JUAN

GORRILLASMe lo encuentro cada mañana cuando bajo a comprar el pan. A las siete y media de la mañana, quizás antes, Juan comienza su jornada en la zona de la panadería. Aún se le puede ver por otras calles del barrio a las diez de la noche, por la parte de los bares, que a esas horas está más concurrida. No sé cuándo termina, pero las quince horas parece que no se las quita nadie.

Juan es aparcacoches ilegal y muy pronto va a sufrir los recortes también en su trabajo, porque el Ayuntamiento va a implantar la zona azul en el barrio. De esta forma su percepción ilícita de honorarios se cuadruplicará  de forma lícita para el Ayuntamiento, a costa de los usuarios de las plazas de aparcamiento. Juan solo podrá atender la hora nocturna o, triste sino de estos tiempos, tendrá que emigrar a otras zonas de la ciudad en las que pueda seguir ejerciendo su actividad.

Desconozco si los ayuntamientos tienen departamentos de I +D y realizan un seguimiento a personas claves como Juan, que les hacen descubrir nuevos nichos de negocio. Si no fuera así lo recomendaría vivamente, porque legalizar lo ilegal produce siempre beneficios…económicos. Aunque Juan trate de ayudar a aparcar, aunque los nuevos empleados de la empresa concesionaria se limiten a ver qué coche tiene el tiquet de haber pagado a la vista.

Juan es una persona educada, aunque todos sabemos que no todos los aparcacoches ilegales lo son. Como en todas las profesiones. Y más en una a la que no se llega porque sí. Tiene su barriguita cervecera, como tantos de nosotros y la piel demasiado sonrosada, con esas venillas saltonas que denotan tener un largo romance con el alcohol. Pero hace bien su trabajo. Incluso cuando se va de vacaciones con su cuñado deja sustituto. Suele departir con los parroquianos de los bares cercanos. Puede decirse que está plenamente integrado en la comunidad, aunque pronto todo será diferente. Tampoco creo que le preocupe mucho, pues Juan pertenece a esa clase de gente que vive el día a día, sin pensar demasiado en el futuro, a diferencia de la clase media.

Las sociedades tan desiguales como la nuestra tienen a muchos juanes y juanas por la calle. Aparcando coches, vendiendo romero para la buena ventura, amenizando con su música los veladores de las terrazas, o vendiendo imitaciones para quienes gustan de presumir de marca pija y no les llega. Los juanes y las juanas son denostados por nosotros. A los que ejercen la profesión de Juan uno de los cronistas de la ciudad les bautizó con éxito como gorrillas. No se podría haber escogido una palabra con más tino para describir…al cronista y al pedestal desde el que pontifica.

En nuestra sociedad hay cada vez más juanes y juanas buscándose la vida por la calle como pueden. Para unos resultan molestos, incómodos, para otros son parte de nuestro paisaje. Quizás si la empresa que gestione el aparcamiento ofreciera un puesto a Juan este lo rechazaría, o duraría poco. Juan es alma libre y por su prolongada exclusión social, que puede que comenzase nada más nacer, quién sabe, es más que probable que no tenga vuelta atrás, que ya sea incapaz de integrarse en nuestras reglas sociales. Aunque quién sabe. Acabo de saber que una de las rumanas que pide en el barrio ha conseguido trabajo de empleada del hogar. Estaba radiante. Quizás solo haya que darles una oportunidad. La que como sociedad, ni les damos, ni nos damos.

¿TENEMOS LO QUE NOS MERECEMOS?

ESTATUA LIBERTADUn reciente informe de Intermon Oxfam señala que en España 20 personas copan el 20%  de la riqueza. Tras el desastre de Zapatero, supe que muchas personas de izquierda, hartas de la política errante del Partido Socialista, acabó votando al Partido Popular.

En un país con tantas dictaduras y asonadas militares como España, ha quedado en la clase media un poso mental de que cuando pintan bastos, la derecha es la única que puede salir a resolver los problemas, al igual que antes había que sacar al ejército a la calle para salvar el país. Como la canción de Jarcha:

Dicen los viejos que no se nos dé rienda suelta,

que todos aquí llevamos,

la violencia a flor de piel.

Pero, como dice la canción también, yo solo he visto gente muy obediente hasta en la cama. Y así nos va.

Para resolver los problemas macroeconómicos de un país me da la impresión que no hay que saber mucha economía. La asfixia política que producían las dictaduras ahora se ha transformado en económica. Basta con hacer una reforma laboral para poder soltar lastre sin mucho coste económico, se produce una legión de parados a los que se les culpabiliza de la crisis, porque han vivido por encima de sus posibilidades, y cuando, cautivo y desarmado el ejército de parados levanta la bandera blanca, se les ofrece migajas en forma de puestos de trabajo, para poder así corregir la única cifra macroeconómica que puede fallar: las listas de desempleo.

A partir de ahí, con las empresas grandes cada vez más grandes, recogiendo subvenciones por reconstruir lo que destruyeron en empleo pero más baratito, ya se habrá resuelto la crisis. Y se demostrará, ante los ojos de los parias de la tierra versión remasterizada, que Jarcha tenía razón, y que solo nos merecemos ser vasallos de estos reyezuelos que, como todos los que han sido en el mundo hispano, no cuentan un pimiento fuera de su territorio, pero que dominan el mambo en su entorno. Al fin y al cabo la riqueza no es algo absoluto sino relativo. Depende de con quién te compares. Por eso, el rico español será tanto más rico cuanto más pobre sea su vasallo, y siempre querrá más, gracias a ese relativismo que siempre nos recordará que en materia de dinero, nunca será suficiente.

Otras estrategias interesantes para cerrar el círculo son expulsar a los cachorros que pueden mover el tinglado y destrozar la educación como vía de cambio. Ambas astucias van contra la generación de pensamiento independiente.

En cuanto a las migraciones, es probable que como dicen los informes, no sean cuantitativamente masivas, pero son cualitativamente demoledoras. Estamos expulsando de nuestro país a las mejores cabezas, a los universitarios. Decapitamos nuestra élite intelectual y empobrecemos el nivel educativo del país, es decir, restamos libertad de pensamiento.

En referencia a la educación, disfrazar de excelencia el elitismo en la nueva ley, restar asignaturas como la Filosofía, que nos ayudan a conformarnos como seres humanos libres, para favorecer conocimiento técnico y pensamiento único (religión) es el complemento idóneo a la estrategia de expulsión de jóvenes universitarios. Si la reforma laboral y la apuesta por las grandes empresas consiguen un gran efecto a corto plazo, las expulsiones intelectuales y reformas educativas garantizarán el futuro.

Una nueva Edad Media nace en España. La antigua casta nobiliaria hoy la constituyen esas veinte personas que copan de forma escandalosa la riqueza de este país y dominan la comunicación y la política. A nosotros los vasallos, no nos queda otra que transformar aquel refrán del medievo y actualizarlo:

Ni quito ni pongo en el Ibex, pero ayudo a mi Empresa.

En España los que han vivido por encima de sus posibilidades van a seguir haciéndolo. Y como siempre, a costa de quienes no han sabido utilizar la democracia para transformar de verdad este país. Ojalá digamos eso de “Hasta aquí hemos llegado”, porque ellos ya lo dijeron allá por 2007. Y lo están cumpliendo, vaya si lo están cumpliendo. Ya hasta se han quitado el disfraz de cordero. No lo necesitan.

LEGISLAR LA AUTORIDAD

La_letra_con_sangre_entraLa nueva ley de educación reconocerá al profesor como autoridad pública. En los últimos años hemos conocido muchas agresiones por parte de padres de alumnos a sus maestros, al igual que también han sido notorias las que han sufrido profesionales de la medicina, a los que la legislación ya les reconoce el rango que próximamente van a alcanzar los educadores.

La educación es en mi opinión el pilar básico para una sociedad próspera de verdad, y la figura del profesor es esencial para ello. Lamentablemente creo que esta nueva ley nos va a empobrecer aún más porque fomenta el elitismo, es decir la desigualdad social, aunque la figura del educador pueda salir más o menos fortalecida. Las sucesivas leyes de educación que desde la Constitución de 1978 hemos tenido demuestran nuestra falta de cultura democrática y la influencia que tienen grupos de poder que nunca se presentan a las elecciones pero acaban moviendo sus hilos. Las leyes tienen siempre vocación de caducidad tipo yogur, porque en lugar de señalar los límites del poder se empeña en demostrar el que tienen los que legislan.

Yo comencé a estudiar primaria en 1969, con Franco presidiendo el Consejo de Ministros. Era una época en la que una parte muy importante de la sociedad tenía muy difícil acceso a la educación. La enseñanza pública no estaba suficientemente extendida y la mayoría de los colegios eran privados y de la Iglesia Católica. Los trabajadores que pudieron dar estudios a sus hijos lo hicieron con mucho esfuerzo. He visto médicos y otros profesionales cuyos padres, analfabetos, hicieron posibles sus carreras universitarias desde andamios, o sirviendo en las casas. Una generación que trabajó durísimo y que entendió que la educación era el motor para salir de la pobreza.

A mí no me hizo falta, mis padres tenían carrera universitaria ambos, y ese esfuerzo se hizo una generación antes de la mía, en la dura posguerra. En la generación de mis padres había pocos universitarios y mucho menos, mujeres. Mi abuelo materno, un represaliado de la Guerra Civil, hizo lo imposible porque su hija, y también sus sobrinas, accedieran a la Universidad y lograran culminar una carrera. Gracias  a ese esfuerzo yo estudié con menos dificultades que otros y mis padres me llevaron a un colegio privado que no pertenecía a la Iglesia Católica, en el que se reconocía la autoridad de los profesores. Quizás fuera una época en la que cualquier autoridad infundía respeto. El respeto que produce el temor a unas consecuencias en las que siempre había un presunto culpable.

He recordado manifestaciones de autoridad de aquella época en mi colegio. En primero, allá por 1969, recuerdo al maestro lanzar desde su mesa un tampón de madera de los antiguos a los niños de seis años que se distraían hablando. Ese tampón para sellar documentos era grande, de forma curvada en su superficie, que para mojarlo bien en la tinta había que balancearlo bien.

Del profesor de segundo apenas tengo más recuerdos, salvo que fue nuestro catequista para la Primera Comunión. Aunque no se me olvida que me enseñó tres canciones en un campamento: “Cara al sol”, “Prietas las filas” y “Montañas Nevadas”. Todavía puedo visualizar la imagen de mi madre, hija de republicano, cuando subí al coche después del campamento y le canté aquello de la camisa nueva.

En tercero tuve un maestro al que le daba mucho sueño en las clases de por la tarde. De él sí que recuerdo un guantazo que me dio por hablar con mi compañero de atrás. Cuando entrábamos a las tres escogía a uno de los más gorditos de la clase, menos mal que por aquel entonces yo era flacucho, se lo sentaba en sus piernas y le daba una pluma de ave para que le hiciera cosquillas en el cuello hasta quedarse dormido.

En cuarto nuestra clase tenía más de ochenta alumnos. Al maestro, que era toda una referencia diría que en la ciudad, le gustaba utilizar las reglas de dibujo para dar palmetazos a quienes, a los nueve años, hablaban más de la cuenta. En especial le gustaba mucho la de un compañero, que la tenía especialmente pequeña, la regla, con la que podía hacer más daño.

Cuando pasé a quinto, también al profesor le gustaba dar mamporros, pero el más temido era el de inglés, un antiguo héroe británico de la II Guerra Mundial, al que las leyendas colegiales le atribuían que estaba loco porque tenía metralla en la cabeza. A Mister …X, a quien con tanto respeto como poco nivel de inglés algunos alumnos llamaban don Mister …X, le gustaba pedir “one peseta” de multa a quien se expresara en castellano en la clase, acompañado de un buen reglazo en las nalgas, para lo que había que agacharse previamente en posición sodomizante.

En sexto no olvido la paliza que un profesor le dio a un chico minusválido, que hizo una gracia tirando un papel en la papelera (la gracia fue dar una vuelta alrededor de la cesta). Cuando pasaban estas cosas, en lugar de contárselo a tus padres había que callarlo, no fuera a ser que te ganaras otra buena tunda en tu casa. En la mía nunca fue así, pero alguno de mis vecinos se ganó buenos correazos por parte de su padre ante alguna situación similar. Si en clase la letra no entraba con sangre, después muchos padres se encargaban de que el cinturón ayudase a que terminara de penetrar.

Más adelante mis recuerdos son más vagos curiosamente. No sé si es porque ya éramos más mayores, pero sí me viene a la memoria las consecuencias de “no tener autoridad”. Claro, cuando la doma se hacía de esa manera, ver a un profesor, en este caso profesora, que no se imponía, era despertar a la bestia. No olvido a aquella profesora británica que era incapaz de mantener el orden, y cómo sus clases eran ingobernables y algunos de los alumnos más golfos se masturbaban en las últimas filas. Qué poco duró la pobre.

Por último, en aquel colegio que pagaban mis padres y los padres de mis compañeros de forma religiosa, aunque fuera laico, quiero contar una experiencia de autoridad que sufrí en mis carnes. Me la hizo el director del colegio, que por otra parte, me aconsejó estudiar una carrera de letras y no le hice caso. Suspendí la primera evaluación de su asignatura. Me sentí tan avergonzado, a mis dieciséis años, por aquello, que en el mismo examen, reconociendo lo desastroso que fue y sintiéndome culpable, le escribí al final de la hoja de examen una frase: “Prometo mejorar”.

Comencé la segunda evaluación estudiando mucho, decidido a que aquello que pasó fuera un borrón sin importancia. La primera vez que el profesor pidió un voluntario para resolver un problema de los que habían puesto en los deberes, me ofrecí de inmediato. Estaba estudiando mucho y tenía la voluntad de mejorar. Salí a la pizarra y el profesor, delante de toda la clase, lejos de preguntarme por aquel problema, lo hizo por la materia que había suspendido. Me preguntó delante de toda la clase si creía que bastaba con resolver ese problema, que qué era eso de que prometía mejorar. Aquel acto pedagógico de autoridad contribuyó sin duda a que tuviera que aprobar aquella asignatura en septiembre.

Eran otros tiempos, son anécdotas puntuales que presenciamos los alumnos con los que compartí clases hace ya muchos años. Es probable que en otros colegios, incluso en los institutos de enseñanza pública, pasasen cosas parecidas Como dicen algunos, hay que contextualizar, entender aquellos tiempos de represión.

Espero que no sea este el tipo de autoridad que añoran los legisladores. Quizás con un sistema educativo más igualitario, enfocado en valores universales, que pueda formar a las personas más libres, no habría que legislar tanto sobre la autoridad. No hay libertad verdadera sin una educación justa y accesible a todos. La libertad tiene que ver con la capacidad de elegir y desear el bien común en lugar del bien particular. Para conseguir un sistema educativo que se enfoque a construir individuos libres, obligatoriamente tendrá que ser equitativo. Y probablemente entonces no fuera tan necesario legislar sobre la autoridad.

NADA QUE CELEBRAR: MUCHO QUE COMPARTIR

1492Viernes 11 de octubre de 2013. Salgo de casa y me encuentro con un antiguo remero de mi época juvenil. Lleva a su hija pequeña al colegio, que va disfrazada de monja. No digo nada, pero me cuenta que hoy en su colegio van a celebrar el día de la Hispanidad. Sonrío y callo. Para qué. No es en una esquina, a una hora apresurada, a una persona que en los últimos años vi poco y siempre tuve por una buena persona, el mejor momento para que uno vaya dándole la carga con algo a lo que quizás se haya visto obligado, o qué sé yo. La niña va a un colegio propiedad de una familia de tradición en el ámbito educativo sevillano. El hermano del dueño de este colegio se hizo famoso en un tiempo por hacer apología del nazismo en la escuela que dirigía en la zona de la Alameda de Hércules.

Continúo mi camino y observo con estupefacción los disfraces de más alumnos de este colegio: frailes, soldados con sus yelmos….¡¡¡indios!!! Banderas rojas y gualdas, multitud de niños de las manos de sus padres. Me asusta pensar que van a asimilar un concepto de patria que puede explicar muy bien la trágica historia de este país en los últimos siglos, y no solo la salvaje historia de una conquista que fue saqueo, exterminio y algunas cosas más. Me espanta este sentido patriota, como me espantan las letras de muchos himnos nacionales que hablan de guerras, de luchas, de enemigos, de cadenas. Por eso me gusta la del de Andalucía.

Mientras escribo esto un amigo ─ ¡oh, casualidades! ─ comparte en Facebook unas fotos de la fiesta que tuvieron en ese colegio. Las paso con excitación, y tras las de niños sentados en el patio, aparece la de un cura revestido con una túnica con cruces rojas. Tras él, la bandera nacional. Dios, patria y… ¿qué más? Pienso entonces que no se puede simbolizar mejor la sangre derramada en América, ni el concepto patrio nacional- católico real de este país, tan alejado del estado laico que defiende sus Constitución.

Esta historia ocurre cuando acabo de regresar de América de un periplo que comenzó el 23 de septiembre y finalizó el 9 de octubre, por tierras colombianas y brasileñas, lugares duros de conquistas de los guerreros íberos.

Para conocer historias de la conquista de Colombia recomiendo leer libros de William Ospina como “Urzúa” o “El país de la canela”. Leer cómo españoles daban de comer indios a sus perros, como castigo por no conducirles a lugares en los que podían rapiñar más, o simplemente cuando la comida faltaba, pone los vellos de punta a cualquiera y quitaría las ganas de adornar a cualquier niño con un yelmo de conquistador. Conocer la historia de los bandeirantes en Brasil, no es menos espeluznante. Los portugueses violaban indias con las que tenían hijos para la guerra. Estos mestizos, los bandeirantes, se adentraban en la selva para cazar indios y venderlos como esclavos, como hacían con los negros africanos en Salvador de Bahía, Fortaleza o en la misma Cuba, o en Cartagena de Indias a los españoles. No me quiero extender más en historias que comenzaron a partir del 12 de octubre de 1492 en el continente americano, crimen perpetrado no solo por españoles o portugueses, sino por colonos ingleses en Norteamérica, piratas holandeses, etc, financiados por la banca genovesa, alemana o francesa. Una historia que aniquiló las tradiciones y culturas autóctonas y fracturó su progreso natural.

Lamentablemente, esto no finalizó con las independencias, sino que continuó. Resulta curioso, como dice el escritor peruano Fernando Iwasaki, que los nativos americanos lucharon fundamentalmente en las fuerzas realistas en las guerras de liberación. Quizás no fuera casualidad, porque sabían lo que les iba a venir encima. Estas guerras, precursoras de las guerras civiles españolas posteriores, fueron de españoles contra españoles. Las tierras se independizaron pero los blancos continuaron dirigiendo los países y esquilmando nativos. Si hay dudas, no hay más que preguntar por los araucanos chilenos o los quilmes argentinos. O estudiar la historia de presidentes bolivianos, de alguno que cambio el Mato Groso a Brasil por un caballo blanco, o la de otro más reciente, que hablaba español con acento inglés ya que vivía en Miami. La primera experiencia que tuve de ser blanco en Bolivia fue ver a nativos bajándose de la acera para que yo pasara, en unas calles en las que no se veía ninguno porque todos iban en su vehículos de cristales tintados. No comment.

Resulta triste pensar que después de los más de trescientos años de ocupación española en doscientos no ha hubo tiempo de paliar el problema causado. Obviamente ya es imposible volver atrás, pero me pregunto si se ha hecho todo lo posible por reparar daños. Me temo que no. A pesar de que en los últimos años hay movimientos políticos interesantes, todavía es demasiado pronto como para decir que se ha progresado en ese camino de la forma necesaria. Quinientos once años después hay españoles que no se escandalizan al sacar a sus hijos a la calle con sus yelmos de juguete (espeluznante juguete) y continúan en la ignorancia de que las venas de América Latina continúan abiertas.

A pesar de todo, sin que esto pueda equilibrar el plato en la balanza de modo alguno, considero que esta tragedia tuvo aspectos que también hay que analizar. Las conquistas europeas han sido historias de saqueos en América, y también en Asia o en África. La avaricia, la locura por la riqueza sin medida, fueron el motor de estas desgracias en las que se esquilmaron riquezas naturales y se destrozó la cultura de los pueblos nativos. Sin embargo, España fundó universidades sesenta años después de llegar a La Española. San Marcos en Lima, San Carlos en Guatemala, San Francisco Xavier en Sucre…Para mal y para bien se continuó la idea de España en América. Fue como una prolongación de la Reconquista de la Península, otra historia triste de exterminio, que había finalizado en 1492 después de siete siglos. Se construyeron edificios, aunque muchos fueran destruyendo los de la cultura nativa, como en Cusco y tantos otros lugares, iglesias, ciudades. Este año se cumple, sin ir más lejos, el centenario de la fundación de la Universidad Federal de Paraná, según mis noticias la institución más antigua de Brasil, posterior a la independencia del país. Y si nos referimos a las africanas, la historia es aún peor.

La conquista española fue realizada por un pueblo inculto, pobre, hambriento que llevaba siete siglos tomando territorios y que encontró en América la forma de continuar haciendo lo mismo. La violencia como forma natural de ser y estar en el mundo, en un contexto social europeo, que continuó siendo así de alguna forma, hasta la II Guerra Mundial.

Como español, debo sentir vergüenza de lo que pasó, por mucha contextualización que se pueda realizar acerca de la conquista, pero creo que no basta con eso. América nunca ya podrá volver a ser lo que fue y más tarde continuó mudando su piel. La América de hoy no podría entenderse sin la conquista ibérica, al igual que España es también producto de invasiones romanas, bárbaras o musulmanas. Pero tampoco se puede entender América sin los movimientos migratorios de los últimos ciento veinticinco años, en los que millones de europeos fueron expulsados de sus tierras por causa de guerras o de la pobreza, y encontraron un nuevo hogar allí. América hoy también es la historia de emigrantes de todo el mundo, como italianos, españoles, portugueses y de muchos otros países de Europa o Asia. Basta ver la emigración japonesa a Brasil o china a Perú. Intentar comprender países como Argentina o Brasil sin tener en cuenta las emigraciones del siglo XX hoy sería imposible. Americanos y europeos nos hemos encontrado unos a otros durante el siglo XX, como refugios de dictaduras, guerras, pobrezas causadas por las élites de cada país.

Profundizar en el amor, la hermandad y los sentimientos contrapuestos que, a pesar de todo, nos unen a americanos y españoles, es una oportunidad para analizar las injusticias del mundo. Es probable que no exista observatorio mejor para hacerlo. Quedarnos en celebrar el 12 de octubre solo como el de la raza española o el de la conmemoración de un saqueo, es perder una oportunidad para avanzar y que algún día dejemos de ser los mayores predadores de nuestra propia especie.

RESET

Volver a empezarHay que luchar por conseguir tus sueños, pero no morir en el intento. Esta es la conclusión que saco cuando, después de casi veinte años dedicado en cuerpo y alma a la Atención Farmacéutica, ese concepto revolucionario profesional que ha sido manoseado y prostituido, vaciado de todo sentido social por culpa del onanismo profesional de unos, la falta de visión de otros, los miedos de unos cuantos más y el borreguismo de una mayoría que tanto daño ha hecho y va a seguir haciendo en cualquier faceta de la vida. Ya se sabe, igual que ese poema de Martin Niemöller que luego adaptó Bertolt Brecht:

«Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio, porque yo no era comunista, Cuando encarcelaron a los socialdemócratas, guardé silencio, porque yo no era socialdemócrata Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas, no protesté, porque yo no era sindicalista, Cuando vinieron a por los judíos, no pronuncié palabra, porque yo no era judío, Cuando finalmente vinieron a por mi, no había nadie más que pudiera protestar.»

Uno tiene que pensar hasta dónde llega su limitada capacidad y la mía se agotó. Al menos, para intentarlo en la farmacia comunitaria, un establecimiento sanitario privado de interés público en el que lo público jamás ha tenido interés ni confianza. Se hace muy difícil que una idea que no venga de los de siempre triunfe en un país con tantos prejuicios a un lado y otro del arco político. Cuando digo los de siempre me refiero a las profesiones sanitarias que molan; cuando digo lo del arco político no me refiero al arquito que separa al PP y al PSOE, que son la derecha sociológica de este país, sino al arco de verdad. Porque en este país lo que vengan de ciertas instituciones o corporaciones que no estén bien vistas se pierde por alguno de nuestros importantes agujeros éticos socavados por la endogamia.

Pero no se trata de echarle la culpa a nadie de los fracasos de uno, cuando retos más importantes en el mundo se han conseguido con liderazgos apropiados.

He escrito la palabra fracaso, a pesar de que no sienta que mi carrera profesional lo haya sido. Simplemente no he conseguido ver lo que esperaba vivir. No obstante pienso que he puesto mi granito de arena en el proceso y que mi aportación, en el ámbito de la farmacia comunitaria, ya no va a dar más de sí.

En estos años, los varios miles de pacientes me han ayudado a aprender muchas cosas. Quizás la más importante, a entender la verdadera importancia de optimizar la farmacoterapia de los pacientes, sus consecuencias, lo que puede significar en el ámbito de la salud pública su instauración, las posibilidades de crecimiento que le podría dar a una profesión denostada que sigue empeñándose en autoengañarse.

He publicado decenas de artículos científicos, he enseñado a cientos de profesionales de muchísimos países, he conocido lugares fantásticos, personas y profesionales excelentes, maravillosos, de una talla humana y científica fuera de lo común; he hecho amigos para siempre como dice la canción; y sobre todo, me ha ayudado a ser mejor persona y a entender algo mejor la vida. Creo que no puedo pedir más. “Que me quiten lo bailao”, que además, he bailado mucho, por cierto.

¿Y a partir de ahora, qué? En lo profesional, disponible, aunque reconociendo las dificultades. Hoy estoy más convencido que nunca de que optimizar la farmacoterapia de los pacientes es prioritario. Prioritario para los pacientes y prioritario para los sistemas sanitarios. Que sea prioritario para los farmacéuticos es algo que tienen que decidir quienes tienen capacidad de hacerlo y actuar de forma coherente a esa capacidad.

Si hubiera algún proyecto serio implantación de esta tecnología sanitaria, en el que alguien creyera que mi experiencia pudiera ser útil, no dudaría en subirme a ese carro con la misma ilusión de siempre, porque creo que mi experiencia y conocimiento pueden ser aprovechables. Pero continuar mareando la perdiz, no. Soy consciente de que es algo realmente difícil que se dé, y por tanto, tengo más que asumido y estoy preparado para cerrar esta etapa de mi vida y continuar con otra que abrí hace unos años y que hoy me está dando sus frutos personales, la literatura. El motor de mi vida siempre fue la ilusión por hacer cosas en las que creo. Solo espero morirme cabreado porque no me dé tiempo de seguir haciendo cosas nuevas y poniéndome retos por alcanzar.

Estos cuatro meses de 2013 que restan me servirán, además de para terminar mi segunda novela, para cumplir mis compromisos profesionales adquiridos y cerrar esta etapa de mi vida. Porque ya, sin farmacia y con la Unidad de Optimización de la Farmacoterapia, no es coherente continuar participando de lo que no se ejerce. Si me he quejado mucho de tanto charlatán de feria que ha habido y sigue habiendo en el entorno de la Atención Farmacéutica, lo peor que me podría pasar sería convertirme en uno de ellos.  Me hace una ilusión especial volver a Medellín a finales de septiembre, ciudad en la que empecé mi actividad docente en América Latina. Será como finalizar el relato circular de esta aventura maravillosa de conocer este continente que tanto me ha dado como profesional y como persona, y en el que me he sentido respetado, reconocido y sobre todo, querido. No tengo palabras para describir lo que América ha sido para mí.

Y para finalizar, todo mi apoyo y mi aliento a quienes continúan en la lucha, a esos farmacéuticos y farmacéuticas que siguen creyendo en ellos mismos y en su capacidad para ser útiles a la sociedad, que sienten su profesión como un servicio público, como su modesta contribución a hacer un mundo más justo y humano. Este partido lo vais a ganar. Ya lo creo que sí.

Para terminar, un himno apropiado: We shall overcome, con Pete Seeger. ¿Aún tienes dudas de cómo será el final de todo esto?

http://www.youtube.com/watch?v=QhnPVP23rzo

RAFA GARCÍA MALDONADO, UN TRAPERO DEL TIEMPO

Él me conminó a buscar tiempo e ilusiones, y me hizo sabedor de que además de existir hay que crear, gozar, sufrir y no dormir sin soñar. Muchas gracias a todos.(Roberto Quiles Maldonado)

Muchas gracias, Rafa, por este gran libro.

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Acabo de terminar de leer la opera prima de Rafa García Maldonado. De El trapero del tiempo (Almuzara, 2013) se podrán y deberán decir muchas cosas. Eso es magnífico, porque los buenos libros, como las grandes películas, no finalizan cuando aparece la palabra FIN, sino que continúan dando que pensar y que hablar mucho después.

Sin duda, para mí, es un gran libro. Me ha emocionado la historia, he admirado la compleja estructura que un escritor joven y novel ha elegido para contarla, su atrevimiento para hacerlo y su valentía para ir dejando jirones de su piel a lo largo de sus más de cuatrocientas páginas.

Si la historia me ha gustado, aún más lo ha hecho el escritor. Detrás de la novela hay un trapero del tiempo, un comprador de minutos como él lo define, en la línea anterior a la cita que he elegido de su libro para comenzar este post. Si yo me catalogaría en estos momentos como un farmacéutico que quiere ser escritor, de Rafa diría que me costaría mucho verlo sin ser las dos cosas a la vez. Juventud y energía tiene para eso y más, y a mí la primera me va faltando, al menos la física. Hemos tenido pocas oportunidades para conversar, pero le considero, por lo que le leo en las redes sociales y por el olor que rezuma la novela, digno heredero de su admirado Gregorio Marañón. Un profesional que pone su conocimiento, su pensamiento y sus sentimientos al servicio de los seres humanos. Una persona para la que la creación tiene sentido solo si contribuye a hacer un mundo más feliz y más justo. Puede que se le considere un bicho raro, pero es mejor ser raro que feo, porque no hay bicho más feo que el de la mediocridad. Y de esos bichos el mundo anda más que sobrado.

No conozco mucho a Rafa, pero lo considero un tipo cabal. Se le nota en todas las huellas que va dejando. Creo que ha sido valiente al escribir sobre unos temas que no son pasado, porque explican la situación actual de este país mucho mejor que cualquier análisis socio- político que podemos leer a diario. Es esta novela el vivo reflejo de esas palabras de Mario Vargas Llosa, en las que considera que una novela es una gran mentira que cuenta una gran verdad. Somos de donde venimos, diría yo. No podemos explicar nuestros actos si no es desde nuestro pasado.

En la presentación de El trapero del tiempo en Sevilla, escuchando a su presentador Juan Torres López y a Rafa, pensé en qué era el compromiso intelectual. ¿Era encabezar una manifestación, firmar un texto de denuncia, solidarizarse con los más desfavorecidos? Seguro que sí. Pero estimo que hay un compromiso intelectual mucho más profundo, que es el que, en mi opinión, Rafa ha logrado de una forma extraordinaria, ficcionando (palabra horrible) la realidad haciéndola mucho más real si cabe que la auténtica verdad de lo que pasó. En ese sentido, creo que yo también he intentado hacer en Aquel viernes de julio y me alegra verlo en Rafa, que además vive en en el epicentro de la zona que tembló a gran escala, en el triste desarrollismo de este país de los años 60, al que todavía hay gente que le llama progreso. Un terremoto al revés, porque en vez de tirar edificios, los construyó contra toda norma ética y para beneficio de personajillos que nos han legado un modo de hacerse ricos en España. Es la triste historia que se repitió desde tiempo inmemorial en tantos lugares. En mi ciudad de Sevilla, sin ir más lejos, con las exposiciones de 1929 y 1992, y en todo el país con el ladrillazo que sufrimos en estos últimos años y que seguiremos pagando mucho tiempo.

Termino el post y apenas he dicho nada del libro ni de qué va. Hay que comprarlo y leerlo. Es probable que no guste a todo el mundo. Hay un estilo muy peculiar de escribir. La compleja estructura puede parecer que enlentece el principio, no lo veo así, pero hay quien pudiera opinar de esta forma, pero produce un efecto trepidante en el último tercio. Se nota a la legua que hay un lector compulsivo detrás, una persona culta que con treinta y un años ha leído mucho, y ha asimilado mucho. Mi duda es si tendrá la energía suficiente para sorprendernos pronto con otra novela, porque puedo imaginar el desgaste emocional que ha debido suponer escribirla. Voy a ponerle un pero: cita más de una vez al General sevillano Queipo de Llano, cuando esta lacra de nuestra historia nació en Tordesillas (Valladolid) y apareció por Sevilla para dar el golpe de estado que provocó la Guerra Civil y tantos miles de muertos en este país. Desgraciadamente, sí que se le acogió y sus restos aún reposan en un lugar de honor junto a la Virgen Macarena, para vergüenza de los sevillanos.

Ya sí que finalizo. Animo a todos a leer la novela de este trapero del tiempo que es Rafa García Maldonado. Un hombre del Renacimiento, un intelectual y un tío que está en el mundo para cambiarlo. No sobran muchos así.

LAS NUEVAS DICTADURAS

Cuando escribo esto, el país está sometido a una crisis de valores, que ha producido una crisis financiera, que ha provocado una crisis económica, a la que, además, se le está buscando una solución en el mercado. Hoy me levanté con las declaraciones de un alto directivo de un banco que pedía precisamente eso, someter a la regulación del mercado a la economía para salir dela crisis. Comoponer al zorro al cuidado de las gallinas. Y lo dice sin despeinarse, sin que nadie le tosa. O mejor dicho, sin que los que puedan argumentarle contra sus asertos tengan altavoz para sus opiniones.

Porque ya no es necesario dar un golpe de estado para hacer una dictadura, ya no es preciso buscar a un militar vanidoso y autoritario para conseguir los objetivos. Basta con someter a la regulación del mercado, para ahogar la voz de los más débiles o de los que piensan diferente.

Recuerdo no hace mucho tiempo las manifestaciones de Serrat en su recogida del premio “El ojo crítico”, defendiendo una educación pública, una salud pública — hasta ahí mucha gente de acuerdo, aunque da miedo pensar lo que para unos y otros sean una educación o una salud públicas — y unos medios de comunicación públicos, para sorpresa de muchos.

 Desde hace mucho tiempo se persigue la idea de la destrucción de las    cadenas públicas de comunicación. Defenderlas es nuestra última oportunidad para defender la libertad de expresión, porque esta se perderá el día en el que solo tengamos a los grupos de comunicación que — todos — solo permiten expresar aquello que sirve a sus intereses.

Es cierto que nuestra falta de cultura, que nos lleva a una ausencia de criterio, y a que sea muy fácil influir sobre nuestra capacidad de decidir en el ámbito público, nos ha traído por ejemplo, unas cadenas de televisión autonómicas por lo general zafias, catetas y vulgares. Pero por eso no hay que cargárselas, porque estas y las estatales suponen nuestra última oportunidad de garantizar la libertad de expresión. No todo se arregla derribando; también es posible reformar.

En las pasadas elecciones, hemos dado nuestro voto mayoritario a una opción política para la que los problemas de este país derivados de la peor cara del capitalismo, la del mercadeo del humo — vulgo, especulación —, la resolvamos con más y más mercado. O la inteligencia de los votantes españoles es la que es subprime, o es para tentarse la ropa la capacidad manipuladora de los medios de comunicación, como brazo alargado de ese capitalismo invisible, que se esconde en las cloacas de los fondos de inversión.

Defendamos lo público como valor dela comunidad. Comoúltimo baluarte de nuestra soberanía y verdadera libertad.