular de un gremio que se resiste a cambiar.

CONTINUARÁ

PACO MARTINEZ

PACOMARTINEZHa muerto Paco Martínez, el farmacéutico que nos hizo soñar con ser diferentes.

Conocí a Paco allá por 1995 cuando se conformó el Grupo Torcal, que aglutinó a farmacéuticos andaluces con afán de renovar una profesión que había perdido sus señas de identidad. Paco fue aquel farmacéutico que ejercía su profesión junto a la estación de autobuses de Jaén, en aquella farmacia mítica para muchos de nosotros, auténtico símbolo y ejemplo de lo que soñábamos ser.

Paco puso de moda el término de farmacéutico comunitario, nombre que aterraba a los más antiguos, que lo asimilaban al de comunista. Gracias a Paco, muchos farmacéuticos quisimos ser orgullosos farmacéuticos comunitarios, profesionales al servicio de una sociedad que, como ahora, no sabe que muchos de sus miembros mueren sin necesidad por culpa de un mal control de medicamentos.

Ese farmacéutico, que era de Jaén, y no de Sevilla, de Barcelona o Madrid, londinense ni parisino y mucho menos neoyorquino, nos hizo sentirnos orgullosos de ser farmacéuticos. Y quisimos ser como Paco Martínez; y actuar como lo hubiera hecho Paco Martínez; y parecernos algún día a Paco Martínez.

Luego pasó el tiempo, con sus vaivenes, con sus idas y venidas, con sus bajadas y subidas, como todo lo que se vive de manera intensa. El tiempo y las personas podemos borrar muchas cosas de nuestra memoria, pero nunca podrá con la certeza de que fue Paco quien nos puso en el camino. Un camino que está siendo duro, a veces infructuoso y desalentador, que nos vuelve a la casilla de salida más de una vez como en el juego de la oca, pero que también es irreversible.

Quizás ahora se le hagan más homenajes a lo que Paco Martínez ha representado para la farmacia comunitaria. Pero creo que el mejor que le podríamos hacer todos sería simplemente el hacer realidad todo aquello que nos hizo soñar.