DEMASIADO TARDE, BERTOLD

BERTOLD

Primero se llevaron a los albañiles,

a los arquitectos,

pero yo no era ni lo uno ni lo otro,

y no me importó,

y les voté.

 

Luego emigraron los jóvenes,

por espíritu aventurero nos dijeron,

Pero yo no era joven ni aventurero,

y tampoco me importó,

y les voté.

 

Y comenzaron los desahucios.

Pero yo tenía mi casa

y dinero para limosnas.

Y me importó,

pero sólo un rato.

 

Más tarde vinieron las acampadas en las plazas,

Los llamaron perroflautas, comunistas,

y me lo creí,

y me asusté.

Y no los dejé pasar,

y me alegré,

aunque no sé bien por qué.

 

Después fueron a por los emigrantes,

porque nos estaban quitando el pan,

y los echaron

y los enjaularon,

y de nuevo los voté.

 

Luego supe lo de nuestras pensiones,

y subvenciones,

y traiciones.

Y caí en la cuenta, de Suiza.

 

Hoy ya lo sé,

no eran los míos, eran sólo suyos.

Pero ya no hay contenedores que hurgar

a pesar de tanta basura.

 

No sé cómo pasó,

por qué no lo vi.

Hoy sólo sé que

ya es demasiado tarde, Bertold.

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DE DÓNDE SOY

GERONAMe asomo a la azotea de Reyes Aguilar en El Correo de Andalucía del 14 de mayo y me hago esta pregunta. Alguna vez me la hizo un periodista, en el sentido de a qué barrio de Sevilla sentía yo que pertenecía.

Durante mucho tiempo, quizás hasta hace muy poco, carecía de una respuesta que no fuera la de que soy de muchos sitios y de ninguno. Nací en el Tiro de Línea y fui bautizado en la iglesia de Santa Genoveva, pero muy pronto, quizás antes de cumplir dos años, mi familia se mudó a la calle Sol, junto a la Parroquia de San Román (parece que esto de ser de algún sitio va por templos). Allí apenas vivimos un año, o dos a lo sumo, y nos trasladamos a la calle Gerona, entre, y sigo con los santuarios de la cristiandad, Santa Catalina y San Pedro.

A punto de cumplir nueve años, apenas cuatro o cinco después de llegar a esa calle, mucho más mora que catalana a decir de Reyes Aguilar, abandonamos el centro histórico para irnos a vivir al moderno y entonces despersonalizado barrio de Los Remedios, a donde llegaron familias pudientes y aspirantes a ello, dentro del desarrollismo tardofranquista de finales de la década de los 60 y principios de los 70. Allí viví durante veinte años, hasta que ya emparejado, experimenté la vida en el Aljarafe tomareño durante cinco años, que junto a los diecinueve que llevo en Nervión completan mi vida en lo inmobiliario.

Ese trayecto vital a través de los ladrillos que me albergaron justificaba mi idea de ser de muchos lugares. Incluso ese sentimiento de ser de muchos sitios y de ninguno, o de formar parte de tantos otros en los variados lugares donde he estado, tanto en la Península Ibérica como en el África subsahariana, o en el continente americano, desde el norte de Estados Unidos hasta la Patagonia, justificaba mi extraña familiaridad con tantas urbes que he conocido. Hay ciudades que las siento muy mías, como Nueva York, en la que apenas estuve veinticuatro horas, Sâo Paulo, a la que le he dedicado mi libro más extenso, y otras tan entrañables para mí como Lima, Rosario, Buenos Aires, Medellín, Bogotá, Santiago de Chile, Lisboa, Florencia o Cádiz, pero también muchas más. Puedo decir que nunca me he sentido mal en lugar alguno, ni siquiera en Goma, donde dormí durante dos meses bajo el fuego de la guerra de Ruanda. Sin embargo….

Sin embargo, escribir te desnuda, al menos en mi caso, y te descubre aspectos de tu vida que no has sido capaz de ver. Porque cuando he tratado de volver a mi niñez en algunas de mis obras, siempre apareció la calle Gerona. En esta calle mora sitúo mi encuentro con la tía Gloria Rossi de El guacamayo rojo, cuando en realidad aquello sucedió en Los Remedios; en la misma terraza de forja verde se desarrolla mi relato Volver, e imagino mi regreso a aquella casa que tanto me marcó, décadas después de haber vivido allí. En definitiva, cualquier recuerdo de mi infancia me lleva a ese espacio, a esa calle, mucho más que a ese barrio, que con tanta fuerza se me grabó.

Aquellos años tienen que ver con partidos de fútbol con José Manuel y con Benjamín, con bolas de papel, o pelotas que costaban 2,50 (pesetas) en el puesto de Antonia,  en el ensanche  que hacía la acera en la trasera del cine Apolo, o con partidas de bolas en el agujero que existía al lado de mi portal; con mi amor platónico a Chelo entre vuelos de cromos a palmetazos con la mano hueca; pero también con las quinielas que rellenaba con Miguel el barbero, mi incursión en otros mundos secretos en la chatarrería de Juan, aquel espacio enigmático plagado de tuercas y tornillos, retretes blancos acodados unos sobre otros, y oscuridades que llamaban al misterio y la aventura. Mi infancia tiene que ver con bolsas de leche Cunia que le comprábamos a Manolo el lechero, y de viajes a los mundos que me mostraban mis primeros libros de Julio Verne y mi bola del mundo, subido en uno de los coches de segunda mano que vendía Pepe bajo mi terraza.

A través de mis escritos he descubierto que no soy del Tiro ni de San Román, ni de Los Remedios, ni de Tomares o Nervión. Soy un niño de la calle Gerona, cuya mente viajó mucho desde siempre, pero que situó sus fronteras entre el puesto de Antonia frente a El Rinconcillo y la esquina de Doña María Coronel, dos de los puntos cardinales de mi tierra, que se completaban con los otros dos, los que marcaban el cine Apolo y una casa de vecinos, tan llena de pájaros como mi cabeza, en la que vivía María, la mujer con el moño más perfecto que he conocido.

De allí soy, de la calle Gerona, porque mi corazón tiembla cuando escribo sobre esa pequeña nación sin estado que me abrió al mundo. A mí desde sus adoquines, y a otras desde sus azoteas. Sí, soy de la calle Gerona, más almohade que catalán, trotamundos con billete de vuelta..

UN ESPEJO EN EL QUE MIRARSE

Allá por los años 80 del siglo pasado, un mal remero como yo se hizo entrenador en el Real Círculo de Labradores de Sevilla. Por aquella época, el Círculo, para los que somos de allí, el Labra, para quienes lo conocen de fuera, no entraba ni siquiera entre los cuarenta mejores clubs de España. Un desastre. Anchoa Muñoz, el entrenador que sucedió a quien le cabía el dudoso honor de dirigir la sección de remo, fue el que me dio la alternativa para ser su ayudante, y poco a poco fuimos formando un equipo.

Por aquella época, uno de los clubs de la ciudad desapareció, el Remo Sevilla, y sus deportistas fueron a parar al Labradores y al Náutico. Los mejores remeros masculinos fueron al Náutico de Sevilla, por aquel entonces el mejor club de España con diferencia, y las chicas ficharon por el Círculo, que comenzó a crecer gracias a ellas.

Con trabajo de cigarras, fuimos formando remeros que, cuando alcanzaban un cierto nivel de calidad, escapaban hacia el Club Náutico, que se llevaba siempre a los mejores. A pesar de eso, nosotros no nos frustramos, y tuvimos un espejo en el que mirarnos, que no era otro que Carlos Molina, el extraordinario entrenador de nuestros adversarios, historia viva del deporte sevillano, andaluz y nacional, que no ha obtenido el reconocimiento que merece.

Trabajamos mucho aquellos años, pero aprender de Carlos hizo que un día, con el paso del tiempo, con paciencia y tenacidad a pesar de las frustraciones, comenzásemos a formar a remeros de calidad que no querían marcharse, como nuestra primera medalla internacional, Curro Navarro, subcampeón del mundo junior. A partir de ahí, todo cambió, y nuestro amado Círculo se instaló entre la élite del remo nacional.

Hace ya muchos años que el Círculo de Labradores es el mejor club de remo de España. Cada temporada, decenas de sus remeros son campeones de España, internacionales, y algunos de ellos medallistas en campeonatos del mundo, olímpicos. Si mérito tuvo que saliéramos de aquel ostracismo tan mediocre, mucho más ha tenido mantenerse durante tantos años, preservando una cultura de esfuerzo y una manera de sentir los colores, a pesar de que han pasado no pocos técnicos que han sabido mantener al club en la cima.

Escribo esto como sevillista, cuando nuestro vecino el Betis busca un espejo en el que mirarse: el Celta, el Villarreal, el ….

Cierto es que el fútbol es otra cosa, que la confrontación en un deporte amateur y con escasos seguidores es diferente, que la generosidad de Carlos Molina hacia nosotros es difícil de trasladar al mundo del balompié, y que el Guadalquivir es el escenario compartido de los clubs de remo, con lo que todo puede ser más fácil en el remo que en el fútbol. Pero también lo es que imitar en el fútbol es tan posible como en el remo, y mucho más si cabe, por la cantidad de información pública que hay. No haría falta siquiera ni aceptar públicamente que se imita al vecino. Quizás el único problema que exista en realidad es que en el Betis se adolece de paciencia, por la obsesión en superar al rival.

espejoreinaNo hace tantos años, cuando Caparrós ascendió al Sevilla, éste quedó en mitad de la tabla, algo muy similar a como va a acabar la temporada el Betis, y no pasó nada. Era meritorio, y lógico tras haber vivido en segunda división con las carencias económicas que tenía el Sevilla. ¿Por qué no sucede esto con el Betis? ¿Impaciencia, envidia? Se me escapa.

Sevilla-LiverpoolAmigos béticos, ustedes pueden lograr lo mismo que el Sevilla, y no es cuestión de dinero, sino de mentalidad. Si no cambian, nada cambiará; si no cambian, no vamos a poder enfrentarnos en una final europea como a muchos nos gustaría; si no tienen paciencia, no pasarán de donde están, que, aunque no lo reconozcan, no es eso tan literario como falso de que son capaces de lo mejor y lo peor, sino la mediocridad. Quizás una diferencia que existe entre ambos clubs es que cuando el Sevilla fue mediocre, era ya plenamente consciente de ello. No digamos ahora, que estamos en otro escalón. Hace falta menos literatura de folletín para contar nuestra historia; es más necesario, si se quiere cambiar de verdad, tener espejos en los que mirarse

No le llamen suerte a nuestra trayectoria, ni busquen otro nuevo salvador para la suya. La fórmula no es secreta, y tampoco el Sevilla la patentó.

Imágenes tomadas de http://www.descubrelamagia.ning.com y de http://www.youtube.com

TRES MIL VIAJES AL SUR. ANABEL CARIDE

ANABEL Y YOCuando Tres mil viajes al sur se abría camino a través de las teclas de mi ordenador, y la estructura en cuatro historias adquiría forma, de pronto me sorprendí un día elucubrando acerca de la cita literaria con la que iniciaría el libro. A veces me pasa eso, que cuando aún no he terminado algo ya pienso en el paso siguiente. Para quienes no me conocen mucho, aunque estén cerca de mis trabajos, esto les lleva a pensar que hago muchas cosas a la vez y no las termino, que me enredo. Pero quienes están al corriente de mi trayectoria personal, saben que tiene que ver con mi forma de ser y que lo que empiezo, sea un maratón, una investigación o una novela, lo termino, aunque tarde siete años en hacerlo, como me sucedió con El guacamayo rojo. Los Tauro somos así.

Ahí se quedó el pensamiento, pero una vez que llegue al final de Tres mil viajes al sur, aun cuando sólo era por aquel entonces una obra apenas hilvanada, lo que me dio tiempo a presentar al Premio Ateneo de Sevilla de novela, volví a pensar sobre ello y se me encendió la bombilla de la mejor manera posible: hablar con Anabel Caride, una poeta que me encanta y que había vivido muchos años en el barrio de La Oliva, uno de los que conforman las Tres mil viviendas sevillanas, el término de la ciudad en el que brotan las historias.

Qué bonito sería―pensé―que una poeta del barrio estuviera en el libro.

Hablé con Anabel y le pedí si me podía hacer el poema de entrada de Tres mil viajes al sur. Me parecía precioso que la novela comenzase con los versos de una escritora del barrio, aunque ya no viviera allí. Y me dijo que sí, que le hacía mucha ilusión. Luego, la conversación continuó más o menos por estos derroteros:

― Anabel, había pensado que al ser  un libro basado en historias de mujeres, podrías ayudarme a buscar a diferentes escritoras y que cada una me hiciera uno para cada uno de los relatos. Aunque en realidad me encantaría que tú me hicieras todos, pero imagino lo difícil que tiene que hacer tantos, así que a ver si puedes ayudarme a encontrar a las personas idóneas.

― Yo te los hago todos. Mándame el libro.

Eso fue lo que ella me contestó y eso fue lo que yo también hice, enviárselo. Feliz.

Pasó el tiempo y, antes de que se fallase el Premio Ateneo, Anabel me envió……siete poemas a elegir: dos para la entrada y uno para cada historia, salvo para la de Blessing, para la que me envió dos. Abrumado, después de leerlos y releerlos, de pedir ayuda porque me gustaban todos, “me apropié” de seis de los siete, utilizando los dos de entrada, uno para la misma y otro como colofón, y cuatro para los diferentes relatos. Sólo tuve que dejar, y con todo el dolor de mi corazón, uno de los de Blessing, porque no se me ocurrió una buena excusa como para que esa historia llevase dos. Todos los poemas han salido publicados en el fantástico poemario de Anabel titulado Lloverá sobre tu nombre, editado por Anantes a finales de 2015, y que me hizo el honor de prologar. No ha habido forma mejor de redondear una obra como Tres mil viajes al sur como ésta, gracias a la inmensa generosidad de Anabel Caride.

Todos los escritores deseamos tener éxito con nuestras obras. Que tengan buena crítica, que se vendan y podamos ganarnos la vida con nuestra creación literaria, que nos hagan crecer. Imaginen cómo me encuentro yo a menos de una semana de que se presente Tres mil viajes al sur. Es muy difícil conseguir el reconocimiento que todos queremos, pero hay otros aspectos que son tan importantes o más que éste, como es el de encontrar en tu camino a personas espléndidas, con la calidad humana y literaria de Anabel Caride. Podrán suceder muchas cosas en mi corta o larga trayectoria literaria, exitosa o fracasada, pero conocer a gente de la talla de Anabel dará por bueno todo lo que venga.

Sirvan estas palabras para agradecer a Anabel que Tres mil viajes al sur sea mejor libro gracias a sus poemas. Que en el mundo haya personas como ella son la prueba de que no podemos perder la esperanza. Gracias.