RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (VII)

GARGARASCuando comencé a ejercer como farmacéutico comunitario la financiación pública de los medicamentos era prácticamente total: colutorios, antigripales, multivitamínicos, laxantes aparecían en recetas de pensionistas y trabajadores.  Muchos de aquellos productos hoy ya ni siquiera están catalogados como medicamentos y se pueden encontrar a la venta en cualquier gasolinera o supermercado del país.

Conforme pasó el tiempo comenzaron las restricciones a la financiación de medicamentos y bastantes salieron de las prestaciones del sistema público de salud. Muchos que necesitaban receta médica para su dispensación, en cuanto salieron milagrosamente se tornaron en medicamentos de libre dispensación, e incluso publicitarios: los laboratorios solicitaban autorización para nuevas presentaciones, se reducían el número de unidades en los envases, se aumentaba el precio y a seguir vendiendo.

Al estado, actuando como empresa, pública de capital, pero al parecer únicamente interesada en su cuenta de resultados, le importaba poco, y le sigue importando lo mismo, que los ciudadanos a los que decía proteger pagase más por esos medicamentos. El argumento de la industria era y es bien sencillo: las pérdidas en ventas de unidades que se producían a consecuencia de la pérdida de la financiación pública se intentaría compensar con el aumento de precio que el usuario iba a tener que pagar, y para ello, qué mejor herramienta que la publicidad.

Las clases más desfavorecidas, las menos formadas, siempre han sido diana más sensible a esa publicidad, que comenzó con anuncios tradicionales y ahora encuentra a desvergonzados profesionales de la salud que invaden programas, casi siempre matinales ― ¿quién ve la televisión por las mañanas? ―, especialistas en sacarle el dinero a las personas humildes que no tienen otra vida que ver esos programas que atontan el espíritu. Nihil novum sub sole. En mis tiempos jóvenes ya la empanadilla Encarna anunciaba en su programa de radio aquellas cápsulas adelgazantes llamadas Diecur que costaban más de 5.000 pesetas (30 euros, que incluso veinticinco años después es un dineral para un laxante de algas). Un día me dijeron además que las empresas distribuidoras, para hacerse con aquellas mágicas cápsulas con precio para cagarse, además de composición, debían contactar con los representantes de la fallecida locutora de radio.

Y en este mundo tan opaco, de reglas tan arbitrarias, donde u día es una cosa y al otro la contraria, en esas aguas cenagosas, navega el farmacéutico, poniéndole la cara de su prestigio a un sinfín de medicamentos de dudosa utilidad, a cosméticos y complementos nutricionales más que cuestionables… y a la homeopatía a la que aludía nuestro colega de Madrid.

En aras de la supervivencia, el farmacéutico complementa sus cada vez menores ingresos por vía prestación pública con toda suerte de conejillos salidos de la chistera de otros y de los que se rasca una parte. A costa de su credibilidad como profesional.

Cada día, muchos pacientes además acuden a la farmacia a por medicamentos para los que legalmente se precisa receta médica, sí, esa que a lo mejor mañana no es precisa, y ayuda a la persona que no puede ir al médico porque su estructura familiar no le permite poner fuera un pie, o a aquella que no quiere ir al médico para que este realice un acto administrativo en lugar de sanitario (¿cuántos actos administrativos y no sanitarios realizan los médicos a lo largo de una jornada?), o a aquella que exige y el farmacéutico no se atreve a negarse porque sabe que va a perder un cliente y se lo van a vender en otra farmacia. Y todo con la vista gorda estatal, porque actuaciones así aligeran la factura que va a pagar, y al parecer lo importante es la factura y no la salud de los ciudadanos. No sé si eso es lo que dice la Constitución.

Me temo que la serie se va a alargar más de lo que pensaba. En resumen, para el estado el medicamento es una cuenta de resultados y el farmacéutico, un proveedor. El sistema sanitario deja de facto al farmacéutico fuera del sistema público de atención sanitaria al no considerarlo como un profesional de la salud. Y hacer eso al que se responsabiliza de entregar los medicamentos a la población es sencillamente patético. Y las culpas no las tiene el maestro armero.

CONTINUARÁ

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RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (VI)

AFPara tomar decisiones sobre un tema, además de saber de ese tema, hay que tener libertad para actuar. Para ser guardianes de la sociedad en materia de medicamentos no se puede depender de ellos para sobrevivir. Ni mucho ni poco, nada. Eso es para los medicamentos y para cualquier aspecto de la vida. No puede haber conflicto de intereses, y por ello, los farmacéuticos, si pretenden ejercer una práctica como la mencionada en la entrada anterior, deben percibir sus honorarios profesionales en función de esa práctica y no de producto alguno. Esto hace difícil el encaje de esta práctica en las oficinas de farmacia, pero no imposible ni mucho menos. De hecho, en países en los que es ya una realidad, se reconoce y, por lo tanto, se paga, hay farmacias que se han incorporado con unidades independientes de la dispensación. Pero también hay muchas otras que no, que han preferido seguir trabajando de modo tradicional, circunscribiendo su trabajo al que ya conocemos.

Estas diferencias entre farmacias, entre farmacéuticos de forma más precisa, producen mucha inquietud en los colegios profesionales. Es bastante usual escuchar a sus dirigentes pronunciar frases que dicen más o menos así:

  • Los cambios deben ser para todos.
  • Rememos todos en la misma dirección.
  • No puede haber farmacéuticos de primera o de segunda.
  • El cambio tiene que hacerse poco a poco, de forma que todos puedan subirse al barco.

Todos, palabra mágica siempre, que en este caso es, vaya paradoja, sinónimo de nadie, porque la historia de la humanidad no avanza por consenso, sino por unos locos arriesgados que idean la renovación, unos valientes que la ponen en práctica, para luego dar paso a esos todos que disfrutarán luego de la apuesta de aquellos locos y valientes.

Cristóbal Colón no se fue a América mediante consenso entre los navegantes, y si hubiera intentado consensuar habría muerto en una hoguera de la Inquisición. Pasteur no consensuó con los científicos su teoría germinal de las enfermedades infecciosas, ni Fleming fue de la mano del colegio británico de médicos para descubrir la penicilina. Otra cosa es que, con los descubrimientos de Colón, Pasteur o Fleming, millones y millones de personas hayan ido a América, o se hayan beneficiado de las vacunas o los antibióticos, y estas terapias hayan sido asumidas por todo, sí, todo, el colectivo profesional.

Ejemplos hay a miles en cualquier aspecto de la vida los cambios han llegado así. Y sencillamente, quien impide que se produzcan progresos es un factor de resistencia al cambio. Por tanto, y triste es decirlo, los colegios farmacéuticos se equivocan y se han equivocado impidiendo, dificultando más bien, que locos y valientes hagan lo que deben hacer. Porque la caza de brujas existe, y eso lo puedo certificar. No voy a hablar de eso, porque estas entradas tratan del colectivo y no de lo que yo haya hecho o dejado de hacer, pero los colegios han sido mucho más efectivos en eso que en defender la profesión hacia afuera. Ante cualquier catástrofe interna nunca faltó esa manida frase de:” Y podía haber sido peor si no llegamos a estar nosotros”. En fin, retomemos y no nos perdamos.

El sistema retributivo es clave para crear una nueva profesión, pero no lo es menos un ejercicio profesional preciso y definido que incluya:

  1. Identificación de todas las necesidades farmacoterapéuticas del paciente, esto es problemas de salud para los que la mejor opción en ese momento es tratarlos con medicamentos, y también de su experiencia personal con los medicamentos y problemas de salud.
  2. Evaluación de todas las necesidades para asegurar que toda la farmacoterapia del paciente tiene un propósito y ese propósito se alcanza sin producir efectos no deseados, y en caso contrario identificar problemas.
  3. Realizar planes de acción concretos para resolver los problemas detectados y prevenir que puedan aparecer otros, y ejecutarlos en cooperación con el paciente y otros profesionales cuya cooperación sea necesaria.
  4. Verificar en un tiempo prudencial si el plan ha tenido éxito o hay que modificarlo, regresando al punto 2 a modo de círculo virtuoso.

Esta práctica en España es residual. Aunque muchos farmacéuticos de diversos entornos asistenciales le hayan puesto el nombre de Atención Farmacéutica, Seguimiento Farmacoterapéutico a lo que hacen, su práctica no sigue esos cuatro pasos reseñados, todo lo más hay una dispensación informada o verificación de cumplimiento terapéutico, es decir, o más de lo mismo, o asumir las propuestas médicas como nuestras para resolver el problema de la farmacoterapia. Y eso es muy importante, porque si no hay una práctica nueva, sino una vieja maquillada, estaremos de nuevo en la casilla de salida.

Esto terminará mañana, con mi impresión sobre otros actores implicados en que lo nuevo se abra camino entre lo viejo. Porque solamente los farmacéuticos no vamos a tener la culpa de lo que pasa.

CONTINUARÁ

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (V)

IdeasEl prestigio no es algo que den a nadie por su cara bonita. El prestigio es admiración, y en el caso de una profesión, a su actuación en pro de la sociedad. La profesión farmacéutica comenzó a perder su prestigio con la industrialización de la elaboración de medicamentos, algo que, con las lagunas y contradicciones que todo tiene, vino a abaratar costes, a generar ganancias a las farmacias que se habían transformado en laboratorios (todos los laboratorios farmacéuticos fueron en su origen farmacias que aprovecharon las tecnologías del momento para crecer y transformarse)  y, como el dinero llama al dinero, fomentó la investigación y el descubrimiento de nuevas moléculas que han permitido aumentar la esperanza de vida y mitigar el dolor y el sufrimiento de muchas personas, siempre y cuando estas o sus gobiernos tuvieran dinero para pagar la factura, claro, y a pesar de que no todo el monte es orégano, pero eso sería harina para otro costal que no centra el tema del que quiero hablar.

Las farmacias que se estancaron, la mayoría, por supuesto, porque solo una minoría ve oportunidades mientras el resto se rasga las vestiduras, tuvieron un golpe de suerte, puesto que, por aquella época, allá por la Segunda Guerra Mundial, los países asumieron la Declaración de Derechos Humanos, entre los que la salud era uno de ellos, y se generaron los sistemas públicos de salud en Europa. Y los estados comenzaron a pagar las facturas de medicamentos de los ciudadanos, y los médicos a prescribir, y los pacientes a tomar…y los farmacéuticos a cobrar por intermediar en algo que ya no fabricaban ellos y les pagaba el estado. Y llegó la afición al golf, y se vendió el prestigio a cambio de dinero y la envidia de otros que también querían ganar mucho y trabajar poco.

Y de ahí partimos para recuperar el prestigio, porque el dinero se fue perdiendo en el camino, y ahora ya no hay tanto golf, pero sí poca reputación, hasta el punto de que en las reuniones de amigos muchas veces, sobre todo cuando el alcohol comienza a hacer efecto, hay que dar muchas explicaciones sobre lo que hacemos, so pena de tener que levantarte de la mesa antes de darle un buen par de hostias a alguien…Esa es la historia que hay que cambiar, y para hacerlo hay que hacer algo que tenga que ver con nuestro core business, el medicamento, no la ortopedia ni las cremas antiestrías, y que pueda necesitar la sociedad. Pero, ¿pasa algo con los medicamentos?

¿Qué podemos decir acerca de los medicamentos? Vamos allá:

  1. Los medicamentos no son infalibles. Ninguno garantiza el beneficio para el paciente, incluso aunque se haya realizado perfectamente el proceso diagnóstico-pronóstico-dispensación- cumplimiento, enriquecido con la mejor información posible.
  2. Los medicamentos se utilizan en su mayoría en un entorno de cronicidad, polimedicación y pluripatología, con lo que la infalibilidad baja que se las pela.
  3. Los medicamentos en ese entorno de cronicidad, abordan dianas terapéuticas con frecuencia asintomáticas, por lo que el paciente que los usa no siente que esté bueno ni malo (a diferencia del caso de las enfermedades agudas), y por ello nunca puede ser sujeto pasivo de la actuación de los profesionales, sino que debe tomar parte de todo el proceso y en primera persona, porque al final es él, o ella, quien solo en su casa decide tomar o usar lo que le parece en función de la información que tiene.
  4. Pensar que toda la problemática que se genera se va a resolver haciendo que el paciente cumpla el tratamiento prescrito (porcojonismo terapéutico le llamaría yo), es de una ingenuidad cuasi insultante, porque los fallos de la farmacoterapia residen en la complejidad farmacológica y humana de los tratamientos y de las personas que están implicadas en el proceso.
  5. Los medicamentos son las herramientas más baratas para abordar la enfermedad, y por ello, cuando estos fallan porque no funcionan o producen efectos no deseados, los gastos se incrementan de forma brutal, hasta el punto de doblar los que se produjeron por haberlos adquirido.

Las diferentes profesiones relacionadas con la salud y los medicamentos, preocupadas por el problema, han formulado diversas propuestas:

  1. Los médicos abogan por tener más tiempo para la consulta y por fomentar la adherencia terapéutica, y para ello piden a otras profesiones que se impliquen (enfermeros, farmacéuticos). Estas medidas aumentan un 15% el cumplimiento terapéutico y no queda muy claro que mejoren la salud
  2. Los farmacéuticos, sin embargo, han diseñado una práctica asistencial que, mediante una evaluación integral de la farmacoterapia del paciente y el conocimiento de su experiencia con los medicamentos, detecta, previene y resuelve los problemas y mejora la efectividad y seguridad de los mismos del 40% habitual hasta más del 80%, reduciendo los costes de forma tan brutal que hace que por cada euro que se invierte en farmacéuticos que aplican esta práctica se produce un ahorro de entre 4 y 12, lo que permite no solo contratar farmacéuticos para esa práctica, sino seguir ahorrando.

¿Y qué hacemos con estos pelos todavía? Pues política. La cuestión tiene que ver con la política y con el subdesarrollo de este país. Porque el subdesarrollo no tiene que ver solo con el PIB de un país sino con las mentes preclaras que lo dirigen. Y no me refiero únicamente a los que de vez en cuando se sientan en el Congreso, que también, sino a los dirigentes profesionales y líderes de opinión. Gente a la que parece importarle un carajo los pacientes y que pone por delante sus intereses particulares o gremiales antes que los de los presuntos destinatarios de nuestros cuidados. Pero eso, mañana.

CONTINUARÁ

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (IV)

chaleco-reflectanteHace ya muchos años, cuando la Dirección General de Tráfico introdujo la obligatoriedad de portar chalecos reflectantes en el interior de los vehículos, el colegio de farmacéuticos más numeroso de España reclamó la venta de los mismos en las oficinas de farmacia, aduciendo el carácter sanitario de dicho elemento de seguridad. Afortunadamente aquello no fue muy lejos y todo quedó en nada. Aquel presidente dejó el cargo y pudo montar la primera pseudocadena de farmacias, prohibidas por aquel entonces y aún ahora.

Muchos farmacéuticos se preguntan cuál es el límite de lo que se debe vender o no en farmacias. El tema no es exclusivo español, no vayamos a ser más críticos que nadie, basta darse una vuelta por esos mundos. Los compatriotas de Trump, el tocayo del pato Donald, defendieron la venta de tabaco en farmacias con una excusa parecida, esta vez en vez de reflectante, humeante. En muchos establecimientos de venta de medicamentos, me resisto a llamarlos farmacias, por toda Latinoamérica, que yo haya visto, la venta de tabaco, además de golosinas, muñecas (no sé si hinchables), productos de bisutería, etc, son una realidad.

Si ya desde hace muchos años se introdujeron en las farmacias productos de perfumería―llamada Dermofarmacia― o de higiene personal, esos medicamentos homeopáticos que se niega a dispensar nuestro colega madrileño y ante los que hace la vista gorda nuestra agencia gubernamental de medicamentos, en tiempos recientes, ante la cada vez más acusada caída de los precios de los medicamentos y acortamiento de las ganancias de las farmacias, cobra cada vez más relevancia la oferta de una cartera de servicios profesionales, entre los que se incluyen productos de ortopedia, servicios nutricionales y medidas diversas de parámetros bioquímicos y fisiológicos. En medio de esta crisis no son pocas las empresas, me resisto a llamarlas laboratorios, que, atentas a la crisis del sector y ávidas por aprovechar tanto los despojos del prestigio de las farmacias como la ignorancia de la inmensa mayoría de ciudadanos, independiente de su nivel social, ofertan toda una serie de productos de autocuidado con supuestos beneficios para la salud: nunca ha habido más tipos de suplementos vitamínicos que ahora (para mayores de 50, para menores, para mujeres, para hombres, para votantes de Podemos o del PP), crecepelos, productos naturales ¿? con supuestas propiedades infalibles y carentes de efectos secundarios― ¿? otra vez.

En aras de no alargar en demasía la entrada no voy a discutir estas huidas hacia adelante una por una. De todas parece deducirse que la farmacia es un establecimiento de venta de productos sanitarios, y esa es básicamente la cuestión, si la apuesta de la farmacia es ser el lugar donde se efectúen transacciones comerciales de estos productos, con el consejo subsiguiente de un profesional experto en la materia, como por otra parte se supone que hacen todos los que venden algo. Si esa es la apuesta de futuro, resulta obvio, al menos para mí, que es el producto el centro de todo―el que motiva la entrada en el establecimiento y genera el negocio― y no el profesional, y el éxito dependerá en esencia de la calidad de lo que se vende. Y sin venta no hay negocio.

En este caso, no hay profesión, o esta tiene una visibilidad mínima y supeditada al producto, ya que aunque existan grandes profesionales a título individual, el foco es el producto y el producto no genera profesión, porque es lo que es y el conocimiento que se genera lo que hace es acompañar a la venta del producto. Sí, ya sé, hay quien entra a preguntar sin llevarse nada, pero, ¿se cobra?. No, claro que no, igual que si alguien entra en una ferretería y pregunta cómo puede empalmar un cable. Lo que se paga es el cable, no el consejo ferretero.

No obstante, hay quien defiende que hay determinados servicios profesionales que se desean construir sí están orientados a los pacientes, como las medidas de parámetros bioquímicos y fisiológicos. Medidas que ya se hacen el sistema sanitario, pero que a módico precio, inferior al que otros profesionales piden, por supuesto, y más rápidos, podrían ser una fuente de negocio. Sería como el low -cost de la atención sanitaria, un Farma- Ryanair. Nuevamente estaríamos ante otro producto de venta si a estos servicios no se le añade el valor cognitivo que no da el aparato, sea un tensiómetro, un aparato de rayos X o de medicina nuclear. No es el aparato el que da el valor sino el profesional que toma decisiones a partir de la información del aparato.

¿Y qué decisiones podría tomar un farmacéutico, qué podría aportar al sistema sanitario, que debería ofrecer que no se esté ofreciendo ya y que impacte de forma trascendental sobre la salud de los ciudadanos? Pues algo que no está en ningún aparato ni en producto alguno; algo que está, o deberá estar, en su cabeza y en su corazón; algo que no se compra por leasing ni por renting; algo que sólo lo genera un cuerpo de conocimientos y una práctica basada en una mirada diferente hacia un problema real, de la sociedad y no imaginario o relacionado con el interés particular de un gremio que se resiste a cambiar.

CONTINUARÁ

PACO MARTINEZ

PACOMARTINEZHa muerto Paco Martínez, el farmacéutico que nos hizo soñar con ser diferentes.

Conocí a Paco allá por 1995 cuando se conformó el Grupo Torcal, que aglutinó a farmacéuticos andaluces con afán de renovar una profesión que había perdido sus señas de identidad. Paco fue aquel farmacéutico que ejercía su profesión junto a la estación de autobuses de Jaén, en aquella farmacia mítica para muchos de nosotros, auténtico símbolo y ejemplo de lo que soñábamos ser.

Paco puso de moda el término de farmacéutico comunitario, nombre que aterraba a los más antiguos, que lo asimilaban al de comunista. Gracias a Paco, muchos farmacéuticos quisimos ser orgullosos farmacéuticos comunitarios, profesionales al servicio de una sociedad que, como ahora, no sabe que muchos de sus miembros mueren sin necesidad por culpa de un mal control de medicamentos.

Ese farmacéutico, que era de Jaén, y no de Sevilla, de Barcelona o Madrid, londinense ni parisino y mucho menos neoyorquino, nos hizo sentirnos orgullosos de ser farmacéuticos. Y quisimos ser como Paco Martínez; y actuar como lo hubiera hecho Paco Martínez; y parecernos algún día a Paco Martínez.

Luego pasó el tiempo, con sus vaivenes, con sus idas y venidas, con sus bajadas y subidas, como todo lo que se vive de manera intensa. El tiempo y las personas podemos borrar muchas cosas de nuestra memoria, pero nunca podrá con la certeza de que fue Paco quien nos puso en el camino. Un camino que está siendo duro, a veces infructuoso y desalentador, que nos vuelve a la casilla de salida más de una vez como en el juego de la oca, pero que también es irreversible.

Quizás ahora se le hagan más homenajes a lo que Paco Martínez ha representado para la farmacia comunitaria. Pero creo que el mejor que le podríamos hacer todos sería simplemente el hacer realidad todo aquello que nos hizo soñar.

EXPERIENCIAS MEXICANAS

Taller GuadalajaraQuienes me conocen saben que cruzar el Atlántico en dirección a Iberoamérica es para mí un gran estímulo. Desde que llegué a Colombia en el año 2000, he realizado más de cincuenta viajes hacia allá, y mis colegas farmacéuticos saben que ha sido en América donde he desarrollado nuevas técnicas docentes.

Fue en Argentina donde por primera vez entrevisté a un paciente en directo ante los alumnos; en Uruguay donde utilicé videos de grabaciones de pacientes; en Brasil donde hice mis primeras sesiones clínicas conjuntas; en Costa Rica donde impartí casi veinte horas de clase sin diapositivas y construyendo con los estudiantes la práctica asistencial desde la filosofía de estar en el mundo…. Grandes experiencias que luego he podido traer a España en los lugares en los que me han dejado.

Ha sido a mediados de junio y en Guadalajara , días antes de que escriba esto, cuando surgió la última innovación. Y esta , por casualidad.

Habíamos preparado un taller con dos pacientes que los colegas mexicanos habían traído. Una de ellas, esperaba con la cabeza apoyada en una cristalera del aula. Había sufrido un accidente de tráfico meses antes y tenía bastante dañado el cuello. Era muy molesto para ella adoptar otra postura, así que se me ocurrió que nos sentásemos en círculo a su alrededor para que no se moviese. Y comenzamos.

No sé cómo fue, pero cuando nos dimos cuenta estábamos haciendo una sesión clínica con la paciente integrada en la misma, y repetimos con la segunda. Discutimos en ambos caso los tratamientos con cada una de ellas, vimos diferentes aspectos de mejora, consideramos aspectos científicos, personales y culturales, adaptamos los mensajes al conocimiento y capacidad de comprensión… Las pacientes se abrieron, mostraron sus temores y expectativas, aquello que tan poco tenemos en cuenta y que se parece tanto a nuestra experiencia clínica, que finalmente nos hizo encontrar puntos de acuerdo y estrategias para alcanzar objetivos terapéuticos concretos y entender por qué hacerlo de esa manera.

Por cierto, no utilizamos más que bolígrafos, papel, conocimientos y experiencias. Ah, y el sentido común. No sé qué programa informático podrá ofrecernos esto, pero nos fue muy bien. Más que bien. Y desde ahora, es lo que pienso hacer.

ENSAYO SOBRE LA CEGUERA

CEGUERAEn estos días, y a pesar de que cada día soy más pesimista con el futuro de los farmacéuticos como profesionales de la salud, por mucho onanismo triunfalista que se pregone en sus Congresos, he dirigido un modesto trabajo de investigación para que una alumna de un Máster de Farmacia cumpla los requisitos necesarios para la obtención de dicho título.

El objetivo propuesto era conocer si los usuarios de una farmacia que no hubieran recibido servicios de seguimiento/optimización farmacoterapéutica y que acudieran a retirar su medicación habitual sin quejarse de problema alguno con su medicación, alcanzaban o no los resultados esperados de la misma. Es decir, si había algún fallo de la farmacoterapia, o como les gusta decir a los consensuadores españoles que raramente han visto a un paciente, si experimentaban o corrían el riesgo de experimentar, resultados clínicos negativos.

La metodología seguida ―no me voy a extender mucho en esta entrada con la misma, ― consistía en ofrecer aleatoriamente a los candidatos una evaluación rápida de su farmacoterapia, aprovechando que acudían con su tarjeta sanitaria para prescripción electrónica. Se analizaba la medicación y se obtenían los resultados de efectividad en lo que se pudiese evaluar, ya que resultados analíticos o de otras pruebas han quedado sin verificar si el paciente luego no los traía, por no disponer de ellos o por la imposibilidad de acceder a la historia clínica del paciente.

Se captaron diez pacientes, cinco hombres y cinco mujeres, y ahora estamos estudiando los datos. Dan miedo. Estoy convencido de que este trabajo merecerá ampliarse y hacer una tesis doctoral, que daría para mucho si lo que va apareciendo se confirma, a pesar de una muestra tan escasa.

Lo primero que hemos visto es que todos, absolutamente todos los pacientes, sufrían al menos dos resultados negativos de la medicación, y eso que, como he dicho con anterioridad, han quedado aspectos de efectividad, que no de seguridad, sin evaluar. Este dato me parece importantísimo: el 100% de la muestra de pacientes que toman medicamentos de forma crónica tiene al menos dos problemas con sus medicamentos,  a pesar de que no se haya podido evaluar todo.

Cuando se presente la investigación se podrán dar más detalles de la misma, aunque me pregunto si a alguien le importarán esos datos. Pero sí quiero adelantar el caso de una mujer que se encuentra en prediálisis, y que en la evaluación detectamos que el cansancio que mostraba se debía a una bradicardia a consecuencia de su dificultad de eliminación renal del atenolol que tenía que utilizar por un infarto previo que sufrió. Informamos a su médico para que los sustituyera por otro medicamento de la misma familia pero de eliminación biliar y no hizo caso (en Román paladino se dice se acojonó), pero la paciente, que afortunadamente tenía cita con su nefrólogo en los días siguientes, confió en nosotros, no se rindió y le llevó nuestro informe. El resultado fue quey su atenolol se sustituyó por carvedilol y la bradicardia desapareció. Así, los profesionales de la salud dejamos de joderle el riñón a la señora, al menos la jodienda gratuita de darle atenolol, y quizás ese trasplante que pudiera venir se retrase un tiempo más o no tenga que hacerse, lo cual no sé si es positivo o negativo para estos políticos de la Andalucía imparable, que quizás deseen seguir liderando los trasplantes en España y nosotros hayamos contribuído a fastidiarles (iba a poner joderles, pero ya me estaba repitiendo mucho) las cifras.

Pueden conocer los costes de los servicios sanitarios en Andalucía en esta dirección:

http://www.juntadeandalucia.es/servicioandaluzdesalud/ordenpreciospublicos/default.asp

Por decirles algo, un trasplante renal en Andalucía cuesta 39.181,42 euros. Ahorrando uno solo, podríamos comprar 15.672 cajas de carvedilol y tratar a 1.300 andaluces (y andaluzas) durante un año con ese medicamento, por poner un ejemplo.

Pero más allá de los costes económicos del trasplante, y de los medicamentos tan carísimos que debería tomar de por vida con posterioridad para evitar el rechazo al nuevo órgano, ¿alguien tiene idea de las consecuencias sobre la calidad de vida del paciente? No hay página web oficial que nos informe sobre cómo se sienten las personas que sufren procedimientos como éstos. Es cierto que, ante la posibilidad de la muerte, cualquier aspecto así les merece la pena a muchos. Pero, ¿y si llegaran a saber que su caso podría haberse evitado? Muchísimos procedimientos quirúrgicos, muchísimo sufrimiento se podría haber evitado si los pacientes crónicos dispusieran de servicios de gestión integral de la farmacoterapia para optimizar sus resultados y prevenir problemas como éstos.

Aquí tienen algunas razones por las que de un tiempo a esta parte, me dedico a la literatura. Para quienes me preguntan, aquí está la respuesta. Así he conseguido que mis frustraciones sean mías y sólo mías, y únicamente dependan de mi torpe manera de juntar palabras. No necesito a nadie más

Para modificar la situación expuesta, doctores tendrá la Iglesia, aunque me temo que esa Iglesia a la que aludo, sus feligreses y sus sacerdotes, padecen de una ceguera que sólo puede explicarse desde el talibanismo y la sinrazón. Y caerán en el infierno, que existe, claro que existe, al menos en lo que se refiere a quienes pudiendo hacer otra cosa, no la hicieron. Porque tuve hambre y no… pues eso.

La imagen que ilusta se ha obtenido de http://www.lamilanabonita.com