GRACIAS

Finaliza el curso 2020-21 y con ello mi trayectoria de diez años como profesor del Máster de Atención Farmacéutica y Farmacoterapia de la Universidad San Jorge de Zaragoza. Una década intensa, extraordinaria y fecunda en la que, primero bajo la dirección de su creador Diego Marro y luego tras la excepcional continuación de su trayectoria por Martha Milena Silva, fuimos capaces de crear una enseñanza que sin duda se anticipó a su época, formando a profesionales de diversos países y ámbitos asistenciales, comprometidos con la disminución de la morbi- mortalidad asociada a medicamentos, la gran pandemia farmacológica que asola al mundo. Lo hicimos con pacientes reales, en directo, sin trampa ni cartón, en un equipo multidisciplinar que integramos farmacéuticos y farmacéuticas, psicólogos, antropólogas, investigadoras y enfermeras.

Clara Bermúdez, María González, José Manuel Granada, Paco Martínez, Diego Marro, Ernolando Parra, Laia Pibernat, Martha Milena Silva, Elena Touriño… Juntos conseguimos llegar a donde jamás hubiéramos imaginado, y pudimos diseñar un modelo asistencial respetuoso con las personas, centrado en sus necesidades físicas y emocionales, que sin duda sienta las bases de lo que deberá ser la atención del futuro.

Hoy quiero agradecer a esas personas a las que llamamos pacientes, que colaboraron desde su vulnerabilidad en formar profesionales capaces de ayudar a otras a lograr el máximo beneficio de sus medicamentos. Gracias a la tecnología que nos ofrecía la universidad, pudimos ayudar y aprender con pacientes de España y toda América Latina, en un proceso docente diverso y mestizo, complejo y enriquecedor.

Gracias a las alumnas de este año, como auténticas representantes de todas las personas que han pasado por nuestras aulas en estas ocho ediciones del Máster. Sin duda, no pudo haber mejor colofón para un proyecto que, más que soñar, nos hizo volar con los brazos abiertos.

Y, cómo no, agradecer también a la Universidad San Jorge la oportunidad de haber hecho posible esta construcción colectiva del conocimiento y desearle que continúe en esta línea ya trazada, de enseñar desde la experiencia real de las personas que utilizan medicamentos.

El camino sigue, y sin duda este maravilloso equipo diverso y homogéneo a un tiempo, continuará en otros lugares reafirmando su misión, la de formar profesionales capaces de aliviar el sufrimiento de las personas para las que el medicamento es uno de los ejes de su vida.

Dibujo de Laia Pibernat

Si el destino me trae otra batalla,

yo sabré merecerla.

Jorge Luis Borges.

LA FARMACIA Y LA VIOLENCIA SIMBÓLICA (II)

La violencia simbólica es la forma en la que se agrede en la actualidad desde el poder. No hace falta ejercerla entre sujetos, sino que es el propio sujeto el que se lastima a sí mismo mediante una autoexigencia, autoexplotación, que sobrepasa todos los límites. El poder aparece como un ente abstracto, desconocido y difícilmente identificable. Aún más cuando en los últimos tiempos se separaron el poder económico y el político, con la proliferación de las democracias aparentes. En esta sociedad del rendimiento, del sobreesfuerzo, es el poder económico el que manda sin ser elegido, quedando las democracias, el poder político, al servicio del económico o con tremendas dificultades para contrapesarlo, porque el modelo económico imperante aísla a los individuos y debilita los esfuerzos colectivos y estructuras sociales. Esa individualización permite estratificar la violencia y que nosotros, los sujetos, los individuos, seamos a la vez víctimas de unos y verdugos de otros, favoreciendo ambos roles la perpetuación del sistema y así hasta las últimas víctimas que acaban, en una jugada perfecta, rebelándose contra el poder político, que no es el último culpable, cerrando un círculo perfecto del que el poder económico sale indemne.

Poco después de publicar la primera entrada en referencia a la farmacia y la violencia simbólica me sentí tentado de realizar una segunda parte en referencia a los farmacéuticos, en especial a esos farmacéuticos que han aplaudido la primera a pesar de formar parte de un grupo inmovilista y que se resiste a cambiar. De alguna forma sentí que defendiendo el papel de víctima de ellos les daba la coartada perfecta para seguir sin rebelarse, para permanecer activos en la inacción.

Sin embargo, después de escribirla rehusé a publicarla por no cumplir como víctima mi papel de verdugo, por, en mi indignación, no legitimar mi porción de violencia simbólica contra el colectivo. Hoy he cambiado de idea y me decido a publicarla. La razón no es otra que, aceptando que de alguna forma todos podemos ser víctimas y verdugos, lo importante no es eso sino colaborar en fomentar la lucidez, la consciencia del papel que jugamos cada cual, para que cada cual decida si llorar, si enfadarse, si continuar mirando hacia otro lado o, por el contrario, si reaccionar. Es, pues, una crítica con intención de estimular la conciencia colectiva, la necesidad de abandonar el individualismo y retomar el nosotros en la sociedad. Que lo consiga o no, no, no depende de mí sino de la reacción de cada cual. En todo caso, como víctima del colectivo y como un posicionamiento radical hacia un nuevo papel profesional, me siento más que legitimado a pensar sobre ello y a escribirlo. Que reaccionemos como profesión también depende de que sepamos quiénes somos y en qué estamos. Sobre todo en qué estamos, si a favor de acopiar poder o del lado de las víctimas, de las últimas víctimas, los que sufren los problemas de la medicalización social.

En la entrada anterior señalaba la violencia que los farmacéuticos comunitarios ejercen sobre sí mismos desde las instituciones que los representan, ese aceptar el papel que se les encomienda, que no se orienta en defensa de los derechos de la ciudadanía en materia de medicamentos sino a favor de una estructura de poder y de dominación de la sociedad que se llama medicalización o farmaceuticalización. La violencia sucede porque se pasa de ser una profesión de la salud al servicio de los ciudadanos a formar parte de una cadena de distribución de productos llamados sanitarios, categoría en la que incluyo a los medicamentos legalmente considerados así y también a todos aquellos otros pseudomedicamentos en la categoría anterior también había muchos de estos con poco o nulo beneficio terapéutico o económico para la sociedad en cuanto a su utilización—, de los que esperan las personas solución a sus problemas, problemas que en su mayor parte provienen de la explotación, la violencia simbólica a la que alude el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, que sufren en la sociedad del rendimiento. Los farmacéuticos, lejos de ejercer un papel en defensa de la sociedad tratando de minimizar la morbi- mortalidad asociada a medicamentos pasan a formar parte de la cadena de agresión a cambio de su sustento.

A lo largo de mis casi treinta años de profesión, y de cerca de veinticinco implicado en el reclutamiento de farmacéuticos para implantar servicios que disminuyan los efectos indeseables, por decirlo de alguna forma genérica, de los medicamentos, he encontrado cuatro clases de profesionales, de los que solo una, minoritaria, escasísima, ha integrado a farmacéuticos que aún resisten y creen en su capacidad,  para ejercer como profesionales que contribuyan a disminuir el sufrimiento de las personas con los medicamentos, unas personas en su mayoría víctimas de ese encarnizamiento farmacológico al que se ven sometidos por un poder económico ultraconsumista y desgarrador de los lazos sociales colectivos que los confina en los medicamentos como única posibilidad para alcanzar algún grado de salud. En esta primera categoría, la de los resistentes, a veces se ocultan algunos que vienen rebotados de otros sitios y gente rara que no encuentra su lugar o no los dejaron estar allí, y que busca en la rareza de los otros un espacio donde ampararse del frío. Homeless con homeless.

La clase más amplia, la segunda, ha sido la de los que no quieren saber nada. La de los que hacen las cosas porque son así, porque tienen miedo a que cambien y porque están a gusto en su jaula de barrotes invisibles. Sus miembros son los que nunca se meten en nada, los que acuden a la llamada del poder para mantener el statu quo, aquellos que en durante la Edad Media saldrían en defensa de su señor, un amo que los explota pero les da de comer, suficiente porque también les han diseñado una suficiencia a su medida. Nihil novum sub sole. Gente que es capaz de matar, ahora con votos, de disfrutar con la caza de brujas y que siempre elegirá salvar a Barrabás. Es una categoría, por cierto, que existe en muchos otros profesionales de la salud, y que se suele distinguir por su corporativismo y diferencia de clase. En los médicos, abundantísima; en los enfermeros, creciendo sin parar. Y es que hay enfermedades sociales que son de lo más contagiosas.

La siguiente clase es la de aquellos que alguna vez intentaron, o creyeron intentar, cambiar el papel de la profesión y se rindieron. Hablaban de cambiar su orientación del medicamento al paciente, pero se cagaron. Sí, se cagaron por las patas abajo cuando se dieron cuenta de que de lo que se trataba era de dejar de formar parte de una cadena poco vistosa y, por tanto, de fácil ocultamiento de su escasa dignidad profesional, olvidar la comodidad y pasar a ponerse del lado de las personas que sufren el acoso de la medicamentalización de sus vidas como única vía de supervivencia o de felicidad. Como es fácil de suponer, gente por otra parte inteligente, en esta categoría se pasa poco tiempo, dos años a lo sumo. Antiguamente yo hablaba de que defender a los pacientes era una enfermedad de elevada mortalidad infantil, pero lo que en realidad ocurría era que el “Es así, no le des más vueltas, la farmacia es la que es” acababa tarde o temprano por carcomer todo intento de esfuerzo. Muchos de estos farmacéuticos los podemos seguir hoy por las redes sociales. Tienen unas ofertas estupendas y graban unos videos de lo más interesantes. Y sí, alguna vez clasificaron un PRM y llegaron a saber que Linda y Strand no eran dos sino la misma persona.

Y la cuarta clase, y perdonen la generalización  de esta clasificación de PRF, corresponde a los que se acercaron a la práctica como vía de ascenso al poder profesional, ese que acaba la mayoría de las veces a menos de cien kilómetros de su lugar de residencia pero que ofrece diversas formas de disfrute, adaptadas a las aficiones de cada cual: salir de chaqué en la procesión del Corpus, disfrutar de un profesional que le sustituya en su engorroso y peligroso quehacer de recortar cupones precinto, cobrar dietas por asistencia a reuniones o incluso acceder a consejos de administración. Como todo en la vida, unos triunfan y disfrutan de estas cosillas con la coartada de la profesionalidad, aunque acaben formando parte de lo que ya había, y otros no. Qué le vamos a hacer.

Y como las cosas son así y no se pueden cambiar, las estructuras de poder se mantienen, aunque los de abajo se cabreen un poquito, solo un poquito, cuando reaparecen las subastas en Andalucía y amenazan con imponerse en España, y otro poquito cuando ningún gobierno los tiene en cuenta para luchar contra la pandemia. No pasa nada, días después el gran señor feudal les dirá que no hay peligro, que todo se ha superado una vez más. Que para lo que podría haber sucedido esto es un milagro divino, y ellos seguirán cultivando la tierra para él porque hay que sobrevivir.

Y mientras tanto, la sociedad continuará cansada, muy cansada, sin nadie que parezca querer parar la máquina. Una máquina que es como una hidra de muchas cabezas que deberíamos conocer para así intentar cortar la correcta. Porque no sería justo echarle la culpa a una de las víctimas—los que ejercen de farmacéuticos, la otra es el paciente—de lo que sucede, no más violencia sobre los violentados. Hay que señalar arriba, donde se encuentran los verdaderos culpables, pero para que esto tuviera sentido habría que hacer un ejercicio de autocrítica colectiva que es el que pretendo con este texto y, ojalá, que de ahí surgiera, no una nueva caza de brujas, sino el deseo de rebelarse a favor de las personas.

Hasta aquí hoy, no sé si continuaré. Yo también formo parte de la sociedad del cansancio.

LA FARMACIA Y LA VIOLENCIA SIMBÓLICA

La gente afirma y perpetúa la relación de dominación al hacer las cosas por costumbre, como corresponde. La cotidianeidad es la afirmación de las relaciones de poder existentes. La violencia simbólica, sin necesidad de violencia física, se ocupa de que se perpetúe la dominación. El sí a la dominación no triunfa de un modo consciente, sino reflejo y prerreflexivo. La violencia simbólica pone a un mismo nivel la comprensión de lo que es y la conformidad con el poder. Consolida la relación de dominación con gran eficacia, porque la muestra casi como naturaleza, como un hecho, un es-así, que nadie puede poner en duda.

Byung-Chul Han. La sociedad del cansancio.

Creo recordar que conocí esta cita del filósofo coreano gracias a la cuenta de Twitter de Antonio Villafaina. Coincide esto en tiempos de quejas de los farmacéuticos comunitarios españoles. ¿Cuándo no es tiempo de quejas?, se preguntarán con razón algunos, por lo que habré de ser más preciso. Coincide, pues, con las quejas acerca de su ninguneo como profesionales de la salud, por la resistencia de la administración sanitaria a contar con ellos, con nosotros, mejor dicho, para detener la pandemia por covid-19. Coincide también, en el caso de Andalucía, con la reaparición, cuando nunca desaparecieron del todo, de la selección de medicamentos mediante subastas. Y digo yo, que esta época ha coincidido con los escaparates de muchas farmacias adornados con ofertas por el Black Friday, y en breve coincidirá con los de las rebajas de enero. Porque habrá que contarlo todo, ¿no? Ah, sí, eso de que somos profesionales y empresarios, se me olvidaba. Nuestra naturaleza.

Desde hace muchos años los farmacéuticos se resisten a cambiar su rol en la salud pública. Presos de la transacción económica, del margen comercial como forma de retribución, la profesión ha venido alejándose de un papel protagonista que tuvo en otros tiempos y que la medicalización de la sociedad, que busca y trata de encontrar remedios de todo tipo para curar la grave patología que sufre, no ha hecho sino profundizar en el progresivo hundimiento de su relevancia. Este paulatino declive, en el que siempre hay generaciones que con razón pueden esgrimir el sálvese quien pueda, favorece la incorporación de nuevas generaciones que asumen, como afirma Byung- Chul Han, que las cosas son así y que lo que existe desde hace un tiempo no es sino la naturaleza propia, la esencia de la profesión.

Pero, más allá de esto y de lo que los farmacéuticos quieran o deseen hacer con su profesión—y en esta afirmación ya me salgo de la primera persona del plural, porque ni quiero ni deseo lo que sufro como profesional—, sería bueno que la sociedad se plantease qué farmacéuticos desea para ella. Que respetase al medicamento, aunque no respete a los farmacéuticos, y a partir de ahí crear un nuevo tipo de farmacéutico que pueda ser útil a una ciudadanía que muere desde hace mucho más tiempo, y lo seguirá haciendo tras la vacuna frente a la covid-19, de una pandemia mucho más antigua y que se prolongará en el tiempo llamada pandemia farmacológica. ¿Por qué tiene la sociedad que conformarse con el farmacéutico que ve si necesita otro?

La violencia simbólica que los farmacéuticos ejercen sobre sí mismos desde las instituciones que los representan, alienta a las instituciones públicas a maltratarlos y, por ende, a hacerlo también con la sociedad a la que dicen representar, que necesita de quien la defienda de su medicalización y que desaprovecha la distribución geográfica de las farmacias, de lo poco bueno que le queda a la profesión, para llevar a la población alivio para sus necesidades. Que son muchas aunque no lo parezcan, y no solo en relación al acceso equitativo a los medicamentos. Esta violencia simbólica que ejerce la profesión sobre ella misma no se queda ahí, porque otras instituciones, las que se dedican a capacitar a los futuros profesionales, también forma parte de esta forma de terror, al desarrollar un modelo de enseñanza absolutamente alejado del perfil profesional que requiere la sociedad. La violencia desde diferentes ángulos.

Que el estado no sea capaz de superar los obstáculos que impiden aprovechar la estructura de articulación social que representan las farmacias, es un caso flagrante de miopía política que han sufrido gobiernos de todo el espectro político, y que sin duda sufrirían, no hay más que ver los programas electorales, los que llegaran algún día a estrenarse como gobernantes. Que el estado, en cualesquiera de sus estructuras relacionadas con la salud, sean en el ámbito central o en el autonómico, haga de su capa un sayo y ningunee a las farmacias y a los farmacéuticos y no los obliguen, ya que desde dentro nadie lo hace, a refundar su papel en la sociedad, es un tiro en el pie si, claro está, de lo que se tratase fuera de defender la salud de los ciudadanos.

Y es que lo más fácil es ningunear como forma de violencia simbólica. Una forma de violencia que no va solo contra la profesión sino también contra los ciudadanos. Porque, si nos referimos a la pandemia por covid-19, no pueden diagnosticarse a tiempo, porque se pierden miles de jornadas laborables que arruinan muchos negocios por culpa de confinamientos que luego se saben injustificados. Y si nos referimos a la pandemia farmacológica, porque dejamos morir a las personas por culpa de los medicamentos, a menudo inefectivos e inseguros, y muchas veces utilizados de forma innecesaria en una especie de encarnizamiento farmacoterapéutico que permitimos en la sociedad. ¿De quién se encarga esto? ¿Seguiremos como sociedad sin profesional que nos defienda de este otro confinamiento, el farmacológico, al que hemos destinado a los ciudadanos?

Es la violencia que engendra violencia. La debilidad de una profesión, que tiene paralelismos indudables con la violencia machista, convierte en agresores a los cobardes. Matar por matar, por el mero hecho de que se puede. Ningunear por ningunear, aunque eso mate de variadas formas a nuestros semejantes, y con la impunidad del que sabe que no solo jamás será condenado, sino ni siquiera será puesto en busca y captura.

Y así seguiremos. Con una profesión que se desmorona sin que haya reemplazo. Y en medio de ese derrumbe moral, el gobierno de los miserables. Porque hay que ser miserable para poner tu bolsillo por encima de tu profesión y de las necesidades de la sociedad, y porque hay que ser miserable para no querer entender lo que necesitan tus votantes. Los que os colocaron ahí.

VAIS A MORIR TODOS

Apenas unas semanas después de tomar posesión el nuevo gobierno en España, casi con más vicepresidentes que ministros, seguimos sin saber si habrá cambios legislativos y si los próximos presupuestos contemplarán la finalización del copago de medicamentos para los pensionistas. Atrás quedan las adanistas propuestas de un partido político, que no salió elegido para formar parte de la coalición que dirigirá los destinos del país, de crear un laboratorio farmacéutico de titularidad pública, como si ello fuera posible sin tener que anexionarnos países como la India y  todas sus castas o la China de unos coronavirus que pronto también serán nuestros.

Resulta triste constatar que incluso la izquierda más a la izquierda a lo único que aspira es a mantener un sistema de titularidad pública, lo cual está muy bien, sin plantearse siquiera que este debería sufrir intensas transformaciones si es que aspira a garantizar el derecho a la salud de sus conciudadanos. Porque, si no peco de ingenuo una vez más, entiendo que un sistema público no es solo aquel que se responsabiliza de asumir los gastos en salud de la población, sino que aspira a otorgar el máximo de bienestar posible haciendo un uso responsable de los recursos económicos de los que dispone. Escribo esto y siento la bofetada de mi ingenuidad, pero continuaré.

Uno de los grandes problemas del sistema sanitario es su medicalización, porque es más barato dar un medicamento que el tiempo de un profesional. Se habla de copago o de laboratorio público pero nada de la complejidad y necesaria transdisciplinariedad que precisa hoy la atención a las personas. Estamos sensibilizados con la restricción del uso de antibióticos pero no de los antidepresivos y tantos y tantos medicamentos de dudosa necesidad, pero seguimos pensando y asimilando buena atención a su financiación, cuando son los malos resultados de la farmacoterapia los que producen elevadas tasas de mortalidad y morbilidad evitable. Al parecer, el problema de los medicamentos, un recurso terapéutico que produce una mortandad que quintuplica la de los accidentes de tráfico y cuyos efectos negativos producen que los costes de atención sanitaria, financiados por quien los financie, se tripliquen, se circunscribe a quién invita a la pastilla.

Que la atención hospitalaria esté medicalizada es lo normal, es el último recurso. Pero que la atención primaria se medicalice no debería serlo. Se consideran enfermedades circunstancias que no lo son con el pretexto de utilizar medicamentos, aprovechando el escaso tiempo del que también escasos profesionales disponen. Y si además, se da la circunstancia de que un medicamento, incluso bien seleccionado, es poco fiable en cuanto a garantizar su resultado, al usarse en conjunto con otros con los que a menudo comparte vías metabólicas, pasa lo que pasa, que entre todos la lian parda y producen el escenario en el que estamos, y al que políticos de cualquier ideología y la inmensa mayoría de los profesionales hacen caso omiso. Esto es lo que hay.

La sociedad precisa de más profesionales que se integren en el sistema, y uno que mire los medicamentos no como un recurso terapéutico, que para eso están los médicos, sino como causa de enfermedad. Alguien que con independencia se integre en el equipo para contribuir a la optimización de ese recurso terapéutico llamado medicamento y que, al provocar los daños que puede producir, solo puede optimizarse desde los resultados y no desde sus costes. ¿Capicci, farmacéuticos de atención primaria y demás detectives del sistema?

Este profesional podría haber sido farmacéutico, pero mucho me temo que habrá que crearlo. No de la nada, pero sí desde sus restos mortales parafarmacéuticos, de sus despojos. Porque desde dentro hace tiempo que la batalla está perdida. Están más preocupados por hacerse el harakiri que por refundar la profesión. Unos por mirar hacia otro lado y dedicarse a la falsa farmacia, otros por marear la perdiz jugando a las casitas sanitarias, y los del más allá, los que mandan, por ser un foco de resistencia al cambio, a un cambio que los pudiera dejar en fuera de juego (sin VAR profesional que lo atestigüe) y de sus prebendas varias, por muchos conocidas, por muchos silenciadas (Capicci también).

Aguardo con curiosidad los cambios que propone el nuevo gobierno y sus múltiples vicepresidencias. Pero mucho me temo que a lo máximo a lo que podremos aspirar será a continuar drogándonos a costa del erario público, por eso debe de llamarse estado del bienestar. Al menos me queda el consuelo de que quienes hacen todo lo posible por evitar mejorar los resultados de los medicamentos, con bastante probabilidad, tanto ellos como sus familiares y afectos, acabarán por ser víctimas de su negligencia. Y esto, ya que uno no se siente demasiado culpable de ello, me hace esbozar una sonrisa. Vais a morir todos, cabrones.

LA ESPAÑA INSACIABLE

Está de moda hablar de la España vaciada. Nos damos cuenta de que Teruel existe, como Palencia, Soria o Badajoz, como Orense, Cuenca o Jaén. Sin embargo, nada se habla de esa España zampabollos, insaciable y voraz que también existe y ha existido siempre. Sí, pongamos que hablo de Madrid, de la Corte que todo lo fagocita, lo succiona. De la metrópoli que atrae las mejores cabezas y las más osadas del estado, a la par que convierte al resto del país en un páramo, deshabitado de personas o en estado de indigencia intelectual, según los casos, y a sus convecinos en una máquina de correr y competir huyendo del fracaso.

La España anoréxica también tiene que ver con la bulímica, y si queremos que España sea algo más que Madrid habrá que poner a la capital a régimen. Porque en caso contrario no quedará más remedio que convertir al estado en un Donut. Bajo en calorías, por favor.

MENSAJES EN UNA BOTELLA

Hoy primero de enero toca revisar el bote de cristal, un bote que en su día alojó tomate frito y hoy, dos años después, lo que contiene es pequeños trozos de papel en los que he anotado los grandes momentos que he vivido durante el año 2019. No todos están, porque no soy lo constante que quisiera, pero eso también me ayuda a reconocer mis limitaciones. La primera cura de humildad, el primer día del año, qué maravilla.

El primer apunte que hice fue la llamada telefónica de Joaquín Ronda, farmacéutico de hospital alicantino, casi nonagenario, para felicitarme, como todos los años desde que nos conocimos, por mi onomástica. Esto anoté: caminaba por la Puerta de Jerez de Sevilla camino de casa de mi madre y me emocionaron sus palabras, y también su despedida de “Hasta siempre”. Me pregunté si sería una premonición, pero hoy he comprobado que no, porque he sido el primero de la lista de sus Manueles para felicitar.

El 7 de enero volví a ver Love actually en familia, como todos estos últimos años. En esta ocasión no se inundó la casa como el año anterior, pero lloré una vez más. Más allá de la calidad de una película, me emociona la gente que no se rinde y no pierde la esperanza. Verla me da fuerzas, soy así de simple.

La tarde del 19 de febrero disfruté en casa de una conversación inolvidable con María Emilia, una persona esencial en mi vida hoy, a pesar de que ahora la tengo a casi diez mil kilómetros de distancia. Uruguay me abraza, me atrapa, me envuelve y mucha culpa de ello la tiene María Emilia, con la que repetí, junto a Salva y Marisa, en el bar de Ramón, otra cena irrepetible como la del año anterior. Definitivamente, para nosotros cuatro la palabra irrepetible debería estar fuera del diccionario, porque cada vez que nos hemos juntado, solos o con compañía, con Ramón o sin él, hemos disfrutado de momentos inolvidables.

Marzo fue para mí, Uruguay. Mi primer destino internacional como escritor, tras haber pateado América Latina durante casi veinte años como farmacéutico. Tres semanas maravillosas junto a Vero, Silvia y María Clara, que fueron una dura prueba profesional y emocional que hoy es una realidad de amor y trabajo bien hecho. Uno de los momentos vitales que marcan a fuego.

Apretadas Cabemos deben tener su lugar especial en esta entrada. Elena, María, Martha y yo juntos en un taxi, apretados, tejiendo unos lazos extraordinarios. Ellas me han devuelto la ilusión por no rendirme en mi profesión, y con ellas he aprendido a que no hay metas sino caminos que recorrer.

Como también que en esos caminos puedes reencontrarte con personas como Djenane. El 1 de octubre en Cádiz entendí gracias a ella que nunca había cambiado de camino, sino que es el paisaje el que a veces lo hace diferente. Otro día para no olvidar.

No puedo dejar a un lado la experiencia teatral junto a las sirenas Ana y Lucía con mujeres emigrantes africanas en la Factoría Cultural del Polígono Sur. No pudo tener continuidad, pero nos dio mucho. Y quién sabe si este año gira de forma inesperada y nos vuelve a colocar en la casilla de salida. Las noches con todas las Sirenas, en el restaurante peruano y en nuestra sede central, La Pastora, son momentos muy especiales siempre. Un grupo que nunca falla.

Como tampoco puedo olvidarme del grupo del Pasiego ni de los concursos literarios tan divertidos que organizamos junto a Eduardo, Nuria y Ana en los que escribo en chino andalusí.  Unas risas geniales a las que Sete les está dando un punto omega-3 delicioso de lo más saludable.

Y qué decir de los besos de muchos despertares, del viaje a Colombia de Ignacio, de los abrazos y del placer de leer con Coke arremolinado entre mis piernas. Sí, 2019, ha sido también un año precioso. Ojalá que en 2020 tenga que pensar en conseguir un bote aún más grande.

LA RUTA DE LA FELICIDAD

Autobús urbano recorre su ruta durante la mañana del 1 de enero

Un estado es una estructura artificial y cambiante a lo largo de la Historia, creada por el ser humano para dar respuesta a su necesidad animal de vivir en manada. Un estado no es nada sin sus miembros. Es el bien de los miembros de la manada su finalidad y su sentido, no al revés, y si no es capaz de beneficiar a todos sus integrantes para que puedan ofrecer lo mejor de ellos mismos a la comunidad, solo puede haber dos soluciones, o mejorar su gestión o cambiar de estado.

Para dar lo mejor a los individuos que forman parte y le dan sentido, un estado debe garantizarles unos derechos y vigilar que se cumplan, y para ello ha de gozar de una estructura con capacidad de hacerlo y que esté en continua revisión por parte de los ciudadanos para prevenir, detectar y resolver sus fallos. Un estado es, en definitiva, el alma colectiva de sus miembros y siempre debe estar atenta a que sus elementos más frágiles encuentren el amparo del resto de la manada.

Estos pensamientos me vinieron a la mente a primera hora de la mañana del primer día de enero mientras hacía la foto que ilustra la entrada, la de un autobús público casi vacío recorriendo su ruta en medio de una ciudad desierta. No es despilfarro; es servicio al que menos puede. Al más débil de la cadena. Y no avanzaremos como sociedad hasta esto lo defendamos con uñas y dientes, como si nos fuera la vida en ello. Esta es la única ruta posible hacia la felicidad.

LECTURAS 2019

Tres muertos. Nacido en 2019

Un poco de todo en mis lecturas de 2019. Algunas relecturas, más poesía, y la dificultad de dedicar más tiempo cuando es año de publicar. También ha habido revisión de manuscritos de colegas amantes del sadomasoquismo literario. ¿Será porque mal de muchos, consuelo de tontos?

  1. La responsabilidad del escritor, de Jean-Paul Sartre (Centells. José J. de Olañeta, Editor).
  2. Antropoceno, de Antonio Aguilera Nieves (Utopía).
  3. La huella de las ausencias. Un relato sobre Walada, de Miriam Palma Ceballos (Maclein y Parker).
  4. Andar sin ruido, de Carlos Frontera (Páginas de Espuma).
  5. La máquina de pensar en Gladys, de Mario Levrero (Criatura Editora).
  6. Los últimos caminos de Antonio Machado, de Ian Gibson (Espasa).
  7. 14 de julio, de Éric Vuillard (Tusquets Editores).
  8. La vida amorosa de Telonius Monk y otras historias mínimas, de Pablo Silva Olazábal (Ed. Yaugurú).
  9. La balada de Johnny Sosa, de Mario Delgado Aparaín (Seix Barral).
  10. También vivir precisa de epitafio, de Javier Sánchez Menéndez (Chamán Ediciones).
  11. Voces de La Vera, de Juan Vega (Editorial Comba).
  12. Confesión, de Lev Tolstói (Acantilado).
  13. Maleza, de Daniel Ruiz García (Tusquets Editores).
  14. Versiones ejemplares, de Eduardo Cruz Acillona (Editorial Enkuadres).
  15. El corazón de oro y otros relatos, de Javier Salvago (Ediciones de la Isla de Siltolá).
  16. Antonio Machado. Biblioteca Fundamental de Nuestro Tiempo. Antología de Jorge Campos (Alianza Editorial).
  17.  Voces humanas, de Penelope Fitzgerald (Impedimenta).
  18. Calle de los noctámbulos, de Anabel Caride (Anantes).
  19. Sortilegio, de María Zaragoza (Minotauro).
  20. Fugaces, de Sara Portillo (Seleer).
  21. Cuaderno de San Lorenzo, de Francisco Gallardo (Algaida).
  22. El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa (Seix Barral).
  23. Un sol inocente, de José Daniel M. Serrallé (Renacimiento).
  24. La biblioteca del agua, de Clara Obligado (Páginas de Espuma).
  25. Curva, de Aurora Delgado (Sloper).
  26. Tus pasos en la escalera, de Antonio Muñoz Molina (Seix Barral).
  27. Diorama de un ojo de cristal, de Gregorio Verdugo (manuscrito).
  28. Lluvia fina, de Luis Landero (Tusquets editores).
  29. La mujer de Lot, de Isaac Páez (manuscrito).
  30. Apología de Sócrates, de Platón (Espasa- Calpe, colección Austral).
  31. Critón o el deber ciudadano, de Platón (Espasa- Calpe, colección Austral).
  32. El sonido del caracol salvaje al comer, de Elisabeth Tova Bailey (Capitán Swing).
  33. Cartas de España, de José María Blanco White (Fundación José Manuel Lara).
  34. Mis mundos menores, de Ignacio Colón Torrent (Ed. Ruser).
  35. Un hombre soltero, de Christopher Isherwood (Acantilado).
  36. Pájaros que se quedan. Otoño en Pensilvania, de Eduardo Jordá (RBA Libros).
  37. El potro salvaje y otros cuentos, de Horacio Quiroga (Anaya, Biblioteca de El Sol).
  38. Canto a mí mismo, de Walt Withman (Akal).
  39. Rialto, 11, de Belén Rubiano (Los libros del asteroide).
  40. El farmacéutico de Auschwitz, de Patricia Posner (Ed. Crítica).
  41. Áyax, de Sófocles (Signatura ediciones).
  42.  Amor doncella cierva, de Mónica Collado Cañas (Limbo Errante).
  43. El decapitado de Ashton, de Iván Onia Valero (Siltolá).
  44. Magallanes. El hombre y su gesta, de Stefan Zweig (Capitán Swing).
  45. Carta abierta a un españolito que viene al mundo, de Manuel Ferrand (Ediciones 99).
  46. Poesía, de Pablo Neruda (Unidad Editorial, Las poesías del verano).

EL VÉRTIGO DE DETENERSE

Correr, correr, correr…

Uno de los grandes miedos de nuestra sociedad es a detenerse. Parece como si en lugar de caminar por calles, paseos o avenidas, lo hiciésemos sobre un colosal tapiz rodante que amenazara con derribarnos si nos detuviéramos. Vivimos en la sociedad de la prisa, por llegar a donde nadie nos espera para ser fieles a una cita con nadie. Hemos perdido la serenidad y el silencio, hemos entregado el sentido de nuestra existencia a un otro que carece de nombre o corporeidad y que nos exige correr siempre, como un Sísifo de las llanuras.

Recorremos distancias físicas y mentales que nos llevan al País de la Nada, y por eso cada día nos sentimos más vacíos y angustiados por esa Nada, que apenas es una sombra de nosotros mismos a la que ni siquiera vemos. Y para sobreponernos, nuestra única respuesta es correr más y más cada día, para perseguir esa Nada con la que tenemos más semejanzas porque poco a poco nos consume, nos vacía, hasta desvanecernos por completo convertidos en espectros errantes, condenados a arrastrar la cadena de una existencia que se ha transformado en una losa imposible de sobrellevar.

Olvidamos que es el tiempo, la gozosa consciencia del momento, el que posibilita nuestra felicidad. No es la distancia recorrida, ni las conquistas obtenidas, las que la marcarán sino gozar de la oportunidad de paladear cada instante de nuestra existencia.

Detengámonos en los semáforos, dejémonos maravillar por todo lo que podemos ver. Cada segundo es una oportunidad para la felicidad. Basta con pararse y abrir los ojos. Y permitir que nuestra naturaleza actúe. La vista es un órgano externo; la mirada nace desde dentro.

MACHU PICCHU

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― Lo veo muy agobiado, ¿aún no ha conseguido una mujer para que atienda a su madre?

― Qué va, aún no.

― Qué raro, ¿no? Que yo sepa hay muchas mujeres que se ofrecen para cuidar ancianos.

― Pero yo la quiero española. No quiero una machupichu de esas. Y está difícil.

― Claro, es que no hay.

― Sí, sí que hay. Ayer hablé con una, pero me pidió casi mil euros, unas horas diarias de descanso, día y medio a la semana sin trabajar… ¡Parecía de Comisiones Obreras!

― Le habrá pedido lo que marca el convenio, ¿no?

― Sí.

Un rictus de desesperación marcaba su semblante cuando se marchó. Me llamó la atención que hoy no llevara una pulsera verde con adornos rojigualdas como últimamente.

La habrá echado a lavar― pensé―. Esas pulseras se ensucian fácilmente.