NOWHERE MAN, de Isaac Páez

RESUMEN. Fernando Bautista, un literato fracasado, poco antes de cumplir los cuarenta años, ha perdido todo: su familia, su patrimonio y, lo que es peor, la esperanza. Instigado por su amigo Roberto, inicia un periplo en busca de trabajo, y de un lugar en el mundo, que lleva al protagonista por Suiza, Alemania y Francia, en una huida de la que no se sabe bien de qué o quién se huye, y por tanto, y cito palabras del autor, nunca se tiene claro adónde ir.

He leído por dos veces esta novela de apenas 164 páginas en el espacio de poco más de una semana. La primera fue al conocer personalmente al autor, un sevillano de 1984, profesor de Historia en la enseñanza secundaria pública, y la segunda porque, después de felicitarlo por la extraordinaria obra que había escrito, no olvidemos que llego a ser finalista del Premio Nadal, el autor sufrió un impulso, con certeza nada meditado, de invitarme a presentársela en la librería Un Gato en Bicicleta el miércoles 27 de diciembre. Espero que las burbujas del cava, extremeño o catalán, él sabrá, que ingiera en fin de año le haga olvidar esta tremenda equivocación.

Cuántas veces se cae una novela en una segunda lectura. Afortunadamente, no ha sido así, sino todo lo contrario. Leyéndola, releyéndola, uno se pregunta por qué le gustan las novelas en general. Por qué cree que es una gran obra, cuáles son sus secretos, los que me gustaría no solo desvelar, sino también asimilar, para, al tratar uno también de escribirlas, intentar emular el talento de un escritor de apenas treinta y tres años, del que lo que he leído hasta ahora, prosa y poesía, en este corto espacio de tiempo, solo puedo contar gloria bendita.

Nowhere man es una obra magníficamente estructurada. Dividida en diez capítulos, Isaac Páez utiliza los tres primeros para hacer un retrato del escenario vital en el que se mueve el personaje protagonista y el comienzo de su huida. La primera parada será la localidad suiza de Widnau, y posteriormente ese viaje a ninguna parte le llevará por Lindau, en Alemania, Paris, Zurich y, supongo, que Sevilla. Resulta curioso que no recuerdo que Sevilla aparezca nombrada a lo largo de la novela, aunque se intuya que es su ciudad natal el principio y fin de la historia, así como tampoco el apellido del protagonista, Bautista, salvo en la solapa de la portada. El viaje a través de Europa, el motor más obvio que hace avanzar la novela, marca el proceso de evolución de un personaje, y se convierte en un auténtico correlato de la obra, porque estimo que el itinerario no es baladí sino intencional, ya que el intento de reconstrucción de la vida de Fernando se inicia con eso tan manido y clásico de meter en cintura al que fracasa, para así poder adquirir esa grisura de la humanidad, ese comer, dormir, beber y follar que constituyen la razón de existencia de una gran parte de nuestros convecinos y compañeros de trabajo, que muchos consideran éxito, y que tan bien retrata el autor en un pasaje relacionado con la muerte:

[…]La gente a la hora de morir es más indigna que nunca, hablan del arrepentimiento y del tiempo perdido, cuando lo cierto es que se pasan la mayor parte de sus vidas sin hacer nada, se dedican en exclusiva a encender la televisión, comer, procrear mal y pronto, fastidiar al prójimo y dejar que el día pase sin más[…].

Suiza y Alemania en mi opinión representan ese anhelo  de tantas personas cuyas vidas se asemejan, al menos a mí me lo ha parecido siempre, a las de un náufrago asido a un salvavidas en medio del mar en espera de que le llegue la muerte. Gente que vive sobreviviendo, atada a las facturas, a las hipotecas, a la grisura del mundo, mucho de ello necesario, pero jamás un fin en sí mismo ni aspiración vital como lo es para muchos.

Sin embargo, Paris, la ciudad más literaria del mundo, lo dice el autor, simboliza el mundo de sus sueños y anhelos, lo que siempre quisimos ser todos y cada uno de nosotros, y pocos, o muy pocas veces, fuimos. Nada como Paris y su río Sena como espejo líquido en el que observarse, hacen ver al personaje quién es en realidad Fernando Bautista. Y en ese doloroso, explícitamente doloroso reconocimiento, es desde donde comienza el regreso, que no es a Ítaca precisamente, sino al Hades, a esa ciudad en la que “las calles parecían un hermoso infierno en bancarrota”.

Esa extraordinaria arquitectura que sostiene la historia, que la finaliza de un modo sublime, no es nada más que el sostén, esas vigas maestras fundamentales. No obstante, otras estructuras soportan la novela, y espero que no parezca que se me va la olla cuando digo que esta obra hace alusión a diversos mitos griegos, en algunos casos señalados de forma explícita por el autor: Sísifo, en ese constante subir y bajar la piedra; Ulises, o de forma más apropiada, un anti- Ulises como aquel viaje que cita Séneca del que si no sabe a qué puerto dirigirse, ningún viento le será favorable; y el Mito de la Caverna de Platón en ese final, como he adelantado, en mi opinión, extraordinario, que hace retrotraerme, no sé si con mucho acierto por mi parte, a Platón. Porque creo que sí, que esta novela tiene mucho de caverna platónica.

Pero una buena estructura no lo sería nunca si no va acompañada de unos personajes que sean dignos de la historia. Me apena que en la solapa del libro se describa Fernando Bautista como bellaco, entrañable, cobarde o digno. Eso es un destripe innecesario, porque avisar al lector de lo que se va a encontrar lo condiciona, puede llegar a parecerle que autor o editor lo consideran tonto por presumírsele la incapacidad de afrontar éticamente al personaje. Afortunadamente, creo que es únicamente un fallo de solapa, porque el personaje principal es una oportunidad para cada uno de nosotros de poder descubrir al Fernando Bautista que llevamos dentro, con nuestras miserias, nuestras obsesiones y fracasos, y también nuestra dignidad y nuestros valores, que a veces no hemos podido o no hemos sabido sacar a la luz, o sí, qué diantres, hemos sido capaces de hacerlo. Hacer ese recorrido de buscar en nosotros nuestro lado fernandino es una de las tareas íntimas que deberíamos hacer a la hora de leer la novela, y la solapa no nos tendría que condicionar.

Pero la riqueza de personajes no se queda en el protagonista. Existen secundarios grandiosos como Roberto, con tanta dignidad como falta de inteligencia, que también representa otro cuestionamiento ético a nuestra sociedad y nuestra escala de valores. Roberto me ha recordado a mi tía Asunción, la única hermana de mi padre, probablemente de las personas más cercanas a mí, la menos preparada y con menos inteligencia racional, pero sin duda la más amada por mis hermanos y mis primos, la más añorada y la más bondadosa. Puedo asegurar que uno de los momentos más extraordinarios y alegres que he vivido en los últimos años fue su velatorio junto a mis primos, contándonos unos a otros las mejores anécdotas de una mujer extraordinaria, para mí como ninguna otra. Qué gran personaje nos ha dibujado Isaac Páez en Roberto, qué tremenda dignidad.

Ouissal, la señorita Lapierre, José Manuel, las Juanas… su hermano Paco y su cuñada, los perros. No hay personaje, por pequeño papel que tengan en la novela, que no estén presentes en nuestras vidas, aunque sea en zonas tenebrosas. Mención especial para dos perros, Godot y el que cuidaba del padre de Fernando desde una de las terrazas del edificio que había frente a la residencia donde se hallaba internado. Los perros, esos seres imperfectos pero más dignos que cualquier otro ser de la naturaleza, a decir del protagonista principal. La ambientación de la historia, sus personajes, el lenguaje callejero y canalla que la acompaña y enriquece, han completado relato extraordinario, una historia que se hubiera podido estropear si no tiene un final digno de ella.

He tenido la oportunidad de leer varias novelas en estos últimos años sobre canallas, rinconetes, sinvergüenzas varios, de diferente dureza expositiva, y en todas me preocupaba mientras las leía la forma en la que el autor se desembarazaría del personaje, es decir, de la novela. Evidentemente hay que hacer finales creíbles, verosímiles, y por supuesto que un disparo, un cáncer, o un infarto lo son. Esos han sido los recursos que he visto y no puedo negar mi decepción, por facilones, sobre todo al encontrarme un desenlace como el de Nowhere man. Aquí lo digo más que como lector como intento de escritor. Me ha parecido un final arriesgadísimo por el giro, y sorprendente por lo inesperado y extraordinario, por su concisión, porque además unos cuantos renglones me hicieron replantearme el verdadero sentido de la novela. Entenderla en su plenitud, si es que me he enterado de algo. Me rindo a sus pies, señor Páez.

Las novelas tienen tramas, pero también motivaciones. Una buena estructura la puede tener un bloque de pisos con piscina como aquel en el que vivía Fernando Bautista, pero una obra arquitectónica se convierte en arte cuando son los cimientos del que la disfruta los que se remueven.

Nowhere man es esencialmente una novela sobre la dignidad. Sobre la dignidad de Fernando Bautista, de Roberto o de Ouissal, sobre la dignidad del ser humano, la de los perros, sobre la dignidad del mundo. Un auténtico retrato social, una foto panorámica en la que, nos guste o no, la aceptemos o no, todos salimos. En definitiva, sobre un concepto con buena prensa que sin embrago,  muchas veces es solo apariencia porque, como pasa en la novela, escondemos nuestra propia mierda bajo el felpudo.

Nowhere man es grande porque habla de nosotros. Es una flecha que se nos clava en las entrañas, una novela en la que podemos encontrar nuestras zonas oscuras, nuestra mierda bajo el felpudo, pero también, entre tanta basura, hallar lo mejor que tenemos. Y esa, y no otra es nuestra tarea vital, la de poner a flote nuestra dignidad en el mar de locura que vivimos. Una locura, que como señala el autor en un pasaje, siempre sirve para tapar la maldad que nos corroe.

Lean esta gran novela, y háganlo con señalador. Nunca estará de más recordar aquello que Fernando Bautista nos dice, aún a riesgo de que las flechas que nos lanza nos dejen como San Sebastián.