MIS LECTURAS DE 2017

Ha sido un año de escribir mucho, y la lectura se ha resentido un poco. También 2018 será un año de intensa escritura, y quién sabe lo que me deparará de lecturas. Como siempre, no todo me ha apasionado, pero ha merecido la pena. Leer casi siempre lo merece.

  1. Una verdad improvisada, de Carmen M. Cáceres (Pre- Textos)
  2. Vino y pólvora, de Susana Martín Gijón (Anantes)
  3. Las soledades de Juana, de Rosana López (Torre del Vigía)
  4. Mala letra, de Sara Mesa (Anagrama)
  5. El novio del mundo, de Felipe Benítez Reyes (Tusquets)
  6. Carne de carnaval, de David Monthiel (El Paseo)
  7. La historia de Sevilla en 80 objetos, de Manuel Jesús Roldán (El Paseo)
  8. Mientras agonizo, de William Faulkner (Cátedra)
  9. A la sombra de Robert Johnson, de Fau Trujillo y Lola Crespo
  10. La danza de los espejos enfrentados, de Gregorio Verdugo (Seeler)
  11. La uruguaya, de Pedro Mairal (Libros del Asteroide)
  12. Trampantojo, de Charo Jiménez (Triskel)
  13. La muerte sobre un caballo pálido, de Lola Crespo (Cangrejo Pistolero)
  14. Los niños perdidos, de Valeria Luiselli (Sexto Piso Ensayo)
  15. La gran ola, de Daniel Ruiz García (Tusquets)
  16. El pez volador, de Hipólito G. Navarro (Páginas de espuma)
  17. Querida Ijeawele, o cómo educar en feminismo, de Chimamanda Ngozi Adichie (Literatura Random House)
  18. Héroes rotos, de Joaquín DHoldan (Triskel)
  19. El día a día, de Eva Monzón (Sargantana)
  20. El Domingo de las madres, de Graham Swift (Anagrama)
  21. Carta de una desconocida, de Stefan Zweig (Acantilado)
  22. Juan Belmonte, matador de toros, de Manuel Chaves Nogales (Cátedra)
  23. El monarca de las sombras, de Javier Cercas (Literatura Random House)
  24. La casa de los gatos, de Gregorio Verdugo (pendiente de publicación)
  25. Animales en el parque, de Mila Guerrero (pendiente de publicación)
  26. El monarca de las sombras, de Javier Cercas (Literatura Random House)
  27. Tú no eres como las otras madres, de Angelika Schrobsdorff (Periférica)
  28. Duelo, de Eduardo Halfon (Libros del Asteroide)
  29. El hoy es malo, pero el mañana es mío, de Salvador Compán (Espasa editores)
  30. El fútbol, de la mano, de Eduardo Sacheri (Alfaguara)
  31. Detrás de los ojos, de Silvia Tocco (El mono armado)
  32. El hombre que se rio una vez, de Salvador Compán (La Lechuza Blanca XVII)
  33. Raíces y puntas, de Alejandro Luque (Triskel ediciones)
  34. El maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Chaves Nogales (Libros del Asteroide)
  35. La vuelta al día, de Hipólito G Navarro (Páginas de Espuma)
  36. Las voces del mar y otros cuentos, de Andrés González- Barba (Samarcanda)
  37. Nowhere man, de Isaac Páez (Ediciones en huida), dos veces
  38. 1922, de Isaac Páez
  39. Disparos al aire, de Isaac Páez (Berenice)
  40. Hasta que sea verano, de Ignacio Arrabal (Anantes). Por terminar
  41. Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa (Seix Barral). Por terminar
  42. Lengua de serpiente, de Rocío Muñoz (Danke). Por terminar

NOWHERE MAN, de Isaac Páez

RESUMEN. Fernando Bautista, un literato fracasado, poco antes de cumplir los cuarenta años, ha perdido todo: su familia, su patrimonio y, lo que es peor, la esperanza. Instigado por su amigo Roberto, inicia un periplo en busca de trabajo, y de un lugar en el mundo, que lleva al protagonista por Suiza, Alemania y Francia, en una huida de la que no se sabe bien de qué o quién se huye, y por tanto, y cito palabras del autor, nunca se tiene claro adónde ir.

He leído por dos veces esta novela de apenas 164 páginas en el espacio de poco más de una semana. La primera fue al conocer personalmente al autor, un sevillano de 1984, profesor de Historia en la enseñanza secundaria pública, y la segunda porque, después de felicitarlo por la extraordinaria obra que había escrito, no olvidemos que llego a ser finalista del Premio Nadal, el autor sufrió un impulso, con certeza nada meditado, de invitarme a presentársela en la librería Un Gato en Bicicleta el miércoles 27 de diciembre. Espero que las burbujas del cava, extremeño o catalán, él sabrá, que ingiera en fin de año le haga olvidar esta tremenda equivocación.

Cuántas veces se cae una novela en una segunda lectura. Afortunadamente, no ha sido así, sino todo lo contrario. Leyéndola, releyéndola, uno se pregunta por qué le gustan las novelas en general. Por qué cree que es una gran obra, cuáles son sus secretos, los que me gustaría no solo desvelar, sino también asimilar, para, al tratar uno también de escribirlas, intentar emular el talento de un escritor de apenas treinta y tres años, del que lo que he leído hasta ahora, prosa y poesía, en este corto espacio de tiempo, solo puedo contar gloria bendita.

Nowhere man es una obra magníficamente estructurada. Dividida en diez capítulos, Isaac Páez utiliza los tres primeros para hacer un retrato del escenario vital en el que se mueve el personaje protagonista y el comienzo de su huida. La primera parada será la localidad suiza de Widnau, y posteriormente ese viaje a ninguna parte le llevará por Lindau, en Alemania, Paris, Zurich y, supongo, que Sevilla. Resulta curioso que no recuerdo que Sevilla aparezca nombrada a lo largo de la novela, aunque se intuya que es su ciudad natal el principio y fin de la historia, así como tampoco el apellido del protagonista, Bautista, salvo en la solapa de la portada. El viaje a través de Europa, el motor más obvio que hace avanzar la novela, marca el proceso de evolución de un personaje, y se convierte en un auténtico correlato de la obra, porque estimo que el itinerario no es baladí sino intencional, ya que el intento de reconstrucción de la vida de Fernando se inicia con eso tan manido y clásico de meter en cintura al que fracasa, para así poder adquirir esa grisura de la humanidad, ese comer, dormir, beber y follar que constituyen la razón de existencia de una gran parte de nuestros convecinos y compañeros de trabajo, que muchos consideran éxito, y que tan bien retrata el autor en un pasaje relacionado con la muerte:

[…]La gente a la hora de morir es más indigna que nunca, hablan del arrepentimiento y del tiempo perdido, cuando lo cierto es que se pasan la mayor parte de sus vidas sin hacer nada, se dedican en exclusiva a encender la televisión, comer, procrear mal y pronto, fastidiar al prójimo y dejar que el día pase sin más[…].

Suiza y Alemania en mi opinión representan ese anhelo  de tantas personas cuyas vidas se asemejan, al menos a mí me lo ha parecido siempre, a las de un náufrago asido a un salvavidas en medio del mar en espera de que le llegue la muerte. Gente que vive sobreviviendo, atada a las facturas, a las hipotecas, a la grisura del mundo, mucho de ello necesario, pero jamás un fin en sí mismo ni aspiración vital como lo es para muchos.

Sin embargo, Paris, la ciudad más literaria del mundo, lo dice el autor, simboliza el mundo de sus sueños y anhelos, lo que siempre quisimos ser todos y cada uno de nosotros, y pocos, o muy pocas veces, fuimos. Nada como Paris y su río Sena como espejo líquido en el que observarse, hacen ver al personaje quién es en realidad Fernando Bautista. Y en ese doloroso, explícitamente doloroso reconocimiento, es desde donde comienza el regreso, que no es a Ítaca precisamente, sino al Hades, a esa ciudad en la que “las calles parecían un hermoso infierno en bancarrota”.

Esa extraordinaria arquitectura que sostiene la historia, que la finaliza de un modo sublime, no es nada más que el sostén, esas vigas maestras fundamentales. No obstante, otras estructuras soportan la novela, y espero que no parezca que se me va la olla cuando digo que esta obra hace alusión a diversos mitos griegos, en algunos casos señalados de forma explícita por el autor: Sísifo, en ese constante subir y bajar la piedra; Ulises, o de forma más apropiada, un anti- Ulises como aquel viaje que cita Séneca del que si no sabe a qué puerto dirigirse, ningún viento le será favorable; y el Mito de la Caverna de Platón en ese final, como he adelantado, en mi opinión, extraordinario, que hace retrotraerme, no sé si con mucho acierto por mi parte, a Platón. Porque creo que sí, que esta novela tiene mucho de caverna platónica.

Pero una buena estructura no lo sería nunca si no va acompañada de unos personajes que sean dignos de la historia. Me apena que en la solapa del libro se describa Fernando Bautista como bellaco, entrañable, cobarde o digno. Eso es un destripe innecesario, porque avisar al lector de lo que se va a encontrar lo condiciona, puede llegar a parecerle que autor o editor lo consideran tonto por presumírsele la incapacidad de afrontar éticamente al personaje. Afortunadamente, creo que es únicamente un fallo de solapa, porque el personaje principal es una oportunidad para cada uno de nosotros de poder descubrir al Fernando Bautista que llevamos dentro, con nuestras miserias, nuestras obsesiones y fracasos, y también nuestra dignidad y nuestros valores, que a veces no hemos podido o no hemos sabido sacar a la luz, o sí, qué diantres, hemos sido capaces de hacerlo. Hacer ese recorrido de buscar en nosotros nuestro lado fernandino es una de las tareas íntimas que deberíamos hacer a la hora de leer la novela, y la solapa no nos tendría que condicionar.

Pero la riqueza de personajes no se queda en el protagonista. Existen secundarios grandiosos como Roberto, con tanta dignidad como falta de inteligencia, que también representa otro cuestionamiento ético a nuestra sociedad y nuestra escala de valores. Roberto me ha recordado a mi tía Asunción, la única hermana de mi padre, probablemente de las personas más cercanas a mí, la menos preparada y con menos inteligencia racional, pero sin duda la más amada por mis hermanos y mis primos, la más añorada y la más bondadosa. Puedo asegurar que uno de los momentos más extraordinarios y alegres que he vivido en los últimos años fue su velatorio junto a mis primos, contándonos unos a otros las mejores anécdotas de una mujer extraordinaria, para mí como ninguna otra. Qué gran personaje nos ha dibujado Isaac Páez en Roberto, qué tremenda dignidad.

Ouissal, la señorita Lapierre, José Manuel, las Juanas… su hermano Paco y su cuñada, los perros. No hay personaje, por pequeño papel que tengan en la novela, que no estén presentes en nuestras vidas, aunque sea en zonas tenebrosas. Mención especial para dos perros, Godot y el que cuidaba del padre de Fernando desde una de las terrazas del edificio que había frente a la residencia donde se hallaba internado. Los perros, esos seres imperfectos pero más dignos que cualquier otro ser de la naturaleza, a decir del protagonista principal. La ambientación de la historia, sus personajes, el lenguaje callejero y canalla que la acompaña y enriquece, han completado relato extraordinario, una historia que se hubiera podido estropear si no tiene un final digno de ella.

He tenido la oportunidad de leer varias novelas en estos últimos años sobre canallas, rinconetes, sinvergüenzas varios, de diferente dureza expositiva, y en todas me preocupaba mientras las leía la forma en la que el autor se desembarazaría del personaje, es decir, de la novela. Evidentemente hay que hacer finales creíbles, verosímiles, y por supuesto que un disparo, un cáncer, o un infarto lo son. Esos han sido los recursos que he visto y no puedo negar mi decepción, por facilones, sobre todo al encontrarme un desenlace como el de Nowhere man. Aquí lo digo más que como lector como intento de escritor. Me ha parecido un final arriesgadísimo por el giro, y sorprendente por lo inesperado y extraordinario, por su concisión, porque además unos cuantos renglones me hicieron replantearme el verdadero sentido de la novela. Entenderla en su plenitud, si es que me he enterado de algo. Me rindo a sus pies, señor Páez.

Las novelas tienen tramas, pero también motivaciones. Una buena estructura la puede tener un bloque de pisos con piscina como aquel en el que vivía Fernando Bautista, pero una obra arquitectónica se convierte en arte cuando son los cimientos del que la disfruta los que se remueven.

Nowhere man es esencialmente una novela sobre la dignidad. Sobre la dignidad de Fernando Bautista, de Roberto o de Ouissal, sobre la dignidad del ser humano, la de los perros, sobre la dignidad del mundo. Un auténtico retrato social, una foto panorámica en la que, nos guste o no, la aceptemos o no, todos salimos. En definitiva, sobre un concepto con buena prensa que sin embrago,  muchas veces es solo apariencia porque, como pasa en la novela, escondemos nuestra propia mierda bajo el felpudo.

Nowhere man es grande porque habla de nosotros. Es una flecha que se nos clava en las entrañas, una novela en la que podemos encontrar nuestras zonas oscuras, nuestra mierda bajo el felpudo, pero también, entre tanta basura, hallar lo mejor que tenemos. Y esa, y no otra es nuestra tarea vital, la de poner a flote nuestra dignidad en el mar de locura que vivimos. Una locura, que como señala el autor en un pasaje, siempre sirve para tapar la maldad que nos corroe.

Lean esta gran novela, y háganlo con señalador. Nunca estará de más recordar aquello que Fernando Bautista nos dice, aún a riesgo de que las flechas que nos lanza nos dejen como San Sebastián.

EL HOY ES MALO PERO EL MAÑANA ES MÍO

No suelo reseñar obras literarias en mi blog. Las que no me gustan, porque prefiero el silencio, aunque no es menos cierto que hay libros que sí me han gustado, incluso mucho y no he realizado comentario alguno sobre los mismos. De esta novela sí que me voy a atrever a dejar por escrito mis impresiones, porque además de parecerme una novela magnífica, extraordinaria, creo que me puede dar pie a señalar el por qué. Allá voy.

Argumento:

“El hoy es malo, pero el mañana es mío” gira en torno a treinta y tres años de la vida del pintor Vidal Lamarca, entre 1936 y 1969. Vidal es un jovenzuelo de quince años al que le sorprende la Guerra Civil española en Baena (Córdoba), en la casa de Ezequiel Hervás, su padrino, correligionario anarquista de Juan Lamarca, padre de Vidal. El tiempo de la historia, que no la novela, se inicia con los terribles sucesos acaecidos en la localidad cordobesa al inicio de la guerra, durante el verano de 1936. Los combates entre el ejército franquista y las fuerzas republicanas en Andalucía y la aparición en la escena de Sebastián Lanza, un falangista al que Juan Lamarca le perdona la vida en el frente de Lopera, irrumpen en la vida del futuro pintor, que logra salvar la vida gracias a Sebastián, que lo acogerá en el pueblo imaginario de Daza (acrónimo de las poblaciones jienenses de Úbeda y Baeza), en el que una vez que abandona la cárcel vivirá preso de su pasado, convencido de que él fue quien delató al dibujante cómico valenciano Carlos Gómez Carrera “Bluff” y ocasionó su ejecución, lo que actuará como una apisonadora sobre su conciencia. El amor adolescente de Vidal Lamarca a Clara Hervás, hija de su padrino, y el de su madurez a Rosa Teva, mujer casada y moderna que llega a vivir a Daza en los años 60, marcan de forma profunda el devenir de la historia.

La novela la relata el alumno preferido de Vidal Lamarca, Pablo Suances, bien en primera persona, bien en tercera, y se estructura con un prólogo y cinco partes diferentes que hacen referencia a periodos de tiempo claves en la historia, que a su vez se dividen en capítulos en torno a personajes principales a la hora de relatar los hechos. El relato no es correlativo, los años no aparecen secuenciales, sino condicionados por la irrupción de personajes claves de la historia. Este desorden temporal ayuda de forma determinante al autor a comprender las claves de lo que se cuenta.

Prosa:

En mi opinión, brillante. La utilización del lenguaje por parte de Salvador Compán me parece exquisita, su capacidad descriptiva, extraordinaria, y su habilidad para generar estados de ánimo, colosales. Destacaría en especial el primer capítulo, dedicado a Rosa Teba, en el que mientras lo leía creía estar asistiendo a un espectáculo de patinaje artístico en lo literario, en el que las palabras se deslizaban, las acciones iban y venían, giraban como un tirabuzón y continuaban patinando. También el que se refiere a Clara Hervás y los truculentos sucesos de Baena en 1936, me parece descomunal, y ello sin desmerecer el resto de la novela, en la que se manejan extraordinariamente los tiempos y se finaliza de una forma redonda, como hay que acabar una novela, en el momento que toca, sin darse prisa ni alargarla en exceso.

Personajes:

Extraordinarios, y no solo la oscuridad del protagonista, Vidal Lamarca. Sebastián Lanza, el falangista que a su manera lo protege, es un personaje lleno de matices y contradicciones, enorme. Rosa Teba, Clara Hervás, Raúl Colón, hijo de Rosa, el mismo Pablo Suances. No hay personaje plano, todos contradictorios, enormemente humanos, hijos del tiempo en el que viven, dueños de sus propias fortalezas y miserias. Y otro personaje a destacar es la ciudad de Daza en el tenebroso tiempo de la posguerra, una ciudad permanentemente gris, asfixiante. Por decir algo, y entendiendo que era un personaje secundario en la historia, me hubiera gustado saber mucho más de Pedro Colón, padre de Raúl y marido de Rosa Teba, porque me pareció muy interesante, si bien hay que reconocer su papel tangencial en esta historia. Pero un poquito más de él no me hubiera importado saber.

Estructura:

Magnífica. Pensada para comprender la historia que se cuenta. Relatada de una forma cronológica nunca hubiera funcionado. La estructura tiene que estar al servicio de lo que se pretende contar y no de la cronología de los hechos. Otro acierto.

Otro aspecto interesante es el de diseñar una trama de ficción sobre hechos reales que sucedieron en España.

Ambientación:

Creo que debería ser de obligatoria lectura para quienes en estos tiempos que corren en España llaman a la violencia o la utilizan de una forma más o menos soterrada, como puede ser la verbal que a diario presenciamos en las redes sociales. La carnicería, la crueldad despiadada y desmedida de una guerra civil se refleja de forma magistral. Sus consecuencias, la aparición de un bando vencedor que día a día durante años y años recuerda a los perdedores quiénes ganaron la guerra, se respira en cada hoja del libro referida a esos tiempos. Quizás no deberíamos agitar con tanta inconsciencia las banderas y reconocer que no todos los que conviven con nosotros son iguales y que esto no es malo.

Sí, es cierto, otra novela más sobre la Guerra Civil española. Hay lectores que se cansan de este tema. Hay también mucho equidistante que prefiere no saber nada más de lo que no ha tenido más remedio que conocer, aunque lo haya hecho a su manera. Quizás haya quien no desee acercarse a esta novela porque la temática le causa sarpullidos. Lo siento por ellos, porque se van a perder una novela extraordinaria, magistralmente escrita y con la que, fíjense por dónde, se hace mucha más patria que con otras que nos cuentan solo aquello que queremos escuchar.

 

El hoy es malo, pero el mañana es mío

AUTOR: Salvador Compán

ESPASA LIBROS

384 páginas

19,90 € (papel)

11,99 € (electrónico)

DEMASIADO TARDE, BERTOLD

BERTOLD

Primero se llevaron a los albañiles,

a los arquitectos,

pero yo no era ni lo uno ni lo otro,

y no me importó,

y les voté.

 

Luego emigraron los jóvenes,

por espíritu aventurero nos dijeron,

Pero yo no era joven ni aventurero,

y tampoco me importó,

y les voté.

 

Y comenzaron los desahucios.

Pero yo tenía mi casa

y dinero para limosnas.

Y me importó,

pero sólo un rato.

 

Más tarde vinieron las acampadas en las plazas,

Los llamaron perroflautas, comunistas,

y me lo creí,

y me asusté.

Y no los dejé pasar,

y me alegré,

aunque no sé bien por qué.

 

Después fueron a por los emigrantes,

porque nos estaban quitando el pan,

y los echaron

y los enjaularon,

y de nuevo los voté.

 

Luego supe lo de nuestras pensiones,

y subvenciones,

y traiciones.

Y caí en la cuenta, de Suiza.

 

Hoy ya lo sé,

no eran los míos, eran sólo suyos.

Pero ya no hay contenedores que hurgar

a pesar de tanta basura.

 

No sé cómo pasó,

por qué no lo vi.

Hoy sólo sé que

ya es demasiado tarde, Bertold.

DE DÓNDE SOY

GERONAMe asomo a la azotea de Reyes Aguilar en El Correo de Andalucía del 14 de mayo y me hago esta pregunta. Alguna vez me la hizo un periodista, en el sentido de a qué barrio de Sevilla sentía yo que pertenecía.

Durante mucho tiempo, quizás hasta hace muy poco, carecía de una respuesta que no fuera la de que soy de muchos sitios y de ninguno. Nací en el Tiro de Línea y fui bautizado en la iglesia de Santa Genoveva, pero muy pronto, quizás antes de cumplir dos años, mi familia se mudó a la calle Sol, junto a la Parroquia de San Román (parece que esto de ser de algún sitio va por templos). Allí apenas vivimos un año, o dos a lo sumo, y nos trasladamos a la calle Gerona, entre, y sigo con los santuarios de la cristiandad, Santa Catalina y San Pedro.

A punto de cumplir nueve años, apenas cuatro o cinco después de llegar a esa calle, mucho más mora que catalana a decir de Reyes Aguilar, abandonamos el centro histórico para irnos a vivir al moderno y entonces despersonalizado barrio de Los Remedios, a donde llegaron familias pudientes y aspirantes a ello, dentro del desarrollismo tardofranquista de finales de la década de los 60 y principios de los 70. Allí viví durante veinte años, hasta que ya emparejado, experimenté la vida en el Aljarafe tomareño durante cinco años, que junto a los diecinueve que llevo en Nervión completan mi vida en lo inmobiliario.

Ese trayecto vital a través de los ladrillos que me albergaron justificaba mi idea de ser de muchos lugares. Incluso ese sentimiento de ser de muchos sitios y de ninguno, o de formar parte de tantos otros en los variados lugares donde he estado, tanto en la Península Ibérica como en el África subsahariana, o en el continente americano, desde el norte de Estados Unidos hasta la Patagonia, justificaba mi extraña familiaridad con tantas urbes que he conocido. Hay ciudades que las siento muy mías, como Nueva York, en la que apenas estuve veinticuatro horas, Sâo Paulo, a la que le he dedicado mi libro más extenso, y otras tan entrañables para mí como Lima, Rosario, Buenos Aires, Medellín, Bogotá, Santiago de Chile, Lisboa, Florencia o Cádiz, pero también muchas más. Puedo decir que nunca me he sentido mal en lugar alguno, ni siquiera en Goma, donde dormí durante dos meses bajo el fuego de la guerra de Ruanda. Sin embargo….

Sin embargo, escribir te desnuda, al menos en mi caso, y te descubre aspectos de tu vida que no has sido capaz de ver. Porque cuando he tratado de volver a mi niñez en algunas de mis obras, siempre apareció la calle Gerona. En esta calle mora sitúo mi encuentro con la tía Gloria Rossi de El guacamayo rojo, cuando en realidad aquello sucedió en Los Remedios; en la misma terraza de forja verde se desarrolla mi relato Volver, e imagino mi regreso a aquella casa que tanto me marcó, décadas después de haber vivido allí. En definitiva, cualquier recuerdo de mi infancia me lleva a ese espacio, a esa calle, mucho más que a ese barrio, que con tanta fuerza se me grabó.

Aquellos años tienen que ver con partidos de fútbol con José Manuel y con Benjamín, con bolas de papel, o pelotas que costaban 2,50 (pesetas) en el puesto de Antonia,  en el ensanche  que hacía la acera en la trasera del cine Apolo, o con partidas de bolas en el agujero que existía al lado de mi portal; con mi amor platónico a Chelo entre vuelos de cromos a palmetazos con la mano hueca; pero también con las quinielas que rellenaba con Miguel el barbero, mi incursión en otros mundos secretos en la chatarrería de Juan, aquel espacio enigmático plagado de tuercas y tornillos, retretes blancos acodados unos sobre otros, y oscuridades que llamaban al misterio y la aventura. Mi infancia tiene que ver con bolsas de leche Cunia que le comprábamos a Manolo el lechero, y de viajes a los mundos que me mostraban mis primeros libros de Julio Verne y mi bola del mundo, subido en uno de los coches de segunda mano que vendía Pepe bajo mi terraza.

A través de mis escritos he descubierto que no soy del Tiro ni de San Román, ni de Los Remedios, ni de Tomares o Nervión. Soy un niño de la calle Gerona, cuya mente viajó mucho desde siempre, pero que situó sus fronteras entre el puesto de Antonia frente a El Rinconcillo y la esquina de Doña María Coronel, dos de los puntos cardinales de mi tierra, que se completaban con los otros dos, los que marcaban el cine Apolo y una casa de vecinos, tan llena de pájaros como mi cabeza, en la que vivía María, la mujer con el moño más perfecto que he conocido.

De allí soy, de la calle Gerona, porque mi corazón tiembla cuando escribo sobre esa pequeña nación sin estado que me abrió al mundo. A mí desde sus adoquines, y a otras desde sus azoteas. Sí, soy de la calle Gerona, más almohade que catalán, trotamundos con billete de vuelta..

UN ESPEJO EN EL QUE MIRARSE

Allá por los años 80 del siglo pasado, un mal remero como yo se hizo entrenador en el Real Círculo de Labradores de Sevilla. Por aquella época, el Círculo, para los que somos de allí, el Labra, para quienes lo conocen de fuera, no entraba ni siquiera entre los cuarenta mejores clubs de España. Un desastre. Anchoa Muñoz, el entrenador que sucedió a quien le cabía el dudoso honor de dirigir la sección de remo, fue el que me dio la alternativa para ser su ayudante, y poco a poco fuimos formando un equipo.

Por aquella época, uno de los clubs de la ciudad desapareció, el Remo Sevilla, y sus deportistas fueron a parar al Labradores y al Náutico. Los mejores remeros masculinos fueron al Náutico de Sevilla, por aquel entonces el mejor club de España con diferencia, y las chicas ficharon por el Círculo, que comenzó a crecer gracias a ellas.

Con trabajo de cigarras, fuimos formando remeros que, cuando alcanzaban un cierto nivel de calidad, escapaban hacia el Club Náutico, que se llevaba siempre a los mejores. A pesar de eso, nosotros no nos frustramos, y tuvimos un espejo en el que mirarnos, que no era otro que Carlos Molina, el extraordinario entrenador de nuestros adversarios, historia viva del deporte sevillano, andaluz y nacional, que no ha obtenido el reconocimiento que merece.

Trabajamos mucho aquellos años, pero aprender de Carlos hizo que un día, con el paso del tiempo, con paciencia y tenacidad a pesar de las frustraciones, comenzásemos a formar a remeros de calidad que no querían marcharse, como nuestra primera medalla internacional, Curro Navarro, subcampeón del mundo junior. A partir de ahí, todo cambió, y nuestro amado Círculo se instaló entre la élite del remo nacional.

Hace ya muchos años que el Círculo de Labradores es el mejor club de remo de España. Cada temporada, decenas de sus remeros son campeones de España, internacionales, y algunos de ellos medallistas en campeonatos del mundo, olímpicos. Si mérito tuvo que saliéramos de aquel ostracismo tan mediocre, mucho más ha tenido mantenerse durante tantos años, preservando una cultura de esfuerzo y una manera de sentir los colores, a pesar de que han pasado no pocos técnicos que han sabido mantener al club en la cima.

Escribo esto como sevillista, cuando nuestro vecino el Betis busca un espejo en el que mirarse: el Celta, el Villarreal, el ….

Cierto es que el fútbol es otra cosa, que la confrontación en un deporte amateur y con escasos seguidores es diferente, que la generosidad de Carlos Molina hacia nosotros es difícil de trasladar al mundo del balompié, y que el Guadalquivir es el escenario compartido de los clubs de remo, con lo que todo puede ser más fácil en el remo que en el fútbol. Pero también lo es que imitar en el fútbol es tan posible como en el remo, y mucho más si cabe, por la cantidad de información pública que hay. No haría falta siquiera ni aceptar públicamente que se imita al vecino. Quizás el único problema que exista en realidad es que en el Betis se adolece de paciencia, por la obsesión en superar al rival.

espejoreinaNo hace tantos años, cuando Caparrós ascendió al Sevilla, éste quedó en mitad de la tabla, algo muy similar a como va a acabar la temporada el Betis, y no pasó nada. Era meritorio, y lógico tras haber vivido en segunda división con las carencias económicas que tenía el Sevilla. ¿Por qué no sucede esto con el Betis? ¿Impaciencia, envidia? Se me escapa.

Sevilla-LiverpoolAmigos béticos, ustedes pueden lograr lo mismo que el Sevilla, y no es cuestión de dinero, sino de mentalidad. Si no cambian, nada cambiará; si no cambian, no vamos a poder enfrentarnos en una final europea como a muchos nos gustaría; si no tienen paciencia, no pasarán de donde están, que, aunque no lo reconozcan, no es eso tan literario como falso de que son capaces de lo mejor y lo peor, sino la mediocridad. Quizás una diferencia que existe entre ambos clubs es que cuando el Sevilla fue mediocre, era ya plenamente consciente de ello. No digamos ahora, que estamos en otro escalón. Hace falta menos literatura de folletín para contar nuestra historia; es más necesario, si se quiere cambiar de verdad, tener espejos en los que mirarse

No le llamen suerte a nuestra trayectoria, ni busquen otro nuevo salvador para la suya. La fórmula no es secreta, y tampoco el Sevilla la patentó.

Imágenes tomadas de http://www.descubrelamagia.ning.com y de http://www.youtube.com