TRES MIL VIAJES AL SUR. ¿CÓMO SE CONSTRUYÓ?

PRESENTAMOS_CARTELTres mil viajes al sur surgió como idea la noche en la que se presentó El guacamayo rojo y tuvo título días después, en la habitación de un hotel de Lima donde me hospedaba. Para darle la estructura que tiene, me inspiré en Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, de ahí que a una de las protagonistas la bautizara con el nombre de Alberta, en homenaje al malogrado escritor. Para elaborar la historia realicé una intensa tarea de documentación, algo que es habitual en las obras que he publicado, y sin duda deudora de mi pasado como investigador en ciencias de la salud. Aquel viernes de julio y El guacamayo rojo también se inspiraron en la lectura de referencias bibliográficas y en la entrevista a muchas personas testigos de las épocas en las que se enmarcaban las historias.

Lo primero que hice fue visitar al profesor de la Universidad Pablo de Olavide Francisco José Torres Gutiérrez, que había escrito un libro titulado Segregación urbana y exclusión social en el Polígono Sur, inspirado en sus investigaciones de doctorado. Tuvo la generosidad de regalármelo, lectura imprescindible para entender los procesos sociales y demográficos que explican la situación actual.

Después entrevisté a muchas personas que viven en el Polígono Sur, a las que he conocido en estos diez años largos que llevo ejerciendo como voluntario en el barrio. Escuché muchas historias―tengo unas grabaciones que son joyas―, y también me inspiré en las de otras personas, algunas de ellas ya fallecidas, que durante este tiempo me hablaron de tantas cosas. Al final del libro hay una lista de agradecimientos hacia quienes han sido fuente de inspiración para conformar la obra. Espero que no se me haya olvidado nadie.

Quiero tener un recuerdo muy especial para Mohamdi Freesahara, a quien conocí por medio de la poeta y amiga María Magdalena Blanco Odriozola. Gracias a los dos pude contactar con mujeres que han venido de tierras muy lejanas en un viaje durísimo, muchas de las cuales han tenido que soportar no pocas vejaciones para llegar a Europa, y que todavía lo siguen pasando mal. Con Mohamdi recorrí barrios, semáforos y tiendas para buscar interlocutores que quisieran contarme su travesía. Encontrar a personas como Mohamdi en tu vida, aprender de la madurez de este joven tan comprometido, es una de las mayores fortunas que este libro me puede dar.

Tras la finalización de Tres mil viajes al sur, hemos elaborado un video, que se presentará el 22 de abril, con la ayuda indispensable de mi gran amiga Lourdes Ramírez Mota, y de Benito Herrera. En él han participado muchas mujeres del Polígono Sur y hemos recorrido el barrio de punta a cabo para filmarlo. Me siento muy agradecido por la generosidad de las mujeres, y no menos orgulloso de haber enamorado a Lourdes del barrio. Ojalá muchos más habitantes del otro lado quieran hacer el camino que ha realizado mi amiga, el tres mil un viaje al sur.

Un último párrafo para quienes lean esta entrada al blog y puedan ofrecer trabajo a muchas de estas personas: conocer a esta gente y darles la oportunidad de labrarse un futuro será algo de lo que no te podrás arrepentir. Muchas veces, los mejores son invisibles para la mayoría. Te puedo ayudar a encontrarlos.

TRES MIL VIAJES AL SUR. ¿Y TÚ, QUÉ HARÍAS?

2015-06-07 13.30.14Tres mil viajes al sur cuenta cuatro historias de mujeres en su viaje hacia la marginalidad, dentro de los procesos sociales que se dieron en grandes ciudades españolas  en los años 50-70 del siglo pasado, como consecuencia de la despoblación de las zonas rurales y del desahucio sufrido por muchas familias de barrios humildes. Todas fueron confinadas a la periferia, a barrios de autoconstrucción y a los terribles polígonos. Muchos de los que hoy ocupamos barrios residenciales lo hacemos en edificios construidos sobre solares y territorios en los que se dieron estos procesos y, por tanto, somos cómplices en mayor o menor medida de ellos.

En este marco, Tres mil viajes al sur pretende reflexionar sobre las vidas de estas personas y de sus descendientes, deportados al extrarradio y que fueron carne de cañón en los años 80 del siglo pasado para el consumo de drogas y sus consecuencias delictivas, que profundizaron aún más en la brecha social y estigmatización de los habitantes de estos guetos.

Por estos motivos, la gran mayoría de los personajes que son ajenos al barrio donde se desarrolla Tres mil viajes al sur no tienen nombre. No lo tienen la ciudad ni el barrio, ni tampoco los que viven fuera, salvo alguna excepción intencional. Porque lo que sí que es intencional es promover la reflexión ética en los lectores, ayudar a que los que lean sus páginas se pregunten qué harían si ellos fueran algunos de los personajes sin nombre que aparecen a lo largo de las cuatro historias.

¿Qué haría, amigo lector, si usted fuera cooperante de una ONG en ese barrio, si fuera el director de un instituto que debe aceptar o rechazar alguna solicitud, si vive protegido al otro lado del muro que lo separa de ese barrio que rechaza?

Tres mil viajes al sur carece de respuestas a las preguntas formuladas, y pretende huir de cualquier forma de maniqueísmo. No tiene pretensión de adoctrinar, sino de hacer pensar, de que el lector forme parte de la reflexión y que ayude a encontrar las respuestas que buscamos. Por ello, el verdadero final de la historia no está escrito; está fuera de las pastas del libro, y entre todos habremos de culminarlo algún día. En la vida real.

NOSOTRAS

NosotrasDisfruto los días previos a la presentación de Tres mil viajes al sur de la lectura del libro Nosotras. Historias de mujeres del Polígono Sur, gracias a Pilar Vizárraga, presidenta de la Asociación de mujeres gitanas Akherdi, que me lo prestó el día en que nos conocimos. Un libro ya descatalogado, que coordinó el antropólogo Paco Cordero, y que es una joya.

Resulta conmovedora su lectura y frustrante a la vez. En un país acostumbrado a enterrar la memoria de los perdedores, como si éstos no constituyeran parte de esa patria que esos sepultureros dicen defender, conocer la lucha por la vida de las mujeres que llegaron al Polígono Sur, gitanas y payas, me concita ambos sentimientos. Cuánta pobreza,cuánta hambre, cuánto sufrimiento.

Y allí están, allí siguen, tras los muros. Encerradas entre el muro del tren y las vallas de Su Eminencia, entre el muro de Hytasa y las grandes avenidas que las aislan. Cuánto me gustaría que todos aquéllos a los que se les llena la boca con la palabra España cogieran un pico y una pala para derrumbar estas murallas. Mucho me temo que no lo van a hacer. Unas monedas de vez en cuando, o un festival benéfico en el que actúen de monos de circo, será suficiente para limpiar sus conciencias. Cuando éstas son cortitas, con cualquier limosna se quedan como patenas. Y que sigan los muros, para que continúe la fiesta.

TRES MIL VIAJES AL SUR. ¿DE QUÉ VA ESTA NOVELA?

PANO_20160330_162719 (1)Tres mil viajes al sur consta de cuatro relatos interdependientes. Aunque cada uno de ellos tiene entidad propia, es en el conjunto donde se completa todo. Que existan cuatro historias diferentes me ha permitido elegir diferentes narradores para cada una de ellas, y diferentes voces narrativas también. La interdependencia se justifica en que son relatos de un mismo barrio marginal, y como en cualquier barrio, marginal o no, las personas suelen conocerse, algunos sólo de vista y otros con más profundidad. Por eso he elegido esa estructura para contar la historia.

Tres mil viajes al sur cuenta la vida de mujeres que viven en los suburbios de una gran ciudad. Aunque no se nombra ni al barrio ni a la ciudad, con las intenciones explícitas de no estigmatizar aún más a los lugares en los que se desarrolla y de globalizar estas circunstancias a muchos otros barrios y ciudades de la denominada civilización (sic) occidental, quedan muy claros los espacios en los que se desarrolla, y mucho más si se trata de textos de mi autoría, en los que los espacios son también protagonistas de la historia: Sevilla en Aquel viernes de julio; São Paulo en El guacamayo rojo.

Como imagino que me volverá a repetir Carmen, una de mis grandes lectoras, en Tres mil viajes al sur continúo con mi idea obsesiva sobre los viajes. Si en Aquel viernes de julio el viaje se realizaba en 1936 a través de los barrios en guerra de la ciudad de Sevilla, y en El guacamayo rojo por la historia de la ciudad de São Paulo a través de la emigración andaluza a Brasil, en las cuatro historias de Tres mil viajes al sur, a pesar de que cada una de ellas el tiempo de la historia se desarrolla en una sola jornada, el tiempo del relato se fundamenta en la analepsis, en el recuerdo del viaje de  cada una de las personas tuvo que hacer y que las llevó a vivir  a la periferia, lejos de su lugar de origen.

Tres mil viajes al sur conjuga diferentes historias de mujeres a las que la situación social y política las ha abocado a ser expulsadas de los lugares en los que nacieron y que persisten, como en cualquier emigración, en sus recuerdos. La idea de la novela surgió con fuerza durante la presentación de El guacamayo rojo. Al día siguiente participaba en un Congreso científico en el Polígono Sur de Sevilla, que recientemente ha tenido el dudoso honor de ostentar la medalla de plata en el escalafón de los barrios más pobres de España, y caí en la cuenta de que había emigraciones tan duras como la que relataba en la novela, y que eran las que se daban dentro de la misma ciudad. Así nació la idea, y días después, en un hotel de Lima, a donde había llegado para impartir unas conferencias, surgió el título.

Para escribir la novela, he entrevistado a muchas personas, a profesores que han estudiado el fenómeno de la marginalidad, a personas que viven en zonas de exclusión social, a vendedores ambulantes de pañuelos de papel en los semáforos, a mujeres víctimas de abusos en los viajes de emigración…. Sus historias  me han conmovido, me han indignado y también me han hecho reír, porque la alegría no se ha perdido en muchas de las personas que menos tienen (dinero).

Tres mil viajes al sur trata de la vida real de gentes que viven cerca de nosotros, aquí y ahora. Seres humanos a los que tenemos arrumbados lejos de nuestra vista, ignorados por nosotros y prisioneros de algunos delincuentes, que encuentran en barrios así el lugar ideal para hacer lo que les plazca sin que nadie les moleste. Tres mil viajes al sur es un grito, una llamada de atención a una sociedad que no tiene mucho margen ya para seguir con este ritmo de vida que produce tanta infelicidad. Y también es una invocación a la esperanza, a que está en nuestra mano derribar muros, enterrar miedos y comenzar a crear un mundo diferente. Sí, se puede; claro que se puede.

MUROS

PANO_20160330_162719 (1)Este pintura es un grito y una vergüenza. Está en el muro de hormigón que separa Bami del Polígono Sur, tras el que circula el tren cuyas vías no se han querido soterrar. Ni en su día, antes de 1992, cuando la ciudad eliminó sus barreras ferroviarias, ni después, los diferentes gobiernos han creído oportuno eliminar esta barrera. Es más, durante este tiempo vallaron el el nuevo parque en torno a La Zúa, la zona de esparcimiento de los habitantes del Polígono Sur durante años, y sólo en estos meses las múltiples presiones de sus habitantes han permitido que puedan acceder a un lugar que fue testigo de las primeras alegrías y de la degradación del barrio por la droga.

La pintura representa la destrucción del muro y su apertura a la ciudad que aman y de la que forman parte sus habitantes. Todavía recuerdo, cuando pasaba por allí los primeros años de la época de los 90, contemplar con emoción en La Vegas, la parte más degradada del barrio, una pancarta con corazones rojos y el lema AMO SEVILLA de la candidatura andalucista de Alejandro Rojas- Marcos a la alcaldía. ¿Se puede amar a quien te ignora y se avergüenza de ti?

El Polígono Sur no sólo es Sevilla, sino que está lleno de ella. En ese barrio encerramos a los auténticos trianeros, a la gente de San Bernardo, a los habitantes de las casas de vecinos de esta ciudad, a los que con un perverso y superficial sentido de la caridad cristiana expulsamos de sus barrios y aislamos en lo que se convirtió luego en el espacio ideal para el desarrollo trágico de la floreciente industria de la droga, aquélla que se llevó por delante a gran cantidad de hijos de aquellas personas humildes, que habían tenido que dejar sus casas y sus barrios para que otros especularan con los suelos liberados y los convirtieran en parques temáticos de la “grasia sevillana” o en viviendas de lujo. Todo ello construido sobre la sangre y las venas rotas por la heroína de sus hijos.

Triana, San Bernardo, los corrales de vecinos, están en el Polígono Sur. El arte por el que la “ciudad de la grasia” es conocida, está en el Polígono Sur, inmejorable correlato de la decrepitud casposa y decadente de una ciudad que vive de lo que no es y quizás tampoco fue.

A pesar de todo, de nuestra ignorancia y nuestros prejuicios, este barrio irá levantándose poco a poco. Su aislamiento está dando lugar a nuevas formas de arte, a fusión entre tradición y modernidad. Está emergiendo una nueva cultura de las personas que esta ciudad inculta siempre despreció. Para así, cuando pasen los años, volver a tener elementos que sustraer y que la rueda de la injusticia vuelva a girar.

¡Ay, Sevilla, qué poco te quieres! Cómo refleja ese muro tu desprecio al futuro, tu mirada a tu propio ombligo. Tanto miedo te da derribar ese muro como afrontar tu triste realidad de decorado de cartón piedra. Derriba esa vergüenza, que es tuya y de nadie más.

VIERNES SANTO

LA ZUAA mediodía regresé al Polígono Sur junto a Miguel. Queríamos hacer fotos, conversar sobre el barrio y preparar la presentación de Tres mil viajes al sur. Miguel, joven periodista, es otra de las personas a las que tengo que agradecer mucho, en una lista que no acaba.

Paseamos junto al muro del tren, lo recorrimos desde el paso a nivel que permite acceder al Hospital Virgen del Rocío hasta la frontera de Carretera Su Eminencia. Cuántas fronteras, cuántas barreras tiene este barrio para mantenerlo prisionero. Durante el paseo, llegamos a la altura de una tienda de comestibles muy limpia que anunciaba diez vienas andaluzas por un euro, a diez céntimos la unidad, y bocadillos al mismo precio. Nos dieron ganas de entrar, pero ni era hora de bocata ni hubiéremos podido gastar la oferta aun dividiéndola.

El muro del tren, una de las vergüenzas de esta ciudad que no se sonroja por ello, es una auténtica obra de arte y un grito de los artistas graffiteros de este barrio. En particular, nos llamó la atención el dibujo de un muro derribado, muro dentro del muro, a través del que se podían ver los monumentos más reconocidos de la ciudad. No habrá símbolo mayor de lo que significa el aislamiento del barrio, de esa reclusión que tantos perjuicios ha causado, gracias a la que han encontrado una guarida excelente la mala gente que le da la fama. Nosotros también formamos parte de Sevilla, parecía gritar ese lienzo de hormigón, no nos escondas tras el muro.

El tren, ese vehículo desconocido para los sevillanos que no visiten la Estación de Santa Justa, es compañero habitual de los habitantes del Polígono Sur que viven a ese lado. Esperamos un rato a que pasara uno para fotografiarlo. Mientras tanto, dio tiempo para conversar en un excelente tiempo muerto, y de paso contemplamos a unos chiquillos jugando al fútbol en un terreno de albero. Uno, por cierto, que iba vestido de naranja, quién sabe si en homenaje al gran Johan Cruyff que acababa de morir, lanzó a la escuadra un tiro de rabona que hubiera firmado más de un tuercebotas.

LA ZUA (2)Continuamos nuestro paseo, atravesamos plazoletas de sur a norte del barrio. Vimos a un chiquillo correr sosteniendo  un gallo entre sus manos, a muchachas pasear a sus niños en los carritos como en cualquier otro punto de la ciudad, a personas sentadas dejando pasar un día como cualquier otro en su vida.

Regresamos luego al coche para buscar el camino a la Zúa, ubicada en el nuevo parque que se ha inaugurado en estos últimos años junto a la zona de Las Vegas, al que recientemente, y tras no pocas protestas, ha tenido acceso la gente del barrio, ya que una vez más, los habitantes veían dificultado su acceso a lo en tiempos fue lugar de esparcimiento y más tarde correlato de la tragedia de un barrio, y así mantener su aislamiento en perfecto estado de revista, un encierro entre barrotes invisibles al que han colaborado alcaldes de todo color, gobernando solos o en coalición con el resto de colores posibles, para que la vergüenza no sea ajena a nadie que se haya sentado alguna vez en un sillón de concejal de la lejana Plaza de San Francisco.

Hacía calor y a la entrada del Parque por el barrio de Pedro salvador, buscamos un bar para tomar una cerveza antes de comenzar a andar. Encontramos uno, que también era panadería. Fuera del muro la andaluza había subido a treinta y cinco céntimos la unidad.

Caminamos y alcanzamos aquel aparentemente placentero pero peligroso brazo de río convertido en un pequeño lago bordeado de cañas. Un lugar ante el que no puedes permanecer indiferente si has leído, y yo lo he hecho varias veces, el magnífico libro de Antonio Ortega Rubio titulado así: La Zúa. Léanlo, por favor.

En la Zúa perecieron ahogados, o rematados por la Guardia Civil si salvaban las aguas que ocultaban cañas traicioneras, presos que, en época de la dictadura, se fugaban de la construcción del canal de riego conocido popularmente así canal de los presos, por esta gente que se dejó las manos y el alma levantando terrones para que el agua del río llegase a las propiedades agrícolas de los vencedores. La Zúa fue también fue lugar de veraneo de pobres, puesto que hasta allí llegaban los vecinos de los suburbios de la zona a darse un baño en los meses más calurosos; y además,  se convirtió en el paraíso para los juegos de los primeros niños del Polígono, y el infierno para no pocos que perecieron atrapados entre las cañas de sus fondos. También fue lugar de pesca de albures para matar el hambre y, cuando el barrio se echó a perder por culpa de la droga, el sitio en el que pincharse, al que arrojar coches o motos robadas, animales muertos, convirtiéndose con el paso del tiempo en un vertedero que encerraba lo peor, en el trasero sur de la ciudad ensimismada.

Las aguas de la Zúa fueron reflejo de la degradación de un barrio y hoy aparecen ante los escasos visitantes del parque como un charco inofensivo. Me pregunté, contemplando al fondo la zona de Las Vegas, si habrían sacado, en palabras de Antonio Ortega, todos sus secretos del fondo de sus aguas a la hora de recuperar la zona.

De regreso, el tren volvió a atravesar la vía en dirección a Santa Justa y rompió el silencio de la tarde. Pasó por un pequeño viaducto antes de alcanzar el barrio amurallado. Por el parque no hay muro, tampoco personas. Tras esa extensión de césped inglés y vegetación artificial, contemplo al regresar un nuevo trozo de Sevilla hurtado a los habitantes del Polígono Sur. Pasión y muerte de este barrio en Viernes Santo, al que la ciudad no le permite alcanzar su resurrección.

MIÉRCOLES SANTO

1Hoy es Miércoles Santo y los suburbios regresan a la tierra de sus ancestros, al antiguo arrabal convertido hoy en barrio residencial en el que muy pocos pueden aspirar a vivir. Hoy vuelven a las calles de sus antiguos corrales y casas de vecinos transformados en exclusivas viviendas de lujo, en un barrio silencioso en el que ya no se escuchan los pitidos de los trenes anunciando su llegada a la estación de Cádiz ni las sirenas de las antiguas fábricas.

3Hoy retornan de los polígonos, de sus bloques sin azoteas y de ropa tendida secándose bajo los pretiles de las ventanas, de los estigmas y sambenitos que les cuelgan aquéllos que se quedaron con sus casas.

Allí están, delante de las casas que un día fueron suyas, o de sus padres, o de sus abuelos. Allí se juntan con alegría, con añoranza, se toman una foto los supervivientes, antes de volver a tomar el autobús que les llevará de regreso a sus enjambres decorados con graffitis, a sus muros, a su ver, oír y callar para sobrevivir, mientras los demás celebramos el jolgorio del azahar y el del albero, en la tierra de María Santísima, la del mejor cahíz de la tierra, de esa tierra que sepulta la memoria de aquel tiempo perdido.

¡Ay, las Hermandades!,que conservan la trazabilidad de esta Sevilla que tanto tiene que decir y que callar.

Hoy es vuestro día, exiliados. Perdón. Gracias

COÑO, EL DE TU HERMANA (Y EL DE TU PRIMA MÁS CERCANA)

Dolors-Miquel_Hay una izquierda perdedora, con un miedo terrible a la victoria, que se siente mejor ofendiendo que luchando por combatir la injusticia. Es una izquierda cobarde, que aunque le duele la derrota, ha terminado por cogerle el gusto a compadecerse de ella misma. Es una izquierda torpe, infantil, que paga sus frustraciones con otros. Que no son otros cualesquiera, sino aquéllos que no les van a presentar batalla, tal es su cobardía.

Esa izquierda desbarra en presencia de quienes cree que son como ellos, en entornos de impunidad, porque les faltan huevos, o coño, para enfrentarse a quienes les puedan hacer pupa, no vayan a cagarse patas abajo. Una izquierda lerda y mostrenca que además, saca a relucir el coño para denostarlo.

Como persona que se siente de izquierdas, aunque por lo que veo puede que sólo sea una pose burguesa la mía, siento vergüenza de esa izquierda y no poca frustración, por las alas que dan esos payasos (en el sentido despectivo que aparece en el diccionario), a quienes han hecho de este país el reino de la desigualdad. Gracias a esta izquierda del coño mantendremos a los de siempre en el poder, que se descojonan con estas salidas de pata de banco de nenas malas, porque así continuarán esquilmando este país a su antojo y dejándolo como el erial  que hoy es, y seguirá siendo, con la inestimable colaboración de estos nenes o nenas malcriados.

Para ganar unas elecciones de verdad, porque espero que lo que querrán, si es que saben lo que quieren, es llegar al poder por vías democráticas, hay que convencer a muchos de los que rezan el padrenuestro de que se puede confiar en ellos para hacer un país más justo, y eso no se hace ni a hostias ni ofendiendo a quienes no se te van a abrazar con un cinturón de bombas alrededor del cuerpo.

Quizás después de escribir esto me quiten el carnet de izquierdas. Qué le vamos a hacer. Pero lo que sí tengo claro es que éstas del coño, me tienen hasta los cojones.

DIEZ AÑOS

SURFue en enero de 2006 cuando comenzó todo. Había regresado de una estancia en la Universidad de Minnesota a finales de octubre. Nada más llegar, una amiga médica, voluntaria en talleres para mujeres en el barrio del Polígono Sur sevillano, me invitó a darles una charla sobre hipertensión arterial. Cuando llegué a la Parroquia Jesús Obrero, en cuyos locales iba a impartirla, no pude sino recordar a la Clínica de Philips de Minneapolis en la que había colaborado durante mi reciente visita a Estados Unidos. Y quise montar allí una hermana gemela a aquel centro de salud que la Universidad de Minnesota había implantado en los bajos de una iglesia, en el que los estudiantes de Medicina, Farmacia, Enfermería y Fisioterapia de la Universidad pasaban consulta junto a sus profesores, para atender a inmigrantes y personas sin recursos económicos. La fórmula era perfecta: los estudiantes adquirían experiencia clínica y conocimientos con pacientes reales, al igual que los profesores, y todos  hacían un trabajo de sensibilización hacia su comunidad.

Después de aquella charla impartida a finales de noviembre de 2005, le propuse a mi amiga montar una consulta de farmacoterapia y educación para la salud. Se entusiasmó con la idea y convencimos al párroco para empezar en enero del siguiente año. Ilusionado, hablé con los profesores del Master de Atención Farmacéutica de la Universidad de Sevilla en el que colaboraba, y también lo hice con los alumnos. Lamentablemente, ni en unos ni en otros encontré el eco que esperaba, pero empecé. Solo, como se empiezan todas las cosas.

SUR_2Y allí sigo, diez años después, y desde hace muchos años, acompañado, o acompañando a otros en la tarea. Hasta ahora no he conseguido que se pudiera convertir en una Cínica de Felipe sevillana, pero quién sabe, yo no me rindo. Pero al poco tiempo comenzamos a ser más. La primera que se incorporó fue Elisa, enfermera, a la que siguió Ana, médica. Muchas personas han entrado y salido desde entonces, de acuerdo a las posibilidades de cada cual: Antonia, Marian, Joaquín,  Josefina o Belén, como Elisa, ya no están, pero estuvieron. Y ahora, diez años después, Ana, Kawtar, Mila y yo continuamos trabajando en un proyecto que jamás imaginé cuánto me iba a dar, cuánto me iba a cambiar la visión de la vida. Por allí han pasado multitud de personas a aprender, alumnos de mis cursos, visitantes ilustres venidos de muchos países y lugares de España, y colaboradores que han estado mientras han permanecido en Sevilla: Patricia y Cinthia, de Brasil; Laura, de Barcelona…

SUR_3Y descubrí, descubrimos, el Polígono Sur. Sus raíces, su cultura, su dolor, la injusticia, y el inmenso amor que son capaces de dar muchas de las personas que viven allí. Experimenté lo que significa la exclusión social, aprendí. Muchas personas del barrio han colaborado estrechamente conmigo en la formación de profesionales farmacéuticos, y muchas también me han enseñado tanto de la vida, de sus verdaderos valores, que no puedo hacer otra cosa que darles las gracias por haberme acogido entre ellos. He aprendido que hay muchas cosas que el dinero te imposibilita apreciar y valorar, y eso sólo lo puedes aprender junto a personas de corazón abierto.

Han pasado diez años y sigo allí. Quién sabe por cuánto tiempo, porque esto es una tarea del día a día y así me la planteé desde el principio. La gente del Polígono Sur de Sevilla, la que te da lo que tiene, y la que tiene lo más grande que se puede tener. Gracias por estos diez años, qué más puedo decir que gracias. Hasta el miércoles.

UN TREN PARA HORODO KANA

HORODO KANAHoy desayuno con la noticia de que en Japón hay una línea ferroviaria que utiliza una única persona, una estudiante de diecisiete años llamada Horodo Kana, que reside en un pueblo de treinta y ocho habitantes y lo necesita para acudir al instituto. La línea se cerrará a final de curso, cuando Horodo finalice sus estudios y, quizás, vaya a la Universidad.

Cuando he visto en la televisión al tren acercarse a la solitaria estación en medio de la nieve, he pensado que querría formar parte de un estado como el que atiende a esta chica. Me da igual que sea más grande o más pequeño, plurilingüe o monolingüe. Al fin y al cabo, qué es el estado sino un acuerdo entre personas para juntos alcanzar a ser, sobre todo a ser, más que cada uno por separado.

De ahí que mi estado ideal no tenga fronteras definidas. Siempre estaría dispuesto a que sus habitantes decidan si ser más grandes o más pequeños. Mi estado ideal, sería aquel que se preocupa por sacar adelante a los menos dotados, a los más frágiles. Y también sería aquel en el que prevalezca la igualdad entre sus miembros para discernir de un modo justo en sus confrontaciones, que proteja la salud de todos, y que garantice la educación y el acceso a la cultura como medios para hacer a las personas más libres.

Por eso me gusta que haya un tren para Horodo. Un tren que no es rentable ni competitivo, que aumenta el déficit público y la prima de riesgo, pero protege, a través de los impuestos, el derecho a ser en plenitud de cualquiera de sus habitantes.

La foto se ha obtenido de http://www.taringa.net