RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (VIII)

Medicamentos tercer mundoDurante estos últimos años he tenido la oportunidad de entrevistarme con dirigentes políticos del Partido Popular y el Partido Socialista y con personas que estaban realizando el programa sanitario de Podemos, para diferentes elecciones en Andalucía y España. En todos los casos esto se debió a personas cercanas a los partidos que conocen las prácticas asistenciales que recuperarían el prestigio profesional del farmacéutico. A todas las reuniones acudí con las mismas diapositivas, aunque he de reconocer que el color de fondo variaba: azul en una, rojo en otra, y morado en la que resta (adivinen el color que llevaba para cada reunión). El resultado, con matices, fue el mismo en las tres ocasiones.

La responsable del Partido Popular quedó en llamarme la semana siguiente, y de eso han pasado más de cien. También los pobres creían que iban a ganar las elecciones y perdieron, aunque puedo suponer también quién desactivó ese hilo.

En el caso de los socialistas, que creían que iban a perder las elecciones y sin embargo ganaron, el señor que llevaba eso, a punto de jubilarse, no quería saber mucho del tema, a pesar de que tenía datos de la importancia de la práctica y de lo positivo que sería implantarla. El hombre no se jubiló, pero tampoco ha hecho nada después. Debe estar todavía pensando en la paguita.

En cuanto al partido emergente, escuchó y le gustó, igual que los otros dos, pero siguió en aquello tan propio de la izquierda y que gusta tanto a la derecha que hagan: medicina basada en la evidencia (esa medicina que deja de ser evidente en cuanto sale de los papeles pero que da para mucho en los curriculums), críticas a la industria farmacéutica y a sus crímenes, crímenes por cierto homologables a las los de las eléctricas, a los de los fabricantes de balones de fútbol, de ropa y de casi todo aquello que cotiza en la Bolsa de Nueva York. Poesía.

Al parecer es de izquierdas apoyar las subastas de medicamentos, para que el estado exprima a laboratorios para conseguir pasta, en lugar de lo que yo creo que sería verdaderamente progresista, seleccionar las moléculas que hayan demostrado más eficacia y seguridad, e implantar sistemas de gestión y optimización de los resultados de la farmacoterapia. En fin.

En un país de huella tercermundista como España, huella que se caracteriza por su sectarismo, su onanismo profesional (los congresos profesionales son toda una incitación a la masturbación mental en grupo, la cual, como toda masturbación, ya lo dijo Aute, queda en nada después del gustirrinín de la eyaculatoria conferencia de clausura).  Y es que el problema no está en discutir diferentes medidas para resolver un problema, sino en quién estás pensando cuando dices que quieres resolver el problema.

Quién piensa en resolver un problema que tiene la sociedad; quién piensa que quizás otro diferente a nosotros pueda ayudar a solucionar un problema; quién piensa en la sociedad para resolver un problema que tiene la sociedad.

Es triste que en un sistema público de salud como el español nuevas prácticas ajenas a las profesiones tradicionales tengan tanta dificultad para implantarse. Es cierto que los mayores enemigos están dentro, pero no deja de ser desolador después de tanto tiempo. Mucho me temo que hasta que no sea una práctica habitual en otros países, en los que ya se está abriendo camino, no llegará hasta acá. Como en cualquier país mediocre, copiar a los de fuera será el camino. Aquí la patria se resume en envolverse en una bandera, para taparse los ojos y no ver los problemas de los que no tienen más cojones que ser patriotas.

Recuperar el prestigio del farmacéutico, sí, pero a quién le interesa. Es mucho mejor tener a quien echarle la culpa de los males. Un mal farmacéutico conviene a los demás. Y al final, al papel de víctima acaba uno acostumbrándose.

Imagen tomada de osalde.org 

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RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (VII)

GARGARASCuando comencé a ejercer como farmacéutico comunitario la financiación pública de los medicamentos era prácticamente total: colutorios, antigripales, multivitamínicos, laxantes aparecían en recetas de pensionistas y trabajadores.  Muchos de aquellos productos hoy ya ni siquiera están catalogados como medicamentos y se pueden encontrar a la venta en cualquier gasolinera o supermercado del país.

Conforme pasó el tiempo comenzaron las restricciones a la financiación de medicamentos y bastantes salieron de las prestaciones del sistema público de salud. Muchos que necesitaban receta médica para su dispensación, en cuanto salieron milagrosamente se tornaron en medicamentos de libre dispensación, e incluso publicitarios: los laboratorios solicitaban autorización para nuevas presentaciones, se reducían el número de unidades en los envases, se aumentaba el precio y a seguir vendiendo.

Al estado, actuando como empresa, pública de capital, pero al parecer únicamente interesada en su cuenta de resultados, le importaba poco, y le sigue importando lo mismo, que los ciudadanos a los que decía proteger pagase más por esos medicamentos. El argumento de la industria era y es bien sencillo: las pérdidas en ventas de unidades que se producían a consecuencia de la pérdida de la financiación pública se intentaría compensar con el aumento de precio que el usuario iba a tener que pagar, y para ello, qué mejor herramienta que la publicidad.

Las clases más desfavorecidas, las menos formadas, siempre han sido diana más sensible a esa publicidad, que comenzó con anuncios tradicionales y ahora encuentra a desvergonzados profesionales de la salud que invaden programas, casi siempre matinales ― ¿quién ve la televisión por las mañanas? ―, especialistas en sacarle el dinero a las personas humildes que no tienen otra vida que ver esos programas que atontan el espíritu. Nihil novum sub sole. En mis tiempos jóvenes ya la empanadilla Encarna anunciaba en su programa de radio aquellas cápsulas adelgazantes llamadas Diecur que costaban más de 5.000 pesetas (30 euros, que incluso veinticinco años después es un dineral para un laxante de algas). Un día me dijeron además que las empresas distribuidoras, para hacerse con aquellas mágicas cápsulas con precio para cagarse, además de composición, debían contactar con los representantes de la fallecida locutora de radio.

Y en este mundo tan opaco, de reglas tan arbitrarias, donde u día es una cosa y al otro la contraria, en esas aguas cenagosas, navega el farmacéutico, poniéndole la cara de su prestigio a un sinfín de medicamentos de dudosa utilidad, a cosméticos y complementos nutricionales más que cuestionables… y a la homeopatía a la que aludía nuestro colega de Madrid.

En aras de la supervivencia, el farmacéutico complementa sus cada vez menores ingresos por vía prestación pública con toda suerte de conejillos salidos de la chistera de otros y de los que se rasca una parte. A costa de su credibilidad como profesional.

Cada día, muchos pacientes además acuden a la farmacia a por medicamentos para los que legalmente se precisa receta médica, sí, esa que a lo mejor mañana no es precisa, y ayuda a la persona que no puede ir al médico porque su estructura familiar no le permite poner fuera un pie, o a aquella que no quiere ir al médico para que este realice un acto administrativo en lugar de sanitario (¿cuántos actos administrativos y no sanitarios realizan los médicos a lo largo de una jornada?), o a aquella que exige y el farmacéutico no se atreve a negarse porque sabe que va a perder un cliente y se lo van a vender en otra farmacia. Y todo con la vista gorda estatal, porque actuaciones así aligeran la factura que va a pagar, y al parecer lo importante es la factura y no la salud de los ciudadanos. No sé si eso es lo que dice la Constitución.

Me temo que la serie se va a alargar más de lo que pensaba. En resumen, para el estado el medicamento es una cuenta de resultados y el farmacéutico, un proveedor. El sistema sanitario deja de facto al farmacéutico fuera del sistema público de atención sanitaria al no considerarlo como un profesional de la salud. Y hacer eso al que se responsabiliza de entregar los medicamentos a la población es sencillamente patético. Y las culpas no las tiene el maestro armero.

CONTINUARÁ

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (V)

IdeasEl prestigio no es algo que den a nadie por su cara bonita. El prestigio es admiración, y en el caso de una profesión, a su actuación en pro de la sociedad. La profesión farmacéutica comenzó a perder su prestigio con la industrialización de la elaboración de medicamentos, algo que, con las lagunas y contradicciones que todo tiene, vino a abaratar costes, a generar ganancias a las farmacias que se habían transformado en laboratorios (todos los laboratorios farmacéuticos fueron en su origen farmacias que aprovecharon las tecnologías del momento para crecer y transformarse)  y, como el dinero llama al dinero, fomentó la investigación y el descubrimiento de nuevas moléculas que han permitido aumentar la esperanza de vida y mitigar el dolor y el sufrimiento de muchas personas, siempre y cuando estas o sus gobiernos tuvieran dinero para pagar la factura, claro, y a pesar de que no todo el monte es orégano, pero eso sería harina para otro costal que no centra el tema del que quiero hablar.

Las farmacias que se estancaron, la mayoría, por supuesto, porque solo una minoría ve oportunidades mientras el resto se rasga las vestiduras, tuvieron un golpe de suerte, puesto que, por aquella época, allá por la Segunda Guerra Mundial, los países asumieron la Declaración de Derechos Humanos, entre los que la salud era uno de ellos, y se generaron los sistemas públicos de salud en Europa. Y los estados comenzaron a pagar las facturas de medicamentos de los ciudadanos, y los médicos a prescribir, y los pacientes a tomar…y los farmacéuticos a cobrar por intermediar en algo que ya no fabricaban ellos y les pagaba el estado. Y llegó la afición al golf, y se vendió el prestigio a cambio de dinero y la envidia de otros que también querían ganar mucho y trabajar poco.

Y de ahí partimos para recuperar el prestigio, porque el dinero se fue perdiendo en el camino, y ahora ya no hay tanto golf, pero sí poca reputación, hasta el punto de que en las reuniones de amigos muchas veces, sobre todo cuando el alcohol comienza a hacer efecto, hay que dar muchas explicaciones sobre lo que hacemos, so pena de tener que levantarte de la mesa antes de darle un buen par de hostias a alguien…Esa es la historia que hay que cambiar, y para hacerlo hay que hacer algo que tenga que ver con nuestro core business, el medicamento, no la ortopedia ni las cremas antiestrías, y que pueda necesitar la sociedad. Pero, ¿pasa algo con los medicamentos?

¿Qué podemos decir acerca de los medicamentos? Vamos allá:

  1. Los medicamentos no son infalibles. Ninguno garantiza el beneficio para el paciente, incluso aunque se haya realizado perfectamente el proceso diagnóstico-pronóstico-dispensación- cumplimiento, enriquecido con la mejor información posible.
  2. Los medicamentos se utilizan en su mayoría en un entorno de cronicidad, polimedicación y pluripatología, con lo que la infalibilidad baja que se las pela.
  3. Los medicamentos en ese entorno de cronicidad, abordan dianas terapéuticas con frecuencia asintomáticas, por lo que el paciente que los usa no siente que esté bueno ni malo (a diferencia del caso de las enfermedades agudas), y por ello nunca puede ser sujeto pasivo de la actuación de los profesionales, sino que debe tomar parte de todo el proceso y en primera persona, porque al final es él, o ella, quien solo en su casa decide tomar o usar lo que le parece en función de la información que tiene.
  4. Pensar que toda la problemática que se genera se va a resolver haciendo que el paciente cumpla el tratamiento prescrito (porcojonismo terapéutico le llamaría yo), es de una ingenuidad cuasi insultante, porque los fallos de la farmacoterapia residen en la complejidad farmacológica y humana de los tratamientos y de las personas que están implicadas en el proceso.
  5. Los medicamentos son las herramientas más baratas para abordar la enfermedad, y por ello, cuando estos fallan porque no funcionan o producen efectos no deseados, los gastos se incrementan de forma brutal, hasta el punto de doblar los que se produjeron por haberlos adquirido.

Las diferentes profesiones relacionadas con la salud y los medicamentos, preocupadas por el problema, han formulado diversas propuestas:

  1. Los médicos abogan por tener más tiempo para la consulta y por fomentar la adherencia terapéutica, y para ello piden a otras profesiones que se impliquen (enfermeros, farmacéuticos). Estas medidas aumentan un 15% el cumplimiento terapéutico y no queda muy claro que mejoren la salud
  2. Los farmacéuticos, sin embargo, han diseñado una práctica asistencial que, mediante una evaluación integral de la farmacoterapia del paciente y el conocimiento de su experiencia con los medicamentos, detecta, previene y resuelve los problemas y mejora la efectividad y seguridad de los mismos del 40% habitual hasta más del 80%, reduciendo los costes de forma tan brutal que hace que por cada euro que se invierte en farmacéuticos que aplican esta práctica se produce un ahorro de entre 4 y 12, lo que permite no solo contratar farmacéuticos para esa práctica, sino seguir ahorrando.

¿Y qué hacemos con estos pelos todavía? Pues política. La cuestión tiene que ver con la política y con el subdesarrollo de este país. Porque el subdesarrollo no tiene que ver solo con el PIB de un país sino con las mentes preclaras que lo dirigen. Y no me refiero únicamente a los que de vez en cuando se sientan en el Congreso, que también, sino a los dirigentes profesionales y líderes de opinión. Gente a la que parece importarle un carajo los pacientes y que pone por delante sus intereses particulares o gremiales antes que los de los presuntos destinatarios de nuestros cuidados. Pero eso, mañana.

CONTINUARÁ

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (IV)

chaleco-reflectanteHace ya muchos años, cuando la Dirección General de Tráfico introdujo la obligatoriedad de portar chalecos reflectantes en el interior de los vehículos, el colegio de farmacéuticos más numeroso de España reclamó la venta de los mismos en las oficinas de farmacia, aduciendo el carácter sanitario de dicho elemento de seguridad. Afortunadamente aquello no fue muy lejos y todo quedó en nada. Aquel presidente dejó el cargo y pudo montar la primera pseudocadena de farmacias, prohibidas por aquel entonces y aún ahora.

Muchos farmacéuticos se preguntan cuál es el límite de lo que se debe vender o no en farmacias. El tema no es exclusivo español, no vayamos a ser más críticos que nadie, basta darse una vuelta por esos mundos. Los compatriotas de Trump, el tocayo del pato Donald, defendieron la venta de tabaco en farmacias con una excusa parecida, esta vez en vez de reflectante, humeante. En muchos establecimientos de venta de medicamentos, me resisto a llamarlos farmacias, por toda Latinoamérica, que yo haya visto, la venta de tabaco, además de golosinas, muñecas (no sé si hinchables), productos de bisutería, etc, son una realidad.

Si ya desde hace muchos años se introdujeron en las farmacias productos de perfumería―llamada Dermofarmacia― o de higiene personal, esos medicamentos homeopáticos que se niega a dispensar nuestro colega madrileño y ante los que hace la vista gorda nuestra agencia gubernamental de medicamentos, en tiempos recientes, ante la cada vez más acusada caída de los precios de los medicamentos y acortamiento de las ganancias de las farmacias, cobra cada vez más relevancia la oferta de una cartera de servicios profesionales, entre los que se incluyen productos de ortopedia, servicios nutricionales y medidas diversas de parámetros bioquímicos y fisiológicos. En medio de esta crisis no son pocas las empresas, me resisto a llamarlas laboratorios, que, atentas a la crisis del sector y ávidas por aprovechar tanto los despojos del prestigio de las farmacias como la ignorancia de la inmensa mayoría de ciudadanos, independiente de su nivel social, ofertan toda una serie de productos de autocuidado con supuestos beneficios para la salud: nunca ha habido más tipos de suplementos vitamínicos que ahora (para mayores de 50, para menores, para mujeres, para hombres, para votantes de Podemos o del PP), crecepelos, productos naturales ¿? con supuestas propiedades infalibles y carentes de efectos secundarios― ¿? otra vez.

En aras de no alargar en demasía la entrada no voy a discutir estas huidas hacia adelante una por una. De todas parece deducirse que la farmacia es un establecimiento de venta de productos sanitarios, y esa es básicamente la cuestión, si la apuesta de la farmacia es ser el lugar donde se efectúen transacciones comerciales de estos productos, con el consejo subsiguiente de un profesional experto en la materia, como por otra parte se supone que hacen todos los que venden algo. Si esa es la apuesta de futuro, resulta obvio, al menos para mí, que es el producto el centro de todo―el que motiva la entrada en el establecimiento y genera el negocio― y no el profesional, y el éxito dependerá en esencia de la calidad de lo que se vende. Y sin venta no hay negocio.

En este caso, no hay profesión, o esta tiene una visibilidad mínima y supeditada al producto, ya que aunque existan grandes profesionales a título individual, el foco es el producto y el producto no genera profesión, porque es lo que es y el conocimiento que se genera lo que hace es acompañar a la venta del producto. Sí, ya sé, hay quien entra a preguntar sin llevarse nada, pero, ¿se cobra?. No, claro que no, igual que si alguien entra en una ferretería y pregunta cómo puede empalmar un cable. Lo que se paga es el cable, no el consejo ferretero.

No obstante, hay quien defiende que hay determinados servicios profesionales que se desean construir sí están orientados a los pacientes, como las medidas de parámetros bioquímicos y fisiológicos. Medidas que ya se hacen el sistema sanitario, pero que a módico precio, inferior al que otros profesionales piden, por supuesto, y más rápidos, podrían ser una fuente de negocio. Sería como el low -cost de la atención sanitaria, un Farma- Ryanair. Nuevamente estaríamos ante otro producto de venta si a estos servicios no se le añade el valor cognitivo que no da el aparato, sea un tensiómetro, un aparato de rayos X o de medicina nuclear. No es el aparato el que da el valor sino el profesional que toma decisiones a partir de la información del aparato.

¿Y qué decisiones podría tomar un farmacéutico, qué podría aportar al sistema sanitario, que debería ofrecer que no se esté ofreciendo ya y que impacte de forma trascendental sobre la salud de los ciudadanos? Pues algo que no está en ningún aparato ni en producto alguno; algo que está, o deberá estar, en su cabeza y en su corazón; algo que no se compra por leasing ni por renting; algo que sólo lo genera un cuerpo de conocimientos y una práctica basada en una mirada diferente hacia un problema real, de la sociedad y no imaginario o relacionado con el interés particular de un gremio que se resiste a cambiar.

CONTINUARÁ

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (III)

Autoestima_2Hace no mucho tiempo los tribunales dieron la razón a un farmacéutico sevillano que se negaba a dispensar anticoncepción de emergencia en su farmacia, aduciendo motivos de conciencia. Motivos de conciencia también tendrá nuestro farmacéutico madrileño que se niega a dispensar homeopatía en la suya, aunque es de suponer que por causas diferentes. Imagino que en el caso de mi paisano las que prevalecían eran sus creencias religiosas y en el de Madrid los argumentos científicos.

Pero hay algo más allá que subyace, y es cuál es el papel del farmacéutico en el proceso de atención sanitaria, y que justificaría, o por otro lado cuestionaría, la actuación de ambos farmacéuticos. Si nuestro rol se circunscribe a facilitar el acceso a la población de los medicamentos, los recetados por los profesionales legalmente capacitados o los no sujetos a la restricción de la receta, a menudo tan difusa y cuestionable, entonces nuestros dos colegas habrían cometido sendas infracciones, independientemente de sus creencias religiosas o pareceres científicos, porque la ética y la ciencia se circunscribirían a la del prescriptor y a la del paciente; si por el contrario el farmacéutico se considera un profesional experto en medicamentos, con capacidad para tomar decisiones sobre la farmacoterapia, de conciencia o científicas, entonces estaremos hablando de otra cosa y el farmacéutico sería un actor más en cuanto a argumentación científica y moral. Y aún más: si en el primer caso el farmacéutico es un mero distribuidor, la pregunta es para qué necesita la sociedad un farmacéutico en ese puesto; y si se trata del segundo caso, habrá que facilitar la libertad del farmacéutico para que pueda actuar con argumentos científicos en defensa del paciente, esto es, habrá que acabar con el pernicioso sistema de percepción de honorarios basados en márgenes comerciales.

Me hace mucha gracia que se le exija al farmacéutico que actúe con honorabilidad y en defensa de los pacientes cuando su sistema de remuneración lo hace ser el brazo alargado de la industria y el negocio farmacéutico. Cuando además sesudos periodistas especializados en salud, profesionales y políticos así lo exigen, quizás sea que no todo el prestigio está perdido, pues esperan del farmacéutico lo que no esperan de cualquier otro profesional, sea de la salud, el comercio o el armamento nuclear. Ni siquiera de ellos mismos. Seamos coherentes con lo que exigimos a los farmacéuticos, ¿no les parece?

Un cambio en el modelo de remuneración sería una condición necesaria para el cambio y posible recuperación del prestigio profesional, pero no suficiente. Porque el siguiente aspecto, aspecto esencial, será el para qué se hace ese cambio. Y su único sentido sería para resolver algún problema que la sociedad tenga con los medicamentos, y hacerlo con una propuesta mejor que las ya existentes. Porque el cambio no va a ser para lo que a nosotros nos parezca ni en la forma que nos parezca, ¿no? Las profesiones no son otra cosa que servidoras de la sociedad, y no un fin en sí mismas.

Seguimos

CONTINUARÁ

La imagen se tomo de http://www.namagazine.es

 

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (II)

autoestimaA partir de este post hablaré de cómo entiendo que se puede recuperar el prestigio del farmacéutico, una visión personal que se podrá compartir o no, como todo en la vida, y que a buen seguro molestará en ciertos sectores endogámicos de la profesión, esos cuya defensa de la profesión no va más allá de gritar lo importantes que somos o de rasgarse las vestiduras de forma lastimera ante las críticas que nos hacen desde fuera, y poco hacen por rescatar una reputación profesional que parece que quedó anclada en los tiempos de la formulación magistral.

Para no hacerles perder mucho el tiempo, y que puedan cerrar esta página sin llegar hasta el final, señalaré unos puntos a partir de los que voy a desarrollar mi tesis:

  • Una profesión agrupa un conjunto de individuos, denominados profesionales, que resuelven un problema que tiene la sociedad mediante la aplicación de un conocimiento específico y una práctica reconocible, de modo interno para poder ser perseguida la mala práctica, y de modo externo para que los miembros de la comunidad, ciudadanos y resto de profesionales, puedan beneficiarse de sus servicios.
  • Ninguna profesión puede ser estática, ya que la sociedad evoluciona, resuelve problemas antiguos y aparecen otros nuevos, y si la profesión no evoluciona con la sociedad, desaparecerá. Son los profesionales quienes detectan problemas que tiene la sociedad y aportan soluciones a los mismos, y nunca al revés. Si otras profesiones ofrecen propuestas mejores para resolver los problemas, estas se harán cargo de dicha responsabilidad.
  • Al menos en lo que se refiere a los problemas relacionados con la salud, estos se han tornado tan complejos que no existe ninguna profesión de las clásicas capaz de abordar de forma integral su solución. Por tanto, no son las enseñanzas básicas sino las prácticas profesionales cooperativas las que ofrecen respuestas a la sociedad. Y lo cooperativo significa que diversas profesiones pueden ejercer una misma práctica por sí mismas o en colaboración con otras. De esto puede deducirse que el título universitario será una condición necesaria no suficiente, y que lo esencial será la acreditación para una práctica, que en ciertos entornos no será exclusiva de formación universitaria alguna. No hablo de prácticas muy específicas, como una cirugía, pero sí de otras como la prescripción de medicamentos, la detección y resolución de los problemas que estos producen o, por qué no, la dispensación.

Me temo que me he alargado más de lo que esperaba en las premisas expuestas, así que iré añadiendo más entradas al respecto. No obstante, sí que deseo exponer algunas mis conclusiones personales:

  1. Una profesión es conocimiento específico, una mirada diferente a la de otros al problema y, por tanto, si no existe tal mirada, no existe profesión.
  2. Si una profesión se engloba en torno a una práctica, no será la Universidad la responsable de formar en esta práctica sino las instituciones en las que se ejerce dicha práctica.
  3. Al ser las prácticas cooperativas las que dan sentido a una profesión, los profesionales que las ejercen deberían agruparse, asociarse, en función de estas prácticas y no en relación a la carrera universitaria que en su día estudiaron.
  4. El corporativismo mata, y anteponer los intereses de una agrupación al derecho de los pacientes a recibir la mejor respuesta a sus problemas de salud, es éticamente inaceptable.

A modo de resumen de esta entrada, si el farmacéutico quiere recuperar su prestigio no basta con decir sí, sino que debe poner palabras y hechos a dicha afirmación, esto es a un ejercicio profesional específico y reconocible que impacte de forma beneficiosa sobre la salud de las personas. No basta con decir que lo que ya se hace es fundamental, porque si hay que recuperar un prestigio perdido ello se debe a que la sociedad no tiene muy claro qué es lo que le aporta. Así pues, debe responder entonces a estas preguntas:

  • ¿Qué problemas tiene la sociedad respecto a los medicamentos, esencia tradicional de la profesión farmacéutica?
  • ¿Cuál es la respuesta que los farmacéuticos damos a estos problemas?

Vayan pensando.

CONTINUARÁ

La imagen se tomó de http://www.abad-psicologia.es

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (I)

homeopatiaEn estos días ha salido a la luz, y creo que no es la primera vez, la noticia de que una farmacia de Madrid se niega a vender homeopatía, por sus dudas―certezas, más bien― acerca de la eficacia de esta medicina y los productos con los que trata las enfermedades, denominados medicamentos homeopáticos y catalogados así por las autoridades sanitarias de este país (España) y muchos otros.

Muchos son los temas que para discutir sobre esta controversia. El periodista de El País Emilio de Benito titula su artículo del 19 de agosto como Recuperar el prestigio del farmacéutico  y reflexiona sobre el papel de las farmacias como establecimiento sanitario. Fácil es criticar a las farmacias y no a las autoridades que mantienen el modelo farmacéutico; más difícil es proponer cambios, que no defienden de verdad ni responsables políticos ni profesionales, que desde años se limitan a enunciar hipócritas soflamas vacías sobre nuestro papel en la sociedad.

A mí se me ocurren varios aspectos a tratar, que me van a llevar a defender la tesis de que es imposible ser profesional de la salud si el modelo de remuneración es el de la percepción de un margen comercial por la venta de productos sanitarios o pseudosanitarios, desde medicamentos que han demostrado su eficacia y seguridad hasta fajas reductoras de peso, crecepelos o productos para la memoria, pasando por la homeopatía, pulseras con poderes mágicos o adelgazantes. Me gustaría saber si esa farmacia a la que se alude también se niega a vender muchos de estos productos. Si fuera así el titular sería mi héroe per secula seculorum.

Como en Internet no se deben escribir entradas muy largas si se pretende ser leído, voy a desmenuzar lo que pienso acerca del tema en varios posts, que más o menos vendrán a resumirse en estos puntos, aunque al final trate siempre de lo mismo:

  • Negarse a dispensar no puede ser un acto heroico.
  • Las farmacias y los farmacéuticos son parte del sistema sanitario, le pese a quien le pese, le guste a quien le guste.
  • La venta de homeopatía es un problema de quien la vende y quien autoriza que se venda.
  • Los colegios profesionales son parte del problema y no de la solución, y las autoridades gubernamentales, pudiendo ser parte de la solución, son parte del problema.

Recuperar el prestigio del farmacéutico es algo que todos deberíamos desear, no solo los farmacéuticos, pero únicamente se puede recobrar a partir de garantizar un modelo de ejercicio profesional en el que la legalidad y la ética vayan mucho más parejas de lo que hasta ahora van, y que lo que se les exige a los farmacéuticos sea compatible con ese modelo por diseñar, ya que el hoy por hoy existe se ha quedado obsoleto.

No importa cómo seamos los farmacéuticos de hoy, pues somos hijos del modelo que hay, tan obsoleto como nosotros mismos. De lo que se trata es de si la sociedad quiere y necesita otros farmacéuticos y que cumplan un papel de acuerdo a lo que cuesta formarnos. Y si no somos precisos, que digan quiénes van a cumplir esos papeles y cómo lo van a hacer.

Las farmacias deberían ser una puerta de entrada al sistema sanitario y muchas veces se convierten en la cloaca de un sistema imperfecto que desagua todas sus imperfecciones en unos establecimientos que ocupan un lugar privilegiado en la sociedad, pero que tienen la tremenda debilidad de sobrevivir gracias a lo que venden a casi un único cliente que desde hace años las extorsiona en lugar de facilitarles transformarse en una pieza importante de la atención sanitaria de los ciudadanos.

Por tanto, sí, hay que negarse a vender homeopatía, y no solo homeopatía. Pero para que esto no sea un gesto heroico o nada más que un motivo para el típico artículo superficial con el que más de uno, de dentro y de fuera de la profesión farmacéutica, se rasga las vestiduras, habrá que hablar del problema verdadero. ¿O no, farmacéuticos, médicos, periodistas sanitarios?

CONTINUARÁ

La imagen se ha tomado de www.timos.info