EN QUÉ ESTAMOS

Hoy he recibido la primera dosis de la vacuna frente a la covid-19. A pesar de mi profesión y del riesgo de mi exposición, me siento un privilegiado por haber entrado dentro del primer diez por ciento de ciudadanos que han recibido al menos una dosis de la vacuna. Mientras guardaba la fila antes de entrar en la sala donde me la inyectarían, no he podido evitar acordarme de muchas personas, enfermos de riesgo, que podrían sufrir graves consecuencias o incluso la muerte y que tendrán que aguardar su turno para ser inmunizados. Cómo no, también de tantos fallecidos para los que nunca podrá existir siquiera esa posibilidad, entre los cuales hay no pocos farmacéuticos, compañeros de profesión, que se han dejado la vida en el camino.

Atravesé la puerta pensando en todas estas personas con agradecimiento por haberme cedido su turno y con la esperanza de hacer honor a ellas en la medida de mis posibilidades. Luego me dirigí a un mostrador en el que me dieron un número y desde allí me derivaron a otro espacio en el que dos miembros del personal de urgencias se interesaron por mis alergias, recordaron mis antecedentes y me informaron sobre los efectos secundarios más comunes de la vacuna. Desconozco si eran enfermeros, en su uniforme solo aparecía la palabra Urgencias, pero no eran farmacéuticos.

Durante este año de pandemia, he asistido al ofrecimiento del colectivo a las autoridades para dispensar test de diagnóstico, ofrecer el espacio de las farmacias para realizarlos e incluso para vacunar. Sin embargo, y a pesar de las buenas intenciones que no dudo albergasen dichas propuestas, hoy he echado de menos que hubiera farmacéuticos informando sobre los riesgos de ese medicamento de la comunidad al que denominamos vacuna.

Con esto no quiero culpar a nadie. Desconozco si se ha intentado y no se ha logrado, o si no se ha tenido en cuenta. Como tampoco sé si nuestros representantes y sociedades científicas están o tienen previsto realizar algún tipo de investigación sobre los efectos secundarios sufridos por las personas que nos vamos a vacunar. Qué gran lugar una farmacia para comunicar si se ha experimentado algún problema o, por el contrario, como es de desear, todo ha ido de perlas.

Quizás esté mal del oído, pero lo cierto es que he escuchado demasiado ruido en las redes sociales sobre todo aquello que tuviera que ver con dispensar algo y, poco, o nada, sobre colaborar en la información y seguridad de un medicamento en cuyo éxito nos va la vida. Desconozco si mi audífono no funciona o es el de la profesión, que no sabe escuchar a la sociedad.

ADIÓS 2020. UNA REFLEXIÓN EN CLAVE COMUNITARIA

2020 no ha sido en lo personal un año malo, ni muchísimo menos. Para mí, hasta ahora, ningún año lo ha sido, al menos no lo recuerdo. Y no porque goce de dones especiales, sino porque hasta ahora no he perdido el del asombro ni el del deseo de aprendizaje. Admito que si hubiera tenido una pérdida antinatural a mi lado quizás pensase de otra forma, no lo sé, pero creo que lo esencial de la vida es el camino, no los resultados, y caminar, no he dejado de caminar y siento que 2020 me ha enseñado mucho porque he caminado mucho también. Pero creo que debo dejar de hablar de mí y tratar de hacer una reflexión personal en clave comunitaria. Que es de lo que se trata, como animales sociales que somos.

La pandemia no ha sido la gran causa de nada sino la desgraciada consecuencia de todo.

Este año que acaba de terminar nos ha mostrado que la vida que llevábamos no conduce a ninguna parte. Así de simple. La pandemia no ha sido la gran causa de nada sino la desgraciada consecuencia de todo. Por eso, la vacuna solo servirá para paliar un efecto, un síntoma de la gran enfermedad que padecemos, que tiene que ver con la crisis ecológica y las desigualdades sociales, las verdaderas responsables del cambio drástico en el clima del planeta y las grandes migraciones que se derivan.

Podremos encontrar una vacuna salvadora frente a la covid-19, pero si nos quedamos en eso, si nos empeñamos en ver lo sucedido como un mero accidente microbiológico, un mal sueño, vendrán otros males, probablemente peores

Son el calentamiento global y las desigualdades sociales las que han provocado la pandemia por covid-19, una enfermedad que se extiende por el mundo. Por ello, podremos encontrar una vacuna salvadora frente a la covid-19, pero si nos quedamos en eso, si nos empeñamos en ver lo sucedido como un mero accidente microbiológico, un mal sueño, vendrán otros males, probablemente peores. No, 2020 no ha sido un año nefasto, ha sido el año en el que la realidad nos ha caído encima, una realidad que llevamos fabricando con ahínco y determinación durante décadas, en Europa probablemente desde la conquista de América, y hoy nos da la oportunidad de tener una prueba real para comprender la necesidad de un cambio radical en nuestra forma de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza.

Una persona durmiendo en una calle de Sevilla a +1 ºC

Un primer gesto de que nos hemos dado cuenta de la verdadera dimensión del problema sería que la vacuna llegase a todos los países, a todos los habitantes del planeta sin distinción. Porque la inmunidad de rebaño solo se conseguirá si esta llega a todo el rebaño. Y mal estamos empezando cuando cada país hace una estrategia tipo “Sálvese quien pueda” y solo se preocupe de los suyos. ¿Para qué debería estar la Organización Mundial de la Salud sino para liderar las acciones en una pandemia? Mal empezamos.

Debemos girar nuestra mirada hacia los más vulnerables de la sociedad, y que llegue un día en el que no importe la familia en la que nazcas para que te puedas desarrollar como ser humano en plenitud.

Las desigualdades sociales tendrán que afrontarse, y para ello habrá que acabar con el neoliberalismo, esa igualdad de oportunidades en un mundo tan desigual que tanto daño ha hecho y que es la responsable de que las diferencias sociales se hayan agudizado hasta hacerse absolutamente tóxicas. Debemos girar nuestra mirada hacia los más vulnerables de la sociedad, y que llegue un día en el que no importe la familia en la que nazcas para que te puedas desarrollar como ser humano en plenitud. No hay otra salida, y cuanto antes lo aceptemos antes podremos resolver los problemas de todos, incluso los de los neoliberales. Pero pueden quedarse tranquilos, en ese nuevo escenario también se podrá ser de derechas, pero de una forma mucho más sana.

2020 nos ha dado la oportunidad de reconocer que estábamos equivocados, de comprobar que desde el yo no llegamos a ningún lugar habitable y que es en lo comunitario donde podremos encontrar la verdadera felicidad y no la fugaz satisfacción que hallábamos antes y que rápidamente se volatilizaba, dejándonos peor que estábamos.

El Yo ha muerto con la pandemia, y tratar de resucitarlo solo traerá más muerte y destrucción.

Una nueva normalidad solo podrá construirse desde el nosotros, desde lo plural y colectivo. Y en ese escenario también, como mencioné en el párrafo anterior, se podrá ser conservador o progresista, dos miradas lógicas al mundo, para preservar lo bueno que tenemos o para avanzar en nuevos horizontes, pero siempre desde el nosotros. El Yo ha muerto con la pandemia, y tratar de resucitarlo solo traerá más muerte y destrucción.

El año que acaba de terminar nos ha mostrado de una forma dura que estábamos en un callejón sin salida, ante un muro impenetrable que la vacuna no va a poder socavar. Creer que la vacuna va a destruirlo es como confiar en que con la aguja de la inyección vamos a lograr derrumbar la gruesa pared que entre todos hemos construido y que nos ha endurecido el alma.

El cambio no es tampoco fácil, porque necesitará el acuerdo de todos, y hay mucha gente a la que el miedo la moviliza a la histeria en lugar de al diálogo. Pero somos infinitamente más los que podríamos estar de acuerdo que los que no lo estarían nunca, porque sobrevivir es algo que todos deseamos y porque, reconozcámoslo, cualquier escenario es susceptible de ser manipulado por unos cuantos. Pero no nos desanimemos, cambiar dependerá de que quienes creen que esto es una locura piensen que tal vez no lo sea. No esperemos a que sea esta la única salida, porque para cuando este tiempo llegue ya no habrá posibilidad de dar marcha atrás y los caídos de ahora nos parecerán una broma ante los que sucumbirán a lo largo del tiempo. Nos hace falta sosiego y deseo de pensar juntos. Cuanto antes nos dispongamos a ello, menos dolor sufriremos.

Ojalá sea la pedagogía y no la violencia o la tragedia la que nos haga recapacitar.

Ojalá sea la pedagogía y no la violencia o la tragedia la que nos haga recapacitar. Recuerden el mito de las siete plagas que sufrió Egipto antes de liberar al pueblo israelí. Que no sean necesarias siete pandemias, sean del tipo que sean, antes de sacudirnos el yugo de los faraones del siglo XXI.

Que 2020 haya sido o no un buen año dependerá de las lecciones que hayamos aprendido. Yo solo deseo que la Historia cuente de él que marcó el inicio de una nueva época para la humanidad. Pongámonos a ello, que vamos tarde.

LA FARMACIA Y LA VIOLENCIA SIMBÓLICA (II)

La violencia simbólica es la forma en la que se agrede en la actualidad desde el poder. No hace falta ejercerla entre sujetos, sino que es el propio sujeto el que se lastima a sí mismo mediante una autoexigencia, autoexplotación, que sobrepasa todos los límites. El poder aparece como un ente abstracto, desconocido y difícilmente identificable. Aún más cuando en los últimos tiempos se separaron el poder económico y el político, con la proliferación de las democracias aparentes. En esta sociedad del rendimiento, del sobreesfuerzo, es el poder económico el que manda sin ser elegido, quedando las democracias, el poder político, al servicio del económico o con tremendas dificultades para contrapesarlo, porque el modelo económico imperante aísla a los individuos y debilita los esfuerzos colectivos y estructuras sociales. Esa individualización permite estratificar la violencia y que nosotros, los sujetos, los individuos, seamos a la vez víctimas de unos y verdugos de otros, favoreciendo ambos roles la perpetuación del sistema y así hasta las últimas víctimas que acaban, en una jugada perfecta, rebelándose contra el poder político, que no es el último culpable, cerrando un círculo perfecto del que el poder económico sale indemne.

Poco después de publicar la primera entrada en referencia a la farmacia y la violencia simbólica me sentí tentado de realizar una segunda parte en referencia a los farmacéuticos, en especial a esos farmacéuticos que han aplaudido la primera a pesar de formar parte de un grupo inmovilista y que se resiste a cambiar. De alguna forma sentí que defendiendo el papel de víctima de ellos les daba la coartada perfecta para seguir sin rebelarse, para permanecer activos en la inacción.

Sin embargo, después de escribirla rehusé a publicarla por no cumplir como víctima mi papel de verdugo, por, en mi indignación, no legitimar mi porción de violencia simbólica contra el colectivo. Hoy he cambiado de idea y me decido a publicarla. La razón no es otra que, aceptando que de alguna forma todos podemos ser víctimas y verdugos, lo importante no es eso sino colaborar en fomentar la lucidez, la consciencia del papel que jugamos cada cual, para que cada cual decida si llorar, si enfadarse, si continuar mirando hacia otro lado o, por el contrario, si reaccionar. Es, pues, una crítica con intención de estimular la conciencia colectiva, la necesidad de abandonar el individualismo y retomar el nosotros en la sociedad. Que lo consiga o no, no, no depende de mí sino de la reacción de cada cual. En todo caso, como víctima del colectivo y como un posicionamiento radical hacia un nuevo papel profesional, me siento más que legitimado a pensar sobre ello y a escribirlo. Que reaccionemos como profesión también depende de que sepamos quiénes somos y en qué estamos. Sobre todo en qué estamos, si a favor de acopiar poder o del lado de las víctimas, de las últimas víctimas, los que sufren los problemas de la medicalización social.

En la entrada anterior señalaba la violencia que los farmacéuticos comunitarios ejercen sobre sí mismos desde las instituciones que los representan, ese aceptar el papel que se les encomienda, que no se orienta en defensa de los derechos de la ciudadanía en materia de medicamentos sino a favor de una estructura de poder y de dominación de la sociedad que se llama medicalización o farmaceuticalización. La violencia sucede porque se pasa de ser una profesión de la salud al servicio de los ciudadanos a formar parte de una cadena de distribución de productos llamados sanitarios, categoría en la que incluyo a los medicamentos legalmente considerados así y también a todos aquellos otros pseudomedicamentos en la categoría anterior también había muchos de estos con poco o nulo beneficio terapéutico o económico para la sociedad en cuanto a su utilización—, de los que esperan las personas solución a sus problemas, problemas que en su mayor parte provienen de la explotación, la violencia simbólica a la que alude el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, que sufren en la sociedad del rendimiento. Los farmacéuticos, lejos de ejercer un papel en defensa de la sociedad tratando de minimizar la morbi- mortalidad asociada a medicamentos pasan a formar parte de la cadena de agresión a cambio de su sustento.

A lo largo de mis casi treinta años de profesión, y de cerca de veinticinco implicado en el reclutamiento de farmacéuticos para implantar servicios que disminuyan los efectos indeseables, por decirlo de alguna forma genérica, de los medicamentos, he encontrado cuatro clases de profesionales, de los que solo una, minoritaria, escasísima, ha integrado a farmacéuticos que aún resisten y creen en su capacidad,  para ejercer como profesionales que contribuyan a disminuir el sufrimiento de las personas con los medicamentos, unas personas en su mayoría víctimas de ese encarnizamiento farmacológico al que se ven sometidos por un poder económico ultraconsumista y desgarrador de los lazos sociales colectivos que los confina en los medicamentos como única posibilidad para alcanzar algún grado de salud. En esta primera categoría, la de los resistentes, a veces se ocultan algunos que vienen rebotados de otros sitios y gente rara que no encuentra su lugar o no los dejaron estar allí, y que busca en la rareza de los otros un espacio donde ampararse del frío. Homeless con homeless.

La clase más amplia, la segunda, ha sido la de los que no quieren saber nada. La de los que hacen las cosas porque son así, porque tienen miedo a que cambien y porque están a gusto en su jaula de barrotes invisibles. Sus miembros son los que nunca se meten en nada, los que acuden a la llamada del poder para mantener el statu quo, aquellos que en durante la Edad Media saldrían en defensa de su señor, un amo que los explota pero les da de comer, suficiente porque también les han diseñado una suficiencia a su medida. Nihil novum sub sole. Gente que es capaz de matar, ahora con votos, de disfrutar con la caza de brujas y que siempre elegirá salvar a Barrabás. Es una categoría, por cierto, que existe en muchos otros profesionales de la salud, y que se suele distinguir por su corporativismo y diferencia de clase. En los médicos, abundantísima; en los enfermeros, creciendo sin parar. Y es que hay enfermedades sociales que son de lo más contagiosas.

La siguiente clase es la de aquellos que alguna vez intentaron, o creyeron intentar, cambiar el papel de la profesión y se rindieron. Hablaban de cambiar su orientación del medicamento al paciente, pero se cagaron. Sí, se cagaron por las patas abajo cuando se dieron cuenta de que de lo que se trataba era de dejar de formar parte de una cadena poco vistosa y, por tanto, de fácil ocultamiento de su escasa dignidad profesional, olvidar la comodidad y pasar a ponerse del lado de las personas que sufren el acoso de la medicamentalización de sus vidas como única vía de supervivencia o de felicidad. Como es fácil de suponer, gente por otra parte inteligente, en esta categoría se pasa poco tiempo, dos años a lo sumo. Antiguamente yo hablaba de que defender a los pacientes era una enfermedad de elevada mortalidad infantil, pero lo que en realidad ocurría era que el “Es así, no le des más vueltas, la farmacia es la que es” acababa tarde o temprano por carcomer todo intento de esfuerzo. Muchos de estos farmacéuticos los podemos seguir hoy por las redes sociales. Tienen unas ofertas estupendas y graban unos videos de lo más interesantes. Y sí, alguna vez clasificaron un PRM y llegaron a saber que Linda y Strand no eran dos sino la misma persona.

Y la cuarta clase, y perdonen la generalización  de esta clasificación de PRF, corresponde a los que se acercaron a la práctica como vía de ascenso al poder profesional, ese que acaba la mayoría de las veces a menos de cien kilómetros de su lugar de residencia pero que ofrece diversas formas de disfrute, adaptadas a las aficiones de cada cual: salir de chaqué en la procesión del Corpus, disfrutar de un profesional que le sustituya en su engorroso y peligroso quehacer de recortar cupones precinto, cobrar dietas por asistencia a reuniones o incluso acceder a consejos de administración. Como todo en la vida, unos triunfan y disfrutan de estas cosillas con la coartada de la profesionalidad, aunque acaben formando parte de lo que ya había, y otros no. Qué le vamos a hacer.

Y como las cosas son así y no se pueden cambiar, las estructuras de poder se mantienen, aunque los de abajo se cabreen un poquito, solo un poquito, cuando reaparecen las subastas en Andalucía y amenazan con imponerse en España, y otro poquito cuando ningún gobierno los tiene en cuenta para luchar contra la pandemia. No pasa nada, días después el gran señor feudal les dirá que no hay peligro, que todo se ha superado una vez más. Que para lo que podría haber sucedido esto es un milagro divino, y ellos seguirán cultivando la tierra para él porque hay que sobrevivir.

Y mientras tanto, la sociedad continuará cansada, muy cansada, sin nadie que parezca querer parar la máquina. Una máquina que es como una hidra de muchas cabezas que deberíamos conocer para así intentar cortar la correcta. Porque no sería justo echarle la culpa a una de las víctimas—los que ejercen de farmacéuticos, la otra es el paciente—de lo que sucede, no más violencia sobre los violentados. Hay que señalar arriba, donde se encuentran los verdaderos culpables, pero para que esto tuviera sentido habría que hacer un ejercicio de autocrítica colectiva que es el que pretendo con este texto y, ojalá, que de ahí surgiera, no una nueva caza de brujas, sino el deseo de rebelarse a favor de las personas.

Hasta aquí hoy, no sé si continuaré. Yo también formo parte de la sociedad del cansancio.

LA FARMACIA Y LA VIOLENCIA SIMBÓLICA

La gente afirma y perpetúa la relación de dominación al hacer las cosas por costumbre, como corresponde. La cotidianeidad es la afirmación de las relaciones de poder existentes. La violencia simbólica, sin necesidad de violencia física, se ocupa de que se perpetúe la dominación. El sí a la dominación no triunfa de un modo consciente, sino reflejo y prerreflexivo. La violencia simbólica pone a un mismo nivel la comprensión de lo que es y la conformidad con el poder. Consolida la relación de dominación con gran eficacia, porque la muestra casi como naturaleza, como un hecho, un es-así, que nadie puede poner en duda.

Byung-Chul Han. La sociedad del cansancio.

Creo recordar que conocí esta cita del filósofo coreano gracias a la cuenta de Twitter de Antonio Villafaina. Coincide esto en tiempos de quejas de los farmacéuticos comunitarios españoles. ¿Cuándo no es tiempo de quejas?, se preguntarán con razón algunos, por lo que habré de ser más preciso. Coincide, pues, con las quejas acerca de su ninguneo como profesionales de la salud, por la resistencia de la administración sanitaria a contar con ellos, con nosotros, mejor dicho, para detener la pandemia por covid-19. Coincide también, en el caso de Andalucía, con la reaparición, cuando nunca desaparecieron del todo, de la selección de medicamentos mediante subastas. Y digo yo, que esta época ha coincidido con los escaparates de muchas farmacias adornados con ofertas por el Black Friday, y en breve coincidirá con los de las rebajas de enero. Porque habrá que contarlo todo, ¿no? Ah, sí, eso de que somos profesionales y empresarios, se me olvidaba. Nuestra naturaleza.

Desde hace muchos años los farmacéuticos se resisten a cambiar su rol en la salud pública. Presos de la transacción económica, del margen comercial como forma de retribución, la profesión ha venido alejándose de un papel protagonista que tuvo en otros tiempos y que la medicalización de la sociedad, que busca y trata de encontrar remedios de todo tipo para curar la grave patología que sufre, no ha hecho sino profundizar en el progresivo hundimiento de su relevancia. Este paulatino declive, en el que siempre hay generaciones que con razón pueden esgrimir el sálvese quien pueda, favorece la incorporación de nuevas generaciones que asumen, como afirma Byung- Chul Han, que las cosas son así y que lo que existe desde hace un tiempo no es sino la naturaleza propia, la esencia de la profesión.

Pero, más allá de esto y de lo que los farmacéuticos quieran o deseen hacer con su profesión—y en esta afirmación ya me salgo de la primera persona del plural, porque ni quiero ni deseo lo que sufro como profesional—, sería bueno que la sociedad se plantease qué farmacéuticos desea para ella. Que respetase al medicamento, aunque no respete a los farmacéuticos, y a partir de ahí crear un nuevo tipo de farmacéutico que pueda ser útil a una ciudadanía que muere desde hace mucho más tiempo, y lo seguirá haciendo tras la vacuna frente a la covid-19, de una pandemia mucho más antigua y que se prolongará en el tiempo llamada pandemia farmacológica. ¿Por qué tiene la sociedad que conformarse con el farmacéutico que ve si necesita otro?

La violencia simbólica que los farmacéuticos ejercen sobre sí mismos desde las instituciones que los representan, alienta a las instituciones públicas a maltratarlos y, por ende, a hacerlo también con la sociedad a la que dicen representar, que necesita de quien la defienda de su medicalización y que desaprovecha la distribución geográfica de las farmacias, de lo poco bueno que le queda a la profesión, para llevar a la población alivio para sus necesidades. Que son muchas aunque no lo parezcan, y no solo en relación al acceso equitativo a los medicamentos. Esta violencia simbólica que ejerce la profesión sobre ella misma no se queda ahí, porque otras instituciones, las que se dedican a capacitar a los futuros profesionales, también forma parte de esta forma de terror, al desarrollar un modelo de enseñanza absolutamente alejado del perfil profesional que requiere la sociedad. La violencia desde diferentes ángulos.

Que el estado no sea capaz de superar los obstáculos que impiden aprovechar la estructura de articulación social que representan las farmacias, es un caso flagrante de miopía política que han sufrido gobiernos de todo el espectro político, y que sin duda sufrirían, no hay más que ver los programas electorales, los que llegaran algún día a estrenarse como gobernantes. Que el estado, en cualesquiera de sus estructuras relacionadas con la salud, sean en el ámbito central o en el autonómico, haga de su capa un sayo y ningunee a las farmacias y a los farmacéuticos y no los obliguen, ya que desde dentro nadie lo hace, a refundar su papel en la sociedad, es un tiro en el pie si, claro está, de lo que se tratase fuera de defender la salud de los ciudadanos.

Y es que lo más fácil es ningunear como forma de violencia simbólica. Una forma de violencia que no va solo contra la profesión sino también contra los ciudadanos. Porque, si nos referimos a la pandemia por covid-19, no pueden diagnosticarse a tiempo, porque se pierden miles de jornadas laborables que arruinan muchos negocios por culpa de confinamientos que luego se saben injustificados. Y si nos referimos a la pandemia farmacológica, porque dejamos morir a las personas por culpa de los medicamentos, a menudo inefectivos e inseguros, y muchas veces utilizados de forma innecesaria en una especie de encarnizamiento farmacoterapéutico que permitimos en la sociedad. ¿De quién se encarga esto? ¿Seguiremos como sociedad sin profesional que nos defienda de este otro confinamiento, el farmacológico, al que hemos destinado a los ciudadanos?

Es la violencia que engendra violencia. La debilidad de una profesión, que tiene paralelismos indudables con la violencia machista, convierte en agresores a los cobardes. Matar por matar, por el mero hecho de que se puede. Ningunear por ningunear, aunque eso mate de variadas formas a nuestros semejantes, y con la impunidad del que sabe que no solo jamás será condenado, sino ni siquiera será puesto en busca y captura.

Y así seguiremos. Con una profesión que se desmorona sin que haya reemplazo. Y en medio de ese derrumbe moral, el gobierno de los miserables. Porque hay que ser miserable para poner tu bolsillo por encima de tu profesión y de las necesidades de la sociedad, y porque hay que ser miserable para no querer entender lo que necesitan tus votantes. Los que os colocaron ahí.

VEINTE AÑOS

El 30 de junio del año 2000 era viernes. La mañana amaneció calurosa, como suele ser habitual en los tórridos veranos de Sevilla. Era mediodía y el sol apretaba camino de la Facultad de Farmacia. Tampoco vestir traje de chaqueta ayudaba mucho con una temperatura tan alta, pero no había elección. Había que defender la tesis doctoral.

El aire acondicionado del edificio alivió algo el bochorno que traía. Sin embargo, cuando abrí el ordenador del salón de actos e introduje el antiguo disquete de 3 ½” creí morir. Un virus amenazaba con dar al traste con todo. Las diapositivas de fondo rojo tinto y letras amarillas, aquel modesto PowerPoint que me iba a servir de apoyo para mostrar mi trabajo de investigación, estaba infectado.

Era una aventura que había comenzado cuatro años antes, cuando el que sería mi director de tesis, Joaquín Herrera Carranza, me sugirió hacer el doctorado, y yo me dije, como tantas otras veces en mi vida, ¿por qué no?

Desde aquel momento tuve claro que mi laboratorio sería mi farmacia, aquella farmacia que fue de mi padre y que entonces compartía con mi hermana Marina.

― La farmacia es un lugar tan digno como cualquier otro para hacer una investigación― me decía.

Al comenzar los cursos de doctorado en el Departamento de Farmacia y Tecnología Farmacéutica― en aquel tiempo no existía, ni aún existe ni se le espera, departamento específico para farmacia asistencial―, un antiguo compañero de carrera me ofreció integrarme en su equipo de investigación, en el que me sería más fácil realizar la tesis. Trabajaban en dureza de comprimidos y era una opción interesante, puesto que había muchos trabajos en marcha, podría tener un director experto en el tema, el que no iba a haber en la que pretendía hacer, puesto que no había referencia alguna en este campo ni tradición investigadora. A pesar de que lo tentador de la oferta, la rechacé. Solo quería ser doctor en Farmacia si lo conseguía desde aquella modesta farmacia de barrio obrero que desde niños habíamos visto crecer y desarrollarse.

Tuve que pensar sobre qué la podía hacer. Todo debía correr de mi cuenta, puesto que no había líneas de investigación como podían encontrarse cualquier departamento universitario, sencillamente porque la investigación no existía en este campo. No había nada, así que acudí a una de las personas claves y fundamentales para que pudiera alcanzar el doctorado: mi amigo Pepe Espejo, el farmacéutico de Adra, el pueblo almeriense de mi abuelo, un gran experto en estadística y epidemiología, al que conocí en aquel Grupo Farmacéutico Torcal, que unió a farmacéuticos andaluces preocupados por el futuro de la profesión. Lo llamé por teléfono para explicarle mis vagas intenciones, y me dijo:

― ¿Por qué no nos vemos a mitad de camino, en Granada y lo pensamos? Así yo voy a ver a mis suegros con la familia y aprovechamos la mañana del sábado y nos vemos para hablar.

¿Dónde quedamos? ― respondí.

― En la Facultad de Farmacia, allí no nos molestarán.

Quedamos un primero de marzo, sábado, de 1997, al día siguiente del Día de Andalucía. Cuando nos vimos en la puerta y tratamos de entrar un bedel salió a nuestro encuentro.

― ¿A dónde van?

― A la sala de estudios.

― La Facultad está cerrada. Es puente y no hay nadie. No se puede pasar.

Nos quedamos tan helados como aquella mañana de invierno granadina.

― ¿Y ahora qué hacemos? ―dije.

No sabíamos a dónde ir, el bedel nos había desconcertado. Hasta que de pronto, se me ocurrió un lugar.

― ¡Vamos al Corte Inglés! En la cafetería no nos molestarán. Nunca prestan atención a si estás mucho o poco tiempo allí.

Y al Corte Inglés nos dirigimos e iniciamos un camino que culminaría aquel 30 de junio del año 2000, una ruta con muchas paradas en la ciudad de Granada. Desde entonces, el segundo laboratorio de la tesis sería el Hipercor de Granada, el hipermercado del grupo del Corte Inglés porque, al estar en el extrarradio de la ciudad tenía un acceso mucho más cómodo.

Aquel disquete infestado de virus pudo abrirse y yo también fui capaz de dominar los nervios y defender la tesis, un ensayo clínico sobre cumplimiento de antibióticos que supuso abrir otro camino, el que me ha llevado a donde hoy estoy, y a seguir caminando hasta donde y cuando pueda.

De aquellos tiempos solo tengo agradecimiento. A Joaquín Herrera, por hacerme soñar; a Pepe Espejo, porque sin su conocimiento y su afecto no hubiera conseguido ser doctor; y a Fernando Fernández- Llimós, porque la generosidad que mostró conmigo a la hora de poder fundamentar bien el trabajo también fue esencial. Incluso al presidente del Corte Inglés, al que le conté aquella historia en una carta y me respondió regalándome una pluma estilográfica con la que firmar mis recetas como doctor.

Han pasado ya veinte años y poco ha cambiado en el mundo de la farmacia. Sí, es cierto que hay muchos doctores que hicieron sus trabajos de investigación en la farmacia, que se realizan muchos trabajos de investigación aunque sin norte ni estrategia, pero la profesión continúa sin dar el salto, maniatada por quienes detentan el poder y se niegan a cualquier cambio aunque crean que lo disimulan, con la complicidad de quienes obtuvieron tajada de muy diversas formas, a costa de un movimiento que poco o nada les interesaba. Aquellos que, a pesar de que los tiempos estaban cambiando y lo sabían, impiden que la profesión comience a nadar y se hunda como una piedra.

Veinte años después han sucedido muchas cosas y han pasado muchas personas por mi vida, pero sé lo que nunca había imaginado. Por aquel entonces quizás no fuera muy consciente de las dificultades del cambio, pero hoy sé que este es muchísimo más grande e importante de lo que pudiera haber pensado.

Y ahí seguimos, dejándome sorprender de lo que el camino depara. Con nuevos compañeros de viaje, con mejores compañeros de viaje porque la meta está cada vez más cerca y quienes se cansaron o se entretuvieron en hacer títeres por el camino se quedaron atrás haciendo malabares que acaban siempre en el suelo.

La meta aún no se ve, pero qué más da. Como dijo Robert Louis Stevenson, lo más bonito siempre es el camino. Y ahí seguiremos. Con las cicatrices del tiempo; con la energía que da buscar siempre la verdad. Sin engaños, con libertad. Sin nada que perder.

AFANES

No os afanéis por vuestra vida,

qué habéis de comer o qué habéis de beber;

ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir.

¿No es la vida más que el alimento,

y el cuerpo más que el vestido?

Mateo 6:25

Cada mañana salgo de casa a eso de las siete, a comprar el pan recién hecho que ofrece uno de los pocos hornos que hoy subsisten en la ciudad. Atravieso la avenida y miro a la ventana donde antes contemplaba a unas personas que desde muy temprano trabajaban en su oficina. Ahora no están, el coronavirus los confinó en casa y me pregunto si cuando todo pase volveré a ver sus luces iluminadas que tanto sosiego me regalaba meses antes.

Los días que sobra pan en casa llevo los restos a los pájaros del parque. Los días laborables no puedo contemplarlos dando cuenta de mis sobras, pero los fines de semana, con más luz, me encanta observarlos repartiendo ordenadamente la comida sin atacarse. Es cierto, como alguien me recordó hace unos días, que los animales no se pelean cuando sobra, pero que si faltara otro gallo cantaría. Pero tan cierto como eso es que el ser humano que se define como civilizado, ha vivido desde hace demasiado tiempo, cante el gallo o no cante, quitándole al otro lo que necesitaba, por el simple impulso a acaparar con el que nos intoxicó nuestro afán civilizador, esa angustiosa carrera hacia ninguna parte que ha traído tanta muerte y destrucción. Así que me gusta ver a los pájaros repartirse la comida, al igual que me repugna, y no por ellos, ver personas ante las puertas de los supermercados esperando que alguien les dé algo de lo que les sobra a otros.

Regreso a casa buscando de nuevo el parque, una pequeña zona de juegos infantiles rodeada de árboles y edificios, un modesto oasis entre el cemento. Guardo el móvil en el bolsillo y escucho. Lo hago durante todo el año, primavera, verano, otoño e invierno. Y en cada tiempo encuentro diferentes momentos para el goce. Si en el invierno es el silencio el que llena de su música mis oídos, en estos días la primavera me regala los oídos con los modestos sonidos de la naturaleza en la ciudad, hoy atrevidos ante la ausencia humana. Qué obsequio me da el ensordecedor canto de los pájaros que anuncia la proximidad de la tormenta. Cada día, ese diminuto fragmento de ciudad me alegra de una forma diferente. No importa cuándo, unas veces recorro el camino de noche, otras a pleno día, y también durante los amaneceres que regalan las estaciones equinoccio. Si el invierno es época introspectiva, anticipada por la melancolía del otoño y el silencio me absorbe por entero, la primavera es la eclosión del espíritu, la explosión de colores y ecos de la resurrección de la naturaleza.

Adoro este paseo de cada mañana. Detenerme, cerrar los ojos y escuchar. Tiene razón Hartmut Rosa, es por el oído por donde primero penetran las emociones, el primer alimento del espíritu. Su pan.

Cada día espero la llegada del siguiente, como quien hambriento anhela el alimento. Y en estos días de coronavirus, lo que cada mañana experimento también lo puedo vivir también a muchas otras horas. El silencio, el canto de los pájaros, la belleza de las flores que nos regala la primavera. Un placer ensimismado que vivo caminando la ciudad, ajeno al dolor de hospitales, al de las personas que deben enterrar en soledad a sus muertos; a la torpeza humana y su infinita insaciabilidad; a los discursos vacíos asesinos de los cegados por el odio.

Puede que mi gozo resulte egoísta. O que realmente lo sea. Yo solo quiero pensar que no es más que un torpe intento de continuar buscando la belleza, de no rendirme. De mantener la certeza de que tras la muerte puede haber vida, resucitar, resurgir. Ojalá que no para volver a caer en todo aquello que nos ha traído hasta aquí.  

ESTIGMACÉUTICOS

Quienes me conocen saben que nací y vivo en Sevilla. Desde principios de 2006 colaboro como voluntario en un proyecto que denominamos Farmacoterapia en el Polígono Sur de la ciudad, para facilitar acceso a los medicamentos prescritos a vecinos del barrio cuya economía es precaria y les resulta inasumible para su economía pagar lo que les corresponde de la medicación que necesitan. A pesar de que en España existe la posibilidad de que quienes carecen de recursos no paguen por sus medicinas, esto no se cumple con muchos usuarios menos favorecidos y que viven en entornos como este de exclusión social. Un tema para discutir y extenderse, pero que no es el objeto de esta entrada. Esta entrada va, y lo aviso para que no continúen quienes no estén interesados, de farmacéuticos y farmacia en tiempos de la COVID-19.

Polígono Sur de Sevilla

Dentro del Polígono Sur se encuentra el barrio de las Tres Mil Viviendas, que a su vez se conforma por seis barriadas y constituye el núcleo de estigmatización ciudadana más conocido de España. Es un barrio que surgió de la expulsión de ciudadanos de otros barrios en los que vivían en condiciones muchas veces insalubres, con el objetivo de poner en valor espacios de la ciudad de indudable interés residencial y económico, ya que la urbe tradicional carecía de superficies para crecer en tiempos del desarrollismo, último tercio del pasado siglo. La ciudad, después de haber arrasado con cemento todas las huertas antiguas de su casco urbano, solo le quedaba expulsar a los pobladores más pobres Ellos, junto a campesinos que emigraron a la ciudad en busca de una salida a la pobreza a la que los condenaba vivir en sus pueblos, conformaron un perímetro de chabolismo indigno alrededor de la ciudad, y fueron los primeros inquilinos de viviendas sociales que se construyeron para eliminar esos vergonzosos cinturones de pobreza. El resultado, años después, de arrinconar y alejar la pobreza de los ojos ensimismados de la ciudad, con la inestimable ayuda de la droga, fue la conversión de estos barrios en cárceles, con muros pero sin barrotes, que condenaron a sus habitantes a cadenas perpetuas de ignorancia de las que solo algunos héroes y heroínas han podido escapar, condenas y heridas que personajes ilustrados de la ciudad hispalense, lejos de redimir, y mucho menos de tratar de entender sazonan de la forma más cruel, para no dejar dudas acerca del nivel intelectual y moral de sus hijos más reconocidos.

Pero tampoco la entrada va de esto. Y quienes quieran conocer más sobre lo que opino de este asunto pueden leer mi novela Tres mil viajes al sur (Editorial Anantes) y visitar su página web.

Esta entrada, repito, va de farmacéuticos y de farmacia en tiempos de la COVID-19. Siento el extenso preámbulo, pero no he sabido hacerlo de otra manera.

Conocer desde hace catorce años un barrio de exclusión social y compatibilizarlo con mi ejercicio profesional como farmacéutico desde hace casi treinta, me ha hecho encontrar muchas similitudes entre lo que es vivir en las Tres Mil y ejercer de farmacéutico comunitario. Porque si bien los habitantes de este barrio viven a diario con la exclusión social, el farmacéutico comunitario es un profesional de la salud también en exclusión. Basta recordar las tristes palabras del epidemiólogo Fernando Simón respecto a nosotros, nueve muertos ya entre los profesionales que ejercen en farmacias comunitarias, más que en ninguna otra profesión sanitaria, para los que los riesgos que sufrimos por la COVID- 19 son inherentes a nuestra labor profesional.

Las farmacias se utilizan, como las Tres Mil sirve de depósito de inmigrantes, para soltar lastre, para quitarse de encima todo aquello que incomoda ante la emergencia sanitaria, lo cual estaría muy bien si se entiende como colaboración en beneficio del paciente con visos de continuidad, pero no tanto si tras la crisis todo vuelve al punto de partida y se desentienden de nosotros. Los farmacéuticos sabemos que podemos ofrecer muchísimo más a un sistema sanitario que de verdad, y no en los papeles o en un power point, se preocupe por el máximo bienestar de los ciudadanos y por dotar de la máxima eficiencia a un sistema que pagamos entre todos. Pero, negarnos los equipos de protección, abandonarnos a merced de mercaderes, internos o externos a la profesión, para conseguir defender nuestras vidas mientras ejercemos una labor de primera necesidad, me hace pensar que nuestro papel en la crisis será más de usar y tirar cuando las aguas vuelvan a su cauce, ante la ignorancia de los ciudadanos.

Vivir en la exclusión, en este caso profesional, nos deja también a merced de los patriarcas de nuestro barrio, de gobernantes profesionales más interesados, aunque no lo defiendan de boquilla sino todo lo contrario, en mantener el statu quo que les beneficia, sostenidos por una inmensa masa profesional temerosa que prefiere, y se acostumbra a vivir de ellas, las migajas que proporciona y da estabilidad a la situación de indigencia, aunque algunos tengan que pagarlo con la muerte o el exilio, antes que realizar cambios profundos que liberen a su profesión del estigma que la persigue y que, como todos los estigmas, tienen su parte de verdad.

Ojalá que cuanto todo esto pase, los farmacéuticos sepamos ocupar de forma definitiva el espacio que nos han obligado a sumir a cara descubierta, y que de forma tan excelente estamos cumpliendo, aunque no haya partido progre que nos saque como farmacéuticos sino como farmacias en sus memes.

Ojalá nos demos cuenta de que es posible cambiar, porque el cambio estaba y está desde hace mucho tiempo en nosotros. Porque, cuando se nos ha dado una oportunidad, no solo hemos cumplido, sino que hemos sobrepasado las expectativas que teníamos sobre nosotros.

Ojalá que esto no sea perecedero, que no nos aboquen a tener que arrojarnos a un SIGRE profesional en el que enterrar nuestros sueños y los derechos de los ciudadanos respecto a sus medicamentos.

Ojalá que sepamos cambiar, que deseemos cambiar. Ojalá que los patriarcas lo entiendan. Y si no, a por ellos.

Ojalá que la tierra no te bese los pasos (Silvio Rodríguez).

ESTOS CIELOS AZULES

Como cada día desde que comenzó esta crisis sanitaria, regreso por la mañana a casa antes de lo habitual, a eso de la una, para descansar un poco antes de regresar. Las calles están desiertas. Si la soledad de la noche produce desasosiego, el silencio a plena luz resultaba durante los primeros días sobrecogedor. Es la tercera semana y casi me he acostumbrado a esa paz, a la inusual calma del mediodía. A escuchar los pájaros piar y perseguirse despreocupados, a volver a contemplar el cielo azul y el sol de la infancia que evocó Machado en su último verso. A disfrutar de las flores, de las ramas tiernas que crecen en los troncos de los árboles, de los sonidos de la naturaleza antes cohibidos, ocultos bajo el fragor violento de la vida humana. Incluso me alegra presenciar el tranquilo paseo de los gatos callejeros que han regresado, que deambulan ajenos a la tragedia, tomando posesión de los espacios que arrebatamos al resto de seres que pueblan la naturaleza.

Camino y recuerdo los gestos de solidaridad de tantas personas en tiempos de la pandemia. En el barrio hay siete mujeres que cosen mascarillas para quienes las necesiten, ingenieros con impresoras 3D que fabrican equipos de protección, personas enfermas que ocupan su tiempo de convalecencia creando batas con bolsas de basura para las enfermeras de los hospitales. Hay jóvenes que hacen la compra o vienen a la farmacia para que sus vecinos no tengan que salir a la calle, innumerables gestos de paciencia, de solidaridad y de disciplina compartida. Camino y me pregunto hasta cuándo. Hasta cuándo seremos capaces de mantenernos fuera de nosotros mismos, de tener presentes a los otros. Medito si tendrán razón quienes dicen que ninguna epidemia cambió jamás al ser humano o, por el contrario, los que defienden que nunca volveremos a ser los de antes.

Pienso, no dejo de darle vueltas a cuál será la clave para que el ser humano cambie de manera definitiva su modo de estar en el planeta. Si necesitará siete plagas, como cuenta el Antiguo Testamento que sufrió el pueblo egipcio antes de liberar al israelita, antes de convencerse de que la vida tal y como la entendíamos, no podría sostenerse durante mucho más tiempo. De hecho, estoy convencido, quizás de lo único de lo que estoy, aunque sea esta una conjetura más, de que la COVID-19 es la enfermedad que nos alerta de que puede ser el principio del fin si no ponemos remedio. Que es la primera señal, porque la enfermedad no es la causa de los males, sino la expresión de un síntoma de algo que no nos atrevemos a realizar un diagnóstico serio y colectivo. Quienes estamos en el mundo sanitario, con mascarillas o sin ellas, sabemos bien que una cosa es la enfermedad y otra los síntomas, y que a veces los síntomas confunden el diagnóstico.

La aparición de nuevos virus, de cepas bacterianas no conocidas, tienen que ver con su extraordinaria capacidad de mutar ante el ataque humano. Las nuevas vías de contagio también aparecen como consecuencia de nuestras agresiones al ecosistema, apareciendo por nuestro hábitat natural especies que vienen huyendo de la deforestación, de la destrucción del medio ambiente en el que vivían. Y ello quiere decir que, de seguir así, superemos o no a la COVID-19, vendrán otras, quién sabe si peores, y nos sorprenderán más o menos de la misma forma que lo han hecho ahora. Porque para esta guerra no tenemos armas, y quizás los agentes patógenos que vengan, llámense virus, bacterias, calentamiento, etcétera, hagan de la COVID-19 una anécdota sanitaria.

Dicho esto, me preocupa mantener el espíritu comunitario, nacido probablemente de un miedo que se disipará en los próximos meses, al igual que también me inquieta la actitud de una creciente minoría, a la que también alimenta una atávica tradición de encomendarse a un dios salvador, con forma de deidad o de caudillo, tanto da, que no hará sino profundizar el daño que ya de por sí sufrimos. Me resulta repugnante la actitud de políticos y seguidores de partidos políticos que buscan el enfrentamiento para tener la oportunidad de derribar al gobierno. Autodenominados patriotas que se apropiaron de la palabra España hasta amoldarla a sus propios intereses particulares. Para quien piense que ellos hubieran gestionado mejor la crisis sanitaria basta con mirarse en el espejo de sus homónimos en el mundo: Donald Trump, Jair Bolsonaro o Boris Johnson. Aterrador.

Pero no hay que perder el tiempo con ellos. De lo que se trata es de sumar a parte de sus votantes, porque todos será algo imposible, a la inmensa tarea de lo colectivo.

Regreso por la tarde y vuelvo a disfrutar de la soledad en el camino de regreso al trabajo. Vuelvo a cruzarme con dos farmacéuticos que también van a cumplir con la oscura y necesaria labor encomendada. Así vamos, sorteando controles policiales que ya no nos molestan, disfrutando del sonido de las ramas de los árboles mecidas por la brisa primaveral. Próximo a llegar a mi destino veo el primer grupo humano en las inmediaciones de un supermercado. La fila de personas separadas por una distancia rodea la manzana sin romper el silencio del ambiente.

Ocho y cuarto de la tarde. Fin de la jornada y vuelta a casa. El cambio de horario ha reemplazado al sobrecogedor ambiente de la noche. El sol cae discretamente hacia el oeste y el ruido se ha vuelto a hacer dueño del atardecer. Las palmas a los profesionales sanitarios han finalizado, pero aún permanecen las personas en asomadas. Atravieso la plaza y contemplo a muchas personas conversando de terraza a terraza, de ventana a ventana. Me pregunto si antes lo habían hecho, si se conocían siquiera. Y también si lo volverán a hacer cuando todo pase. Quizás la respuesta a mis preguntas esté, como decía Bob Dylan hace casi sesenta años, flotando en el viento. Si bastará mirar a los balcones entonces para predecir el futuro de la humanidad. Si nuestro destino se jugara en el alféizar de una ventana.

De repente, poco antes de dejar la plaza y tomar la avenida que me llevará de nuevo a casa, escucho un grito desde las terrazas:

⸺ ¡Farmacéutico!

Levanto la mirada y veo a una mujer a la que no puedo reconocer desde la distancia que levanta el brazo con el puño cerrado y lo baja con fuerza.

¡Animo! ⸺ me grita.

Y yo, desde abajo, le doy las gracias sin que ella sepa que se me han saltado las lágrimas. Sí, también me doy cuenta de que, a pesar de que no me permita siquiera reconocerlo, mis emociones también están a flor de piel, aunque no las pueda compartir con nadie.

Al entrar en la avenida veo en el edificio de la acera de enfrente a unos niños bailando en la terraza al son de una bachata que recomienda quedarse en casa. Finaliza la música y los vecinos del otro lado de la calle los aplauden a rabiar y se despiden hasta el día siguiente.

Paso por delante del supermercado, que ya ha cerrado sus puertas. Tan solo permanece ante de su puerta un mendigo que aún espera una moneda de los últimos rezagados. A esta gente, a los que viven de la caridad, a ellos sí que les ha caído la crisis encima, con la confinación de sus proveedores.

Llego a las inmediaciones del estadio y veo bailar en sus balcones a los vecinos de un edificio de lujo recién terminado. Es curioso, pero, y quienes vivimos aquí sabemos lo que eso significa, unos tienen una bandera andaluza en su balcón, y otros la nacional. Pero todos bailan. Están despidiéndose unos de otros con un deseado «Hasta mañana». Me entran unas ganas terribles de sentarme en los bancos del jardín cercano a observarlos, pero sé que mi salvoconducto es para ir a trabajar, no para hacer lo que me da la gana. Quizás esos vecinos tengan también otra clave para responder a mis preguntas. Si son capaces de bailar juntos significa que es posible luchar por un destino común. ¿Cómo, quién es capaz de hacer que todos bailemos juntos? La respuesta permanece en el viento.

El sol de la infancia se oculta entre las nubes cuando mi camino está a punto de llegar a su fin. Me queda cruzarme con la chica joven de raza negra que regresa de su trabajo a la misma hora que yo. No sé quién es, solo sé que es mi compañera, que cada mañana y cada noche nuestros caminos se cruzan. Lo sabemos ambos, y hoy me he decidido a darle las buenas noches. Se las doy y sonreímos. También ella y yo somos parte del baile. De un baile que nunca deberíamos olvidar.

DESDE LAS CLOACAS

Regreso hoy por la tarde a la farmacia. En la calle que ejerzo, la que en apenas 400 metros comunica la clase media alta con el barrio más pobre de España, solo quedamos abiertos una droguería, un supermercado, la farmacia de Sarah y la nuestra. La herboristería que teníamos al lado cerró sus puertas de manera definitiva y la panadería ha decidido no abrir por la tarde.

La calle Marqués de Pickman es por la tarde la boca del lobo, como el kilómetro que tengo que recorrer a la ida y a la vuelta. La semana pasada me paró cuatro veces la policía, dos el mismo día, pero en esta aún no me he estrenado. Tampoco pasa nada, cumplen con la importantísima obligación de evitar que nos saltemos la disciplina social, esencial si queremos salir pronto de esta situación, pero uno no está acostumbrado a que le pidan la documentación por la calle.

Son días tensos, porque la actividad de una farmacia que atiende a personas con tratamientos farmacológicos crónicos no cesa y hay que aumentar las precauciones higiénicas. Limpieza exhaustiva del local, lavado de manos, orden en la atención… Mucha disciplina en suma, porque se atiende a una población muy vulnerable, frágil a la hora de poder contraer una enfermedad grave por Coronavirus. Mucho más que el riesgo de ser infectados por los usuarios, temo el contagiarles yo a ellos, y creo que eso es lo que precisamente no acaba de entender el cada día más demacrado señor Simón, que en la noche del lunes se despachó a gusto con nosotros al descartar el aprovisionamiento de mascarillas a las farmacias, porque el riesgo que asumimos es inherente a nuestra actividad.

Pasada mi indignación inicial, entendí que el riesgo que asumíamos todos los españoles era tener a gente con poca calle al frente de responsabilidades así. Gente que vive pegada a un ordenador, a una estadística, para los que las personas son meros números, variables estadísticas que cabemos en un programa SPSS; gente en suma, alejada de toda variable cualitativa como la empatía, para la que la sensibilidad únicamente es un porcentaje de verdaderos positivos de una enfermedad en un estudio clínico, aleatorizado, por supuesto. En suma, nada que ver con lo que la gente de la calle sabe que es tratar de entender el sufrimiento y los miedos del otro. Aunque sea farmacéutico.

Algo más tarde comencé a escuchar las voces, los tuits, mejor dicho, de compañeros también indignados. En este caso no pude evitar sonreírme por el corporativismo que floreció (estamos en primavera) para reivindicar un papel como profesionales sanitarios, algo que pocas veces reclamamos con nuestros actos desde su actividad diaria. Pero también comprendí. Intento tener sensibilidad y especificidad, quiero ser un buen dato y no un outlayer de esos que joden los estudios y hacen fruncir poblados entrecejos de epidemiólogos como el señor de apellido de vino peleón como yo.

A los farmacéuticos, en esta crisis nos están pidiendo cosas que debemos dar, porque todos tenemos la obligación de ir más allá de lo que hacemos, porque la situación no se superará sin un esfuerzo extraordinario de todos los ciudadanos más allá de lo imaginable. Habrá que ir al domicilio de pacientes vulnerables, habrá que colaborar en la liberación de los centros de salud de tareas meramente administrativas, o postergables, para garantizar el acceso a los medicamentos de los pacientes crónicos. En realidad, y debemos ser conscientes de ello los farmacéuticos, lo que se nos está pidiendo, aunque no lo sepan ni los que nos niegan las mascarillas, es que nos hagamos cargo del grueso de la atención primaria de este país. Y tenemos que hacerlo bien si es que en el futuro, cuando las aguas vuelvan a su cauce queremos asumir más responsabilidades en la tarea cotidiana. Por supuesto que no debemos pedir remuneración económica por ello, faltaría más, pero al menos, sí que mereceríamos una mísera mascarilla. Aunque no la paguen ellos, aunque una vez más tengamos que apoquinar de nuestro bolsillo. Pero una mascarilla, sí, por favor. Porque, señor Simón, las actividades que estamos realizando en este momento, y las que vamos a realizar porque nadie la hacía ni la hace, no son inherentes a nuestra actividad profesional. A menos que, y no sería usted el primero que piensa así, y en realidad no he conocido a nadie que piense lo contrario aunque se calle, nos considere que somos la cloaca del sistema sanitario, el agujero negro que tiene que soportar en silencio todas las inmundicias que genera sus imperfecciones, su arcaica estructura piramidal y su no menos caducado médico-centrismo.

Sé que esto que he escrito no servirá para nada. Todo lo más, para el retuit por parte de profesionales que ni antes ni después se plantarán para salir de las alcantarillas, donde todos sabemos quiénes mandan. Un retuiteo corporativista para que todo siga igual, pero esa es otra historia que lleva ya demasiado tiempo escribiéndose, y sin mascarilla. Al menos me ha servido de desahogo. Para seguir vivo en la trinchera. Para resistir. Para continuar soportando las decisiones de quienes no ven más allá de la pantalla de un ordenador. O de un calendario electoral. Vaya país. Continuemos en la boca del lobo, resistiendo desde las cloacas.

APLAUSOS

La tarde del primer lunes de estado de emergencia la ciudad era un sepulcro al aire libre. El cielo azul plagado de nubes blancas y las flores de esta primavera impaciente lucían ajenos a los miedos que los seres humanos albergábamos en la pequeña superficie del planeta que yo recorría. La amplia avenida que conduce a la farmacia en la que trabajo era un desierto de asfalto en el que apenas se podía divisar a lo lejos un autobús de la empresa municipal de transportes, y sin que tuviera certeza alguna de que no se tratase de un espejismo.

La tarde fue muy tranquila en la farmacia, nada que ver con la intensa mañana. El sosiego que se respiraba puertas adentro me permitió ordenar pensamientos delante de la pantalla del ordenador. Al igual que hoy martes, que de nuevo tengo el privilegio de hacerlo. A ver qué sale.

A pesar de que apenas tuve trabajo cerré más tarde de lo estipulado. Una clienta de toda la vida, limpiadora jubilada de uno de los hospitales de la ciudad, apareció a última hora como en ella es costumbre, cargada con las tarjetas sanitarias de la amplia y enferma familia que la tiene para que le saque las castañas, y lo que no son castañas, del fuego. No me importó mucho, al fin y al cabo, es de lo que vivo y tampoco tenía yo otra cosa que hacer, a pesar de que ella ahora tiene todo el tiempo del mundo para venir en un momento más oportuno.

Con ella me dieron las ocho, la hora de cierre, y la buena señora, al escuchar los aplausos que la gente dirigía desde balcones y ventanas a los profesionales sanitarios, me dio la espalda para unirse a la celebración junto a nuestros vecinos, en un momento emotivo como pocos en el día, de agradecimiento a quienes se están dejando la piel por los enfermos. No pude evitar sonreír ante la evidencia de que de mí no se acordaba.

Soy sincero si digo que no me importó, porque creo que ese aplauso nos lo debemos todos. Porque todos, trabajando o confinados en los domicilios, tenemos una misión muy importante que cumplir en esta crisis. Porque nada podrían hacer los profesionales de la salud si las personas no fueran responsables. Nada. Y por ello acabé riéndome solo cuando se fue, cuando al fin pude cerrar con retraso.

De regreso a casa caminaba tranquilo, sin prisa, por la amplia avenida, de nuevo sin tráfico. Tampoco había un alma caminando por la calle. Las ventanas iluminadas de los edificios mostraban dónde estaban aquellos que otros días abarrotaban esas calles tan comerciales del barrio que estaba recorriendo. Los imaginé juntos alrededor de una mesa. Me emocionó contemplar las luces de las casas, me sentí parte de esas familias que también, como yo, como todos, estábamos haciendo lo que teníamos que hacer.

Continué mi camino a casa por el trecho más oscuro de la avenida, junto a los hermosos árboles que acompañan su recorrido. Quién sabe por qué razón, me acordé de cuando estuve trabajando como voluntario en la ciudad congolesa de Goma, fronteriza con Ruanda, durante la guerra entre hutus y tutsis de 1994. Recordé las noches en las que regresaba solo del almacén donde preparábamos la medicación con la que atendíamos a las personas que habitaban el campo de refugiados hutus de Mugunga, en las afueras de la ciudad. Rememoré aquellas travesías nocturnas que a veces, pocas, para ser sincero, no tuve más remedio que hacer, en las que quizás era yo el único hombre blanco que iba a pie en medio de la muchedumbre que rondaba aquellas avenidas también plagadas de árboles. Caminar entre la gente era algo desaconsejado por peligroso. Los blancos desaparecíamos de los campos de refugiados y de las calles en cuanto anochecía, a eso de las seis de la tarde, pero que el hecho de que no hubiera coche para regresar con más seguridad no era excusa para cumplir la parte que a me correspondía realizar. Y lo hacía con gusto.

Aquel era un trabajo oscuro, y no porque fuera de noche sino porque lo poco visible que resultaba para quienes se quedan en la imagen fija de la televisión, con su negrito enfermo y su blanquito curando. Pero, insisto, había que hacerlo, y yo me sentía muy orgulloso de que, visible o no, una pequeña parte de la responsabilidad de hacer que todo funcionase dependía de mí y lo hacía de la mejor manera que sabía. Y me sentía muy feliz por ello.

Quizás fuera ese paralelismo, ese recuerdo de aquello que sucedió veintiséis años atrás lo que terminó por emocionarme. Formar parte de un todo que rema en la misma dirección. Saber que la misión excede el esfuerzo y la capacidad de cada uno, pero que entre todos estamos haciendo lo que hay que hacer. Qué más da que te aplaudan. Qué puede haber más grande que saber que también tú eres parte del camino. De un camino común y compartido. Y cuanto más numerosos son los caminantes, más grande será el triunfo. Un triunfo que nunca podrá llegar sin la participación de todos y cada uno de nosotros.