MEDICALIZAR LA DESIGUALDAD

Este fin de semana la doctora Martha Milena Silva Castro, farmacéutica y antropóloga, ha vuelto a utilizar el primer texto de mi novela Tres mil viajes al sur para enseñar a realizar investigación cualitativa a los alumnos del Máster de Atención Farmacéutica y Farmacoterapia de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Y al igual que en el curso pasado, aún más si cabe, el resultado ha sido sorprendente.

Josefa es el título de la primera parte, subtitulada como Veo un tren y se me cambia la cara. En ella se relata el camino de una mujer hacia su suicidio. Josefa vive en la marginalidad, dentro de un barrio mortalmente herido, víctima de la exclusión social, de una familia tan desestructurada como el suburbio en el que reside. La vida ha dejado de tener sentido para ella y decide acabar. Utilizando diferentes técnicas de investigación cualitativa, desde la entrevista en profundidad, el grupo focal y el de discusión, se discutió acerca de los recursos con los que contaba la protagonista, los que la sociedad ofrece, para evitar llegar al desenlace que se había propuesto.

Josefa, gracias a nuestro sistema público de salud, contaba con un variado arsenal de medicamentos para la enfermedad mental. Asistía periódicamente a visitas a su psiquiatra. Quizás, una, dos, hasta tres o cuatro veces al año. Lo que no podía hacer era salir del entorno en el que vivía, de un barrio estigmatizado, de unos hijos e hijas víctimas de drogas y de la prostitución, de un entorno salvaje y descarnado, estigmatizado, como el que representa su barrio. No uno ni dos, ni tres ni cuatro días al año estaba en aquel suburbio dejado de la mano de Dios y sobre todo, de los hombres, en aquella cárcel sin barrotes; trescientos sesenta y cinco. Trescientos sesenta y seis habrían sido si hubiera vivido este, porque hasta en el dolor puede haber propina, a modo de bonus track de la desgracia.

Asistimos en estos momentos la crisis sanitaria del coronavirus. El aislamiento es una de las medidas que se han tomado para evitar contagios. Algo muy lógico, que lo entendemos de cajón en el marco de las enfermedades infecciosas. Sin embargo, nada de eso se aplica, ni se piensa, en lo que se refiere a los trastornos del ánimo derivados de la exclusión social. Para Josefa, personaje de ficción, solo hubo profesionales de la salud y antidepresivos, medidas absolutamente ineficientes ante la tragedia social de la marginalidad.

Dicen que contamos con un sistema sanitario universal, pero este solo aporta profesionales, tecnologías y medicamentos. No es poca cosa para lo que hay en el resto del mundo, pero tampoco es mucho para unas personas que necesitan a veces cosas muy diferentes.

Josefa era víctima de la sociedad, de la injusticia. Los medicamentos y los psiquiatras en su caso, y en el de muchísimas personas reales, de carne y hueso y no de la pasta de celulosa de la que están hechos los libros, no suponían otra cosa que un encarnizamiento terapéutico ante la ausencia de verdaderos recursos para ella, porque su enfermedad tenía raíces sociales y no clínicas. Una enfermedad social que emerge con sintomatología clínica se parece mucho a eso de agarrar el rábano por las hojas (te dejas el rábano dentro).

Entre todos los asistentes a la sesión llegamos a la conclusión, sin necesidad de adoctrinamiento político alguno, de que un profesional de la salud debería ser primero defensor de la justicia social. Porque sin justicia social no será posible garantizar la salud de los más débiles. Sí, la justicia social debe ser previa a los recursos terapéuticos, y como no lo es, asistimos a un mundo cada vez más esquizofrénico que demuestra que las enfermedades nos e pueden dividir en contagiosas o no, porque todas lo son.

Sí, gozamos de un sistema sanitario universal y público, pero que lamentablemente no ofrece lo que las personas necesitan. Un mero brindis al sol, si nos conformamos con conservarlo, un mero espejismo. O un apasionante camino por recorrer juntos, un desafío por alcanzar, para beneficiarnos todos.

Sí, en este Máster tan original, tan humano, tan único en su profesorado y en sus objetivos, algo que merece una entrada aparte para explicarlo, tratamos de enseñar y aprender cómo disminuir la morbi- mortalidad asociada a medicamentos. Pero somos conscientes de que esto no es más que una mínima parte del camino a recorrer para garantizar la salud de las personas. Y si queremos de verdad garantizarla, la justicia social tiene que ser un reto innegociable.

LECTURAS 2019

Tres muertos. Nacido en 2019

Un poco de todo en mis lecturas de 2019. Algunas relecturas, más poesía, y la dificultad de dedicar más tiempo cuando es año de publicar. También ha habido revisión de manuscritos de colegas amantes del sadomasoquismo literario. ¿Será porque mal de muchos, consuelo de tontos?

  1. La responsabilidad del escritor, de Jean-Paul Sartre (Centells. José J. de Olañeta, Editor).
  2. Antropoceno, de Antonio Aguilera Nieves (Utopía).
  3. La huella de las ausencias. Un relato sobre Walada, de Miriam Palma Ceballos (Maclein y Parker).
  4. Andar sin ruido, de Carlos Frontera (Páginas de Espuma).
  5. La máquina de pensar en Gladys, de Mario Levrero (Criatura Editora).
  6. Los últimos caminos de Antonio Machado, de Ian Gibson (Espasa).
  7. 14 de julio, de Éric Vuillard (Tusquets Editores).
  8. La vida amorosa de Telonius Monk y otras historias mínimas, de Pablo Silva Olazábal (Ed. Yaugurú).
  9. La balada de Johnny Sosa, de Mario Delgado Aparaín (Seix Barral).
  10. También vivir precisa de epitafio, de Javier Sánchez Menéndez (Chamán Ediciones).
  11. Voces de La Vera, de Juan Vega (Editorial Comba).
  12. Confesión, de Lev Tolstói (Acantilado).
  13. Maleza, de Daniel Ruiz García (Tusquets Editores).
  14. Versiones ejemplares, de Eduardo Cruz Acillona (Editorial Enkuadres).
  15. El corazón de oro y otros relatos, de Javier Salvago (Ediciones de la Isla de Siltolá).
  16. Antonio Machado. Biblioteca Fundamental de Nuestro Tiempo. Antología de Jorge Campos (Alianza Editorial).
  17.  Voces humanas, de Penelope Fitzgerald (Impedimenta).
  18. Calle de los noctámbulos, de Anabel Caride (Anantes).
  19. Sortilegio, de María Zaragoza (Minotauro).
  20. Fugaces, de Sara Portillo (Seleer).
  21. Cuaderno de San Lorenzo, de Francisco Gallardo (Algaida).
  22. El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa (Seix Barral).
  23. Un sol inocente, de José Daniel M. Serrallé (Renacimiento).
  24. La biblioteca del agua, de Clara Obligado (Páginas de Espuma).
  25. Curva, de Aurora Delgado (Sloper).
  26. Tus pasos en la escalera, de Antonio Muñoz Molina (Seix Barral).
  27. Diorama de un ojo de cristal, de Gregorio Verdugo (manuscrito).
  28. Lluvia fina, de Luis Landero (Tusquets editores).
  29. La mujer de Lot, de Isaac Páez (manuscrito).
  30. Apología de Sócrates, de Platón (Espasa- Calpe, colección Austral).
  31. Critón o el deber ciudadano, de Platón (Espasa- Calpe, colección Austral).
  32. El sonido del caracol salvaje al comer, de Elisabeth Tova Bailey (Capitán Swing).
  33. Cartas de España, de José María Blanco White (Fundación José Manuel Lara).
  34. Mis mundos menores, de Ignacio Colón Torrent (Ed. Ruser).
  35. Un hombre soltero, de Christopher Isherwood (Acantilado).
  36. Pájaros que se quedan. Otoño en Pensilvania, de Eduardo Jordá (RBA Libros).
  37. El potro salvaje y otros cuentos, de Horacio Quiroga (Anaya, Biblioteca de El Sol).
  38. Canto a mí mismo, de Walt Withman (Akal).
  39. Rialto, 11, de Belén Rubiano (Los libros del asteroide).
  40. El farmacéutico de Auschwitz, de Patricia Posner (Ed. Crítica).
  41. Áyax, de Sófocles (Signatura ediciones).
  42.  Amor doncella cierva, de Mónica Collado Cañas (Limbo Errante).
  43. El decapitado de Ashton, de Iván Onia Valero (Siltolá).
  44. Magallanes. El hombre y su gesta, de Stefan Zweig (Capitán Swing).
  45. Carta abierta a un españolito que viene al mundo, de Manuel Ferrand (Ediciones 99).
  46. Poesía, de Pablo Neruda (Unidad Editorial, Las poesías del verano).

CÓMO ADQUIRIR “TRES MUERTOS” FUERA DE ESPAÑA

A continuación os cuento cómo poder conseguir mi última novela fuera de España. Muchos habéis sido los que me habéis preguntado, en especial en el continente americano, así que aquí va la explicación.

Antes que nada, los datos del libro:

Título: Tres muertos.

Autor: Manuel Machuca.

Editorial: Ediciones La isla de Siltolá.

ISBN: 978-84-17352-42-4

Ediciones La Isla de Siltolá, editora de Tres muertos, tiene dos distribuidoras internacionales para sus libros:

LA PANOPLIA EXPORT

Dirección web: www.panoplialibros.com

Pedidos: pedidos@panopliadelibros.com

CENTRO DE EXPORTACIÓN DE LIBROS ESPAÑOLES (CELESA)

Dirección web: www.celesa.com

Pedidos: celesa@celesa.com

La solicitud del libro puede realizarse de dos formas:

  1. A través de vuestra librería de confianza.

Esta es la forma que personalmente más me agrada, ya que creo que las librerías son una pieza fundamental en el sector de los libros. Cuando vayáis a encargarlo, decid a vuestro librero, además del título, autor, editorial, e ISBN si queréis, que lo encargue a cualquiera de las dos distribuidoras que se lo podrían facilitar. Vuestra librería os dirá cuándo estará disponible.

  • Directamente a través de la distribuidora.

Podéis dirigiros directamente a las distribuidoras a través de sus direcciones web o de correo electrónico para que os lo envíen.

Espero que esta entrada os aclare la forma de encargarlo. Solo me resta agradeceros a los que lo solicitéis y que me enviéis vuestros comentarios sobre su lectura al Rincón de los lectores de mi página www.tresmuertos.es

¡Gracias y buenas lecturas!

EN EL TIRO DE LÍNEA, CLARO QUE SÍ

Quien haya venido a las presentaciones de mis libros, sabe que son diferentes, pero que tienen un sentido. Tan solo la primera, la de Aquel viernes de julio, tuvo, por así decirlo, un formato clásico, aunque con la suerte de que me acompañase una mujer como Concha Caballero, a la que echamos tanto de menos en momentos políticos como este.

Cuando presenté El guacamayo rojo, que contaba la historia de tres generaciones de emigrantes andaluces en Brasil, lo pude hacer junto a escritores y profesores de literatura emigrantes, que saben del desarraigo, y con Vicky Luna e Ismael Rodríguez, el gran dúo Chez Luna, que con tanta generosidad inundó aquella noche lluviosa de notas de samba y bossa nova.

He tenido mucha suerte en las presentaciones. Por tantas personas que acudieron a mis llamadas y también por todos los que me dijeron sí a compartir conmigo aquellos días: Concha, Raquel Campuzano, Alejandro Mejías, Rocío Muñoz, John Julius Reel, Ismael, Vicky… como después la tuve con Anabel Caride, Antonio Ortega o Mar González, la Fundación Alalá, el grupo de teatro No nos duele na y los Poetas Sureños cuando se presentó Tres mil viajes al sur en San Bernardo, un lugar especial en el que sus habitantes fueron de las primeras víctimas de la gentrificación, ese mal moderno que arrasa los barrios tradicionales de las ciudades.

Esta vez, para la cuarta novela, nos iremos al Mercado del Tiro de Línea, a la plaza de abastos del barrio en el que nací y del que me fui muy pronto, a los dos años, cuando la casa de mi abuela pasó a ser la de mis tíos. Es en este barrio en el que se desarrolla buena parte de la historia que cuenta Tres muertos, y por eso, la intención de presentarla en un espacio emblemático del barrio.

Y nuevamente la generosidad, la de los placeros, encabezados por su presidente Paco Ávila y por Manolo Rodríguez, que han puesto todas las facilidades posibles y casi imposibles para que la presentación tenga lugar y sea un éxito. Un mercado implicado en lo cultural y en lo social. En lo cultural, porque celebran actividades de todo tipo, como lecturas del Quijote, y porque tienen un espacio para lectura e intercambio de libros; y en lo social, porque dispone de un frigorífico solidario para alimentar a personas de bajos recursos de forma gratuita. Lo dicho, este mercado es un sostén del barrio, que alimenta el estómago y el alma de los necesitados.

A pesar de su título, Tres muertos es un libro con mucha vida, con la vida que resiste tras el dolor, tras la muerte, y qué mejor que presentarlo en un espacio que es vida de barrios como el Tiro de Línea, alejados de rutas turísticas pero que, sin embargo, albergan la esencia más pura de la ciudad. Y allí se presentará, entre puestos de flores, de carnes y pescados, de ultramarinos; alma y vida.

Y nuevamente gracias a quienes me van a acompañar esta vez: a Eduardo y a Ana, a Lola, a Elena e Isaac, a Amparo y a las canciones de mi vida; a todos los que deseéis acercaros a compartir esta noche tan especial.

Y no voy a terminar sin acordarme y agradecer a una persona esencial para mí desde que ambos nos desviamos de la autopista de nuestra carrera universitaria para adentrarnos en carreteras secundarias, sin duda las más bellas y luminosas: Lourdes Ramírez Mota, mi amiga, mi compañera de camino artístico, siempre generosa cada vez que la necesito, y a la que solo le puedo achacar el defecto de que hace tiempo que me debe un cartel que nunca me da. Pero es tanto lo recibido, tanto lo que me ha dado, que esta vez será la última que se lo recordaré.

Os espero el viernes 17 de mayo, una noche de voces, de baile y de vida. De mucha vida. Y no os olvidéis de que hay una lista de Spotify denominada Tres muertos, la banda sonora de esta historia.

MIS LECTURAS DE 2018

Aquí están los libros leídos en el año que termina. La vida da para lo que da, nunca son suficientes los libros leídos ni todos han sido satisfactorios. Al fin y al cabo esto es eso, la vida.

  1. Lengua de serpiente, de Rocío Muñoz (Editorial Kande)
  2. Hasta que sea verano, de Ignacio Arrabal (Anantes)
  3. Relatos. La familia Cats. Caballos fantasmas, de Isak Dinesen (Plaza & Janés)
  4. La cercanía del mar, de Silvia Tocco (El Mono Armado)
  5. Boquitas pintadas, de Manuel Puig (Seix Barral)
  6. Bajo el sol jaguar, de Ítalo Calvino (Tusquets)
  7. La sala japonesa y otros relatos, de Javier Compás (Anantes)
  8. Cartas a Siracusa, de Lucía Feliu (Almuzara)
  9. La canción del pirata, de Fernando Quiñones (Planeta)
  10. Canción dulce, de Leila Slimani (Cabaret Voltaire)
  11. Ara, como el río, de Charo Jiménez (Triskel ediciones)
  12. Veintidós estaciones, de María Dolores Almeyda (Karima editora)
  13. Áspera seda de la muerte, de Francisco Gallardo (Algaida)
  14. El color de los ángeles, de Eva Díaz Pérez (Planeta)
  15. La distancia, de Pablo Aranda (Malpaso)
  16. El beso de la mujer araña, de Manuel Puig (Biblioteca El Mundo)
  17. El queso y los gusanos, de Carlo Ginzburg (Península)
  18. Operación Masacre, de Rodolfo Walsh (Ediciones de la Flor)
  19. La Semana Santa de Sevilla, de Isidoro Moreno Navarro (Ayto. de Sevilla)
  20. El hombre que ya no soy, de Salvador Navarro (Algaida)
  21. Democracia, de Pablo Gutiérrez (Seix Barral)
  22. Eres el mejor Cienfuegos, de Kiko Amat (Anagrama)
  23. La mano invisible, de Isaac Rosa (Seix Barral)
  24. Cara de pan, de Sara Mesa (Anagrama)
  25. Puro fútbol, de Roberto Fontanarrosa (Biblioteca Fontanarrosa Planeta)
  26. El juego de la invención, de Elena Marqués (Extravertida Editorial)
  27. La artesanía de las horas, de Rafael Romero Rincón (Read Book Editorial)
  28. Cae la noche tropical, de Manuel Puig (Seix Barral)
  29. Un pedigrí, de Patrick Modiano (Anagrama)
  30. Genios del fútbol, de Joaquín DHoldán (El Paseo)
  31. Feliz final, de Isaac Rosa (Seix Barral)
  32. Nowhere man, de Isaac Páez (Ediciones en huida)
  33. Morir es relativo, de Eduardo Cruz Acillona y Miguel Baquero (Cazador de ratas)
  34. Relato de un náufrago, de Gabriel García Márquez (Tusquets Editores)
  35. Ni muerto has perdido tu nombre, de Luis Gusmán (Edhasa)
  36. Ulises con alma ajena, de Reyes García-Doncel (Triskel ediciones)
  37. El viejo y el mar, de Ernest Hemingway (Editores Mexicanos Unidos)
  38. El año de la luna azul, de Lucía Feliu (Ediciones Alfar)
  39. Un viaje a Salto, de Circe Maia (Ediciones de la Banda Oriental)
  40. Las campanas de Antoñita Cincodedos, de Julio M. de la Rosa (El Carro de la Nieve)
  41. El sol (no) arde mejor en primavera (*), de María Dolores Almeyda (Enkuadres)
  42. Ocnos, de Luis Cernuda (Seix Barral)

EL AÑO DE LA LUNA AZUL

Quiero agradecer a Lucía Feliu la oportunidad de permitirme presentar su libro El año de la luna azul que ha editado con tanto gusto Ediciones Alfar.

Conocía Lucía con motivo de la publicación de su anterior novela, Cartas a Siracusa, en la que ya hallé una escritora de prosa limpia, de lectura ágil y que maneja de una forma excelente los tiempos y el entramado de sus historias para conseguir que los lectores no perdamos nunca el interés, para mantenernos en una tensión que puede abocarnos al insomnio si somos de leer en la cama.

Otro aspecto muy relevante a destacar, que salta a la vista, es la labor de documentación de la novela, una realización cuidadosamente confeccionada, que ya resultó ser sobresaliente en su obra anterior y que aquí continúa por la misma senda. Puedo afirmar que Lucía Feliu es una escritora que no deja nada al azar, a la improvisación, que detrás de sus novelas hay un trabajo paciente,honesto y responsable, de auténtica ratona de biblioteca. Es algo de lo que me gustaría conversar ahora con Lucía, que contase cómo es ese trabajo que lleva acabo para dotar de verosimilitud a su narración.

Estos dos aspectos que he señalado hasta ahora, su prosa limpia y su prolija documentación, uno más agradecido o más apreciado que otro, tienen tras de sí una elaboración ardua, tediosa, que requiere de una gran minuciosidad, algo que solo es posible realizar si se ama, se disfruta con la escritura. Quiero resaltarlo porque los lectores solemos valorar la documentación, aunque nos encante cazar algún error que pueda habérsele escapado al autor, pero, con más frecuencia de la deseable no reparamos en el duro trabajo de cincel y pulidora al que hay que someter a la palabra escrita para conseguir que esta sea ligera y entretenida, adjetivo este con mala prensa en la literatura, como si no fuera meritorio entretener sino hacer sufrir con verbos seculares y adjetivos retorcidos. Escribir no es teclear, sino que es un oficio que precisa de arquitectura y belleza por igual, diseño y herramientas; cartabón, escuadra y compás, y también cincel, martillo y destornillador.

En otro orden de cosas, al preparar estas palabras me ha venido a la memoria el escritor estadounidense Jim Thomson, que afirmaba que hay treinta y dos formas de contar una historia, pero solo una buena; y a colación de esto quisiera señalar, y dialogar también con la escritora, acerca del punto de vista elegido para contar la historia. Lucía Feliu ha escogido narrar en primera persona desde la figura de Carlos Céspedes, un músico indeciso, inestable, y hasta un punto acomplejado ante la figura de su hermano Gregorio, periodista de éxito,cuyo fallecimiento en un atentado en Israel, en el que cae herido el famoso historiador Johannes Swartz, desencadena la trama principal de la novela, de la que obviamente no puedo adelantar nada, más allá de incluir el tráfico de obras de arte y diamantes desde la Alemania nazi a nuestros días, con la que la autora nos traslada por España, Rusia, Israel, Alemania o Bélgica entre otros lugares. No puedo dejar de mencionar a Raquel, antigua novia de Gregorio y compañera de trabajo de Carlos en el hotel donde el músico se gana la vida, amenizando las veladas al piano.

Con frecuencia, las narraciones de intriga, me abstengo de calificar el género dela novela porque es otra de las cosas que me gustaría conversar con Lucía, se realizan mediante un narrador omnisciente, alguien que no existe, pero todo lo sabe, y que se utiliza a veces por comodidad, al tener más ojos que un narrador en primera persona. Creo que la narración en primera persona de una novela de estas características añade riesgo, y más si, como es el caso, el narrador elegido, es hombre, y nuestra autora, mujer. Otro aspecto sin duda del que me interesaría conocer cómo lo ha vivido, porque es algo que yo he realizado como escritor, el cambio de sexo, me refiero, lógicamente en sentido literario, que no literal, y sin duda denota ambición.

Los personajes principales, los hermanos Céspedes y Raquel, están bien trazados,tienen personalidad, aunque sea la dubitativa y voluble del pianista. Somos capaces de reconocerlos en su humanidad, dicho esto como sinónimo de imperfección, puesto que estoy convencido de que es la imperfección la que nos hace humanos.

Los diálogos resultan ser ágiles, acordes con la habilidosa narración, llena de oficio y lecturas, que dan esa capacidad para conducirnos por la historia hechos un mar de dudas al desconocer quiénes están detrás de los actos delictivos. Tramas y subtramas viajan de forma misteriosa a lo largo del libro,y quizás escondan algún mensaje que la autora desee desvelar, o quizás permanezca oculto hasta las últimas páginas.

En definitiva, y antes de pasar a dialogar con Lucía Feliu acerca de El año de la luna azul creo que esta obra supone un punto y seguido en la carrera literaria de la autora, lo cual es una gran noticia por el riesgo que podría suponer bajar el listón de expectativas. En Lucía hallamos un estilo definido que hará las delicias de los lectores que amen embarcarse en historias como esta, en las que la acción y el suspense encuentran una autora experta que sabemos que no nos va a decepcionar.Todo lo más, nos provocará algunas ojeras de más al despertarnos. Pero para resolver este problema, hasta eso habrá pensado, están farmacéuticos como su marido.

Presentación de El año de la luna azul, de Lucía Feliu, el 18 de diciembre de 2018 en la librería Botica de Lectores.

FELIZ FINAL

…la jodida libertad es la trampa con la que nos están quitando el suelo bajo los pies…

La lectura de la última novela de Isaac Rosa (Sevilla, 1974) me ha hecho sentirme así. De alguna forma el escritor ha socavado la tierra sobre la que pisaba y me ha hecho percibirque era mucho menos firme de lo que pensaba. Se dice que una novela, una obra artística en general, es un punto de encuentro entre el autor y el lector o, por extensión, el que se detiene a contemplar la creación. Esta es, tras La mano invisible (Seix Barral, 2011),la segunda vez que acudo a ese punto de encuentro con el escritor sevillano y puedo decir que en ambas me he llevado una buena hostia, como si hubiera pegado un tirón de la alfombra que pisaba y cayera de bruces contra esa realidad cogida con alfileres en la que vivimos.

Leer Feliz final no solo me ha interpelado acerca de mi propia relación de pareja, del significado del matrimonio, del papel de los hijos, sino que me ha llevado a cuestionarme sobre los valores de nuestra sociedad, que son,aunque me cueste reconocerlo, los míos, porque yo soy un ser social. De alguna manera,en Feliz final hay una nueva mano invisible, como en la novela publicada hace siete años, que maneja con habilidad los hilos emocionales que nos sostienen, tan frágiles y a merced de cualquier brisa. Mucho me temo que la mano sea la misma, o al menos sean los mismos personajes misteriosos los que la gobiernan.

Aunque existe la tentación, y me resultó casi inevitable no hacerlo, de comenzar a leer la obra en clave personal, Isaac Rosa tiene la grandeza de invitarnos a interpretarla en modo social. Ángela y Antonio, la pareja protagonista nos relatan su historia emocional y también la nuestra, la de esa democracia que cuentan que comenzó hace cuarenta años, la de la sociedad del bienestar que inició su construcción en Europa sobre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, la que creíamos que gozaba de sólidos cimientos, a salvo de cualquier embate. Sí, al igual que el comienzo de la novela, íbamos a envejecer juntos: Ángela y Antonio, Carmen y yo, ustedes dos, nuestra democracia, nuestros derechos sociales… hasta que la brisa nos desnudó, hasta que la mano invisible nos arrancó de cuajo las vestimentas y nos mostró una etiqueta de Primarkbajo el lienzo que vestíamos.

Me ha parecido un gran acierto el contar la historia desde el final. Quizás esta lectura particular no hubiera sido posible si la obra no hubiera estado escrita así. Qué importancia tienen las formas en la literatura, escoger el punto de vista adecuado para lo que se quiere contar, o para lo que he interpretado como lector. Hay gente que sabe escribir muy bien, en el sentido de elegir las palabras correctas y conjugarlas de una manera académica, pero que no sabe contar historias. La forma que ha elegido Isaac Rosa me ha parecido extraordinaria, con una prosa que ha actuado como un pedernal contra mi conciencia.

Una obra magnífica que invito a leer a quien no tema sentir que el suelo se resquebraja bajo sus pies.Aunque no por dejar de leer a Isaac Rosa este será más sólido.

HAY ESPERANZA

Son las ocho de la mañana del lunes. Cualquier hora es buena para leer un libro, y más en un parque tranquilo, en el que apenas están en ese momento los trabajadores, el que suscribe y su perro. Tan absorta está en su lectura que no repara en la mirada sorprendida de mi can, tan extrañado como yo de encontrar a alguien leyendo bajo la sombra, aún innecesaria, de un árbol.

Ella viste el uniforme de una empresa de limpieza, de esas que pagan sueldos miserables a mujeres que corren de aquí para allá a limpiar comunidades de vecinos, oficinas de empresas y lo que toque. Quizás no haya comenzado aún su jornada, o puede que su horario le dé un respiro. Sea como fuere, no está leyendo mensajes de WhatsApp o curioseando muros de Facebook. Es una novela la que la tiene absorta, ajena a la mirada de Coke o a mi fotografía indiscreta.

Me voy del parque sin haberla visto levantar la mirada del libro. Nada la importuna, ni siquiera la labor de los jardineros del parque, que en lugar de cuidar sus árboles y sus plantas no tienen más remedio que recoger las botellas, plásticos e inmundicias que nos legan nuestros hijos en sus botellonas de fin de semana.

Dejo al perro en casa, subo a mi bicicleta y me dirijo a trabajar. Poco después me encuentro de nuevo con ella, que camina junto al carril bici en dirección, como yo, del lugar donde se gana la vida. Y para allá va, con el libro atrapado en su mano izquierda, quizás deseando tener otro receso para continuar internándose en ese nuevo mundo que le ofrece la lectura.

Gracias, mujer desconocida. Me has alegrado la mañana, me has hecho sentir que mientras haya personas como tú, habrá esperanza.

MIALMA

Nací en China hace muchos años. Mis dueños, unos emplesalios madalines que se instalalon en Sevilla, pusielon un lestaulante. Chino, clalo, quillo. Fui feliz una jaltá de tiempo, pelo un día de lluvia un cholizo me lobó a mi dueña, pendiente de que no se le pasala el aloz.

Mi vida fue un calvalio. Me vendielon en un melcadillo pol na. Ayel hizo viento y me lompí. Pelo como mi dueña es muy flamenca, me va a conveltil en un abanico de felia, polque en felia llueve mucho. Así que a paltil de hoy me espela una nueva vida, mialma.

ÁSPERA SEDA DE LA MUERTE

ARGUMENTO: En la Sevilla oscura y tenebrosa de la época posterior a la Guerra de la Independencia, Flora de Letona, harta de los malos tratos y la violencia de su marido, el teniente ilimitado Juan Ballester, héroe en la contienda contra los franceses, inicia una demanda de divorcio que la lleva a convertirse en mujer depositada, al quedar confinada en uno de los beaterios de la ciudad mientras se resuelve el proceso.

Premio de novela Ciudad de Badajoz 2017.

De Paco Gallardo, una leyenda del baloncesto sevillano, un excelente médico, tendría dudas a la hora de opinar cuál es su faceta más destacada, no en vano es de esas escasas personas que todo lo que hace lo realiza de una forma extraordinaria. Basta leer lo que escribe en Facebook para reconocer que es un excelente escritor, un poeta en prosa, que no necesita dibujar más allá de unas líneas para emocionar, para desarmar con la palabra a quienes tenemos la suerte de leerle. ¿Qué es si no la buena literatura?

Áspera seda de la muerte, la novela con la que ha obtenido el Premio de novela Ciudad de Badajoz, es una obra extraordinaria, y voy a tratar de explicar por qué me lo ha parecido sin que tenga nada que ver el afecto y admiración que tengo hacia la persona que hay detrás del escritor. No en vano hay muchos otros y otras a los que aprecio, a los que tengo por amigos, y a pesar de ello no es de mi gusto lo que escriben.

Ambientada en la Sevilla de principios del siglo XIX, Áspera seda de la muerte parece en principio una novela que nos habla del papel de la mujer en la sociedad de la época, en la que el maltrato no era más que una consecuencia tan natural como desgraciada. Y por supuesto que lo es, como lo es también, y creo que es el argumento de fondo, el coste personal y social que padecen en este país, y en Sevilla de una manera muy especial, aquellos que apuestan por el progreso, que acaban enfrentados al poder establecido, tan poderoso como ignorante.

La novela es un retrato de la Sevilla de la época, aunque me atrevo a decir que esa foto sepia que realiza el autor podría realizarse hoy también en formato .jpg. Desgraciadamente, los tiempos de oscuridad no han pasado en Sevilla y lo peor es que no hay indicio alguno de que desaparezcan. Ya lo dijo el reciente hijo predilecto de la provincia Alfonso Guerra, aquí quien se mueve no sale en la foto, y esta frase podría aplicarse a tiempos anteriores al daguerrotipo. Una ciudad que permanece ensimismada, secuestrada por las familias que la tomaron en 1248 y que condena al inframundo a los librepensadores. En este sentido, es magnífico el correlato que realiza el escritor en el último capítulo, en su recorrido a través de pasadizos oscuros hacia la casa del inglés convertida en prisión de liberales. Como sevillano y como librepensador, no puedo negar la angustia y desazón que he sentido al leer esta novela, desgraciadamente tan actual a pesar de los doscientos años que nos distancian de la trama. Sevilla, España, es la patria de unos cuantos que se encargan de taponar el progreso.

Los personajes me han resultado redondos y extraordinarios, tanto los principales como los secundarios: el doctor Arribas, como encarnación del progreso; Juan Ballester, el teniente ilimitado, correlato del atraso y de la violencia que lo sustenta; Flora de Letona, la representación de la heroicidad que supone tratar de cambiar algo; y todos los secundarios, bien cerrados cada uno en su papel. Mención aparte se merecería la ciudad como personaje que lo envuelve todo, que lo explica todo. Paco Gallardo se convierte así en uno de los escritores que mejor han retratado la ciudad.

La ambientación de la época tiene tras de sí un trabajo arduo, una documentación paciente, un trabajo de hormiga, de un paciente ratón de biblioteca al que puedo imaginar dedicándole durante años el escaso tiempo que pueda disponer.

No quiero terminar sin destacar algo que me ha parecido esencial de la novela, como es su prosa, auténtica prosa poética a la que nos tiene acostumbrados a sus seguidores de Facebook, tan poderosa que no solo es capaz de irradiar belleza, sino que sostiene ella misma la trama de la novela. Si afirmo que es prosa poética la de Paco es porque estoy convencido de que es la palabra y no la acción la que soporta todo el proceso creativo. La forma de escribir no es solo cuidada, bella o escrupulosa, sino que mantiene el ritmo de la obra por sí sola, se basta y se sobra. Qué pocos escritores son capaces de hacer eso y qué bien lo hace. El ritmo, la intriga, la emoción las marcan las comas, las repeticiones de frases cuidadosamente elegidas, los saltos de escena, las idas, las venidas. Es aquí donde Áspera seda de la muerte deja de ser una buena novela y se hace extraordinaria, y solo deseo que tenga el éxito que sin duda merece.