MEDICALIZAR LA DESIGUALDAD

Este fin de semana la doctora Martha Milena Silva Castro, farmacéutica y antropóloga, ha vuelto a utilizar el primer texto de mi novela Tres mil viajes al sur para enseñar a realizar investigación cualitativa a los alumnos del Máster de Atención Farmacéutica y Farmacoterapia de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Y al igual que en el curso pasado, aún más si cabe, el resultado ha sido sorprendente.

Josefa es el título de la primera parte, subtitulada como Veo un tren y se me cambia la cara. En ella se relata el camino de una mujer hacia su suicidio. Josefa vive en la marginalidad, dentro de un barrio mortalmente herido, víctima de la exclusión social, de una familia tan desestructurada como el suburbio en el que reside. La vida ha dejado de tener sentido para ella y decide acabar. Utilizando diferentes técnicas de investigación cualitativa, desde la entrevista en profundidad, el grupo focal y el de discusión, se discutió acerca de los recursos con los que contaba la protagonista, los que la sociedad ofrece, para evitar llegar al desenlace que se había propuesto.

Josefa, gracias a nuestro sistema público de salud, contaba con un variado arsenal de medicamentos para la enfermedad mental. Asistía periódicamente a visitas a su psiquiatra. Quizás, una, dos, hasta tres o cuatro veces al año. Lo que no podía hacer era salir del entorno en el que vivía, de un barrio estigmatizado, de unos hijos e hijas víctimas de drogas y de la prostitución, de un entorno salvaje y descarnado, estigmatizado, como el que representa su barrio. No uno ni dos, ni tres ni cuatro días al año estaba en aquel suburbio dejado de la mano de Dios y sobre todo, de los hombres, en aquella cárcel sin barrotes; trescientos sesenta y cinco. Trescientos sesenta y seis habrían sido si hubiera vivido este, porque hasta en el dolor puede haber propina, a modo de bonus track de la desgracia.

Asistimos en estos momentos la crisis sanitaria del coronavirus. El aislamiento es una de las medidas que se han tomado para evitar contagios. Algo muy lógico, que lo entendemos de cajón en el marco de las enfermedades infecciosas. Sin embargo, nada de eso se aplica, ni se piensa, en lo que se refiere a los trastornos del ánimo derivados de la exclusión social. Para Josefa, personaje de ficción, solo hubo profesionales de la salud y antidepresivos, medidas absolutamente ineficientes ante la tragedia social de la marginalidad.

Dicen que contamos con un sistema sanitario universal, pero este solo aporta profesionales, tecnologías y medicamentos. No es poca cosa para lo que hay en el resto del mundo, pero tampoco es mucho para unas personas que necesitan a veces cosas muy diferentes.

Josefa era víctima de la sociedad, de la injusticia. Los medicamentos y los psiquiatras en su caso, y en el de muchísimas personas reales, de carne y hueso y no de la pasta de celulosa de la que están hechos los libros, no suponían otra cosa que un encarnizamiento terapéutico ante la ausencia de verdaderos recursos para ella, porque su enfermedad tenía raíces sociales y no clínicas. Una enfermedad social que emerge con sintomatología clínica se parece mucho a eso de agarrar el rábano por las hojas (te dejas el rábano dentro).

Entre todos los asistentes a la sesión llegamos a la conclusión, sin necesidad de adoctrinamiento político alguno, de que un profesional de la salud debería ser primero defensor de la justicia social. Porque sin justicia social no será posible garantizar la salud de los más débiles. Sí, la justicia social debe ser previa a los recursos terapéuticos, y como no lo es, asistimos a un mundo cada vez más esquizofrénico que demuestra que las enfermedades nos e pueden dividir en contagiosas o no, porque todas lo son.

Sí, gozamos de un sistema sanitario universal y público, pero que lamentablemente no ofrece lo que las personas necesitan. Un mero brindis al sol, si nos conformamos con conservarlo, un mero espejismo. O un apasionante camino por recorrer juntos, un desafío por alcanzar, para beneficiarnos todos.

Sí, en este Máster tan original, tan humano, tan único en su profesorado y en sus objetivos, algo que merece una entrada aparte para explicarlo, tratamos de enseñar y aprender cómo disminuir la morbi- mortalidad asociada a medicamentos. Pero somos conscientes de que esto no es más que una mínima parte del camino a recorrer para garantizar la salud de las personas. Y si queremos de verdad garantizarla, la justicia social tiene que ser un reto innegociable.

LA ESPAÑA INSACIABLE

Está de moda hablar de la España vaciada. Nos damos cuenta de que Teruel existe, como Palencia, Soria o Badajoz, como Orense, Cuenca o Jaén. Sin embargo, nada se habla de esa España zampabollos, insaciable y voraz que también existe y ha existido siempre. Sí, pongamos que hablo de Madrid, de la Corte que todo lo fagocita, lo succiona. De la metrópoli que atrae las mejores cabezas y las más osadas del estado, a la par que convierte al resto del país en un páramo, deshabitado de personas o en estado de indigencia intelectual, según los casos, y a sus convecinos en una máquina de correr y competir huyendo del fracaso.

La España anoréxica también tiene que ver con la bulímica, y si queremos que España sea algo más que Madrid habrá que poner a la capital a régimen. Porque en caso contrario no quedará más remedio que convertir al estado en un Donut. Bajo en calorías, por favor.

LA RUTA DE LA FELICIDAD

Autobús urbano recorre su ruta durante la mañana del 1 de enero

Un estado es una estructura artificial y cambiante a lo largo de la Historia, creada por el ser humano para dar respuesta a su necesidad animal de vivir en manada. Un estado no es nada sin sus miembros. Es el bien de los miembros de la manada su finalidad y su sentido, no al revés, y si no es capaz de beneficiar a todos sus integrantes para que puedan ofrecer lo mejor de ellos mismos a la comunidad, solo puede haber dos soluciones, o mejorar su gestión o cambiar de estado.

Para dar lo mejor a los individuos que forman parte y le dan sentido, un estado debe garantizarles unos derechos y vigilar que se cumplan, y para ello ha de gozar de una estructura con capacidad de hacerlo y que esté en continua revisión por parte de los ciudadanos para prevenir, detectar y resolver sus fallos. Un estado es, en definitiva, el alma colectiva de sus miembros y siempre debe estar atenta a que sus elementos más frágiles encuentren el amparo del resto de la manada.

Estos pensamientos me vinieron a la mente a primera hora de la mañana del primer día de enero mientras hacía la foto que ilustra la entrada, la de un autobús público casi vacío recorriendo su ruta en medio de una ciudad desierta. No es despilfarro; es servicio al que menos puede. Al más débil de la cadena. Y no avanzaremos como sociedad hasta esto lo defendamos con uñas y dientes, como si nos fuera la vida en ello. Esta es la única ruta posible hacia la felicidad.

SÁLVESE QUIEN PUEDA

Ya, los costes económicos que nos produce el cambio climático son muy superiores a los que supondría paliarlo.

Desde hace ya muchos años, los costes, económicos también, del daño que producen los medicamentos, superan con mucho, con muchísimo diría yo, los de pagar su factura.

Desde el 2 de diciembre, los andaluces, con el indudable apoyo de las políticas que se han hecho durante décadas en su comunidad, han elegido democráticamente a los adalides de la desigualdad para gobernar en una de las regiones más pobres y desiguales de Europa, a los que en sus últimos años de gobierno han aumentado la brecha social en todo el país, haciendo pagar la crisis que provocaron los especuladores a las clases más desfavorecidas, las mismas que han hecho posible, por acción u omisión, tanto da, que el nuevo gobierno sea posible.

La pobreza no es solo ausencia de dinero. Esta más bien es su consecuencia y hay quienes han dado en la tecla para que juegue a su favor. Ya lo hizo el régimen anterior durante treinta y seis años y los que vienen al fin han aprendido a imitarles.

Y hay otros pobres que se creen que no lo son, que también están ahora henchidos de democracia y de alegría, a pesar de que esos a quienes les han entregado sus votos fueran quienes diseñaron las políticas que los pusieron de patitas en la calle de sus empresas, para dejarlos suspirando por llegar a la edad de jubilación, vendiendo seguros o lo que se pueda.

El planeta necesita cambios, urgentes y drásticos, y los seres humanos elegimos para nuestros gobiernos a quienes pretenden seguir exprimiéndolo. Quizás los votantes tengan razón, puede ser que solo ellos traigan cambios de forma drástica y urgente, tienen mucha experiencia en eso. Sálvese quien pueda. O quien quiera. Feliz 2019.

NI EN SUEÑOS

Hoy domingo trabaja Laura. ¿Quién es ella, se preguntarán? Laura es una de las empleadas del supermercado en el que suelo hacer las compras, el más cercano a casa. Hoy domingo trabaja, como he dicho, como si no tuviera bastante con el resto de la semana, y no ha sido el primero ni el último de este tiempo navideño tan cruel con algunas trabajadoras. Hace meses me contó, porque solemos hablar de vez en cuando, desde la época, demasiado corta para mí, por cierto, en la que fui esencialmente un amo de casa. Me contó, digo, porque con tanta subrogada se me van a perder, que estos días extras quizás se lo pagasen como horas extras, o puede que le dieran más vacaciones, aunque ella sabía, lo admitió después, que casi seguro que, como otras veces, no habría ni lo uno ni lo otro. En fin, Manué, que con el paro que hay tampoco puede una protestar, acabó por confesar. Cuando yo era un niño no existían supermercados. Mi madre solía comprar en la plaza y en la lechería de Manolo. Manolo, los placeros, regentaban pequeños establecimientos en los que las familias trabajaban para sacar adelante sus pequeños negocios, a pesar de que muchas veces pasaban el quinario para cobrar las cuentas de gente que apuntaba y tardaba más de lo deseado en pagar. Laura, en cambio, trabaja para unos dueños que no conoce, tiene su enjuta nómina y jamás fía como Manolo, porque los ordenadores de las grandes empresas no lo permiten, son tan poco de fiar como sus propietarios a la hora de pagar extras.

Enrique también ha trabajado hoy. Enrique regenta una panadería y, como todas las noches, despacha el pan que hace cada madrugada y lo sirve desde las tres y media de la mañana. El pan precocido es anatema para él, no así las bolsas de plástico indegradables en las que sirve el género recién hecho, ni tampoco los tiques de compra que jamás entrega, salvo, claro está, petición expresa de las empleadas del hogar que compran para la señora de la casa. Entonces sí, entonces rasga un trozo de hoja de un famélico cuaderno de anillas, desgastado de tantas cuentas hechas de cabeza y tantos tiques, y escribe a bolígrafo lo que ha cobrado, no ya sin membrete ni IVA desglosado, sino sin tan siquiera la descripción de la compra. ¿Qué trabajo le costaría cumplir a Enrique la legislación sobre las bolsas o los tiques de compra?

Al igual que aquellas tiendas de proximidad que acabaron casi desapareciendo, hoy los taxis se despeñan a toda velocidad en esa dirección. Pequeñas empresas familiares que desaparecerán y darán paso, con la inestimable colaboración de la obcecación de los taxistas, a empresas deslocalizadas en las que los conductores serán la visión encorbatada de los ciclistas repartidores de Glovo o los suicidas motoristas de Telepizza, que trabajarán lo que les echen sin más seguridad que las que les de el cinturón de su automóvil.

La brecha de la desigualdad continúa ensanchándose. A unos les falta visión; a todos, sentido de colectividad. Nada parece importarnos. Los problemas son de los otros mientras no nos toquen, sin querer darnos cuentas de que no estamos fuera de peligro, tan solo en la cola del desguace.

Y después de entregarles nuestro trabajo, les entregamos nuestro voto. Dejamos de tener voz para tener vox. ¿Cómo no se van a sentir demócratas? ¿Cómo no van a ser patriotas? Más que nadie. Ni los depredadores más optimistas hubieran soñado un escenario como este.

CARNE FRESCA PARA LOS ZOMBIS

Días después de la selecciones en Andalucía, aún me encuentro estupefacto con los resultados,tratando de comprender por qué y cómo hemos llegado hasta aquí. La irrupción de una extrema derecha violenta (expulsar, muros, memoria histórica, religión…) me ha sobrecogido.

Siempre me he considerado un hombre de izquierdas, mi voto ha oscilado entre partidos nacionalistas andaluces y diversos colectivos progresistas. Por una parte, porque estoy convencido de que hay un modo de nacionalismo deseable, que dista mucho de ser de corte supremacista o excluyente, que lo entiendo como respuesta a la forma tan despiadada de globalización que se ha desarrollado, que no ha resultado ser más que una mera oportunidad para ampliar mercados para, una vez rotas las reglasen nombre de un concepto de libertad a la medida de los que más tienen,esquilmar a quien venga. Una globalización la de ahora que abomino, y que explica las migraciones y las guerras, los nacionalismos xenófobos y el resurgir del totalitarismo, de los patriotas de lo suyo. Defiendo un nacionalismo que preserva la cultura de los pueblos frente al monocultivo cultural de la hamburguesa doble con queso, que realza el valor de la propia para contribuir a la diversidad del mundo. Porque la riqueza es el mestizaje, el respeto a la diversidad y nunca la imposición de un modelo para todos. Por eso soy nacionalista para mi cultura y por eso la quiero como algo que se ofrece a las demás y que también recibe las influencias de otras, para su progreso y el de la humanidad.

Por otra parte, me he considerado de izquierdas porque un día bebí de pensamientos e influencias cristianas, por las que interpreté que todos éramos hermanos y teníamos derecho a desarrollarnos como personas; a tener las mismas oportunidades, a que nadie es menos ni más que nadie. Unas influencias que hace tiempo que abandoné pero de las que también se han alejado no pocos de los que continúan considerándose cristianos, esa facción que pretende hacernos comulgar con ruedas de molino a quienes pensamos diferente, que se siente perseguida ante la pérdida de poder político.

Me reconozco cándido, qué puedo decir después de haber escrito lo anterior. Y a pesar de eso, o precisamente por eso, trataba de entender a esos cientos de miles de votantes que habían elegido dar su voto a Vox, que la dirige un señor que va armado, que no sonríe ni en la victoria, con un programa marcadamente xenófobo, machista, violento,que nos lleva a tiempos pasados, a una nueva reconquista, en palabras de uno de sus líderes.

Trataba de entender,decía, a los votantes. No me han importado mucho las reflexiones de articulistas acerca del fenómeno, aunque me duelan las de algunos amigos que defienden que lo que viene no es fascismo porque sus votantes no son fascistas.Menuda reflexión, como si a Hitler lo hubieran aupado los nazis al poder, o a Mussolini gente que se considerase nazi o fascista. Hay veces que pienso si sirve para algo haber leído mucho, haber escrito. Evidentemente para algunos no es sino un oficio, una forma como otra cualquiera de ganarse la vida en lugar de una oportunidad para comprender el mundo. De qué poco les ha servido a algunos tanta lectura. Quien vota a un partido que anuncia de forma explícita lo que pretende hacer no es inocente de lo que pueda suceder, y más si lo que llegue a suceder no sea más que volver a repetir la historia.

Tampoco me ha sorprendido cómo el Partido Popular, que tanto le chorreaba la baba al defender su amada Constitución española, rápidamente se echa en brazos de los que abominan de ella. Constitucionalistas accidentales, de pose, no tienen empacho alguno en abrir el camino a lo que sucedió en Alemania en los años 30 del siglo pasado.Tampoco este partido será inocente, ni sus votantes ni voceros, esos que claman ahora diciendo que Vox no es extrema derecha.

 Como decía, trataba de comprender como en una de las regiones más pobres de Europa cientos de miles de votos habían ido a parar a manos de quienes solo van a luchar por defender los privilegios perdidos, si es que han perdido alguno en estos cuarenta años, porque cuando se es totalitario no es posible conformarse con algo que no sea el total.

Intentaba descifrar quién podría haber votado a la extrema derecha más allá de su caladero predecible devotos. Y en esas estaba cuando me encontré a Antonio.

Antonio es de una edad similar a la mía, mediada la cincuentena. Lo conozco desde que comencé a trabajar. Él es vigilante de una empresa de alimentación cercana, en la que ejerce no solo de guarda, sino que también ha de mantener limpio el establecimiento, retirar basuras, hacer recados,buscar cambio para sus jefes, etc. Trabaja en eso desde que lo conozco, heredó el puesto de su padre y lo compartió con su hermano, ya fallecido por enfermedad cardíaca, durante años.

A Antonio le gusta el fútbol, se lleva bien con todo el mundo, con emigrantes que comercian de forma legal en tenderetes, con el chino que le arregla el móvil que se le estropea, con las empleadas del hogar latinoamericanas que acuden a hacer las compras que les ordenan las señoras… La crisis le redujo la jornada laboral y el sueldo, pero al menos no lo dejó en la calle como a otros del barrio obrero en el que vive,como a parte de su familia. Antonio es uno de los nuevos votantes de Vox, según me contó sin tapujo alguno. Sus argumentos, que ya estaba bien, que ya estaba harto de tanto ladrón, que había que cambiar.

Luego hablé con María,una chica de casi cuarenta años que trabaja como empleada del hogar, una extraordinaria trabajadora, una mujer dedicada a sus hijos, a su familia, que se crió con sus tíos porque sus padres eran incapaces de darle a su prole un mínimo de educación. Así salieron muchos de sus hermanos, relacionados con ámbitos muy oscuros de nuestra sociedad. Los tíos de María la recogieron casi recién nacida al regresar de Australia, en donde se habían exiliado tras sucesivas detenciones en la dictadura debido a la militancia sindicalista, esto es, por defender los derechos de los trabajadores bajo una dictadura. María no votó a Vox, simplemente se le olvidó votar, aunque no incumplió la promesa que le había hecho a su hijo de llevarlo esa tarde a comerse unas tortas con nata en un centro comercial, antes de ir a conocer la nueva iluminación navideña del centro. Se me olvidó, se me olvidó, fue la respuesta a mi pregunta.

Antonio y María han vivido cuarenta años de democracia que han sido un modelo de fracaso en la educación, en la que se han confundido acumular conocimientos con formar para la libertad de pensamiento. Eso nos ha tocado a todos, porque el problema de Antonio y María es similar, el mismo diría yo, al de esos escritores que defienden que no hay fascismo y que pretenden ser intelectuales sin intelecto. Mientras unos han vivido aislados en sus barrios obreros a las buenas de dios,otros han sufrido otro tipo de aislacionismo, el de vivir en un mundo de Yupi anestesiados por ese estado del bienestar que no llegaba a todos. Y el resultado es parecido,una falta de comprensión de la realidad que vivimos.

Antonio por acción, y María por omisión, también son responsables de haber resucitado a los zombis. La única diferencia es que ellos serán de los primeros en ser devorados, porque de ellos solo les interesa el voto o la abstención, sin duda son los más frágiles de la cadena y, ya se sabe, las fieras devoran primero a los animales debilitados.

La pregunta que me hago es por qué la izquierda, ese movimiento que dice defender a los desheredados de la sociedad, no ha llegado hasta ellos, hasta gente como Antonio o como María. Cuando escuché a Antonio decir que había votado a Vox, no pude sino recordar a Pablo Iglesias durante la noche electoral, diciendo algo tan digno de no sé qué de salud o de fraternidad. Antonio no entendería nada de aquello, al igual que para María, la Internacional debe de ser alguna jugadora de la selección de fútbol femenino.

La nueva izquierda tiene poca, muy poca calle. También vive en su propio mundo de Yupi de consignas y de reflexivas reuniones en horarios solo aptos para funcionarios y profesores universitarios, mientras sus posibles votantes  tratan de sobrevivir como pueden en la ciudad sin ley que son los suburbios; o anestesiados por la televisión, por telenovelas, por María del Monte o Juan Imedio, de tarde en tarde. Canal Sur no se debe cerrar porque los medios de comunicación públicos son el único ámbito ajeno a intereses particulares en información, pero la televisión pública de Andalucía ha hecho mucho daño con ciertos programas, y lo sigue haciendo, a la dignidad de los andaluces. En especial a la de las andaluzas. Ha confundido cultura popular con chabacanería y lo que podría ser un motor de culturización se ha convertido en un abrevadero para alimentar de bazofia y debilitar aún más a los últimos de esta sociedad.

Hemos abandonado a su suerte a quienes no entienden de consignas, porque en cuarenta años no hemos sabido o querido, y hemos tenido la oportunidad para ello, que recorran el camino a la libertad que es la educación. Hemos creado guetos expulsando a los más pobres y a los más débiles de sus barrios tradicionales. Lo seguimos haciendo apostando por la economía de pisos turísticos, a favor de los que más tienen, en contra de los que han de marcharse. Continuamos abriendo centros comerciales, e inaugurándolos nuestros próceres además, espacios ajenos a nuestra cultura de barrio que destruyen multitud de empresas familiares que constituyen la verdadera riqueza económica de pueblos y ciudades; lo mismo que hacemos con el taxi, para favorecer a grandes empresas multinacionales de empleo precario y coches y corbatas inmaculadas, como ya hicimos antes con la desaparición de las empresas de comestibles para crear supermercados donde explotar a sus empleadas, porque son mujeres por lo general las explotadas.

Si Vox está aquí también es porque nos cargamos a los pequeños autónomos para crear puestos de trabajo precarios y mal pagados, por parte de empresas que pagan sus impuestos fuera o explotan a trabajadores del tercer mundo que luego tienen que huir de sus países para llenar pateras y superpoblar nuestros extrarradios, esos espacios que la izquierda no entiende y que son el nuevo caladero de votos para fascistas y probablemente el del terrorismo que venga, allí donde vive gente como Antonio o como María, el lugar que jamás pisará un intelectual salvo para hacer un dibujo que le reafirme de sus convicciones.

Hablábamos de desenterrar a Franco y sin llegar a levantar su tumba han surgido de la tierra removida los zombis que arrasaron Europa de sur a norte. No han tenido ni que cambiar de carnaza. Basta una generación para que volvamos a picar en el cebo envenenado.Hay muchas responsabilidades en esto. Yo he preferido sacar las mías.

PEROGRULLO

Un estado es una organización creada por el ser humano para organizar a los individuos de su especie, a fin de conseguir juntos lo que no podrían conseguir por separado, es decir, orientada al bien común. Por tanto, el principal cometido del estado será fomentar el desarrollo de los individuos que lo conforman y, por tanto, defender, proteger y estimular también el de los más débiles.

Entre los más débiles están los enfermos y las víctimas de las estructuras sociales injustas, de ahí que la protección a los enfermos y la revisión crítica del modelo de sociedad para corregir sus defectos y reparar a sus víctimas deban ser tareas primordiales del estado. Ningún ser humano que no esté enfermo tiene por qué tener menos capacidades ni derechos que otro. El homenaje a las víctimas del pasado, su recuerdo, deberán permanecer siempre para no volver a repetir errores.

La estructura del estado conlleva unos órganos de gobierno que, para garantizar la revisión crítica de su desempeño, debe contrapesarse con otras estructuras representativas que vigilen su desempeño y un sistema para hacer justicia en el caso de confrontación que garantice también la seguridad de sus integrantes. Los órganos de gobierno se elegirán entre todos y se revisarán de forma periódica. Por tanto, todo poder debe ser elegido, ninguno se ostentará por otro derecho  que no sea el de libre elección. Para que los ciudadanos puedan ejercer su libertad han de acceder a un modelo educativo orientado a ello, que garantice su libertad de pensamiento y crítica.

Los estados pueden ser grandes o pequeños pero no de cualquier tamaño. La identidad cultural correspondería a la estructura mínima de un estado, en el que pueden caber otras identidades culturales siempre y cuando se vele siempre por la protección de los más débiles y por el desarrollo de las potencialidades de todos los individuos, sin privilegios para nadie. En cuanto un estado lo conformen diversas identidades culturales, estas deberían tener siempre el derecho a formar parte o no de un estado mayor si se consideran perjudicadas.

Nadie es menos que nadie si tiene las mismas oportunidades. Por tanto, si hay lugares más pobres que otros, o personas de alguna raza, etnia o identidad cultural con menor desarrollo, es porque algo se está haciendo mal. Tampoco el bienestar de un estado se puede alcanzar en detrimento de otros.

Si has leído hasta aquí y te descojonas, háztelo mirar. Siempre podrás irte a cortar lazos amarillos (o del color que te guste). Para empezar, podrías entretenerte en cortarle las uñas de los pies al ciudadano que duerme bajo ese cartón.

 

EL SEPULCRO ESTÁ VACÍO

Europa estima que España crecerá a buen ritmo este año, un 2,9%, por encima de la media en la zona euro. Sin embargo, se desviará cuatro décimas por encima del déficit estimado debido a la subida de las pensiones, del salario de sus funcionarios y del rescate de las autopistas madrileñas.

Se eleva de forma importante el precio de los alquileres de viviendas, también su precio de venta en zonas de interés para el turismo. Desaparece la población autóctona de los centros históricos de las ciudades, que pasan a ocuparse por habitantes más perecederos que un yogurt sin conservantes. El derecho a la vivienda en España lo garantiza las empresas de embalajes.

Continúan las banderas en los balcones.

Esta mañana, el sepulcro está vacío.

Hasta luego.

LA ESPERANZA VA EN AUTOBÚS

En cualquier barrio marginal, la esperanza va en el autobús. Si les quitas el autobús estás hundiendo a los que luchan por cambiar el futuro. Y no te engañes, ellos luchan solos. Luchan contra los delincuentes que aprovecharon la marginalidad creada para hacerse fuertes. Luchan contra los que nos acercamos a ayudar contaminados de prejuicios y paternalismo. Y luchan contra vosotros, nuestros representantes, que enterráis dinero sin sentido, para justificar la marginalidad de quienes viven allí, porque os limitáis a dar limosnas sin abordar las verdaderas causas de la marginalidad.

La marginalidad se rompe favoreciendo el encuentro, y se comienza derribando barreras. No les pongas aceras nuevas, derriba el muro del tren. No construyas fastuosos edificios culturales, lleva organismos públicos a la zona. Construye la Comisaría que prometió…Franco. Sí, sí, de los años setenta del siglo pasado está prevista, y la ha derribado sin poner un solo ladrillo el Ministro del Interior, antiguo alcalde de la ciudad, y, como a vosotros, no se le cae la cara de vergüenza. Lleva edificios públicos al barrio.

Derriba barreras, construye puentes.

No quites el autobús. Si lo quitas destrozas el futuro de los héroes, de los valientes que se suben a él cada día. La esperanza va en autobús. Si no eres capaz, si no tienes valor de derribar muros, de eliminar barreras que encarcelan y hacinan a más de cincuenta mil personas, si no tienes arrestos para romper el aislamiento, para acabar con los vertederos morales del liberalismo, al menos ten la decencia de no acabar con la esperanza de quienes cada día suben al autobús. No seas Espada de Damócles. Quizás esto no te dé votos, pero te dará dignidad, la que muchos de vosotros hace tiempo que habéis perdido.

ALEGRÍA EN EL TEATRO ENCANTADO

Queremos una piscina para las Tres Mil, y también parques infantiles. Y una piscina, y un cine, y que barran todos los días, y que…

El martes 27 de junio tuve la oportunidad de asistir al estreno de la obra teatral “El colegio encantado”, protagonizado por niñas y niños de las Tres Mil Viviendas, segundo barrio más pobre de España según estadísticas recientes, y sin duda líder a la hora de prejuicios y estigmas, esos tatuajes sociales con los que etiquetamos a quienes no tenemos el gusto de conocer.

Los alumnos de teatro de la Fundación Alalá incluidos en el taller “Pequeños Autores”, fueron los protagonistas de una obra que atrapó a un público entusiasmado. La Fundación Alalá, alegría en lengua caló, defiende la integración social a través del arte y la cultura y la alegría, y bien que puede presumir de hacerlo.

La pieza teatral, una reflexión sobre los valores personales que deben ilustrar al artista, y por ende, a cualquier ser humano, nos ofreció a los espectadores el arte de esos jóvenes como actores y actrices, músicos e intérpretes, con el flamenco y el rap y su fusión, como elementos predominantes en los cantes.

Tenía mucho interés en asistir, cambié mi turno de trabajo por estar, y más después de la invitación que me hizo la madre de una de las artistas, María del Carmen Fernández Pisa, una auténtica heroína de la vida, a quien admiro mucho y desde hace mucho tiempo por sus tremendos valores personales. Llevo más de once años de voluntario en el barrio y sé que aquella es tierra de heroínas, mucho más que de heroína, como algunos malpensados puedan sospechar.

Contemplando el espectáculo, viendo a esos jóvenes actuar, la cabeza me comenzó a dar vueltas, y reflexioné sobre la marginalidad. Probablemente no haya situación más injusta hacia los tuyos, hacia tus propios convecinos, que expulsarlos de sus barrios tradicionales para confinarlos en guetos, creados expresamente para que no molesten, como se hizo a partir de 1960 con los habitantes de Triana, San Bernardo y otras zonas de la ciudad. Ese aislamiento, esa cirugía inhumana con la que se intervino sobre la ciudad de Sevilla, y sobre muchas otras, todo hay que decirlo, trajo muchos, por no decir todos, los males que hoy continúan asolando las periferias.

Sin embargo, esta dolorosa e injusta ignorancia hacia el pueblo más humilde, allí donde se crea y se concibe el arte y la cultura de un pueblo, ha traído, entre el dolor y la injusticia, nuevas formas emergentes de arte, creaciones originales y novedosas formas culturales que esa forma de ignorancia pedante que es la cultura establecida, ignora. Y hoy, entre el desprecio de la ciudad de la caspa, ajena a toda consideración hacia las personas que conforman el cinturón de la urbe, surgen formas de expresión que sin duda conformarán el futuro, como en su día lo fueron el mismo flamenco, el tango, el jazz, el blues o el rap, que nacieron entre el desdén y la indiferencia de los que se sentían el ombligo identitario de la metrópoli.

Qué injusto y qué doloroso es el camino de la creación. Qué rabia da contemplar la marginalidad y las tragedias de muchas personas, y aún más escuchar los prejuicios que vomitan quienes tengo muy cerca. Qué maravilla el arte que surge. Qué tragedia el precio que han pagado y deben pagar muchas personas para que el arte perviva.

Mi respeto, mi reverencia, a las buenas gentes de las Tres Mil, héroes que no solo merecen la piscina, el cine, los parques infantiles y que barran sus calles todos los días, porque son ellos y no nosotros los que soportan el mayor tesoro para la supervivencia de un pueblo: su cultura.

Sí, la cabeza me dio muchas vueltas. Y salí del teatro encantado, encantado.

Las fotos se han tomado de la página http://www.fundacion-alala.org