CUÁNDO SE VACUNA LAURA

Ella no lo sabe, yo tampoco. Laura es una de las empleadas del supermercado al que suelo ir. Nos conoce por nuestros nombres, está atenta a lo que cada uno de sus clientes necesitamos. Estuvo desde el principio de la pandemia, soportando nuestras neuras de compras de papel higiénico, de latas de conserva, de lo que fuera. Ha trabajado domingos de navidades que luego dicen que van a pagar con vacaciones y luego… Luego, eso, lo que todos sabemos.

Ella ha formado parte de los trabajadores esenciales de este país, pero nadie se acordó de ella para vacunarla… de la gripe. Un 40% más de vacunados de la gripe este año, pero nadie la tuvo en cuenta a ella ni a sus compañeras para protegerla con una vacuna que podía disminuir la gravedad caso de sufrir la covid-19.

Y allí sigue. Ella y sus compañeras. Sin saber si alguien las tendrá en cuenta para otra cosa que no sea garantizar reservas de papel higiénico que pongan a prueba nuestra cobardía. La vacuna, como el pago de las horas extras retrasadas, tendrá que esperar para ella, que continuará reponiendo nuestros caprichos y apagando nuestros miedos.

EN QUÉ ESTAMOS

Hoy he recibido la primera dosis de la vacuna frente a la covid-19. A pesar de mi profesión y del riesgo de mi exposición, me siento un privilegiado por haber entrado dentro del primer diez por ciento de ciudadanos que han recibido al menos una dosis de la vacuna. Mientras guardaba la fila antes de entrar en la sala donde me la inyectarían, no he podido evitar acordarme de muchas personas, enfermos de riesgo, que podrían sufrir graves consecuencias o incluso la muerte y que tendrán que aguardar su turno para ser inmunizados. Cómo no, también de tantos fallecidos para los que nunca podrá existir siquiera esa posibilidad, entre los cuales hay no pocos farmacéuticos, compañeros de profesión, que se han dejado la vida en el camino.

Atravesé la puerta pensando en todas estas personas con agradecimiento por haberme cedido su turno y con la esperanza de hacer honor a ellas en la medida de mis posibilidades. Luego me dirigí a un mostrador en el que me dieron un número y desde allí me derivaron a otro espacio en el que dos miembros del personal de urgencias se interesaron por mis alergias, recordaron mis antecedentes y me informaron sobre los efectos secundarios más comunes de la vacuna. Desconozco si eran enfermeros, en su uniforme solo aparecía la palabra Urgencias, pero no eran farmacéuticos.

Durante este año de pandemia, he asistido al ofrecimiento del colectivo a las autoridades para dispensar test de diagnóstico, ofrecer el espacio de las farmacias para realizarlos e incluso para vacunar. Sin embargo, y a pesar de las buenas intenciones que no dudo albergasen dichas propuestas, hoy he echado de menos que hubiera farmacéuticos informando sobre los riesgos de ese medicamento de la comunidad al que denominamos vacuna.

Con esto no quiero culpar a nadie. Desconozco si se ha intentado y no se ha logrado, o si no se ha tenido en cuenta. Como tampoco sé si nuestros representantes y sociedades científicas están o tienen previsto realizar algún tipo de investigación sobre los efectos secundarios sufridos por las personas que nos vamos a vacunar. Qué gran lugar una farmacia para comunicar si se ha experimentado algún problema o, por el contrario, como es de desear, todo ha ido de perlas.

Quizás esté mal del oído, pero lo cierto es que he escuchado demasiado ruido en las redes sociales sobre todo aquello que tuviera que ver con dispensar algo y, poco, o nada, sobre colaborar en la información y seguridad de un medicamento en cuyo éxito nos va la vida. Desconozco si mi audífono no funciona o es el de la profesión, que no sabe escuchar a la sociedad.

ADIÓS 2020. UNA REFLEXIÓN EN CLAVE COMUNITARIA

2020 no ha sido en lo personal un año malo, ni muchísimo menos. Para mí, hasta ahora, ningún año lo ha sido, al menos no lo recuerdo. Y no porque goce de dones especiales, sino porque hasta ahora no he perdido el del asombro ni el del deseo de aprendizaje. Admito que si hubiera tenido una pérdida antinatural a mi lado quizás pensase de otra forma, no lo sé, pero creo que lo esencial de la vida es el camino, no los resultados, y caminar, no he dejado de caminar y siento que 2020 me ha enseñado mucho porque he caminado mucho también. Pero creo que debo dejar de hablar de mí y tratar de hacer una reflexión personal en clave comunitaria. Que es de lo que se trata, como animales sociales que somos.

La pandemia no ha sido la gran causa de nada sino la desgraciada consecuencia de todo.

Este año que acaba de terminar nos ha mostrado que la vida que llevábamos no conduce a ninguna parte. Así de simple. La pandemia no ha sido la gran causa de nada sino la desgraciada consecuencia de todo. Por eso, la vacuna solo servirá para paliar un efecto, un síntoma de la gran enfermedad que padecemos, que tiene que ver con la crisis ecológica y las desigualdades sociales, las verdaderas responsables del cambio drástico en el clima del planeta y las grandes migraciones que se derivan.

Podremos encontrar una vacuna salvadora frente a la covid-19, pero si nos quedamos en eso, si nos empeñamos en ver lo sucedido como un mero accidente microbiológico, un mal sueño, vendrán otros males, probablemente peores

Son el calentamiento global y las desigualdades sociales las que han provocado la pandemia por covid-19, una enfermedad que se extiende por el mundo. Por ello, podremos encontrar una vacuna salvadora frente a la covid-19, pero si nos quedamos en eso, si nos empeñamos en ver lo sucedido como un mero accidente microbiológico, un mal sueño, vendrán otros males, probablemente peores. No, 2020 no ha sido un año nefasto, ha sido el año en el que la realidad nos ha caído encima, una realidad que llevamos fabricando con ahínco y determinación durante décadas, en Europa probablemente desde la conquista de América, y hoy nos da la oportunidad de tener una prueba real para comprender la necesidad de un cambio radical en nuestra forma de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza.

Una persona durmiendo en una calle de Sevilla a +1 ºC

Un primer gesto de que nos hemos dado cuenta de la verdadera dimensión del problema sería que la vacuna llegase a todos los países, a todos los habitantes del planeta sin distinción. Porque la inmunidad de rebaño solo se conseguirá si esta llega a todo el rebaño. Y mal estamos empezando cuando cada país hace una estrategia tipo “Sálvese quien pueda” y solo se preocupe de los suyos. ¿Para qué debería estar la Organización Mundial de la Salud sino para liderar las acciones en una pandemia? Mal empezamos.

Debemos girar nuestra mirada hacia los más vulnerables de la sociedad, y que llegue un día en el que no importe la familia en la que nazcas para que te puedas desarrollar como ser humano en plenitud.

Las desigualdades sociales tendrán que afrontarse, y para ello habrá que acabar con el neoliberalismo, esa igualdad de oportunidades en un mundo tan desigual que tanto daño ha hecho y que es la responsable de que las diferencias sociales se hayan agudizado hasta hacerse absolutamente tóxicas. Debemos girar nuestra mirada hacia los más vulnerables de la sociedad, y que llegue un día en el que no importe la familia en la que nazcas para que te puedas desarrollar como ser humano en plenitud. No hay otra salida, y cuanto antes lo aceptemos antes podremos resolver los problemas de todos, incluso los de los neoliberales. Pero pueden quedarse tranquilos, en ese nuevo escenario también se podrá ser de derechas, pero de una forma mucho más sana.

2020 nos ha dado la oportunidad de reconocer que estábamos equivocados, de comprobar que desde el yo no llegamos a ningún lugar habitable y que es en lo comunitario donde podremos encontrar la verdadera felicidad y no la fugaz satisfacción que hallábamos antes y que rápidamente se volatilizaba, dejándonos peor que estábamos.

El Yo ha muerto con la pandemia, y tratar de resucitarlo solo traerá más muerte y destrucción.

Una nueva normalidad solo podrá construirse desde el nosotros, desde lo plural y colectivo. Y en ese escenario también, como mencioné en el párrafo anterior, se podrá ser conservador o progresista, dos miradas lógicas al mundo, para preservar lo bueno que tenemos o para avanzar en nuevos horizontes, pero siempre desde el nosotros. El Yo ha muerto con la pandemia, y tratar de resucitarlo solo traerá más muerte y destrucción.

El año que acaba de terminar nos ha mostrado de una forma dura que estábamos en un callejón sin salida, ante un muro impenetrable que la vacuna no va a poder socavar. Creer que la vacuna va a destruirlo es como confiar en que con la aguja de la inyección vamos a lograr derrumbar la gruesa pared que entre todos hemos construido y que nos ha endurecido el alma.

El cambio no es tampoco fácil, porque necesitará el acuerdo de todos, y hay mucha gente a la que el miedo la moviliza a la histeria en lugar de al diálogo. Pero somos infinitamente más los que podríamos estar de acuerdo que los que no lo estarían nunca, porque sobrevivir es algo que todos deseamos y porque, reconozcámoslo, cualquier escenario es susceptible de ser manipulado por unos cuantos. Pero no nos desanimemos, cambiar dependerá de que quienes creen que esto es una locura piensen que tal vez no lo sea. No esperemos a que sea esta la única salida, porque para cuando este tiempo llegue ya no habrá posibilidad de dar marcha atrás y los caídos de ahora nos parecerán una broma ante los que sucumbirán a lo largo del tiempo. Nos hace falta sosiego y deseo de pensar juntos. Cuanto antes nos dispongamos a ello, menos dolor sufriremos.

Ojalá sea la pedagogía y no la violencia o la tragedia la que nos haga recapacitar.

Ojalá sea la pedagogía y no la violencia o la tragedia la que nos haga recapacitar. Recuerden el mito de las siete plagas que sufrió Egipto antes de liberar al pueblo israelí. Que no sean necesarias siete pandemias, sean del tipo que sean, antes de sacudirnos el yugo de los faraones del siglo XXI.

Que 2020 haya sido o no un buen año dependerá de las lecciones que hayamos aprendido. Yo solo deseo que la Historia cuente de él que marcó el inicio de una nueva época para la humanidad. Pongámonos a ello, que vamos tarde.