HAY ESPERANZA

Son las ocho de la mañana del lunes. Cualquier hora es buena para leer un libro, y más en un parque tranquilo, en el que apenas están en ese momento los trabajadores, el que suscribe y su perro. Tan absorta está en su lectura que no repara en la mirada sorprendida de mi can, tan extrañado como yo de encontrar a alguien leyendo bajo la sombra, aún innecesaria, de un árbol.

Ella viste el uniforme de una empresa de limpieza, de esas que pagan sueldos miserables a mujeres que corren de aquí para allá a limpiar comunidades de vecinos, oficinas de empresas y lo que toque. Quizás no haya comenzado aún su jornada, o puede que su horario le dé un respiro. Sea como fuere, no está leyendo mensajes de WhatsApp o curioseando muros de Facebook. Es una novela la que la tiene absorta, ajena a la mirada de Coke o a mi fotografía indiscreta.

Me voy del parque sin haberla visto levantar la mirada del libro. Nada la importuna, ni siquiera la labor de los jardineros del parque, que en lugar de cuidar sus árboles y sus plantas no tienen más remedio que recoger las botellas, plásticos e inmundicias que nos legan nuestros hijos en sus botellonas de fin de semana.

Dejo al perro en casa, subo a mi bicicleta y me dirijo a trabajar. Poco después me encuentro de nuevo con ella, que camina junto al carril bici en dirección, como yo, del lugar donde se gana la vida. Y para allá va, con el libro atrapado en su mano izquierda, quizás deseando tener otro receso para continuar internándose en ese nuevo mundo que le ofrece la lectura.

Gracias, mujer desconocida. Me has alegrado la mañana, me has hecho sentir que mientras haya personas como tú, habrá esperanza.

NOSOTRAS

NosotrasDisfruto los días previos a la presentación de Tres mil viajes al sur de la lectura del libro Nosotras. Historias de mujeres del Polígono Sur, gracias a Pilar Vizárraga, presidenta de la Asociación de mujeres gitanas Akherdi, que me lo prestó el día en que nos conocimos. Un libro ya descatalogado, que coordinó el antropólogo Paco Cordero, y que es una joya.

Resulta conmovedora su lectura y frustrante a la vez. En un país acostumbrado a enterrar la memoria de los perdedores, como si éstos no constituyeran parte de esa patria que esos sepultureros dicen defender, conocer la lucha por la vida de las mujeres que llegaron al Polígono Sur, gitanas y payas, me concita ambos sentimientos. Cuánta pobreza,cuánta hambre, cuánto sufrimiento.

Y allí están, allí siguen, tras los muros. Encerradas entre el muro del tren y las vallas de Su Eminencia, entre el muro de Hytasa y las grandes avenidas que las aislan. Cuánto me gustaría que todos aquéllos a los que se les llena la boca con la palabra España cogieran un pico y una pala para derrumbar estas murallas. Mucho me temo que no lo van a hacer. Unas monedas de vez en cuando, o un festival benéfico en el que actúen de monos de circo, será suficiente para limpiar sus conciencias. Cuando éstas son cortitas, con cualquier limosna se quedan como patenas. Y que sigan los muros, para que continúe la fiesta.