UNA BH GACELA

BH GACELALa acompañé hasta donde había aparcado el coche. Se rió mucho cuando saqué la vieja bicicleta que meses atrás compré en la tienda de en frente, una BH Gacela de segunda mano que me costó setenta y cinco euros y que, a decir del vendedor, estaba muy cotizada entre los expertos.

― ¿Te parece muy ridícula para mi edad?

― ¡Qué dices! ―exclamó sin dejar de reír―. No esperaba menos de ti.

Había venido a verme muy estresada. Sabía que no era por mí. Estaba seguro, y así se lo noté mientras conversábamos, que la visita era un relax para ella, que deseaba escaparse al menos un rato de la empresa,  de ese lugar asfixiante y que sin embargo también amaba, en el que trabajaba desde hacía tantos años. Conforme hablábamos y diseñábamos el plan que teníamos en mente la sentí mucho más tranquila. La conocía desde hacía muchos años, desde que yo era directivo de su empresa y ella la empleada eficiente que siempre ha sido, que ha valido para mil cosas. Fue entonces cuando nos hicimos amigos, esa relación tan complicada de mantener, y más cuando durante muchos años yo fui directivo o cliente de la empresa y ella siempre una trabajadora.

Se hizo tarde y decidimos concretar por correo electrónico lo que habíamos conversado. La reunión no había durado mucho, pero habíamos avanzado mucho.

― Quiero agradecerte que hayáis contado conmigo y mi proyecto. Yo sé que esto no tiene que ver con el negocio principal de la empresa, pero espero que ayude a conseguir clientes en los nuevos mercados que estáis abriendo―le dije mientras caminábamos hacia donde había estacionado su coche.

― No digas tonterías―respondió, con cuidado de que el pedal de mi bicicleta no le hiciera una carrera en las medias ―. Tú sabes que en la empresa te apreciamos mucho. Ojalá hubieras dedicado tu inteligencia a ella. Iría aún mejor de lo que va.

― Ahora eres tú la que dice tonterías.

― Sabes que no es verdad―me interrumpió―. Yo siempre he admirado tu idealismo y tu valentía para luchar por aquello en lo que has creído. Y sabes que no soy la única que piensa así. Lo que pasa es que no estamos preparados para lo que tú propones. Eres un adelantado a tu tiempo y eso es duro.

Cuántas veces había escuchado yo eso, cuántos años luchando para seguir estando más o menos igual que al principio. Igual, ojalá fuera así. Viejo, mucho más viejo. Quizás no tanto en años ni en salud, pero  sí con esa edad en la que ya es demasiado tarde para algunas cosas, y en las que la ilusión se transforma en frustración ante el fracaso.

Doblamos la esquina y llegamos al lugar donde estaba aparcado su coche, un Lexus recién matriculado. Nos despedimos y quedamos en perfilar todo lo que habíamos pensado.

Esperé a que arrancara y la vi alejarse por la calle. Subí a mi BH Gacela y tomé el carril bici que me llevaría a casa. La luz apenas iluminaba el sendero por el que discurría, pero al menos serviría para señalar mi presencia. Volví a sentir dolor en la rodilla. Quizás la crema que me ponía no fuera suficiente.

DIEZ AÑOS

SURFue en enero de 2006 cuando comenzó todo. Había regresado de una estancia en la Universidad de Minnesota a finales de octubre. Nada más llegar, una amiga médica, voluntaria en talleres para mujeres en el barrio del Polígono Sur sevillano, me invitó a darles una charla sobre hipertensión arterial. Cuando llegué a la Parroquia Jesús Obrero, en cuyos locales iba a impartirla, no pude sino recordar a la Clínica de Philips de Minneapolis en la que había colaborado durante mi reciente visita a Estados Unidos. Y quise montar allí una hermana gemela a aquel centro de salud que la Universidad de Minnesota había implantado en los bajos de una iglesia, en el que los estudiantes de Medicina, Farmacia, Enfermería y Fisioterapia de la Universidad pasaban consulta junto a sus profesores, para atender a inmigrantes y personas sin recursos económicos. La fórmula era perfecta: los estudiantes adquirían experiencia clínica y conocimientos con pacientes reales, al igual que los profesores, y todos  hacían un trabajo de sensibilización hacia su comunidad.

Después de aquella charla impartida a finales de noviembre de 2005, le propuse a mi amiga montar una consulta de farmacoterapia y educación para la salud. Se entusiasmó con la idea y convencimos al párroco para empezar en enero del siguiente año. Ilusionado, hablé con los profesores del Master de Atención Farmacéutica de la Universidad de Sevilla en el que colaboraba, y también lo hice con los alumnos. Lamentablemente, ni en unos ni en otros encontré el eco que esperaba, pero empecé. Solo, como se empiezan todas las cosas.

SUR_2Y allí sigo, diez años después, y desde hace muchos años, acompañado, o acompañando a otros en la tarea. Hasta ahora no he conseguido que se pudiera convertir en una Cínica de Felipe sevillana, pero quién sabe, yo no me rindo. Pero al poco tiempo comenzamos a ser más. La primera que se incorporó fue Elisa, enfermera, a la que siguió Ana, médica. Muchas personas han entrado y salido desde entonces, de acuerdo a las posibilidades de cada cual: Antonia, Marian, Joaquín,  Josefina o Belén, como Elisa, ya no están, pero estuvieron. Y ahora, diez años después, Ana, Kawtar, Mila y yo continuamos trabajando en un proyecto que jamás imaginé cuánto me iba a dar, cuánto me iba a cambiar la visión de la vida. Por allí han pasado multitud de personas a aprender, alumnos de mis cursos, visitantes ilustres venidos de muchos países y lugares de España, y colaboradores que han estado mientras han permanecido en Sevilla: Patricia y Cinthia, de Brasil; Laura, de Barcelona…

SUR_3Y descubrí, descubrimos, el Polígono Sur. Sus raíces, su cultura, su dolor, la injusticia, y el inmenso amor que son capaces de dar muchas de las personas que viven allí. Experimenté lo que significa la exclusión social, aprendí. Muchas personas del barrio han colaborado estrechamente conmigo en la formación de profesionales farmacéuticos, y muchas también me han enseñado tanto de la vida, de sus verdaderos valores, que no puedo hacer otra cosa que darles las gracias por haberme acogido entre ellos. He aprendido que hay muchas cosas que el dinero te imposibilita apreciar y valorar, y eso sólo lo puedes aprender junto a personas de corazón abierto.

Han pasado diez años y sigo allí. Quién sabe por cuánto tiempo, porque esto es una tarea del día a día y así me la planteé desde el principio. La gente del Polígono Sur de Sevilla, la que te da lo que tiene, y la que tiene lo más grande que se puede tener. Gracias por estos diez años, qué más puedo decir que gracias. Hasta el miércoles.

UN TREN PARA HORODO KANA

HORODO KANAHoy desayuno con la noticia de que en Japón hay una línea ferroviaria que utiliza una única persona, una estudiante de diecisiete años llamada Horodo Kana, que reside en un pueblo de treinta y ocho habitantes y lo necesita para acudir al instituto. La línea se cerrará a final de curso, cuando Horodo finalice sus estudios y, quizás, vaya a la Universidad.

Cuando he visto en la televisión al tren acercarse a la solitaria estación en medio de la nieve, he pensado que querría formar parte de un estado como el que atiende a esta chica. Me da igual que sea más grande o más pequeño, plurilingüe o monolingüe. Al fin y al cabo, qué es el estado sino un acuerdo entre personas para juntos alcanzar a ser, sobre todo a ser, más que cada uno por separado.

De ahí que mi estado ideal no tenga fronteras definidas. Siempre estaría dispuesto a que sus habitantes decidan si ser más grandes o más pequeños. Mi estado ideal, sería aquel que se preocupa por sacar adelante a los menos dotados, a los más frágiles. Y también sería aquel en el que prevalezca la igualdad entre sus miembros para discernir de un modo justo en sus confrontaciones, que proteja la salud de todos, y que garantice la educación y el acceso a la cultura como medios para hacer a las personas más libres.

Por eso me gusta que haya un tren para Horodo. Un tren que no es rentable ni competitivo, que aumenta el déficit público y la prima de riesgo, pero protege, a través de los impuestos, el derecho a ser en plenitud de cualquiera de sus habitantes.

La foto se ha obtenido de http://www.taringa.net 

LA PACIENCIA

TropezarDosVecesConLaMismaPiedraHabía esperado mucho tiempo. Primero aguardó a saber lo que quería hacer con su vida. Después, cuando al fin lo supo, vinieron los impedimentos. El temor de la familia ante todo lo que fuera nuevo, la falta de confianza que tenían en ella, a la que continuaban viendo como la niña que hacía años que dejó de ser.

Luego vinieron los hijos; los pañales, la educación, las adolescencias. Todo estaba en su contra, cualquiera que no hubiera sido tan fuerte habría abandonado, pero ella siempre tuvo la paciencia entre sus virtudes y jamás abjuró de sus sueños. Desde que tuvo la certeza de lo que deseaba no le faltó entereza para aguardar su oportunidad.

El tiempo pasó y al fin le dio la oportunidad de cumplir sus deseos, de hacer realidad aquello que tuvo que guardar en un cajón hasta que llegara su momento. Y el momento llegó. Hace días que comenzó a recorrer el mismo camino que otros surcaron antes hasta el fracaso.

La imagen utilizada se tomó de http://www.calvoconbarba.com 

CON EL SUELO EN LOS PIES

CON LEL SUELO EN LOS PIESRegresó feliz del entierro. Incluso se atrevió a acercarse a la viuda y presentarle sus condolencias. La mirada ausente de ella no varió cuando le confesó la admiración que sentía por su esposo y lo mucho que le debían por su trabajo, tan luminoso como adelantado en el tiempo, él y los colegas a los que representaba. Quizás ella no le recordara, puede que ni siquiera le hubiera escuchado, ajena a todo lo que le decían. Por si acaso, pensó que lo mejor sería no quedarse más tiempo del aconsejable ante aquella mujer.

Las circunstancias de la muerte no podían menos que otorgarle la razón. Demasiado idealista, poco apegado a la realidad que él se negaba a aceptar, como si en la vida fuera posible cambiar el orden establecido. Idealista y peligroso, porque en los últimos tiempos había enfrentado incluso a las instituciones democráticamente elegidas, como la que él representaba. Si este país era una democracia, tenía que haber acatado el veredicto de las urnas, aunque fueran ya tres las legislaturas en las que sólo él hubiera dado el paso adelante para presentarse como candidato.

Un suicidio, sí. Era lo esperado, por su orgullo, por ser tan emocional, tan vehemente defendiendo lo que no tenía defensa alguna con los pies en el suelo. Mientras abría la puerta de su automóvil en el garaje del tanatorio, no pudo evitar una sonrisa por la maldad que acababa de pensar. Por no tener los pies en el suelo había muerto así, con los pies colgando a unos metros del suelo, en el salón de su casa.

Miró el reloj y se dio cuenta de que no iba sobrado de tiempo. Tendría que dirigirse a toda prisa a la sede. Ya sabía lo que le esperaba: firmar una serie de documentos, devolver unas llamadas inaplazables y atender un par de citas antes del consejo de última hora de la mañana, en el que iban a discutir una vez más los cambios que necesitaban para recuperar la credibilidad social perdida. Hoy ya no les dolería la cabeza, ni a él ni a sus consejeros, por las críticas, afrentas decía más de uno, del difunto. Aunque tampoco estaba muy seguro de que las cosas fueran a cambiar con la desaparición de este hombre, ya que ahora más que nunca se daba cuenta de que el consejo estaba minado de contestatarios y de gente con poca altura de miras, que nada más que le preocupaba su propio interés.

Al llegar a la sede aparcó en la plaza que tenía reservada para él. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que el garaje estaba casi desierto. Mientras recogía su chaqueta del asiento contiguo tuvo una idea luminosa: al iniciar el consejo pediría un minuto de silencio en memoria del suicida, desaparecido en circunstancias desgraciadas, diría. Y al final, en ruegos y preguntas para que la sorpresa fuera, les propondría institucionalizar un premio que llevase el nombre del finado, para reconocer a los colegas más significados.

Volvió a sonreír, no era para menos. Al fin y al cabo él accedió al puesto que ocupa por transformar la realidad. Siempre había compartido los fines con el fallecido aunque su forma de hacerlo, su estrategia a la hora de conseguirlo, había sido bien diferente, más con los pies en el suelo, como a él siempre le gustaba decir. Y después de tantos años seguiría siendo así.

La alegría le impidió controlarse al cerrar la puerta del automóvil, aunque luego respiró aliviado al comprobar que no había roto nada. Mientras se dirigía al ascensor dudó si posponer su idea y dejarlo todo con el minuto de silencio. Las elecciones estaban próximas y quizás la propuesta podría ser un gancho electoral de primera. Y se habrían disculpado, u olvidado tal vez, las circunstancias de la muerte. Porque, al fin y al cabo, el tipo era un contestatario y se había suicidado.

La imagen que ilustra la entrada se tomó de cachunbanbe.wordpress.com/2012/02