¿LOS BARRIOS POBRES CREEN QUE SE VIVE MUY BIEN?

Introducción al acto que organizó Iniciativa Sevilal Abierta en la Fundación Cruzcampo de Sevilla el lunes 17 de abril de 2017

Buenas tardes, bienvenidos a este nuevo capítulo del ciclo SEVILLA A DEBATE, Causas y consecuencias del estancamiento de la ciudad, que organiza nuestra asociación INICIATIVA SEVILLA ABIERTA, y que lleva por título, a modo de pregunta:

¿Los barrios más pobres creen que en Sevilla se vive muy bien?

Para ilustrar este debate contamos con la presencia de Manuel Lara García y Lola García Blanco, a quienes en breve pasaré a presentarles. Antes de ello, y a modo de introducción, me atrevo a hacer una breve reflexión personal acerca de si la pobreza en Sevilla es causa o consecuencia del estancamiento de la ciudad, si es este un bucle del que es imposible salir y que nos lleva a perder la esperanza de que la ciudad tome un nuevo brío, para regocijo de quienes no están interesados en que ese nuevo brío exista.

Si cuando salgamos de aquí caminásemos hacia la izquierda, nos encontraremos de inmediato con una avenida que marca uno de los cinturones más importantes de marginalidad de esta ciudad, un cinturón que la recorre desde oriente hasta el sur y que no es el único, porque qué decir de ese asentamiento chabolista de la zona norte, que nunca se vacía, que al igual que el Palacio Real del Alcázar, es el más antiguo de Europa.

El enclave en el que estamos se encuentra en una de las zonas de transición hacia nuestras propias vergüenzas, unas vergüenzas que ignoramos a pesar de que quienes viven allí, se crean o no que vivan muy bien en sus barrios, vengan o no a hacer carreritas en la Madrugá, son víctimas del modelo productivo de esta ciudad, tan falto de iniciativa empresarial a lo largo de la historia como rebosante de especulación en muchas ocasiones.

Hace unos días, a mitad de la Semana santa, quizás para que no se notara mucho, apareció en los medios un comunicado de Unicef que informa que España es el tercer país con mayores índices de pobreza infantil de la Unión Europea, tras Grecia y Rumanía; es el segundo, detrás de Letonia, en desigualdad económica, un país el nuestro en el que un informe de Intermón Oxfam afirma que 20 personas tienen tanto dinero como el 30% de la población. En el caso de Andalucía, tenemos además un 43,2% de riesgo de exclusión, muy superior a la media nacional, que es del 28,6% según la Universidad Loyola. Y qué decir de Sevilla, que alberga, a decir del Instituto Nacional de Estadística, a cinco de los diez barrios con menor renta per cápita de España.

La génesis de los barrios más pobres se explica por la migración rural a la ciudad ante la falta de oportunidades que el campo ofrecía a sus pobladores, allá por los años 60-70 del siglo pasado, y de los procesos de gentrificación de la segunda mitad del siglo pasado, por los que se expulsa a los habitantes tradicionales de arrabales como Triana, en los años 60 o San Bernardo en los 80-90, o los actuales, en la zona de Alameda de Hércules o en San Luis, en donde se sigue arrojando a sus vecinos históricos hacia la marginalidad, una marginalidad de la que no queremos saber o de la que no nos sentimos responsables aunque la generemos, y en la que, fruto de esa ignorancia, se instala y organiza la delincuencia, que victimiza por segunda vez a quienes no encuentran otro lugar en el que vivir, provocando la generación de una economía de subsistencia, sumergida y muchas veces relacionada con la delincuencia.

Por ello resulta indignante que oportunidades de normalización para estos barrios, como la construcción de una Comisaría de Policía en el Polígono Sur, que significa la entrada de las instituciones en el barrio y un paso importantísimo hacia su normalización, sean tiradas por la borda por la falta de sensibilidad de un Ministro, Juan Ignacio Zoido, que sí va a misa según vimos en una portada de prensa, pero que fue Alcalde de esta ciudad y concejal hasta hace bien poco. Y es que en Sevilla parece que somos muy dados a mantener muros que serían la envidia de Donald Trump, para poder lavar nuestras conciencias arrojando caritativas monedas desde el otro lado.

Índices de paro del 70% en estos barrios, de abstención en las elecciones de otro tanto, en un porcentaje sonrojantemente alto de nuestra población, nos deben hacer reflexionar sobre quiénes somos causa de esta pobreza y quiénes sufren sus consecuencias. Eso, o continuar encerrados detrás de esos muros ilusorios que marcan los límites de la ciudad de la gracia.

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TIEMPOS CONVULSOS

destruccionAsisto perplejo al debate acerca de la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Me sorprenden los arrebatos de sinceridad que se vierten en las redes sociales acerca de los problemas que nos ocasionan los emigrantes, las soflamas y lecciones sobre qué es democracia, votar y aceptar los resultados que salgan, y ―aprovechando que el Pisuerga ya es el río más largo del mundo, porque no sólo pasa por Valladolid a lo que se ve―las manifestaciones de ciertos políticos, que no tienen empacho alguno en afirmar que Trump no es más que un Pablo Iglesias teñido y descoletado.

Siento que volvemos a la década de los años 30 del siglo pasado en Europa, con la diferencia de que ya no hay un Estados Unidos que nos salve. El fascismo llega de la mano de quienes se rasgaban las vestiduras con él. Quizás una de las claves de la democracia sea aplacar al fascista que todos llevamos dentro, pero parece que no es el momento.

El fascismo ha evolucionado de forma que ya no necesita implantar dictaduras para instaurarse. Ha aprendido a manejar los votos apelando al miedo, a nuestros instintos más bajos, a ese hábito que se hizo tan popular durante la Guerra Civil y la Posguerra: la delación.

Hoy las personas ya no son personas. Como una etiqueta de Facebook, hoy no son más que inmigrantes, musulmanes, refugiados que vienen a quitarnos el pan, que atacan nuestro evolucionado modo de vivir sustentado sobre la sangre de los empobrecidos y el expolio de los recursos. Hoy, en un mundo que deriva hacia el suicidio colectivo, los únicos dioses son la economía de mercado, el crecimiento y la producción perecedera y generadora de más y más basura, de más y más contaminación, de más y más destrucción ambiental.

Tiempos oscuros de poca filosofía y mucha religión (y no sólo la clásica, sino la económica), y por tanto, tiempo de salvadores. Esos terroríficos salvadores que antes se llamaban Adolf, Benito o Francisco y ahora Donald, Vladimir o Nigel.

La democracia es el régimen que se deriva del ejercicio del voto en libertad. No hay democracia sin miedo, por muy grandes que sean las urnas. No hay democracia sin votantes formados que puedan ejercerla con libertad de pensamiento. Todo esto lo han anulado nuestros políticos. Ellos han puesto los cimientos de lo que viene.

Hoy la democracia se ha convertido en un Gran Hermano, y pronto nos mandarán abandonar la casa.