VEINTE AÑOS

El 30 de junio del año 2000 era viernes. La mañana amaneció calurosa, como suele ser habitual en los tórridos veranos de Sevilla. Era mediodía y el sol apretaba camino de la Facultad de Farmacia. Tampoco vestir traje de chaqueta ayudaba mucho con una temperatura tan alta, pero no había elección. Había que defender la tesis doctoral.

El aire acondicionado del edificio alivió algo el bochorno que traía. Sin embargo, cuando abrí el ordenador del salón de actos e introduje el antiguo disquete de 3 ½” creí morir. Un virus amenazaba con dar al traste con todo. Las diapositivas de fondo rojo tinto y letras amarillas, aquel modesto PowerPoint que me iba a servir de apoyo para mostrar mi trabajo de investigación, estaba infectado.

Era una aventura que había comenzado cuatro años antes, cuando el que sería mi director de tesis, Joaquín Herrera Carranza, me sugirió hacer el doctorado, y yo me dije, como tantas otras veces en mi vida, ¿por qué no?

Desde aquel momento tuve claro que mi laboratorio sería mi farmacia, aquella farmacia que fue de mi padre y que entonces compartía con mi hermana Marina.

― La farmacia es un lugar tan digno como cualquier otro para hacer una investigación― me decía.

Al comenzar los cursos de doctorado en el Departamento de Farmacia y Tecnología Farmacéutica― en aquel tiempo no existía, ni aún existe ni se le espera, departamento específico para farmacia asistencial―, un antiguo compañero de carrera me ofreció integrarme en su equipo de investigación, en el que me sería más fácil realizar la tesis. Trabajaban en dureza de comprimidos y era una opción interesante, puesto que había muchos trabajos en marcha, podría tener un director experto en el tema, el que no iba a haber en la que pretendía hacer, puesto que no había referencia alguna en este campo ni tradición investigadora. A pesar de que lo tentador de la oferta, la rechacé. Solo quería ser doctor en Farmacia si lo conseguía desde aquella modesta farmacia de barrio obrero que desde niños habíamos visto crecer y desarrollarse.

Tuve que pensar sobre qué la podía hacer. Todo debía correr de mi cuenta, puesto que no había líneas de investigación como podían encontrarse cualquier departamento universitario, sencillamente porque la investigación no existía en este campo. No había nada, así que acudí a una de las personas claves y fundamentales para que pudiera alcanzar el doctorado: mi amigo Pepe Espejo, el farmacéutico de Adra, el pueblo almeriense de mi abuelo, un gran experto en estadística y epidemiología, al que conocí en aquel Grupo Farmacéutico Torcal, que unió a farmacéuticos andaluces preocupados por el futuro de la profesión. Lo llamé por teléfono para explicarle mis vagas intenciones, y me dijo:

― ¿Por qué no nos vemos a mitad de camino, en Granada y lo pensamos? Así yo voy a ver a mis suegros con la familia y aprovechamos la mañana del sábado y nos vemos para hablar.

¿Dónde quedamos? ― respondí.

― En la Facultad de Farmacia, allí no nos molestarán.

Quedamos un primero de marzo, sábado, de 1997, al día siguiente del Día de Andalucía. Cuando nos vimos en la puerta y tratamos de entrar un bedel salió a nuestro encuentro.

― ¿A dónde van?

― A la sala de estudios.

― La Facultad está cerrada. Es puente y no hay nadie. No se puede pasar.

Nos quedamos tan helados como aquella mañana de invierno granadina.

― ¿Y ahora qué hacemos? ―dije.

No sabíamos a dónde ir, el bedel nos había desconcertado. Hasta que de pronto, se me ocurrió un lugar.

― ¡Vamos al Corte Inglés! En la cafetería no nos molestarán. Nunca prestan atención a si estás mucho o poco tiempo allí.

Y al Corte Inglés nos dirigimos e iniciamos un camino que culminaría aquel 30 de junio del año 2000, una ruta con muchas paradas en la ciudad de Granada. Desde entonces, el segundo laboratorio de la tesis sería el Hipercor de Granada, el hipermercado del grupo del Corte Inglés porque, al estar en el extrarradio de la ciudad tenía un acceso mucho más cómodo.

Aquel disquete infestado de virus pudo abrirse y yo también fui capaz de dominar los nervios y defender la tesis, un ensayo clínico sobre cumplimiento de antibióticos que supuso abrir otro camino, el que me ha llevado a donde hoy estoy, y a seguir caminando hasta donde y cuando pueda.

De aquellos tiempos solo tengo agradecimiento. A Joaquín Herrera, por hacerme soñar; a Pepe Espejo, porque sin su conocimiento y su afecto no hubiera conseguido ser doctor; y a Fernando Fernández- Llimós, porque la generosidad que mostró conmigo a la hora de poder fundamentar bien el trabajo también fue esencial. Incluso al presidente del Corte Inglés, al que le conté aquella historia en una carta y me respondió regalándome una pluma estilográfica con la que firmar mis recetas como doctor.

Han pasado ya veinte años y poco ha cambiado en el mundo de la farmacia. Sí, es cierto que hay muchos doctores que hicieron sus trabajos de investigación en la farmacia, que se realizan muchos trabajos de investigación aunque sin norte ni estrategia, pero la profesión continúa sin dar el salto, maniatada por quienes detentan el poder y se niegan a cualquier cambio aunque crean que lo disimulan, con la complicidad de quienes obtuvieron tajada de muy diversas formas, a costa de un movimiento que poco o nada les interesaba. Aquellos que, a pesar de que los tiempos estaban cambiando y lo sabían, impiden que la profesión comience a nadar y se hunda como una piedra.

Veinte años después han sucedido muchas cosas y han pasado muchas personas por mi vida, pero sé lo que nunca había imaginado. Por aquel entonces quizás no fuera muy consciente de las dificultades del cambio, pero hoy sé que este es muchísimo más grande e importante de lo que pudiera haber pensado.

Y ahí seguimos, dejándome sorprender de lo que el camino depara. Con nuevos compañeros de viaje, con mejores compañeros de viaje porque la meta está cada vez más cerca y quienes se cansaron o se entretuvieron en hacer títeres por el camino se quedaron atrás haciendo malabares que acaban siempre en el suelo.

La meta aún no se ve, pero qué más da. Como dijo Robert Louis Stevenson, lo más bonito siempre es el camino. Y ahí seguiremos. Con las cicatrices del tiempo; con la energía que da buscar siempre la verdad. Sin engaños, con libertad. Sin nada que perder.

AFANES

No os afanéis por vuestra vida,

qué habéis de comer o qué habéis de beber;

ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir.

¿No es la vida más que el alimento,

y el cuerpo más que el vestido?

Mateo 6:25

Cada mañana salgo de casa a eso de las siete, a comprar el pan recién hecho que ofrece uno de los pocos hornos que hoy subsisten en la ciudad. Atravieso la avenida y miro a la ventana donde antes contemplaba a unas personas que desde muy temprano trabajaban en su oficina. Ahora no están, el coronavirus los confinó en casa y me pregunto si cuando todo pase volveré a ver sus luces iluminadas que tanto sosiego me regalaba meses antes.

Los días que sobra pan en casa llevo los restos a los pájaros del parque. Los días laborables no puedo contemplarlos dando cuenta de mis sobras, pero los fines de semana, con más luz, me encanta observarlos repartiendo ordenadamente la comida sin atacarse. Es cierto, como alguien me recordó hace unos días, que los animales no se pelean cuando sobra, pero que si faltara otro gallo cantaría. Pero tan cierto como eso es que el ser humano que se define como civilizado, ha vivido desde hace demasiado tiempo, cante el gallo o no cante, quitándole al otro lo que necesitaba, por el simple impulso a acaparar con el que nos intoxicó nuestro afán civilizador, esa angustiosa carrera hacia ninguna parte que ha traído tanta muerte y destrucción. Así que me gusta ver a los pájaros repartirse la comida, al igual que me repugna, y no por ellos, ver personas ante las puertas de los supermercados esperando que alguien les dé algo de lo que les sobra a otros.

Regreso a casa buscando de nuevo el parque, una pequeña zona de juegos infantiles rodeada de árboles y edificios, un modesto oasis entre el cemento. Guardo el móvil en el bolsillo y escucho. Lo hago durante todo el año, primavera, verano, otoño e invierno. Y en cada tiempo encuentro diferentes momentos para el goce. Si en el invierno es el silencio el que llena de su música mis oídos, en estos días la primavera me regala los oídos con los modestos sonidos de la naturaleza en la ciudad, hoy atrevidos ante la ausencia humana. Qué obsequio me da el ensordecedor canto de los pájaros que anuncia la proximidad de la tormenta. Cada día, ese diminuto fragmento de ciudad me alegra de una forma diferente. No importa cuándo, unas veces recorro el camino de noche, otras a pleno día, y también durante los amaneceres que regalan las estaciones equinoccio. Si el invierno es época introspectiva, anticipada por la melancolía del otoño y el silencio me absorbe por entero, la primavera es la eclosión del espíritu, la explosión de colores y ecos de la resurrección de la naturaleza.

Adoro este paseo de cada mañana. Detenerme, cerrar los ojos y escuchar. Tiene razón Hartmut Rosa, es por el oído por donde primero penetran las emociones, el primer alimento del espíritu. Su pan.

Cada día espero la llegada del siguiente, como quien hambriento anhela el alimento. Y en estos días de coronavirus, lo que cada mañana experimento también lo puedo vivir también a muchas otras horas. El silencio, el canto de los pájaros, la belleza de las flores que nos regala la primavera. Un placer ensimismado que vivo caminando la ciudad, ajeno al dolor de hospitales, al de las personas que deben enterrar en soledad a sus muertos; a la torpeza humana y su infinita insaciabilidad; a los discursos vacíos asesinos de los cegados por el odio.

Puede que mi gozo resulte egoísta. O que realmente lo sea. Yo solo quiero pensar que no es más que un torpe intento de continuar buscando la belleza, de no rendirme. De mantener la certeza de que tras la muerte puede haber vida, resucitar, resurgir. Ojalá que no para volver a caer en todo aquello que nos ha traído hasta aquí.  

ESTIGMACÉUTICOS

Quienes me conocen saben que nací y vivo en Sevilla. Desde principios de 2006 colaboro como voluntario en un proyecto que denominamos Farmacoterapia en el Polígono Sur de la ciudad, para facilitar acceso a los medicamentos prescritos a vecinos del barrio cuya economía es precaria y les resulta inasumible para su economía pagar lo que les corresponde de la medicación que necesitan. A pesar de que en España existe la posibilidad de que quienes carecen de recursos no paguen por sus medicinas, esto no se cumple con muchos usuarios menos favorecidos y que viven en entornos como este de exclusión social. Un tema para discutir y extenderse, pero que no es el objeto de esta entrada. Esta entrada va, y lo aviso para que no continúen quienes no estén interesados, de farmacéuticos y farmacia en tiempos de la COVID-19.

Polígono Sur de Sevilla

Dentro del Polígono Sur se encuentra el barrio de las Tres Mil Viviendas, que a su vez se conforma por seis barriadas y constituye el núcleo de estigmatización ciudadana más conocido de España. Es un barrio que surgió de la expulsión de ciudadanos de otros barrios en los que vivían en condiciones muchas veces insalubres, con el objetivo de poner en valor espacios de la ciudad de indudable interés residencial y económico, ya que la urbe tradicional carecía de superficies para crecer en tiempos del desarrollismo, último tercio del pasado siglo. La ciudad, después de haber arrasado con cemento todas las huertas antiguas de su casco urbano, solo le quedaba expulsar a los pobladores más pobres Ellos, junto a campesinos que emigraron a la ciudad en busca de una salida a la pobreza a la que los condenaba vivir en sus pueblos, conformaron un perímetro de chabolismo indigno alrededor de la ciudad, y fueron los primeros inquilinos de viviendas sociales que se construyeron para eliminar esos vergonzosos cinturones de pobreza. El resultado, años después, de arrinconar y alejar la pobreza de los ojos ensimismados de la ciudad, con la inestimable ayuda de la droga, fue la conversión de estos barrios en cárceles, con muros pero sin barrotes, que condenaron a sus habitantes a cadenas perpetuas de ignorancia de las que solo algunos héroes y heroínas han podido escapar, condenas y heridas que personajes ilustrados de la ciudad hispalense, lejos de redimir, y mucho menos de tratar de entender sazonan de la forma más cruel, para no dejar dudas acerca del nivel intelectual y moral de sus hijos más reconocidos.

Pero tampoco la entrada va de esto. Y quienes quieran conocer más sobre lo que opino de este asunto pueden leer mi novela Tres mil viajes al sur (Editorial Anantes) y visitar su página web.

Esta entrada, repito, va de farmacéuticos y de farmacia en tiempos de la COVID-19. Siento el extenso preámbulo, pero no he sabido hacerlo de otra manera.

Conocer desde hace catorce años un barrio de exclusión social y compatibilizarlo con mi ejercicio profesional como farmacéutico desde hace casi treinta, me ha hecho encontrar muchas similitudes entre lo que es vivir en las Tres Mil y ejercer de farmacéutico comunitario. Porque si bien los habitantes de este barrio viven a diario con la exclusión social, el farmacéutico comunitario es un profesional de la salud también en exclusión. Basta recordar las tristes palabras del epidemiólogo Fernando Simón respecto a nosotros, nueve muertos ya entre los profesionales que ejercen en farmacias comunitarias, más que en ninguna otra profesión sanitaria, para los que los riesgos que sufrimos por la COVID- 19 son inherentes a nuestra labor profesional.

Las farmacias se utilizan, como las Tres Mil sirve de depósito de inmigrantes, para soltar lastre, para quitarse de encima todo aquello que incomoda ante la emergencia sanitaria, lo cual estaría muy bien si se entiende como colaboración en beneficio del paciente con visos de continuidad, pero no tanto si tras la crisis todo vuelve al punto de partida y se desentienden de nosotros. Los farmacéuticos sabemos que podemos ofrecer muchísimo más a un sistema sanitario que de verdad, y no en los papeles o en un power point, se preocupe por el máximo bienestar de los ciudadanos y por dotar de la máxima eficiencia a un sistema que pagamos entre todos. Pero, negarnos los equipos de protección, abandonarnos a merced de mercaderes, internos o externos a la profesión, para conseguir defender nuestras vidas mientras ejercemos una labor de primera necesidad, me hace pensar que nuestro papel en la crisis será más de usar y tirar cuando las aguas vuelvan a su cauce, ante la ignorancia de los ciudadanos.

Vivir en la exclusión, en este caso profesional, nos deja también a merced de los patriarcas de nuestro barrio, de gobernantes profesionales más interesados, aunque no lo defiendan de boquilla sino todo lo contrario, en mantener el statu quo que les beneficia, sostenidos por una inmensa masa profesional temerosa que prefiere, y se acostumbra a vivir de ellas, las migajas que proporciona y da estabilidad a la situación de indigencia, aunque algunos tengan que pagarlo con la muerte o el exilio, antes que realizar cambios profundos que liberen a su profesión del estigma que la persigue y que, como todos los estigmas, tienen su parte de verdad.

Ojalá que cuanto todo esto pase, los farmacéuticos sepamos ocupar de forma definitiva el espacio que nos han obligado a sumir a cara descubierta, y que de forma tan excelente estamos cumpliendo, aunque no haya partido progre que nos saque como farmacéuticos sino como farmacias en sus memes.

Ojalá nos demos cuenta de que es posible cambiar, porque el cambio estaba y está desde hace mucho tiempo en nosotros. Porque, cuando se nos ha dado una oportunidad, no solo hemos cumplido, sino que hemos sobrepasado las expectativas que teníamos sobre nosotros.

Ojalá que esto no sea perecedero, que no nos aboquen a tener que arrojarnos a un SIGRE profesional en el que enterrar nuestros sueños y los derechos de los ciudadanos respecto a sus medicamentos.

Ojalá que sepamos cambiar, que deseemos cambiar. Ojalá que los patriarcas lo entiendan. Y si no, a por ellos.

Ojalá que la tierra no te bese los pasos (Silvio Rodríguez).

ESTOS CIELOS AZULES

Como cada día desde que comenzó esta crisis sanitaria, regreso por la mañana a casa antes de lo habitual, a eso de la una, para descansar un poco antes de regresar. Las calles están desiertas. Si la soledad de la noche produce desasosiego, el silencio a plena luz resultaba durante los primeros días sobrecogedor. Es la tercera semana y casi me he acostumbrado a esa paz, a la inusual calma del mediodía. A escuchar los pájaros piar y perseguirse despreocupados, a volver a contemplar el cielo azul y el sol de la infancia que evocó Machado en su último verso. A disfrutar de las flores, de las ramas tiernas que crecen en los troncos de los árboles, de los sonidos de la naturaleza antes cohibidos, ocultos bajo el fragor violento de la vida humana. Incluso me alegra presenciar el tranquilo paseo de los gatos callejeros que han regresado, que deambulan ajenos a la tragedia, tomando posesión de los espacios que arrebatamos al resto de seres que pueblan la naturaleza.

Camino y recuerdo los gestos de solidaridad de tantas personas en tiempos de la pandemia. En el barrio hay siete mujeres que cosen mascarillas para quienes las necesiten, ingenieros con impresoras 3D que fabrican equipos de protección, personas enfermas que ocupan su tiempo de convalecencia creando batas con bolsas de basura para las enfermeras de los hospitales. Hay jóvenes que hacen la compra o vienen a la farmacia para que sus vecinos no tengan que salir a la calle, innumerables gestos de paciencia, de solidaridad y de disciplina compartida. Camino y me pregunto hasta cuándo. Hasta cuándo seremos capaces de mantenernos fuera de nosotros mismos, de tener presentes a los otros. Medito si tendrán razón quienes dicen que ninguna epidemia cambió jamás al ser humano o, por el contrario, los que defienden que nunca volveremos a ser los de antes.

Pienso, no dejo de darle vueltas a cuál será la clave para que el ser humano cambie de manera definitiva su modo de estar en el planeta. Si necesitará siete plagas, como cuenta el Antiguo Testamento que sufrió el pueblo egipcio antes de liberar al israelita, antes de convencerse de que la vida tal y como la entendíamos, no podría sostenerse durante mucho más tiempo. De hecho, estoy convencido, quizás de lo único de lo que estoy, aunque sea esta una conjetura más, de que la COVID-19 es la enfermedad que nos alerta de que puede ser el principio del fin si no ponemos remedio. Que es la primera señal, porque la enfermedad no es la causa de los males, sino la expresión de un síntoma de algo que no nos atrevemos a realizar un diagnóstico serio y colectivo. Quienes estamos en el mundo sanitario, con mascarillas o sin ellas, sabemos bien que una cosa es la enfermedad y otra los síntomas, y que a veces los síntomas confunden el diagnóstico.

La aparición de nuevos virus, de cepas bacterianas no conocidas, tienen que ver con su extraordinaria capacidad de mutar ante el ataque humano. Las nuevas vías de contagio también aparecen como consecuencia de nuestras agresiones al ecosistema, apareciendo por nuestro hábitat natural especies que vienen huyendo de la deforestación, de la destrucción del medio ambiente en el que vivían. Y ello quiere decir que, de seguir así, superemos o no a la COVID-19, vendrán otras, quién sabe si peores, y nos sorprenderán más o menos de la misma forma que lo han hecho ahora. Porque para esta guerra no tenemos armas, y quizás los agentes patógenos que vengan, llámense virus, bacterias, calentamiento, etcétera, hagan de la COVID-19 una anécdota sanitaria.

Dicho esto, me preocupa mantener el espíritu comunitario, nacido probablemente de un miedo que se disipará en los próximos meses, al igual que también me inquieta la actitud de una creciente minoría, a la que también alimenta una atávica tradición de encomendarse a un dios salvador, con forma de deidad o de caudillo, tanto da, que no hará sino profundizar el daño que ya de por sí sufrimos. Me resulta repugnante la actitud de políticos y seguidores de partidos políticos que buscan el enfrentamiento para tener la oportunidad de derribar al gobierno. Autodenominados patriotas que se apropiaron de la palabra España hasta amoldarla a sus propios intereses particulares. Para quien piense que ellos hubieran gestionado mejor la crisis sanitaria basta con mirarse en el espejo de sus homónimos en el mundo: Donald Trump, Jair Bolsonaro o Boris Johnson. Aterrador.

Pero no hay que perder el tiempo con ellos. De lo que se trata es de sumar a parte de sus votantes, porque todos será algo imposible, a la inmensa tarea de lo colectivo.

Regreso por la tarde y vuelvo a disfrutar de la soledad en el camino de regreso al trabajo. Vuelvo a cruzarme con dos farmacéuticos que también van a cumplir con la oscura y necesaria labor encomendada. Así vamos, sorteando controles policiales que ya no nos molestan, disfrutando del sonido de las ramas de los árboles mecidas por la brisa primaveral. Próximo a llegar a mi destino veo el primer grupo humano en las inmediaciones de un supermercado. La fila de personas separadas por una distancia rodea la manzana sin romper el silencio del ambiente.

Ocho y cuarto de la tarde. Fin de la jornada y vuelta a casa. El cambio de horario ha reemplazado al sobrecogedor ambiente de la noche. El sol cae discretamente hacia el oeste y el ruido se ha vuelto a hacer dueño del atardecer. Las palmas a los profesionales sanitarios han finalizado, pero aún permanecen las personas en asomadas. Atravieso la plaza y contemplo a muchas personas conversando de terraza a terraza, de ventana a ventana. Me pregunto si antes lo habían hecho, si se conocían siquiera. Y también si lo volverán a hacer cuando todo pase. Quizás la respuesta a mis preguntas esté, como decía Bob Dylan hace casi sesenta años, flotando en el viento. Si bastará mirar a los balcones entonces para predecir el futuro de la humanidad. Si nuestro destino se jugara en el alféizar de una ventana.

De repente, poco antes de dejar la plaza y tomar la avenida que me llevará de nuevo a casa, escucho un grito desde las terrazas:

⸺ ¡Farmacéutico!

Levanto la mirada y veo a una mujer a la que no puedo reconocer desde la distancia que levanta el brazo con el puño cerrado y lo baja con fuerza.

¡Animo! ⸺ me grita.

Y yo, desde abajo, le doy las gracias sin que ella sepa que se me han saltado las lágrimas. Sí, también me doy cuenta de que, a pesar de que no me permita siquiera reconocerlo, mis emociones también están a flor de piel, aunque no las pueda compartir con nadie.

Al entrar en la avenida veo en el edificio de la acera de enfrente a unos niños bailando en la terraza al son de una bachata que recomienda quedarse en casa. Finaliza la música y los vecinos del otro lado de la calle los aplauden a rabiar y se despiden hasta el día siguiente.

Paso por delante del supermercado, que ya ha cerrado sus puertas. Tan solo permanece ante de su puerta un mendigo que aún espera una moneda de los últimos rezagados. A esta gente, a los que viven de la caridad, a ellos sí que les ha caído la crisis encima, con la confinación de sus proveedores.

Llego a las inmediaciones del estadio y veo bailar en sus balcones a los vecinos de un edificio de lujo recién terminado. Es curioso, pero, y quienes vivimos aquí sabemos lo que eso significa, unos tienen una bandera andaluza en su balcón, y otros la nacional. Pero todos bailan. Están despidiéndose unos de otros con un deseado «Hasta mañana». Me entran unas ganas terribles de sentarme en los bancos del jardín cercano a observarlos, pero sé que mi salvoconducto es para ir a trabajar, no para hacer lo que me da la gana. Quizás esos vecinos tengan también otra clave para responder a mis preguntas. Si son capaces de bailar juntos significa que es posible luchar por un destino común. ¿Cómo, quién es capaz de hacer que todos bailemos juntos? La respuesta permanece en el viento.

El sol de la infancia se oculta entre las nubes cuando mi camino está a punto de llegar a su fin. Me queda cruzarme con la chica joven de raza negra que regresa de su trabajo a la misma hora que yo. No sé quién es, solo sé que es mi compañera, que cada mañana y cada noche nuestros caminos se cruzan. Lo sabemos ambos, y hoy me he decidido a darle las buenas noches. Se las doy y sonreímos. También ella y yo somos parte del baile. De un baile que nunca deberíamos olvidar.

DESDE LAS CLOACAS

Regreso hoy por la tarde a la farmacia. En la calle que ejerzo, la que en apenas 400 metros comunica la clase media alta con el barrio más pobre de España, solo quedamos abiertos una droguería, un supermercado, la farmacia de Sarah y la nuestra. La herboristería que teníamos al lado cerró sus puertas de manera definitiva y la panadería ha decidido no abrir por la tarde.

La calle Marqués de Pickman es por la tarde la boca del lobo, como el kilómetro que tengo que recorrer a la ida y a la vuelta. La semana pasada me paró cuatro veces la policía, dos el mismo día, pero en esta aún no me he estrenado. Tampoco pasa nada, cumplen con la importantísima obligación de evitar que nos saltemos la disciplina social, esencial si queremos salir pronto de esta situación, pero uno no está acostumbrado a que le pidan la documentación por la calle.

Son días tensos, porque la actividad de una farmacia que atiende a personas con tratamientos farmacológicos crónicos no cesa y hay que aumentar las precauciones higiénicas. Limpieza exhaustiva del local, lavado de manos, orden en la atención… Mucha disciplina en suma, porque se atiende a una población muy vulnerable, frágil a la hora de poder contraer una enfermedad grave por Coronavirus. Mucho más que el riesgo de ser infectados por los usuarios, temo el contagiarles yo a ellos, y creo que eso es lo que precisamente no acaba de entender el cada día más demacrado señor Simón, que en la noche del lunes se despachó a gusto con nosotros al descartar el aprovisionamiento de mascarillas a las farmacias, porque el riesgo que asumimos es inherente a nuestra actividad.

Pasada mi indignación inicial, entendí que el riesgo que asumíamos todos los españoles era tener a gente con poca calle al frente de responsabilidades así. Gente que vive pegada a un ordenador, a una estadística, para los que las personas son meros números, variables estadísticas que cabemos en un programa SPSS; gente en suma, alejada de toda variable cualitativa como la empatía, para la que la sensibilidad únicamente es un porcentaje de verdaderos positivos de una enfermedad en un estudio clínico, aleatorizado, por supuesto. En suma, nada que ver con lo que la gente de la calle sabe que es tratar de entender el sufrimiento y los miedos del otro. Aunque sea farmacéutico.

Algo más tarde comencé a escuchar las voces, los tuits, mejor dicho, de compañeros también indignados. En este caso no pude evitar sonreírme por el corporativismo que floreció (estamos en primavera) para reivindicar un papel como profesionales sanitarios, algo que pocas veces reclamamos con nuestros actos desde su actividad diaria. Pero también comprendí. Intento tener sensibilidad y especificidad, quiero ser un buen dato y no un outlayer de esos que joden los estudios y hacen fruncir poblados entrecejos de epidemiólogos como el señor de apellido de vino peleón como yo.

A los farmacéuticos, en esta crisis nos están pidiendo cosas que debemos dar, porque todos tenemos la obligación de ir más allá de lo que hacemos, porque la situación no se superará sin un esfuerzo extraordinario de todos los ciudadanos más allá de lo imaginable. Habrá que ir al domicilio de pacientes vulnerables, habrá que colaborar en la liberación de los centros de salud de tareas meramente administrativas, o postergables, para garantizar el acceso a los medicamentos de los pacientes crónicos. En realidad, y debemos ser conscientes de ello los farmacéuticos, lo que se nos está pidiendo, aunque no lo sepan ni los que nos niegan las mascarillas, es que nos hagamos cargo del grueso de la atención primaria de este país. Y tenemos que hacerlo bien si es que en el futuro, cuando las aguas vuelvan a su cauce queremos asumir más responsabilidades en la tarea cotidiana. Por supuesto que no debemos pedir remuneración económica por ello, faltaría más, pero al menos, sí que mereceríamos una mísera mascarilla. Aunque no la paguen ellos, aunque una vez más tengamos que apoquinar de nuestro bolsillo. Pero una mascarilla, sí, por favor. Porque, señor Simón, las actividades que estamos realizando en este momento, y las que vamos a realizar porque nadie la hacía ni la hace, no son inherentes a nuestra actividad profesional. A menos que, y no sería usted el primero que piensa así, y en realidad no he conocido a nadie que piense lo contrario aunque se calle, nos considere que somos la cloaca del sistema sanitario, el agujero negro que tiene que soportar en silencio todas las inmundicias que genera sus imperfecciones, su arcaica estructura piramidal y su no menos caducado médico-centrismo.

Sé que esto que he escrito no servirá para nada. Todo lo más, para el retuit por parte de profesionales que ni antes ni después se plantarán para salir de las alcantarillas, donde todos sabemos quiénes mandan. Un retuiteo corporativista para que todo siga igual, pero esa es otra historia que lleva ya demasiado tiempo escribiéndose, y sin mascarilla. Al menos me ha servido de desahogo. Para seguir vivo en la trinchera. Para resistir. Para continuar soportando las decisiones de quienes no ven más allá de la pantalla de un ordenador. O de un calendario electoral. Vaya país. Continuemos en la boca del lobo, resistiendo desde las cloacas.

APLAUSOS

La tarde del primer lunes de estado de emergencia la ciudad era un sepulcro al aire libre. El cielo azul plagado de nubes blancas y las flores de esta primavera impaciente lucían ajenos a los miedos que los seres humanos albergábamos en la pequeña superficie del planeta que yo recorría. La amplia avenida que conduce a la farmacia en la que trabajo era un desierto de asfalto en el que apenas se podía divisar a lo lejos un autobús de la empresa municipal de transportes, y sin que tuviera certeza alguna de que no se tratase de un espejismo.

La tarde fue muy tranquila en la farmacia, nada que ver con la intensa mañana. El sosiego que se respiraba puertas adentro me permitió ordenar pensamientos delante de la pantalla del ordenador. Al igual que hoy martes, que de nuevo tengo el privilegio de hacerlo. A ver qué sale.

A pesar de que apenas tuve trabajo cerré más tarde de lo estipulado. Una clienta de toda la vida, limpiadora jubilada de uno de los hospitales de la ciudad, apareció a última hora como en ella es costumbre, cargada con las tarjetas sanitarias de la amplia y enferma familia que la tiene para que le saque las castañas, y lo que no son castañas, del fuego. No me importó mucho, al fin y al cabo, es de lo que vivo y tampoco tenía yo otra cosa que hacer, a pesar de que ella ahora tiene todo el tiempo del mundo para venir en un momento más oportuno.

Con ella me dieron las ocho, la hora de cierre, y la buena señora, al escuchar los aplausos que la gente dirigía desde balcones y ventanas a los profesionales sanitarios, me dio la espalda para unirse a la celebración junto a nuestros vecinos, en un momento emotivo como pocos en el día, de agradecimiento a quienes se están dejando la piel por los enfermos. No pude evitar sonreír ante la evidencia de que de mí no se acordaba.

Soy sincero si digo que no me importó, porque creo que ese aplauso nos lo debemos todos. Porque todos, trabajando o confinados en los domicilios, tenemos una misión muy importante que cumplir en esta crisis. Porque nada podrían hacer los profesionales de la salud si las personas no fueran responsables. Nada. Y por ello acabé riéndome solo cuando se fue, cuando al fin pude cerrar con retraso.

De regreso a casa caminaba tranquilo, sin prisa, por la amplia avenida, de nuevo sin tráfico. Tampoco había un alma caminando por la calle. Las ventanas iluminadas de los edificios mostraban dónde estaban aquellos que otros días abarrotaban esas calles tan comerciales del barrio que estaba recorriendo. Los imaginé juntos alrededor de una mesa. Me emocionó contemplar las luces de las casas, me sentí parte de esas familias que también, como yo, como todos, estábamos haciendo lo que teníamos que hacer.

Continué mi camino a casa por el trecho más oscuro de la avenida, junto a los hermosos árboles que acompañan su recorrido. Quién sabe por qué razón, me acordé de cuando estuve trabajando como voluntario en la ciudad congolesa de Goma, fronteriza con Ruanda, durante la guerra entre hutus y tutsis de 1994. Recordé las noches en las que regresaba solo del almacén donde preparábamos la medicación con la que atendíamos a las personas que habitaban el campo de refugiados hutus de Mugunga, en las afueras de la ciudad. Rememoré aquellas travesías nocturnas que a veces, pocas, para ser sincero, no tuve más remedio que hacer, en las que quizás era yo el único hombre blanco que iba a pie en medio de la muchedumbre que rondaba aquellas avenidas también plagadas de árboles. Caminar entre la gente era algo desaconsejado por peligroso. Los blancos desaparecíamos de los campos de refugiados y de las calles en cuanto anochecía, a eso de las seis de la tarde, pero que el hecho de que no hubiera coche para regresar con más seguridad no era excusa para cumplir la parte que a me correspondía realizar. Y lo hacía con gusto.

Aquel era un trabajo oscuro, y no porque fuera de noche sino porque lo poco visible que resultaba para quienes se quedan en la imagen fija de la televisión, con su negrito enfermo y su blanquito curando. Pero, insisto, había que hacerlo, y yo me sentía muy orgulloso de que, visible o no, una pequeña parte de la responsabilidad de hacer que todo funcionase dependía de mí y lo hacía de la mejor manera que sabía. Y me sentía muy feliz por ello.

Quizás fuera ese paralelismo, ese recuerdo de aquello que sucedió veintiséis años atrás lo que terminó por emocionarme. Formar parte de un todo que rema en la misma dirección. Saber que la misión excede el esfuerzo y la capacidad de cada uno, pero que entre todos estamos haciendo lo que hay que hacer. Qué más da que te aplaudan. Qué puede haber más grande que saber que también tú eres parte del camino. De un camino común y compartido. Y cuanto más numerosos son los caminantes, más grande será el triunfo. Un triunfo que nunca podrá llegar sin la participación de todos y cada uno de nosotros.

CORONAVIRUS Y FARMACIAS

El pasado 11 de marzo, el gobierno italiano decretó el cierre de todos los establecimientos salvo tiendas de comestibles y farmacias. Es obvio que a día de hoy en España la crisis coronavírica no ha llegado, al menos todavía, a las cotas que ha alcanzado en Italia, pero no se puede descartar que las medidas que allí se toman, aunque solo sea por el procedimiento habitual de contagio, acaben por implantarse aquí. Así que pongamos nuestras barbas a remojar, aunque sea en alcohol, por si las moscas, o por si los virus, mejor dicho. Si es que lo encuentran fuera de un bar, claro está.

De lo que voy a escribir compete a farmacias, pero también a la población en general. Y tiene que ver con las prescripciones electrónicas de las que fuimos pioneros y con las que un día nos engatusaron diciendo, cuando nunca fue verdad, que sería la herramienta que nos integraría como profesionales en el sistema sanitario. Cómo nos la metieron doblada unos y otros, los nuestros y ellos, que también deberían ser los nuestros.

La receta electrónica no ha sido más que un intento de desahogar las consultas de atención primaria, de alejar a los pacientes crónicos del control y seguimiento de sus tratamientos y enfermedades. Con un máximo de prórroga de la medicación, sin control alguno, de hasta un año, al menos en Andalucía, la realidad es que hoy en muchos centros de salud basta con llamar a un teléfono determinado para obtener una prórroga automática de… ¡correcto!, un año más. Ese es el control que se hace, con total impunidad. Pero la entrada en el blog no va de esto. El título habla de Coronavirus, y hasta ahora no he hablado de él. Esperen, que sigo hablando de la receta electrónica.

Debido a la variedad de pautas posológicas y de formatos en los medicamentos, no todos los envases que ha de utilizar una persona salen disponibles el mismo día. Sí, el paciente no tiene que volver al médico, quizás en su vida si toca la tecla adecuada y no le importa morirse cuando le llegue su hora, la coartada de uso más frecuente frente a la ineptitud. Pero a la farmacia puede que tenga que acudir todos los días. Y ahora entra el Coronavirus en el artículo. Lávense las manos y póngase la mascarilla antes de continuar.

A propósito, un inciso, un espacio para la publicidad:

En una farmacia de la Carretera Su Eminencia de Sevilla, uno de los barrios más pobres de la ciudad, venden un pack protector frente al Coronavirus, que incluye una mascarilla, extraída por las manos del profesional que luego te cobra de una caja a granel, más un envase de gel hidroalcohólico de manos, al irrisorio precio de 20 euros. Creo que está siendo todo un éxito la promoción en esa zona de Sevilla esquilmada por la pobreza, la exclusión social, y también por su farmacia, que no puede quedarse atrás. Grandes profesionales de la salud esta gente, atentos siempre a las necesidades de sus vecinos. Seguro que llegan lejos.

Hablaba del Coronavirus, y al principio citaba el ejemplo italiano. Pero es que hoy 12 de marzo nuestro presidente Pedro Sánchez ha aconsejado tras el Consejo de Ministros extraordinario que no se salga a la calle salvo lo imprescindible, en especial los pacientes de riesgo. O sea, estas personas que son enfermas crónicas y que, aunque jamás vayan a volver a ver a su médico, necesitan ir cada día a la farmacia a ver si le ha salido la pastilla que les queda de su tratamiento.

¿Alguien está pensando en la Consejería de Salud flexibilizar a los pacientes crónicos el acceso a su medicación para evitar que durante esta crisis tengan que salir de su casa todos los días a guardar colas en las farmacias con otros enfermos potenciales o reales?

Me temo que no, ojalá me equivoque. Pero esta también debería ser una medida a considerar si se pretende minimizar el contacto entre personas de riesgo. Lo dejo ahí. Espero que les interese. Y si no, me queda el consuelo de haberles facilitado una pista donde, si les sobra 20 euros, pueden encontrar a unos profesionales atentos a sus necesidades. Al fin y al cabo, ¿qué son 20 euros si ya no van a poder ni salir a tomarse unas birras?

MEDICALIZAR LA DESIGUALDAD

Este fin de semana la doctora Martha Milena Silva Castro, farmacéutica y antropóloga, ha vuelto a utilizar el primer texto de mi novela Tres mil viajes al sur para enseñar a realizar investigación cualitativa a los alumnos del Máster de Atención Farmacéutica y Farmacoterapia de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Y al igual que en el curso pasado, aún más si cabe, el resultado ha sido sorprendente.

Josefa es el título de la primera parte, subtitulada como Veo un tren y se me cambia la cara. En ella se relata el camino de una mujer hacia su suicidio. Josefa vive en la marginalidad, dentro de un barrio mortalmente herido, víctima de la exclusión social, de una familia tan desestructurada como el suburbio en el que reside. La vida ha dejado de tener sentido para ella y decide acabar. Utilizando diferentes técnicas de investigación cualitativa, desde la entrevista en profundidad, el grupo focal y el de discusión, se discutió acerca de los recursos con los que contaba la protagonista, los que la sociedad ofrece, para evitar llegar al desenlace que se había propuesto.

Josefa, gracias a nuestro sistema público de salud, contaba con un variado arsenal de medicamentos para la enfermedad mental. Asistía periódicamente a visitas a su psiquiatra. Quizás, una, dos, hasta tres o cuatro veces al año. Lo que no podía hacer era salir del entorno en el que vivía, de un barrio estigmatizado, de unos hijos e hijas víctimas de drogas y de la prostitución, de un entorno salvaje y descarnado, estigmatizado, como el que representa su barrio. No uno ni dos, ni tres ni cuatro días al año estaba en aquel suburbio dejado de la mano de Dios y sobre todo, de los hombres, en aquella cárcel sin barrotes; trescientos sesenta y cinco. Trescientos sesenta y seis habrían sido si hubiera vivido este, porque hasta en el dolor puede haber propina, a modo de bonus track de la desgracia.

Asistimos en estos momentos la crisis sanitaria del coronavirus. El aislamiento es una de las medidas que se han tomado para evitar contagios. Algo muy lógico, que lo entendemos de cajón en el marco de las enfermedades infecciosas. Sin embargo, nada de eso se aplica, ni se piensa, en lo que se refiere a los trastornos del ánimo derivados de la exclusión social. Para Josefa, personaje de ficción, solo hubo profesionales de la salud y antidepresivos, medidas absolutamente ineficientes ante la tragedia social de la marginalidad.

Dicen que contamos con un sistema sanitario universal, pero este solo aporta profesionales, tecnologías y medicamentos. No es poca cosa para lo que hay en el resto del mundo, pero tampoco es mucho para unas personas que necesitan a veces cosas muy diferentes.

Josefa era víctima de la sociedad, de la injusticia. Los medicamentos y los psiquiatras en su caso, y en el de muchísimas personas reales, de carne y hueso y no de la pasta de celulosa de la que están hechos los libros, no suponían otra cosa que un encarnizamiento terapéutico ante la ausencia de verdaderos recursos para ella, porque su enfermedad tenía raíces sociales y no clínicas. Una enfermedad social que emerge con sintomatología clínica se parece mucho a eso de agarrar el rábano por las hojas (te dejas el rábano dentro).

Entre todos los asistentes a la sesión llegamos a la conclusión, sin necesidad de adoctrinamiento político alguno, de que un profesional de la salud debería ser primero defensor de la justicia social. Porque sin justicia social no será posible garantizar la salud de los más débiles. Sí, la justicia social debe ser previa a los recursos terapéuticos, y como no lo es, asistimos a un mundo cada vez más esquizofrénico que demuestra que las enfermedades nos e pueden dividir en contagiosas o no, porque todas lo son.

Sí, gozamos de un sistema sanitario universal y público, pero que lamentablemente no ofrece lo que las personas necesitan. Un mero brindis al sol, si nos conformamos con conservarlo, un mero espejismo. O un apasionante camino por recorrer juntos, un desafío por alcanzar, para beneficiarnos todos.

Sí, en este Máster tan original, tan humano, tan único en su profesorado y en sus objetivos, algo que merece una entrada aparte para explicarlo, tratamos de enseñar y aprender cómo disminuir la morbi- mortalidad asociada a medicamentos. Pero somos conscientes de que esto no es más que una mínima parte del camino a recorrer para garantizar la salud de las personas. Y si queremos de verdad garantizarla, la justicia social tiene que ser un reto innegociable.

VAIS A MORIR TODOS

Apenas unas semanas después de tomar posesión el nuevo gobierno en España, casi con más vicepresidentes que ministros, seguimos sin saber si habrá cambios legislativos y si los próximos presupuestos contemplarán la finalización del copago de medicamentos para los pensionistas. Atrás quedan las adanistas propuestas de un partido político, que no salió elegido para formar parte de la coalición que dirigirá los destinos del país, de crear un laboratorio farmacéutico de titularidad pública, como si ello fuera posible sin tener que anexionarnos países como la India y  todas sus castas o la China de unos coronavirus que pronto también serán nuestros.

Resulta triste constatar que incluso la izquierda más a la izquierda a lo único que aspira es a mantener un sistema de titularidad pública, lo cual está muy bien, sin plantearse siquiera que este debería sufrir intensas transformaciones si es que aspira a garantizar el derecho a la salud de sus conciudadanos. Porque, si no peco de ingenuo una vez más, entiendo que un sistema público no es solo aquel que se responsabiliza de asumir los gastos en salud de la población, sino que aspira a otorgar el máximo de bienestar posible haciendo un uso responsable de los recursos económicos de los que dispone. Escribo esto y siento la bofetada de mi ingenuidad, pero continuaré.

Uno de los grandes problemas del sistema sanitario es su medicalización, porque es más barato dar un medicamento que el tiempo de un profesional. Se habla de copago o de laboratorio público pero nada de la complejidad y necesaria transdisciplinariedad que precisa hoy la atención a las personas. Estamos sensibilizados con la restricción del uso de antibióticos pero no de los antidepresivos y tantos y tantos medicamentos de dudosa necesidad, pero seguimos pensando y asimilando buena atención a su financiación, cuando son los malos resultados de la farmacoterapia los que producen elevadas tasas de mortalidad y morbilidad evitable. Al parecer, el problema de los medicamentos, un recurso terapéutico que produce una mortandad que quintuplica la de los accidentes de tráfico y cuyos efectos negativos producen que los costes de atención sanitaria, financiados por quien los financie, se tripliquen, se circunscribe a quién invita a la pastilla.

Que la atención hospitalaria esté medicalizada es lo normal, es el último recurso. Pero que la atención primaria se medicalice no debería serlo. Se consideran enfermedades circunstancias que no lo son con el pretexto de utilizar medicamentos, aprovechando el escaso tiempo del que también escasos profesionales disponen. Y si además, se da la circunstancia de que un medicamento, incluso bien seleccionado, es poco fiable en cuanto a garantizar su resultado, al usarse en conjunto con otros con los que a menudo comparte vías metabólicas, pasa lo que pasa, que entre todos la lian parda y producen el escenario en el que estamos, y al que políticos de cualquier ideología y la inmensa mayoría de los profesionales hacen caso omiso. Esto es lo que hay.

La sociedad precisa de más profesionales que se integren en el sistema, y uno que mire los medicamentos no como un recurso terapéutico, que para eso están los médicos, sino como causa de enfermedad. Alguien que con independencia se integre en el equipo para contribuir a la optimización de ese recurso terapéutico llamado medicamento y que, al provocar los daños que puede producir, solo puede optimizarse desde los resultados y no desde sus costes. ¿Capicci, farmacéuticos de atención primaria y demás detectives del sistema?

Este profesional podría haber sido farmacéutico, pero mucho me temo que habrá que crearlo. No de la nada, pero sí desde sus restos mortales parafarmacéuticos, de sus despojos. Porque desde dentro hace tiempo que la batalla está perdida. Están más preocupados por hacerse el harakiri que por refundar la profesión. Unos por mirar hacia otro lado y dedicarse a la falsa farmacia, otros por marear la perdiz jugando a las casitas sanitarias, y los del más allá, los que mandan, por ser un foco de resistencia al cambio, a un cambio que los pudiera dejar en fuera de juego (sin VAR profesional que lo atestigüe) y de sus prebendas varias, por muchos conocidas, por muchos silenciadas (Capicci también).

Aguardo con curiosidad los cambios que propone el nuevo gobierno y sus múltiples vicepresidencias. Pero mucho me temo que a lo máximo a lo que podremos aspirar será a continuar drogándonos a costa del erario público, por eso debe de llamarse estado del bienestar. Al menos me queda el consuelo de que quienes hacen todo lo posible por evitar mejorar los resultados de los medicamentos, con bastante probabilidad, tanto ellos como sus familiares y afectos, acabarán por ser víctimas de su negligencia. Y esto, ya que uno no se siente demasiado culpable de ello, me hace esbozar una sonrisa. Vais a morir todos, cabrones.

LA ESPAÑA INSACIABLE

Está de moda hablar de la España vaciada. Nos damos cuenta de que Teruel existe, como Palencia, Soria o Badajoz, como Orense, Cuenca o Jaén. Sin embargo, nada se habla de esa España zampabollos, insaciable y voraz que también existe y ha existido siempre. Sí, pongamos que hablo de Madrid, de la Corte que todo lo fagocita, lo succiona. De la metrópoli que atrae las mejores cabezas y las más osadas del estado, a la par que convierte al resto del país en un páramo, deshabitado de personas o en estado de indigencia intelectual, según los casos, y a sus convecinos en una máquina de correr y competir huyendo del fracaso.

La España anoréxica también tiene que ver con la bulímica, y si queremos que España sea algo más que Madrid habrá que poner a la capital a régimen. Porque en caso contrario no quedará más remedio que convertir al estado en un Donut. Bajo en calorías, por favor.