DARSE EL LOTE

Son las nueve de la mañana del domingo, de un domingo cualquiera, a pesar de que sea hoy domingo cuando escriba esto y hoy haya sido también el día que haya hecho esta foto. Una mala foto, por cierto. Sin que valga como excusa, la hice apresuradamente, entre la indignación del suelo y la del cielo― la indignación de ver a ese anciano subido a la escalera― y con un profundo respeto hacia la persona que recogía aceitunas en un jardín público. Justo lo contrario a lo que sentía por quienes fueran los protagonistas de la escena que se dibujaba en el suelo.

Cristales rotos de botellas compradas en cualquier cadena de supermercado horas antes. Bolsas, latas, basura esparcida al compás de la risa y la educación. Papeleras arrancadas de cuajo de sus sujeciones como hitos y como mitos de esos héroes jóvenes gracias a los que continuaremos liderando en el mundo los trasplantes hepáticos.

Cada noche de cada fin de semana se abren las puertas de esos sepulcros blanqueados que son nuestras residencias y de ellas salen los zombis que se dirigirán a las selectas bodegas a comprar sus lotes. Para darse el lote, expresión que en mis tiempos era otra cosa bien distinta. Se acercarán a cualquier supermercado, en el que adquirirán lo que les plazca, mostrando cualquier carnet de identidad con la habilidad de trilero, para obtener esos lotes que incluyen bebidas, hielos o vasos de plástico.

Los muchachos que destrozan su hígado mientras destrozan nuestro mobiliario urbano, son hijos de un sistema educativo con religión y sin filosofía, hijos de un sistema económico en el que la ley del más fuerte o el engaño constituyen los modelos a seguir, hijos de un sistema político en el que hay un rey y una familia que hará lo que le plazca, inviolable, y heredará el poder sin más razón que su apellido, y de una democracia en la que prima la libertad de expresión a la vez que se coarta la de pensamiento. Son hijos de un mundo al que hay que mirar borracho, porque es la borrachera la que parece permitir la única vía de escape posible.

Estos muchachos son también hijos de padres universitarios, que un día fueron guays y trabajaban para multinacionales que parecían suyas, que viajaban por el mundo y se lo comían si hacía falta, que te miraban complacientes, satisfechos, creyéndose los putos amos, hasta que dejaron de necesitarlos y ahora se debatan entre continuar en el paro o vender seguros a comisión, dando sablazos a antiguos amigos que aún resisten en el mundo que ellos contribuyeron a crear y siguen manteniendo con sus votos, con la esperanza de que solo estén viviendo un mal sueño, con el anhelo de volver a formar parte del mundo al que solo pertenecieron en su imaginación.

He visto a alguno de estos muchachos de madrugada apedrear a vagabundos y salir corriendo, escupiendo su miseria sobre los parias, aquellos que justifican que ellos se sientan privilegiados a pesar de que solo vayan a acabar siendo millonarios en transaminasas. Porque la riqueza no es un valor absoluto sino relativo, y la mierda puede llegar a ser satisfactoria siempre que la de los otros huela peor.

¿Qué le habrían hecho al pobre viejo si en lugar de haber ido de día hubiera ido de noche a recoger aceitunas, las aceitunas que luego revenderá o meterá en salmuera para sacar un jornal o matar el hambre? Me temo que el viejo hubiera sido un residuo orgánico más entre tantos a la mañana siguiente. Unos ganándose la paga en el cielo y otros vomitándola en el suelo.

Si quieren ver cuál es la salud democrática de este país, atrévanse a entrar de noche cualquier fin de semana en los jardines de un barrio pijo. No hace falta irse al extrarradio canalla. Basta con ver a los nuestros. Seguid votándolos, que vuestra bilis ni la de vuestros hijos os ahogue, cobardes.

CON PINZAS

Que España está cogida con pinzas, no me cabe duda. Y de la ropa, como aparecen en esta terraza el Niño Jesús y una bandera que nunca conoció.

Hay quienes hasta ahora han monopolizado la palabra España, en relación a unos intereses, ideales o creencias particulares de su grupo, mientras que otros han repudiado dicha palabra, por una parte rechazando ese concepto al ser contrarios a sus intereses, ideales o creencias, y por otra, aceptando la monopolización quienes se la apropiaron.

Mientras tanto, España se resquebraja, se rompe como dicen los que acapararon su nombre, y no tanto por la posibilidad de un desmembramiento territorial―las armas y el poder económico que las sustentan están del lado de ellos―, sino por el rechazo que supone pretender imponer para todos su modelo de España, un modelo a medida, fabricado en una exclusiva sastrería.

España se agrieta, se cuartea en sus cimientos esenciales, y en Cataluña se ha descubierto un modelo de resistencia contra el que no pueden vencer las armas, por más lenta que sea la victoria. Una victoria, dicho sea de paso, que puede suponer la derrota de todos, por no saber encontrar un modelo en el que quepamos, que no nos fuera ajeno, ya que la integración, la aceptación por vías diferentes a las utilizadas aquí de forma tradicional, tiene que ser el referente que marque el sentido de pertenencia a una nación.

Los resultados electorales en Cataluña, creo, no dejan atisbo a la duda. Si ha obtenido más votos una fuerza constitucionalista conservadora se ha debido a que entre los conservadores los matices ideológicos pesan menos que en la izquierda, y el voto, y el rechazo a la violencia del referéndum impuesta por nuestro torpe gobierno estatal y suss encarcelamientos, se ha reunido en torno al partido con más posibilidades de ganar. Habría que reconocer que con la Ley D’Hont vigente, una alianza similar a la que reunió a Esquerra Republicana con el partido de Puigdemont hubiera arrasado. Sin embargo, la nueva situación que ha aparecido tras los comicios y los mensajes que se escuchan, no dan mucho pie a la esperanza de que todo se enquiste, se corroa y pueda acabar a la manera tradicional española, esa de la que aparecieron las primeras dosis en algunos colegios electorales el día del referéndum ilegal. ¿Hacia dónde ir?

Una vez más deberíamos reconocer que quienes tienen la llave de progreso son los mismos que la han poseído siempre, la derecha. Hasta que no consigamos que las fuerzas conservadoras de este país caigan en la cuenta de que un modelo federal y republicano es la única salida para España, las opciones serán la ruptura o las armas, es decir, volver a 1936, al siglo XIX o incluso al XVIII.

Hasta que no aceptemos que una república es un modelo de convivencia democrático en el que cabemos todos, y que no hay mayor democracia que aquella en la que tengamos la posibilidad de elegir, y de hacer caer, a todos y cada uno de los puestos de responsabilidad de gobierno, y que a ello pueda aspirar cualquier persona, piense lo que piense, nazca en un pesebre o en un palacio; hasta que no reconozcamos que nadie es inviolable en el delito, ni que por su mero nacimiento debe arrogarse el derecho de regir destino alguno de los ciudadanos; hasta que no admitamos que España es un compendio de naciones, que no necesariamente se corresponden con las autonomías que reconoce la Constitución de 1978, naciones entendidas como singularidades culturales también impregnadas por otras singularidades y culturas; hasta que no seamos conscientes de que un estado es un modelo de convivencia entre ciudadanos y naciones, y que su unión depende de que dichos ciudadanos y naciones puedan desarrollarse en plenitud, sin acaparar unas a otras, sin parasitar las riquezas de un lugar para llevárselas a otro; hasta que no entendamos que si Europa no ha adquirido mayor sentido y plenitud, ello se ha debido a la resistencia de los actuales estados que la componen a la integración, y que constituir un modelo europeo basado en sus pueblos no solo no va contra Europa sino que sería el único camino a su desarrollo integral, y que no hay internacionalismo mayor que el que respeta sus naciones y pueblos, y los une en un proyecto común; hasta que todos no asumamos en paz este concepto, sin que las armas condicionen o atemoricen, sin que se utilicen contra sus propios pueblos, no tendremos más remedio que recorrer un doloroso y larguísimo camino, que nos puede llevar de nuevo hacia ninguna parte antes de que nuestros descendientes, si es que los hay, dado el peligro que cierne sobre nuestra especie por su insostenible modelo productivo. No habrá España si España no es motivo de orgullo para todos. Y cada vez estamos más lejos, porque quienes gobiernan y quienes sostienen su particular modelo, día a día lo ponen más difícil. Pero, nos guste o no a quienes pensamos diferentes, son tan parte del pueblo como nosotros. Y se pueden destruir personas, pero no a las ideas, porque las personas pueden morir, pero las ideas perviven y evolucionan, y vuelven a emerger.

España, la España que representa la foto, está cogida con pinzas. Pinzas de la ropa, esas que pierden lo que sostienen al menor viento que aparezca. En las manos de verdaderos patriotas está crear un nuevo modelo, republicano, federalista y laico, en el que quepamos todos. Si lo aceptamos, estaré de su lado; si no, no tendré más remedio a colaborar desde el sur en el camino que se ha iniciado por el este. Los resultados electorales de Cataluña nos han señalado el camino. O encontramos un modelo para todos, o ninguno cabremos. Ojalá esta vez seamos capaces de dar una lección positiva, por nosotros, por Europa y por la humanidad.

ENCARNA

Es la que sale por la puerta. Una foto forzada pero intencionada para que no se la vea. Encarna es viuda. Cuenta que en su juventud se levantaba cada mañana a las cinco, cuando su marido y su hijo salían para trabajar. A esa hora, después de prepararles el desayuno y de darles el canasto con la comida, sacaba su caja de costura y comenzaba su jornada de trabajo, cosiendo los encargos de uniformes colegiales de la tienda para la que trabajaba. Entre puntada y puntada cuidaba que el puchero no se le quemara, y una vez que finalizaba la tarea de la tienda, continuaba cosiendo para la calle, si tenía suerte de que le hubieran entrado otros pedidos de señoras que, a pesar de tener más cerca las paradas del tranvía, jamás lo utilizaban.

Mientras ella comenzaba su jornada de trabajo bajo la lámpara que iluminase sus manos, su marido y su hijo atravesaban descampados encenagados de barro y huertas hasta llegar a la parada de tranvía más cercana, para dirigirse a la estación de ferrocarril de Plaza de Armas, a tiempo de subirse en el tren de los obreros, que los distribuiría por las diferentes fábricas y tajos, hasta finalizar la jornada y retomar el camino de vuelta.

Cuando pienso en quiénes sostienen este país me acuerdo de Encarna, de su marido y de su hijo, y en tantas Encarnas y familiares desperdigados por todo el territorio, habitantes de suburbios sin tranvías y a veces sin autobuses por decisión gubernativa. Y la verdad es que nunca me vienen a la mente todos aquellos que adornan sus balcones de banderas, ni tampoco esa raza con frecuencia maligna que se autodenomina intelectual, gente ayuna de calle y de agujeros en las suelas de los zapatos que se dedica a decir a los demás lo que tienen que hacer mientras se miran en el espejo de sus vanidades.

España no es una bandera. España es un canasto y una fiambrera, unas agujas de coser, una fregona y una manopla, y también una barra metálica y una bombilla para rebuscar en los contenedores de basura, que intelectuales y bandeirantes llenamos con nuestras opulencias doctas y  terrenales.

CATALUÑA EN EL CORAZÓN

Ayer por la noche saqué a mi perro de paseo tras llegar a casa, como tantas otras noches. La terraza del bar de abajo estaba bastante ocurrida. En una de las mesas se tomaba una cerveza una señora a la que conozco, más de vista que de otra cosa, desde hace años. La saludé mientras pasaba a su lado, y al momento se volvió de la mesa para gritarme: “Te he visto en las setas hace un rato. ¿Qué hacías allí vociferando?” También yo me giré y me acerqué, por no gritar, y le respondí: “Haciendo lo que hay que hacer”.

Había participado en la concentración organizada en solidaridad con el pueblo de Cataluña. Voy a pocas manifestaciones. Muchas veces no puedo asistir por mis horarios, pero debo reconocer que nací burgués, y aunque me he estropeado bastante, como diría mi tía Carmen, no lo suficiente, como para que me gusten las manifestaciones, así que entre las excusas que tengo y las muchas que me pongo, no suelo asistir a casi ninguna, y mucho menos, a vociferar o a gritar consignas. Prefiero estar, hacer bulto y ya está, y en el momento que puedo lo escurro.

Pero lo de ayer me espantó, así que en cuanto dejé a mi madre en su casa, me acerqué a las setas. Tarde, lo cual pueden entender que agradezca, pero fui. Necesitaba mostrar de alguna forma mi solidaridad ante una actuación tan desproporcionada, tan poco inteligente, tan hecha desde las tripas que algunos creían que habían curado.

Tengo muchos amigos y amigas en Cataluña. Unos están asustados, otros indignados y cabreados por lo que está pasando. Opinan de formas muy diferentes y los quiero igual. Mis amigos son gente que ha sido generosa conmigo, acogedora, afectuosa. No creo que los catalanes sean ni mejores ni peores que cualquier pueblo del mundo, pero a mis amigos los quiero, me han dado muchísimo amor, y me preocupan. Y por eso me espanta todo lo que ha pasado.

Me espanta porque es un auténtico fracaso que el deseo mayoritario de resolver de una vez si quieren formar parte o no del estado español tenga que resolverse con obstrucción y violencia. Sí, lo siento, creo firmemente que diga lo que diga una Constitución, los pueblos que conforman un estado deben tener siempre el derecho a formar parte o no del mismo, al igual que puedo romper mi matrimonio y debo poder hacerlo de manera pacífica, si éste no funciona, por mucho amor que haya habido, por muchos hijos en común que hayamos tenido, por muy triste y mucha sensación de fracaso que podamos tener.

Pero el espanto aumenta cuando se constata qué poco ha aprendido la derecha española y cuánto ha habido de represión contenida en sus actos. Y siento mucha vergüenza de que el anterior alcalde de mi ciudad haya sido el responsable de todo esto.

Y espanta lo que viene. El ejercicio de la violencia, uso de la fuerza de manera innecesaria y por parte de los únicos que la podían ejercer, es la demostración de la falta de razón. No se puede utilizar contra personas desarmadas que lo único que deseaban era votar, por muy ridícula y mucho desprecio que produzca lo que se vota.

Tengo amigos a ambos lados, y están a ambos lados porque durante estos años se ha querido conscientemente separar. Esto se ha ido de las manos. Nunca quise que Cataluña se separase de España, pero siempre he respetado a que sean ellos quienes lo decidan. Viendo el coraje cívico mostrado, hoy más que nunca lamentaría esa pérdida. Pero este gobierno torpe y peligroso, pretendiendo recuperar la mayoría absoluta a costa de los catalanes, va a ser el responsable de romper España. Porque la España que ellos representan ya no se sostiene ni identifica a una gran parte de la población no catalana, y antes de que sea demasiado tarde, tendremos que rehacer una nueva España, con otras reglas y otras formas de convivencia, y me temo, que sin Cataluña.

Han pasado 24 horas y todo parece ir a peor. Puede haber razones de todo tipo para defender cualquier posición, para elucubrar sobre cualquier antecedente, pero la violencia ha marcado un antes y un después en todo esto, quizás irreversible.

Amigos catalanes, ya no me siento con ningún derecho a deciros que no os vayáis. Dejadme al menos deciros que os quiero y os admiro.

SOBRE NACIONES Y ESTADOS

Un atrevimiento inexperto, una opinión, de alguien que necesita decir algo en días como estos

La hipótesis de la que parto es la de que una nación   es un territorio que agrupa a una población a la que le vincula una cultura común. Una nación, por tanto, se conformaría a lo largo de la historia, de ahí que no me quepa duda de que Andalucía lo es, al igual que no es la única en la Península Ibérica: lo son Portugal, Castilla, Cataluña… y no me extiendo más para que cada cual cierre la lista.

Un estado es, en la hipótesis de la que parto también, una entidad política, que agrupa a una o más naciones en función de dicha organización estatal colme o no las aspiraciones de las diferentes naciones que la conforman, esto es, que otorguen a sus ciudadanos un mayor grado de bienestar por su vida en común, y es por eso que a los estados no se les puede otorgar la cualidad de históricos, puesto que han cambiado a lo largo de los siglos. De hecho, la conformación del estado español tal y como hoy lo conocemos, tiene tres siglos y es consecuencia de los resultados de la Guerra de Sucesión. En mi opinión, la unidad mínima de estado es la nación, y por tanto, no estoy de acuerdo con quienes ridiculizan las aspiraciones políticas de naciones como la catalana, por teorizar que eso podría llegar a desmenuzar los estados tanto como cada aldea quisiera. Aunque, quién sabe, la historia nos ha enseñado que si hay algo inabarcable es la capacidad humana para la idiotez.

Una nación tiene un origen esencialmente cultural, en lo que lo político ha tenido enormes influencias, y en un estado, en el que lo cultural influye también de modo notorio, es un concepto básicamente político, y ambos tienen sus raíces en que el ser humano es un animal de manada, y la manada es una organización en beneficio del bien común.

Dicho esto, que las naciones quisieran o no formar parte de un estado debería ser, es lo que opino, una opción posible que sus ciudadanos deberían decidir y no los de otras naciones que conformen el estado, ya que es previo a éste, y que las naciones tengan o no aspiraciones políticas de constituir un estado dependería del grado de bienestar común conseguido en el existente.

Personalmente también, no me extraña que, en un contexto neoliberal a ultranza llevado a extremos como el actual, que tantísimas desigualdades ha provocado, el sentimiento independentista haya vuelto a aparecer, si bien estimo que con connotaciones muy diferentes a los nacionalismos del siglo XIX o los de carácter supremacista del XX, aunque a ello se sumen esos que lo mismo acusan de Botifler a Marsé que izan enseñas franquistas, tales para cuales, por cierto. Asemejar el sentimiento independentista actual al de nacionalismos anteriores es una simplificación que agrada a muchos intelectuales pero que no se sostiene. Una de las razones por las que los independentismos resurgen es la de que los estados actuales han dejado de tener el objetivo del bienestar de sus ciudadanos, y los han entregado a los grandes grupos empresariales y financieros, las únicas élites que existen, que además de gobernar sin presentarse a las elecciones, han convertido la prensa en gabinetes de comunicación propios, sesgando el derecho a la información ciudadana e intoxicándola de intereses particulares.

El anhelo del independentismo ha aparecido en primer lugar en las naciones con mayores aspiraciones y conciencia política, pero, si la gran política y el estado no vuelve a retomar el poder y sus únicos objetivos de extender el máximo grado de bienestar a la totalidad de sus ciudadanos, corre el riesgo de que se extienda como un reguero de pólvora. Andalucía, una de las naciones con tanta identidad cultural, nacional, como nula aspiración política, estatal, es sin duda, por sus niveles de pobreza y exclusión social, una de las más perjudicadas por esa alianza política llamada estado español, España, y por tanto, aunque a día de hoy sería impensable, podría transformar, y en un periodo de tiempo más corto de lo que pudiera pensarse, ese identidad de nación en un sentimiento político. Salvo, eso sí, que algunos nos tachen, por el mero hecho de ser andaluces, de gente vaga, con nula capacidad para el trabajo, etc, es decir, de constituir una raza inferior digna de lástima o desprecio, por el mero hecho de haber nacido en el sur, y también no haber experimentado la oscura Edad Media del resto de Europa o de haber dotado de señas culturales externas a ese estado con pretensión de nación llamado España.

Por tanto, en mi opinión, la solución al conflicto que acaba de comenzar, porque esto no termina el uno de octubre, es político, y precisa de una nueva conformación del modelo de estado. La solución nunca debería ser fraccionar sino cohesionar. Y para ello, y siempre en mi opinión, dotar de mayor capacidad política a las diferentes naciones, entendiendo como autogobierno y responsabilidad será tan importante y compatible, como construir más Europa. Al final todo se resume en el lema del escudo de Andalucía, tan exportable para los demás como lo han sido sus señas culturales: Andalucía, por sí, para España y la humanidad. Si no hay humanidad no habrá estado que valga.

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (VII)

GARGARASCuando comencé a ejercer como farmacéutico comunitario la financiación pública de los medicamentos era prácticamente total: colutorios, antigripales, multivitamínicos, laxantes aparecían en recetas de pensionistas y trabajadores.  Muchos de aquellos productos hoy ya ni siquiera están catalogados como medicamentos y se pueden encontrar a la venta en cualquier gasolinera o supermercado del país.

Conforme pasó el tiempo comenzaron las restricciones a la financiación de medicamentos y bastantes salieron de las prestaciones del sistema público de salud. Muchos que necesitaban receta médica para su dispensación, en cuanto salieron milagrosamente se tornaron en medicamentos de libre dispensación, e incluso publicitarios: los laboratorios solicitaban autorización para nuevas presentaciones, se reducían el número de unidades en los envases, se aumentaba el precio y a seguir vendiendo.

Al estado, actuando como empresa, pública de capital, pero al parecer únicamente interesada en su cuenta de resultados, le importaba poco, y le sigue importando lo mismo, que los ciudadanos a los que decía proteger pagase más por esos medicamentos. El argumento de la industria era y es bien sencillo: las pérdidas en ventas de unidades que se producían a consecuencia de la pérdida de la financiación pública se intentaría compensar con el aumento de precio que el usuario iba a tener que pagar, y para ello, qué mejor herramienta que la publicidad.

Las clases más desfavorecidas, las menos formadas, siempre han sido diana más sensible a esa publicidad, que comenzó con anuncios tradicionales y ahora encuentra a desvergonzados profesionales de la salud que invaden programas, casi siempre matinales ― ¿quién ve la televisión por las mañanas? ―, especialistas en sacarle el dinero a las personas humildes que no tienen otra vida que ver esos programas que atontan el espíritu. Nihil novum sub sole. En mis tiempos jóvenes ya la empanadilla Encarna anunciaba en su programa de radio aquellas cápsulas adelgazantes llamadas Diecur que costaban más de 5.000 pesetas (30 euros, que incluso veinticinco años después es un dineral para un laxante de algas). Un día me dijeron además que las empresas distribuidoras, para hacerse con aquellas mágicas cápsulas con precio para cagarse, además de composición, debían contactar con los representantes de la fallecida locutora de radio.

Y en este mundo tan opaco, de reglas tan arbitrarias, donde u día es una cosa y al otro la contraria, en esas aguas cenagosas, navega el farmacéutico, poniéndole la cara de su prestigio a un sinfín de medicamentos de dudosa utilidad, a cosméticos y complementos nutricionales más que cuestionables… y a la homeopatía a la que aludía nuestro colega de Madrid.

En aras de la supervivencia, el farmacéutico complementa sus cada vez menores ingresos por vía prestación pública con toda suerte de conejillos salidos de la chistera de otros y de los que se rasca una parte. A costa de su credibilidad como profesional.

Cada día, muchos pacientes además acuden a la farmacia a por medicamentos para los que legalmente se precisa receta médica, sí, esa que a lo mejor mañana no es precisa, y ayuda a la persona que no puede ir al médico porque su estructura familiar no le permite poner fuera un pie, o a aquella que no quiere ir al médico para que este realice un acto administrativo en lugar de sanitario (¿cuántos actos administrativos y no sanitarios realizan los médicos a lo largo de una jornada?), o a aquella que exige y el farmacéutico no se atreve a negarse porque sabe que va a perder un cliente y se lo van a vender en otra farmacia. Y todo con la vista gorda estatal, porque actuaciones así aligeran la factura que va a pagar, y al parecer lo importante es la factura y no la salud de los ciudadanos. No sé si eso es lo que dice la Constitución.

Me temo que la serie se va a alargar más de lo que pensaba. En resumen, para el estado el medicamento es una cuenta de resultados y el farmacéutico, un proveedor. El sistema sanitario deja de facto al farmacéutico fuera del sistema público de atención sanitaria al no considerarlo como un profesional de la salud. Y hacer eso al que se responsabiliza de entregar los medicamentos a la población es sencillamente patético. Y las culpas no las tiene el maestro armero.

CONTINUARÁ

POR QUÉ NO TE VOY A VOTAR

VOTOPorque pago más por el agua, por la electricidad, por el teléfono, y lo permites; porque has permitido que los bancos nos cobren todo tipo de tasas, porque les dejas que echen a personas a la calle, poniendo por encima el derecho al beneficio económico que a tener una vivienda digna; porque has logrado que el trabajo no sea una forma de abandonar la pobreza; porque obligas a nuestros hijos a abandonar el país para buscar un empleo digno en el desarraigo y lo llamas viaje aventurero; porque has privado del derecho a la salud a los emigrantes y así nos privas del derecho a la salud a todos; porque castigas a los enfermos y has sustituido la sanidad universal por una prestación, que probablemente vas a continuar deteriorando si te seguimos votando; porque has destrozado el sentido de la educación como una forma de alcanzar libertad de pensamiento y en su lugar nos ofreces formación para puestos de trabajo que te interesan, una nueva y elegante forma de esclavizar; porque has deteriorado la Universidad pública hasta límites insospechados, porque hacer una carrera ya no es suficiente y para lograr lo que deseas has de pagar, y pagar.

Porque aquí se paga más y tus compañeros, y quién sabe si tú mismo, esquilmáis el Estado, el de todos. Porque si no lo sabes eres tonto y poco de fiar, y si lo sabes eres cómplice; porque la parte de la familia real que no es inviolable se lo ha llevado calentito, y de la parte inviolable no nos permites saber; porque aquí la gente trabaja más allá de su horario laboral porque tiene miedo; porque no te importan las personas sino la economía; porque esa economía que tú planteas como único mundo posible no es el único mundo posible, sino que hay otras formas de hacer las cosas en beneficio de todos y no de los que proteges.

Porque quieres más religión y menos filosofía; porque no ayudas a que la gente sea libre sino adoctrinada; porque instigas al miedo al cambio porque tienes miedo a que entre aire fresco.

Por tu anarcocapitalismo, por destrozar el Estado como garante de derechos y de protección de ciudadanos, por utilizarlo en beneficio de tus compañeros de viaje.

No, no te voy a votar, y ojalá una gran mayoría de gente hiciera lo mismo. Ojalá un día nuestra ignorancia se superase y dejara en la calle a los tuyos y a tus antiguos contrincantes, que poco a poco se ahogan en sus propias hipocresías y demagogias. Ambos os alimentáis de lo mismo, y sobrevivís de nuestro atraso secular.

No, no te voy a votar. Y no me da miedo. Asco, sí, de lo que te he visto hacer.

El abajo firmante