SOÑAMOS LA CIUDAD

Texto preparado para la mesa redonda SOÑAMOS LA CIUDAD, del jueves 20 de octubre de 2016

LA ZUA (2)Cuando sueño la ciudad, mi sueño es un sueño de justicia hacia los ciudadanos, hacia todos los que la componen y forman parte de ella. El ser humano es un animal social, y como tal se organiza en comunidades, en ciudades, en estados, y esas organizaciones, artificiales pero necesarias, cambiantes pero eternas, tienen el fin de hacerlo más feliz, entendiendo como tal aquello que contribuya a  su mayor bienestar físico, mental, intelectual y espiritual. La ciudad que sueño es de todos, y todos tenemos obligación con todos. El éxito debe llegar a todos o no será, y la derrota de unos es la de todos.

Cuando hablamos de nuestra ciudad de Sevilla, a todos nos han regalado alguna vez los oídos acerca de su belleza― la más bonita de España, una de las más bellas de Europa―, de su importancia histórica a lo largo de los siglos, de sus fiestas tradicionales, de su saber vivir y divertirse.

Cuando hablamos sobre Sevilla, lo hacemos de la Giralda, la Catedral, el Alcázar o el Archivo de Indias, esa zona en la que se reúnen grandes estilos arquitectónicos en apenas unos metros: el gótico de la Catedral, el barroco del Palacio Arzobispal, el renacentista del Archivo de Indias, los diversos periodos del arte musulmán en el Alcázar o en la Giralda. Hablamos de su casco histórico,  de su caserío, de sus iglesias.

Cuando criticamos a Sevilla, cuando los cronistas de la ciudad levantan la voz, lo hacen, y nosotros detrás, acerca de si las Setas o la Torre Pelli son construcciones dignas de ocupar el espacio en el que se sitúan, si la peatonalización de la Avenida de la Constitución se ha hecho bien o no, y si el centro se ha convertido o no en un parque temático globalizado como en otras ciudades históricas, para dar cobertura al turismo, una de las epidemias más depredadoras del siglo XXI en lo medio ambiental. Cuando hablamos o criticamos a Sevilla lo hacemos sobre su casco antiguo, una zona en la que viven una minoría de ciudadanos.

Cuando hablamos sobre Sevilla no hablamos, o lo hacemos cuando aparece una noticia puntual y siempre con vergüenza ajena, como si no fuera con nosotros, de que cinco de los diez barrios más pobres de España están en Sevilla, o de que el líder de esa triste clasificación a quince minutos de zonas lujosas. Y tampoco hablamos de que, a pesar de ser Sevilla una de las ciudades más pobres del país, su importancia en cuanto a inversiones en banca privada es muy superior a lo que cabría esperarse de su nivel económico, de una tradición empresarial y emprendedora escasa, que hace que quienes tengan inquietudes de este tipo deban salir a otras ciudades para poder desarrollar sus proyectos. Sevilla expulsa a sus hijos más bulliciosos, y su dinero, en vez de invertirse en la creación de riqueza que estos podrían producir, se proyecta sobre la agricultura y la construcción, es decir, de las rentas que puedan producir las fincas rústicas o la compra-venta o alquileres de fincas inmobiliarias.

Sevilla es una de las ciudades en las que más desigualdad social existe, y eso se explica en términos económicos y se traduce en lo geográfico. Está plagada de guetos, de ciudades dentro de la ciudad, en un proceso científicamente diseñado que comienza con la expulsión de poblaciones desfavorecidas de núcleos de interés inmobiliario o comercial, para poder desarrollar negocios y concentrar poblaciones de estrato social bajo en viviendas de promoción social, alejadas de los núcleos de interés económico, que luego se convierten en caldo de cultivo para la exclusión social y la delincuencia. Es lo que se conoce como gentrificación.

La gentrificación se ha desarrollado desde tiempos inmemoriales en Sevilla y en el mundo. En los tiempos modernos, en los años 60 del siglo pasado, la expulsión de población eminentemente, pero no solo, gitana del barrio de Triana, inició un proceso de transformación especulativa de ese barrio entonces humilde. La zona que ocupa hoy el barrio de Los Remedios fue limpiada de chabolismo para crear el barrio que hoy conocemos, paradigma en Europa de la urbanización irracional, avariciosa y especulativa. También se hizo de una forma parecida en el centro histórico de la ciudad, aunque no de un modo uniforme, si bien sus huellas en forma de edificios tan feos como de baja calidad aparecen por todo el caserío, para escándalo de los cronistas de la ciudad.

Aunque es un proceso incesante, y que continúa desarrollándose en estos momentos en espacios de la zona Norte del centro como en la calle San Luis, y próximamente en El Vacie, destacan también procesos como los de San Bernardo en los años 80, en la época previa al soterramiento del tren en la ciudad, soterramiento que se hizo en todas las zonas afectadas de interés económico, salvo, a pesar de que estaba previsto, en los barrios más humildes del sur: Tiro de Línea y Polígono Sur.

En todos los procesos de gentrificación hay una población que sale hacia el extrarradio, y otra de mayor poder adquisitivo que entra y ocupa el espacio. En todos hay una legislación que los garantiza, una excusa de índole sanitaria o social, producto de esa desigualdad ancestral que los hace necesarios, pero también una deslocalización y pérdida de raíces de las personas que abandonan el barrio, que deben buscar un nuevo lugar para vivir acorde con sus escasas posibilidades económicas.

Nadie duda de que las casas y corrales de vecinos de Triana o San Bernardo eran lugares insalubres, focos epidémicos por el hacinamiento de quienes allí vivían. Nadie duda de que es una vergüenza que exista El Vacie, que haya personas que vivan en esas condiciones, o en La Bachillera. Lo que sí que es más que discutible es que quienes hayan vivido en lugares así tengan que borrarse del mapa, que desaparecer de nuestros ojos para pasar a ocupar un espacio en los barrios invisibles de la ciudad. Porque el Polígono Sur es un barrio invisible, porque la Ronda del Tamarguillo es una frontera hacia los barrios invisibles de Candelaria o Tres Barrios, y porque lo que parece molestar de El Vacie es que es un barrio indecente pero visible, y no tanto por lo que sucede a las personas que conviven con las ratas y la inmundicia.

La ciudad, la bella ciudad de Sevilla, va de Bellavista a San Jerónimo, de Torreblanca a Los Remedios. No va de los Jardines de Murillo a la Macarena, o de la Torre del Oro a la Puerta Carmona. Y la ciudad que sueño es la que es, la que desbordó sus murallas y se disemina por las antiguas huertas con cuya transformación tantos próceres con calle se enriquecieron. Y para que la ciudad merezca ser una organización al servicio del ser humano debe romper con los guetos y favorecer la integración de sus habitantes.

Barrios como el Polígono Sur, que ya tienen cuarenta años, han desarrollado ya una personalidad propia. Hoy el flamenco no es Triana, es el Polígono Sur. La Sevilla eterna no está intramuros; está en el Polígono Sur. Y lo que precisan barrios como el Polígono Sur, y tantos otros, es que rompamos con su incomunicación, para que puedan integrarse en la ciudad y a la vez expulse a la delincuencia, que encuentra en ese aislamiento el espacio idóneo para sus actividades. Acabar con las barreras físicas, como el muro de Hytasa o las vías del tren, la carretera Su Eminencia o la Ronda del Tamarguillo, son inexcusables para acabar con la exclusión. Acoger edificios públicos, incluso que empresas que lleven su responsabilidad social a instalar sedes en el barrio favorecería la integración y rompería con el miedo que hay a ambos lados de las barreras físicas y psicológicas.

Hay que acabar con los guetos y evitar que se nutran de nuevas poblaciones como los inmigrantes procedentes de otras injusticias, o que otros nuevos se produzcan. Las personas deben gozar del derecho a echar raíces en sus barrios, a desarrollar sus señas de identidad propias. Y quienes deban salir han de poder integrarse en otros barrios que les puedan servir de referencia para crecer. Se copia siempre lo mayoritario, la referencia es la mayoría, y por tanto, no hay que temer de quienes vienen de barrios más humildes. Ejemplos como los edificios sociales que se hicieron frente a la iglesia de San Benito, en la cotizada zona de La Buhaira, muestran que las personas humildes pueden integrarse y no ser un problema para nadie, y en modo alguno han representado un problema para el resto de los habitantes.

La ciudad que sueño es una ciudad integral y visible, una ciudad que sea justa con todos sus habitantes y especialmente sensible con quienes más ayuda necesitan. La ciudad que sueño no es más cara ni es utópica. Porque la utopía no es más que el sueño inalcanzable de los cobardes.

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TRES MIL VIAJES AL SUR. ¿CÓMO SE CONSTRUYÓ?

PRESENTAMOS_CARTELTres mil viajes al sur surgió como idea la noche en la que se presentó El guacamayo rojo y tuvo título días después, en la habitación de un hotel de Lima donde me hospedaba. Para darle la estructura que tiene, me inspiré en Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, de ahí que a una de las protagonistas la bautizara con el nombre de Alberta, en homenaje al malogrado escritor. Para elaborar la historia realicé una intensa tarea de documentación, algo que es habitual en las obras que he publicado, y sin duda deudora de mi pasado como investigador en ciencias de la salud. Aquel viernes de julio y El guacamayo rojo también se inspiraron en la lectura de referencias bibliográficas y en la entrevista a muchas personas testigos de las épocas en las que se enmarcaban las historias.

Lo primero que hice fue visitar al profesor de la Universidad Pablo de Olavide Francisco José Torres Gutiérrez, que había escrito un libro titulado Segregación urbana y exclusión social en el Polígono Sur, inspirado en sus investigaciones de doctorado. Tuvo la generosidad de regalármelo, lectura imprescindible para entender los procesos sociales y demográficos que explican la situación actual.

Después entrevisté a muchas personas que viven en el Polígono Sur, a las que he conocido en estos diez años largos que llevo ejerciendo como voluntario en el barrio. Escuché muchas historias―tengo unas grabaciones que son joyas―, y también me inspiré en las de otras personas, algunas de ellas ya fallecidas, que durante este tiempo me hablaron de tantas cosas. Al final del libro hay una lista de agradecimientos hacia quienes han sido fuente de inspiración para conformar la obra. Espero que no se me haya olvidado nadie.

Quiero tener un recuerdo muy especial para Mohamdi Freesahara, a quien conocí por medio de la poeta y amiga María Magdalena Blanco Odriozola. Gracias a los dos pude contactar con mujeres que han venido de tierras muy lejanas en un viaje durísimo, muchas de las cuales han tenido que soportar no pocas vejaciones para llegar a Europa, y que todavía lo siguen pasando mal. Con Mohamdi recorrí barrios, semáforos y tiendas para buscar interlocutores que quisieran contarme su travesía. Encontrar a personas como Mohamdi en tu vida, aprender de la madurez de este joven tan comprometido, es una de las mayores fortunas que este libro me puede dar.

Tras la finalización de Tres mil viajes al sur, hemos elaborado un video, que se presentará el 22 de abril, con la ayuda indispensable de mi gran amiga Lourdes Ramírez Mota, y de Benito Herrera. En él han participado muchas mujeres del Polígono Sur y hemos recorrido el barrio de punta a cabo para filmarlo. Me siento muy agradecido por la generosidad de las mujeres, y no menos orgulloso de haber enamorado a Lourdes del barrio. Ojalá muchos más habitantes del otro lado quieran hacer el camino que ha realizado mi amiga, el tres mil un viaje al sur.

Un último párrafo para quienes lean esta entrada al blog y puedan ofrecer trabajo a muchas de estas personas: conocer a esta gente y darles la oportunidad de labrarse un futuro será algo de lo que no te podrás arrepentir. Muchas veces, los mejores son invisibles para la mayoría. Te puedo ayudar a encontrarlos.

TRES MIL VIAJES AL SUR. ¿DE QUÉ VA ESTA NOVELA?

PANO_20160330_162719 (1)Tres mil viajes al sur consta de cuatro relatos interdependientes. Aunque cada uno de ellos tiene entidad propia, es en el conjunto donde se completa todo. Que existan cuatro historias diferentes me ha permitido elegir diferentes narradores para cada una de ellas, y diferentes voces narrativas también. La interdependencia se justifica en que son relatos de un mismo barrio marginal, y como en cualquier barrio, marginal o no, las personas suelen conocerse, algunos sólo de vista y otros con más profundidad. Por eso he elegido esa estructura para contar la historia.

Tres mil viajes al sur cuenta la vida de mujeres que viven en los suburbios de una gran ciudad. Aunque no se nombra ni al barrio ni a la ciudad, con las intenciones explícitas de no estigmatizar aún más a los lugares en los que se desarrolla y de globalizar estas circunstancias a muchos otros barrios y ciudades de la denominada civilización (sic) occidental, quedan muy claros los espacios en los que se desarrolla, y mucho más si se trata de textos de mi autoría, en los que los espacios son también protagonistas de la historia: Sevilla en Aquel viernes de julio; São Paulo en El guacamayo rojo.

Como imagino que me volverá a repetir Carmen, una de mis grandes lectoras, en Tres mil viajes al sur continúo con mi idea obsesiva sobre los viajes. Si en Aquel viernes de julio el viaje se realizaba en 1936 a través de los barrios en guerra de la ciudad de Sevilla, y en El guacamayo rojo por la historia de la ciudad de São Paulo a través de la emigración andaluza a Brasil, en las cuatro historias de Tres mil viajes al sur, a pesar de que cada una de ellas el tiempo de la historia se desarrolla en una sola jornada, el tiempo del relato se fundamenta en la analepsis, en el recuerdo del viaje de  cada una de las personas tuvo que hacer y que las llevó a vivir  a la periferia, lejos de su lugar de origen.

Tres mil viajes al sur conjuga diferentes historias de mujeres a las que la situación social y política las ha abocado a ser expulsadas de los lugares en los que nacieron y que persisten, como en cualquier emigración, en sus recuerdos. La idea de la novela surgió con fuerza durante la presentación de El guacamayo rojo. Al día siguiente participaba en un Congreso científico en el Polígono Sur de Sevilla, que recientemente ha tenido el dudoso honor de ostentar la medalla de plata en el escalafón de los barrios más pobres de España, y caí en la cuenta de que había emigraciones tan duras como la que relataba en la novela, y que eran las que se daban dentro de la misma ciudad. Así nació la idea, y días después, en un hotel de Lima, a donde había llegado para impartir unas conferencias, surgió el título.

Para escribir la novela, he entrevistado a muchas personas, a profesores que han estudiado el fenómeno de la marginalidad, a personas que viven en zonas de exclusión social, a vendedores ambulantes de pañuelos de papel en los semáforos, a mujeres víctimas de abusos en los viajes de emigración…. Sus historias  me han conmovido, me han indignado y también me han hecho reír, porque la alegría no se ha perdido en muchas de las personas que menos tienen (dinero).

Tres mil viajes al sur trata de la vida real de gentes que viven cerca de nosotros, aquí y ahora. Seres humanos a los que tenemos arrumbados lejos de nuestra vista, ignorados por nosotros y prisioneros de algunos delincuentes, que encuentran en barrios así el lugar ideal para hacer lo que les plazca sin que nadie les moleste. Tres mil viajes al sur es un grito, una llamada de atención a una sociedad que no tiene mucho margen ya para seguir con este ritmo de vida que produce tanta infelicidad. Y también es una invocación a la esperanza, a que está en nuestra mano derribar muros, enterrar miedos y comenzar a crear un mundo diferente. Sí, se puede; claro que se puede.

MUROS

PANO_20160330_162719 (1)Este pintura es un grito y una vergüenza. Está en el muro de hormigón que separa Bami del Polígono Sur, tras el que circula el tren cuyas vías no se han querido soterrar. Ni en su día, antes de 1992, cuando la ciudad eliminó sus barreras ferroviarias, ni después, los diferentes gobiernos han creído oportuno eliminar esta barrera. Es más, durante este tiempo vallaron el el nuevo parque en torno a La Zúa, la zona de esparcimiento de los habitantes del Polígono Sur durante años, y sólo en estos meses las múltiples presiones de sus habitantes han permitido que puedan acceder a un lugar que fue testigo de las primeras alegrías y de la degradación del barrio por la droga.

La pintura representa la destrucción del muro y su apertura a la ciudad que aman y de la que forman parte sus habitantes. Todavía recuerdo, cuando pasaba por allí los primeros años de la época de los 90, contemplar con emoción en La Vegas, la parte más degradada del barrio, una pancarta con corazones rojos y el lema AMO SEVILLA de la candidatura andalucista de Alejandro Rojas- Marcos a la alcaldía. ¿Se puede amar a quien te ignora y se avergüenza de ti?

El Polígono Sur no sólo es Sevilla, sino que está lleno de ella. En ese barrio encerramos a los auténticos trianeros, a la gente de San Bernardo, a los habitantes de las casas de vecinos de esta ciudad, a los que con un perverso y superficial sentido de la caridad cristiana expulsamos de sus barrios y aislamos en lo que se convirtió luego en el espacio ideal para el desarrollo trágico de la floreciente industria de la droga, aquélla que se llevó por delante a gran cantidad de hijos de aquellas personas humildes, que habían tenido que dejar sus casas y sus barrios para que otros especularan con los suelos liberados y los convirtieran en parques temáticos de la “grasia sevillana” o en viviendas de lujo. Todo ello construido sobre la sangre y las venas rotas por la heroína de sus hijos.

Triana, San Bernardo, los corrales de vecinos, están en el Polígono Sur. El arte por el que la “ciudad de la grasia” es conocida, está en el Polígono Sur, inmejorable correlato de la decrepitud casposa y decadente de una ciudad que vive de lo que no es y quizás tampoco fue.

A pesar de todo, de nuestra ignorancia y nuestros prejuicios, este barrio irá levantándose poco a poco. Su aislamiento está dando lugar a nuevas formas de arte, a fusión entre tradición y modernidad. Está emergiendo una nueva cultura de las personas que esta ciudad inculta siempre despreció. Para así, cuando pasen los años, volver a tener elementos que sustraer y que la rueda de la injusticia vuelva a girar.

¡Ay, Sevilla, qué poco te quieres! Cómo refleja ese muro tu desprecio al futuro, tu mirada a tu propio ombligo. Tanto miedo te da derribar ese muro como afrontar tu triste realidad de decorado de cartón piedra. Derriba esa vergüenza, que es tuya y de nadie más.

VIERNES SANTO

LA ZUAA mediodía regresé al Polígono Sur junto a Miguel. Queríamos hacer fotos, conversar sobre el barrio y preparar la presentación de Tres mil viajes al sur. Miguel, joven periodista, es otra de las personas a las que tengo que agradecer mucho, en una lista que no acaba.

Paseamos junto al muro del tren, lo recorrimos desde el paso a nivel que permite acceder al Hospital Virgen del Rocío hasta la frontera de Carretera Su Eminencia. Cuántas fronteras, cuántas barreras tiene este barrio para mantenerlo prisionero. Durante el paseo, llegamos a la altura de una tienda de comestibles muy limpia que anunciaba diez vienas andaluzas por un euro, a diez céntimos la unidad, y bocadillos al mismo precio. Nos dieron ganas de entrar, pero ni era hora de bocata ni hubiéremos podido gastar la oferta aun dividiéndola.

El muro del tren, una de las vergüenzas de esta ciudad que no se sonroja por ello, es una auténtica obra de arte y un grito de los artistas graffiteros de este barrio. En particular, nos llamó la atención el dibujo de un muro derribado, muro dentro del muro, a través del que se podían ver los monumentos más reconocidos de la ciudad. No habrá símbolo mayor de lo que significa el aislamiento del barrio, de esa reclusión que tantos perjuicios ha causado, gracias a la que han encontrado una guarida excelente la mala gente que le da la fama. Nosotros también formamos parte de Sevilla, parecía gritar ese lienzo de hormigón, no nos escondas tras el muro.

El tren, ese vehículo desconocido para los sevillanos que no visiten la Estación de Santa Justa, es compañero habitual de los habitantes del Polígono Sur que viven a ese lado. Esperamos un rato a que pasara uno para fotografiarlo. Mientras tanto, dio tiempo para conversar en un excelente tiempo muerto, y de paso contemplamos a unos chiquillos jugando al fútbol en un terreno de albero. Uno, por cierto, que iba vestido de naranja, quién sabe si en homenaje al gran Johan Cruyff que acababa de morir, lanzó a la escuadra un tiro de rabona que hubiera firmado más de un tuercebotas.

LA ZUA (2)Continuamos nuestro paseo, atravesamos plazoletas de sur a norte del barrio. Vimos a un chiquillo correr sosteniendo  un gallo entre sus manos, a muchachas pasear a sus niños en los carritos como en cualquier otro punto de la ciudad, a personas sentadas dejando pasar un día como cualquier otro en su vida.

Regresamos luego al coche para buscar el camino a la Zúa, ubicada en el nuevo parque que se ha inaugurado en estos últimos años junto a la zona de Las Vegas, al que recientemente, y tras no pocas protestas, ha tenido acceso la gente del barrio, ya que una vez más, los habitantes veían dificultado su acceso a lo en tiempos fue lugar de esparcimiento y más tarde correlato de la tragedia de un barrio, y así mantener su aislamiento en perfecto estado de revista, un encierro entre barrotes invisibles al que han colaborado alcaldes de todo color, gobernando solos o en coalición con el resto de colores posibles, para que la vergüenza no sea ajena a nadie que se haya sentado alguna vez en un sillón de concejal de la lejana Plaza de San Francisco.

Hacía calor y a la entrada del Parque por el barrio de Pedro salvador, buscamos un bar para tomar una cerveza antes de comenzar a andar. Encontramos uno, que también era panadería. Fuera del muro la andaluza había subido a treinta y cinco céntimos la unidad.

Caminamos y alcanzamos aquel aparentemente placentero pero peligroso brazo de río convertido en un pequeño lago bordeado de cañas. Un lugar ante el que no puedes permanecer indiferente si has leído, y yo lo he hecho varias veces, el magnífico libro de Antonio Ortega Rubio titulado así: La Zúa. Léanlo, por favor.

En la Zúa perecieron ahogados, o rematados por la Guardia Civil si salvaban las aguas que ocultaban cañas traicioneras, presos que, en época de la dictadura, se fugaban de la construcción del canal de riego conocido popularmente así canal de los presos, por esta gente que se dejó las manos y el alma levantando terrones para que el agua del río llegase a las propiedades agrícolas de los vencedores. La Zúa fue también fue lugar de veraneo de pobres, puesto que hasta allí llegaban los vecinos de los suburbios de la zona a darse un baño en los meses más calurosos; y además,  se convirtió en el paraíso para los juegos de los primeros niños del Polígono, y el infierno para no pocos que perecieron atrapados entre las cañas de sus fondos. También fue lugar de pesca de albures para matar el hambre y, cuando el barrio se echó a perder por culpa de la droga, el sitio en el que pincharse, al que arrojar coches o motos robadas, animales muertos, convirtiéndose con el paso del tiempo en un vertedero que encerraba lo peor, en el trasero sur de la ciudad ensimismada.

Las aguas de la Zúa fueron reflejo de la degradación de un barrio y hoy aparecen ante los escasos visitantes del parque como un charco inofensivo. Me pregunté, contemplando al fondo la zona de Las Vegas, si habrían sacado, en palabras de Antonio Ortega, todos sus secretos del fondo de sus aguas a la hora de recuperar la zona.

De regreso, el tren volvió a atravesar la vía en dirección a Santa Justa y rompió el silencio de la tarde. Pasó por un pequeño viaducto antes de alcanzar el barrio amurallado. Por el parque no hay muro, tampoco personas. Tras esa extensión de césped inglés y vegetación artificial, contemplo al regresar un nuevo trozo de Sevilla hurtado a los habitantes del Polígono Sur. Pasión y muerte de este barrio en Viernes Santo, al que la ciudad no le permite alcanzar su resurrección.

NUESTRO MURO DE BERLÍN

MuroAyer por la mañana fui con mi amiga Constanza a pasear junto al muro del tren que aísla la zona occidental del Polígono Sur de otras zonas de la ciudad. Reconozco que ese muro me tiene algo obsesionado. Durante las últimas semanas he paseado muy temprano por allí, alguna vez solo y otras en compañía. Si hace unos días lo hice con mis amigas poetas Anabel y María Magdalena, ayer le tocó a la pintora. Tengo, tenemos todas, y ahí me incluyo, muchos deseos de realizar actos culturales en ese paseo para el próximo otoño, actos que también sirvan para denunciar y tomar conciencia de la existencia de ese muro de hormigón que me recuerda tanto al que había en Berlín. Sí, Sevilla tiene también su muro de Berlín, que impide a miles de familias formar parte de la ciudad con pleno derecho, y que contribuye a que una delincuencia minoritaria en número, se haga ama del barrio. Con nuestra complicidad, con esa indiferencia e ignorancia que permite que muchas personas decentes, la inmensa mayoría, viva presa en esa cárcel de muros invisibles.

Detuvimos el coche en la zona sur del muro y caminamos a través de la zona peatonal que recorre paralela a las vías del tren. En un día tan caluroso – por la tarde se sobrepasaron los 40˚C − apenas se escuchaba algo más que el rumor de las chicharras. Las sombras de los numerosos árboles conformaban una penumbra agradable, que por unos minutos nos hizo olvidar las temperaturas este durísimo mes de julio de 2015. Nos detuvimos en cada grafiti del muro, impresionantes y hablamos sobre la belleza del barrio, de la luz tenue de sus plazoletas; conversamos acerca de qué sería de ese paseo si no existiera el miedo.

Llegamos hasta el mercadillo que ocupaba parte del solar en el que se ubicará la nueva Facultad de Farmacia y regresamos por la avenida que discurre paralela al muro para cambiar algo la ruta. Constanza llevaba su cámara de fotos y no dejaba de disparar a todo aquello que suscitaba su curiosidad. Nos llamó la atención la enorme cantidad de antenas parabólicas que salían de las ventanas. Mucha tele para no pensar, para alienar, para atontar. La tele es el opio del pueblo. Siempre hay opio para el pueblo, aunque cambia su composición según sean los adelantos tecnológicos.

Una señora se nos acercó para preguntarnos por qué hacíamos fotos. Tenía la esperanza de que fuéramos técnicos del ayuntamiento con el cometido de detectar posibles mejoras en el barrio. Bendita inocencia, pensé. De señoras como ella está lleno el Polígono Sur, de gente que desea poder sentirse orgullosa de su barrio, que no tenga que dar explicaciones u ocultar que vive allí.

Continuamos hasta el final de la avenida y cruzamos para volver a subir al coche. Allí, junto a un contenedor de basuras nos encontramos al Neno, ¿o era el None? Sesenta y un años nos dijo que tenía. Llevaba varios tatuajes de los antiguos. Acababa de salir de la cárcel, seis días llevaba en libertad. Vivía con su madre, a la que según sus propias palabras le faltaban siete años para cumplir los cien, y su hermano. Cada uno con su paguita, y él con la que le van a dar después de haber pasado por prisión, a la que no quería volver más. Rebuscaba entre la basura para poder sacar algo que vender. También ayudaba en una tienda del barrio a cambio de una litrona de cerveza. Litrona, dormir; dormir, litrona. No robaba en el barrio, porque temía que le dieran un tiro; si acaso se iba lejos para poder robar donde no le conocieran. Vino muy joven con su familia de las casitas bajas del Polígono de San Pablo, y antes de quién sabe dónde. Sus padres, expulsados hace más de medio siglo de barrios que hoy muchos sevillanos desean habitar, barrios en los que convivían diferentes clases sociales, pero que un día se limpiaron de pobres para poder construir edificios para los aspirantes a ricos. Y a esos pobres, y a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, los quitaron de en medio, y los condenaron a vivir en lugares así para que no molestasen, con su orden de alejamiento correspondiente.

None, o Neno, nos contó por qué había estado preso, nos habló de su vida en la cárcel, de su vida en general. Hay vidas que nadie quisiera vivirlas, sobre todo quien las ha vivido. Qué triste y qué vergüenza para nuestra sociedad no encontrar respuestas para evitar que existan personas condenadas a vivir así.

Y allí lo dejamos, rebuscando entre lo que ya no quieren ni los pobres. Parias de la tierra, famélica legión a unos minutos de nuestra casa. Al fin llegamos al automóvil. Y los árboles continuaban dando sombra, y las chicharras cantaban. Y la ropa se desparramaba bajo los tendederos de las ventanas entre antenas parabólicas. Y a pesar de todo, había belleza.

28 de julio de 2015

BROTES VERDES

2015-05-21 09.15.15Aunque esta metáfora de la superación de la crisis se le atribuye a Elena Salgado, ministra de economía del gobierno zapaterista, que la utilizó en 2009 para anunciar el cambio  para abrir una nueva época de prosperidad de ciclo económico que nunca existió, parece que fue el ministro de hacienda británico Norman Lamont quien casi veinte años antes, fue el primero que tuvo la ocurrencia de utilizarla con la carga semántica política que hoy tiene.

Seis años después aquella ocurrencia, que rima con flatulencia, de Elena Salgado, nos parece resultado de una combinación de ignorancia y estupidez difícil de olvidar. Imagino y espero que algo parecido suceda con las soflamas de superación de la crisis que hoy profieren Mariano Rajoy, Luis de Guindos y demás compañeros nada mártires. Porque los únicos brotes verdes que encuentro hoy son estos que he fotografiado durante mi paseo matinal con mi perro.

Hoy los únicos brotes verdes que hay salen de las alcantarillas. Los puestos de trabajo que se crean son pocos y mal pagados, y los que los tienen hacen horas extra gratuitas si no quieren verse de patitas en la calle. Se crean puestos de trabajo que vencen después de las elecciones para quitar pegatinas de las señales de tráfico, en las que se ofrecen señoras muy españolas para cuidar enfermos, o jóvenes licenciados para dar clases particulares a niños que suspenden.

Los indicadores macroeconómicos son una cuenta de la vieja en la que el enriquecimiento de unos dividido por el empobrecimiento de otros sale positivo. Positivo para los que alimentan esos brotes que surgen entre el cieno de las alcantarillas. Cuatro años más y convertirán la sanidad en un negocio, la educación en un negocio, y los huesos de Cervantes, otra metáfora más de la política que nos aplasta, en otro negocio. España, esa España que dicen que aman tanto, se convertirá en una sociedad anónima que no cotizará en bolsa puesto que las acciones las tendrán aquellos que nunca las soltaron.

En unos días toca votar, y en unos meses otra vez, para decidir si este pueblo prefiere comer de las miguitas que unos dejan caer de sus bigotes, o se planta. Mucho me temo que haya gente que vaya a votar desde el váter de su casa. Porque, al fin y al cabo, desde allí sale el humus orgánico que alimenta a esos brotes verdes que salen desde la alcantarilla.