DESDE LAS CLOACAS

Regreso hoy por la tarde a la farmacia. En la calle que ejerzo, la que en apenas 400 metros comunica la clase media alta con el barrio más pobre de España, solo quedamos abiertos una droguería, un supermercado, la farmacia de Sarah y la nuestra. La herboristería que teníamos al lado cerró sus puertas de manera definitiva y la panadería ha decidido no abrir por la tarde.

La calle Marqués de Pickman es por la tarde la boca del lobo, como el kilómetro que tengo que recorrer a la ida y a la vuelta. La semana pasada me paró cuatro veces la policía, dos el mismo día, pero en esta aún no me he estrenado. Tampoco pasa nada, cumplen con la importantísima obligación de evitar que nos saltemos la disciplina social, esencial si queremos salir pronto de esta situación, pero uno no está acostumbrado a que le pidan la documentación por la calle.

Son días tensos, porque la actividad de una farmacia que atiende a personas con tratamientos farmacológicos crónicos no cesa y hay que aumentar las precauciones higiénicas. Limpieza exhaustiva del local, lavado de manos, orden en la atención… Mucha disciplina en suma, porque se atiende a una población muy vulnerable, frágil a la hora de poder contraer una enfermedad grave por Coronavirus. Mucho más que el riesgo de ser infectados por los usuarios, temo el contagiarles yo a ellos, y creo que eso es lo que precisamente no acaba de entender el cada día más demacrado señor Simón, que en la noche del lunes se despachó a gusto con nosotros al descartar el aprovisionamiento de mascarillas a las farmacias, porque el riesgo que asumimos es inherente a nuestra actividad.

Pasada mi indignación inicial, entendí que el riesgo que asumíamos todos los españoles era tener a gente con poca calle al frente de responsabilidades así. Gente que vive pegada a un ordenador, a una estadística, para los que las personas son meros números, variables estadísticas que cabemos en un programa SPSS; gente en suma, alejada de toda variable cualitativa como la empatía, para la que la sensibilidad únicamente es un porcentaje de verdaderos positivos de una enfermedad en un estudio clínico, aleatorizado, por supuesto. En suma, nada que ver con lo que la gente de la calle sabe que es tratar de entender el sufrimiento y los miedos del otro. Aunque sea farmacéutico.

Algo más tarde comencé a escuchar las voces, los tuits, mejor dicho, de compañeros también indignados. En este caso no pude evitar sonreírme por el corporativismo que floreció (estamos en primavera) para reivindicar un papel como profesionales sanitarios, algo que pocas veces reclamamos con nuestros actos desde su actividad diaria. Pero también comprendí. Intento tener sensibilidad y especificidad, quiero ser un buen dato y no un outlayer de esos que joden los estudios y hacen fruncir poblados entrecejos de epidemiólogos como el señor de apellido de vino peleón como yo.

A los farmacéuticos, en esta crisis nos están pidiendo cosas que debemos dar, porque todos tenemos la obligación de ir más allá de lo que hacemos, porque la situación no se superará sin un esfuerzo extraordinario de todos los ciudadanos más allá de lo imaginable. Habrá que ir al domicilio de pacientes vulnerables, habrá que colaborar en la liberación de los centros de salud de tareas meramente administrativas, o postergables, para garantizar el acceso a los medicamentos de los pacientes crónicos. En realidad, y debemos ser conscientes de ello los farmacéuticos, lo que se nos está pidiendo, aunque no lo sepan ni los que nos niegan las mascarillas, es que nos hagamos cargo del grueso de la atención primaria de este país. Y tenemos que hacerlo bien si es que en el futuro, cuando las aguas vuelvan a su cauce queremos asumir más responsabilidades en la tarea cotidiana. Por supuesto que no debemos pedir remuneración económica por ello, faltaría más, pero al menos, sí que mereceríamos una mísera mascarilla. Aunque no la paguen ellos, aunque una vez más tengamos que apoquinar de nuestro bolsillo. Pero una mascarilla, sí, por favor. Porque, señor Simón, las actividades que estamos realizando en este momento, y las que vamos a realizar porque nadie la hacía ni la hace, no son inherentes a nuestra actividad profesional. A menos que, y no sería usted el primero que piensa así, y en realidad no he conocido a nadie que piense lo contrario aunque se calle, nos considere que somos la cloaca del sistema sanitario, el agujero negro que tiene que soportar en silencio todas las inmundicias que genera sus imperfecciones, su arcaica estructura piramidal y su no menos caducado médico-centrismo.

Sé que esto que he escrito no servirá para nada. Todo lo más, para el retuit por parte de profesionales que ni antes ni después se plantarán para salir de las alcantarillas, donde todos sabemos quiénes mandan. Un retuiteo corporativista para que todo siga igual, pero esa es otra historia que lleva ya demasiado tiempo escribiéndose, y sin mascarilla. Al menos me ha servido de desahogo. Para seguir vivo en la trinchera. Para resistir. Para continuar soportando las decisiones de quienes no ven más allá de la pantalla de un ordenador. O de un calendario electoral. Vaya país. Continuemos en la boca del lobo, resistiendo desde las cloacas.

APLAUSOS

La tarde del primer lunes de estado de emergencia la ciudad era un sepulcro al aire libre. El cielo azul plagado de nubes blancas y las flores de esta primavera impaciente lucían ajenos a los miedos que los seres humanos albergábamos en la pequeña superficie del planeta que yo recorría. La amplia avenida que conduce a la farmacia en la que trabajo era un desierto de asfalto en el que apenas se podía divisar a lo lejos un autobús de la empresa municipal de transportes, y sin que tuviera certeza alguna de que no se tratase de un espejismo.

La tarde fue muy tranquila en la farmacia, nada que ver con la intensa mañana. El sosiego que se respiraba puertas adentro me permitió ordenar pensamientos delante de la pantalla del ordenador. Al igual que hoy martes, que de nuevo tengo el privilegio de hacerlo. A ver qué sale.

A pesar de que apenas tuve trabajo cerré más tarde de lo estipulado. Una clienta de toda la vida, limpiadora jubilada de uno de los hospitales de la ciudad, apareció a última hora como en ella es costumbre, cargada con las tarjetas sanitarias de la amplia y enferma familia que la tiene para que le saque las castañas, y lo que no son castañas, del fuego. No me importó mucho, al fin y al cabo, es de lo que vivo y tampoco tenía yo otra cosa que hacer, a pesar de que ella ahora tiene todo el tiempo del mundo para venir en un momento más oportuno.

Con ella me dieron las ocho, la hora de cierre, y la buena señora, al escuchar los aplausos que la gente dirigía desde balcones y ventanas a los profesionales sanitarios, me dio la espalda para unirse a la celebración junto a nuestros vecinos, en un momento emotivo como pocos en el día, de agradecimiento a quienes se están dejando la piel por los enfermos. No pude evitar sonreír ante la evidencia de que de mí no se acordaba.

Soy sincero si digo que no me importó, porque creo que ese aplauso nos lo debemos todos. Porque todos, trabajando o confinados en los domicilios, tenemos una misión muy importante que cumplir en esta crisis. Porque nada podrían hacer los profesionales de la salud si las personas no fueran responsables. Nada. Y por ello acabé riéndome solo cuando se fue, cuando al fin pude cerrar con retraso.

De regreso a casa caminaba tranquilo, sin prisa, por la amplia avenida, de nuevo sin tráfico. Tampoco había un alma caminando por la calle. Las ventanas iluminadas de los edificios mostraban dónde estaban aquellos que otros días abarrotaban esas calles tan comerciales del barrio que estaba recorriendo. Los imaginé juntos alrededor de una mesa. Me emocionó contemplar las luces de las casas, me sentí parte de esas familias que también, como yo, como todos, estábamos haciendo lo que teníamos que hacer.

Continué mi camino a casa por el trecho más oscuro de la avenida, junto a los hermosos árboles que acompañan su recorrido. Quién sabe por qué razón, me acordé de cuando estuve trabajando como voluntario en la ciudad congolesa de Goma, fronteriza con Ruanda, durante la guerra entre hutus y tutsis de 1994. Recordé las noches en las que regresaba solo del almacén donde preparábamos la medicación con la que atendíamos a las personas que habitaban el campo de refugiados hutus de Mugunga, en las afueras de la ciudad. Rememoré aquellas travesías nocturnas que a veces, pocas, para ser sincero, no tuve más remedio que hacer, en las que quizás era yo el único hombre blanco que iba a pie en medio de la muchedumbre que rondaba aquellas avenidas también plagadas de árboles. Caminar entre la gente era algo desaconsejado por peligroso. Los blancos desaparecíamos de los campos de refugiados y de las calles en cuanto anochecía, a eso de las seis de la tarde, pero que el hecho de que no hubiera coche para regresar con más seguridad no era excusa para cumplir la parte que a me correspondía realizar. Y lo hacía con gusto.

Aquel era un trabajo oscuro, y no porque fuera de noche sino porque lo poco visible que resultaba para quienes se quedan en la imagen fija de la televisión, con su negrito enfermo y su blanquito curando. Pero, insisto, había que hacerlo, y yo me sentía muy orgulloso de que, visible o no, una pequeña parte de la responsabilidad de hacer que todo funcionase dependía de mí y lo hacía de la mejor manera que sabía. Y me sentía muy feliz por ello.

Quizás fuera ese paralelismo, ese recuerdo de aquello que sucedió veintiséis años atrás lo que terminó por emocionarme. Formar parte de un todo que rema en la misma dirección. Saber que la misión excede el esfuerzo y la capacidad de cada uno, pero que entre todos estamos haciendo lo que hay que hacer. Qué más da que te aplaudan. Qué puede haber más grande que saber que también tú eres parte del camino. De un camino común y compartido. Y cuanto más numerosos son los caminantes, más grande será el triunfo. Un triunfo que nunca podrá llegar sin la participación de todos y cada uno de nosotros.

CORONAVIRUS Y FARMACIAS

El pasado 11 de marzo, el gobierno italiano decretó el cierre de todos los establecimientos salvo tiendas de comestibles y farmacias. Es obvio que a día de hoy en España la crisis coronavírica no ha llegado, al menos todavía, a las cotas que ha alcanzado en Italia, pero no se puede descartar que las medidas que allí se toman, aunque solo sea por el procedimiento habitual de contagio, acaben por implantarse aquí. Así que pongamos nuestras barbas a remojar, aunque sea en alcohol, por si las moscas, o por si los virus, mejor dicho. Si es que lo encuentran fuera de un bar, claro está.

De lo que voy a escribir compete a farmacias, pero también a la población en general. Y tiene que ver con las prescripciones electrónicas de las que fuimos pioneros y con las que un día nos engatusaron diciendo, cuando nunca fue verdad, que sería la herramienta que nos integraría como profesionales en el sistema sanitario. Cómo nos la metieron doblada unos y otros, los nuestros y ellos, que también deberían ser los nuestros.

La receta electrónica no ha sido más que un intento de desahogar las consultas de atención primaria, de alejar a los pacientes crónicos del control y seguimiento de sus tratamientos y enfermedades. Con un máximo de prórroga de la medicación, sin control alguno, de hasta un año, al menos en Andalucía, la realidad es que hoy en muchos centros de salud basta con llamar a un teléfono determinado para obtener una prórroga automática de… ¡correcto!, un año más. Ese es el control que se hace, con total impunidad. Pero la entrada en el blog no va de esto. El título habla de Coronavirus, y hasta ahora no he hablado de él. Esperen, que sigo hablando de la receta electrónica.

Debido a la variedad de pautas posológicas y de formatos en los medicamentos, no todos los envases que ha de utilizar una persona salen disponibles el mismo día. Sí, el paciente no tiene que volver al médico, quizás en su vida si toca la tecla adecuada y no le importa morirse cuando le llegue su hora, la coartada de uso más frecuente frente a la ineptitud. Pero a la farmacia puede que tenga que acudir todos los días. Y ahora entra el Coronavirus en el artículo. Lávense las manos y póngase la mascarilla antes de continuar.

A propósito, un inciso, un espacio para la publicidad:

En una farmacia de la Carretera Su Eminencia de Sevilla, uno de los barrios más pobres de la ciudad, venden un pack protector frente al Coronavirus, que incluye una mascarilla, extraída por las manos del profesional que luego te cobra de una caja a granel, más un envase de gel hidroalcohólico de manos, al irrisorio precio de 20 euros. Creo que está siendo todo un éxito la promoción en esa zona de Sevilla esquilmada por la pobreza, la exclusión social, y también por su farmacia, que no puede quedarse atrás. Grandes profesionales de la salud esta gente, atentos siempre a las necesidades de sus vecinos. Seguro que llegan lejos.

Hablaba del Coronavirus, y al principio citaba el ejemplo italiano. Pero es que hoy 12 de marzo nuestro presidente Pedro Sánchez ha aconsejado tras el Consejo de Ministros extraordinario que no se salga a la calle salvo lo imprescindible, en especial los pacientes de riesgo. O sea, estas personas que son enfermas crónicas y que, aunque jamás vayan a volver a ver a su médico, necesitan ir cada día a la farmacia a ver si le ha salido la pastilla que les queda de su tratamiento.

¿Alguien está pensando en la Consejería de Salud flexibilizar a los pacientes crónicos el acceso a su medicación para evitar que durante esta crisis tengan que salir de su casa todos los días a guardar colas en las farmacias con otros enfermos potenciales o reales?

Me temo que no, ojalá me equivoque. Pero esta también debería ser una medida a considerar si se pretende minimizar el contacto entre personas de riesgo. Lo dejo ahí. Espero que les interese. Y si no, me queda el consuelo de haberles facilitado una pista donde, si les sobra 20 euros, pueden encontrar a unos profesionales atentos a sus necesidades. Al fin y al cabo, ¿qué son 20 euros si ya no van a poder ni salir a tomarse unas birras?

VAIS A MORIR TODOS

Apenas unas semanas después de tomar posesión el nuevo gobierno en España, casi con más vicepresidentes que ministros, seguimos sin saber si habrá cambios legislativos y si los próximos presupuestos contemplarán la finalización del copago de medicamentos para los pensionistas. Atrás quedan las adanistas propuestas de un partido político, que no salió elegido para formar parte de la coalición que dirigirá los destinos del país, de crear un laboratorio farmacéutico de titularidad pública, como si ello fuera posible sin tener que anexionarnos países como la India y  todas sus castas o la China de unos coronavirus que pronto también serán nuestros.

Resulta triste constatar que incluso la izquierda más a la izquierda a lo único que aspira es a mantener un sistema de titularidad pública, lo cual está muy bien, sin plantearse siquiera que este debería sufrir intensas transformaciones si es que aspira a garantizar el derecho a la salud de sus conciudadanos. Porque, si no peco de ingenuo una vez más, entiendo que un sistema público no es solo aquel que se responsabiliza de asumir los gastos en salud de la población, sino que aspira a otorgar el máximo de bienestar posible haciendo un uso responsable de los recursos económicos de los que dispone. Escribo esto y siento la bofetada de mi ingenuidad, pero continuaré.

Uno de los grandes problemas del sistema sanitario es su medicalización, porque es más barato dar un medicamento que el tiempo de un profesional. Se habla de copago o de laboratorio público pero nada de la complejidad y necesaria transdisciplinariedad que precisa hoy la atención a las personas. Estamos sensibilizados con la restricción del uso de antibióticos pero no de los antidepresivos y tantos y tantos medicamentos de dudosa necesidad, pero seguimos pensando y asimilando buena atención a su financiación, cuando son los malos resultados de la farmacoterapia los que producen elevadas tasas de mortalidad y morbilidad evitable. Al parecer, el problema de los medicamentos, un recurso terapéutico que produce una mortandad que quintuplica la de los accidentes de tráfico y cuyos efectos negativos producen que los costes de atención sanitaria, financiados por quien los financie, se tripliquen, se circunscribe a quién invita a la pastilla.

Que la atención hospitalaria esté medicalizada es lo normal, es el último recurso. Pero que la atención primaria se medicalice no debería serlo. Se consideran enfermedades circunstancias que no lo son con el pretexto de utilizar medicamentos, aprovechando el escaso tiempo del que también escasos profesionales disponen. Y si además, se da la circunstancia de que un medicamento, incluso bien seleccionado, es poco fiable en cuanto a garantizar su resultado, al usarse en conjunto con otros con los que a menudo comparte vías metabólicas, pasa lo que pasa, que entre todos la lian parda y producen el escenario en el que estamos, y al que políticos de cualquier ideología y la inmensa mayoría de los profesionales hacen caso omiso. Esto es lo que hay.

La sociedad precisa de más profesionales que se integren en el sistema, y uno que mire los medicamentos no como un recurso terapéutico, que para eso están los médicos, sino como causa de enfermedad. Alguien que con independencia se integre en el equipo para contribuir a la optimización de ese recurso terapéutico llamado medicamento y que, al provocar los daños que puede producir, solo puede optimizarse desde los resultados y no desde sus costes. ¿Capicci, farmacéuticos de atención primaria y demás detectives del sistema?

Este profesional podría haber sido farmacéutico, pero mucho me temo que habrá que crearlo. No de la nada, pero sí desde sus restos mortales parafarmacéuticos, de sus despojos. Porque desde dentro hace tiempo que la batalla está perdida. Están más preocupados por hacerse el harakiri que por refundar la profesión. Unos por mirar hacia otro lado y dedicarse a la falsa farmacia, otros por marear la perdiz jugando a las casitas sanitarias, y los del más allá, los que mandan, por ser un foco de resistencia al cambio, a un cambio que los pudiera dejar en fuera de juego (sin VAR profesional que lo atestigüe) y de sus prebendas varias, por muchos conocidas, por muchos silenciadas (Capicci también).

Aguardo con curiosidad los cambios que propone el nuevo gobierno y sus múltiples vicepresidencias. Pero mucho me temo que a lo máximo a lo que podremos aspirar será a continuar drogándonos a costa del erario público, por eso debe de llamarse estado del bienestar. Al menos me queda el consuelo de que quienes hacen todo lo posible por evitar mejorar los resultados de los medicamentos, con bastante probabilidad, tanto ellos como sus familiares y afectos, acabarán por ser víctimas de su negligencia. Y esto, ya que uno no se siente demasiado culpable de ello, me hace esbozar una sonrisa. Vais a morir todos, cabrones.

EL AÑO EN EL QUE LA CAGAMOS

No hace mucho publiqué en la revista El Farmacéutico un artículo en el que reflexionaba cómo habíamos cambiado en España en estos últimos veinte años respecto a lo que con ilusión denominamos Atención Farmacéutica, una práctica que luego, a lo largo de estas dos décadas, fue mutando tantas veces de nombre como fue necesario para no cambiar nada y hacer aún mucho menos. En esta entrada quisiera repasar aquella historia; señalar cuándo fue el momento en el que, en mi opinión, la cagamos de manera estrepitosa como profesión y dónde estamos en la actualidad.

Si veinte años han pasado del primer congreso sobre la disciplina, son dieciocho los que hace de diciembre de 2001, la fecha en la que se presentó el Documento de Consenso sobre Atención Farmacéutica, una publicación, en la que tuve participación muy activa puesto que fui miembro del panel de expertos que promovió la Dirección General de Farmacia del Ministerio de Sanidad, de ahí que tenga una cuota importante de responsabilidad, y lo que vaya a escribir como crítica también me atañe.

En mi opinión, aunque no fuésemos conscientes en aquel momento, al menos algunos, este documento dio paso a la derrota del farmacéutico comunitario en el anhelo de abordar la epidemia farmacológica y así contribuir a disminuir la morbi- mortalidad asociada a medicamentos. El texto publicado supuso cambiar una práctica orientada al paciente, la que entonces conocíamos como Pharmaceutical Care, a una amalgama de muchas y diversas actividades, luego desarrolladas en diversos documentos, grupos de trabajo, declaraciones y cantos de sirena, centradas en el farmacéutico, en sus necesidades y en sus limitaciones. Y en lugar de luchar por rediseñar la profesión para dar respuesta a los problemas de las personas que utilizaban medicamentos de forma crónica y a la complejidad farmacoterapéutica resultante, se optó por la dermofarmacia, una práctica cosmética para maquillar lo que se hacía y darle un barniz sanitario. O sea, a satisfacer nuestras propias necesidades y las de nadie más, como si solo nosotros existiéramos en el mundo.

Dicho en román paladino, como profesión pasamos de hacer el amor a masturbarnos. A título personal no hay nada que objetar si preferimos el onanismo a un buen polvo compartido. Pero cuando se trata de una profesión, construida como todas para resolver los problemas de los ciudadanos, sí que importa más. Mucho más, diría yo, porque una profesión no se construye hacia uno mismo sino hacia los demás, su misión es salvar, no sobrevivir a toda costa sin cambiar.

Como resultado añadido, el crítico y contestatario mundo de los farmacéuticos que soñábamos con cambiar la profesión fue inactivado, fagocitado por las estructuras de poder profesional, con una inestimable ayuda desde dentro de nuestro propio movimiento. ¿Se acuerdan de Viriato? Pues eso, aunque aquí Roma sí que pagó a traidores, o al menos dejó que ellos y ellas cobraran su parte. Y el problema es que matar a los mensajeros no acaban con el problema. Como todas las guerras civiles, esta microguerra civil no sirvió para nada, salvo condenarnos al pajilleo.

Por tanto, desde hace dieciocho años continuamos tocándonos donde no debemos, y dedicándonos a nuestras fantasías, porque un buen onanista ha de ser muy fantasioso. Y nos imaginamos el erótico mundo de los SPD, de las dispensaciones activas y cruzadas , e incluso las excitantes indicaciones y la llamada farmacia de servicios―  lo cual es realmente muy aconsejable , porque es muy importante que haya buenos servicios cerca de un onanista compulsivo― y toda una serie de apasionantes ocurrencias que al final siempre acababan en un acto, quizás placentero para nosotros, pero absolutamente estéril para la sociedad.

Ahora, dieciocho años después, el mundo del medicamento se ha hecho mucho más complejo. Infinitamente más, diría yo, porque la medicalización de la sociedad alcanza cotas insospechadas y ya no se trata únicamente de que los medicamentos ni alcancen las metas terapéuticas deseadas, sino que hay que discutir si son necesarias esas metas y esos medicamentos. Porque el medicamento está virando, y cada vez se aleja más de ser un instrumento para dar salud para convertirse en uno de dominación de la sociedad. ¿O no es cierto que desde la eclosión de los antidepresivos ya no hay revoluciones?

Dieciocho años después de aquel documento es más necesario que nunca un profesional que colabore en la disminución de la morbi- mortalidad asociada a medicamentos, un profesional que atienda su complejidad farmacológica y social, que sea el defensor de los ciudadanos en esta materia, con una retribución económica independiente a su comercialización. Un profesional tan alejado del que hay que resulta impensable que pueda surgir del que existe, por lo que tendrá que emerger como algo nuevo. No se cabreen, sigan tocándose.

POR QUÉ VOY A VOTAR A JAIME ROMÁN (Y IV)

Jaime Román, en el Care Center de su farmacia.

Cuando finalicé la penúltima entrada en referencia a las elecciones al Colegio de Farmacéuticos de Sevilla, escribí que iba a referirme en esta a los nuevos candidatos a la Junta de Gobierno de la candidatura antigua, en especial, por conocerlos, a María de la Matta y a Domingo Ortega, porque su inclusión en la lista me ha decepcionado. Creo que toman el estéril papel que un día cumplió Jaime Román, que mucho antes asumí brevemente yo, de personas con inquietudes que tratan de cambiar lo que no les gusta desde dentro. Al menos, eso quiero pensar. Ya me lo advirtieron a mí en una conversación inolvidable con un veterano farmacéutico; imagino que ya se lo avisaron a Jaime, y ahora siento que debo hacerlo yo, asumiendo el papel de aquel compañero al que no quise escuchar.

No es momento de dudar de vuestras buenas intenciones, el tiempo dirá si las eran, pero quienes tratamos de cambiar las cosas por dentro acabamos donde estamos ahora, fuera, después de servir para blanquear y atraer las voluntades de un sector joven de votantes que suele estar bastante desinformado. Allí se lleva mal sacar los pies del tiesto, las ideas propias, el pensamiento crítico. Y, al igual que las puertas giratorias quedan estrechas como ya se sabe, aquello de que quien se mueva no sale en la foto es dogma de ley, se esté dentro o fuera de la Junta de Gobierno. Cada cual sabe por qué da el paso para representar a la profesión, pero los que blanquean una candidatura han de saber que también ellos se manchan con la roña de los que los la integran.

Creo que en estas cuatro entradas, más que hablar acerca de por qué voy a votar a Jaime Román, lo que he hecho es decir por qué no voy a apoyar la de Manuel Pérez. Es cierto, he traicionado el título, aunque no lo es menos que cuando aparece una alternativa a lo que hay surge por el descontento hacia lo que hay. No obstante, creo que antes de terminar debo dedicarle unas palabras a quien, además de compañero, y a pesar de ello, como se suele decir, considero mi amigo.

A Jaime lo considero mi amigo, no porque pensemos y creamos en lo mismo, no porque no existan diferentes maneras de ver el mundo, sino porque es un tipo honesto a carta cabal, aunque por ahí lo hayan tratado de atacar de manera tan miserable. Al menos en mi caso, no busco amistades en quienes piensen como yo sino en aquellos que hacen cuestionarme mis creencias, los que me mueven el suelo por su forma de estar en el mundo.

Admiro a Jaime porque es íntegro, perseverante, paciente, tenaz. Jamás se rindió, como yo, ante la adversidad. Gane o pierda va a hacer una labor impagable por la profesión, porque contribuye a construir, verbo que sus enemigos no entienden. Además, es una persona que se deja aconsejar sin perder su criterio. Jaime es prudente, escucha y luego hace lo que honestamente cree que debe hacer. Una persona con criterio, el que se ha formado con muchísimos años de profesión, participando en órganos de gobierno de empresas, colegios, sociedades científicas y organismos internacionales. Jaime ha sido secretario de la Organización de Farmacéuticos Ibero- Latinoamericanos, delegado de su sección española; fundador de SEDOF, miembro de SEFAC, presidente de comités organizadores de Congresos, ponente en infinidad de ellos, incluso dentro de sociedades médicas; ha sido vocal de nuestro Colegio y lo conoce por dentro; y consejero en CECOFAR y la actual BIDAFARMA. A sus cincuenta años, ¿quién puede decir que no tiene experiencia?

Por ello mismo, por el profundo conocimiento que tiene de nosotros, Jaime consciente de que la profesión anda por los suelos, desprestigiada entre los profesionales de la salud, pero ama su profesión. La ama casi tanto como a su familia, otro baluarte en su vida.

Jaime es, además, un gran profesional, de los pocos que en este país trabaja y se compromete con los pacientes. Por eso no será, ni por edad ni por forma de ser, presidente para los próximos treinta años. Es más, tengo la certeza de que en cuanto la sucesión esté lista, volverá a su botica, a su espacio natural, a su barrio de San Julián. Con su gente.

Sé que no será fácil su labor como presidente, que cuando haga balance de su mandato es muy probable que sienta hasta una cierta frustración por no haber conseguido todo lo que soñaba. Me encantará escuchárselo. La política es el arte de lo posible, los cambios ni son fáciles ni rápidos, y es por eso que debemos instaurar cuanto antes otra cultura en este colegio.

Finalizo dirigiéndome a los farmacéuticos que pueden votar, en especial a los que se dejan ir, a los que remolonean, a los que piensan que da igual. No es cierto, no da igual. Y, sobre todo, no tengáis miedo al cambio. Tened miedo a lo que hay. El 7 de abril hay que salir a votar, a abrir las ventanas del colegio a través de las urnas. La elección es bien fácil, el debate se centra en quien está con vosotros o con quien está consigo mismo. Ya lo dije, tu voto no es inocente. Elige lo que quieres para ti, no te quedes en tu casa. Estás a tiempo. Dentro de cuatro años será demasiado tarde.

POR QUÉ VOY A VOTAR A JAIME ROMÁN (III)

Antes de continuar, he de aclarar que mis reflexiones no son más que las de un votante. Exclusivamente esas, las de un votante que, como dije el primer día, ha visto que años de trabajo para ayudar a transformar una profesión no han servido para mucho, y ello debido a sus torpezas, sin duda, y también, y eso es lo peor, a la firme oposición de quienes ocupan cargos precisamente para eso, para el bien común, y se dedican a la caza de todo el que pretenda sacar los pies de un tiesto que consideran suyo.

Dicho esto, en la entrada electoral anterior me referí a la mezcla de intereses personales y colectivos que nos condicionan el voto, y hablé de los míos. Desconozco lo que moviliza a otros votantes, a los candidatos a tomar sus decisiones, y por eso me gustaría hacer una serie de preguntas para que, si alguno de los que pensáis votar (votad, por favor, a quien creáis, a quien os dicte vuestra conciencia, pero votad) se las hagáis a los candidatos o reflexionéis acerca del tema. Porque muchas cuestiones no son de ideales, sino de la pasta que ponemos entre todos para que el Colegio funcione, para que los cargos elegidos se dediquen en cuerpo y alma, pues para eso les pagamos sustitutos, a defender nuestra profesión.

Hablando de sustitutos…

Comentan que Manuel Pérez, actual presidente del Colegio, en razón de su cargo y de su puesto en el Consejo Andaluz de Colegios, goza de sustituto y medio para desarrollar su importante labor, un farmacéutico sustituto a tiempo completo por parte del colegio provincial, y medio por el autonómico, fracción a la que han renunciado otros miembros del Consejo Andaluz que ya tienen sustitución íntegra en su Colegio provincial. ¿Es tan grande nuestro presidente que debe sustituir su labor un farmacéutico y medio pagado por nuestras cuotas? No hablo de legalidad sino de ética. A una persona la sustituye una persona; no hay más, no hay menos. ¿Es esto así? ¿Estamos de acuerdo en eso? Yo, particularmente, si esto es así, creo que no es moral y que lo justo sería pagar una sustitución. Y me gustaría que Jaime Román, si llegara a ser presidente, renunciara, se comprometiera, a jamás tener más de un farmacéutico sustituto.

He oído también que el vicepresidente Manuel Ojeda, del que cuentan también que cobra importantes honorarios como farmacéutico-piloto de las innovaciones informáticas que nos llegan, he oído, digo, que ha despedido a la farmacéutica, o farmacéutico, no sé, que tenía como sustituto con cargo a nuestro presupuesto, que en su lugar ha contratado a un hijo, y que la indemnización por despido la hemos pagado entre todos, con cargo a nuestro presupuesto, decenas de miles de euros. ¿Es así? Ojalá no lo sea, porque es probable que continúe siendo el vicepresidente de todos, y no me agradaría que nadie así me representara ni defendiera mis intereses (es un decir). Lo he escuchado de algún cargo más, pero ha sido solo una vez. Espero que no sea cierto y que, si lo es, retire su candidatura. Y si ganase Jaime Román, que tiene una hija que pronto será farmacéutica, nos garantice a todos que ningún familiar se contratará con cargo a nuestros presupuestos. No sé si será legal. Pero la ética…

Y regresando al presidente actual, que goza de sustituto y medio para ejercer su labor profesional, aquella que comenzó a compatibilizar con cargos gremiales cuando tenía veintinueve años, mucho más joven que el 95% de la candidatura de Jaime Román (atacada por joven, Dios mío, cuando Manuel Pérez, Pedro Sánchez, Juanma Moreno y tantos otros han llegado a presidentes  de estructuras más complejas con más de diez años de antelación que Jaime), hay otra cuestión que me preocupa: Previsión Sanitaria Nacional.

Nuestro presidente es consejero de esta compañía de seguros, antaño de profesionales sanitarios y hoy de universitarios en general, al igual que otros cargos relevantes de diferentes colectivos. Incluso dicen que se le busca acomodo allí la antigua presidenta de la FIP y del Consejo General, para que continúe luchando por nuestra profesión desde los seguros y previsión del riesgo. Según las cuentas que aparecen en la web, haciendo una somera división de la retribución agrupada que recibe el Consejo de Administración de la compañía, cada consejero ganaría una media de unos cien mil (100.000) euros anuales por formar parte del mismo, por ejercer su labor, dietas aparte. ¿Son ciertas estas cifras? ¿Ese dinero que se percibe, para un puesto al que difícilmente se accedería si no se tiene el cargo corporativo que se tiene, es un ingreso personal del presidente? ¿Lo dona al Colegio de Sevilla? ¿Seguiría siendo consejero mucho tiempo si dejara de ser presidente? ¿Tiene que ver eso con las continuas ofertas de seguros que recibimos de esa compañía, con los seguros que tiene acordado el Colegio? ¿Tiene relación con el expositor de seguros que hay a la entrada de nuestra sede? No lo sé, me gustaría saberlo, y que la respuesta fuera negativa, por el bien de todos. Porque no se trata de un tema de puertas giratorias, ni siquiera habría habido que atravesar puerta alguna. Es más, si se atraviesa la puerta giratoria podría perderse. Y me gustaría, si Jaime Román llegara a ser presidente, que renunciara a ocupar puesto alguno que no sea el inherente a su cargo profesional.

Bien. Llegado este punto, y para no dilatar más esta entrada. Tengo la sospecha de que, de ser ciertos estos rumores, el interés por continuar en los cargos no tiene sentido colectivo alguno, que el interés es continuar disfrutando de estos beneficios personales que, ojalá, y lo digo sinceramente, no sean verdad. Y que es por eso nos infunden el miedo a cambiar. El miedo, esa arma tan destructora para quienes no desean pararse a pensar. No tengamos miedo al cambio (el dinero de la Consejería de Salud lo cobra el Consejo Andaluz, no se le va a perder a la gente de Iniciativa Farmacéutica).

Que nos expliquen, que nos aclaren, que nos digan a la verdad. Y que si esta es la verdad, que se vayan. CONTINUARÁ.

P.D.: La próxima, y última entrada electoral prevista, se la dedicaré a los nuevos de la candidatura de Manuel Pérez, a los que blanquean con juventud y/o profesionalidad el más de siglo que en su conjunto llevan los pesos pesados de la actual Junta de Gobierno. Y en especial, a María de la Matta y a Domingo Ortega, por lo mucho que me decepciona que hayan entrado en ese juego.

El voto esta vez no será inocente. La culpabilidad, o responsabilidad, la introduciremos en una urna. O quizás no haya que pasar ese apuro y prefiramos votar por correo.

POR QUÉ VOY A VOTAR A JAIME ROMÁN (II)

La democracia implica poner en valor el deseo de la mayoría de una organización, decidir entre todos hacia dónde pilotar la nave y, sobre todo, a quiénes se lo encargamos. Esa es su grandeza, aunque a la hora de emitir el voto no sepamos lo que moviliza a tomar la decisión de cada cual, si es un interés personal o el colectivo, el que prima en la decisión. Asimismo, quienes se postulan como candidatos dicen siempre hacerlo en beneficio de ese todos que tan mal resuena en una era tan individualista como la que vivimos, a pesar de que más veces de las deseables sea un interés personal relacionado con el poder el que los movilice. Esas son las miserias de algo tan grande como la democracia, porque cualquiera, y menos mal, puede, o podría, acceder al poder, y eso enciende las ambiciones de muchos con intereses muy diferentes a los colectivos. Voy a dedicar las dos siguientes entradas en relación a las elecciones en el Colegio de Farmacéuticos de Sevilla a esos intereses, empezando, lógicamente, por los míos.

En lo personal, destacaría dos circunstancias a lo largo de mi trayectoria profesional, que marcan mi deseo de que la actual Junta de Gobierno deje de serlo, incluidos sus nuevos candidatos, a los que más adelante dedicaré también unas palabras.

Fuertes con los débiles. Débiles con los fuertes.

Corría el verano de 2005, hace ya casi catorce años, cuando por unas circunstancias familiares dejé de ostentar la titularidad de una farmacia, lugar en el que he ejercido siempre desde mis inicios y en el que he desarrollado toda mi actividad clínica, docente e investigadora, y obtuve una beca en la Universidad de Granada para dirigir tesis doctorales a farmacéuticos comunitarios. Como llevaba muchos años viendo pacientes (yo los veo, ¿sabes?) pensé que sería una buena idea tener una consulta legal en la que no perder mi experiencia clínica. Hablé con el director de un centro médico privado, le expliqué lo que pretendía hacer y le encantó mi propuesta, para que luego digan de los médicos. Era agosto, y en previsión de que no hubiera nadie en el Colegio para hablar el tema y hacer todo de forma escrupulosamente legal, redacté un escrito al que le di entrada en la institución, un escrito que al igual que otros a los que me voy a referir, igual que esos papeles personales de Jaime Román que airean, estará en el Colegio y que podrían pedir (doy mi consentimiento, a diferencia de Jaime, al que no le preguntaron) a la espero que Junta de Gobierno saliente. Tuve la suerte de encontrarme con el vicepresidente, obvio el nombre porque es el mismo desde entonces y desde antes, y le expliqué en su despacho lo que pensaba hacer. Me escuchó y me propuso acudir a una Comisión Permanente a explicarlo. Obvio dar detalles sobre el primer grado al que me sometieron, pero el resultado fue, de palabra, para no dejar rastro, supongo, y a través del gerente, que me quedaba sin seguro de responsabilidad civil porque iba a ejercer una actividad alegal. Como consecuencia de eso, tuve que ponerme en manos de un abogado, evidentemente no el colegial, y elevar una consulta al Ministerio de Sanidad para que reconociera mi actividad. La contestación también está en el registro colegial, lamento no adjuntarla ahora al encontrarme en Uruguay pero díganmelo si la quieren ver y, a partir del 19 de marzo, fecha de mi regreso, la subo (o pídanla a sus representantes colegiales). La respuesta del Ministerio de Celia Villalobos, la del decreto de los medicamentos caros, fue que no tenía por qué reconocerme nada porque lo que iba a ejercer estaba recogido desde 2003 en la legislación estatal sobre profesiones sanitarias. En este embrollo me metieron, y mi dinero que me hicieron gastar para mi defensa, por tratar de continuar aprendiendo para cuando regresara a la farmacia después de que terminase la beca de investigación que disfrutaba. La respuesta fue el silencio y en la consulta continué aprendiendo con los pocos pacientes que vi pero que me sirvieron para crecer como profesional. La respuesta fue el silencio.

Años después, antes de un congreso sobre enfermedades raras, eso lo recuerdo bien, quizás de 2009 o de 2011 (tampoco tengo aquí en Uruguay el registro de entrada, pero se puede obtener por las mismas vías que comenté con anterioridad), solicité una entrevista al presidente para entregarle un proyecto, desarrollar dentro del Colegio una Unidad de Optimización de la Farmacoterapia de carácter docente,  similar a la que existe de formulación magistral, con el objeto de enseñar a los farmacéuticos a ejercer la práctica de manera tutelada, de forma que pudieran llevar sus pacientes al Colegio y alguien experto, no yo, sino una de las farmacéuticas que trabajan en la institución a la que se formaría, formase al farmacéutico y ayudase a los pacientes con sus medicamentos. Era copiar la exitosa experiencia que habíamos implantado años antes en la ciudad argentina de Rosario de la mano de su colegio profesional y la Facultad de Farmacia. El presidente quedó en llamarme en cuanto pasara el Congreso. Aún no lo ha hecho.

En ambas situaciones, me movía ofrecer una práctica asistencial al servicio de los pacientes, y también, por mi faceta docente que ejerzo desde hace veintiún años, a los farmacéuticos. Ofrecer una experiencia personal en beneficio de un colectivo que podía ofrecer herramientas útiles y necesarias a las personas, más salud con los medicamentos en nuestro caso, el deber de cualquier profesional de cualquier sector de contribuir al desarrollo de la sociedad en la que vive. Sin duda que podrían haber pensado diferente, verlo de otra manera, pero nunca dijeron nada, jamás pude saber si estaba equivocado, porque la respuesta fue el silencio. Mientras tanto, la experiencia argentina, a pesar de sus crisis crónicas, ha cumplido diez años.

Amenazas y silencio, eso es lo que he recibido de una Junta fuerte con los débiles y débiles con los fuertes. Fuertes con farmacéuticos individuales como yo, que en cuanto salen respondones no los enfrentan sino que mascullan; débiles frente al poder, que día tras día socava el papel profesional y, lo que más duele a un profesional, en su retribución económica, visto el papel que cumple.

Hay un error de base en muchos colegios de farmacéuticos, el de que todos debemos crecer profesionalmente a la vez, que los avances profesionales deben ir a pasos que todos puedan dar. ¿Fue el colegio médico británico quien le pidió a Fleming que descubriera la penicilina, o el francés el que le pidió a Pasteur que desarrollase las vacunas? No, los cambios se consiguen permitiendo que la gente puntera en la profesión descubra nuevos caminos, y el papel que debería ejercer el colectivo es ayudar a conseguirlo y poner las bases para normalizar esos avances, diseñando un modelo ético para su ejercicio y un camino, incluido el retributivo, para que todos los demás tengan la oportunidad de asumir los cambios. Por eso no es verdad que la Junta de Gobierno actual con maquillajes blanqueadores vaya a cambiar nada. No sé si Jaime lo podrá conseguir, pero continuar por la misma senda nos llevará a perder cuatro años más, irrecuperables y, quizás con un precio muy alto.  

Como verás, hay cuestiones personales que me inclinan a desear que Jaime Román y su equipo de Iniciativa Farmacéutica venzan en las elecciones, pero en esas cuestiones personales estaba lo colectivo, el deseo de que una profesión como la nuestra se sienta orgullosa de paliar la pandemia farmacológica que sufre nuestra sociedad, buscando como fin el mejor resultado clínico posible de los medicamentos en los pacientes. Por eso, lo personal, con ser importante por el dolor que he sufrido, no tiene nada que ver con el anhelo de que el colectivo pueda cambiar. CONTINUARÁ.

P.D.: La siguiente entrada la dedicaré a los intereses de quienes ostentan nuestra representación para continuar en una Junta a la que muchos de sus integrantes accedieron hace más de treinta años. Como no sé mucho, lo haré a modo de preguntas. A mí no me responderán, pero puede que a ti sí.

POR QUÉ VOY A VOTAR A JAIME ROMÁN

Al fin, hay elecciones a la presidencia del Colegio de Farmacéuticos de Sevilla. Después de muchos años aparece una candidatura alternativa para dirigir el destino de los farmacéuticos sevillanos. No pasa esto desde que yo, allá por los finales del siglo pasado, en mi inocencia, pensé que los cambios se podían hacer desde dentro y me presenté en la lista en la que iban varios de los que hoy pretenden continuar aferrados a sus sillones, metiendo el miedo en el cuerpo al cambio a un colectivo, el farmacéutico, que durante decenas de años, las que llevan gobernando estos que pretenden seguir y sus antecesores, han visto degradarse su profesión año tras año, ley a ley, decreto a decreto, norma a norma.

Me siento moralmente obligado a escribir por qué voy a votar a la candidatura de Jaime Román, a Iniciativa Farmacéutica, pero esencialmente voy a hacerlo sobre por qué no voy a votar a la candidatura que encabeza Manuel Pérez. De la capacidad de Jaime, de su profesionalidad, del valor de su equipo, no tengo dudas. Ni tampoco de su honestidad, y lo digo por escrito, aunque haya quienes traten de echarla por tierra utilizando información confidencial a la que tienen acceso desde la posición que ostentan.

Soy un farmacéutico que un día soñó colaborar en la construcción de una nueva profesión, comprometida con las necesidades del paciente de hoy en relación a sus medicamentos, capaz de protagonizar y liderar la lucha contra la primera gran pandemia del siglo XXI, la farmacológica, y que ha visto cómo sus sueños se han ido al traste. Y se han ido al traste a buen seguro que por cuestiones de las que soy responsable, pero también por dirigentes profesionales como los que se ofrecen para continuar en la senda autodestructiva por la que caminamos la profesión farmacéutica. Por mis sueños, por mis luchas, por todo aquello en lo que creí, por la profesión que ejerzo, siento que debo escribir esto. Y lo voy a hacer por capítulos.

Después de esta introducción general, contaré algunas de mis experiencias con estos dirigentes que hoy os infunden el miedo, que se aferran al poder de cualquier forma, ya sea denostando a los contrincantes o blanqueando sus candidaturas con nuevas promesas que deberían pensárselo muy bien ahora que están a tiempo. Luego, me gustaría hacer algunas preguntas económicas, como esas puertas giratorias a las que los políticos acceden cuando dejan los cargos y que aquí parece que se utilizan sin necesidad de dejarlos; o aquellas otras cuestiones sobre las sustituciones profesionales que disfrutan algunos cargos y que pagamos entre todos, incluso al parecer, también las indemnizaciones por despido. Me gustaría saber si es verdad o no aquello que, sin información confidencial, se dice o aparece en previsoras páginas web de sanidad nacional.

Cada farmacéutico es muy libre de votar a la candidatura que desee. Ojalá que el 7 de abril haya colas de farmacéuticos y farmacéuticas para decidir nuestro futuro, que no se queden en casa y elijan entre continuar caminando hacia nuestra autodestrucción de la mano de personas que nos han traído hasta donde estamos, o dar un giro a nuestra profesión antes de que pueda ser demasiado tarde. Nos la estamos jugando, ellos de una forma y nosotros, el resto, de otra. No es momento de seguir quejándonos, sino de tomar las riendas de nuestro destino. Y el cambio no es posible liderarlo por quienes durante treinta años tuvieron la oportunidad de hacerlo y no lo hicieron. CONTINUARÁ.

La imagen está tomada de : https://www.nationalgeographic.com.es/animales/serpientes

LOURDES

Cuando escribo estas palabras, Lourdes lucha a brazo partido en un largo combate por apurar un tiempo más de vida. Los inviernos han sido cada vez más duros para ella y este, que ni siquiera ha comenzado cuando tecleo este artículo, tiene todos los visos de ser el último. Pero también lo fue el anterior, y el anterior a este, y… […]

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