CARNE FRESCA PARA LOS ZOMBIS

Días después de la selecciones en Andalucía, aún me encuentro estupefacto con los resultados,tratando de comprender por qué y cómo hemos llegado hasta aquí. La irrupción de una extrema derecha violenta (expulsar, muros, memoria histórica, religión…) me ha sobrecogido.

Siempre me he considerado un hombre de izquierdas, mi voto ha oscilado entre partidos nacionalistas andaluces y diversos colectivos progresistas. Por una parte, porque estoy convencido de que hay un modo de nacionalismo deseable, que dista mucho de ser de corte supremacista o excluyente, que lo entiendo como respuesta a la forma tan despiadada de globalización que se ha desarrollado, que no ha resultado ser más que una mera oportunidad para ampliar mercados para, una vez rotas las reglasen nombre de un concepto de libertad a la medida de los que más tienen,esquilmar a quien venga. Una globalización la de ahora que abomino, y que explica las migraciones y las guerras, los nacionalismos xenófobos y el resurgir del totalitarismo, de los patriotas de lo suyo. Defiendo un nacionalismo que preserva la cultura de los pueblos frente al monocultivo cultural de la hamburguesa doble con queso, que realza el valor de la propia para contribuir a la diversidad del mundo. Porque la riqueza es el mestizaje, el respeto a la diversidad y nunca la imposición de un modelo para todos. Por eso soy nacionalista para mi cultura y por eso la quiero como algo que se ofrece a las demás y que también recibe las influencias de otras, para su progreso y el de la humanidad.

Por otra parte, me he considerado de izquierdas porque un día bebí de pensamientos e influencias cristianas, por las que interpreté que todos éramos hermanos y teníamos derecho a desarrollarnos como personas; a tener las mismas oportunidades, a que nadie es menos ni más que nadie. Unas influencias que hace tiempo que abandoné pero de las que también se han alejado no pocos de los que continúan considerándose cristianos, esa facción que pretende hacernos comulgar con ruedas de molino a quienes pensamos diferente, que se siente perseguida ante la pérdida de poder político.

Me reconozco cándido, qué puedo decir después de haber escrito lo anterior. Y a pesar de eso, o precisamente por eso, trataba de entender a esos cientos de miles de votantes que habían elegido dar su voto a Vox, que la dirige un señor que va armado, que no sonríe ni en la victoria, con un programa marcadamente xenófobo, machista, violento,que nos lleva a tiempos pasados, a una nueva reconquista, en palabras de uno de sus líderes.

Trataba de entender,decía, a los votantes. No me han importado mucho las reflexiones de articulistas acerca del fenómeno, aunque me duelan las de algunos amigos que defienden que lo que viene no es fascismo porque sus votantes no son fascistas.Menuda reflexión, como si a Hitler lo hubieran aupado los nazis al poder, o a Mussolini gente que se considerase nazi o fascista. Hay veces que pienso si sirve para algo haber leído mucho, haber escrito. Evidentemente para algunos no es sino un oficio, una forma como otra cualquiera de ganarse la vida en lugar de una oportunidad para comprender el mundo. De qué poco les ha servido a algunos tanta lectura. Quien vota a un partido que anuncia de forma explícita lo que pretende hacer no es inocente de lo que pueda suceder, y más si lo que llegue a suceder no sea más que volver a repetir la historia.

Tampoco me ha sorprendido cómo el Partido Popular, que tanto le chorreaba la baba al defender su amada Constitución española, rápidamente se echa en brazos de los que abominan de ella. Constitucionalistas accidentales, de pose, no tienen empacho alguno en abrir el camino a lo que sucedió en Alemania en los años 30 del siglo pasado.Tampoco este partido será inocente, ni sus votantes ni voceros, esos que claman ahora diciendo que Vox no es extrema derecha.

 Como decía, trataba de comprender como en una de las regiones más pobres de Europa cientos de miles de votos habían ido a parar a manos de quienes solo van a luchar por defender los privilegios perdidos, si es que han perdido alguno en estos cuarenta años, porque cuando se es totalitario no es posible conformarse con algo que no sea el total.

Intentaba descifrar quién podría haber votado a la extrema derecha más allá de su caladero predecible devotos. Y en esas estaba cuando me encontré a Antonio.

Antonio es de una edad similar a la mía, mediada la cincuentena. Lo conozco desde que comencé a trabajar. Él es vigilante de una empresa de alimentación cercana, en la que ejerce no solo de guarda, sino que también ha de mantener limpio el establecimiento, retirar basuras, hacer recados,buscar cambio para sus jefes, etc. Trabaja en eso desde que lo conozco, heredó el puesto de su padre y lo compartió con su hermano, ya fallecido por enfermedad cardíaca, durante años.

A Antonio le gusta el fútbol, se lleva bien con todo el mundo, con emigrantes que comercian de forma legal en tenderetes, con el chino que le arregla el móvil que se le estropea, con las empleadas del hogar latinoamericanas que acuden a hacer las compras que les ordenan las señoras… La crisis le redujo la jornada laboral y el sueldo, pero al menos no lo dejó en la calle como a otros del barrio obrero en el que vive,como a parte de su familia. Antonio es uno de los nuevos votantes de Vox, según me contó sin tapujo alguno. Sus argumentos, que ya estaba bien, que ya estaba harto de tanto ladrón, que había que cambiar.

Luego hablé con María,una chica de casi cuarenta años que trabaja como empleada del hogar, una extraordinaria trabajadora, una mujer dedicada a sus hijos, a su familia, que se crió con sus tíos porque sus padres eran incapaces de darle a su prole un mínimo de educación. Así salieron muchos de sus hermanos, relacionados con ámbitos muy oscuros de nuestra sociedad. Los tíos de María la recogieron casi recién nacida al regresar de Australia, en donde se habían exiliado tras sucesivas detenciones en la dictadura debido a la militancia sindicalista, esto es, por defender los derechos de los trabajadores bajo una dictadura. María no votó a Vox, simplemente se le olvidó votar, aunque no incumplió la promesa que le había hecho a su hijo de llevarlo esa tarde a comerse unas tortas con nata en un centro comercial, antes de ir a conocer la nueva iluminación navideña del centro. Se me olvidó, se me olvidó, fue la respuesta a mi pregunta.

Antonio y María han vivido cuarenta años de democracia que han sido un modelo de fracaso en la educación, en la que se han confundido acumular conocimientos con formar para la libertad de pensamiento. Eso nos ha tocado a todos, porque el problema de Antonio y María es similar, el mismo diría yo, al de esos escritores que defienden que no hay fascismo y que pretenden ser intelectuales sin intelecto. Mientras unos han vivido aislados en sus barrios obreros a las buenas de dios,otros han sufrido otro tipo de aislacionismo, el de vivir en un mundo de Yupi anestesiados por ese estado del bienestar que no llegaba a todos. Y el resultado es parecido,una falta de comprensión de la realidad que vivimos.

Antonio por acción, y María por omisión, también son responsables de haber resucitado a los zombis. La única diferencia es que ellos serán de los primeros en ser devorados, porque de ellos solo les interesa el voto o la abstención, sin duda son los más frágiles de la cadena y, ya se sabe, las fieras devoran primero a los animales debilitados.

La pregunta que me hago es por qué la izquierda, ese movimiento que dice defender a los desheredados de la sociedad, no ha llegado hasta ellos, hasta gente como Antonio o como María. Cuando escuché a Antonio decir que había votado a Vox, no pude sino recordar a Pablo Iglesias durante la noche electoral, diciendo algo tan digno de no sé qué de salud o de fraternidad. Antonio no entendería nada de aquello, al igual que para María, la Internacional debe de ser alguna jugadora de la selección de fútbol femenino.

La nueva izquierda tiene poca, muy poca calle. También vive en su propio mundo de Yupi de consignas y de reflexivas reuniones en horarios solo aptos para funcionarios y profesores universitarios, mientras sus posibles votantes  tratan de sobrevivir como pueden en la ciudad sin ley que son los suburbios; o anestesiados por la televisión, por telenovelas, por María del Monte o Juan Imedio, de tarde en tarde. Canal Sur no se debe cerrar porque los medios de comunicación públicos son el único ámbito ajeno a intereses particulares en información, pero la televisión pública de Andalucía ha hecho mucho daño con ciertos programas, y lo sigue haciendo, a la dignidad de los andaluces. En especial a la de las andaluzas. Ha confundido cultura popular con chabacanería y lo que podría ser un motor de culturización se ha convertido en un abrevadero para alimentar de bazofia y debilitar aún más a los últimos de esta sociedad.

Hemos abandonado a su suerte a quienes no entienden de consignas, porque en cuarenta años no hemos sabido o querido, y hemos tenido la oportunidad para ello, que recorran el camino a la libertad que es la educación. Hemos creado guetos expulsando a los más pobres y a los más débiles de sus barrios tradicionales. Lo seguimos haciendo apostando por la economía de pisos turísticos, a favor de los que más tienen, en contra de los que han de marcharse. Continuamos abriendo centros comerciales, e inaugurándolos nuestros próceres además, espacios ajenos a nuestra cultura de barrio que destruyen multitud de empresas familiares que constituyen la verdadera riqueza económica de pueblos y ciudades; lo mismo que hacemos con el taxi, para favorecer a grandes empresas multinacionales de empleo precario y coches y corbatas inmaculadas, como ya hicimos antes con la desaparición de las empresas de comestibles para crear supermercados donde explotar a sus empleadas, porque son mujeres por lo general las explotadas.

Si Vox está aquí también es porque nos cargamos a los pequeños autónomos para crear puestos de trabajo precarios y mal pagados, por parte de empresas que pagan sus impuestos fuera o explotan a trabajadores del tercer mundo que luego tienen que huir de sus países para llenar pateras y superpoblar nuestros extrarradios, esos espacios que la izquierda no entiende y que son el nuevo caladero de votos para fascistas y probablemente el del terrorismo que venga, allí donde vive gente como Antonio o como María, el lugar que jamás pisará un intelectual salvo para hacer un dibujo que le reafirme de sus convicciones.

Hablábamos de desenterrar a Franco y sin llegar a levantar su tumba han surgido de la tierra removida los zombis que arrasaron Europa de sur a norte. No han tenido ni que cambiar de carnaza. Basta una generación para que volvamos a picar en el cebo envenenado.Hay muchas responsabilidades en esto. Yo he preferido sacar las mías.

PEROGRULLO

Un estado es una organización creada por el ser humano para organizar a los individuos de su especie, a fin de conseguir juntos lo que no podrían conseguir por separado, es decir, orientada al bien común. Por tanto, el principal cometido del estado será fomentar el desarrollo de los individuos que lo conforman y, por tanto, defender, proteger y estimular también el de los más débiles.

Entre los más débiles están los enfermos y las víctimas de las estructuras sociales injustas, de ahí que la protección a los enfermos y la revisión crítica del modelo de sociedad para corregir sus defectos y reparar a sus víctimas deban ser tareas primordiales del estado. Ningún ser humano que no esté enfermo tiene por qué tener menos capacidades ni derechos que otro. El homenaje a las víctimas del pasado, su recuerdo, deberán permanecer siempre para no volver a repetir errores.

La estructura del estado conlleva unos órganos de gobierno que, para garantizar la revisión crítica de su desempeño, debe contrapesarse con otras estructuras representativas que vigilen su desempeño y un sistema para hacer justicia en el caso de confrontación que garantice también la seguridad de sus integrantes. Los órganos de gobierno se elegirán entre todos y se revisarán de forma periódica. Por tanto, todo poder debe ser elegido, ninguno se ostentará por otro derecho  que no sea el de libre elección. Para que los ciudadanos puedan ejercer su libertad han de acceder a un modelo educativo orientado a ello, que garantice su libertad de pensamiento y crítica.

Los estados pueden ser grandes o pequeños pero no de cualquier tamaño. La identidad cultural correspondería a la estructura mínima de un estado, en el que pueden caber otras identidades culturales siempre y cuando se vele siempre por la protección de los más débiles y por el desarrollo de las potencialidades de todos los individuos, sin privilegios para nadie. En cuanto un estado lo conformen diversas identidades culturales, estas deberían tener siempre el derecho a formar parte o no de un estado mayor si se consideran perjudicadas.

Nadie es menos que nadie si tiene las mismas oportunidades. Por tanto, si hay lugares más pobres que otros, o personas de alguna raza, etnia o identidad cultural con menor desarrollo, es porque algo se está haciendo mal. Tampoco el bienestar de un estado se puede alcanzar en detrimento de otros.

Si has leído hasta aquí y te descojonas, háztelo mirar. Siempre podrás irte a cortar lazos amarillos (o del color que te guste). Para empezar, podrías entretenerte en cortarle las uñas de los pies al ciudadano que duerme bajo ese cartón.

 

PERIODISMO BASURA

Esta portada de ABC hace vomitar. Los titulares son la demostración del nacionalismo más asqueroso, el más despreciable que puede haber; el que dicen atacar, a pesar de ser ellos sus máximos adalides. Cuando un estado antepone sus intereses a los de los seres humanos, algo abyecto, siniestro, esconde.

Responder a los fenómenos migratorios del siglo XXI es extraordinariamente complejo. Nadie huye del lugar donde vive porque sí, nadie abandona su tierra por capricho. Detrás de los fenómenos migratorios está la pobreza, el cambio climático, y detrás de ellos la explotación desmedida de los recursos naturales de los países de origen, el insostenible modelo de progreso en el mundo basado en el crecimiento. Un crecimiento que ya solo produce basura y desigualdad.

Para que no vengan migrantes a nuestras costas tendremos que cambiar el modelo de progreso en los países ricos, dejando el del crecimiento ilimitado y la producción de basura para pasar a un modelo de redistribución de la riqueza. ¿Seremos capaces de hacerlo? ¿Preferiremos seguir como estamos y que los que vengan, nuestros hijos, arreen?

Hace falta mucha generosidad para cambiar. El ABC y los que se sienten representados por estos titulares prefieren seccionar la verdad por donde les conviene y hacer un discurso a la medida de su egoísmo. El nacionalismo gana, la humanidad pierde. Todos perdemos, incluso el modelo de nación que este despreciable periódico pretende defender, que no es más que un basurero moral. Lo peor de la especie humana.

Perdonen, me ha dado una arcada.

LA ESPERANZA VA EN AUTOBÚS

En cualquier barrio marginal, la esperanza va en el autobús. Si les quitas el autobús estás hundiendo a los que luchan por cambiar el futuro. Y no te engañes, ellos luchan solos. Luchan contra los delincuentes que aprovecharon la marginalidad creada para hacerse fuertes. Luchan contra los que nos acercamos a ayudar contaminados de prejuicios y paternalismo. Y luchan contra vosotros, nuestros representantes, que enterráis dinero sin sentido, para justificar la marginalidad de quienes viven allí, porque os limitáis a dar limosnas sin abordar las verdaderas causas de la marginalidad.

La marginalidad se rompe favoreciendo el encuentro, y se comienza derribando barreras. No les pongas aceras nuevas, derriba el muro del tren. No construyas fastuosos edificios culturales, lleva organismos públicos a la zona. Construye la Comisaría que prometió…Franco. Sí, sí, de los años setenta del siglo pasado está prevista, y la ha derribado sin poner un solo ladrillo el Ministro del Interior, antiguo alcalde de la ciudad, y, como a vosotros, no se le cae la cara de vergüenza. Lleva edificios públicos al barrio.

Derriba barreras, construye puentes.

No quites el autobús. Si lo quitas destrozas el futuro de los héroes, de los valientes que se suben a él cada día. La esperanza va en autobús. Si no eres capaz, si no tienes valor de derribar muros, de eliminar barreras que encarcelan y hacinan a más de cincuenta mil personas, si no tienes arrestos para romper el aislamiento, para acabar con los vertederos morales del liberalismo, al menos ten la decencia de no acabar con la esperanza de quienes cada día suben al autobús. No seas Espada de Damócles. Quizás esto no te dé votos, pero te dará dignidad, la que muchos de vosotros hace tiempo que habéis perdido.

ALEGRÍA EN EL TEATRO ENCANTADO

Queremos una piscina para las Tres Mil, y también parques infantiles. Y una piscina, y un cine, y que barran todos los días, y que…

El martes 27 de junio tuve la oportunidad de asistir al estreno de la obra teatral “El colegio encantado”, protagonizado por niñas y niños de las Tres Mil Viviendas, segundo barrio más pobre de España según estadísticas recientes, y sin duda líder a la hora de prejuicios y estigmas, esos tatuajes sociales con los que etiquetamos a quienes no tenemos el gusto de conocer.

Los alumnos de teatro de la Fundación Alalá incluidos en el taller “Pequeños Autores”, fueron los protagonistas de una obra que atrapó a un público entusiasmado. La Fundación Alalá, alegría en lengua caló, defiende la integración social a través del arte y la cultura y la alegría, y bien que puede presumir de hacerlo.

La pieza teatral, una reflexión sobre los valores personales que deben ilustrar al artista, y por ende, a cualquier ser humano, nos ofreció a los espectadores el arte de esos jóvenes como actores y actrices, músicos e intérpretes, con el flamenco y el rap y su fusión, como elementos predominantes en los cantes.

Tenía mucho interés en asistir, cambié mi turno de trabajo por estar, y más después de la invitación que me hizo la madre de una de las artistas, María del Carmen Fernández Pisa, una auténtica heroína de la vida, a quien admiro mucho y desde hace mucho tiempo por sus tremendos valores personales. Llevo más de once años de voluntario en el barrio y sé que aquella es tierra de heroínas, mucho más que de heroína, como algunos malpensados puedan sospechar.

Contemplando el espectáculo, viendo a esos jóvenes actuar, la cabeza me comenzó a dar vueltas, y reflexioné sobre la marginalidad. Probablemente no haya situación más injusta hacia los tuyos, hacia tus propios convecinos, que expulsarlos de sus barrios tradicionales para confinarlos en guetos, creados expresamente para que no molesten, como se hizo a partir de 1960 con los habitantes de Triana, San Bernardo y otras zonas de la ciudad. Ese aislamiento, esa cirugía inhumana con la que se intervino sobre la ciudad de Sevilla, y sobre muchas otras, todo hay que decirlo, trajo muchos, por no decir todos, los males que hoy continúan asolando las periferias.

Sin embargo, esta dolorosa e injusta ignorancia hacia el pueblo más humilde, allí donde se crea y se concibe el arte y la cultura de un pueblo, ha traído, entre el dolor y la injusticia, nuevas formas emergentes de arte, creaciones originales y novedosas formas culturales que esa forma de ignorancia pedante que es la cultura establecida, ignora. Y hoy, entre el desprecio de la ciudad de la caspa, ajena a toda consideración hacia las personas que conforman el cinturón de la urbe, surgen formas de expresión que sin duda conformarán el futuro, como en su día lo fueron el mismo flamenco, el tango, el jazz, el blues o el rap, que nacieron entre el desdén y la indiferencia de los que se sentían el ombligo identitario de la metrópoli.

Qué injusto y qué doloroso es el camino de la creación. Qué rabia da contemplar la marginalidad y las tragedias de muchas personas, y aún más escuchar los prejuicios que vomitan quienes tengo muy cerca. Qué maravilla el arte que surge. Qué tragedia el precio que han pagado y deben pagar muchas personas para que el arte perviva.

Mi respeto, mi reverencia, a las buenas gentes de las Tres Mil, héroes que no solo merecen la piscina, el cine, los parques infantiles y que barran sus calles todos los días, porque son ellos y no nosotros los que soportan el mayor tesoro para la supervivencia de un pueblo: su cultura.

Sí, la cabeza me dio muchas vueltas. Y salí del teatro encantado, encantado.

Las fotos se han tomado de la página http://www.fundacion-alala.org 

¿LOS BARRIOS POBRES CREEN QUE SE VIVE MUY BIEN?

Introducción al acto que organizó Iniciativa Sevilal Abierta en la Fundación Cruzcampo de Sevilla el lunes 17 de abril de 2017

Buenas tardes, bienvenidos a este nuevo capítulo del ciclo SEVILLA A DEBATE, Causas y consecuencias del estancamiento de la ciudad, que organiza nuestra asociación INICIATIVA SEVILLA ABIERTA, y que lleva por título, a modo de pregunta:

¿Los barrios más pobres creen que en Sevilla se vive muy bien?

Para ilustrar este debate contamos con la presencia de Manuel Lara García y Lola García Blanco, a quienes en breve pasaré a presentarles. Antes de ello, y a modo de introducción, me atrevo a hacer una breve reflexión personal acerca de si la pobreza en Sevilla es causa o consecuencia del estancamiento de la ciudad, si es este un bucle del que es imposible salir y que nos lleva a perder la esperanza de que la ciudad tome un nuevo brío, para regocijo de quienes no están interesados en que ese nuevo brío exista.

Si cuando salgamos de aquí caminásemos hacia la izquierda, nos encontraremos de inmediato con una avenida que marca uno de los cinturones más importantes de marginalidad de esta ciudad, un cinturón que la recorre desde oriente hasta el sur y que no es el único, porque qué decir de ese asentamiento chabolista de la zona norte, que nunca se vacía, que al igual que el Palacio Real del Alcázar, es el más antiguo de Europa.

El enclave en el que estamos se encuentra en una de las zonas de transición hacia nuestras propias vergüenzas, unas vergüenzas que ignoramos a pesar de que quienes viven allí, se crean o no que vivan muy bien en sus barrios, vengan o no a hacer carreritas en la Madrugá, son víctimas del modelo productivo de esta ciudad, tan falto de iniciativa empresarial a lo largo de la historia como rebosante de especulación en muchas ocasiones.

Hace unos días, a mitad de la Semana santa, quizás para que no se notara mucho, apareció en los medios un comunicado de Unicef que informa que España es el tercer país con mayores índices de pobreza infantil de la Unión Europea, tras Grecia y Rumanía; es el segundo, detrás de Letonia, en desigualdad económica, un país el nuestro en el que un informe de Intermón Oxfam afirma que 20 personas tienen tanto dinero como el 30% de la población. En el caso de Andalucía, tenemos además un 43,2% de riesgo de exclusión, muy superior a la media nacional, que es del 28,6% según la Universidad Loyola. Y qué decir de Sevilla, que alberga, a decir del Instituto Nacional de Estadística, a cinco de los diez barrios con menor renta per cápita de España.

La génesis de los barrios más pobres se explica por la migración rural a la ciudad ante la falta de oportunidades que el campo ofrecía a sus pobladores, allá por los años 60-70 del siglo pasado, y de los procesos de gentrificación de la segunda mitad del siglo pasado, por los que se expulsa a los habitantes tradicionales de arrabales como Triana, en los años 60 o San Bernardo en los 80-90, o los actuales, en la zona de Alameda de Hércules o en San Luis, en donde se sigue arrojando a sus vecinos históricos hacia la marginalidad, una marginalidad de la que no queremos saber o de la que no nos sentimos responsables aunque la generemos, y en la que, fruto de esa ignorancia, se instala y organiza la delincuencia, que victimiza por segunda vez a quienes no encuentran otro lugar en el que vivir, provocando la generación de una economía de subsistencia, sumergida y muchas veces relacionada con la delincuencia.

Por ello resulta indignante que oportunidades de normalización para estos barrios, como la construcción de una Comisaría de Policía en el Polígono Sur, que significa la entrada de las instituciones en el barrio y un paso importantísimo hacia su normalización, sean tiradas por la borda por la falta de sensibilidad de un Ministro, Juan Ignacio Zoido, que sí va a misa según vimos en una portada de prensa, pero que fue Alcalde de esta ciudad y concejal hasta hace bien poco. Y es que en Sevilla parece que somos muy dados a mantener muros que serían la envidia de Donald Trump, para poder lavar nuestras conciencias arrojando caritativas monedas desde el otro lado.

Índices de paro del 70% en estos barrios, de abstención en las elecciones de otro tanto, en un porcentaje sonrojantemente alto de nuestra población, nos deben hacer reflexionar sobre quiénes somos causa de esta pobreza y quiénes sufren sus consecuencias. Eso, o continuar encerrados detrás de esos muros ilusorios que marcan los límites de la ciudad de la gracia.

SOÑAMOS LA CIUDAD

Texto preparado para la mesa redonda SOÑAMOS LA CIUDAD, del jueves 20 de octubre de 2016

LA ZUA (2)Cuando sueño la ciudad, mi sueño es un sueño de justicia hacia los ciudadanos, hacia todos los que la componen y forman parte de ella. El ser humano es un animal social, y como tal se organiza en comunidades, en ciudades, en estados, y esas organizaciones, artificiales pero necesarias, cambiantes pero eternas, tienen el fin de hacerlo más feliz, entendiendo como tal aquello que contribuya a  su mayor bienestar físico, mental, intelectual y espiritual. La ciudad que sueño es de todos, y todos tenemos obligación con todos. El éxito debe llegar a todos o no será, y la derrota de unos es la de todos.

Cuando hablamos de nuestra ciudad de Sevilla, a todos nos han regalado alguna vez los oídos acerca de su belleza― la más bonita de España, una de las más bellas de Europa―, de su importancia histórica a lo largo de los siglos, de sus fiestas tradicionales, de su saber vivir y divertirse.

Cuando hablamos sobre Sevilla, lo hacemos de la Giralda, la Catedral, el Alcázar o el Archivo de Indias, esa zona en la que se reúnen grandes estilos arquitectónicos en apenas unos metros: el gótico de la Catedral, el barroco del Palacio Arzobispal, el renacentista del Archivo de Indias, los diversos periodos del arte musulmán en el Alcázar o en la Giralda. Hablamos de su casco histórico,  de su caserío, de sus iglesias.

Cuando criticamos a Sevilla, cuando los cronistas de la ciudad levantan la voz, lo hacen, y nosotros detrás, acerca de si las Setas o la Torre Pelli son construcciones dignas de ocupar el espacio en el que se sitúan, si la peatonalización de la Avenida de la Constitución se ha hecho bien o no, y si el centro se ha convertido o no en un parque temático globalizado como en otras ciudades históricas, para dar cobertura al turismo, una de las epidemias más depredadoras del siglo XXI en lo medio ambiental. Cuando hablamos o criticamos a Sevilla lo hacemos sobre su casco antiguo, una zona en la que viven una minoría de ciudadanos.

Cuando hablamos sobre Sevilla no hablamos, o lo hacemos cuando aparece una noticia puntual y siempre con vergüenza ajena, como si no fuera con nosotros, de que cinco de los diez barrios más pobres de España están en Sevilla, o de que el líder de esa triste clasificación a quince minutos de zonas lujosas. Y tampoco hablamos de que, a pesar de ser Sevilla una de las ciudades más pobres del país, su importancia en cuanto a inversiones en banca privada es muy superior a lo que cabría esperarse de su nivel económico, de una tradición empresarial y emprendedora escasa, que hace que quienes tengan inquietudes de este tipo deban salir a otras ciudades para poder desarrollar sus proyectos. Sevilla expulsa a sus hijos más bulliciosos, y su dinero, en vez de invertirse en la creación de riqueza que estos podrían producir, se proyecta sobre la agricultura y la construcción, es decir, de las rentas que puedan producir las fincas rústicas o la compra-venta o alquileres de fincas inmobiliarias.

Sevilla es una de las ciudades en las que más desigualdad social existe, y eso se explica en términos económicos y se traduce en lo geográfico. Está plagada de guetos, de ciudades dentro de la ciudad, en un proceso científicamente diseñado que comienza con la expulsión de poblaciones desfavorecidas de núcleos de interés inmobiliario o comercial, para poder desarrollar negocios y concentrar poblaciones de estrato social bajo en viviendas de promoción social, alejadas de los núcleos de interés económico, que luego se convierten en caldo de cultivo para la exclusión social y la delincuencia. Es lo que se conoce como gentrificación.

La gentrificación se ha desarrollado desde tiempos inmemoriales en Sevilla y en el mundo. En los tiempos modernos, en los años 60 del siglo pasado, la expulsión de población eminentemente, pero no solo, gitana del barrio de Triana, inició un proceso de transformación especulativa de ese barrio entonces humilde. La zona que ocupa hoy el barrio de Los Remedios fue limpiada de chabolismo para crear el barrio que hoy conocemos, paradigma en Europa de la urbanización irracional, avariciosa y especulativa. También se hizo de una forma parecida en el centro histórico de la ciudad, aunque no de un modo uniforme, si bien sus huellas en forma de edificios tan feos como de baja calidad aparecen por todo el caserío, para escándalo de los cronistas de la ciudad.

Aunque es un proceso incesante, y que continúa desarrollándose en estos momentos en espacios de la zona Norte del centro como en la calle San Luis, y próximamente en El Vacie, destacan también procesos como los de San Bernardo en los años 80, en la época previa al soterramiento del tren en la ciudad, soterramiento que se hizo en todas las zonas afectadas de interés económico, salvo, a pesar de que estaba previsto, en los barrios más humildes del sur: Tiro de Línea y Polígono Sur.

En todos los procesos de gentrificación hay una población que sale hacia el extrarradio, y otra de mayor poder adquisitivo que entra y ocupa el espacio. En todos hay una legislación que los garantiza, una excusa de índole sanitaria o social, producto de esa desigualdad ancestral que los hace necesarios, pero también una deslocalización y pérdida de raíces de las personas que abandonan el barrio, que deben buscar un nuevo lugar para vivir acorde con sus escasas posibilidades económicas.

Nadie duda de que las casas y corrales de vecinos de Triana o San Bernardo eran lugares insalubres, focos epidémicos por el hacinamiento de quienes allí vivían. Nadie duda de que es una vergüenza que exista El Vacie, que haya personas que vivan en esas condiciones, o en La Bachillera. Lo que sí que es más que discutible es que quienes hayan vivido en lugares así tengan que borrarse del mapa, que desaparecer de nuestros ojos para pasar a ocupar un espacio en los barrios invisibles de la ciudad. Porque el Polígono Sur es un barrio invisible, porque la Ronda del Tamarguillo es una frontera hacia los barrios invisibles de Candelaria o Tres Barrios, y porque lo que parece molestar de El Vacie es que es un barrio indecente pero visible, y no tanto por lo que sucede a las personas que conviven con las ratas y la inmundicia.

La ciudad, la bella ciudad de Sevilla, va de Bellavista a San Jerónimo, de Torreblanca a Los Remedios. No va de los Jardines de Murillo a la Macarena, o de la Torre del Oro a la Puerta Carmona. Y la ciudad que sueño es la que es, la que desbordó sus murallas y se disemina por las antiguas huertas con cuya transformación tantos próceres con calle se enriquecieron. Y para que la ciudad merezca ser una organización al servicio del ser humano debe romper con los guetos y favorecer la integración de sus habitantes.

Barrios como el Polígono Sur, que ya tienen cuarenta años, han desarrollado ya una personalidad propia. Hoy el flamenco no es Triana, es el Polígono Sur. La Sevilla eterna no está intramuros; está en el Polígono Sur. Y lo que precisan barrios como el Polígono Sur, y tantos otros, es que rompamos con su incomunicación, para que puedan integrarse en la ciudad y a la vez expulse a la delincuencia, que encuentra en ese aislamiento el espacio idóneo para sus actividades. Acabar con las barreras físicas, como el muro de Hytasa o las vías del tren, la carretera Su Eminencia o la Ronda del Tamarguillo, son inexcusables para acabar con la exclusión. Acoger edificios públicos, incluso que empresas que lleven su responsabilidad social a instalar sedes en el barrio favorecería la integración y rompería con el miedo que hay a ambos lados de las barreras físicas y psicológicas.

Hay que acabar con los guetos y evitar que se nutran de nuevas poblaciones como los inmigrantes procedentes de otras injusticias, o que otros nuevos se produzcan. Las personas deben gozar del derecho a echar raíces en sus barrios, a desarrollar sus señas de identidad propias. Y quienes deban salir han de poder integrarse en otros barrios que les puedan servir de referencia para crecer. Se copia siempre lo mayoritario, la referencia es la mayoría, y por tanto, no hay que temer de quienes vienen de barrios más humildes. Ejemplos como los edificios sociales que se hicieron frente a la iglesia de San Benito, en la cotizada zona de La Buhaira, muestran que las personas humildes pueden integrarse y no ser un problema para nadie, y en modo alguno han representado un problema para el resto de los habitantes.

La ciudad que sueño es una ciudad integral y visible, una ciudad que sea justa con todos sus habitantes y especialmente sensible con quienes más ayuda necesitan. La ciudad que sueño no es más cara ni es utópica. Porque la utopía no es más que el sueño inalcanzable de los cobardes.

TRES MIL VIAJES AL SUR. CARIDAD O JUSTICIA

Poligono surTres mil viajes al sur surge de mi actividad como voluntario en el Polígono Sur de Sevilla, las estigmatizadas Tres mil viviendas. Comencé a ejercer de voluntario a principios de 2006, después de que poco antes de la Navidad diese una charla sobre hipertensión arterial a mujeres del barrio, invitado por mi amiga Julia del Valle. Cuando conocí las instalaciones de la Parroquia Jesús Obrero, encontré muchas similitudes a la Clínica de Philips, un centro de cooperación y docencia que la Universidad estadounidense de Minnesota mantenía en una iglesia episcopaliana que había visitado meses atrás durante una estancia de investigación. Mi pretensión fue repetir aquella grandiosa experiencia, en la que profesores y estudiantes de Medicina, Farmacia, Enfermería y Fisioterapia compartían práctica asistencial tutelada, dirigida a emigrantes ilegales que residían en la ciudad de Minneapolis. Monté una consulta allí a principios de 2006 y allí sigo, a pesar de que la idea de repetir la experiencia fracasó, porque los profesores de la Universidad de Sevilla, y la forma de enseñar una profesión no son, desgraciadamente, iguales.

Una de las primeras personas a las que conocí fue a un antiguo trabajador de una empresa de cerámica de Triana. Padecía de un enfisema pulmonar del que murió poco tiempo después. Apenas pude verlo un par de veces y ni recuerdo su nombre. Lo que sí que no se me olvida era su historia. Carecía de medios para pagar sus tratamientos porque no tenía pensión. Nunca estuvo asegurado, lo supo cuando ya su enfermedad le imposibilitó para trabajar. Durante décadas su tarea se desarrolló dentro de un pozo de fango muchas horas al día. Antes de sumergirse encendía un cigarro, y con la colilla encendía el siguiente, ya que no podía echarse nada en los bolsillos. Aquel obrero que vivió muchos años en un corral de vecinos trianero, que fue desalojado de su casa para trasladarse al sur fue de los primeros que conocí y que me removió las entrañas. Después, he ido conociendo la vida de muchas personas más, como aquella mujer que pedía en las puertas de una iglesia, y  que perdió la custodia de sus hijas de un día para otro y cada día rezaba a su Vaticano, las estampitas de santos que le regalaban las feligresas, para volverlas a ver.

Cuando me preguntan acerca de lo que hago allí muchos me alaban. Cuando les hablo de las causas de la exclusión la mayoría no me contesta, se limitan a escucharme. Y si continúo y trato de hacerles ver el aislamiento que sufren, la necesidad de soterrar el tren y derribar los muros que los encajonan, ya el tema es otro, aparece el escepticismo, el miedo; el estigma.

En esta ciudad gusta mucho hacer caridad, donar ropa que se pasa de moda, hacer un festival para recoger donativos, o, para los más aventureros, realizar safaris solidarios adentrándose en barrios humildes. Hacer cositas y no modificar la realidad, para continuar sintiéndonos bien por lo buenas personas que somos. Cada día que pasa pienso si yo también soy parte del problema, si lo que hago lleva a que algún día pueda haber algún cambio real. Mientras tanto, lo único que puedo hablar es de lo agradecido que me siento por haber conocido a muchas personas que viven más allá de las fronteras del miedo.

Foto tomada de @miPoligonoSur

TRES MIL VIAJES AL SUR. ¿CÓMO SE CONSTRUYÓ?

PRESENTAMOS_CARTELTres mil viajes al sur surgió como idea la noche en la que se presentó El guacamayo rojo y tuvo título días después, en la habitación de un hotel de Lima donde me hospedaba. Para darle la estructura que tiene, me inspiré en Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, de ahí que a una de las protagonistas la bautizara con el nombre de Alberta, en homenaje al malogrado escritor. Para elaborar la historia realicé una intensa tarea de documentación, algo que es habitual en las obras que he publicado, y sin duda deudora de mi pasado como investigador en ciencias de la salud. Aquel viernes de julio y El guacamayo rojo también se inspiraron en la lectura de referencias bibliográficas y en la entrevista a muchas personas testigos de las épocas en las que se enmarcaban las historias.

Lo primero que hice fue visitar al profesor de la Universidad Pablo de Olavide Francisco José Torres Gutiérrez, que había escrito un libro titulado Segregación urbana y exclusión social en el Polígono Sur, inspirado en sus investigaciones de doctorado. Tuvo la generosidad de regalármelo, lectura imprescindible para entender los procesos sociales y demográficos que explican la situación actual.

Después entrevisté a muchas personas que viven en el Polígono Sur, a las que he conocido en estos diez años largos que llevo ejerciendo como voluntario en el barrio. Escuché muchas historias―tengo unas grabaciones que son joyas―, y también me inspiré en las de otras personas, algunas de ellas ya fallecidas, que durante este tiempo me hablaron de tantas cosas. Al final del libro hay una lista de agradecimientos hacia quienes han sido fuente de inspiración para conformar la obra. Espero que no se me haya olvidado nadie.

Quiero tener un recuerdo muy especial para Mohamdi Freesahara, a quien conocí por medio de la poeta y amiga María Magdalena Blanco Odriozola. Gracias a los dos pude contactar con mujeres que han venido de tierras muy lejanas en un viaje durísimo, muchas de las cuales han tenido que soportar no pocas vejaciones para llegar a Europa, y que todavía lo siguen pasando mal. Con Mohamdi recorrí barrios, semáforos y tiendas para buscar interlocutores que quisieran contarme su travesía. Encontrar a personas como Mohamdi en tu vida, aprender de la madurez de este joven tan comprometido, es una de las mayores fortunas que este libro me puede dar.

Tras la finalización de Tres mil viajes al sur, hemos elaborado un video, que se presentará el 22 de abril, con la ayuda indispensable de mi gran amiga Lourdes Ramírez Mota, y de Benito Herrera. En él han participado muchas mujeres del Polígono Sur y hemos recorrido el barrio de punta a cabo para filmarlo. Me siento muy agradecido por la generosidad de las mujeres, y no menos orgulloso de haber enamorado a Lourdes del barrio. Ojalá muchos más habitantes del otro lado quieran hacer el camino que ha realizado mi amiga, el tres mil un viaje al sur.

Un último párrafo para quienes lean esta entrada al blog y puedan ofrecer trabajo a muchas de estas personas: conocer a esta gente y darles la oportunidad de labrarse un futuro será algo de lo que no te podrás arrepentir. Muchas veces, los mejores son invisibles para la mayoría. Te puedo ayudar a encontrarlos.

TRES MIL VIAJES AL SUR. ¿Y TÚ, QUÉ HARÍAS?

2015-06-07 13.30.14Tres mil viajes al sur cuenta cuatro historias de mujeres en su viaje hacia la marginalidad, dentro de los procesos sociales que se dieron en grandes ciudades españolas  en los años 50-70 del siglo pasado, como consecuencia de la despoblación de las zonas rurales y del desahucio sufrido por muchas familias de barrios humildes. Todas fueron confinadas a la periferia, a barrios de autoconstrucción y a los terribles polígonos. Muchos de los que hoy ocupamos barrios residenciales lo hacemos en edificios construidos sobre solares y territorios en los que se dieron estos procesos y, por tanto, somos cómplices en mayor o menor medida de ellos.

En este marco, Tres mil viajes al sur pretende reflexionar sobre las vidas de estas personas y de sus descendientes, deportados al extrarradio y que fueron carne de cañón en los años 80 del siglo pasado para el consumo de drogas y sus consecuencias delictivas, que profundizaron aún más en la brecha social y estigmatización de los habitantes de estos guetos.

Por estos motivos, la gran mayoría de los personajes que son ajenos al barrio donde se desarrolla Tres mil viajes al sur no tienen nombre. No lo tienen la ciudad ni el barrio, ni tampoco los que viven fuera, salvo alguna excepción intencional. Porque lo que sí que es intencional es promover la reflexión ética en los lectores, ayudar a que los que lean sus páginas se pregunten qué harían si ellos fueran algunos de los personajes sin nombre que aparecen a lo largo de las cuatro historias.

¿Qué haría, amigo lector, si usted fuera cooperante de una ONG en ese barrio, si fuera el director de un instituto que debe aceptar o rechazar alguna solicitud, si vive protegido al otro lado del muro que lo separa de ese barrio que rechaza?

Tres mil viajes al sur carece de respuestas a las preguntas formuladas, y pretende huir de cualquier forma de maniqueísmo. No tiene pretensión de adoctrinar, sino de hacer pensar, de que el lector forme parte de la reflexión y que ayude a encontrar las respuestas que buscamos. Por ello, el verdadero final de la historia no está escrito; está fuera de las pastas del libro, y entre todos habremos de culminarlo algún día. En la vida real.