VAIS A MORIR TODOS

Apenas unas semanas después de tomar posesión el nuevo gobierno en España, casi con más vicepresidentes que ministros, seguimos sin saber si habrá cambios legislativos y si los próximos presupuestos contemplarán la finalización del copago de medicamentos para los pensionistas. Atrás quedan las adanistas propuestas de un partido político, que no salió elegido para formar parte de la coalición que dirigirá los destinos del país, de crear un laboratorio farmacéutico de titularidad pública, como si ello fuera posible sin tener que anexionarnos países como la India y  todas sus castas o la China de unos coronavirus que pronto también serán nuestros.

Resulta triste constatar que incluso la izquierda más a la izquierda a lo único que aspira es a mantener un sistema de titularidad pública, lo cual está muy bien, sin plantearse siquiera que este debería sufrir intensas transformaciones si es que aspira a garantizar el derecho a la salud de sus conciudadanos. Porque, si no peco de ingenuo una vez más, entiendo que un sistema público no es solo aquel que se responsabiliza de asumir los gastos en salud de la población, sino que aspira a otorgar el máximo de bienestar posible haciendo un uso responsable de los recursos económicos de los que dispone. Escribo esto y siento la bofetada de mi ingenuidad, pero continuaré.

Uno de los grandes problemas del sistema sanitario es su medicalización, porque es más barato dar un medicamento que el tiempo de un profesional. Se habla de copago o de laboratorio público pero nada de la complejidad y necesaria transdisciplinariedad que precisa hoy la atención a las personas. Estamos sensibilizados con la restricción del uso de antibióticos pero no de los antidepresivos y tantos y tantos medicamentos de dudosa necesidad, pero seguimos pensando y asimilando buena atención a su financiación, cuando son los malos resultados de la farmacoterapia los que producen elevadas tasas de mortalidad y morbilidad evitable. Al parecer, el problema de los medicamentos, un recurso terapéutico que produce una mortandad que quintuplica la de los accidentes de tráfico y cuyos efectos negativos producen que los costes de atención sanitaria, financiados por quien los financie, se tripliquen, se circunscribe a quién invita a la pastilla.

Que la atención hospitalaria esté medicalizada es lo normal, es el último recurso. Pero que la atención primaria se medicalice no debería serlo. Se consideran enfermedades circunstancias que no lo son con el pretexto de utilizar medicamentos, aprovechando el escaso tiempo del que también escasos profesionales disponen. Y si además, se da la circunstancia de que un medicamento, incluso bien seleccionado, es poco fiable en cuanto a garantizar su resultado, al usarse en conjunto con otros con los que a menudo comparte vías metabólicas, pasa lo que pasa, que entre todos la lian parda y producen el escenario en el que estamos, y al que políticos de cualquier ideología y la inmensa mayoría de los profesionales hacen caso omiso. Esto es lo que hay.

La sociedad precisa de más profesionales que se integren en el sistema, y uno que mire los medicamentos no como un recurso terapéutico, que para eso están los médicos, sino como causa de enfermedad. Alguien que con independencia se integre en el equipo para contribuir a la optimización de ese recurso terapéutico llamado medicamento y que, al provocar los daños que puede producir, solo puede optimizarse desde los resultados y no desde sus costes. ¿Capicci, farmacéuticos de atención primaria y demás detectives del sistema?

Este profesional podría haber sido farmacéutico, pero mucho me temo que habrá que crearlo. No de la nada, pero sí desde sus restos mortales parafarmacéuticos, de sus despojos. Porque desde dentro hace tiempo que la batalla está perdida. Están más preocupados por hacerse el harakiri que por refundar la profesión. Unos por mirar hacia otro lado y dedicarse a la falsa farmacia, otros por marear la perdiz jugando a las casitas sanitarias, y los del más allá, los que mandan, por ser un foco de resistencia al cambio, a un cambio que los pudiera dejar en fuera de juego (sin VAR profesional que lo atestigüe) y de sus prebendas varias, por muchos conocidas, por muchos silenciadas (Capicci también).

Aguardo con curiosidad los cambios que propone el nuevo gobierno y sus múltiples vicepresidencias. Pero mucho me temo que a lo máximo a lo que podremos aspirar será a continuar drogándonos a costa del erario público, por eso debe de llamarse estado del bienestar. Al menos me queda el consuelo de que quienes hacen todo lo posible por evitar mejorar los resultados de los medicamentos, con bastante probabilidad, tanto ellos como sus familiares y afectos, acabarán por ser víctimas de su negligencia. Y esto, ya que uno no se siente demasiado culpable de ello, me hace esbozar una sonrisa. Vais a morir todos, cabrones.

MENSAJES EN UNA BOTELLA

Hoy primero de enero toca revisar el bote de cristal, un bote que en su día alojó tomate frito y hoy, dos años después, lo que contiene es pequeños trozos de papel en los que he anotado los grandes momentos que he vivido durante el año 2019. No todos están, porque no soy lo constante que quisiera, pero eso también me ayuda a reconocer mis limitaciones. La primera cura de humildad, el primer día del año, qué maravilla.

El primer apunte que hice fue la llamada telefónica de Joaquín Ronda, farmacéutico de hospital alicantino, casi nonagenario, para felicitarme, como todos los años desde que nos conocimos, por mi onomástica. Esto anoté: caminaba por la Puerta de Jerez de Sevilla camino de casa de mi madre y me emocionaron sus palabras, y también su despedida de “Hasta siempre”. Me pregunté si sería una premonición, pero hoy he comprobado que no, porque he sido el primero de la lista de sus Manueles para felicitar.

El 7 de enero volví a ver Love actually en familia, como todos estos últimos años. En esta ocasión no se inundó la casa como el año anterior, pero lloré una vez más. Más allá de la calidad de una película, me emociona la gente que no se rinde y no pierde la esperanza. Verla me da fuerzas, soy así de simple.

La tarde del 19 de febrero disfruté en casa de una conversación inolvidable con María Emilia, una persona esencial en mi vida hoy, a pesar de que ahora la tengo a casi diez mil kilómetros de distancia. Uruguay me abraza, me atrapa, me envuelve y mucha culpa de ello la tiene María Emilia, con la que repetí, junto a Salva y Marisa, en el bar de Ramón, otra cena irrepetible como la del año anterior. Definitivamente, para nosotros cuatro la palabra irrepetible debería estar fuera del diccionario, porque cada vez que nos hemos juntado, solos o con compañía, con Ramón o sin él, hemos disfrutado de momentos inolvidables.

Marzo fue para mí, Uruguay. Mi primer destino internacional como escritor, tras haber pateado América Latina durante casi veinte años como farmacéutico. Tres semanas maravillosas junto a Vero, Silvia y María Clara, que fueron una dura prueba profesional y emocional que hoy es una realidad de amor y trabajo bien hecho. Uno de los momentos vitales que marcan a fuego.

Apretadas Cabemos deben tener su lugar especial en esta entrada. Elena, María, Martha y yo juntos en un taxi, apretados, tejiendo unos lazos extraordinarios. Ellas me han devuelto la ilusión por no rendirme en mi profesión, y con ellas he aprendido a que no hay metas sino caminos que recorrer.

Como también que en esos caminos puedes reencontrarte con personas como Djenane. El 1 de octubre en Cádiz entendí gracias a ella que nunca había cambiado de camino, sino que es el paisaje el que a veces lo hace diferente. Otro día para no olvidar.

No puedo dejar a un lado la experiencia teatral junto a las sirenas Ana y Lucía con mujeres emigrantes africanas en la Factoría Cultural del Polígono Sur. No pudo tener continuidad, pero nos dio mucho. Y quién sabe si este año gira de forma inesperada y nos vuelve a colocar en la casilla de salida. Las noches con todas las Sirenas, en el restaurante peruano y en nuestra sede central, La Pastora, son momentos muy especiales siempre. Un grupo que nunca falla.

Como tampoco puedo olvidarme del grupo del Pasiego ni de los concursos literarios tan divertidos que organizamos junto a Eduardo, Nuria y Ana en los que escribo en chino andalusí.  Unas risas geniales a las que Sete les está dando un punto omega-3 delicioso de lo más saludable.

Y qué decir de los besos de muchos despertares, del viaje a Colombia de Ignacio, de los abrazos y del placer de leer con Coke arremolinado entre mis piernas. Sí, 2019, ha sido también un año precioso. Ojalá que en 2020 tenga que pensar en conseguir un bote aún más grande.

LA RUTA DE LA FELICIDAD

Autobús urbano recorre su ruta durante la mañana del 1 de enero

Un estado es una estructura artificial y cambiante a lo largo de la Historia, creada por el ser humano para dar respuesta a su necesidad animal de vivir en manada. Un estado no es nada sin sus miembros. Es el bien de los miembros de la manada su finalidad y su sentido, no al revés, y si no es capaz de beneficiar a todos sus integrantes para que puedan ofrecer lo mejor de ellos mismos a la comunidad, solo puede haber dos soluciones, o mejorar su gestión o cambiar de estado.

Para dar lo mejor a los individuos que forman parte y le dan sentido, un estado debe garantizarles unos derechos y vigilar que se cumplan, y para ello ha de gozar de una estructura con capacidad de hacerlo y que esté en continua revisión por parte de los ciudadanos para prevenir, detectar y resolver sus fallos. Un estado es, en definitiva, el alma colectiva de sus miembros y siempre debe estar atenta a que sus elementos más frágiles encuentren el amparo del resto de la manada.

Estos pensamientos me vinieron a la mente a primera hora de la mañana del primer día de enero mientras hacía la foto que ilustra la entrada, la de un autobús público casi vacío recorriendo su ruta en medio de una ciudad desierta. No es despilfarro; es servicio al que menos puede. Al más débil de la cadena. Y no avanzaremos como sociedad hasta esto lo defendamos con uñas y dientes, como si nos fuera la vida en ello. Esta es la única ruta posible hacia la felicidad.

EL VÉRTIGO DE DETENERSE

Correr, correr, correr…

Uno de los grandes miedos de nuestra sociedad es a detenerse. Parece como si en lugar de caminar por calles, paseos o avenidas, lo hiciésemos sobre un colosal tapiz rodante que amenazara con derribarnos si nos detuviéramos. Vivimos en la sociedad de la prisa, por llegar a donde nadie nos espera para ser fieles a una cita con nadie. Hemos perdido la serenidad y el silencio, hemos entregado el sentido de nuestra existencia a un otro que carece de nombre o corporeidad y que nos exige correr siempre, como un Sísifo de las llanuras.

Recorremos distancias físicas y mentales que nos llevan al País de la Nada, y por eso cada día nos sentimos más vacíos y angustiados por esa Nada, que apenas es una sombra de nosotros mismos a la que ni siquiera vemos. Y para sobreponernos, nuestra única respuesta es correr más y más cada día, para perseguir esa Nada con la que tenemos más semejanzas porque poco a poco nos consume, nos vacía, hasta desvanecernos por completo convertidos en espectros errantes, condenados a arrastrar la cadena de una existencia que se ha transformado en una losa imposible de sobrellevar.

Olvidamos que es el tiempo, la gozosa consciencia del momento, el que posibilita nuestra felicidad. No es la distancia recorrida, ni las conquistas obtenidas, las que la marcarán sino gozar de la oportunidad de paladear cada instante de nuestra existencia.

Detengámonos en los semáforos, dejémonos maravillar por todo lo que podemos ver. Cada segundo es una oportunidad para la felicidad. Basta con pararse y abrir los ojos. Y permitir que nuestra naturaleza actúe. La vista es un órgano externo; la mirada nace desde dentro.