TERNURA SANITARIA

Cada vez me gusta menos escribir sobre la carrera que estudié y que ejerzo, cada vez me gusta menos escribir sobre salud pública, nuestro sistema sanitario y el papel de los profesionales que lo integran. Cada vez, digo, me gusta menos oír hablar sobre nuevas políticas sanitarias porque poco hay de nuevas, y cuando las hay, son casi siempre para empeorar lo que había, en especial en estos años de Partido Popular en el gobierno, en el que ha estado a punto de destrozar el derecho a la salud en este país y la sanidad universal. Y caso de haber novedades que no puedan tacharse de negativas, acaban siendo meros brindis al sol.

No he podido menos que mirar con ternura la disputa entre enfermeros y farmacéuticos por reclamar en exclusiva un espacio en el sistema. Digo ternura cuando en otro momento podría haber dicho asco, porque era asco y no otra cosa lo que sentía cuando constataba que ninguna profesión tenía un concepto de servicio a la sociedad sino de defensa de privilegios. Sí, era más bien asco lo que me producía, asco por los dirigentes médicos, por supuesto por los farmacéuticos, y también por los enfermeros, asco porque me parece nauseabundo que prevalezcan los intereses de colectivos en detrimento de los de los ciudadanos, pero ese es el resumen de este país y de sus patriotas, porque aquí un patriota se parece mucho a uno de esos profesionales que miran su ombligo y se desentienden de su misión, y más aún, de la misión colectiva que deberíamos tener los que decimos estar al servicio de una patria, sea profesional o política.

Al observar ese enfrentamiento de enfermeros contra farmacéuticos no he podido evitar esbozar una sonrisa. En mi época, quienes nos consideraban los enemigos eran los médicos. Perdónenme, eran enemigos de mayor altura, y estas luchas actuales no son sino reflejo de lo bajo que está cayendo mi profesión, algo que no me sorprende viendo quiénes la dirigen tanto del punto de vista político como científico. Sí, el enemigo no está fuera sino dentro, y no sale ni con aguarrás.

Ternura de verdad me produjo Spiriman, cuando lo vi rodeado de farmacéuticos empresarios y repitiendo ese discurso interesado y económico contra las subastas de medicamentos. Y parecía un tipo listo, me dije. ¿Ni este tipo, con todo lo que ha movido, tiene un discurso político colectivo, de verdadera salud pública?

Y cuando veo los programas políticos de los diferentes partidos, con esa pobreza de ideas en lo que se refiere a salud pública, a derecho a la salud, hasta en los más pretendidamente progresistas, veo solo a personas incapaces de dejar de priorizar lo suyo y pensar en los demás, o con falta de agallas por no enfrentarse al primo médico de Zumosol. En fin… nihil novum sub sole, lo de siempre, lo de tantos años. Historia pura de este país plagado de antipatriotas.

Continuará, no sé cuándo. Me falta la paciencia, y a veces la ternura acaba por darme náuseas. Qué negico harían los fabricantes de Primperan si en este país hubiera un poco más dedecencia y menos tibieza.

Imagen en: https://jenndiaz.com/2010/06/25/los-dedos-me-buscan-la-ternura/

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RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (VIII)

Medicamentos tercer mundoDurante estos últimos años he tenido la oportunidad de entrevistarme con dirigentes políticos del Partido Popular y el Partido Socialista y con personas que estaban realizando el programa sanitario de Podemos, para diferentes elecciones en Andalucía y España. En todos los casos esto se debió a personas cercanas a los partidos que conocen las prácticas asistenciales que recuperarían el prestigio profesional del farmacéutico. A todas las reuniones acudí con las mismas diapositivas, aunque he de reconocer que el color de fondo variaba: azul en una, rojo en otra, y morado en la que resta (adivinen el color que llevaba para cada reunión). El resultado, con matices, fue el mismo en las tres ocasiones.

La responsable del Partido Popular quedó en llamarme la semana siguiente, y de eso han pasado más de cien. También los pobres creían que iban a ganar las elecciones y perdieron, aunque puedo suponer también quién desactivó ese hilo.

En el caso de los socialistas, que creían que iban a perder las elecciones y sin embargo ganaron, el señor que llevaba eso, a punto de jubilarse, no quería saber mucho del tema, a pesar de que tenía datos de la importancia de la práctica y de lo positivo que sería implantarla. El hombre no se jubiló, pero tampoco ha hecho nada después. Debe estar todavía pensando en la paguita.

En cuanto al partido emergente, escuchó y le gustó, igual que los otros dos, pero siguió en aquello tan propio de la izquierda y que gusta tanto a la derecha que hagan: medicina basada en la evidencia (esa medicina que deja de ser evidente en cuanto sale de los papeles pero que da para mucho en los curriculums), críticas a la industria farmacéutica y a sus crímenes, crímenes por cierto homologables a las los de las eléctricas, a los de los fabricantes de balones de fútbol, de ropa y de casi todo aquello que cotiza en la Bolsa de Nueva York. Poesía.

Al parecer es de izquierdas apoyar las subastas de medicamentos, para que el estado exprima a laboratorios para conseguir pasta, en lugar de lo que yo creo que sería verdaderamente progresista, seleccionar las moléculas que hayan demostrado más eficacia y seguridad, e implantar sistemas de gestión y optimización de los resultados de la farmacoterapia. En fin.

En un país de huella tercermundista como España, huella que se caracteriza por su sectarismo, su onanismo profesional (los congresos profesionales son toda una incitación a la masturbación mental en grupo, la cual, como toda masturbación, ya lo dijo Aute, queda en nada después del gustirrinín de la eyaculatoria conferencia de clausura).  Y es que el problema no está en discutir diferentes medidas para resolver un problema, sino en quién estás pensando cuando dices que quieres resolver el problema.

Quién piensa en resolver un problema que tiene la sociedad; quién piensa que quizás otro diferente a nosotros pueda ayudar a solucionar un problema; quién piensa en la sociedad para resolver un problema que tiene la sociedad.

Es triste que en un sistema público de salud como el español nuevas prácticas ajenas a las profesiones tradicionales tengan tanta dificultad para implantarse. Es cierto que los mayores enemigos están dentro, pero no deja de ser desolador después de tanto tiempo. Mucho me temo que hasta que no sea una práctica habitual en otros países, en los que ya se está abriendo camino, no llegará hasta acá. Como en cualquier país mediocre, copiar a los de fuera será el camino. Aquí la patria se resume en envolverse en una bandera, para taparse los ojos y no ver los problemas de los que no tienen más cojones que ser patriotas.

Recuperar el prestigio del farmacéutico, sí, pero a quién le interesa. Es mucho mejor tener a quien echarle la culpa de los males. Un mal farmacéutico conviene a los demás. Y al final, al papel de víctima acaba uno acostumbrándose.

Imagen tomada de osalde.org 

CONTINUARÁ

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (VII)

GARGARASCuando comencé a ejercer como farmacéutico comunitario la financiación pública de los medicamentos era prácticamente total: colutorios, antigripales, multivitamínicos, laxantes aparecían en recetas de pensionistas y trabajadores.  Muchos de aquellos productos hoy ya ni siquiera están catalogados como medicamentos y se pueden encontrar a la venta en cualquier gasolinera o supermercado del país.

Conforme pasó el tiempo comenzaron las restricciones a la financiación de medicamentos y bastantes salieron de las prestaciones del sistema público de salud. Muchos que necesitaban receta médica para su dispensación, en cuanto salieron milagrosamente se tornaron en medicamentos de libre dispensación, e incluso publicitarios: los laboratorios solicitaban autorización para nuevas presentaciones, se reducían el número de unidades en los envases, se aumentaba el precio y a seguir vendiendo.

Al estado, actuando como empresa, pública de capital, pero al parecer únicamente interesada en su cuenta de resultados, le importaba poco, y le sigue importando lo mismo, que los ciudadanos a los que decía proteger pagase más por esos medicamentos. El argumento de la industria era y es bien sencillo: las pérdidas en ventas de unidades que se producían a consecuencia de la pérdida de la financiación pública se intentaría compensar con el aumento de precio que el usuario iba a tener que pagar, y para ello, qué mejor herramienta que la publicidad.

Las clases más desfavorecidas, las menos formadas, siempre han sido diana más sensible a esa publicidad, que comenzó con anuncios tradicionales y ahora encuentra a desvergonzados profesionales de la salud que invaden programas, casi siempre matinales ― ¿quién ve la televisión por las mañanas? ―, especialistas en sacarle el dinero a las personas humildes que no tienen otra vida que ver esos programas que atontan el espíritu. Nihil novum sub sole. En mis tiempos jóvenes ya la empanadilla Encarna anunciaba en su programa de radio aquellas cápsulas adelgazantes llamadas Diecur que costaban más de 5.000 pesetas (30 euros, que incluso veinticinco años después es un dineral para un laxante de algas). Un día me dijeron además que las empresas distribuidoras, para hacerse con aquellas mágicas cápsulas con precio para cagarse, además de composición, debían contactar con los representantes de la fallecida locutora de radio.

Y en este mundo tan opaco, de reglas tan arbitrarias, donde u día es una cosa y al otro la contraria, en esas aguas cenagosas, navega el farmacéutico, poniéndole la cara de su prestigio a un sinfín de medicamentos de dudosa utilidad, a cosméticos y complementos nutricionales más que cuestionables… y a la homeopatía a la que aludía nuestro colega de Madrid.

En aras de la supervivencia, el farmacéutico complementa sus cada vez menores ingresos por vía prestación pública con toda suerte de conejillos salidos de la chistera de otros y de los que se rasca una parte. A costa de su credibilidad como profesional.

Cada día, muchos pacientes además acuden a la farmacia a por medicamentos para los que legalmente se precisa receta médica, sí, esa que a lo mejor mañana no es precisa, y ayuda a la persona que no puede ir al médico porque su estructura familiar no le permite poner fuera un pie, o a aquella que no quiere ir al médico para que este realice un acto administrativo en lugar de sanitario (¿cuántos actos administrativos y no sanitarios realizan los médicos a lo largo de una jornada?), o a aquella que exige y el farmacéutico no se atreve a negarse porque sabe que va a perder un cliente y se lo van a vender en otra farmacia. Y todo con la vista gorda estatal, porque actuaciones así aligeran la factura que va a pagar, y al parecer lo importante es la factura y no la salud de los ciudadanos. No sé si eso es lo que dice la Constitución.

Me temo que la serie se va a alargar más de lo que pensaba. En resumen, para el estado el medicamento es una cuenta de resultados y el farmacéutico, un proveedor. El sistema sanitario deja de facto al farmacéutico fuera del sistema público de atención sanitaria al no considerarlo como un profesional de la salud. Y hacer eso al que se responsabiliza de entregar los medicamentos a la población es sencillamente patético. Y las culpas no las tiene el maestro armero.

CONTINUARÁ

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (VI)

AFPara tomar decisiones sobre un tema, además de saber de ese tema, hay que tener libertad para actuar. Para ser guardianes de la sociedad en materia de medicamentos no se puede depender de ellos para sobrevivir. Ni mucho ni poco, nada. Eso es para los medicamentos y para cualquier aspecto de la vida. No puede haber conflicto de intereses, y por ello, los farmacéuticos, si pretenden ejercer una práctica como la mencionada en la entrada anterior, deben percibir sus honorarios profesionales en función de esa práctica y no de producto alguno. Esto hace difícil el encaje de esta práctica en las oficinas de farmacia, pero no imposible ni mucho menos. De hecho, en países en los que es ya una realidad, se reconoce y, por lo tanto, se paga, hay farmacias que se han incorporado con unidades independientes de la dispensación. Pero también hay muchas otras que no, que han preferido seguir trabajando de modo tradicional, circunscribiendo su trabajo al que ya conocemos.

Estas diferencias entre farmacias, entre farmacéuticos de forma más precisa, producen mucha inquietud en los colegios profesionales. Es bastante usual escuchar a sus dirigentes pronunciar frases que dicen más o menos así:

  • Los cambios deben ser para todos.
  • Rememos todos en la misma dirección.
  • No puede haber farmacéuticos de primera o de segunda.
  • El cambio tiene que hacerse poco a poco, de forma que todos puedan subirse al barco.

Todos, palabra mágica siempre, que en este caso es, vaya paradoja, sinónimo de nadie, porque la historia de la humanidad no avanza por consenso, sino por unos locos arriesgados que idean la renovación, unos valientes que la ponen en práctica, para luego dar paso a esos todos que disfrutarán luego de la apuesta de aquellos locos y valientes.

Cristóbal Colón no se fue a América mediante consenso entre los navegantes, y si hubiera intentado consensuar habría muerto en una hoguera de la Inquisición. Pasteur no consensuó con los científicos su teoría germinal de las enfermedades infecciosas, ni Fleming fue de la mano del colegio británico de médicos para descubrir la penicilina. Otra cosa es que, con los descubrimientos de Colón, Pasteur o Fleming, millones y millones de personas hayan ido a América, o se hayan beneficiado de las vacunas o los antibióticos, y estas terapias hayan sido asumidas por todo, sí, todo, el colectivo profesional.

Ejemplos hay a miles en cualquier aspecto de la vida los cambios han llegado así. Y sencillamente, quien impide que se produzcan progresos es un factor de resistencia al cambio. Por tanto, y triste es decirlo, los colegios farmacéuticos se equivocan y se han equivocado impidiendo, dificultando más bien, que locos y valientes hagan lo que deben hacer. Porque la caza de brujas existe, y eso lo puedo certificar. No voy a hablar de eso, porque estas entradas tratan del colectivo y no de lo que yo haya hecho o dejado de hacer, pero los colegios han sido mucho más efectivos en eso que en defender la profesión hacia afuera. Ante cualquier catástrofe interna nunca faltó esa manida frase de:” Y podía haber sido peor si no llegamos a estar nosotros”. En fin, retomemos y no nos perdamos.

El sistema retributivo es clave para crear una nueva profesión, pero no lo es menos un ejercicio profesional preciso y definido que incluya:

  1. Identificación de todas las necesidades farmacoterapéuticas del paciente, esto es problemas de salud para los que la mejor opción en ese momento es tratarlos con medicamentos, y también de su experiencia personal con los medicamentos y problemas de salud.
  2. Evaluación de todas las necesidades para asegurar que toda la farmacoterapia del paciente tiene un propósito y ese propósito se alcanza sin producir efectos no deseados, y en caso contrario identificar problemas.
  3. Realizar planes de acción concretos para resolver los problemas detectados y prevenir que puedan aparecer otros, y ejecutarlos en cooperación con el paciente y otros profesionales cuya cooperación sea necesaria.
  4. Verificar en un tiempo prudencial si el plan ha tenido éxito o hay que modificarlo, regresando al punto 2 a modo de círculo virtuoso.

Esta práctica en España es residual. Aunque muchos farmacéuticos de diversos entornos asistenciales le hayan puesto el nombre de Atención Farmacéutica, Seguimiento Farmacoterapéutico a lo que hacen, su práctica no sigue esos cuatro pasos reseñados, todo lo más hay una dispensación informada o verificación de cumplimiento terapéutico, es decir, o más de lo mismo, o asumir las propuestas médicas como nuestras para resolver el problema de la farmacoterapia. Y eso es muy importante, porque si no hay una práctica nueva, sino una vieja maquillada, estaremos de nuevo en la casilla de salida.

Esto terminará mañana, con mi impresión sobre otros actores implicados en que lo nuevo se abra camino entre lo viejo. Porque solamente los farmacéuticos no vamos a tener la culpa de lo que pasa.

CONTINUARÁ

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (V)

IdeasEl prestigio no es algo que den a nadie por su cara bonita. El prestigio es admiración, y en el caso de una profesión, a su actuación en pro de la sociedad. La profesión farmacéutica comenzó a perder su prestigio con la industrialización de la elaboración de medicamentos, algo que, con las lagunas y contradicciones que todo tiene, vino a abaratar costes, a generar ganancias a las farmacias que se habían transformado en laboratorios (todos los laboratorios farmacéuticos fueron en su origen farmacias que aprovecharon las tecnologías del momento para crecer y transformarse)  y, como el dinero llama al dinero, fomentó la investigación y el descubrimiento de nuevas moléculas que han permitido aumentar la esperanza de vida y mitigar el dolor y el sufrimiento de muchas personas, siempre y cuando estas o sus gobiernos tuvieran dinero para pagar la factura, claro, y a pesar de que no todo el monte es orégano, pero eso sería harina para otro costal que no centra el tema del que quiero hablar.

Las farmacias que se estancaron, la mayoría, por supuesto, porque solo una minoría ve oportunidades mientras el resto se rasga las vestiduras, tuvieron un golpe de suerte, puesto que, por aquella época, allá por la Segunda Guerra Mundial, los países asumieron la Declaración de Derechos Humanos, entre los que la salud era uno de ellos, y se generaron los sistemas públicos de salud en Europa. Y los estados comenzaron a pagar las facturas de medicamentos de los ciudadanos, y los médicos a prescribir, y los pacientes a tomar…y los farmacéuticos a cobrar por intermediar en algo que ya no fabricaban ellos y les pagaba el estado. Y llegó la afición al golf, y se vendió el prestigio a cambio de dinero y la envidia de otros que también querían ganar mucho y trabajar poco.

Y de ahí partimos para recuperar el prestigio, porque el dinero se fue perdiendo en el camino, y ahora ya no hay tanto golf, pero sí poca reputación, hasta el punto de que en las reuniones de amigos muchas veces, sobre todo cuando el alcohol comienza a hacer efecto, hay que dar muchas explicaciones sobre lo que hacemos, so pena de tener que levantarte de la mesa antes de darle un buen par de hostias a alguien…Esa es la historia que hay que cambiar, y para hacerlo hay que hacer algo que tenga que ver con nuestro core business, el medicamento, no la ortopedia ni las cremas antiestrías, y que pueda necesitar la sociedad. Pero, ¿pasa algo con los medicamentos?

¿Qué podemos decir acerca de los medicamentos? Vamos allá:

  1. Los medicamentos no son infalibles. Ninguno garantiza el beneficio para el paciente, incluso aunque se haya realizado perfectamente el proceso diagnóstico-pronóstico-dispensación- cumplimiento, enriquecido con la mejor información posible.
  2. Los medicamentos se utilizan en su mayoría en un entorno de cronicidad, polimedicación y pluripatología, con lo que la infalibilidad baja que se las pela.
  3. Los medicamentos en ese entorno de cronicidad, abordan dianas terapéuticas con frecuencia asintomáticas, por lo que el paciente que los usa no siente que esté bueno ni malo (a diferencia del caso de las enfermedades agudas), y por ello nunca puede ser sujeto pasivo de la actuación de los profesionales, sino que debe tomar parte de todo el proceso y en primera persona, porque al final es él, o ella, quien solo en su casa decide tomar o usar lo que le parece en función de la información que tiene.
  4. Pensar que toda la problemática que se genera se va a resolver haciendo que el paciente cumpla el tratamiento prescrito (porcojonismo terapéutico le llamaría yo), es de una ingenuidad cuasi insultante, porque los fallos de la farmacoterapia residen en la complejidad farmacológica y humana de los tratamientos y de las personas que están implicadas en el proceso.
  5. Los medicamentos son las herramientas más baratas para abordar la enfermedad, y por ello, cuando estos fallan porque no funcionan o producen efectos no deseados, los gastos se incrementan de forma brutal, hasta el punto de doblar los que se produjeron por haberlos adquirido.

Las diferentes profesiones relacionadas con la salud y los medicamentos, preocupadas por el problema, han formulado diversas propuestas:

  1. Los médicos abogan por tener más tiempo para la consulta y por fomentar la adherencia terapéutica, y para ello piden a otras profesiones que se impliquen (enfermeros, farmacéuticos). Estas medidas aumentan un 15% el cumplimiento terapéutico y no queda muy claro que mejoren la salud
  2. Los farmacéuticos, sin embargo, han diseñado una práctica asistencial que, mediante una evaluación integral de la farmacoterapia del paciente y el conocimiento de su experiencia con los medicamentos, detecta, previene y resuelve los problemas y mejora la efectividad y seguridad de los mismos del 40% habitual hasta más del 80%, reduciendo los costes de forma tan brutal que hace que por cada euro que se invierte en farmacéuticos que aplican esta práctica se produce un ahorro de entre 4 y 12, lo que permite no solo contratar farmacéuticos para esa práctica, sino seguir ahorrando.

¿Y qué hacemos con estos pelos todavía? Pues política. La cuestión tiene que ver con la política y con el subdesarrollo de este país. Porque el subdesarrollo no tiene que ver solo con el PIB de un país sino con las mentes preclaras que lo dirigen. Y no me refiero únicamente a los que de vez en cuando se sientan en el Congreso, que también, sino a los dirigentes profesionales y líderes de opinión. Gente a la que parece importarle un carajo los pacientes y que pone por delante sus intereses particulares o gremiales antes que los de los presuntos destinatarios de nuestros cuidados. Pero eso, mañana.

CONTINUARÁ

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (IV)

chaleco-reflectanteHace ya muchos años, cuando la Dirección General de Tráfico introdujo la obligatoriedad de portar chalecos reflectantes en el interior de los vehículos, el colegio de farmacéuticos más numeroso de España reclamó la venta de los mismos en las oficinas de farmacia, aduciendo el carácter sanitario de dicho elemento de seguridad. Afortunadamente aquello no fue muy lejos y todo quedó en nada. Aquel presidente dejó el cargo y pudo montar la primera pseudocadena de farmacias, prohibidas por aquel entonces y aún ahora.

Muchos farmacéuticos se preguntan cuál es el límite de lo que se debe vender o no en farmacias. El tema no es exclusivo español, no vayamos a ser más críticos que nadie, basta darse una vuelta por esos mundos. Los compatriotas de Trump, el tocayo del pato Donald, defendieron la venta de tabaco en farmacias con una excusa parecida, esta vez en vez de reflectante, humeante. En muchos establecimientos de venta de medicamentos, me resisto a llamarlos farmacias, por toda Latinoamérica, que yo haya visto, la venta de tabaco, además de golosinas, muñecas (no sé si hinchables), productos de bisutería, etc, son una realidad.

Si ya desde hace muchos años se introdujeron en las farmacias productos de perfumería―llamada Dermofarmacia― o de higiene personal, esos medicamentos homeopáticos que se niega a dispensar nuestro colega madrileño y ante los que hace la vista gorda nuestra agencia gubernamental de medicamentos, en tiempos recientes, ante la cada vez más acusada caída de los precios de los medicamentos y acortamiento de las ganancias de las farmacias, cobra cada vez más relevancia la oferta de una cartera de servicios profesionales, entre los que se incluyen productos de ortopedia, servicios nutricionales y medidas diversas de parámetros bioquímicos y fisiológicos. En medio de esta crisis no son pocas las empresas, me resisto a llamarlas laboratorios, que, atentas a la crisis del sector y ávidas por aprovechar tanto los despojos del prestigio de las farmacias como la ignorancia de la inmensa mayoría de ciudadanos, independiente de su nivel social, ofertan toda una serie de productos de autocuidado con supuestos beneficios para la salud: nunca ha habido más tipos de suplementos vitamínicos que ahora (para mayores de 50, para menores, para mujeres, para hombres, para votantes de Podemos o del PP), crecepelos, productos naturales ¿? con supuestas propiedades infalibles y carentes de efectos secundarios― ¿? otra vez.

En aras de no alargar en demasía la entrada no voy a discutir estas huidas hacia adelante una por una. De todas parece deducirse que la farmacia es un establecimiento de venta de productos sanitarios, y esa es básicamente la cuestión, si la apuesta de la farmacia es ser el lugar donde se efectúen transacciones comerciales de estos productos, con el consejo subsiguiente de un profesional experto en la materia, como por otra parte se supone que hacen todos los que venden algo. Si esa es la apuesta de futuro, resulta obvio, al menos para mí, que es el producto el centro de todo―el que motiva la entrada en el establecimiento y genera el negocio― y no el profesional, y el éxito dependerá en esencia de la calidad de lo que se vende. Y sin venta no hay negocio.

En este caso, no hay profesión, o esta tiene una visibilidad mínima y supeditada al producto, ya que aunque existan grandes profesionales a título individual, el foco es el producto y el producto no genera profesión, porque es lo que es y el conocimiento que se genera lo que hace es acompañar a la venta del producto. Sí, ya sé, hay quien entra a preguntar sin llevarse nada, pero, ¿se cobra?. No, claro que no, igual que si alguien entra en una ferretería y pregunta cómo puede empalmar un cable. Lo que se paga es el cable, no el consejo ferretero.

No obstante, hay quien defiende que hay determinados servicios profesionales que se desean construir sí están orientados a los pacientes, como las medidas de parámetros bioquímicos y fisiológicos. Medidas que ya se hacen el sistema sanitario, pero que a módico precio, inferior al que otros profesionales piden, por supuesto, y más rápidos, podrían ser una fuente de negocio. Sería como el low -cost de la atención sanitaria, un Farma- Ryanair. Nuevamente estaríamos ante otro producto de venta si a estos servicios no se le añade el valor cognitivo que no da el aparato, sea un tensiómetro, un aparato de rayos X o de medicina nuclear. No es el aparato el que da el valor sino el profesional que toma decisiones a partir de la información del aparato.

¿Y qué decisiones podría tomar un farmacéutico, qué podría aportar al sistema sanitario, que debería ofrecer que no se esté ofreciendo ya y que impacte de forma trascendental sobre la salud de los ciudadanos? Pues algo que no está en ningún aparato ni en producto alguno; algo que está, o deberá estar, en su cabeza y en su corazón; algo que no se compra por leasing ni por renting; algo que sólo lo genera un cuerpo de conocimientos y una práctica basada en una mirada diferente hacia un problema real, de la sociedad y no imaginario o relacionado con el interés particular de un gremio que se resiste a cambiar.

CONTINUARÁ

RECUPERAR EL PRESTIGIO DEL FARMACÉUTICO (III)

Autoestima_2Hace no mucho tiempo los tribunales dieron la razón a un farmacéutico sevillano que se negaba a dispensar anticoncepción de emergencia en su farmacia, aduciendo motivos de conciencia. Motivos de conciencia también tendrá nuestro farmacéutico madrileño que se niega a dispensar homeopatía en la suya, aunque es de suponer que por causas diferentes. Imagino que en el caso de mi paisano las que prevalecían eran sus creencias religiosas y en el de Madrid los argumentos científicos.

Pero hay algo más allá que subyace, y es cuál es el papel del farmacéutico en el proceso de atención sanitaria, y que justificaría, o por otro lado cuestionaría, la actuación de ambos farmacéuticos. Si nuestro rol se circunscribe a facilitar el acceso a la población de los medicamentos, los recetados por los profesionales legalmente capacitados o los no sujetos a la restricción de la receta, a menudo tan difusa y cuestionable, entonces nuestros dos colegas habrían cometido sendas infracciones, independientemente de sus creencias religiosas o pareceres científicos, porque la ética y la ciencia se circunscribirían a la del prescriptor y a la del paciente; si por el contrario el farmacéutico se considera un profesional experto en medicamentos, con capacidad para tomar decisiones sobre la farmacoterapia, de conciencia o científicas, entonces estaremos hablando de otra cosa y el farmacéutico sería un actor más en cuanto a argumentación científica y moral. Y aún más: si en el primer caso el farmacéutico es un mero distribuidor, la pregunta es para qué necesita la sociedad un farmacéutico en ese puesto; y si se trata del segundo caso, habrá que facilitar la libertad del farmacéutico para que pueda actuar con argumentos científicos en defensa del paciente, esto es, habrá que acabar con el pernicioso sistema de percepción de honorarios basados en márgenes comerciales.

Me hace mucha gracia que se le exija al farmacéutico que actúe con honorabilidad y en defensa de los pacientes cuando su sistema de remuneración lo hace ser el brazo alargado de la industria y el negocio farmacéutico. Cuando además sesudos periodistas especializados en salud, profesionales y políticos así lo exigen, quizás sea que no todo el prestigio está perdido, pues esperan del farmacéutico lo que no esperan de cualquier otro profesional, sea de la salud, el comercio o el armamento nuclear. Ni siquiera de ellos mismos. Seamos coherentes con lo que exigimos a los farmacéuticos, ¿no les parece?

Un cambio en el modelo de remuneración sería una condición necesaria para el cambio y posible recuperación del prestigio profesional, pero no suficiente. Porque el siguiente aspecto, aspecto esencial, será el para qué se hace ese cambio. Y su único sentido sería para resolver algún problema que la sociedad tenga con los medicamentos, y hacerlo con una propuesta mejor que las ya existentes. Porque el cambio no va a ser para lo que a nosotros nos parezca ni en la forma que nos parezca, ¿no? Las profesiones no son otra cosa que servidoras de la sociedad, y no un fin en sí mismas.

Seguimos

CONTINUARÁ

La imagen se tomo de http://www.namagazine.es