QUERIDOS REYES MAGOS

Espero que no les moleste que un republicano como yo les escriba esta carta. En el reino de la ilusión, ― perdón, en el mundo de la ilusión, que el subconsciente me traiciona al creer en monarcas de los sueños como ustedes― por pedir, que no quede, y es por ello que me atrevo a solicitar en esta carta algunas cosas para mi equipo.

No, no les voy a pedir copas, ni fichajes. Tampoco salidas, aunque ganas no me faltan,…[…]

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UN POCO DE POESÍA

Hace no muchos años, el Sevilla fichó al mediocentro brasileño Julio Baptista, apodado La Bestia por su espectacular fortaleza física. Entrenaba al Sevilla Joaquín Caparrós, uno de los artífices de que hoy nos podamos quejar y cabrear por ir quintos en la tabla. Joaquín Caparrós, que supo ver en Sergio Ramos a un gran central, en lugar del prometedor lateral derecho que era en el Sevilla Atlético, o que enseñó a Dani Alves a ser un jugador total, vio que Julio Baptista tenía aptitudes para convertirse en segundo delantero y ahí fue donde lo colocó. El resultado fue que La Bestia marcó cincuenta goles, equitativamente repartidos en las dos temporadas que defendió nuestra camiseta, y que fue vendido por el triple de lo que costó al equipo merengue, ese con cuyas imágenes nos atosiga hasta la extenuación la televisión pública, esa que pagamos entre todos los españoles pero en la que los demás solo aparecemos por motivos luctuosos o de mofa.

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ARISTÓCRATAS DE PUEBLO

Presenciando el bochornoso espectáculo que el Sevilla nos regaló la tarde del pasado sábado, humillante en la primera parte pero también falto de dignidad en la segunda, recordé un pasaje de “El monarca de las sombras”, la última novela de Javier Cercas, dedicada a uno de sus antepasados extremeños, combatiente caído en uno de los episodios más crueles de la Guerra Civil, la Batalla del Ebro. […]

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CON PINZAS

Que España está cogida con pinzas, no me cabe duda. Y de la ropa, como aparecen en esta terraza el Niño Jesús y una bandera que nunca conoció.

Hay quienes hasta ahora han monopolizado la palabra España, en relación a unos intereses, ideales o creencias particulares de su grupo, mientras que otros han repudiado dicha palabra, por una parte rechazando ese concepto al ser contrarios a sus intereses, ideales o creencias, y por otra, aceptando la monopolización quienes se la apropiaron.

Mientras tanto, España se resquebraja, se rompe como dicen los que acapararon su nombre, y no tanto por la posibilidad de un desmembramiento territorial―las armas y el poder económico que las sustentan están del lado de ellos―, sino por el rechazo que supone pretender imponer para todos su modelo de España, un modelo a medida, fabricado en una exclusiva sastrería.

España se agrieta, se cuartea en sus cimientos esenciales, y en Cataluña se ha descubierto un modelo de resistencia contra el que no pueden vencer las armas, por más lenta que sea la victoria. Una victoria, dicho sea de paso, que puede suponer la derrota de todos, por no saber encontrar un modelo en el que quepamos, que no nos fuera ajeno, ya que la integración, la aceptación por vías diferentes a las utilizadas aquí de forma tradicional, tiene que ser el referente que marque el sentido de pertenencia a una nación.

Los resultados electorales en Cataluña, creo, no dejan atisbo a la duda. Si ha obtenido más votos una fuerza constitucionalista conservadora se ha debido a que entre los conservadores los matices ideológicos pesan menos que en la izquierda, y el voto, y el rechazo a la violencia del referéndum impuesta por nuestro torpe gobierno estatal y suss encarcelamientos, se ha reunido en torno al partido con más posibilidades de ganar. Habría que reconocer que con la Ley D’Hont vigente, una alianza similar a la que reunió a Esquerra Republicana con el partido de Puigdemont hubiera arrasado. Sin embargo, la nueva situación que ha aparecido tras los comicios y los mensajes que se escuchan, no dan mucho pie a la esperanza de que todo se enquiste, se corroa y pueda acabar a la manera tradicional española, esa de la que aparecieron las primeras dosis en algunos colegios electorales el día del referéndum ilegal. ¿Hacia dónde ir?

Una vez más deberíamos reconocer que quienes tienen la llave de progreso son los mismos que la han poseído siempre, la derecha. Hasta que no consigamos que las fuerzas conservadoras de este país caigan en la cuenta de que un modelo federal y republicano es la única salida para España, las opciones serán la ruptura o las armas, es decir, volver a 1936, al siglo XIX o incluso al XVIII.

Hasta que no aceptemos que una república es un modelo de convivencia democrático en el que cabemos todos, y que no hay mayor democracia que aquella en la que tengamos la posibilidad de elegir, y de hacer caer, a todos y cada uno de los puestos de responsabilidad de gobierno, y que a ello pueda aspirar cualquier persona, piense lo que piense, nazca en un pesebre o en un palacio; hasta que no reconozcamos que nadie es inviolable en el delito, ni que por su mero nacimiento debe arrogarse el derecho de regir destino alguno de los ciudadanos; hasta que no admitamos que España es un compendio de naciones, que no necesariamente se corresponden con las autonomías que reconoce la Constitución de 1978, naciones entendidas como singularidades culturales también impregnadas por otras singularidades y culturas; hasta que no seamos conscientes de que un estado es un modelo de convivencia entre ciudadanos y naciones, y que su unión depende de que dichos ciudadanos y naciones puedan desarrollarse en plenitud, sin acaparar unas a otras, sin parasitar las riquezas de un lugar para llevárselas a otro; hasta que no entendamos que si Europa no ha adquirido mayor sentido y plenitud, ello se ha debido a la resistencia de los actuales estados que la componen a la integración, y que constituir un modelo europeo basado en sus pueblos no solo no va contra Europa sino que sería el único camino a su desarrollo integral, y que no hay internacionalismo mayor que el que respeta sus naciones y pueblos, y los une en un proyecto común; hasta que todos no asumamos en paz este concepto, sin que las armas condicionen o atemoricen, sin que se utilicen contra sus propios pueblos, no tendremos más remedio que recorrer un doloroso y larguísimo camino, que nos puede llevar de nuevo hacia ninguna parte antes de que nuestros descendientes, si es que los hay, dado el peligro que cierne sobre nuestra especie por su insostenible modelo productivo. No habrá España si España no es motivo de orgullo para todos. Y cada vez estamos más lejos, porque quienes gobiernan y quienes sostienen su particular modelo, día a día lo ponen más difícil. Pero, nos guste o no a quienes pensamos diferentes, son tan parte del pueblo como nosotros. Y se pueden destruir personas, pero no a las ideas, porque las personas pueden morir, pero las ideas perviven y evolucionan, y vuelven a emerger.

España, la España que representa la foto, está cogida con pinzas. Pinzas de la ropa, esas que pierden lo que sostienen al menor viento que aparezca. En las manos de verdaderos patriotas está crear un nuevo modelo, republicano, federalista y laico, en el que quepamos todos. Si lo aceptamos, estaré de su lado; si no, no tendré más remedio a colaborar desde el sur en el camino que se ha iniciado por el este. Los resultados electorales de Cataluña nos han señalado el camino. O encontramos un modelo para todos, o ninguno cabremos. Ojalá esta vez seamos capaces de dar una lección positiva, por nosotros, por Europa y por la humanidad.

NOWHERE MAN, de Isaac Páez

RESUMEN. Fernando Bautista, un literato fracasado, poco antes de cumplir los cuarenta años, ha perdido todo: su familia, su patrimonio y, lo que es peor, la esperanza. Instigado por su amigo Roberto, inicia un periplo en busca de trabajo, y de un lugar en el mundo, que lleva al protagonista por Suiza, Alemania y Francia, en una huida de la que no se sabe bien de qué o quién se huye, y por tanto, y cito palabras del autor, nunca se tiene claro adónde ir.

He leído por dos veces esta novela de apenas 164 páginas en el espacio de poco más de una semana. La primera fue al conocer personalmente al autor, un sevillano de 1984, profesor de Historia en la enseñanza secundaria pública, y la segunda porque, después de felicitarlo por la extraordinaria obra que había escrito, no olvidemos que llego a ser finalista del Premio Nadal, el autor sufrió un impulso, con certeza nada meditado, de invitarme a presentársela en la librería Un Gato en Bicicleta el miércoles 27 de diciembre. Espero que las burbujas del cava, extremeño o catalán, él sabrá, que ingiera en fin de año le haga olvidar esta tremenda equivocación.

Cuántas veces se cae una novela en una segunda lectura. Afortunadamente, no ha sido así, sino todo lo contrario. Leyéndola, releyéndola, uno se pregunta por qué le gustan las novelas en general. Por qué cree que es una gran obra, cuáles son sus secretos, los que me gustaría no solo desvelar, sino también asimilar, para, al tratar uno también de escribirlas, intentar emular el talento de un escritor de apenas treinta y tres años, del que lo que he leído hasta ahora, prosa y poesía, en este corto espacio de tiempo, solo puedo contar gloria bendita.

Nowhere man es una obra magníficamente estructurada. Dividida en diez capítulos, Isaac Páez utiliza los tres primeros para hacer un retrato del escenario vital en el que se mueve el personaje protagonista y el comienzo de su huida. La primera parada será la localidad suiza de Widnau, y posteriormente ese viaje a ninguna parte le llevará por Lindau, en Alemania, Paris, Zurich y, supongo, que Sevilla. Resulta curioso que no recuerdo que Sevilla aparezca nombrada a lo largo de la novela, aunque se intuya que es su ciudad natal el principio y fin de la historia, así como tampoco el apellido del protagonista, Bautista, salvo en la solapa de la portada. El viaje a través de Europa, el motor más obvio que hace avanzar la novela, marca el proceso de evolución de un personaje, y se convierte en un auténtico correlato de la obra, porque estimo que el itinerario no es baladí sino intencional, ya que el intento de reconstrucción de la vida de Fernando se inicia con eso tan manido y clásico de meter en cintura al que fracasa, para así poder adquirir esa grisura de la humanidad, ese comer, dormir, beber y follar que constituyen la razón de existencia de una gran parte de nuestros convecinos y compañeros de trabajo, que muchos consideran éxito, y que tan bien retrata el autor en un pasaje relacionado con la muerte:

[…]La gente a la hora de morir es más indigna que nunca, hablan del arrepentimiento y del tiempo perdido, cuando lo cierto es que se pasan la mayor parte de sus vidas sin hacer nada, se dedican en exclusiva a encender la televisión, comer, procrear mal y pronto, fastidiar al prójimo y dejar que el día pase sin más[…].

Suiza y Alemania en mi opinión representan ese anhelo  de tantas personas cuyas vidas se asemejan, al menos a mí me lo ha parecido siempre, a las de un náufrago asido a un salvavidas en medio del mar en espera de que le llegue la muerte. Gente que vive sobreviviendo, atada a las facturas, a las hipotecas, a la grisura del mundo, mucho de ello necesario, pero jamás un fin en sí mismo ni aspiración vital como lo es para muchos.

Sin embargo, Paris, la ciudad más literaria del mundo, lo dice el autor, simboliza el mundo de sus sueños y anhelos, lo que siempre quisimos ser todos y cada uno de nosotros, y pocos, o muy pocas veces, fuimos. Nada como Paris y su río Sena como espejo líquido en el que observarse, hacen ver al personaje quién es en realidad Fernando Bautista. Y en ese doloroso, explícitamente doloroso reconocimiento, es desde donde comienza el regreso, que no es a Ítaca precisamente, sino al Hades, a esa ciudad en la que “las calles parecían un hermoso infierno en bancarrota”.

Esa extraordinaria arquitectura que sostiene la historia, que la finaliza de un modo sublime, no es nada más que el sostén, esas vigas maestras fundamentales. No obstante, otras estructuras soportan la novela, y espero que no parezca que se me va la olla cuando digo que esta obra hace alusión a diversos mitos griegos, en algunos casos señalados de forma explícita por el autor: Sísifo, en ese constante subir y bajar la piedra; Ulises, o de forma más apropiada, un anti- Ulises como aquel viaje que cita Séneca del que si no sabe a qué puerto dirigirse, ningún viento le será favorable; y el Mito de la Caverna de Platón en ese final, como he adelantado, en mi opinión, extraordinario, que hace retrotraerme, no sé si con mucho acierto por mi parte, a Platón. Porque creo que sí, que esta novela tiene mucho de caverna platónica.

Pero una buena estructura no lo sería nunca si no va acompañada de unos personajes que sean dignos de la historia. Me apena que en la solapa del libro se describa Fernando Bautista como bellaco, entrañable, cobarde o digno. Eso es un destripe innecesario, porque avisar al lector de lo que se va a encontrar lo condiciona, puede llegar a parecerle que autor o editor lo consideran tonto por presumírsele la incapacidad de afrontar éticamente al personaje. Afortunadamente, creo que es únicamente un fallo de solapa, porque el personaje principal es una oportunidad para cada uno de nosotros de poder descubrir al Fernando Bautista que llevamos dentro, con nuestras miserias, nuestras obsesiones y fracasos, y también nuestra dignidad y nuestros valores, que a veces no hemos podido o no hemos sabido sacar a la luz, o sí, qué diantres, hemos sido capaces de hacerlo. Hacer ese recorrido de buscar en nosotros nuestro lado fernandino es una de las tareas íntimas que deberíamos hacer a la hora de leer la novela, y la solapa no nos tendría que condicionar.

Pero la riqueza de personajes no se queda en el protagonista. Existen secundarios grandiosos como Roberto, con tanta dignidad como falta de inteligencia, que también representa otro cuestionamiento ético a nuestra sociedad y nuestra escala de valores. Roberto me ha recordado a mi tía Asunción, la única hermana de mi padre, probablemente de las personas más cercanas a mí, la menos preparada y con menos inteligencia racional, pero sin duda la más amada por mis hermanos y mis primos, la más añorada y la más bondadosa. Puedo asegurar que uno de los momentos más extraordinarios y alegres que he vivido en los últimos años fue su velatorio junto a mis primos, contándonos unos a otros las mejores anécdotas de una mujer extraordinaria, para mí como ninguna otra. Qué gran personaje nos ha dibujado Isaac Páez en Roberto, qué tremenda dignidad.

Ouissal, la señorita Lapierre, José Manuel, las Juanas… su hermano Paco y su cuñada, los perros. No hay personaje, por pequeño papel que tengan en la novela, que no estén presentes en nuestras vidas, aunque sea en zonas tenebrosas. Mención especial para dos perros, Godot y el que cuidaba del padre de Fernando desde una de las terrazas del edificio que había frente a la residencia donde se hallaba internado. Los perros, esos seres imperfectos pero más dignos que cualquier otro ser de la naturaleza, a decir del protagonista principal. La ambientación de la historia, sus personajes, el lenguaje callejero y canalla que la acompaña y enriquece, han completado relato extraordinario, una historia que se hubiera podido estropear si no tiene un final digno de ella.

He tenido la oportunidad de leer varias novelas en estos últimos años sobre canallas, rinconetes, sinvergüenzas varios, de diferente dureza expositiva, y en todas me preocupaba mientras las leía la forma en la que el autor se desembarazaría del personaje, es decir, de la novela. Evidentemente hay que hacer finales creíbles, verosímiles, y por supuesto que un disparo, un cáncer, o un infarto lo son. Esos han sido los recursos que he visto y no puedo negar mi decepción, por facilones, sobre todo al encontrarme un desenlace como el de Nowhere man. Aquí lo digo más que como lector como intento de escritor. Me ha parecido un final arriesgadísimo por el giro, y sorprendente por lo inesperado y extraordinario, por su concisión, porque además unos cuantos renglones me hicieron replantearme el verdadero sentido de la novela. Entenderla en su plenitud, si es que me he enterado de algo. Me rindo a sus pies, señor Páez.

Las novelas tienen tramas, pero también motivaciones. Una buena estructura la puede tener un bloque de pisos con piscina como aquel en el que vivía Fernando Bautista, pero una obra arquitectónica se convierte en arte cuando son los cimientos del que la disfruta los que se remueven.

Nowhere man es esencialmente una novela sobre la dignidad. Sobre la dignidad de Fernando Bautista, de Roberto o de Ouissal, sobre la dignidad del ser humano, la de los perros, sobre la dignidad del mundo. Un auténtico retrato social, una foto panorámica en la que, nos guste o no, la aceptemos o no, todos salimos. En definitiva, sobre un concepto con buena prensa que sin embrago,  muchas veces es solo apariencia porque, como pasa en la novela, escondemos nuestra propia mierda bajo el felpudo.

Nowhere man es grande porque habla de nosotros. Es una flecha que se nos clava en las entrañas, una novela en la que podemos encontrar nuestras zonas oscuras, nuestra mierda bajo el felpudo, pero también, entre tanta basura, hallar lo mejor que tenemos. Y esa, y no otra es nuestra tarea vital, la de poner a flote nuestra dignidad en el mar de locura que vivimos. Una locura, que como señala el autor en un pasaje, siempre sirve para tapar la maldad que nos corroe.

Lean esta gran novela, y háganlo con señalador. Nunca estará de más recordar aquello que Fernando Bautista nos dice, aún a riesgo de que las flechas que nos lanza nos dejen como San Sebastián.

ENCARNA

Es la que sale por la puerta. Una foto forzada pero intencionada para que no se la vea. Encarna es viuda. Cuenta que en su juventud se levantaba cada mañana a las cinco, cuando su marido y su hijo salían para trabajar. A esa hora, después de prepararles el desayuno y de darles el canasto con la comida, sacaba su caja de costura y comenzaba su jornada de trabajo, cosiendo los encargos de uniformes colegiales de la tienda para la que trabajaba. Entre puntada y puntada cuidaba que el puchero no se le quemara, y una vez que finalizaba la tarea de la tienda, continuaba cosiendo para la calle, si tenía suerte de que le hubieran entrado otros pedidos de señoras que, a pesar de tener más cerca las paradas del tranvía, jamás lo utilizaban.

Mientras ella comenzaba su jornada de trabajo bajo la lámpara que iluminase sus manos, su marido y su hijo atravesaban descampados encenagados de barro y huertas hasta llegar a la parada de tranvía más cercana, para dirigirse a la estación de ferrocarril de Plaza de Armas, a tiempo de subirse en el tren de los obreros, que los distribuiría por las diferentes fábricas y tajos, hasta finalizar la jornada y retomar el camino de vuelta.

Cuando pienso en quiénes sostienen este país me acuerdo de Encarna, de su marido y de su hijo, y en tantas Encarnas y familiares desperdigados por todo el territorio, habitantes de suburbios sin tranvías y a veces sin autobuses por decisión gubernativa. Y la verdad es que nunca me vienen a la mente todos aquellos que adornan sus balcones de banderas, ni tampoco esa raza con frecuencia maligna que se autodenomina intelectual, gente ayuna de calle y de agujeros en las suelas de los zapatos que se dedica a decir a los demás lo que tienen que hacer mientras se miran en el espejo de sus vanidades.

España no es una bandera. España es un canasto y una fiambrera, unas agujas de coser, una fregona y una manopla, y también una barra metálica y una bombilla para rebuscar en los contenedores de basura, que intelectuales y bandeirantes llenamos con nuestras opulencias doctas y  terrenales.