LA FARMACIA Y LA VIOLENCIA SIMBÓLICA (II)

La violencia simbólica es la forma en la que se agrede en la actualidad desde el poder. No hace falta ejercerla entre sujetos, sino que es el propio sujeto el que se lastima a sí mismo mediante una autoexigencia, autoexplotación, que sobrepasa todos los límites. El poder aparece como un ente abstracto, desconocido y difícilmente identificable. Aún más cuando en los últimos tiempos se separaron el poder económico y el político, con la proliferación de las democracias aparentes. En esta sociedad del rendimiento, del sobreesfuerzo, es el poder económico el que manda sin ser elegido, quedando las democracias, el poder político, al servicio del económico o con tremendas dificultades para contrapesarlo, porque el modelo económico imperante aísla a los individuos y debilita los esfuerzos colectivos y estructuras sociales. Esa individualización permite estratificar la violencia y que nosotros, los sujetos, los individuos, seamos a la vez víctimas de unos y verdugos de otros, favoreciendo ambos roles la perpetuación del sistema y así hasta las últimas víctimas que acaban, en una jugada perfecta, rebelándose contra el poder político, que no es el último culpable, cerrando un círculo perfecto del que el poder económico sale indemne.

Poco después de publicar la primera entrada en referencia a la farmacia y la violencia simbólica me sentí tentado de realizar una segunda parte en referencia a los farmacéuticos, en especial a esos farmacéuticos que han aplaudido la primera a pesar de formar parte de un grupo inmovilista y que se resiste a cambiar. De alguna forma sentí que defendiendo el papel de víctima de ellos les daba la coartada perfecta para seguir sin rebelarse, para permanecer activos en la inacción.

Sin embargo, después de escribirla rehusé a publicarla por no cumplir como víctima mi papel de verdugo, por, en mi indignación, no legitimar mi porción de violencia simbólica contra el colectivo. Hoy he cambiado de idea y me decido a publicarla. La razón no es otra que, aceptando que de alguna forma todos podemos ser víctimas y verdugos, lo importante no es eso sino colaborar en fomentar la lucidez, la consciencia del papel que jugamos cada cual, para que cada cual decida si llorar, si enfadarse, si continuar mirando hacia otro lado o, por el contrario, si reaccionar. Es, pues, una crítica con intención de estimular la conciencia colectiva, la necesidad de abandonar el individualismo y retomar el nosotros en la sociedad. Que lo consiga o no, no, no depende de mí sino de la reacción de cada cual. En todo caso, como víctima del colectivo y como un posicionamiento radical hacia un nuevo papel profesional, me siento más que legitimado a pensar sobre ello y a escribirlo. Que reaccionemos como profesión también depende de que sepamos quiénes somos y en qué estamos. Sobre todo en qué estamos, si a favor de acopiar poder o del lado de las víctimas, de las últimas víctimas, los que sufren los problemas de la medicalización social.

En la entrada anterior señalaba la violencia que los farmacéuticos comunitarios ejercen sobre sí mismos desde las instituciones que los representan, ese aceptar el papel que se les encomienda, que no se orienta en defensa de los derechos de la ciudadanía en materia de medicamentos sino a favor de una estructura de poder y de dominación de la sociedad que se llama medicalización o farmaceuticalización. La violencia sucede porque se pasa de ser una profesión de la salud al servicio de los ciudadanos a formar parte de una cadena de distribución de productos llamados sanitarios, categoría en la que incluyo a los medicamentos legalmente considerados así y también a todos aquellos otros pseudomedicamentos en la categoría anterior también había muchos de estos con poco o nulo beneficio terapéutico o económico para la sociedad en cuanto a su utilización—, de los que esperan las personas solución a sus problemas, problemas que en su mayor parte provienen de la explotación, la violencia simbólica a la que alude el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, que sufren en la sociedad del rendimiento. Los farmacéuticos, lejos de ejercer un papel en defensa de la sociedad tratando de minimizar la morbi- mortalidad asociada a medicamentos pasan a formar parte de la cadena de agresión a cambio de su sustento.

A lo largo de mis casi treinta años de profesión, y de cerca de veinticinco implicado en el reclutamiento de farmacéuticos para implantar servicios que disminuyan los efectos indeseables, por decirlo de alguna forma genérica, de los medicamentos, he encontrado cuatro clases de profesionales, de los que solo una, minoritaria, escasísima, ha integrado a farmacéuticos que aún resisten y creen en su capacidad,  para ejercer como profesionales que contribuyan a disminuir el sufrimiento de las personas con los medicamentos, unas personas en su mayoría víctimas de ese encarnizamiento farmacológico al que se ven sometidos por un poder económico ultraconsumista y desgarrador de los lazos sociales colectivos que los confina en los medicamentos como única posibilidad para alcanzar algún grado de salud. En esta primera categoría, la de los resistentes, a veces se ocultan algunos que vienen rebotados de otros sitios y gente rara que no encuentra su lugar o no los dejaron estar allí, y que busca en la rareza de los otros un espacio donde ampararse del frío. Homeless con homeless.

La clase más amplia, la segunda, ha sido la de los que no quieren saber nada. La de los que hacen las cosas porque son así, porque tienen miedo a que cambien y porque están a gusto en su jaula de barrotes invisibles. Sus miembros son los que nunca se meten en nada, los que acuden a la llamada del poder para mantener el statu quo, aquellos que en durante la Edad Media saldrían en defensa de su señor, un amo que los explota pero les da de comer, suficiente porque también les han diseñado una suficiencia a su medida. Nihil novum sub sole. Gente que es capaz de matar, ahora con votos, de disfrutar con la caza de brujas y que siempre elegirá salvar a Barrabás. Es una categoría, por cierto, que existe en muchos otros profesionales de la salud, y que se suele distinguir por su corporativismo y diferencia de clase. En los médicos, abundantísima; en los enfermeros, creciendo sin parar. Y es que hay enfermedades sociales que son de lo más contagiosas.

La siguiente clase es la de aquellos que alguna vez intentaron, o creyeron intentar, cambiar el papel de la profesión y se rindieron. Hablaban de cambiar su orientación del medicamento al paciente, pero se cagaron. Sí, se cagaron por las patas abajo cuando se dieron cuenta de que de lo que se trataba era de dejar de formar parte de una cadena poco vistosa y, por tanto, de fácil ocultamiento de su escasa dignidad profesional, olvidar la comodidad y pasar a ponerse del lado de las personas que sufren el acoso de la medicamentalización de sus vidas como única vía de supervivencia o de felicidad. Como es fácil de suponer, gente por otra parte inteligente, en esta categoría se pasa poco tiempo, dos años a lo sumo. Antiguamente yo hablaba de que defender a los pacientes era una enfermedad de elevada mortalidad infantil, pero lo que en realidad ocurría era que el “Es así, no le des más vueltas, la farmacia es la que es” acababa tarde o temprano por carcomer todo intento de esfuerzo. Muchos de estos farmacéuticos los podemos seguir hoy por las redes sociales. Tienen unas ofertas estupendas y graban unos videos de lo más interesantes. Y sí, alguna vez clasificaron un PRM y llegaron a saber que Linda y Strand no eran dos sino la misma persona.

Y la cuarta clase, y perdonen la generalización  de esta clasificación de PRF, corresponde a los que se acercaron a la práctica como vía de ascenso al poder profesional, ese que acaba la mayoría de las veces a menos de cien kilómetros de su lugar de residencia pero que ofrece diversas formas de disfrute, adaptadas a las aficiones de cada cual: salir de chaqué en la procesión del Corpus, disfrutar de un profesional que le sustituya en su engorroso y peligroso quehacer de recortar cupones precinto, cobrar dietas por asistencia a reuniones o incluso acceder a consejos de administración. Como todo en la vida, unos triunfan y disfrutan de estas cosillas con la coartada de la profesionalidad, aunque acaben formando parte de lo que ya había, y otros no. Qué le vamos a hacer.

Y como las cosas son así y no se pueden cambiar, las estructuras de poder se mantienen, aunque los de abajo se cabreen un poquito, solo un poquito, cuando reaparecen las subastas en Andalucía y amenazan con imponerse en España, y otro poquito cuando ningún gobierno los tiene en cuenta para luchar contra la pandemia. No pasa nada, días después el gran señor feudal les dirá que no hay peligro, que todo se ha superado una vez más. Que para lo que podría haber sucedido esto es un milagro divino, y ellos seguirán cultivando la tierra para él porque hay que sobrevivir.

Y mientras tanto, la sociedad continuará cansada, muy cansada, sin nadie que parezca querer parar la máquina. Una máquina que es como una hidra de muchas cabezas que deberíamos conocer para así intentar cortar la correcta. Porque no sería justo echarle la culpa a una de las víctimas—los que ejercen de farmacéuticos, la otra es el paciente—de lo que sucede, no más violencia sobre los violentados. Hay que señalar arriba, donde se encuentran los verdaderos culpables, pero para que esto tuviera sentido habría que hacer un ejercicio de autocrítica colectiva que es el que pretendo con este texto y, ojalá, que de ahí surgiera, no una nueva caza de brujas, sino el deseo de rebelarse a favor de las personas.

Hasta aquí hoy, no sé si continuaré. Yo también formo parte de la sociedad del cansancio.

LA FARMACIA Y LA VIOLENCIA SIMBÓLICA

La gente afirma y perpetúa la relación de dominación al hacer las cosas por costumbre, como corresponde. La cotidianeidad es la afirmación de las relaciones de poder existentes. La violencia simbólica, sin necesidad de violencia física, se ocupa de que se perpetúe la dominación. El sí a la dominación no triunfa de un modo consciente, sino reflejo y prerreflexivo. La violencia simbólica pone a un mismo nivel la comprensión de lo que es y la conformidad con el poder. Consolida la relación de dominación con gran eficacia, porque la muestra casi como naturaleza, como un hecho, un es-así, que nadie puede poner en duda.

Byung-Chul Han. La sociedad del cansancio.

Creo recordar que conocí esta cita del filósofo coreano gracias a la cuenta de Twitter de Antonio Villafaina. Coincide esto en tiempos de quejas de los farmacéuticos comunitarios españoles. ¿Cuándo no es tiempo de quejas?, se preguntarán con razón algunos, por lo que habré de ser más preciso. Coincide, pues, con las quejas acerca de su ninguneo como profesionales de la salud, por la resistencia de la administración sanitaria a contar con ellos, con nosotros, mejor dicho, para detener la pandemia por covid-19. Coincide también, en el caso de Andalucía, con la reaparición, cuando nunca desaparecieron del todo, de la selección de medicamentos mediante subastas. Y digo yo, que esta época ha coincidido con los escaparates de muchas farmacias adornados con ofertas por el Black Friday, y en breve coincidirá con los de las rebajas de enero. Porque habrá que contarlo todo, ¿no? Ah, sí, eso de que somos profesionales y empresarios, se me olvidaba. Nuestra naturaleza.

Desde hace muchos años los farmacéuticos se resisten a cambiar su rol en la salud pública. Presos de la transacción económica, del margen comercial como forma de retribución, la profesión ha venido alejándose de un papel protagonista que tuvo en otros tiempos y que la medicalización de la sociedad, que busca y trata de encontrar remedios de todo tipo para curar la grave patología que sufre, no ha hecho sino profundizar en el progresivo hundimiento de su relevancia. Este paulatino declive, en el que siempre hay generaciones que con razón pueden esgrimir el sálvese quien pueda, favorece la incorporación de nuevas generaciones que asumen, como afirma Byung- Chul Han, que las cosas son así y que lo que existe desde hace un tiempo no es sino la naturaleza propia, la esencia de la profesión.

Pero, más allá de esto y de lo que los farmacéuticos quieran o deseen hacer con su profesión—y en esta afirmación ya me salgo de la primera persona del plural, porque ni quiero ni deseo lo que sufro como profesional—, sería bueno que la sociedad se plantease qué farmacéuticos desea para ella. Que respetase al medicamento, aunque no respete a los farmacéuticos, y a partir de ahí crear un nuevo tipo de farmacéutico que pueda ser útil a una ciudadanía que muere desde hace mucho más tiempo, y lo seguirá haciendo tras la vacuna frente a la covid-19, de una pandemia mucho más antigua y que se prolongará en el tiempo llamada pandemia farmacológica. ¿Por qué tiene la sociedad que conformarse con el farmacéutico que ve si necesita otro?

La violencia simbólica que los farmacéuticos ejercen sobre sí mismos desde las instituciones que los representan, alienta a las instituciones públicas a maltratarlos y, por ende, a hacerlo también con la sociedad a la que dicen representar, que necesita de quien la defienda de su medicalización y que desaprovecha la distribución geográfica de las farmacias, de lo poco bueno que le queda a la profesión, para llevar a la población alivio para sus necesidades. Que son muchas aunque no lo parezcan, y no solo en relación al acceso equitativo a los medicamentos. Esta violencia simbólica que ejerce la profesión sobre ella misma no se queda ahí, porque otras instituciones, las que se dedican a capacitar a los futuros profesionales, también forma parte de esta forma de terror, al desarrollar un modelo de enseñanza absolutamente alejado del perfil profesional que requiere la sociedad. La violencia desde diferentes ángulos.

Que el estado no sea capaz de superar los obstáculos que impiden aprovechar la estructura de articulación social que representan las farmacias, es un caso flagrante de miopía política que han sufrido gobiernos de todo el espectro político, y que sin duda sufrirían, no hay más que ver los programas electorales, los que llegaran algún día a estrenarse como gobernantes. Que el estado, en cualesquiera de sus estructuras relacionadas con la salud, sean en el ámbito central o en el autonómico, haga de su capa un sayo y ningunee a las farmacias y a los farmacéuticos y no los obliguen, ya que desde dentro nadie lo hace, a refundar su papel en la sociedad, es un tiro en el pie si, claro está, de lo que se tratase fuera de defender la salud de los ciudadanos.

Y es que lo más fácil es ningunear como forma de violencia simbólica. Una forma de violencia que no va solo contra la profesión sino también contra los ciudadanos. Porque, si nos referimos a la pandemia por covid-19, no pueden diagnosticarse a tiempo, porque se pierden miles de jornadas laborables que arruinan muchos negocios por culpa de confinamientos que luego se saben injustificados. Y si nos referimos a la pandemia farmacológica, porque dejamos morir a las personas por culpa de los medicamentos, a menudo inefectivos e inseguros, y muchas veces utilizados de forma innecesaria en una especie de encarnizamiento farmacoterapéutico que permitimos en la sociedad. ¿De quién se encarga esto? ¿Seguiremos como sociedad sin profesional que nos defienda de este otro confinamiento, el farmacológico, al que hemos destinado a los ciudadanos?

Es la violencia que engendra violencia. La debilidad de una profesión, que tiene paralelismos indudables con la violencia machista, convierte en agresores a los cobardes. Matar por matar, por el mero hecho de que se puede. Ningunear por ningunear, aunque eso mate de variadas formas a nuestros semejantes, y con la impunidad del que sabe que no solo jamás será condenado, sino ni siquiera será puesto en busca y captura.

Y así seguiremos. Con una profesión que se desmorona sin que haya reemplazo. Y en medio de ese derrumbe moral, el gobierno de los miserables. Porque hay que ser miserable para poner tu bolsillo por encima de tu profesión y de las necesidades de la sociedad, y porque hay que ser miserable para no querer entender lo que necesitan tus votantes. Los que os colocaron ahí.

VEINTE AÑOS

El 30 de junio del año 2000 era viernes. La mañana amaneció calurosa, como suele ser habitual en los tórridos veranos de Sevilla. Era mediodía y el sol apretaba camino de la Facultad de Farmacia. Tampoco vestir traje de chaqueta ayudaba mucho con una temperatura tan alta, pero no había elección. Había que defender la tesis doctoral.

El aire acondicionado del edificio alivió algo el bochorno que traía. Sin embargo, cuando abrí el ordenador del salón de actos e introduje el antiguo disquete de 3 ½” creí morir. Un virus amenazaba con dar al traste con todo. Las diapositivas de fondo rojo tinto y letras amarillas, aquel modesto PowerPoint que me iba a servir de apoyo para mostrar mi trabajo de investigación, estaba infectado.

Era una aventura que había comenzado cuatro años antes, cuando el que sería mi director de tesis, Joaquín Herrera Carranza, me sugirió hacer el doctorado, y yo me dije, como tantas otras veces en mi vida, ¿por qué no?

Desde aquel momento tuve claro que mi laboratorio sería mi farmacia, aquella farmacia que fue de mi padre y que entonces compartía con mi hermana Marina.

― La farmacia es un lugar tan digno como cualquier otro para hacer una investigación― me decía.

Al comenzar los cursos de doctorado en el Departamento de Farmacia y Tecnología Farmacéutica― en aquel tiempo no existía, ni aún existe ni se le espera, departamento específico para farmacia asistencial―, un antiguo compañero de carrera me ofreció integrarme en su equipo de investigación, en el que me sería más fácil realizar la tesis. Trabajaban en dureza de comprimidos y era una opción interesante, puesto que había muchos trabajos en marcha, podría tener un director experto en el tema, el que no iba a haber en la que pretendía hacer, puesto que no había referencia alguna en este campo ni tradición investigadora. A pesar de que lo tentador de la oferta, la rechacé. Solo quería ser doctor en Farmacia si lo conseguía desde aquella modesta farmacia de barrio obrero que desde niños habíamos visto crecer y desarrollarse.

Tuve que pensar sobre qué la podía hacer. Todo debía correr de mi cuenta, puesto que no había líneas de investigación como podían encontrarse cualquier departamento universitario, sencillamente porque la investigación no existía en este campo. No había nada, así que acudí a una de las personas claves y fundamentales para que pudiera alcanzar el doctorado: mi amigo Pepe Espejo, el farmacéutico de Adra, el pueblo almeriense de mi abuelo, un gran experto en estadística y epidemiología, al que conocí en aquel Grupo Farmacéutico Torcal, que unió a farmacéuticos andaluces preocupados por el futuro de la profesión. Lo llamé por teléfono para explicarle mis vagas intenciones, y me dijo:

― ¿Por qué no nos vemos a mitad de camino, en Granada y lo pensamos? Así yo voy a ver a mis suegros con la familia y aprovechamos la mañana del sábado y nos vemos para hablar.

¿Dónde quedamos? ― respondí.

― En la Facultad de Farmacia, allí no nos molestarán.

Quedamos un primero de marzo, sábado, de 1997, al día siguiente del Día de Andalucía. Cuando nos vimos en la puerta y tratamos de entrar un bedel salió a nuestro encuentro.

― ¿A dónde van?

― A la sala de estudios.

― La Facultad está cerrada. Es puente y no hay nadie. No se puede pasar.

Nos quedamos tan helados como aquella mañana de invierno granadina.

― ¿Y ahora qué hacemos? ―dije.

No sabíamos a dónde ir, el bedel nos había desconcertado. Hasta que de pronto, se me ocurrió un lugar.

― ¡Vamos al Corte Inglés! En la cafetería no nos molestarán. Nunca prestan atención a si estás mucho o poco tiempo allí.

Y al Corte Inglés nos dirigimos e iniciamos un camino que culminaría aquel 30 de junio del año 2000, una ruta con muchas paradas en la ciudad de Granada. Desde entonces, el segundo laboratorio de la tesis sería el Hipercor de Granada, el hipermercado del grupo del Corte Inglés porque, al estar en el extrarradio de la ciudad tenía un acceso mucho más cómodo.

Aquel disquete infestado de virus pudo abrirse y yo también fui capaz de dominar los nervios y defender la tesis, un ensayo clínico sobre cumplimiento de antibióticos que supuso abrir otro camino, el que me ha llevado a donde hoy estoy, y a seguir caminando hasta donde y cuando pueda.

De aquellos tiempos solo tengo agradecimiento. A Joaquín Herrera, por hacerme soñar; a Pepe Espejo, porque sin su conocimiento y su afecto no hubiera conseguido ser doctor; y a Fernando Fernández- Llimós, porque la generosidad que mostró conmigo a la hora de poder fundamentar bien el trabajo también fue esencial. Incluso al presidente del Corte Inglés, al que le conté aquella historia en una carta y me respondió regalándome una pluma estilográfica con la que firmar mis recetas como doctor.

Han pasado ya veinte años y poco ha cambiado en el mundo de la farmacia. Sí, es cierto que hay muchos doctores que hicieron sus trabajos de investigación en la farmacia, que se realizan muchos trabajos de investigación aunque sin norte ni estrategia, pero la profesión continúa sin dar el salto, maniatada por quienes detentan el poder y se niegan a cualquier cambio aunque crean que lo disimulan, con la complicidad de quienes obtuvieron tajada de muy diversas formas, a costa de un movimiento que poco o nada les interesaba. Aquellos que, a pesar de que los tiempos estaban cambiando y lo sabían, impiden que la profesión comience a nadar y se hunda como una piedra.

Veinte años después han sucedido muchas cosas y han pasado muchas personas por mi vida, pero sé lo que nunca había imaginado. Por aquel entonces quizás no fuera muy consciente de las dificultades del cambio, pero hoy sé que este es muchísimo más grande e importante de lo que pudiera haber pensado.

Y ahí seguimos, dejándome sorprender de lo que el camino depara. Con nuevos compañeros de viaje, con mejores compañeros de viaje porque la meta está cada vez más cerca y quienes se cansaron o se entretuvieron en hacer títeres por el camino se quedaron atrás haciendo malabares que acaban siempre en el suelo.

La meta aún no se ve, pero qué más da. Como dijo Robert Louis Stevenson, lo más bonito siempre es el camino. Y ahí seguiremos. Con las cicatrices del tiempo; con la energía que da buscar siempre la verdad. Sin engaños, con libertad. Sin nada que perder.

VAIS A MORIR TODOS

Apenas unas semanas después de tomar posesión el nuevo gobierno en España, casi con más vicepresidentes que ministros, seguimos sin saber si habrá cambios legislativos y si los próximos presupuestos contemplarán la finalización del copago de medicamentos para los pensionistas. Atrás quedan las adanistas propuestas de un partido político, que no salió elegido para formar parte de la coalición que dirigirá los destinos del país, de crear un laboratorio farmacéutico de titularidad pública, como si ello fuera posible sin tener que anexionarnos países como la India y  todas sus castas o la China de unos coronavirus que pronto también serán nuestros.

Resulta triste constatar que incluso la izquierda más a la izquierda a lo único que aspira es a mantener un sistema de titularidad pública, lo cual está muy bien, sin plantearse siquiera que este debería sufrir intensas transformaciones si es que aspira a garantizar el derecho a la salud de sus conciudadanos. Porque, si no peco de ingenuo una vez más, entiendo que un sistema público no es solo aquel que se responsabiliza de asumir los gastos en salud de la población, sino que aspira a otorgar el máximo de bienestar posible haciendo un uso responsable de los recursos económicos de los que dispone. Escribo esto y siento la bofetada de mi ingenuidad, pero continuaré.

Uno de los grandes problemas del sistema sanitario es su medicalización, porque es más barato dar un medicamento que el tiempo de un profesional. Se habla de copago o de laboratorio público pero nada de la complejidad y necesaria transdisciplinariedad que precisa hoy la atención a las personas. Estamos sensibilizados con la restricción del uso de antibióticos pero no de los antidepresivos y tantos y tantos medicamentos de dudosa necesidad, pero seguimos pensando y asimilando buena atención a su financiación, cuando son los malos resultados de la farmacoterapia los que producen elevadas tasas de mortalidad y morbilidad evitable. Al parecer, el problema de los medicamentos, un recurso terapéutico que produce una mortandad que quintuplica la de los accidentes de tráfico y cuyos efectos negativos producen que los costes de atención sanitaria, financiados por quien los financie, se tripliquen, se circunscribe a quién invita a la pastilla.

Que la atención hospitalaria esté medicalizada es lo normal, es el último recurso. Pero que la atención primaria se medicalice no debería serlo. Se consideran enfermedades circunstancias que no lo son con el pretexto de utilizar medicamentos, aprovechando el escaso tiempo del que también escasos profesionales disponen. Y si además, se da la circunstancia de que un medicamento, incluso bien seleccionado, es poco fiable en cuanto a garantizar su resultado, al usarse en conjunto con otros con los que a menudo comparte vías metabólicas, pasa lo que pasa, que entre todos la lian parda y producen el escenario en el que estamos, y al que políticos de cualquier ideología y la inmensa mayoría de los profesionales hacen caso omiso. Esto es lo que hay.

La sociedad precisa de más profesionales que se integren en el sistema, y uno que mire los medicamentos no como un recurso terapéutico, que para eso están los médicos, sino como causa de enfermedad. Alguien que con independencia se integre en el equipo para contribuir a la optimización de ese recurso terapéutico llamado medicamento y que, al provocar los daños que puede producir, solo puede optimizarse desde los resultados y no desde sus costes. ¿Capicci, farmacéuticos de atención primaria y demás detectives del sistema?

Este profesional podría haber sido farmacéutico, pero mucho me temo que habrá que crearlo. No de la nada, pero sí desde sus restos mortales parafarmacéuticos, de sus despojos. Porque desde dentro hace tiempo que la batalla está perdida. Están más preocupados por hacerse el harakiri que por refundar la profesión. Unos por mirar hacia otro lado y dedicarse a la falsa farmacia, otros por marear la perdiz jugando a las casitas sanitarias, y los del más allá, los que mandan, por ser un foco de resistencia al cambio, a un cambio que los pudiera dejar en fuera de juego (sin VAR profesional que lo atestigüe) y de sus prebendas varias, por muchos conocidas, por muchos silenciadas (Capicci también).

Aguardo con curiosidad los cambios que propone el nuevo gobierno y sus múltiples vicepresidencias. Pero mucho me temo que a lo máximo a lo que podremos aspirar será a continuar drogándonos a costa del erario público, por eso debe de llamarse estado del bienestar. Al menos me queda el consuelo de que quienes hacen todo lo posible por evitar mejorar los resultados de los medicamentos, con bastante probabilidad, tanto ellos como sus familiares y afectos, acabarán por ser víctimas de su negligencia. Y esto, ya que uno no se siente demasiado culpable de ello, me hace esbozar una sonrisa. Vais a morir todos, cabrones.

EN AVANZADO ESTADO DE DESCOMPOSICIÓN

Que yo sepa, las instituciones profesionales que agrupan a quienes ejercen en un sector tienen por objetivo fortalecerlas. Sin afán de ser exhaustivo, se me ocurre que ayudar a construir mediante lo colectivo aquello que no se pueda conseguir de manera individual, es un buen propósito; hacer progresar a sus integrantes, facilitando el acceso al conocimiento innovador y a las prácticas más novedosas, también entra dentro de su misión; y qué decir de hacer llegar a la sociedad esos progresos, y de esta forma contribuir a su avance, a que el ser humano tenga una vida mejor gracias al modesto aporte que cada profesión pueda ofrecer. El hombre como especie es un animal de manada, y como tal cada individuo lleva en su naturaleza, o debería llevar, más bien, el cuidado de lo colectivo, el bien común, como forma de progreso, llámese ese colectivo estado, profesión o cualquier otro tipo de agrupación de diferente tamaño y orientación que se nos ocurra.

Dicho esto, encuentro unas jornadas farmacéuticas en las que los ponentes son este torero y este aristócrata, presentador y cantante (leo lo que dice el folleto de presentación convenientemente cortado) que aparecen en la foto. Que me guste o no el aristócrata, cantante, presentador, y puntos suspensivos, como profesional nada tiene que ver con lo que escribo, al igual que yo pudiera ser aficionado o no a los toros. La cuestión es si los ponentes de unas jornadas farmacéuticas deben ser un torero y un personaje público que poco tienen que ver con los avances y los retos que debe asumir una profesión que se descompone, y lo hace a la progresiva velocidad que marcan las instituciones que la representan.

Hubo una época, demasiadas décadas atrás, en la que las instituciones profesionales farmacéuticas hacían lo que se les suponía que deberían hacer todas, ayudar al progreso. Hoy, sin embargo, en este proceso largo de descomposición que llevamos, no solo no lo hacen sino que son una auténtica rémora, unos dedicados a la caza de brujas y otros a traer cantantes y toreros a jornadas profesionales, quizás para que demos los últimos capotazos al futuro mientras se produce nuestro canto del cisne. Y es que, cuando algo se descompone, son los microbios los que gobiernan, los que campan a sus anchas. Y, desgraciadamente, no estábamos vacunados.

P.D.: Inviten, por favor, al presidente de las enfermeras a las jornadas. Seguro que cambia de opinión y se queda más tranquilo.

FARMAREBAJAS

Veo este escaparate y recuerdo al presidente de las enfermeras opinando sobre la farmacia comunitaria. No sé, imagino que no, si habrá pasado por esta calle, aunque tampoco importa mucho. Si fuera la única que está de rebajas, tendría un pase, pero no. Farmacias de rebajas hay muchas y lo peor es que no solo en enero. Mientras unas intentan luchar por adquirir más responsabilidades, tan necesarias, por cierto, en el equipo sanitario, muchas permanecen de rebajas durante todo el año. Y desde hace muchos, muchos años. De rebaja profesional, claro. Y ya no están siquiera por los suelos, como anuncian las rebajas de otros “establecimientos”, sino que ya han horadado todas las capas del terreno que nos enseñaron en la indispensable asignatura de Geología.

Veo este escaparate y me pregunto por qué los dirigentes de Colegios profesionales callan ante la imagen que dan farmacias como esta. ¿Será porque algunos de sus miembros tienen escaparates similares en sus oficinas? Ni lo sé ni voy a perder el tiempo sabiéndolo.

Me pregunto también por qué esos representantes que elegimos, ay, para dirigir los Colegios de Farmacéuticos, y sé lo que me digo, hacen cazas de brujas con los que intentamos aportar dignidad a nuestra profesión, y en cambio miran para otro lado ante imágenes como esta, que tiran por tierra cualquier esfuerzo en el camino de ser auténticos profesionales comprometidos con la salud de los pacientes, esos conceptos con los que se llenan la boca a la hora de cacarear en público, pero que de lejos se ve que no es más que un discurso para mantener un estatus en rebaja. ¿Un estatus profesional en rebajas y uno personal en alza?

Falta poco más de año y medio para que se celebre en mi ciudad el Congreso de la Federación Internacional Farmacéutica (FIP), esa entidad que preside una gran experta en caza de brujas. Aún nos quedan tiempo para que llegue, y varios periodos de rebajas para arrastrar por los suelos a la profesión. Ojalá en las próximas elecciones podamos arrojar fuera los excedentes de stock y comencemos limpios.

PATITOS FEOS O CISNES

Hay profesiones que miden la temperatura de la sociedad, que muestran la calidad de sus servicios, de sus instituciones. Podrían ponerse ejemplos para cada sector, aunque en el ámbito sanitario será difícil encontrar un termostato social más importante que la farmacia comunitaria.

La farmacia comunitaria es el patito feo del sistema sanitario. Lo ha sido desde hace muchos años, desde que los políticos    […]

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DESAPROVECHADOS

La vida es una. Puede que no sea ni grande ni libre. No es grande incluso para los que llevan una doble vida, porque quienes la llevan, en realidad la viven a la mitad por la necesidad de ocultar la otra parte. Tampoco es libre, porque llevemos doble vida o una sola, las obligaciones carcomen nuestro tiempo y, si no estamos dispuestos a hacer vida de cada minuto de nuestra existencia, corremos el peligro de dar la razón a quienes piensan que esto es un valle de lágrimas.

Pensaba esto después de recibir la felicitación de un colega al que aprecio, en referencia a la lectura de las notas que preparé para un acto en el que intervine el pasado 20 de octubre en Madrid, con motivo de la celebración del 62º Congreso de la Sociedad Española de Farmacia Hospitalaria. Después de la enhorabuena, el compañero, con todo el cariño, manifestó su pesar por que yo fuera un farmacéutico desaprovechado, a lo que respondí que en modo alguno me sentía desaprovechado, que si acaso los desaprovechados eran los otros.

Sí, hay que admitir que de unos años para acá la profesión farmacéutica, en especial algunos de sus dirigentes y no pocos de sus pseudo científicos, me han hecho el vacío, que han tratado, con esa forma tan española de actuar, de ningunearme, de tratar de ocultar mi existencia. Pero, ¿y qué?, ¿puede eso impedir que alguien trate de desarrollarse, de evolucionar a la medida de sus progresos y de sus torpezas, de aprender de los aciertos y de las meteduras de pata? Imposible, salvo que vuelvan los tiempos de pistolas, lo que a la vista de los últimos acontecimientos, no hay que descartar.

No sé lo que me deparará la vida en el futuro, ni tampoco me preocupa mucho. Sí sé que el éxito, al menos para mí, no tiene que ver con el eco de lo que haga sino de mi capacidad de vivir la vida de forma intensa, abierto a crecer y a escuchar, a caer y a levantarme, y, sobre todo, a compartir con quienes aparezcan por el camino.

He vivido la profesión farmacéutica de manera intensa, tanto que me ha ayudado a entender mejor la vida. Y la literaria, como mucho antes la deportiva, también me ha permitido seguir creciendo como nunca imaginé. El secreto de todo es saber que en cada soplo de aire que se inspira hay una vida por vivir.

No, no hay vidas sino vida: una, tan grande por intensa como la que cada cual quiera vivir, tan libre como uno esté dispuesto a ser a lo largo de ella. Una vida que nos pone a prueba en cada minuto, una vida que hay que aprovechar y compartir con quien esté dispuesto en cada momento. Y si los sectarios pretenden como único objetivo echar a perder la de otros, es su problema. Los muertos no matan. Los muertos están muy desaprovechados y, además, no tienen solución.

HUMANIZACIÓN DE LA ACTIVIDAD DEL FARMACÉUTICO ASISTENCIAL

El pasado viernes 19 de octubre tuve la oportunidad de participar en el 62º Congreso de la Sociedad Española de Farmacia Hospitalaria (SEFH), en un DESAYUNO CON EXPERTOS, en relación a la humanización de la actividad del farmacéutico asistencial. El formato fue de una entrevista, que dirigió la farmacéutica de hospital Olatz Ibarra, y conversación con los asistentes. Aquí os dejo las notas que preparé para el encuentro, que no pueden considerarse un resumen de ponencia sino parte de mis pensamientos..

La humanización de la actividad del farmacéutico asistencial parte primero de establecer cuál es dicha actividad asistencial, cuáles son sus responsabilidades en el ámbito de la atención a los pacientes que precisan de medicamentos. Tendrá un grado diferente de compromiso con el paciente si la responsabilidad incluye facilitarle el acceso a los medicamentos y su utilización correcta, que si se desea asumir responsabilidades en el éxito de la farmacoterapia. No es lo mismo comprometerse a ayudar a realizar una utilización correcta de los medicamentos, conocer sus beneficios y posibles efectos no deseados, que pasar a corresponsabilizarse, desde una óptica definida y diferente, de la consecución de resultados concretos.

Humanizar debe partir de entender al otro como ser humano, es decir, un individuo con un pasado que explica su presente, un pasado que incluye sus deseos y aspiraciones, pero también sus miedos e incoherencias. Como dice Faulkner, el pasado no existe, ni siquiera es pasado.

Somos humanos a través de la humanidad de los otros, yo soy porque nosotros somos, concepto zulú y xhosa de Ubuntu (Desmond Tutú, Nelson Mandela). No existe humanidad si no hay otro, y ese es el gran problema en el mundo actual, al menos en lo que se refiere a la cultura occidental anglosajona, auténtica invasora del resto de culturas. No hay humanidad si no hay otro y si ese otro tiene la misma dignidad que uno mismo.

La humanización en la actividad asistencial tiene que ver con el nosotros, el profesional y el paciente, y en un plano de igualdad, de intercambio para hacernos más humanos.

La humanización no solo beneficia al paciente, sino también a los profesionales. La humanización de la actividad asistencial nos humaniza en todas nuestras facetas. Si no es así, se trata de un paternalismo encubierto, una falsedad revestida de bien.

El profesional se hace más humano al ayudar a los pacientes a ser más humanos, esto es, a alcanzar el mayor nivel de salud posible y, en el contexto de la cronicidad,  lo principal que le puede ofrecer es la capacidad de gestionarlo mediante el conocimiento, porque solo así podrá responsabilizarse de sus actos y consecuencias. Un paciente más autónomo se corresponsabiliza mejor de su tratamiento, entiende su necesidad y actúa, asumiendo su propia tarea y reclamando a los demás las suyas.

La humanización tiene que ver con la dignidad del paciente y respetarla puede suponer establecer diferentes objetivos terapéuticos en función de la evolución y situación personal del paciente, en un contexto vital finito y en un contexto científico limitado..

El paciente puede ayudar al profesional a ser más humano transmitiendo al paciente información veraz sobre su situación, así como sus necesidades, temores y aspiraciones, para que de esta forma que el conocimiento del profesional pueda beneficiar al paciente de la forma que mejor pueda este asumirla.

La humanización siempre se refiere al paciente. El compromiso siempre es con este, y todo compromiso con otro profesional debe subordinarse al que se tiene con el paciente, con sus resultados en salud y con el camino que hay que recorrer para alcanzarlos de forma asumible por todos.

La humanización en el equipo multidisciplinar tiene que ver con asumir el compromiso con la salud del paciente aportando cada miembro una mirada diferente a los problemas de salud que añada valor. Si la mirada es única, clásicamente la del médico, el resto de profesionales no añaden su valor en beneficio del paciente. El ejemplo más clásico es el control de la adherencia del paciente.

Asumir con otros profesionales de la salud la vigilancia del cumplimiento terapéutico puede contravenir en algunos casos la humanización de la actividad del farmacéutico asistencial, porque se coloca en segundo plano al paciente y porque con más frecuencia de la que reconocemos, el cumplimiento no conlleva resultados positivos en salud. Aun reconociéndose que la falta de adherencia de los pacientes puede estar en torno al 50% en muchas patologías, se sabe que como causa última y exclusiva de un problema de salud, esto es, que explique el fallo terapéutico en su totalidad, supone menos del 20% de los casos

Si el compromiso es con los resultados en salud nunca se pondrá por delante a nadie que no sea el paciente. La humanización solo es posible en la relación terapéutica entre el profesional y el paciente. El gremialismo, una parte esencial del sectarismo, es decir, poner en el centro de los intereses a nuestra profesión o gremio en lugar de al destinatario de nuestros cuidados, es lo más deshumanizador que puede existir y es causa con frecuencia de un daño irreparable a las personas y a la sociedad. La humanización únicamente puede apelar a un nosotros colectivo, a un nosotros en el que nada somos si no existe el otro (nos y los otros).

¿Por qué es necesario humanizar?

Además de porque todo ser humano tiene el derecho a ser tratado así, porque si circunscribimos nuestras intervenciones al estricto conocimiento científico se perderá eficiencia en la actuación del profesional. Necesitamos conocer los significados para el paciente de lo que significa estar enfermo, de lo supone tener que utilizar medicamentos, de lo que entiende como beneficio o perjuicio, de cuál es su balance beneficio- riesgo; e una palabra,  entender su proceso de toma de decisiones y tenerlas en cuenta a la hora de ofrecer soluciones. Si nuestras intervenciones incluyen siempre conocimiento (objetivo) y experiencia clínica (subjetivo), las actuaciones del paciente son iguales (conocimiento y experiencia farmacoterapéutica).

Debemos reconocer que en el ámbito de la atención primaria, el paciente, y su entorno, son quienes toman las decisiones de modo finalista (utilizar o no, y cuánto), y que la utilización de medicamentos, más allá de circunscribirse a un hecho clínico, se ha convertido, como así lo señala Robert Cipolle, en un hecho social.

¿Qué queremos conseguir con humanizar?

Entender y que nos entiendan. Solo desde el respeto al otro se puede establecer una relación terapéutica cooperativa que permita aplicar el conocimiento de forma eficiente. Humanizando nos volvemos más humanos nosotros también, nos hace entender al otro. En el marco de la cronicidad, preservar la relación terapéutica es un objetivo de primer orden, muchas veces a costa de ganar rápidamente efectividad. Las enfermedades crónicas no son carreras de velocidad sino de larga distancia. No pongamos obstáculos. El acompañamiento al paciente en su proceso es un factor determinante a la hora de alcanzar los mejores resultados en salud, y con ello se consigue un efecto retroactivo y positivo en el profesional. Pero acompañar nunca puede ser un acto pasivo, sino tan activo como el del paciente.

 ¿Conocemos la realidad del paciente?

La pregunta correcta que nos deberíamos hacer es si estamos interesados en conocerla, y si somos conscientes de la tremenda influencia que tiene dicha realidad a la hora de alcanzar los resultados en salud.

Poner en un primer plano la experiencia farmacoterapéutica del paciente ayudará a optimizar el conocimiento del profesional y hacerlo más útil al paciente.

La experiencia farmacoterapéutica engloba los significados de los medicamentos y los problemas de salud para los pacientes. No es necesario ponernos en la piel del paciente, porque no sabemos cómo es. La experiencia farmacoterapéutica comienza antes de haber utilizado medicamentos, y tiene que ver con su experiencia propia y la de su entorno, y con los mensajes que como sociedad damos.

¿Cómo tenemos que hacer?

Preguntando, estableciendo una relación terapéutica basada en la confianza, tratando de entender las dificultades que implica tener que tomar medicamentos a lo largo de toda la vida. Que el punto de vista del paciente importe, que sea el punto del que partir en la relación terapéutica, que sea una relación viva y entre iguales, porque el encuentro implica un intercambio de conocimiento y experiencias básico para que el paciente obtenga el beneficio esperado y el profesional cumpla el papel que la sociedad le demanda y para el que ha contribuido a través de sus impuestos en su formación y en su salario.

La humanización solo se alcanza si quienes se humanizan están en un mismo plano y son conscientes de que se necesitan, para ser más dignos como personas y más humanos. No hay profesional de la salud más humano que aquel que se forma y se actualiza, que da lo mejor de sí mismo a otro ser humano, para cumplir la función que le ha sido encomendada por la sociedad.

Hay que convencer a los servicios sanitarios públicos que la atención al paciente no es un suministro de productos y conocimientos, sino que una atención correcta pasa por que los profesionales tengan tiempo para atender a los pacientes. Que no haya tiempo es mucho más caro que si lo hay. Atender no es dar sino tiene que ver más con entender. Los sistemas no pueden ser paternalistas sino cooperativos.

 

 

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (VIII)

Medicamentos tercer mundoDurante estos últimos años he tenido la oportunidad de entrevistarme con dirigentes políticos del Partido Popular y el Partido Socialista y con personas que estaban realizando el programa sanitario de Podemos, para diferentes elecciones en Andalucía y España. En todos los casos esto se debió a personas cercanas a los partidos que conocen las prácticas asistenciales que recuperarían el prestigio profesional del farmacéutico. A todas las reuniones acudí con las mismas diapositivas, aunque he de reconocer que el color de fondo variaba: azul en una, rojo en otra, y morado en la que resta (adivinen el color que llevaba para cada reunión). El resultado, con matices, fue el mismo en las tres ocasiones.

La responsable del Partido Popular quedó en llamarme la semana siguiente, y de eso han pasado más de cien. También los pobres creían que iban a ganar las elecciones y perdieron, aunque puedo suponer también quién desactivó ese hilo.

En el caso de los socialistas, que creían que iban a perder las elecciones y sin embargo ganaron, el señor que llevaba eso, a punto de jubilarse, no quería saber mucho del tema, a pesar de que tenía datos de la importancia de la práctica y de lo positivo que sería implantarla. El hombre no se jubiló, pero tampoco ha hecho nada después. Debe estar todavía pensando en la paguita.

En cuanto al partido emergente, escuchó y le gustó, igual que los otros dos, pero siguió en aquello tan propio de la izquierda y que gusta tanto a la derecha que hagan: medicina basada en la evidencia (esa medicina que deja de ser evidente en cuanto sale de los papeles pero que da para mucho en los curriculums), críticas a la industria farmacéutica y a sus crímenes, crímenes por cierto homologables a las los de las eléctricas, a los de los fabricantes de balones de fútbol, de ropa y de casi todo aquello que cotiza en la Bolsa de Nueva York. Poesía.

Al parecer es de izquierdas apoyar las subastas de medicamentos, para que el estado exprima a laboratorios para conseguir pasta, en lugar de lo que yo creo que sería verdaderamente progresista, seleccionar las moléculas que hayan demostrado más eficacia y seguridad, e implantar sistemas de gestión y optimización de los resultados de la farmacoterapia. En fin.

En un país de huella tercermundista como España, huella que se caracteriza por su sectarismo, su onanismo profesional (los congresos profesionales son toda una incitación a la masturbación mental en grupo, la cual, como toda masturbación, ya lo dijo Aute, queda en nada después del gustirrinín de la eyaculatoria conferencia de clausura).  Y es que el problema no está en discutir diferentes medidas para resolver un problema, sino en quién estás pensando cuando dices que quieres resolver el problema.

Quién piensa en resolver un problema que tiene la sociedad; quién piensa que quizás otro diferente a nosotros pueda ayudar a solucionar un problema; quién piensa en la sociedad para resolver un problema que tiene la sociedad.

Es triste que en un sistema público de salud como el español nuevas prácticas ajenas a las profesiones tradicionales tengan tanta dificultad para implantarse. Es cierto que los mayores enemigos están dentro, pero no deja de ser desolador después de tanto tiempo. Mucho me temo que hasta que no sea una práctica habitual en otros países, en los que ya se está abriendo camino, no llegará hasta acá. Como en cualquier país mediocre, copiar a los de fuera será el camino. Aquí la patria se resume en envolverse en una bandera, para taparse los ojos y no ver los problemas de los que no tienen más cojones que ser patriotas.

Recuperar el prestigio del farmacéutico, sí, pero a quién le interesa. Es mucho mejor tener a quien echarle la culpa de los males. Un mal farmacéutico conviene a los demás. Y al final, al papel de víctima acaba uno acostumbrándose.

Imagen tomada de osalde.org 

CONTINUARÁ