CUÁNDO SE VACUNA LAURA

Ella no lo sabe, yo tampoco. Laura es una de las empleadas del supermercado al que suelo ir. Nos conoce por nuestros nombres, está atenta a lo que cada uno de sus clientes necesitamos. Estuvo desde el principio de la pandemia, soportando nuestras neuras de compras de papel higiénico, de latas de conserva, de lo que fuera. Ha trabajado domingos de navidades que luego dicen que van a pagar con vacaciones y luego… Luego, eso, lo que todos sabemos.

Ella ha formado parte de los trabajadores esenciales de este país, pero nadie se acordó de ella para vacunarla… de la gripe. Un 40% más de vacunados de la gripe este año, pero nadie la tuvo en cuenta a ella ni a sus compañeras para protegerla con una vacuna que podía disminuir la gravedad caso de sufrir la covid-19.

Y allí sigue. Ella y sus compañeras. Sin saber si alguien las tendrá en cuenta para otra cosa que no sea garantizar reservas de papel higiénico que pongan a prueba nuestra cobardía. La vacuna, como el pago de las horas extras retrasadas, tendrá que esperar para ella, que continuará reponiendo nuestros caprichos y apagando nuestros miedos.

EN QUÉ ESTAMOS

Hoy he recibido la primera dosis de la vacuna frente a la covid-19. A pesar de mi profesión y del riesgo de mi exposición, me siento un privilegiado por haber entrado dentro del primer diez por ciento de ciudadanos que han recibido al menos una dosis de la vacuna. Mientras guardaba la fila antes de entrar en la sala donde me la inyectarían, no he podido evitar acordarme de muchas personas, enfermos de riesgo, que podrían sufrir graves consecuencias o incluso la muerte y que tendrán que aguardar su turno para ser inmunizados. Cómo no, también de tantos fallecidos para los que nunca podrá existir siquiera esa posibilidad, entre los cuales hay no pocos farmacéuticos, compañeros de profesión, que se han dejado la vida en el camino.

Atravesé la puerta pensando en todas estas personas con agradecimiento por haberme cedido su turno y con la esperanza de hacer honor a ellas en la medida de mis posibilidades. Luego me dirigí a un mostrador en el que me dieron un número y desde allí me derivaron a otro espacio en el que dos miembros del personal de urgencias se interesaron por mis alergias, recordaron mis antecedentes y me informaron sobre los efectos secundarios más comunes de la vacuna. Desconozco si eran enfermeros, en su uniforme solo aparecía la palabra Urgencias, pero no eran farmacéuticos.

Durante este año de pandemia, he asistido al ofrecimiento del colectivo a las autoridades para dispensar test de diagnóstico, ofrecer el espacio de las farmacias para realizarlos e incluso para vacunar. Sin embargo, y a pesar de las buenas intenciones que no dudo albergasen dichas propuestas, hoy he echado de menos que hubiera farmacéuticos informando sobre los riesgos de ese medicamento de la comunidad al que denominamos vacuna.

Con esto no quiero culpar a nadie. Desconozco si se ha intentado y no se ha logrado, o si no se ha tenido en cuenta. Como tampoco sé si nuestros representantes y sociedades científicas están o tienen previsto realizar algún tipo de investigación sobre los efectos secundarios sufridos por las personas que nos vamos a vacunar. Qué gran lugar una farmacia para comunicar si se ha experimentado algún problema o, por el contrario, como es de desear, todo ha ido de perlas.

Quizás esté mal del oído, pero lo cierto es que he escuchado demasiado ruido en las redes sociales sobre todo aquello que tuviera que ver con dispensar algo y, poco, o nada, sobre colaborar en la información y seguridad de un medicamento en cuyo éxito nos va la vida. Desconozco si mi audífono no funciona o es el de la profesión, que no sabe escuchar a la sociedad.

ADIÓS 2020. UNA REFLEXIÓN EN CLAVE COMUNITARIA

2020 no ha sido en lo personal un año malo, ni muchísimo menos. Para mí, hasta ahora, ningún año lo ha sido, al menos no lo recuerdo. Y no porque goce de dones especiales, sino porque hasta ahora no he perdido el del asombro ni el del deseo de aprendizaje. Admito que si hubiera tenido una pérdida antinatural a mi lado quizás pensase de otra forma, no lo sé, pero creo que lo esencial de la vida es el camino, no los resultados, y caminar, no he dejado de caminar y siento que 2020 me ha enseñado mucho porque he caminado mucho también. Pero creo que debo dejar de hablar de mí y tratar de hacer una reflexión personal en clave comunitaria. Que es de lo que se trata, como animales sociales que somos.

La pandemia no ha sido la gran causa de nada sino la desgraciada consecuencia de todo.

Este año que acaba de terminar nos ha mostrado que la vida que llevábamos no conduce a ninguna parte. Así de simple. La pandemia no ha sido la gran causa de nada sino la desgraciada consecuencia de todo. Por eso, la vacuna solo servirá para paliar un efecto, un síntoma de la gran enfermedad que padecemos, que tiene que ver con la crisis ecológica y las desigualdades sociales, las verdaderas responsables del cambio drástico en el clima del planeta y las grandes migraciones que se derivan.

Podremos encontrar una vacuna salvadora frente a la covid-19, pero si nos quedamos en eso, si nos empeñamos en ver lo sucedido como un mero accidente microbiológico, un mal sueño, vendrán otros males, probablemente peores

Son el calentamiento global y las desigualdades sociales las que han provocado la pandemia por covid-19, una enfermedad que se extiende por el mundo. Por ello, podremos encontrar una vacuna salvadora frente a la covid-19, pero si nos quedamos en eso, si nos empeñamos en ver lo sucedido como un mero accidente microbiológico, un mal sueño, vendrán otros males, probablemente peores. No, 2020 no ha sido un año nefasto, ha sido el año en el que la realidad nos ha caído encima, una realidad que llevamos fabricando con ahínco y determinación durante décadas, en Europa probablemente desde la conquista de América, y hoy nos da la oportunidad de tener una prueba real para comprender la necesidad de un cambio radical en nuestra forma de relacionarnos entre nosotros y con la naturaleza.

Una persona durmiendo en una calle de Sevilla a +1 ºC

Un primer gesto de que nos hemos dado cuenta de la verdadera dimensión del problema sería que la vacuna llegase a todos los países, a todos los habitantes del planeta sin distinción. Porque la inmunidad de rebaño solo se conseguirá si esta llega a todo el rebaño. Y mal estamos empezando cuando cada país hace una estrategia tipo “Sálvese quien pueda” y solo se preocupe de los suyos. ¿Para qué debería estar la Organización Mundial de la Salud sino para liderar las acciones en una pandemia? Mal empezamos.

Debemos girar nuestra mirada hacia los más vulnerables de la sociedad, y que llegue un día en el que no importe la familia en la que nazcas para que te puedas desarrollar como ser humano en plenitud.

Las desigualdades sociales tendrán que afrontarse, y para ello habrá que acabar con el neoliberalismo, esa igualdad de oportunidades en un mundo tan desigual que tanto daño ha hecho y que es la responsable de que las diferencias sociales se hayan agudizado hasta hacerse absolutamente tóxicas. Debemos girar nuestra mirada hacia los más vulnerables de la sociedad, y que llegue un día en el que no importe la familia en la que nazcas para que te puedas desarrollar como ser humano en plenitud. No hay otra salida, y cuanto antes lo aceptemos antes podremos resolver los problemas de todos, incluso los de los neoliberales. Pero pueden quedarse tranquilos, en ese nuevo escenario también se podrá ser de derechas, pero de una forma mucho más sana.

2020 nos ha dado la oportunidad de reconocer que estábamos equivocados, de comprobar que desde el yo no llegamos a ningún lugar habitable y que es en lo comunitario donde podremos encontrar la verdadera felicidad y no la fugaz satisfacción que hallábamos antes y que rápidamente se volatilizaba, dejándonos peor que estábamos.

El Yo ha muerto con la pandemia, y tratar de resucitarlo solo traerá más muerte y destrucción.

Una nueva normalidad solo podrá construirse desde el nosotros, desde lo plural y colectivo. Y en ese escenario también, como mencioné en el párrafo anterior, se podrá ser conservador o progresista, dos miradas lógicas al mundo, para preservar lo bueno que tenemos o para avanzar en nuevos horizontes, pero siempre desde el nosotros. El Yo ha muerto con la pandemia, y tratar de resucitarlo solo traerá más muerte y destrucción.

El año que acaba de terminar nos ha mostrado de una forma dura que estábamos en un callejón sin salida, ante un muro impenetrable que la vacuna no va a poder socavar. Creer que la vacuna va a destruirlo es como confiar en que con la aguja de la inyección vamos a lograr derrumbar la gruesa pared que entre todos hemos construido y que nos ha endurecido el alma.

El cambio no es tampoco fácil, porque necesitará el acuerdo de todos, y hay mucha gente a la que el miedo la moviliza a la histeria en lugar de al diálogo. Pero somos infinitamente más los que podríamos estar de acuerdo que los que no lo estarían nunca, porque sobrevivir es algo que todos deseamos y porque, reconozcámoslo, cualquier escenario es susceptible de ser manipulado por unos cuantos. Pero no nos desanimemos, cambiar dependerá de que quienes creen que esto es una locura piensen que tal vez no lo sea. No esperemos a que sea esta la única salida, porque para cuando este tiempo llegue ya no habrá posibilidad de dar marcha atrás y los caídos de ahora nos parecerán una broma ante los que sucumbirán a lo largo del tiempo. Nos hace falta sosiego y deseo de pensar juntos. Cuanto antes nos dispongamos a ello, menos dolor sufriremos.

Ojalá sea la pedagogía y no la violencia o la tragedia la que nos haga recapacitar.

Ojalá sea la pedagogía y no la violencia o la tragedia la que nos haga recapacitar. Recuerden el mito de las siete plagas que sufrió Egipto antes de liberar al pueblo israelí. Que no sean necesarias siete pandemias, sean del tipo que sean, antes de sacudirnos el yugo de los faraones del siglo XXI.

Que 2020 haya sido o no un buen año dependerá de las lecciones que hayamos aprendido. Yo solo deseo que la Historia cuente de él que marcó el inicio de una nueva época para la humanidad. Pongámonos a ello, que vamos tarde.

LA FARMACIA Y LA VIOLENCIA SIMBÓLICA

La gente afirma y perpetúa la relación de dominación al hacer las cosas por costumbre, como corresponde. La cotidianeidad es la afirmación de las relaciones de poder existentes. La violencia simbólica, sin necesidad de violencia física, se ocupa de que se perpetúe la dominación. El sí a la dominación no triunfa de un modo consciente, sino reflejo y prerreflexivo. La violencia simbólica pone a un mismo nivel la comprensión de lo que es y la conformidad con el poder. Consolida la relación de dominación con gran eficacia, porque la muestra casi como naturaleza, como un hecho, un es-así, que nadie puede poner en duda.

Byung-Chul Han. La sociedad del cansancio.

Creo recordar que conocí esta cita del filósofo coreano gracias a la cuenta de Twitter de Antonio Villafaina. Coincide esto en tiempos de quejas de los farmacéuticos comunitarios españoles. ¿Cuándo no es tiempo de quejas?, se preguntarán con razón algunos, por lo que habré de ser más preciso. Coincide, pues, con las quejas acerca de su ninguneo como profesionales de la salud, por la resistencia de la administración sanitaria a contar con ellos, con nosotros, mejor dicho, para detener la pandemia por covid-19. Coincide también, en el caso de Andalucía, con la reaparición, cuando nunca desaparecieron del todo, de la selección de medicamentos mediante subastas. Y digo yo, que esta época ha coincidido con los escaparates de muchas farmacias adornados con ofertas por el Black Friday, y en breve coincidirá con los de las rebajas de enero. Porque habrá que contarlo todo, ¿no? Ah, sí, eso de que somos profesionales y empresarios, se me olvidaba. Nuestra naturaleza.

Desde hace muchos años los farmacéuticos se resisten a cambiar su rol en la salud pública. Presos de la transacción económica, del margen comercial como forma de retribución, la profesión ha venido alejándose de un papel protagonista que tuvo en otros tiempos y que la medicalización de la sociedad, que busca y trata de encontrar remedios de todo tipo para curar la grave patología que sufre, no ha hecho sino profundizar en el progresivo hundimiento de su relevancia. Este paulatino declive, en el que siempre hay generaciones que con razón pueden esgrimir el sálvese quien pueda, favorece la incorporación de nuevas generaciones que asumen, como afirma Byung- Chul Han, que las cosas son así y que lo que existe desde hace un tiempo no es sino la naturaleza propia, la esencia de la profesión.

Pero, más allá de esto y de lo que los farmacéuticos quieran o deseen hacer con su profesión—y en esta afirmación ya me salgo de la primera persona del plural, porque ni quiero ni deseo lo que sufro como profesional—, sería bueno que la sociedad se plantease qué farmacéuticos desea para ella. Que respetase al medicamento, aunque no respete a los farmacéuticos, y a partir de ahí crear un nuevo tipo de farmacéutico que pueda ser útil a una ciudadanía que muere desde hace mucho más tiempo, y lo seguirá haciendo tras la vacuna frente a la covid-19, de una pandemia mucho más antigua y que se prolongará en el tiempo llamada pandemia farmacológica. ¿Por qué tiene la sociedad que conformarse con el farmacéutico que ve si necesita otro?

La violencia simbólica que los farmacéuticos ejercen sobre sí mismos desde las instituciones que los representan, alienta a las instituciones públicas a maltratarlos y, por ende, a hacerlo también con la sociedad a la que dicen representar, que necesita de quien la defienda de su medicalización y que desaprovecha la distribución geográfica de las farmacias, de lo poco bueno que le queda a la profesión, para llevar a la población alivio para sus necesidades. Que son muchas aunque no lo parezcan, y no solo en relación al acceso equitativo a los medicamentos. Esta violencia simbólica que ejerce la profesión sobre ella misma no se queda ahí, porque otras instituciones, las que se dedican a capacitar a los futuros profesionales, también forma parte de esta forma de terror, al desarrollar un modelo de enseñanza absolutamente alejado del perfil profesional que requiere la sociedad. La violencia desde diferentes ángulos.

Que el estado no sea capaz de superar los obstáculos que impiden aprovechar la estructura de articulación social que representan las farmacias, es un caso flagrante de miopía política que han sufrido gobiernos de todo el espectro político, y que sin duda sufrirían, no hay más que ver los programas electorales, los que llegaran algún día a estrenarse como gobernantes. Que el estado, en cualesquiera de sus estructuras relacionadas con la salud, sean en el ámbito central o en el autonómico, haga de su capa un sayo y ningunee a las farmacias y a los farmacéuticos y no los obliguen, ya que desde dentro nadie lo hace, a refundar su papel en la sociedad, es un tiro en el pie si, claro está, de lo que se tratase fuera de defender la salud de los ciudadanos.

Y es que lo más fácil es ningunear como forma de violencia simbólica. Una forma de violencia que no va solo contra la profesión sino también contra los ciudadanos. Porque, si nos referimos a la pandemia por covid-19, no pueden diagnosticarse a tiempo, porque se pierden miles de jornadas laborables que arruinan muchos negocios por culpa de confinamientos que luego se saben injustificados. Y si nos referimos a la pandemia farmacológica, porque dejamos morir a las personas por culpa de los medicamentos, a menudo inefectivos e inseguros, y muchas veces utilizados de forma innecesaria en una especie de encarnizamiento farmacoterapéutico que permitimos en la sociedad. ¿De quién se encarga esto? ¿Seguiremos como sociedad sin profesional que nos defienda de este otro confinamiento, el farmacológico, al que hemos destinado a los ciudadanos?

Es la violencia que engendra violencia. La debilidad de una profesión, que tiene paralelismos indudables con la violencia machista, convierte en agresores a los cobardes. Matar por matar, por el mero hecho de que se puede. Ningunear por ningunear, aunque eso mate de variadas formas a nuestros semejantes, y con la impunidad del que sabe que no solo jamás será condenado, sino ni siquiera será puesto en busca y captura.

Y así seguiremos. Con una profesión que se desmorona sin que haya reemplazo. Y en medio de ese derrumbe moral, el gobierno de los miserables. Porque hay que ser miserable para poner tu bolsillo por encima de tu profesión y de las necesidades de la sociedad, y porque hay que ser miserable para no querer entender lo que necesitan tus votantes. Los que os colocaron ahí.

DESDE LAS CLOACAS

Regreso hoy por la tarde a la farmacia. En la calle que ejerzo, la que en apenas 400 metros comunica la clase media alta con el barrio más pobre de España, solo quedamos abiertos una droguería, un supermercado, la farmacia de Sarah y la nuestra. La herboristería que teníamos al lado cerró sus puertas de manera definitiva y la panadería ha decidido no abrir por la tarde.

La calle Marqués de Pickman es por la tarde la boca del lobo, como el kilómetro que tengo que recorrer a la ida y a la vuelta. La semana pasada me paró cuatro veces la policía, dos el mismo día, pero en esta aún no me he estrenado. Tampoco pasa nada, cumplen con la importantísima obligación de evitar que nos saltemos la disciplina social, esencial si queremos salir pronto de esta situación, pero uno no está acostumbrado a que le pidan la documentación por la calle.

Son días tensos, porque la actividad de una farmacia que atiende a personas con tratamientos farmacológicos crónicos no cesa y hay que aumentar las precauciones higiénicas. Limpieza exhaustiva del local, lavado de manos, orden en la atención… Mucha disciplina en suma, porque se atiende a una población muy vulnerable, frágil a la hora de poder contraer una enfermedad grave por Coronavirus. Mucho más que el riesgo de ser infectados por los usuarios, temo el contagiarles yo a ellos, y creo que eso es lo que precisamente no acaba de entender el cada día más demacrado señor Simón, que en la noche del lunes se despachó a gusto con nosotros al descartar el aprovisionamiento de mascarillas a las farmacias, porque el riesgo que asumimos es inherente a nuestra actividad.

Pasada mi indignación inicial, entendí que el riesgo que asumíamos todos los españoles era tener a gente con poca calle al frente de responsabilidades así. Gente que vive pegada a un ordenador, a una estadística, para los que las personas son meros números, variables estadísticas que cabemos en un programa SPSS; gente en suma, alejada de toda variable cualitativa como la empatía, para la que la sensibilidad únicamente es un porcentaje de verdaderos positivos de una enfermedad en un estudio clínico, aleatorizado, por supuesto. En suma, nada que ver con lo que la gente de la calle sabe que es tratar de entender el sufrimiento y los miedos del otro. Aunque sea farmacéutico.

Algo más tarde comencé a escuchar las voces, los tuits, mejor dicho, de compañeros también indignados. En este caso no pude evitar sonreírme por el corporativismo que floreció (estamos en primavera) para reivindicar un papel como profesionales sanitarios, algo que pocas veces reclamamos con nuestros actos desde su actividad diaria. Pero también comprendí. Intento tener sensibilidad y especificidad, quiero ser un buen dato y no un outlayer de esos que joden los estudios y hacen fruncir poblados entrecejos de epidemiólogos como el señor de apellido de vino peleón como yo.

A los farmacéuticos, en esta crisis nos están pidiendo cosas que debemos dar, porque todos tenemos la obligación de ir más allá de lo que hacemos, porque la situación no se superará sin un esfuerzo extraordinario de todos los ciudadanos más allá de lo imaginable. Habrá que ir al domicilio de pacientes vulnerables, habrá que colaborar en la liberación de los centros de salud de tareas meramente administrativas, o postergables, para garantizar el acceso a los medicamentos de los pacientes crónicos. En realidad, y debemos ser conscientes de ello los farmacéuticos, lo que se nos está pidiendo, aunque no lo sepan ni los que nos niegan las mascarillas, es que nos hagamos cargo del grueso de la atención primaria de este país. Y tenemos que hacerlo bien si es que en el futuro, cuando las aguas vuelvan a su cauce queremos asumir más responsabilidades en la tarea cotidiana. Por supuesto que no debemos pedir remuneración económica por ello, faltaría más, pero al menos, sí que mereceríamos una mísera mascarilla. Aunque no la paguen ellos, aunque una vez más tengamos que apoquinar de nuestro bolsillo. Pero una mascarilla, sí, por favor. Porque, señor Simón, las actividades que estamos realizando en este momento, y las que vamos a realizar porque nadie la hacía ni la hace, no son inherentes a nuestra actividad profesional. A menos que, y no sería usted el primero que piensa así, y en realidad no he conocido a nadie que piense lo contrario aunque se calle, nos considere que somos la cloaca del sistema sanitario, el agujero negro que tiene que soportar en silencio todas las inmundicias que genera sus imperfecciones, su arcaica estructura piramidal y su no menos caducado médico-centrismo.

Sé que esto que he escrito no servirá para nada. Todo lo más, para el retuit por parte de profesionales que ni antes ni después se plantarán para salir de las alcantarillas, donde todos sabemos quiénes mandan. Un retuiteo corporativista para que todo siga igual, pero esa es otra historia que lleva ya demasiado tiempo escribiéndose, y sin mascarilla. Al menos me ha servido de desahogo. Para seguir vivo en la trinchera. Para resistir. Para continuar soportando las decisiones de quienes no ven más allá de la pantalla de un ordenador. O de un calendario electoral. Vaya país. Continuemos en la boca del lobo, resistiendo desde las cloacas.

APLAUSOS

La tarde del primer lunes de estado de emergencia la ciudad era un sepulcro al aire libre. El cielo azul plagado de nubes blancas y las flores de esta primavera impaciente lucían ajenos a los miedos que los seres humanos albergábamos en la pequeña superficie del planeta que yo recorría. La amplia avenida que conduce a la farmacia en la que trabajo era un desierto de asfalto en el que apenas se podía divisar a lo lejos un autobús de la empresa municipal de transportes, y sin que tuviera certeza alguna de que no se tratase de un espejismo.

La tarde fue muy tranquila en la farmacia, nada que ver con la intensa mañana. El sosiego que se respiraba puertas adentro me permitió ordenar pensamientos delante de la pantalla del ordenador. Al igual que hoy martes, que de nuevo tengo el privilegio de hacerlo. A ver qué sale.

A pesar de que apenas tuve trabajo cerré más tarde de lo estipulado. Una clienta de toda la vida, limpiadora jubilada de uno de los hospitales de la ciudad, apareció a última hora como en ella es costumbre, cargada con las tarjetas sanitarias de la amplia y enferma familia que la tiene para que le saque las castañas, y lo que no son castañas, del fuego. No me importó mucho, al fin y al cabo, es de lo que vivo y tampoco tenía yo otra cosa que hacer, a pesar de que ella ahora tiene todo el tiempo del mundo para venir en un momento más oportuno.

Con ella me dieron las ocho, la hora de cierre, y la buena señora, al escuchar los aplausos que la gente dirigía desde balcones y ventanas a los profesionales sanitarios, me dio la espalda para unirse a la celebración junto a nuestros vecinos, en un momento emotivo como pocos en el día, de agradecimiento a quienes se están dejando la piel por los enfermos. No pude evitar sonreír ante la evidencia de que de mí no se acordaba.

Soy sincero si digo que no me importó, porque creo que ese aplauso nos lo debemos todos. Porque todos, trabajando o confinados en los domicilios, tenemos una misión muy importante que cumplir en esta crisis. Porque nada podrían hacer los profesionales de la salud si las personas no fueran responsables. Nada. Y por ello acabé riéndome solo cuando se fue, cuando al fin pude cerrar con retraso.

De regreso a casa caminaba tranquilo, sin prisa, por la amplia avenida, de nuevo sin tráfico. Tampoco había un alma caminando por la calle. Las ventanas iluminadas de los edificios mostraban dónde estaban aquellos que otros días abarrotaban esas calles tan comerciales del barrio que estaba recorriendo. Los imaginé juntos alrededor de una mesa. Me emocionó contemplar las luces de las casas, me sentí parte de esas familias que también, como yo, como todos, estábamos haciendo lo que teníamos que hacer.

Continué mi camino a casa por el trecho más oscuro de la avenida, junto a los hermosos árboles que acompañan su recorrido. Quién sabe por qué razón, me acordé de cuando estuve trabajando como voluntario en la ciudad congolesa de Goma, fronteriza con Ruanda, durante la guerra entre hutus y tutsis de 1994. Recordé las noches en las que regresaba solo del almacén donde preparábamos la medicación con la que atendíamos a las personas que habitaban el campo de refugiados hutus de Mugunga, en las afueras de la ciudad. Rememoré aquellas travesías nocturnas que a veces, pocas, para ser sincero, no tuve más remedio que hacer, en las que quizás era yo el único hombre blanco que iba a pie en medio de la muchedumbre que rondaba aquellas avenidas también plagadas de árboles. Caminar entre la gente era algo desaconsejado por peligroso. Los blancos desaparecíamos de los campos de refugiados y de las calles en cuanto anochecía, a eso de las seis de la tarde, pero que el hecho de que no hubiera coche para regresar con más seguridad no era excusa para cumplir la parte que a me correspondía realizar. Y lo hacía con gusto.

Aquel era un trabajo oscuro, y no porque fuera de noche sino porque lo poco visible que resultaba para quienes se quedan en la imagen fija de la televisión, con su negrito enfermo y su blanquito curando. Pero, insisto, había que hacerlo, y yo me sentía muy orgulloso de que, visible o no, una pequeña parte de la responsabilidad de hacer que todo funcionase dependía de mí y lo hacía de la mejor manera que sabía. Y me sentía muy feliz por ello.

Quizás fuera ese paralelismo, ese recuerdo de aquello que sucedió veintiséis años atrás lo que terminó por emocionarme. Formar parte de un todo que rema en la misma dirección. Saber que la misión excede el esfuerzo y la capacidad de cada uno, pero que entre todos estamos haciendo lo que hay que hacer. Qué más da que te aplaudan. Qué puede haber más grande que saber que también tú eres parte del camino. De un camino común y compartido. Y cuanto más numerosos son los caminantes, más grande será el triunfo. Un triunfo que nunca podrá llegar sin la participación de todos y cada uno de nosotros.