PRÁCTICAS TUTELADAS

Artículo publicado en la revista El Farmacéutico en mi sección YA VIENE EL SOL el 13 de julio de 2015

http://elfarmaceutico.es/index.php/ya-viene-el-sol/item/6162-practicas-tuteladas#.VbndFfntmkp

Durante varios años, la farmacia que dirigí estuvo acreditada por la Universidad estadounidense de Minnesota como centro autorizado para realizar prácticas tuteladas. En ese tiempo, recibí dos alumnas, porque además de tener capacidad económica para viajar a España, había que conocer el castellano para poder interactuar con mis pacientes.

El programa de formación en prácticas tuteladas de Estados Unidos, o al menos de esa Universidad, contemplaba una duración de diez meses, tiempo en el que el alumno debía rotar por diez servicios farmacéuticos diferentes, todos acreditados, en los que aprender las distintas prácticas profesionales en las que aquellos servicios destacaban. Una de las estudiantes quiso estar más tiempo y no fue autorizada, ya que se entendía que era muy importante para su formación que tuviera un conocimiento global de la que iba a ser su profesión.

Durante muchos años también, fui formador de prácticas tuteladas para nuestras Facultades de Farmacia. Un buen número de veces nos enterábamos de que venía un alumno en prácticas el día anterior al comienzo de su periodo de formación, y todos, salvo escasísimas excepciones que se podrían contar con los dedos de la mano de un mutilado de guerra, acudían, por tres o por seis meses, por la proximidad de su domicilio. Ningún estudiante había oído en la Facultad que tuviésemos un servicio diferenciado dentro de la farmacia para ver pacientes, ni conocían nuestra tradición investigadora o asistencial.

Aquella farmacia era excelente, por decir algo, porque tampoco había muchas, en cuanto a la consulta de seguimiento farmacoterapéutico. Pero dejaba mucho que desear en formulación magistral y en otros muchos servicios para los que hay grandes profesionales en otras farmacias. Por tanto, el estudiante podía recibir una buena formación en lo que sabíamos, y otra bastante deficiente, o no tan buena, en otras áreas. Y lo mismo se podría decir de otras farmacias.

Me pregunto cómo sería si los estudiantes rotaran por servicios de excelencia, y que las farmacias especializadas enseñaran lo que para ellos es lo que mejor hacen. Probablemente los alumnos saldrían muy bien formados en distintas áreas, los farmacéuticos enseñaríamos sobre nuestras fortalezas y todo sería mucho mejor. Y quizás muchos profesores que ahora miran con cierto desprecio a la farmacia comunitaria, conociesen la realidad y dejasen de criticarla ante sus alumnos.

La asignatura de prácticas tuteladas es la que otorga más créditos de formación en la carrera y me parece que pocos se la toman en serio. Es más un requisito, una orden que viene de Europa, una obligación. Es algo de lo que profesores, estudiantes y formadores tenemos que salir del paso como sea. Resulta muy triste, pero si desde que se empieza con la formación asistencial esto es así, luego no podemos quejarnos de la mediocridad de nuestro ejercicio profesional.

La foto que aparece fue tomada de www.blog.uchceu.es 

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SEGUIMIENTO FARMACOTERAPÉUTICO EN OFICINAS DE FARMACIA

UOFT_Entrevista

Hace unos días preguntaba al presentarme a mis alumnos del Master de Atención Farmacéutica de la Universidad de Costa Rica qué era una profesión. Después de escuchar la opinión de todos, llegamos a la conclusión de que una profesión acoge a un grupo de personas con un conocimiento y experiencia concretos, que trabaja y recibe su remuneración para resolver un problema que tiene la sociedad, de una forma que ninguna otra lo hace.

En el caso del seguimiento farmacoterapéutico, ejercerlo y ser un profesional significa asimilar un conocimiento y tener una experiencia para resolver, de una forma específica y diferente al del resto de profesiones de la salud, el enorme problema de salud pública que significa la morbi- mortalidad evitable asociada al uso de los medicamentos. Y esto, como cualquier otra profesión que exista en el globo terráqueo, incluyendo la pesca con lanza, con una remuneración coherente a la responsabilidad contraída.

Por tanto, para que una profesión como la que significa ejercer el seguimiento farmacoterapéutico pueda ejercerse, esta debe estar incluida y reconocida como una actividad dentro de las prestaciones y políticas sanitarias, lo que como es obvio, incluye un modelo de remuneración y la forma en que va a integrarse con el resto de prestaciones y profesionales.

Además de esto, algo que parece obvio, pero que hasta ahora no lo ha sido, requiere un cuerpo de conocimientos que refleje de forma precisa de qué trata esta prestación sanitaria, qué persigue, cómo se enseña y se aprende, qué formación se necesita para ejercerla y quién no está capacitado para ello.

Si analizamos por qué todavía no se ha implantado de forma generalizada el seguimiento farmacoterapéutico en oficinas de farmacia, y quiero puntualizar que en ningún otro entorno asistencial, digan lo que digan los que trabajan en esos escenarios, bastaría con repasar lo dicho anteriormente: no existen políticas que lo incluyan, no se enseña ni hay modelo de formación ni acreditación que defina las cualidades que debe tener el profesional, y como consecuencia, en entornos asistenciales como el de la farmacia comunitaria, su implantación es testimonial. También en los otros bastante discutible, porque aunque dicen ejercerla y reciben remuneración para ello, lo que practican es algo que de seguimiento farmacoterapéutico, en su esencia, solo tiene el nombre.

Creo que es necesario hacer esta reflexión, puesto que no puede apelarse a la falta de voluntad o patriotismo profesional de los farmacéuticos de oficina de farmacia el problema. No es así. Las causas de la escasa implantación tienen que ver con la hipocresía de los políticos, que nos utilizan y nos regalan el oído cuando necesitan nuestro apoyo y luego se olvidan, de su falta de compromiso con los problemas reales de la sociedad; de las Facultades de Farmacia, que se han apuntado al carro para no caerse pero que no quieren dirigirlo hacia espacios nuevos por miedo; y obviamente de quienes nos representan dentro, devotos de Lampedusa y de Alfonso Guerra, que no es que no saquen en la foto a los que se mueven, sino que directamente les disparan. Y no precisamente con la cámara fotográfica.

RUEDAS DE MOLINO

Ruedas de molinoVivo la farmacia desde que fui engendrado. Ya en el vientre de mi madre, subí y bajé escaleras cuando ella trataba de alcanzar los medicamentos que se almacenaban en aquellas estanterías de madera que llegaban casi hasta el techo. Me acostumbré desde entonces a los olores de la farmacia, a todos aquellos potingues y líquidos que se almacenaban en preciosos frascos de cristal que todavía conservamos, con la etiqueta ya amarilleada por el paso del tiempo.
Cuando era un niño mi padre trabajaba en una empresa de distribución farmacéutica ya desaparecida hace muchos años. La sede estaba junto al colegio al que íbamos mi hermano y yo. Por aquel entonces vivíamos cerca, pero un buen día nos mudamos a un barrio alejado y mi padre habló con el chófer de la empresa que hacía la ruta de farmacias cercana a nuestro nuevo domicilio para que nos llevara. Aquel conductor era tan flojo y avispado como inocentes éramos mi hermano y yo. Nos hacía cargar la furgoneta con las bolsas de medicamentos que tenía que entregar. Lo hacíamos felices, no nos importaba en absoluto, como tampoco nos molestaba entrar en las farmacias a entregar aquellos pedidos recogidos a mano por telefonistas que escribían con letra más ilegible que la de un médico.
Mi hermano, el chófer y yo íbamos sentados delante, sin cinturón de seguridad porque entonces ni existía, y solíamos coincidir con la salida de las niñas de un colegio en una de las típicas calles estrechas del centro de mi ciudad. Pasábamos despacio mientras él las miraba. Recuerdo cómo una vez el avispado chófer me insinuó que diera un susto a las niñas que me pareció divertido. Al pasar junto a ellas les tendría que dar un golpe en el trasero, bajo la promesa de que luego saldríamos escopetados. Así lo hice, sin tener aún el desarrollo hormonal requerido para entender lo que ese sátiro de patillas y cabello largo me sugería. Cuando les di, el conductor, en vez de acelerar me recriminó delante de aquellas niñas lo que había hecho, enrojeciendo como nunca he olvidado.
Luego hice la carrera y mientras me chupé no pocas guardias y veranos de suplencias a los auxiliares, hasta que después comencé a ejercer y a luchar por que la farmacia fuese un establecimiento sanitario de prestigio en el que el farmacéutico continuará siendo un profesional reputado ante la sociedad. Entonces vinieron los años de lucha por hacer realidad la atención farmacéutica. Cuando inicié mi tesis doctoral en esta disciplina, un joven profesor de la Facultad me llegó a sugerir hacerla con él en su laboratorio galénico. Recuerdo que le dije que para mí la farmacia era un laboratorio tan digno como cualquier otro para hacer investigación y que, o hacía la tesis en la farmacia o no la hacía. Y lo conseguí.
Para mí la farmacia ha sido mi medio de vida desde antes de nacer y continúa siéndolo. Por eso veo con mucha tristeza continúe después de tantos años enrocada hacia adentro, incapaz de aprovechar su posición ante la sociedad; haciendo cursos para dispensar, como pude comprobar en la pasada Cuaresma, fajas para nazarenos y costaleros. Ojalá algún día acabe este viacrucis profesional en el que buscan culpables a quienes no comulgamos con ruedas de molino.

Entrada publicada en El Farmacéutico número 519 (15 de abril de 2015) http://www.elfarmaceutico.es/numeros-de-la-revista-desde-el-2011/ya-viene-el-sol/ruedas-de-molino#.VVTFDPntmko 

La foto se tomó de http://www.adurcal.com

SEDOF. TRES AÑOS CONTRA EL FRACKING FARMACÉUTICO

SEDOFNunca hemos estado tan informados;

jamás se ha hecho tan poco

para evitar catástrofes anunciadas mil veces. […]

 

Y no solo pretendemos mantener el mismo estilo de vida

sino que perseguimos continuamente el más allá,

el consumo infinito en un planeta finito.

Deseemos lo mejor, pero preparémonos para cualquier cosa.

León Lasa: EN NORUEGA

Extraigo estas frases del epílogo de este fantástico libro de viajes que Almuzara editó al letrado y articulista sevillano León Lasa. Para mí es inevitable leer en clave farmacéutica este y muchos otros libros. Defiendo con vehemencia que la vida es una y que lo que pasa en algún entorno puede y debe leerse en cualquier otro. El cambio climático, el cambio político, el cambio farmacéutico…estamos ante una crisis sistémica y de punto final. Se ve en todo. Cuando escuchamos que la crisis desaparece y que el sector de la construcción remonta en España, con tantos pisos vacíos, con tantos desahucios, con tanta gente en la calle, es para tentarse la ropa. Que baje el precio del petróleo, que se extienda el fracking como modelo extractivo, es para tentarse la ropa. Que la gente se asuste ante los nuevos partidos políticos que aparecen, es para tentarse la ropa.

El mundo farmacéutico también es para tentarse la ropa. Como en la vida real, un importante número de farmacéuticos no quiere ver más allá de su cúter y de su cinta celo. Al fin y al cabo, uno de los grandes regalos que nos da la vida es que es demasiado corta, de forma que podemos subsistir haciendo fracking profesional, explotando lo que hay sin límite, y que quien venga después que le vayan dando.

Porque fracking farmacéutico es el invento de la cartera de servicios, y también lo son los documentos, declaraciones y todas sus variables en las que llevamos ya décadas, sin que nada cambie. Fracking farmacéutico es explotar un modelo agotado, al que se le pretenden extraer las zurrapas caiga quien caiga.


SEDOF
nació hace tres años para tratar de generar un cambio, apostando por una sociedad científica basada en una práctica asistencial definida y concreta, a diferencia de otras sociedades farmacéuticas, que se enfocan en un profesional y un determinado entorno asistencial.

La apuesta por una práctica asistencial no ha sido bien entendida por quien no quiere entenderlo y es una pena, porque eso no provoca nada más que poner palos en la rueda de la regeneración profesional, una regeneración que no podemos hacer cada uno por nuestra cuenta. Como el climático, el cambio que necesita la profesión farmacéutica se escapa a la capacidad de diferentes agentes por separado. Como dice León Lasa, nunca hemos estado tan informados como ahora de la que se nos viene encima, y jamás se ha hecho tan poco para evitar una catástrofe mil veces anunciada. Pretendemos seguir haciendo lo mismo, mantener un mismo estilo de vida, recortar y recortar códigos de barra y seguir poniendo la mano a papá Estado, sabiendo que ese modelo no da más de sí, y que son las profesiones las que dan propuestas a la sociedad y no al revés como algunos pretenden.

Después de tres años, en SEDOF se han hecho muchas cosas, pero también es cierto que habíamos soñado con hacer muchas cosas más. Esto no se justifica solo con la inesperada animadversión de muchas instituciones profesionales, sino que también es algo que hay que pensar desde dentro. A pesar de todo, en la medida de nuestras posibilidades, se han hecho cosas y las seis escuelas SEDOF, y el apoyo a la creación de Unidades de Optimización de la Farmacoterapia (UOF) son apuestas de enorme calado que irán dando sus frutos.

Deseo que en los próximos tres años, y en especial tras las elecciones que en 2016 traerán una nueva presidencia a la sociedad, se dejen de ver fantasmas en torno a SEDOF, y que esta sociedad mantenga el proyecto de hacer realidad una práctica asistencial cuya ausencia está provocando muchas muertes y no pocos problemas en la sociedad, que es como decir en nuestras familias, nuestros amigos, nuestros allegados. Incluso entre aquellos a los que no les gusta SEDOF. Porque la parca, amigos y amigas, no entiende de política.

Ojalá dejemos de agachar la cabeza y seamos capaces de crear un futuro más allá de nosotros mismos. Deseemos lo mejor para nuestra profesión en ese sentido. Si no, preparémonos para cualquier cosa.

A POR ELLOS

A POR ELLOSHace algunos años, bastante pocos, me invitaron por primera vez a dictar una clase de Seguimiento Farmacoterapéutico en una asignatura de grado en la Facultad en la que me licencié y doctoré. Me resultó curioso, puesto que aunque había formado parte del cuerpo docente de su Master en Atención Farmacéutica, nunca hasta entonces había tenido la oportunidad de dirigirme a los estudiantes, como si lo había hecho en el Grado en Farmacia de otra Universidad española, como la San Jorge de Zaragoza, o de Facultades en países más lejanos, solo en la distancia, como Argentina o Chile. No sé si es cierto aquello de que nadie es profeta en su tierra, pero de lo que si tengo más certeza es de que al menos yo, no.

Aquella clase era la primera de la asignatura en ese curso. Antes de comenzar, la profesora que me invitó se dirigió a los alumnos. Anunció que se iniciaba el plazo de admisión de alumnos internos en su Departamento, el de Farmacia y Tecnología Farmacéutica, y que quien estuviera interesado podría solicitar su ingreso para trabajar con ella, aunque advertía que su investigación no tenía nada que ver con la materia que comenzaba a impartir, el seguimiento farmacoterapéutico de pacientes, sino con los aspectos tecnológícos de los medicamentos y sus formas farmacéuticas.

Ese es el panorama de las Facultades de Farmacia actuales. Mi anfitriona, profesora de tecnología, tenía que afianzar su puesto de trabajo en la Universidad y las horas de docencia eran claves para ello. No le importaba lo más mínimo impartir una asignatura de la que no tenía ni idea, sobre la que no investigaba ni le interesaba, con tal de conseguir su objetivo. La investigación en la que mi anfitriona era especialista se centraba en aspectos de los que nadie puede dudar de su importancia en el ámbito del medicamento, pero que no tenían que ver con aquella materia. Sus trabajos se publicaban además en revistas que le proporcionaban mayor índice de impacto, y de esta forma ayudaba a conseguir sus propios fines, es decir, asentar su plaza en la Universidad.

Años atrás a esto, cuando todavía no me habían dado “la boleta” como docente en el Master de Atención Farmacéutica de la Universidad, hubo un cambio en la dirección del grupo de investigación sobre atención farmacéutica que existía en la Facultad. La nueva directora también comentó que debía afianzar su puesto en la Universidad y por ello no publicaría en esta materia sino en terapias anticancerosas. La investigación básica daba de nuevo índice de impacto y, como le escuché a una farmacóloga de otro país una vez, en sus investigaciones primero postulas y más adelante ya se verá si se demuestra lo que postulaste. Pero publicado quedaba. Aceitunita en forma de índice de impacto dentro, y huesecito fuera. ¡Qué diferente a la investigación asistencial!

Este es el panorama de la Atención Farmacéutica en la Universidad, visto con benevolencia. La farmacia asistencial, la que trata con el paciente, no interesa, a pesar de que hasta el 80% de sus estudiantes, los que sostienen la Facultad, van a trabajar en ese entorno y precisan de esa formación. Apenas existe la investigación en esa materia y muchos de los profesores que se encargan de su docencia lo hacen porque no tienen más remedio, obligados por los requisitos de la Unión Europea y con una enorme escasez de docentes que crean en ella. Los investigadores básicos la desprecian, llegando incluso a manifestar públicamente que los que nos dedicábamos a ella lo que publicábamos eran meras discusiones de taberna. Eso lo manifestó públicamente en un Congreso ante una ponencia mía, una persona que fue presidente de la Conferencia europea de Decanos de Farmacia, y también de la Asociación Iberoamericana de Facultades de Farmacia. No era ningún advenedizo profesor asociado.

Esta persona, por cierto, lideraba un movimiento por cambiar el nombre de muchas Facultades iberoamericanas que se denominan como de Química y Farmacia. Quería que todas fueran Facultades de Farmacia a secas, como las españolas, cuando las nuestras son de todo menos de Farmacia, dominadas por los químicos, que han encontrado un chollo en nuestras Facultades, en las que, gracias al gran número de alumnos que deben tragarse sus planes de estudio para hacerse farmacéuticos, pueden investigar de lo que les dé la real gana, enseñar lo que les parece, a costa de una profesión sin personalidad y unas Facultades sin misión ante la sociedad. ¿Qué más da llamarse Facultad de Farmacia o de Química y Farmacia si al final son lo mismo? Quizás valdría la pena que todas se llamasen Facultad de Química Farmacéutica, porque es lo que parecen. Eso, sin hablar de la Botánica.

Soy consciente de que muchos profesores del área no química, aún no invadida, sufren esto que opino, pero es lo que hay. Este círculo vicioso va a ser muy difícil de romper, y más en un entorno universitario público tan opaco, tan cerrado y tan paquidérmico en su evolución. Y así es imposible.

Este no es el único problema que existe para que se desarrolle la Atención Farmacéutica, pero en estos días he visto un movimiento alentador entre estudiantes de Facultades de Farmacia preocupados por su futuro. Creo que esos aires nuevos que traen pueden contribuir a los cambios y es lo que me ha motivado a salir de mi apatía y hacer pública mi opinión.

Hay que ir a por ellos, hay que cambiar las Facultades o crear estudios nuevos que faciliten que existan profesionales que atiendan la inmensa tragedia humana y económica que está produciendo la falta de control sobre los efectos de los medicamentos. Con el dinero de todos no podemos estar manteniendo a gente que no trata de resolver los problemas de la sociedad sino únicamente su puesto de trabajo.

La imagen del post ha sido captada en la página web www.urbanres.blogspot.com