LOURDES

Cuando escribo estas palabras, Lourdes lucha a brazo partido en un largo combate por apurar un tiempo más de vida. Los inviernos han sido cada vez más duros para ella y este, que ni siquiera ha comenzado cuando tecleo este artículo, tiene todos los visos de ser el último. Pero también lo fue el anterior, y el anterior a este, y… […]

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EN AVANZADO ESTADO DE DESCOMPOSICIÓN

Que yo sepa, las instituciones profesionales que agrupan a quienes ejercen en un sector tienen por objetivo fortalecerlas. Sin afán de ser exhaustivo, se me ocurre que ayudar a construir mediante lo colectivo aquello que no se pueda conseguir de manera individual, es un buen propósito; hacer progresar a sus integrantes, facilitando el acceso al conocimiento innovador y a las prácticas más novedosas, también entra dentro de su misión; y qué decir de hacer llegar a la sociedad esos progresos, y de esta forma contribuir a su avance, a que el ser humano tenga una vida mejor gracias al modesto aporte que cada profesión pueda ofrecer. El hombre como especie es un animal de manada, y como tal cada individuo lleva en su naturaleza, o debería llevar, más bien, el cuidado de lo colectivo, el bien común, como forma de progreso, llámese ese colectivo estado, profesión o cualquier otro tipo de agrupación de diferente tamaño y orientación que se nos ocurra.

Dicho esto, encuentro unas jornadas farmacéuticas en las que los ponentes son este torero y este aristócrata, presentador y cantante (leo lo que dice el folleto de presentación convenientemente cortado) que aparecen en la foto. Que me guste o no el aristócrata, cantante, presentador, y puntos suspensivos, como profesional nada tiene que ver con lo que escribo, al igual que yo pudiera ser aficionado o no a los toros. La cuestión es si los ponentes de unas jornadas farmacéuticas deben ser un torero y un personaje público que poco tienen que ver con los avances y los retos que debe asumir una profesión que se descompone, y lo hace a la progresiva velocidad que marcan las instituciones que la representan.

Hubo una época, demasiadas décadas atrás, en la que las instituciones profesionales farmacéuticas hacían lo que se les suponía que deberían hacer todas, ayudar al progreso. Hoy, sin embargo, en este proceso largo de descomposición que llevamos, no solo no lo hacen sino que son una auténtica rémora, unos dedicados a la caza de brujas y otros a traer cantantes y toreros a jornadas profesionales, quizás para que demos los últimos capotazos al futuro mientras se produce nuestro canto del cisne. Y es que, cuando algo se descompone, son los microbios los que gobiernan, los que campan a sus anchas. Y, desgraciadamente, no estábamos vacunados.

P.D.: Inviten, por favor, al presidente de las enfermeras a las jornadas. Seguro que cambia de opinión y se queda más tranquilo.

FARMAREBAJAS

Veo este escaparate y recuerdo al presidente de las enfermeras opinando sobre la farmacia comunitaria. No sé, imagino que no, si habrá pasado por esta calle, aunque tampoco importa mucho. Si fuera la única que está de rebajas, tendría un pase, pero no. Farmacias de rebajas hay muchas y lo peor es que no solo en enero. Mientras unas intentan luchar por adquirir más responsabilidades, tan necesarias, por cierto, en el equipo sanitario, muchas permanecen de rebajas durante todo el año. Y desde hace muchos, muchos años. De rebaja profesional, claro. Y ya no están siquiera por los suelos, como anuncian las rebajas de otros “establecimientos”, sino que ya han horadado todas las capas del terreno que nos enseñaron en la indispensable asignatura de Geología.

Veo este escaparate y me pregunto por qué los dirigentes de Colegios profesionales callan ante la imagen que dan farmacias como esta. ¿Será porque algunos de sus miembros tienen escaparates similares en sus oficinas? Ni lo sé ni voy a perder el tiempo sabiéndolo.

Me pregunto también por qué esos representantes que elegimos, ay, para dirigir los Colegios de Farmacéuticos, y sé lo que me digo, hacen cazas de brujas con los que intentamos aportar dignidad a nuestra profesión, y en cambio miran para otro lado ante imágenes como esta, que tiran por tierra cualquier esfuerzo en el camino de ser auténticos profesionales comprometidos con la salud de los pacientes, esos conceptos con los que se llenan la boca a la hora de cacarear en público, pero que de lejos se ve que no es más que un discurso para mantener un estatus en rebaja. ¿Un estatus profesional en rebajas y uno personal en alza?

Falta poco más de año y medio para que se celebre en mi ciudad el Congreso de la Federación Internacional Farmacéutica (FIP), esa entidad que preside una gran experta en caza de brujas. Aún nos quedan tiempo para que llegue, y varios periodos de rebajas para arrastrar por los suelos a la profesión. Ojalá en las próximas elecciones podamos arrojar fuera los excedentes de stock y comencemos limpios.

LA ARTROSIS DE MARADONA

La artrosis es una dolorosa enfermedad degenerativa de las articulaciones, en la que la edad y el sobrepeso juegan un papel muy importante. Si, como en el caso de Diego Armando Maradona, la profesión aumenta el riesgo por el sufrimiento de las rodillas, podremos explicar de forma muy clara las causas por las que el ex futbolista argentino padezca un problema así.

La artrosis es una patología que en mi opinión es paradigmática de cómo se están abordando muchas enfermedades en los sistemas sanitarios, muy centrados en los productos, poco en la capacidad de los diversos profesionales, y aún menos en las de los pacientes. A pesar de que el incremento del ejercicio físico y la disminución de peso constituyen el tratamiento principal, para lo que se requiere tiempo en los profesionales y motivación en los pacientes, son los medicamentos, analgésicos y antiinflamatorios, los que más se utilizan. Medicamentos que únicamente pueden paliar, si llegan a conseguirlo, el dolor, pero que no regeneran la articulación ni resuelven el problema, por lo que se necesitan siempre, no resuelven nada y… producen efectos secundarios muy graves, como le ha ocurrido a la “mano de Dios”, mano que no sé si también sufre de artrosis en su muñeca o en los dedos.

Diego Armando Maradona, a buen seguro, ha sufrido una hemorragia digestiva asociada a los antiinflamatorios utilizados para su artrosis, efecto muy común que hay que controlar y seguir, prevenir con medicamentos antiulcerosos y, en todo caso, vigilar para que no se produzcan, tanto por parte de los profesionales (síntomas como debilidad y cansancio del paciente, controles analíticos para identificar si el hemograma puede indicar pérdidas de sangre, anemia, etc) como del paciente, al estar atento a un oscurecimiento de sus heces, por ejemplo. La más que probable falta de control, la ausencia de seguimiento, en el caso de uno de los personajes más conocidos a nivel mundial, ha llevado a que el futbolista permanezca ingresado en el hospital hasta que pueda resolverse el problema.

El caso es sangrante, y no solo por los efectos sobre la salud y el estómago de Maradona, sino porque revela qué grado de control y seguimiento tienen los tratamientos con fármacos en el mundo, lo que constituye lo que hace tiempo denominé como epidemia farmacológica, una epidemia que, a diferencia de la mayoría de las epidemias, no afecta a pobres, sino también a ricos y a personajes relevantes. Se me vienen a la memoria la muerte de Michael Jackson, creo recordar que también la de Elvis Presley, y hasta la del genocida serbio Milosevic en su celda: todos murieron por un deficiente control de los medicamentos que utilizaban.

En el caso del astro argentino pueden haber influido otros medicamentos, incluso actitudes vitales, que puedan haber agravado el problema. Manejar la complejidad de la farmacoterapia no es tarea baladí, necesita de un especialista que lo realice junto a la persona que los utiliza, y no solo carecemos de servicios de este tipo, sino que relegamos al medicamento, en todos los sistemas sanitarios, a un mero papel instrumental.

La farmacoterapia falla al no producir los efectos deseados, falla al producir efectos no deseados y falla también al utilizarse de forma incorrecta por el paciente. Las consecuencias, en claves de pérdidas de vidas humanas y en aumento del sufrimiento en las personas, es inconcebible, y éticamente inadmisible cuando se posee la solución al problema. Y perdonen el asco que siento al escribir esto. Asco ante quienes dirigen las políticas sanitarias y ante todos los que tienen la capacidad de dar respuestas.

Asco, porque se podría financiar la solución con los ahorros de evitar el problema. El tratamiento de la artrosis de Maradona puede costar, como mucho, cien euros mensuales. Sin embargo, cada día que pase en el hospital supondrá unos ochocientos euros…¡¡¡diarios!!! Está medido: cada euro que nos gastamos en medicamentos supone gastar dos más en paliar los problemas que producen. Por cada euro que invertimos en profesionales que palien la epidemia farmacológica, el estado se ahorra cuatro al evitarse ingresos hospitalarios y bajas laborales, entre otros gastos.

El caso de Maradona no es una excepción. Millones de personas, centenares, miles de millones de personas toman medicamentos en el mundo y el único control que existe es que los pacientes que sufren estos problemas puedan llegar a tiempo a un hospital. Urge hacer las cosas de otra forma, pero a buen seguro que nada cambiará. Su padre, su madre, sus hermanos o sus abuelos, quizás sus hijos, morirán de una forma bastante gilipolla, y los responsables de ello jamás irán a la cárcel ni les pesará en sus conciencias.

No solo Maradona tiene artrosis. También los sistemas sanitarios, públicos o privados tienen enfermedades degenerativas y sangran a borbotones. Al menos el futbolista acudió a urgencias, pero los políticos, ni siquiera están alarmados.  

UN PATRIOTA

El Dr. Fernando Quevedo, su esposa y yo, en el restaurante de la Marina peruana en el Callao, tomando un almirante.

Cuando pienso en las patrias pienso sobre todo en los patriotas, los seres humanos de carne y hueso que dan sentido a esa palabra, patria, que tantos usan los poderosos en beneficio de sus propios intereses, para blanquear sus actuaciones y hasta sus conciencias en beneficio de sí mismos.

Para mí, los patriotas son aquellas personas que piensan en lo colectivo, en lo de todos y no en lo de unos cuantos, las que renuncian al provecho personal para volcarse, dentro de las limitadas posibilidades de cada cual, en el bien común. Por eso veo tan alejados a muchos de los que se dicen patriotas de los que realmente lo son, y es que no basta enfundarse con una bandera para ser patriota. Es más, resulta bastante sospechoso, porque muchas veces la bandera sirve para ocultar lo que se hace tras ella.

Fernando Quevedo era, y desgraciadamente tengo que utilizar el pretérito como tiempo verbal, aunque podría decir que lo es si atendemos a la vigencia de su ejemplo, un patriota. Un científico, un investigador peruano y reconocido en el panorama internacional, algo que desgraciadamente ocurre tan de vez en cuando en este maravilloso país, que recorrió diversos países participando y encabezando misiones de la Organización Mundial de la Salud. Washington, Ginebra, sedes de la Organización Panamericana y la Organización Mundial de la Salud, respectivamente, o la Exposición Universal de Sevilla en 1992. Estos son algunos de los lugares y eventos en los que el doctor Quevedo dejó su impronta y prestigio, su buen hacer y su profesionalidad, pero no puedo decir que haya sido un patriota por eso, sino porque nunca olvidó de dónde vino y, sobre todo, porque un día renunció a ese brillante porvenir personal para regresar a trabajar por Perú a la docta casa de la Universidad Mayor de San Marcos, la más antigua de América. Y lejos de los falsos oropeles que da salir de su país retorno a él a enseñar a jóvenes compatriotas el camino de la excelencia.

Conocí, y comencé en ese mismo instante a admirar al profesor Quevedo en Trujillo hace catorce años. Inolvidable para mí fue aquella noche en la que quedé embobado ante la conversación a los postres con él y otros sabios profesores peruanos que me enseñaron el verdadero significado de la palabra cultura y también la pérdida que supone para nuestra especie la invisibilidad de personas como aquellas. Si amo Perú, sin duda es por haber tenido la suerte de haberme cruzado en la vida con seres humanos como José Juárez o Fernando Quevedo, y cito solo a ellos dos en nombre de tantos otros, y tantas otras.

Con el doctor Quevedo, que tanto apostó como visionario que era, por la apertura de la profesión farmacéutica a otros ámbitos alejados de los clásicos, aprendí y pasé también ratos inolvidables, escuchándolo. ¿Hay mayor lujo en la vida que poder escuchar a un sabio? Cuando miro hacia atrás en la vida, cuando pienso con tristeza si mi dedicación a la Atención Farmacéutica ha merecido la pena, no puedo evitar recordar a personas como el doctor Quevedo para afirmar que sí, que claro que sí, porque me dio la oportunidad de hacerme mejor profesional y mejor persona junto a personas de su categoría.

Descansa en paz amigo. Sueño por brindar con un almirante en tu memoria con nuestros amigos José Juárez y Armando Rivero, con José Jáuregui y José Aliaga, y también, cómo no, con nuestra Stefania Aiello, con la que cantaste aquello de Estelita, te llevo en el alma…

 Dicen que nadie está realmente muerto mientras haya alguien que lo recuerde. Te puedo asegurar que por lo que a mí respecta, y a muchas otras personas también, tu legado profesional y de afecto permanecerá muy vivo por mucho tiempo. Nadie como tú representa el verdadero significado de patriota. Cuántas desgracias se hubieran evitado en el mundo con más gente como tú.

UN ASCO. O VARIOS

Este mes de noviembre, nuestros pacientes y cuidadores que precisan de estabilizadores del ánimo inyectables con periodicidad mensual y alto coste nos han comunicado que a partir de ahora ya no vendrán a retirar la medicación en la farmacia, sino que directamente se la administrarán en su centro de salud, una medida que ahorrará mucho dinero al sistema público gracias a la centralización de compras y precios de concurso.

Nada que objetar a medidas económicas que beneficien a nuestro sistema público, el de todos, y más ahora, cuando nadie quiere pagar más impuestos e incluso muchos partidos prometen reducirlos, y de paso romper los servicios públicos para privatizarlos, al dejar de ser sostenibles, en beneficio de sus amigos, y que de ser derechos pasen a convertirse en oportunidades de negocio. Mantener o aumentar impuestos a los que más tienen solo lo defienden los podemitas chavistas amigos de Irán, de China (no, de China, no, que esos son amigos de los otros).

Los medicamentos, para todos los partidos, incluso podemitas chavistas, constituyen una partida que se considera como un coste de adquisición de productos en lugar de una tecnología sanitaria capaz de dar o quitar salud. De ahí que fraccionar la administración de medicamentos en hospitalarios, ambulatorios y comunitarios sea, en principio, una acertada gestión económica avalada por esos iluminados que son los gestores de salud. Qué asco.

Hace tiempo que se sabe, menos nuestros gestores sanitarios y nuestros políticos, que el mayor coste que producen los medicamentos no es el de adquisición sino el derivado de su inefectividad e inseguridad. Dividir la dispensación, no tener una política sanitaria a la consecución de mejores objetivos de salud con los medicamentos, no hará sino aumentar enormemente los costes sanitarios y sociales, además de cagarse encima del derecho a la salud de los votantes pacientes. ¿O se diría pacientes votantes?

Lo peor es que no tiene solución, porque esos políticos que dicen defender los derechos de los pacientes no lo van a hacer. Y también porque los representantes profesionales de los farmacéuticos, que no han salido a escena, o no con la debida fuerza ni mucho menos con el sentido de garantes del medicamento ante la sociedad, solo defenderán la pérdida de poder adquisitivo que se pueda producir.

Lo que decía, un asco. O varios a la vez

TRUCO O TRATO

Llego a la farmacia y me encuentro con este cartel de promoción por el que una cooperativa de distribución farmacéutica anuncia una oferta irrechazable para sus asociados, que podrán obtener medicamentos y diversos productos sanitarios con un descuento tan legal como atractivo. La cooperativa nos invita a atrevernos, a ser valientes… y comprar. Comprar para luego vender. O dispensar.

Hubo un tiempo en el que creí a pies juntillas que los farmacéuticos pretendían convertirse en profesionales de la salud, y que las cooperativas farmacéuticas, tan importantes para el gremio, ayudarían a que el cambio fuera posible.

Hubo un tiempo además que esta cooperativa que nos invita a atrevernos también se lo creyó, aunque la fe, cuando hay dinero de por medio, dura lo que un caramelo a la puerta de un colegio., se pierde en un santiamén.

Pues nada, amigos farmacéuticos, compren por Halloween. Una máscara típica de estos días representa como nada en lo que han convertido su profesión, una profesión sin vida, ni con uve ni con be. A unos les provocará risa, y a otros, miedo.

 Atrévanse, entierren su futuro a cambio de los caramelos que les ofrecen. ¿Truco o trato?

EL ASCUA Y LA SARDINA

Marc Márquez aconseja usar casco. La farmacéutica, género mayoritario en la profesión, aconseja utilizar bien los medicamentos, pero ¿quién defiende a los que los toman?, ¿quién se moja por ellos, ¿quién lucha de forma independiente para garantizar un derecho tan simple y elemental, tan simple y elemental que no está escrito en ninguna legislación, de que los medicamentos sean efectivos y seguros en las personas que no tienen más remedio que usarlos?

Sí, hoy puede que mueran tres mil quinientas personas en la carretera, pero hace tiempo que se sabe que los muertos por medicamentos triplican, y hasta quintuplican los fallecidos por accidente de tráfico. Solo cuatro de cada diez alcanzan el efecto deseado. Las consecuencias que se derivan son esas: entre diez y quince mil muertos diarios, y estados que triplican sus gastos de prestaciones sociales y sanitarias a pesar del despilfarro en medicinas (y en medicina también). Resulta lastimoso saber que esos cuatro medicamentos podrían ser ocho, ocho de diez, que se podrían ahorrar muchas vidas humanas y también, patriota, mucho dinero, pero no se hace.

Sin embargo, esto parece que a nadie interesa. Unos, nuestros políticos patriotas agitadores de diferentes banderas y sus funcionarios miran para otro lado, en un ejercicio de patriotismo. Otros, los profesionales, en lugar de erigirse en servidores de la sociedad, se contentan con servir a su amo (ya quisieran tener la dignidad de los perros y otros animales de compañía), o con preguntar eso tan patriota de “qué hay de lo mío”. Capaces de matar antes de que alguien toque algo de su parcelita de poder, sus exclusividades, aunque las exclusividades maten más que sus actuaciones profesionales.

Muchos denuncian hoy los males de la sanidad, pero pocos miran al horizonte. Es más, casi nadie mira más allá de su propio ombligo, por muy alejado que lo tenga. Su ascua y su sardina. Como lo que importa es el qué hay de lo mío, el que abomina de los crímenes de la industria farmacéutica se queda en eso, el que se dedica a la Farmacovigilancia con sus tarjetas amarillas y sus rams, el médico con su medicina y el farmacéutico mirando para otro lado, contando sus billetes en su jaula dorada por fuera y llena de excrementos por dentro, como todas las jaulas. Vuestra patria es vuestro ombligo, lleno de mierda por dentro.

Siento vergüenza cuando veo que las escuelas de salud pública no hacen esfuerzo alguno por investigar esta situación. También, y mucha, de los agitadores de banderas por ser capaces de matar por sus patrias, pero jamás de dar la vida por sus compatriotas. Y cuando salen agitadores como Spiriman a la calle y lo veo juntándose con ciertos farmacéuticos, no dejo de pensar en lo que cuesta movilizar a las personas para acabar dejándose engañar como chinos, como el chino que dicen que fabrica los medicamentos de las subastas andaluzas y que ahora resulta, el escándalo del valsartán ha aclarado mucho, que es el que todo lo maneja y lo fabrica. Al final, nadie mira el problema sino lo suyo.

Tres mil quinientos muertos diarios en las carreteras, casi quince mil al salir de las farmacias. Y no se os cae la cara de vergüenza. Malditos seáis. Al final os darán jarabe de vuestra propia medicina y os reventarán los gusanos. Con vosotros sí que haremos caja. De pino.

PATITOS FEOS O CISNES

Hay profesiones que miden la temperatura de la sociedad, que muestran la calidad de sus servicios, de sus instituciones. Podrían ponerse ejemplos para cada sector, aunque en el ámbito sanitario será difícil encontrar un termostato social más importante que la farmacia comunitaria.

La farmacia comunitaria es el patito feo del sistema sanitario. Lo ha sido desde hace muchos años, desde que los políticos    […]

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AMADO

Anoche murió Amado en Mar del Plata. Tenía noventa y dos años y hace casi diez que apareció con su hija Carolina por nuestra Unidad de Optimización de la Farmacoterapia. Carolina es una buena amiga, que hizo el camino inverso al de su padre, que emigró a Argentina de su Castilla natal, quizás en un barco como el de la foto, allá por los años cincuenta. Carolina está casada con Pablo, otro buen amigo, y de alguna forma ellos representan también los cambios sucedidos en mi vida a lo largo de la última década, ya que con Amado, el padre de Carolina, quizás llegara a mi cumbre como farmacéutico asistencial, y con Pablo acudo a la Universidad en la que es profesor para temas literarios.

Allá por 2009, Carolina acompañó a su padre a la consulta. Acababa de llegar a España y quería una segunda opinión acerca de lo que le pasaba, aunque eso solo lo supe más adelante, cuando le pedí meses después que me acompañase en mis clases de entonces en la Universidad de Buenos Aires. A Amado, su corazón le latía cada vez más lentamente. Su médico en Argentina le había advertido antes de viajar que, a sus ochenta y tres años, lo que procedía era implantarle un marcapasos después de visitar a sus hijos en esta patria tan madrastra con los que nacieron aquí sin mucho dinero.

Ajeno al diagnóstico de su médico, detecté que efectivamente su corazón latía lento, como consecuencia de utilizar un medicamento muy importante para él, pero que se podría sustituir por otro similar que se eliminaba del organismo por otra vía y dejaría de producirle ese problema. Se lo sugerí a su médico, cambió el tratamiento y Amado vivió, creo que sin marcapasos, hasta ayer, nueve años después de aquello.

Cuando Amado se presentó en la Universidad, les contó a los alumnos esta historia, de la que yo solo conocía el pulso lento, no lo del marcapasos. A raíz de aquel día, la primera vez que llevé a un paciente a la Universidad, la primera vez que comencé a dar clases de esta forma, a tumba abierta, sin trampas ni power-points, el caso de Amado me sirvió, además de para exponer cómo se pueden evitar efectos secundarios aprovechando las diferentes vías de eliminación de medicamentos, para explicar los impresionantes beneficios económicos y sociales de esta práctica asistencial, puesto que con una modificación del tratamiento que incrementaba su costo apenas un euro al mes, se había conseguido evitar la implantación de un dispositivo que costaba unos nueve mil euros y ahorraba una estancia hospitalaria que como media suponía unos setecientos euros al día. Esta charla que Amado me inspiró, llegó a muchos lugares, incluso creo recordar que se publicó como artículo científico, pero de poco o nada ha valido, porque la cobardía produce sordera y ceguera en quienes la sufren y deberían cambiar las cosas. Mucho me temo que pronto estará contemplada como enfermedad profesional entre los farmacéuticos, como la silicosis en los mineros.

Quiero pensar que en algo contribuí a que Amado viviera estos nueve años desde que lo conocí, como sé que vivió como su nombre indica, querido, muy querido, por Carolina y su hermano, por Ángeles, su mujer. Las veces que volví a verlo, cuando regresaba a visitar a sus hijos y sus nietos a España, sentí su afecto y tuve la oportunidad de conocer la dura vida que le tocó, desde ser un niño minero en su Castilla natal a conserje del hotel en el que, oh, casualidad, me suelo hospedar cuando voy a Buenos Aires, hasta ser empresario en Mar del Plata. Coraje de emigrante.

Pienso en Carolina y en su hermano, en la dureza de saber que su padre ha muerto tan lejos de donde están. Pienso en los emigrantes que cuando regresan de visitar a sus familias, no saben si esta vez será la última que los ven. Y también, aunque cada vez menos, pienso en esa España madrastra, tan comprometida con sus élites y nada más que con ellas; y en los farmacéuticos, tan poco dispuestos a tomar responsabilidades reales, no comerciales, con los medicamentos, y tan gallitos a la hora de entablar batallas dialécticas vacías contra sus fantasmas.  La vida es muy jodida.

Foto obtenida en:

http://www.condistintosacentos.com/percepciones-y-discursos-sobre-el-retorno-de-la-emigracion-en-la-espana-tardo-franquista-y-de-la-transicion/